Cuentos

El pueblo en la cara

Miguel Delibes

Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, y me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, Cena, ya en el camino del Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: “¿Dónde va el Estudiante?”. Y yo le dije: “¡Qué sé yo! Lejos”. “¿Por tiempo?” dijo él. Y yo le dije: “Ni lo sé”. Y él me dijo con su servicial docilidad: “Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?”. Y yo le dije: “Nada, gracias Aniano”.

Ya en el año cinco, y al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): “Isidoro ¿de qué pueblo eres tú?” Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: “¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?” O, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente “Ése no; ése es de pueblo”. Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: “Allá en mi pueblo” … o “El día que regrese a mi pueblo”, pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos: “Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara”.

Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, que los espárragos, junto al arroyo, brotarán más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: “Mira el Isi, va cogiendo andares de señoritingo”.

Así que, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos.

Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: “Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao.” O bien: “Allá en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas hasta los pies”. O bien: “Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón” O bien: “Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena.”

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

Fuente: narrativabreve.co

Las vio salir por la ventana

Carlos Castillo Novelo

Su mirada carecía de interés porque sus ojos eran un par de charcos. No obstante, cuando la veía, sus pupilas se llenaban de una luz que tintineaba mientras intensas náuseas lo sacaban del éxtasis. Entonces, José corría al baño a emitir sonoros carraspeos. De ahí salía con el pelo negro revuelto y gotitas de sudor arriba de su carnoso labio moreno; con la camisa azul del uniforme medio salida y su panza casi al descubierto.

Ella era de nuevo ingreso en primero C de Secundaria. Su pelo extremadamente lacio y trigueño era sujetado por una banda negra que liberaba su frente blanquísima y permitía que sus ojos verdes fueran más notorios. Blanca Bravo, recién llegada de Tamaulipas, ofrecía una sonrisa tímida a los maestros, otra sencillamente honesta para sus compañeros de salón, y una tierna para José “el negro con tetas” como le decían al más gordo del aula. Ese mismo estudiante que, tan sólo en el descanso, recibía en promedio de seis a siete manotazos en la nuca, propinados con gusto por sus condiscípulos. De todas formas, José, acostumbrado a ese trato desde la primaria, se refugiaba en los juegos de video, el internet y la comida, cuyos placeres lo mantenían fuera del mundo hasta por cuatro horas continuas.

José empezó a mirarla con más detenimiento un día mientras devoraba una torta de milanesa junto a las canchas y un balón topó con sus zapatos. Él lo recogió y vio a Blanca acercarse rápidamente para recuperarlo. “Gracias, José” le dijo y él, que por primera vez en mucho tiempo escuchó su nombre sin el despectivo apodo, sintió una sensación extraña en la boca del estómago que lo obligó a dejar la torta e irse inmediatamente al baño a tratar de expulsar, sin éxito alguno, esa sensación en la barriga que le borró el apetito.

El gordo era humillado todo el tiempo. Pero los papeles ensalivados, las tachuelas en su asiento y los gargajos verdes en su camisa, no eran nada comparado con lo que sentía durante la clase de educación física, cuando sus compañeros tenían que elegir equipos para jugar volleyball y por supuesto, él era al que escogían de último ante la mirada de Blanca. Eso y los pedorreos falsos que hacían sus compañeros cada vez que saltaba, lo hacían muy desgraciado.

José supo que vivía algo nuevo. Después de mucho tiempo, volvió a tener conciencia de su papel en ese grupo de Secundaria. Empezó a sentir un poco más de dolor con cada golpe, con cada empujón en los pasillos; y todo era peor cuando Blanca era testigo. Aún sin entender por qué, José empezó a preocuparse por su apariencia. Quiso ponerse gel en el cabello, pero lo tenía tan hirsuto que se le paraba en forma de púas; esto sin contar la desventaja de que muchos papelitos ensalivados podían permanecer durante todo el horario de clase bien incrustados en su negrísimo y firme peinado.  También empezó a huir cuando los demás empezaban a burlarse de él.  Antes, todo eso le pareció algo que debía soportar con resignación. De cualquier forma, en casa, estaban la computadora, la consola de videojuegos y las comidas de microondas que mamá le compraba religiosamente y que incluían banderillas con salchicha, pizzas de salami y palomitas con extra mantequilla bañadas en salsa picante.

El día que Blanca le comentó de pasada que su sonrisa era bonita, decidió cambiar totalmente su régimen alimenticio. En vez de chicharrones con salsa, se comía una ensalada y en vez de quedarse horas frente al televisor, salía al parque cercano a su casa para trotar durante algunos minutos. La determinación de su cambio total vino el día del examen de matemáticas. Los compañeros de José le escondieron sus lápices. Pero su excesiva timidez de víctima, originada en parte por esa voz chillona de varón en ciernes, le impidió a éste solicitar uno al maestro. Gracias a la azarosa distribución de alumnos durante los exámenes, Blanca Bravo estaba sentada junto a él y al percatarse de su carencia, le ofreció sonriente su lápiz nuevecito y recién tajado. La sublimación de verla directamente, que siempre duraba un segundo antes de la terrible náusea, hizo efecto en José y salió sin permiso al baño para hacer un nuevo intento por vomitar.

José dejó sus viejos hábitos de entretenimiento e inició una dieta basada en carne de pollo y vegetales pese a los comentarios irónicos de su mamá para quien era incomprensible el cambio que pretendía su hijo. Incluso memorizó los primeros versos de un poema que encontró perdido en su libro de español y que empezaba con Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos. Pasó muchas noches despierto y mirando el techo de su cuarto.  Su pensamiento vagaba con rebeldía. Se imaginaba a sí mismo como el pistolero de su videojuego favorito, que entraba en su salón de clases para carbonizar con sus rayos láser a sus compañeros; o también, a veces, pensaba en la escuela repleta de criaturas demoníacas que consumían el inmueble durante un caos de sangre y explosiones. Pero esa secuencia de elaboradas fantasías siempre terminaba en una: Él en el salón vacío diciéndole a Blanca los versos que ya se sabía de memoria.  Desgraciadamente, en cuanto la imagen de la niña de ojos verdes aparecían en su cabeza, José corría al baño de su cuarto, pensando siempre que, ahora sí, podría expulsar ese cosquilleo en su estómago. La resignación de que eso sucediera apareció de pronto y el placer de comer y de jugar frente al televisor se desvaneció. Ahora sentía una rara opresión en la barriga.

Lamentaba el inicio del fin de semana simplemente porque la presencia de Blanca Bravo se esfumaba convertida en esos ojos ausentes que olean como el mar…  Entendió la similitud entre la mirada verde de Blanca y el hipnótico avance de las mareas. Supo lo que era ese triste anhelo que se le revelaba durante los ocasos. 

Los meses pasaron. Cuando Blanca se cruzaba con la mirada de José le sonreía, tal vez por el simple hecho de que sus pequeños ojos permanecían en su mirada durante varios segundos más de lo esperado, pero quizá también porque en el fondo, la visión del muchacho le producía ternura compasiva. Y además, ella se dio cuenta de que durante los juegos del receso, él la observaba con admiración desde el segundo piso de la escuela.

 Uno de esos días, José decidió no entrar a la clase de Educación Física. En parte por las náuseas habituales, pero también porque de alguna forma esperaba que la soledad de los pasillos le diera término a eso que lo inquietaba. Entre las ruinas de su autoestima, la creencia de que le podría gustar a Blanca lo perturbaba; demasiada lucha, demasiada ansiedad.  Pero el azar, enfático en sus consecuencias, le permitió mirar que en una de las solitarias mesas, Blanca se besaba en la boca con Fernando, el líder del equipo de basket. La imagen de las manos de Fernando en los hombros de Blanca provocó en José la misma sensación que ya conocía pero, en su veloz paso al baño, la repulsión se presentó punzando en su estómago. Al llegar y sin siquiera dejar la mochila en el suelo, se inclinó sobre el conocido retrete blanco y con un esfuerzo que no supo de dónde vino, una mariposa azul salió de su boca y se dejó caer al agua del excusado. José la miró abrir las alas lentamente y esa imagen lo obligó a seguir desalojando eso que por fin surgía. Dos mariposas más, una verde y otra rosa, salieron volando de su boca. Vio cómo subían y se dispersaban por el techo del baño. Una nueva repulsión lo obligó a dejar libres otras cinco y entre ellas, una mariposa monarca.  Más intensas náuseas lo atacaron enseguida y decenas de ellas siguieron saliendo de su boca. En cada arcada, José sentía cómo más alas diminutas se abrían paso por su garganta. Muchas mariposas moradas, otras cuantas azules, centenares de monarcas y otro tanto de amarillas empezaron a formar filas móviles que serpenteaban por las paredes, los lavabos y urinarios. José vio cómo todas hacían espirales multicolores en el aire y volaban inusitadamente en círculos, rodeándolo de repente. Un inmenso abanico de alas formó un tornasol frente a sus ojos iluminando todo a su alrededor. Inmóvil, sentía el suave roce de las alas en sus orejas. Las mariposas volaron indiscriminadamente y ninguna pared se quedó sin alguna encima. De repente, las mariposas formaron una línea curva que circundó todo el techo para luego enfilarse y salir rápidamente por la ventana del baño. Las últimas se esfumaron justo en el momento en que los compañeros del grupo de José y que antes se encontraban en la clase de Educación Física, entraran en tropel, y lo vieran. Lo sacaron del baño a golpes. En medio de los empujones, su libro de español cayó al suelo y dejó a la vista el poema que José había memorizado y que lo perseguiría por siempre.

Salió de la escuela con otra sensación de vacío en el estómago. El vacío de nuevo. Camino a casa, José compró dos tortas de bistec con queso.  

Fuente: Yucatán en letra joven. Panorama literario de narradores del siglo XXI. Carlos Castillo Novelo. Editorial Soma Arte y Cultura. Secretaría de Cultura de Yucatán. 2017.


El ejercicio puede ser nocivo para la salud

Alma Delia Murillo

Sucede que me canso de ser hombre.
Pablo Neruda

Recuerdo cuando llegué a la Ciudad de México. Mi mujer y yo, con apenas un año de casados, veníamos con el miedo y el futuro en las maletas, con el nudo en la garganta por haber dejado nuestra natal Guadalajara.

Quedé pasmado ante el tráfico infernal de esta ciudad. La primera vez llegué cuarenta minutos tarde a la oficina, la segunda vez sólo media hora y a partir del tercer día comprendí que tendría que salir diario a las seis de la mañana si quería llegar a tiempo.

Me parecía inverosímil, completamente absurdo, pero poco a poco me acostumbré a invertir dos horas diarias para llegar al despacho y otras dos para regresar a casa. Cuatro horas del día sentado en el auto, cuatro horas de tejido graso, torrente sanguíneo, fibra muscular, conexiones neuronales y proceso digestivo estancados en el tráfico conmigo.

Mi cuerpo era una miseria.

Hasta que un día un compañero me sugirió que me inscribiera al gimnasio; su estrategia era perfecta: al terminar la jornada se iba directo a ejercitarse a un lugar cercano durante un par de horas. Así, cuando subía a su auto para regresar a casa, lo peor del tránsito pesado había pasado.

El gimnasio se llamaba Sport Miracle y era una enorme cadena con todos los servicios, horarios, clases en grupo; toallitas blancas impecables; máquinas para trabajar el abdomen, las nalgas, los bíceps, los abductores…  todo músculo, cualquier músculo del cuerpo.

Me pareció una idea brillante porque mis recurrentes pensamientos sobre cómo reducir el tiempo que pasaba en el auto se habían vuelto perturbadores para mi concentración: visualizaba el reloj, el segundero, los números, mi vida perdida en la ineficiencia me estaba enloqueciendo.

Así que una tarde firmé mi contrato con Sport Miracle.

Pronto me convertí en un obsesivo del ejercicio, como me sucede con todas las responsabilidades.

Llegaba a las siete de la noche para “hacer cardio” durante una hora en una corredora fija y me entretenía con una pantalla gigante en la que proyectaban una serie de comedia a la que me hice adicto. La siguiente hora repetía una estricta rutina de peso para elevar mi masa muscular.

Cerca de las nueve treinta me subía al coche y, en lugar de hacer dos horas de camino, hacía sólo una: el tiempo, los números, la eficiencia.

Así todos los días. Religiosamente de lunes a viernes. También pagué religiosa y escrupulosamente las mensualidades del gimnasio.

Mi mujer me cuestionaba sobre lo mucho que gastaba en ello, pero yo me quitaba de encima la discusión diciéndole que pagaba por tener el privilegio de llevar una vida saludable.

También empezó a reclamarme que nunca estuviera con ella. Tenía razón: yo salía todos los días a las seis de la mañana y llegaba después de las diez de la noche, apenas teníamos media hora diaria para hablar antes de que me ganara el sueño y cayera irremediablemente dormido.

A la distancia debo reconocer que sentía culpa al encontrarla con sus enormes ojos castaños esperándome para compartir la vida y que yo sólo pudiera decirle, sudoroso y despeinada, que venía mortalmente cansado de la oficina y del gimnasio.

Hasta que se llevó sus enormes ojos castaños a iluminar otra existencia. Una noche me anunció que “había conocido a alguien”. Cómo odio la frase “conocí a alguien”. ¿Exactamente qué significa? ¿Lo conociste hace medio año y llevas seis meses viéndome la cara de pendejo? ¿O lo conociste hoy en la mañana y ya decidiste que es el amor de tu vida? ¿O que chingados estaba haciendo yo mientras tú conocías a alguien?

Pues eso me dijo, “conocí a alguien”, y me rompió la madre. Y nos separamos.

Me quedé solo en el departamento que me consiguieron como prestación del trabajo. Justamente la misma semana que ella se fue, tuve una lesión lumbar, mi instructor se excedió con el peso y me jodí las vértebras. Una mierda. El médico me mandó seis meses de reposo parcial y terapia de rehabilitación con rayos láser, analgésicos y una enfermera que destilaba amargura por cada poro de su amarillenta piel.

Durante un tiempo seguí pagando el gimnasio, no quería aceptar que la lesión había sido seria y que recuperarme podría tomar más tiempo del esperado. Pero un día comprendí que era una estupidez gastar ese dinero y fui a cancelar el servicio. Entré y vi las bandas de las corredoras sacar lumbre bajo las pisadas implacables de los respectivos usuarios, las pantallas proyectando la que fuera mi serie favorita, a los instructores con sus playeras verdes y el logo bordado de Sport Miracle a punto de reventar bajo sus inmensos pectorales… vi todo eso y tuve ganas de llorar, extrañé mi libertad como nunca. Porque correr sobre una banda, aunque estés encerrado en un inmueble de plafón, vaporoso de sudores propios y ajenos, es como volar sobre el mar.

Me recibieron en la oficina de Ventas y les expliqué todo. La encargada me dijo muy amablemente que tenía que pagar una penalización por dejar de asistir al gimnasio.

Me costó entender lo que me estaba explicando. Le hice montones de preguntas y se lo planteé de mil maneras, cada vez más encabronado: “resumiendo ¿tengo que pagar por no usar las instalaciones, como si pagara en un restaurante por no ordenar el platillo?”.

Es que todavía veo su cara de autómata, completamente convencida de que los que me pedía tenía sentido sólo porque se estipulaba en no sé qué maldita cláusula del contrato y porque en el maldito y misterioso “sistema” no se podía cancelar la membresía con confirmar el pago de la penalización.

No pude más y reventé. Menté madres, amenacé con todos los términos legales que conozco y me largué sin pagar penalización alguna. Entonces Sport Miracle me condenó al buró de crédito y me demandaron por mi conducta violenta. Cuando tuve que presentarme frente a mi esposa y su abogado, además, pesaba en mi historial una demanda judicial.

Humillado, me disculpé con Sport Miracle y pagué la penalización; renuncié al despacho y volví a mi anhelada Guadalajara. Sin esposa, sin trabajo, sin membresía de gimnasio, con la mancha negra del buró de crédito y la mancha escarlata de una demanda en mi historial de antecedentes penales.

Tuve que recomenzar de cero. Un año y medio después, seguía sintiendo que había fracasado en todo hasta que, una tarde, al salir de la oficina, encontré un paquete en las escaleras. Era una revista local promoviendo los servicios de la zona; en la segunda página, se apreciaban las flamantes instalaciones de la nueva sucursal que Sport Miracle recién inauguraba en Guadalajara. Como un místico en estado de elevación, sentí un llamado.

Corrí con la revista en la mano a toda velocidad durante quince cuadras hasta dar con el lugar. Cuando llegué me desplomé en la recepción del gimnasio; no era grave, pero tuvieron que llamar a una ambulancia, ahí me dieron primeros auxilios y luego de recuperar el ritmo normal de mi presión sanguínea y dejar de hiperventilar, pude ponerme de pie.

Dejé la revista en la recepción y alcancé a decir tan fuerte y claro como fui capaz, que había sido víctima de la crueldad de Sport Miracle; en medio de todo aquello, temblando por el esfuerzo, saboreé la satisfacción de ver cómo algunos clientes desistían de inscribirse y se alejaban, aterrados.

Por la noche celebré con una insalubre torta ahogada y dos cervezas hipercalóricas mi venganza. A la mañana siguiente sentí que el saco me ajustaba mejor; mi dignidad estaba de regreso.

Fuente: Cuentos de maldad (y uno que otro maldito), Alma Delia Murillo.   Alfaguara. 2020.


Érase una vez

Nadine Gordimer

Me escribe una persona pidiéndome que colabore en una antología de cuentos para niños. Contesto que no escribo cuentos para niños; y vuelve a escribirme entonces, diciéndome que en un reciente congreso—seminario—feria del libro cierto novelista dijo que todo escritor debería escribir por lo menos un cuento para niños. Pienso en enviarle una tarjeta postal diciéndole que yo no acepto que «deba» escribir nada.

Y luego anoche me desperté; o, mejor dicho, algo que no supe precisar me despertó.

¿Una voz en la cámara de resonancia del subconsciente? Un sonido.

Un crujido de esos que produce el peso de un pie tras otro sobre un suelo de madera. Escuché. Noté que los pabellones de mis orejas se dilataban a causa de la concentración. Otra vez: el crujido. Estaba pendiente de él; pendiente de oír si indicaba que los pies iban de habitación en habitación, avanzando por el pasillo hasta mi puerta. No tengo blindaje de seguridad, ni pistola bajo la almohada, pero sí tengo los mismos temores que las personas que toman tales precauciones, y los cristales de mis ventanas parecen de escarcha; podrían hacerse añicos como una copa de vino. Una mujer fue asesinada (así lo expresaron) en pleno día en una casa que está a dos manzanas de aquí, el año pasado, y los fieros perros que guardaban a un viejo viudo y a su colección de relojes de pared murieron estrangulados antes de que a él le acuchillase un peón a quien había despedido sin pagarle.

Yo tenía los ojos fijos en la puerta, representándomela en mi mente más que viéndola, allí a oscuras. Permanecí echada y casi inmóvil —como víctima ya—, pero la arritmia de mi corazón porfiaba, golpeando a uno y otro lado de su jaula corporal. ¡Qué bien afinados están los sentidos, aunque faltos de descanso y de sueño! Nunca habría podido escuchar con tal atención en el trajín del día; estudiaba el más leve sonido, identificando y clasificando su potencial amenaza.

Pero comprendí que no estaba amenazada, aunque tampoco a salvo. No era el peso de un cuerpo humano lo que presionaba el entarimado; el crujido procedía de un abarquillamiento, de un epicentro de tensión. En mitad de ella estaba yo. La casa que me envuelve mientras duermo fue construida sobre terreno minado; muy por debajo de donde quedan mi cama, el suelo y los cimientos, los escalones y galerías de las minas de oro han perforado la roca, y si un frontón tiembla, se desprende y cae, mil metros más abajo, toda la casa se mueve ligeramente, produciendo una inquietante tensión en el delicado equilibrio de peso y contrapeso de ladrillos, cemento, madera y cristal que sostiene la estructura que me alberga. Los inarmónicos latidos de mi corazón se fueron moderando como los amortiguados últimos floreos de uno de esos xilófonos de madera que hacen los mineros trashumantes de Chopi y Tsonga, que podían haber estado allá abajo en aquel momento, debajo de mí, en el interior de la tierra. La excavación escalonada donde se producía el derrumbamiento acaso ya no se utilizaba; quizá gotearía agua por sus agrietadas venas; y puede que ahora algunos hombres hubiesen quedado enterrados allí, en la más profunda de las tumbas.

No encontraba una postura en la que mi mente se desprendiera de mi cuerpo, liberándome para volverme a dormir. Así que empecé a contarme un cuento; uno de esos cuentos propios de la hora de acostarse.

En una casa, en un barrio residencial, en una ciudad, había un hombre y su esposa que se querían muchísimo y que vivían felices desde siempre. Tenían un hijo pequeño, y le querían muchísimo. Tenían un gato y un perro a los que su hijo quería muchísimo. Tenían automóvil y caravana para las vacaciones, y tenían una piscina protegida con una cerca para que el pequeño y sus compañeros de juegos no cayesen y se ahogasen. Tenían una chica de servicio de absoluta confianza y un jardinero que trabajaba por horas muy apreciado en el vecindario; pues cuando empezaron a vivir felices para siempre fueron advertidos por aquella vieja bruja sabia, la madre del marido, que no contratasen a nadie fuera de la vecindad. Pertenecían a una mutualidad de asistencia sanitaria, pagaban la tasa de tenencia de su perro, tenían seguro de incendios, inundaciones y robo, y estaban abonados a la Vigilancia Vecinal, que les proporcionó una placa para la verja de la entrada con el rótulo «Está usted advertido» sobre la silueta de un potencial intruso. Este iba enmascarado; no se apreciaba si era blanco o negro y, por lo tanto, demostraba que el propietario no era racista.

No fue posible asegurar la casa, la piscina y el automóvil contra daños producidos por disturbios. Había disturbios, pero fuera de la ciudad, donde se alojaba la gente de otro color. A esta gente no se le permitía entrar en la zona residencial salvo si eran chicas de servicio o jardineros de confianza, así que no había nada que temer, dijo el marido a su esposa. Pero ella temía que algún día aquella gente llegase hasta su calle y arrancase la placa «Está usted advertido», abriese la verja e irrumpiese en el interior… «Bobadas, querida —dijo el marido—, hay policías y soldados y gases lacrimógenos y armas para mantenerlos a distancia». Sin embargo, para complacerla —pues la quería muchísimo y estaban incendiando autobuses, apedreando automóviles, y los escolares eran abatidos a tiros por la policía, en unos barrios de los que nada se podía ver ni oír desde la zona residencial— había hecho instalar un control electrónico en la verja de entrada. Quienquiera que desdeñase el rótulo «Está usted advertido» y tratase de abrir la verja, tendría que anunciar sus intenciones apretando un botón y hablando a través de un micrófono conectado a la casa. El hijo del matrimonio estaba fascinado por el aparato y lo utilizaba como un walkie-talkie cuando jugaba a policías y ladrones con sus amiguitos.

Los disturbios fueron sofocados, pero hubo muchos robos en el barrio residencial y la fiel sirvienta de unos vecinos fue maniatada y encerrada en un armario por unos ladrones mientras cuidaba de la casa de sus patronos. La fiel sirvienta del matrimonio y del niño se sintió tan afectada por la desgracia sobrevenida a una amiga que, como a menudo le ocurría a ella, tenía la responsabilidad de velar por las pertenencias del matrimonio y del niño pequeño, que suplicó a sus señores que pusiesen rejas en las puertas y ventanas de la casa, y que instalasen un sistema de alarma. La esposa se avino: «Tiene razón, sigamos su consejo». Y así, desde todas las puertas y ventanas de la casa en la que vivían siempre felices vieron entonces los árboles y el cielo entre rejas, y cuando el gatito del niño trató de encaramarse por el montante para hacerle compañía en su camita durante la noche, como hacía habitualmente, la estridente alarma sonó en toda la casa.

A la alarma respondían con frecuencia —esa impresión daba— otras alarmas antirrobo en otras casas, disparadas por gatos domésticos o ratones mordisqueantes. Las alarmas se sucedían por los jardines como chillidos, gemidos y lamentos a los que pronto todos se acostumbraron, de manera que el clamor no sobresaltaba a quienes vivían en el barrio residencial más que el croar de las ranas o la musical vibración de las patas de las cigarras. Protegidos por el clamoreo de las arpías electrónicas, los intrusos serraban los barrotes de hierro e irrumpían en los hogares, llevándose equipos de alta fidelidad, televisores, magnetófonos, cámaras fotográficas y radios, joyas y ropa, y a veces tenían hambre suficiente para devorar todo lo que hubiese en el frigorífico; o se tomaban un descanso audaz para beberse el whisky de la vitrina o del mueble bar del jardín. Las compañías de seguros no pagaban compensación alguna si el whisky era de una sola malta, pérdida sensiblemente agravada por la certeza del propietario de que los ladrones no habrían sabido apreciar lo que se estaban bebiendo.

Luego vino la época en que muchos, no incluidos en las categorías de chicas de servicio y jardineros de fiar, merodeaban por el barrio residencial porque estaban sin empleo. Algunos importunaban en demanda de trabajo: quitar las malas hierbas o pintar un tejado; cualquier cosa, baas, señora. Pero el marido y su esposa recordaban la advertencia acerca de que no contratasen a nadie de fuera del vecindario. Algunos bebían alcohol y ensuciaban la calle tirando las botellas vacías, otros pedían limosna, aguardando a que el marido, o su esposa, saliese con el coche por la puerta de la verja electrónicamente accionada. Se sentaban por doquier con los pies en la cuneta, bajo los jacarandaes que hacían de la calle un túnel verde —porque era un barrio residencial precioso, estropeado solo por su presencia—, y a veces se quedaban dormidos echados justo frente a la verja bajo el sol del mediodía. La esposa nunca pudo soportar ver a nadie pasando hambre. Mandaba a la sirvienta de confianza que les sacase pan y té, pero la sirvienta de confianza decía que eran holgazanes y tsotsis, que entrarían y la maniatarían y la encerrarían en un armario. El marido dijo: «Tiene razón. Sigue su consejo. No consigues más que incitarlos con tu pan y té. Buscan su oportunidad…». Y cada noche retiraba del jardín el triciclo del niño y lo guardaba dentro de la casa, pues si bien esta era desde luego segura una vez todo bien cerrado y conectada la alarma, cabía no obstante la posibilidad de que alguien saltase por el muro o por la verja electrónicamente cerrada y penetrara en el jardín.

«Tienes razón —asintió la esposa—, así que el muro debería ser más alto». Y la vieja bruja sabia, la madre del marido, pagó los ladrillos adicionales como regalo de Navidad a su hijo y a su esposa (al pequeño le regaló un traje espacial y un libro de cuentos de hadas). Pero cada semana había noticias de más allanamientos: a pleno día y en la oscuridad de la noche, de madrugada e incluso en el delicioso crepúsculo veraniego (a una familia le vaciaron los dormitorios del piso de arriba mientras cenaba en la planta baja). El marido y la esposa, conversando un día sobre el último robo a mano armada ocurrido en el barrio residencial, se distrajeron al ver al gatito de su hijo encaramarse sin esfuerzo por el muro de más de dos metros y descender después, primero con un rápido braceo de sus patas anteriores, extendidas por la superficie vertical, y luego con un grácil impulso, para aterrizar en el jardín sacudiendo la cola como un látigo. En la cara encalada del muro se veía la marca de las idas y venidas del gato; y en el lado que daba a la calle había marcas más grandes, color de tierra, que bien pudieran haber dejado las maltrechas zapatillas deportivas que llevan los vagabundos desempleados, cuyo propósito no sería en absoluto inocente.

Cuando el marido, la esposa y el pequeño sacaban al perro a dar su paseo por las calles vecinas, ya no se detenían a admirar un rosal en flor o un césped perfecto, ocultos como estaban ahora por un despliegue de diferentes variedades de cercas de seguridad, muros y otras defensas. El marido, la esposa, el niño y el perro pasaban ante un notable surtido de sistemas de seguridad: la opción barata de trozos de vidrio incrustados en cemento en lo alto de los muros; las rejas que terminaban en puntas de lanza; los intentos de armonizar la estética de la arquitectura carcelaria con el estilo de las villas españolas (los pinchos pintados de color rosa) y con las urnas de yeso de las fachadas neoclásicas (picas de treinta centímetros con filos como zigzags de relámpago y pintadas de un blanco impoluto). En algunos muros había una pequeña placa adosada con el nombre y el número de teléfono de la empresa responsable de la instalación de los dispositivos. Mientras el pequeño y el perro corrían por delante, el marido y la esposa se entretenían comparando la posible eficacia de cada sistema en relación con su aspecto; y tras varias semanas de reflexionar ante las distintas barricadas, sin necesidad de hablar, ambos llegaron a la conclusión de que solo había un sistema que mereciese la pena. Era el más feo pero el más honesto, de inequívoco estilo de campo de concentración, sin adornos superfluos; completa y evidente eficacia. Colocado a lo largo de los muros, consistía en una espiral continua de rígido y reluciente metal serrado en forma de hojas dentadas, de tal manera que resultaba imposible trepar por encima de la espiral e imposible también pasar por el interior de su túnel sin engancharse en sus colmillos. No habría salida posible, solo una inútil porfía cada vez más sangrienta. El intruso recibiría cortes cada vez más profundos y acerados hasta descarnarse. La esposa se estremeció al mirarlo. «Tienes razón —dijo el marido—, cualquiera se lo pensaría dos veces…» y siguieron el consejo de un pequeño cartel adosado al muro: «Consulte a Dientes de Dragón Seguridad Total».

Al día siguiente llegó una brigada de obreros que instalaron las espirales afiladas como hojas de afeitar a todo lo largo de los muros de la casa, donde el marido y la esposa y el niño y el perro y el gato vivían siempre felices. La luz del sol, reflejada en la endentadura, emitía destellos como cuchilladas y la cornisa de filos de navaja circundaba el hogar, resplandeciente. El marido dijo: «No importa. El tiempo lo irá dejando mate». La esposa dijo: «Te equivocas. Garantizaron que era inoxidable». Y aguardó hasta que el pequeño se alejó corriendo a jugar antes de decir: «Espero que el gato tenga cuidado…». El marido dijo: «No te preocupes, cariño; los gatos siempre miran antes de saltar». Y, ciertamente, a partir de aquel día el gato optó por dormir en la camita del pequeño y no salía del jardín, sin aventurarse nunca a violar la seguridad.

Una noche, la madre, después de acostar al niño, le leyó uno de los cuentos de hadas del libro que la vieja bruja sabia le había regalado por Navidad. Al día siguiente el pequeño jugó a ser el Príncipe que desafía la terrible barrera de espinos para entrar en el palacio y dar a la Bella Durmiente el beso que la devolvería a la vida: arrastró una escalera hasta el muro; el reluciente túnel en espiral era justo lo bastante ancho para que su pequeño cuerpo pudiese penetrar, y en cuanto los afilados dientes se hincaron en sus rodillas y en sus manos y en su cabeza gritó y forcejeó, y se encontró tanto más atrapado cuanto más porfiaba por soltarse. La fiel chica de servicio y el jardinero, a quien «le tocaba» precisamente aquel día, acudieron corriendo; ella, para ver qué le pasaba al pequeño y gritar como él; y el jardinero, para desgarrarse las manos tratando de alcanzar al niño. Entonces el marido y la esposa irrumpieron como locos en el jardín y algo (probablemente el gato) disparó la alarma, cuyo estridente sonido se mezcló con los gritos, mientras la sangrante masa del cuerpecito era liberada de la espiral de seguridad con sierras, cortaalambres y hachuelas y transportada —por el marido, la esposa, la histérica fiel sirvienta y el lloroso jardinero— al interior de la casa.

Fuente: ciudadseva.com

Árbol

Andrés González Pagés

Todo árbol tiene otro árbol raíz. Cuando en México vemos secarse una fronda hasta quedar tronco y enramada como decoración terrífica para una historia de espantos, es que en la Península Arábiga, en la India o en Pakistán, alguien ha talado su antípoda. Desde luego, hay árboles de raíz interna (un árbol secreto), y por eso se explica, digamos, que a las tupidas selvas de Venezuela pueda corresponder, en determinado punto, el desolador desierto del Sudán.

Pero, cuando un árbol muere, es casi seguro que en otra parte haya muerto también su raíz, que era externa. En México, por esa causa, perece uno que otro árbol a veces, y es cosa muy triste. Pero, piense usted, amable lector, cuántas de las ya de por sí escasas palmeras del oasis del al-Burayni se secarán a diario debido a las continuas talas que por acá practicamos los arboricidas.

Fuente: Antología personal. Poemas en prosa, guion cinematográfico, cuentos, relatos, conferencias y textos de los que Arreola decía (1965 – 2001), Andrés González Pagés. Universidad Autónoma Metropolitana. 2002.

El 34

Alejandro Zambra

Los profesores nos llamaban por el número de lista, por lo que sólo sabíamos los nombres de los compañeros más cercanos. Lo digo como disculpa: ni siquiera conozco el nombre de mi personaje. Pero recuerdo con precisión al 34 y creo que él también me recordaría. En ese tiempo yo era el 45. Gracias a la inicial de mi apellido gozaba de una identidad más firme que los demás. Todavía siento familiaridad con ese número. Era bueno ser el último, el 45. Era mucho mejor que ser, por ejemplo, el 15 o el 27.

Lo primero que recuerdo del 34 es que a veces comía zanahorias a la hora del recreo. Su madre las pelaba y acomodaba armoniosamente en un pequeño tupperware, que él abría desmontando con cautela las esquinas superiores. Medía la dosis exacta de fuerza como si practicara un arte dificilísimo. Pero más importante que su gusto por las zanahorias era su condición de repitente, el único del curso.

Para nosotros repetir de curso era un hecho vergonzante. En nuestras cortas vidas nunca habíamos estado cerca de esa clase de fracasos. Teníamos once o doce años, acabábamos de ingresar al Instituto Nacional, el colegio más prestigioso de Chile, y nuestros expedientes eran, por tanto, intachables. Pero ahí estaba el 34: su presencia demostraba que el fracaso era posible, que era incluso llevadero, porque él lucía su estigma con naturalidad, como si estuviera, en el fondo, contento de repasar las mismas materias. Usted es cara conocida, le decía a veces algún profesor, socarronamente, y el 34 respondía con gentileza: sí señor, soy repitente, el único repitente del curso. Pero estoy seguro de que este año será mejor para mí.

Esos primeros meses en el Instituto Nacional eran derechamente infernales. Los profesores se encargaban de decirnos una y otra vez lo difícil que era el colegio; nos instaban a arrepentirnos, a volver al liceo de la esquina, como decían de forma despectiva, con ese tono de gárgaras que en lugar de darnos risa nos atemorizaba.

No sé si es preciso aclarar que esos profesores eran unos verdaderos hijos de puta. Ellos sí tenían nombres y apellidos: el profesor de matemáticas, don Bernardo Aguayo, por ejemplo, un completo hijo de puta. O el profesor de técnicas especiales, señor Eduardo Venegas. Una concha de su madre. Ni el tiempo ni la distancia han atenuado mi deseo de venganza. Eran crueles y mediocres. Gente frustrada y muy tonta. Obsecuentes, pinochetistas. Huevones de mierda.

Pero estaba hablando del 34 y no de esos malparidos que teníamos por profesores. Prometo que no volveré a mencionarlos.

El comportamiento del 34 contradecía por completo la conducta natural de los repitentes. Se supone que los repitentes son hoscos y se integran a destiempo y de malas ganas al contexto de su nuevo curso, pero el 34 se mostraba siempre dispuesto a compartir con nosotros en igualdad de condiciones. No padecía ese arraigo al pasado que hace de los repitentes tipos infelices o melancólicos, a la siga perpetua de sus compañeros del año anterior, o en batalla incesante contra los supuestos culpables de su situación.

Ese era, definitivamente, lo más raro del 34: que no se mostraba, en lo absoluto, rencoroso. A veces lo veíamos hablando con profesores para nosotros desconocidos. Eran diálogos alegres, con movimientos de manos y golpecitos en la espalda. Le gustaba mantener relaciones cordiales con los profesores que lo habían reprobado.

Temblábamos cada vez que el 34 daba muestras, en clases, de su innegable inteligencia. Pero no alardeaba, al contrario, solamente intervenía para proponer nuevos puntos de vista o señalar su opinión sobre temas complejos. Decía cosas que no salían en los libros y nosotros lo admirábamos por eso, pero admirarlo era una forma de cavar la propia tumba: si había fracasado alguien tan listo, con mayor razón fracasaríamos nosotros. Conjeturábamos, entonces, a sus espaldas, los verdaderos motivos de su repitencia: inventábamos enrevesados conflictos familiares o enfermedades muy largas y penosas, pero en el fondo sabíamos que el fracaso del 34 era estrictamente académico. Sabíamos que su fracaso sería, mañana, el nuestro.

Una vez se me acercó de forma intempestiva. Se veía a la vez alarmado y feliz. Tardó en hablar, como si hubiera pensado largo rato en las palabras que se disponía a decirme. Tú no te preocupes, lanzó, finalmente: te he estado observando y estoy seguro de que vas a pasar de curso.

Fue reconfortante oír eso. Me alegré mucho. Me alegré de forma casi irracional. El 34 era, como se dice, la voz de la experiencia, y que pensara eso de mí era un alivio.

Pronto supe que la escena se había repetido con otros compañeros y entonces se corrió la voz de que el 34 se burlaba de todos nosotros. Pero luego pensamos que esa era su forma de infundirnos confianza. Necesitábamos, sin lugar a dudas, esa confianza. Los profesores nos atormentaban a diario y los informes de notas eran desastrosos para todos. No había casi excepciones. Íbamos derecho al matadero.

La clave era saber si el 34 nos transmitiría ese mensaje a todos o sólo a los supuestos elegidos. Quienes aún no habían sido notificados entraron en pánico. El 38 —o el 37, no recuerdo bien su número— era uno de los más preocupados. No aguantaba la incertidumbre. Un día, desafiando la lógica de las nominaciones, fue a preguntarle directamente al 34 si pasaría de curso. El 34 pareció incómodo con la pregunta. Déjame estudiarte, le propuso. No he podido observarlos a todos, son muchos. Perdóname, pero hasta ahora no te había prestado demasiada atención.

Que nadie piense que el 34 se daba aires. Para nada. Había en su forma de hablar en permanente dejo de honestidad. No era fácil poner en duda lo que decía. También ayudaba su mirada franca: se preocupaba de mirar de frente y espaciaba las frases con casi imperceptibles cuotas de suspenso. En sus palabras latía un tiempo lento y maduro. “No he podido observarlos a todos, son muchos”, acababa de decirle al 38 (o 37) y nadie dudó de que hablaba en serio. El 34 hablaba raro y hablaba en serio. Aunque tal vez entonces creíamos que para hablar en serio había que hablar raro.

Al día siguiente el 38 —o 37— pidió su veredicto pero el 34 le respondió con evasivas, como si quisiera —pensamos— ocultar una verdad dolorosa. Dame más tiempo, le pidió, no estoy seguro. Ya todos lo dábamos por perdido, pero al cabo de una semana, después de completar el periodo de observación, el adivino se acercó al 37-38 y le dijo, para sorpresa de todos: Sí. Vas a pasar de curso. Es definitivo.

Nos alegramos, claro. Pero quedaba algo importante por resolver: ahora la totalidad de los alumnos habíamos sido bendecidos por el 34. No era normal que pasara todo el curso. Lo investigamos: nunca, en la centenaria historia del colegio, se había dado que los 45 alumnos de un séptimo básico pasaran de curso.

Durante los meses siguientes, los decisivos, el 34 notó que desconfiábamos de sus designios, pero no acusó recibo: seguía comiendo con fidelidad sus zanahorias e intervenía regularmente en clases con sus teorizaciones valientes y atractivas. Tal vez su vida social había perdido un poco de intensidad. Sabía que lo observábamos, que estaba, por así decirlo, en el banquillo, pero nos saludaba con la calidez de siempre.

Llegaron los exámenes de fin de año y comprobamos que el 34 había acertado en sus vaticinios. Cuatro compañeros habían abandonado el barco antes de tiempo, incluido el 37 (o 38) y de los 41 que quedamos fuimos 40 los que pasamos de curso. El único repitente fue, justamente, de nuevo, el 34.

El último día de clases nos acercamos a hablarle, a consolarlo. Estaba triste, desde luego, pero no parecía fuera de sí. Me lo esperaba, dijo. A mí me cuesta mucho estudiar y quizás en otro colegio me va a ir mejor. Dicen que a veces es mejor dar un paso al costado. Creo que es el momento de dar un paso al costado.

A todos nos dolió perder al 34. Ese final abrupto era para nosotros una injusticia. Pero volvimos a verlo al año siguiente, formado en las filas de séptimo, el primer día de clases. El colegio no permitía que un alumno repitiera dos veces el mismo grado, pero el 34 había conseguido una excepción. Lo que más nos sorprendía, en todo caso, era que el 34 quisiera vivir la experiencia una vez más.

Me acerqué ese mismo día. Traté de ser amistoso y él también fue cordial. Me pareció que estaba más flaco y que se notaba demasiado la diferencia de edad con sus nuevos compañeros. Ya no soy el 34, me dijo al final, con ese tono solemne que yo ya conocía. Agradezco que te intereses por mí, pero el 34 ya no existe, me dijo: ahora soy el 29 y debo acostumbrarme a mi nueva realidad. De verdad prefiero integrarme a mi curso y hacer nuevos amigos. No es sano quedarse en el pasado.

Supongo que tenía razón. De vez en cuando lo veíamos a lo lejos, alternando con sus nuevos compañeros o conversando con los profesores que lo habían reprobado el año anterior. Creo que esta vez por fin logró pasar de curso, pero no sé si siguió en el colegio mucho tiempo. Poco a poco le perdimos la pista. Espero que su suerte haya cambiado, porque sin duda lo merecía.

Fuente: literalmagazine.com

Reunión de familia

Julieta Campos

Después de llover, de repente salía el sol al mediodía. Los contornos de las casas, de los árboles, las torres y las cúpulas más altas se dibujaban en la reverberación de esa luz. Un vaho, que alteraba los ritmos de la respiración, subía del asfalto de las calles. La gente caminaba como si cada cual llevara todo el sol en la espalda. Había poca gente en la calle. Las aceras se volvían muy largas, interminables e inútiles, desiertas, aplastadas fatigosamente por la luz, por el calor. La luz derretía los colores y la ciudad confundía y mezclaba sus aristas a la vez que se separaba del mar, se sumergía en las estrías de los reflejos solares, se levantaba un poco del suelo y se quedaba allí suspendida, entre el vaho y el sol. Nadie recibía los golpes de frescura, las bocanadas de aire que salían de los zaguanes. Nadie se acercaba a los círculos de sombra que hacían los árboles, tan escasos, de las avenidas. La ciudad se aletargaba. Se olvidaba de sí misma, se borraba, se desvanecía. Se aplastaba como un insecto de muchos colores, muerto y recubierto por un tenue polvillo amarillo. No había huellas de humedad, ni traza de la lluvia que había rebosado las azoteas, los patios y las calles. Se habían tragado toda el agua y volvían a estar resecos, a la expectativa. El mar, reducido a su ámbito, era un gran estanque que se ondulaba apenas, de cuando en cuando. La ciudad caldeada, ardiente, no era más que una ciudad irreal, la ciudad imaginada de un espejismo.

—Hay que comer antes de que se enfríe. Después no es lo mismo.

—Y además se hace tarde. Se me hace tarde.

— ¿Te sirvo?

—Sí. Prefiero. Ya sabes…

…Suspendidas. Así se quedan suspendidas. Como unos aritos de latón en la cabeza. Aunque a mí no me parece haber dicho nada. A lo mejor yo no tengo mi arito. Tomar la sopa sin hacer ruido. Sorberla despacito. ¡Es difícil! Como si en cualquier momento el Espíritu Santo… Y ya no serían aros sino lengüitas de fuego. Delante de mi frente. Y de la tuya. Y de la tuya. ¡A quién se le ocurre! A mí se me ocurre. Los tres modestamente. Esperando la gracia. Esperando el primer plato. Y algo más que el primer plato o algo menos. Como si no supiéramos ya que las repeticiones y las recapitulaciones… Como todos los días. Buscando otra vez. Detrás de los gestos. De las palabras. Queriendo reunir algo en esa lentitud, en subir y bajar así la cuchara. En tanto cuidado. Tragando primero un poquito y luego lo demás. Para no quemarnos. Sin masticar los fideos. Tragándonos enteros los fideos. Sin aspavientos. Sin darle importancia. Como se debe. Con la esperanza. Siempre con la esperanza. La última cucharada. Por fin. Llamar para que se lleven los platos. Para que traigan la primera fuente… Hacer todo lo posible porque no se derrame una gota. Llenarla y subirla poco a poco. Y volver a bajarla. Para volver a llenarla. Esta impresión de estar de más. De no ser necesario. De haberme quedado afuera como si ya no hiciera falta. Por encima del plato de sopa, del mío y del tuyo, me acerco discretamente, sin hacer ruido, busco el tono, me doy tiempo mientras tanto. Mientras ustedes hablan de algo, se quitan la palabra de la boca como para no dejar nada en el aire, o para espantar una mosca. Se quitan de encima algo molesto. Me miran para ver si he oído. Y miran para otro lado.

—¡Qué calor está haciendo! Para eso sirve la lluvia.

—No se oye zumbar una mosca. Dan ganas de que vuelva a llover.

—Después de todo la lluvia…

—Yo creí por un momento que el invierno… Pero otra vez parece pleno verano.

—Este tiempo… Este tiempo… En ninguna parte…

—¿No les parece que si entornáramos las persianas…? …Los platos. Nada lechosos. Con otra textura. Casi diría con otro color. Con otro peso. Completamente distintos que en la repisa. Cuando están puestos en la cocina. Encima del caballito un solo cuchillo. Ya la cuchara y ahora el tenedor. Podría ser si yo me decidiera. Bastarían algunas palabras. Dejarlas caer encima como una red. Sin que te dieras cuenta de cómo. Ni te pudieras salir. No darte la oportunidad. No dejar que trates de convencerme. Dar vueltas alrededor como un moscón. Pero para eso tendría que hablar mucho. Y no se me ocurre nada. Prefiero el destello en el trébol rojo. Encima de la persiana.

…Yo de este lado y ellos de aquél. Sentada en el portal, viendo cómo pasa la gente por la calle. Meciéndome yo sola entre los demás sillones vacíos. Así estamos. Y no porque yo quiera, sino porque me he quedado de este lado. Así qué fácil. Qué inútil. No, al contrario, qué claro. ¡Qué claro verlos así! Tú y él. El y tú del otro lado. Y eso que no los miro mucho. No hace falta. ¡Es tan cómodo! Aquí nadie me molesta. Además no puedo abrir mucho los ojos porque entra demasiado el sol por los cristales. Estoy en ese barco que se acerca al muelle. Por la mañana, muy temprano. Mejor en ese barco.

…Sigo empeñado. No lo puedo evitar. Después de todo anoche… Volver a donde lo dejamos. No perder el hilo. No sé por qué siento como si estuviera pasando algo y yo no me diera cuenta. Empieza a ser casi casi una obsesión. Me pondrían en un aprieto si tuviera que explicarlo. Es muy molesto. Tan fácil que sería buscarte un sitio cuidado, preservado, acogedor, donde pudiera ponerte. Donde te dejaras poner. Necesito decir algo.

—Deben ser niños que gritan en alguna azotea. Por aquí cerca.

—Sí. ¡Qué raro! Tan tranquilo que estaba todo.

—A mí no es que me molestara. Me extrañó. No sé si he estado distraído pero no me había fijado que hubiera niños por aquí cerca. ¿Y tú?

—Yo tampoco. …Tampoco. Es la verdad. Yo tampoco. Siempre me ha gustado ese trébol rojo en el arco. Las ramas de los árboles se mueven con el aire y se puede ver la luz entre las hojas. Yo estoy abajo. Miró cómo se mecen las copas y empiezo a marearme. No es cierto. Estoy en el pasillo y la luz se ha puesto rara. No. Estoy sentada aquí en la mesa. Esa es la verdad. A la hora del almuerzo. Las copas de los árboles y las hojas que se mueven se van corriendo y no las podría alcanzar. Ni quiero. Sólo me da pena la brisa. Siempre me ha gustado la brisa. No sé por qué comemos hígado. No puedo soportarlo. Ni el sabor metálico ni lo gelatinosa que se siente la carne.

…El mar está pálido y no hay olas. Vienen las lanchas y la gente grita y se ríe. No terminan las palabras. Las cantan. Los árboles, después del muelle, son largos y lisos como columnas y tienen penachos verdes. Detrás hay portales con columnas y balcones. En un arco, tapado con cristales como éstos, iguales a éstos, se ve el sol más que en ninguna otra parte. No calienta mucho todavía. Subimos a un coche de caballos y en seguida nos metemos por una calle estrecha y dejo de ver el mar. Miro los balcones y todos, casi todos, son distintos.

…Un sitio distinto de ese donde estás, a mi derecha, mientras ella está a mi izquierda y yo en la cabecera. Si no se nos ocurre nada vamos a volver a hablar del tiempo. Te quitan el plato y no te das cuenta y casi se tira la salsa. Me alegro que no se haya tirado. Si no, otra mancha como ayer. Me gusta ver en orden los platos y las fuentes. Es un alivio. Los cubiertos y los caballitos. Ya nadie los usa, seguramente. Pero nosotros sí. Me gusta ver las sillas junto a la pared. Las copas dentro de la vitrina. Las rosadas abajo y las blancas arriba. Me alegró que las sacaran anoche. Pero prefiero verlas ahí, en su lugar. Y en medio los vasos con borde de plata. El espejo, al fondo, convierte las tres filas de copas en seis filas de copas. La mesa son dos mesas en el espejo. Las dos inclinadas, juntándose en el centro. Ya lo he visto en alguna parte. Los platos como si fueran a caerse. En alguna parte. En un libro de historia. En un grabado antiguo. Eso es. Dejar de mirarnos en el espejo porque un poco más y no podré contenerme y voy a querer evitar que se resbalen los platos. Será una tontería. Una ridiculez.

—Este año no habrá ciclón. Pero no ha parado el mal tiempo. A mí no me engaña este sol. Ya veremos dentro de un rato. Cualquiera diría que ya es época de nortes. Los días ya son más cortos. Cuando menos se imagina uno oscurece. ¿Te has fijado?

—Hay que ser precavidos. ¿No se te hace tarde? Como a ti no te gusta que se te pase la hora…

—No te preocupes. Hay tiempo para el café. Me alcanza perfectamente.

…Miro con el rabillo del ojo. Sabía que estaba ahí, pero tenía la impresión de que se había levantado. Como si nos hubiera dejado solos. Claramente esa sensación. Acaba de dar la una.

…Antes, todavía antes, el polvo se levantaba y todos los lugares se ponían grises. Las filas largas de hormigas se metían por la hierba.

…Hay sol. Está el arco de cristal. El arco de cristal. El arco tiene tres colores. El sol da fuerte en los cristales.

…Todavía están en la mesa los platos de postre. Las conchas donde siempre se sirve la natilla. Con caminitos abiertos por las cucharas. De niño los seguía con el dedo. Eran iguales las conchas.

…Algunas veces me ponía a oír con curiosidad cómo me latía el corazón. Pero entonces no parecía mi corazón ni parecía que esos latidos fueran míos.

…La puerta. Las persianas en la puerta. Los mosaicos rojos. El barandal.

…Dentro de media hora sonará otra campanada.

…Después me gustaron las noches. Los ojos se acostumbraban a la oscuridad y abría mucho los brazos en la cama. Quizás para abrazar a la noche o para abrazarte. ¡Ya nos habíamos casado y éramos tan jóvenes! Pero yo te había esperado mucho tiempo y tú me habías esperado mucho tiempo.

…Los colores vibran fuera del arco, dentro de la luz, en un cono de sol. Es hoy, al mediodía.

…Dentro de media hora.

…Las gardenias tenían mucho perfume. También olían los lirios sobre todo si estaban ya un poco marchitos.

…Yo estoy aquí. Sentada. En esta silla.

…Tendré que bajar la escalera y este reloj dejará de importarme.

…Miraré mi reloj y luego preguntaré la hora y miraré el reloj de la oficina.

…Una vez nos paseamos por la playa. La arena era muy suave y se me iban los pies, parecía que se los quería tragar. Me agarré de tu brazo como si de verdad tuviera miedo. Me diste unas piedras para que las guardara. El mar nos mojó los pies y se iba y venía y volvía a mojarnos. Nos quedamos así mucho rato.

…Estoy sentada aquí. A la mesa.

…Y me imaginaré tu tarde.

…Y otra vez guardé mariposas en una red anaranjada y luego las dejé escapar. Pero eso fue mucho antes.

…A la hora del almuerzo. Con ustedes a mi lado.

…Me pondré a pensar si ya te sentaste a coser.

…Aprendí a tejer. Tejía a todas horas y no me daban ganas de hacer otra cosa.

…Y eso es todo lo que hay. No hay nada más.

…O si habrás puesto el sillón en la ventana.

…Estoy meciendo la cuna, una vez y otra vez y tengo el pelo negro y después blanco, pero la cuna sigue siendo la misma.

…Hay luz. Hay cristales. Hay colores. Yo puedo mirarlos.

…Miraré el reloj a las dos, a las tres, a las cuatro.

…Corro mucho por el campo. En el quicio de una puerta me siento. La casa es blanca y tiene geranios.

…No tiene nada que ver con el polvo en la persiana. Con las gotas en los alambres. Y sí tiene que ver. Sí tiene.

…La tarde es igual para ti, para mí, para ella. También para los que pasan por la calle. ¿No te has puesto a mirar por la ventana?

…El barco es lento. Nunca se acaba el mar.

…La luz es compacta. La luz se ha puesto anaranjada.

…No es una ilusión. Deberías creerme. La tarde es la misma. La misma para todos.

…Me aprendí canciones tristes. Después me enseñaste a bailar. Bailamos lanceros y mazurcas. Siempre esperé con paciencia. Sigo esperando.

…Y yo ya no estaré. Ya no estaré en el pasillo. Ni debajo de los árboles, ni sentada a la mesa. Yo ya no estaré mirándola.

…A ti te importa saber que siempre es la primera vez y la única vez. Que el reloj no ha marcado nunca, ni volverá a marcar nunca las mismas dos, las mismas tres, las mismas cuatro. Pero no hay que pensarlo mucho. Hazme caso.

…Te besaba en la boca. Las iniciales que bordaba en las sábanas de hilo, en los manteles blancos, eran tus iniciales.

…Habrá un momento inútil. Que será después de. ¿Después de qué? No me lo puedo imaginar. Pero ése será el final.

…Basta que sean las dos, las tres, las cuatro de este día, de este mes, de este año.

…Las camas eran anchas y por el día las tendían con colchas de crochet.

…Los colores serán los mismos. La luz será la misma. Sin mí.

…Un año, un número con cifras gruesas. En relieve. Así se reúnen uno al lado de otro, iguales, todos los años que vivimos.

…Me mecía en los sillones altos de rejilla, casi nunca en los sillones de mimbre. Me parecía que iba a irme para atrás.

…Toda esta luz. Tanta, tanta luz. Y el vacío.

…Algo con peso, denso, consistente. Un pequeño bloque de. Acero liso y bien recortado, con bordes precisos que lo separan del vacío, de todos los años que nunca vivimos antes, de todos los que no viviremos después. Así es y así está bien. No hay nada que dudar. Te lo aseguro. Soy yo quien te lo aseguro.

…Los sinsontes cantaban y me gustaba tener tomeguines. Por las mañanas se abrían los escaparates y todo olía a reseda. Entonces.

…Como saltar con un paracaídas que no se abrirá nunca.

…Siempre habrá relojes. No tendrás que tener miedo.

…Decírtelo de alguna manera. Decir cualquier cosa.

…Voy a tener que irme sin… Se les debe haber olvidado.

…No. Espérate. En seguida vengo. Lo traigo.

…Ellos eran los que se iban y los que venían. Yo siempre me quedaba. Alguien tenía que cerrar la puerta. Me decían lecciones largas sin que yo las entendiera. Yo que hubiera querido oler otra vez la hierba húmeda. A mí que me gustaba la leche acabada de ordeñar. Me ponía lazos en las trenzas y jugaba sola en el patio donde había un árbol frondoso que nunca dio flores. Mi madre se vestía de negro. Había el portal por la tarde y la brisa. Y las ganas de abrazarla. Las temporadas largas en los baños de mar. Y vestirse de luto. Mirar el reloj con impaciencia. Las arañas dan vueltas y vueltas en el techo, cuajadas de luces, y afuera hace una noche amoratada., llena de estrellas y es invierno. Una casa y otra casa antes de esta casa, mi casa. La mesa se iba quedando vacía. Ya no hubo espejos por todas partes. Todos me rodeaban. Estoy sola. Los nombres de mis hijos yo se los puse, para que todos les dijeran después por esos nombres. Nadie me había puesto nunca un telegrama y ese día, cuando lo abrí, decía que estaba muerto. Yo no te vi morir. Yo seguí viviendo. No. No quiero. Tapar la taza con la mano antes de que me sirva. Se me olvida lo que podría decirle. Como pescar algo que se ha ido al fondo del pozo. Y me gusta el olor. Siempre me ha gustado cómo huele el café. Pero no quiero. Eres tú la que lo sirves ahora. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo. No lo tomaré. No tengo ganas. Me recostaría porque tengo mucho sueño. Y eso que nunca me ha gustado la siesta. Un instante. Ya vamos a acabar de almorzar.

…Todo tan natural. Tan ahí. Como esta cucharita a la que le estoy dando vueltas. De la que no puedo apartar los ojos. Como si me hubiera hipnotizado. Un instante. Eso. Y pasa. Pasa la claridad que casi lo ciega a uno. Esa sensación de que se ha encendido de pronto un reflector muy potente para no iluminar nada. Para llenar de luz un sitio donde no puede haber luz. Imposible de imaginar. Un lugar que no es. Apenas un instante. Y luego esto. La tranquilidad. Este aplazamiento no se sabe hasta cuándo. Estar aquí sentada en una silla. Mirando una luz que atraviesa un arco de cristales por un punto, un solo punto, y se abre después como un abanico. Mirando los helechos. Y los espárragos. Detrás de la persiana. Mirándome los dedos de la mano. De la mano que es mía. Que juega con la cuchara. Que dibuja rayas. Otra vez rayas. Encima del mantel blanco. Entre las migajas de pan y los granos de arroz que se han caído de los platos. De los tenedores. Un instante. Mientras que tú, como siempre, pretendes reunir todos los hilos, y hacer y decir, sin llegar a nada porque no encuentras qué. Porque no hay qué. Te veo. Tomándote el café sin respirar. La veo. Tapando la taza con la mano. Con los ojos medio cerrados como si fuera a quedarse dormida. Y es como si yo me viera. Dándole vueltas a la cucharita. Como si estuviéramos posando. Posando los tres. Para una fotografía que nos deja fijos, inmovilizados, atrapados. Y no hay más que los gestos de los tres en este instante. Que nos descargan, no sabría ni cómo ni por qué, de todo lo que no hace falta. De nuestros cuerpos. De los lastres. De lo que pueda venir después. De lo que no habremos hecho. Detenidos. Posando para alguien. Que no está o sí está. Y todo se reduce. Se afina, se purifica y se queda así. Un instante. Nada más. Y es todo.

…Probártelo. Me gustaría probártelo. Poco a poco, pacientemente, pero no sé si ahora. Tendré que encontrar el momento. El momento oportuno. El café ya se ha enfriado. Y está tan amargo y se asienta en el fondo como polvo mojado. Se me queda en la garganta. No me pasa. Decirte que no se te olvide el azúcar, dos cucharaditas, ya lo sabes. Pero ahora bebérmelo hasta el final, como si nada. Y el vaso entero de agua para quitarme el sabor. Lo que no se hace. Intacto. Sudado porque el agua estuvo muy fría hasta hace un momento. Pero ahora estará tibia. Casi. Tomaré el vaso y empezaré a beberlo. Y dejará en el mantel, ya ha dejado, deja un pequeño círculo mojado que se secará pronto. Y no quedará ninguna huella, ni la sombra del lugar donde estuvo el vaso, ni nada, porque también a mí, aunque quiera evitarlo, dentro de un rato se me habrá olvidado.

Fuente: Reunión de familia, Campos, Julieta. Fondo de Cultura Económica. 1997.

Fideo

Alberto Chimal

Cuando Miguelín tenía tres años, un demonio lo poseyó, pero nadie se dio cuenta porque la inmunda criatura no forzó al pequeño a hacer maldades, hablar con voz de bajo ni vomitar de modo no natural. Por el contrario, Miguelín se volvió, bajo el mando férreo que le anulaba la voluntad y la conciencia, el niño más amable y avispado que la familia hubiese conocido, luego el estudiante más ingenioso y aplicado, luego el graduado de más mérito en la carrera que se le escogió, luego el novio más cariñoso, el esposo más fiel y preocupado, el mejor padre. Además, dedicó su tiempo libre a ayudar a los pobres y a apoyar numerosas causas justas, fue bueno con sus vecinos, nunca fue avaricioso ni toleró la corrupción, acudió a misa y santificó las fiestas…

            Esta vida ejemplar terminó hace dos minutos, con una muerte relativamente veloz, indolora y nada amarga porque coronaba (al menos, desde el punto de vista de los deudos) muchos años de plenitud.

            Y ahora el alma de Miguelín, pobrecita, todavía de niño por falta de ejercicio, consumida, vuelta casi nada por tantos años de ser propiedad de otro, se eleva tímidamente, incapaz de separarse de quien tanto la acompañó y la procuró. Y el demonio está satisfecho, pero también muy nervioso, porque sabe que de lejos los dos se ven como uno, de tanta costumbre y tanta bondad que los ilumina, pero son dos y el Ojo que todo lo ve no siempre está mirando para otro lado, y se pregunta (el demonio) si todo valdrá la pena y si podrá llegar hasta tan alto como se merece Miguelín. Y piensa en rosas místicas, piensa en nubes blancas y estrellas frescas sobre cielo claro, y piensa en los pozos negros del Infierno, en las llamas y las picas de tortura. Y además ya se le olvidó para qué deseaba subir hasta acá, qué propósito maléfico y magnífico lo animaba, y ¿qué será peor, que lo descubran, que no lo descubran, que lo echen abajo a lo mejor con todo y niño, fracasado y caído una vez más, o que pase la eternidad en la contemplación de lo divino, cada vez más ajeno a su natura de diablo? (También a él lo ata mucho tiempo, y siente mucho miedo al imaginar que lo separan del pobre niño, ese fideo de espíritu, esa cosa tan triste…)

Fuente: circulodepoesia.com

Dragón

Ray Bradbury

La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.

Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

-¡No, idiota, nos delatarás!

-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…

-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!

-¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos.

Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.

-Ah… -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, yentonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

-¡Suficiente, te digo!

-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.

-Novecientos años después de Navidad.

-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!

-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!

-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.

En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

-Mira… -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.

-¡Pronto!

Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.

-¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

-¡Señor!

-Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.

-¡Dios misericordioso!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?

-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

-¿Vas a detenerte?

-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.

-Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.

Una ráfaga de humo dividió la niebla.

-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

Fuente: ciudadseva.com

El corrector

Andrés Rivera

Ella y yo trabajábamos en una editorial de capitales europeos, y que se preciaba de haber publicado la primera Biblia que usaron los jesuitas en tierras de México.

A la hora del almuerzo, ella y yo nos quedábamos solos. Los otros correctores, la cartógrafa (¿era una sola?), las tipeadoras, las mujeres de dedos velocísimos de la oficina de cobranzas, las secretarias de los gerentes, salían a ocupar sus mesas en los bodegones que abundaban por los alrededores de la empresa y, sentados, pedían ensaladas ligeras y Coca-Cola.

Ella, a esa hora, extraía, de su bolso, revistas en las que aparecían figuras ululantes con nombres que, probablemente, castigaban algo más que mi ignorancia de hombre cercano a las edades de la vejez.

Ella, a esa hora, escupía, en una caja de cartón depositada al pie de su escritorio, un chicle que masticó durante toda la mañana y suplantaba el chicle por un sándwich triple de miga, jamón cocido y queso.

También cruzaba las piernas y un zapato se balanceaba en la punta del pie de la pierna cruzada sobre la otra.

Ese viernes, ella llevaba puesto un walkman.

Yo no miré su cara en el mediodía de ese viernes de un julio huérfano de alegría: miré un fino hilo de metal que brillaba un poco más arriba de la leve tapa de su cabeza, y después miré su cabeza, y miré su largo y lacio pelo rubio.

Dejé de suprimir gerundios aborrecibles en el original de una novela que llevaba vendidos quince mil ejemplares de su primera edición, antes de que la novela y los gerundios que sobrevivirían a las infecundas expurgaciones de la corrección se publicaran, y cuyo autor, la cotización más alta de la narrativa nacional, es un hombre que ama el vino y el boxeo, y aprecia las bromas inteligentes, y caminé hasta el escritorio de ella. Y cuando llegué hasta el escritorio de ella, miré, por encima de la cabeza de ella, y de la corta antena de su walkman, el cielo de ese mediodía de viernes. Miré, por las anchas ventanas de la sala vacía y silenciosa, el cielo gris, y algún techo desolado, y unas sábanas puestas a secar que batían el aire frío y violento.

Me agaché, y agachado, me arrastré debajo de su escritorio, y allí, en una tibieza polvorienta, hincado, le acaricié el empeine del pie, el talón y los dedos del pie, por encima de la seda negra de la media. Ese ablandamiento de una elasticidad tensa y fría duró lo que ella quiso que durase.

La calcé y, después, me puse de pie, y frente a ella, le pregunté, en voz baja, si la había molestado.

Ella me miró. Y sus labios, empastados con manteca y queso de máquina, me prometieron un invierno interminable.

-Hacelo otra vez -dijo, y le brillaron los dientes empastados, ellos también, todavía, con miga, manteca y queso de máquina.

Fuente: ciudadseva.com

Llamadas telefónicas

Roberto Bolaño

B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera, pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.

Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.

Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.

En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.

Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.

Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.

En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.

Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.

Fuente: literatura.us

Plagio

Julio Ramón Ribeyro

–Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus “Ensayos” –le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante.

–¿Y qué? –protesta Luder. Eso solo demuestra que los clásicos siguen plagiándonos desde la tumba.

Fuente: Dichos de Luder, Julio Ramón Ribeyro. 1989

El tesoro

José María Eça de Queirós

Los tres hermanos de Medranhos, Rui, Guanes y Rostabal, eran entonces, en todo el reino de Asturias, los hidalgos más hambrientos y los más remendados.

En los Pazos de Medranhos, a los que el viento de la sierra había llevado vidrios y tejas, pasaban ellos las tardes de ese invierno, encogidos en sus pellizas de camelote, golpeando las suelas rotas sobre las lajas de la cocina, delante de la vasta chimenea negra, en la que, desde hacía mucho tiempo, no estallaba lumbre ni hervía la cazuela de hierro. Al oscurecer, devoraban una corteza de pan negro untada con ajo. Después, sin candela, a través del patio, hendiendo la nieve, iban a dormir a la caballeriza, para aprovechar el calor de las tres yeguas lazarosas que, famélicas como ellos, roían las vigas del pesebre. Y la miseria había vuelto a estos señores más bravíos que lobos.

Pero, en primavera, una silenciosa mañana de domingo, andando los tres por la mata de Roquelanes, espiando pisadas de caza y cogiendo setas entre los robles, mientras las tres yeguas pastaban la hierba fresca de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, detrás de un matorral de espinos, en una cueva excavada en la roca, un viejo cofre de hierro. Como si lo resguardase una torre segura, había conservado sus tres llaves en sus tres cerraduras. Sobre la tapa, difícil de descifrar a través de la herrumbre, corría un dístico en letras árabes. Y dentro, hasta los bordes, ¡estaba lleno de doblones de oro!

Entre el terror y el esplendor de la emoción, los tres señores se quedaron más pálidos que cirios. Después, enterrando furiosamente las manos en el oro, reventaron a reír, con una risa de tal ímpetu que las hojas tiernas de los olmos, alrededor, temblaban… Y de nuevo retrocedieron, bruscamente se encararon, con los ojos llameantes, con una desconfianza tan desabrida que Guanes y Rostabal palpaban en sus cinturones los mangos de las grandes facas. Entonces, Rui, que era gordo y pelirrojo y el más despabilado, levantó los brazos, como un árbitro, y empezó por decidir que el tesoro, viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y entre ellos se repartiría, escrupulosamente, pesándose el oro en balanzas. Pero ¿cómo podrían cargar hasta Medranhos, en la cima de la sierra, aquel cofre tan lleno? Tampoco convenía que saliesen de la mata con su bien, antes de que cerrase la oscuridad. Por eso él entendía que el hermano Guanes, como más ligero, debía trotar hasta la villa vecina de Retortilho, llevando ya oro en la bolsilla, para comprar tres alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne y tres botellas de vino. Vino y carne eran para ellos, que no comían desde la víspera; la cebada era para las yeguas. Y, así repuestos, señores y cabalgaduras ensacarían el oro en las alforjas y subirían para Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna.

—¡Bien tramado! —gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, con largas guedejas y una barba que le caía desde los ojos entreverados de sangre hasta la hebilla del cinturón.

Pero Guanes no se separaba del cofre, arrugado, desconfiado, estirando entre los dedos la piel negra de su cuello de grulla. Por fin, brutalmente:

—¡Hermanitos! El cofre tiene tres llaves… ¡Yo quiero cerrar mi cerradura y llevar mi llave!

—¡También yo quiero la mía, qué rayos! —rugió enseguida Rostabal.

Rui se sonrió. ¡Claro, claro! A cada dueño del oro le cabía una de las llaves que lo guardaban. Y cada uno en silencio, agachado ante el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Inmediatamente, Guanes, despejado, saltó en la yegua, enfiló por la vereda de olmos, camino de Retortilho, lanzando a las ramas su cantiga acostumbrada y doliente:

¡Olé! ¡Olé!

Sale la cruz de la iglesia,

vestida de negro luto…

II

En el claro, frente al matorral que encubría el tesoro (y que los tres habían desbastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre rocas, caía sobre una vasta laja excavada, en la que hacía como un estanque, claro y quieto, antes de filtrarse hacia los herbajes altos. Y al lado, en la sombra de un haya, yacía un viejo pilar de granito, tumbado y musgoso. Allí fueron a sentarse Rui y Rostabal, con sus tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas mordisqueaban la buena hierba pintarrajeada de ranúnculos y amapolas. Por el enramado silbaba un mirlo. Un olor errante de violetas endulzaba el aire luminoso. Y Rostabal, mirando al Sol, bostezaba con hambre.

Entonces, Rui, que se había quitado el sombrero y le atusaba las viejas plumas de color morado, empezó a considerar, con su habla discreta y mansa, que Guanes, esa mañana, no había querido bajar con ellos a la mata de Roquelanes. ¡Y así era la suerte ruin! ¡Porque si Guanes se hubiese quedado en Medranhos, tan solo ellos dos hubieran descubierto el cofre, y tan solo entre ellos dos se repartiría el oro! ¡Qué pena! Tanto más que la parte de Guanes sería en breve disipada con rufianes, a los dados, por las tabernas.

—¡Ah, Rostabal, Rostabal! ¡Si Guanes, paseando por aquí él solito, hubiese encontrado este oro, no lo dividiría con nosotros, Rostabal!

El otro refunfuñó sordamente y con furor, tirando de sus barbas negras:

—¡No, qué rayos! Guanes es ambicioso… ¡Cuando el año pasado, si te acuerdas, le ganó los cien ducados al espadero de Fresno, ni siquiera me quiso prestar tres para comprarme un jubón nuevo!

—¿Lo ves? —gritó Rui, resplandeciendo.

Ambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por la misma idea, que los deslumbraba. Y, a través de sus largas pisadas, las hierbas altas silbaban.

—¿Y para qué? —proseguía Rui—. ¿Para qué le sirve todo el oro que nos lleva? ¿Tú no lo oyes de noche, cómo tose? Alrededor de la paja en que duerme, todo el suelo está negro de la sangre que escupe. ¡No dura hasta las otras nieves, Rostabal! Pero hasta entonces habrá dilapidado unos buenos doblones que debían ser nuestros, para que levantásemos nuestra casa, y para que tú tuvieses caballos, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de solariegos, como compete a quien es, como tú, el mayor de los de Medranhos…

—¡Pues que muera, y muera hoy! —gritó Rostabal.

—¿Quieres?

Vivamente, Rui había sujetado el brazo de su hermano y apuntaba hacia la vereda de olmos, por donde Guanes había partido canturreando.

—Más adelante, al final del sendero, hay un buen sitio, en los zarzales. Y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un golpe de punta por la espalda. Y es justicia de Dios que seas tú, que muchas veces, en las tabernas, sin pudor, Guanes te llamaba «cerdo» y «torpe», porque no sabías de letras ni de números.

—¡Malvado!

—¡Ven!

Fueron. Ambos se emboscaron por detrás de un zarzal que dominaba el atajo, estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, agazapado en la valla, ya tenía la espada desnuda. Un viento leve pasó un escalofrío en la cuesta a las hojas de los álamos, y sintieron el leve repicar de las campanas de Retortilho. Rui, rascándose la barba, calculaba las horas por el Sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Una bandada de cuervos pasó sobre ellos, graznando. Y Rostabal, que les había seguido el vuelo, volvió a bostezar de nuevo, con hambre, pensando en las empanadas y en el vino que el otro traía en las alforjas.

¡En fin! ¡Alerta! Era, en la vereda, la cantiga doliente y ronca lanzada a las ramas:

¡Olé! ¡Olé!

Sale la cruz de la iglesia,

toda vestida de negro…

Rui murmuró: «¡En la ijada! ¡En cuanto pase!». El trote menudo de la yegua golpeaba el cascajo, la pluma de un sombrero flameó roja sobre la punta de las zarzas.

Rostabal irrumpió de entre la zarza por una brecha, sacó el brazo, la larga espada, y toda la lámina se embebió blandamente en la ijada de Guanes, cuando, al rumor, bruscamente, él se había girado en la montura. Con un ímpetu sordo, cayó de lado sobre las piedras. Ya Rui se lanzaba a los frenos de la yegua; Rostabal, cayendo sobre Guanes, que jadeaba, le clavó de nuevo la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la garganta.

—¡La llave! —gritó Rui.

Y, arrancada la llave del cofre al seno del muerto, ambos se largaron por la vereda: Rostabal delante, huyendo, con la pluma del sombrero rota y torcida, la espada todavía desnuda apretada bajo el brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que le había llegado a la boca; Rui, detrás, tiraba desesperadamente de los frenos de la yegua, que, las patas hincadas en el suelo pedregoso, mostrando su larga dentadura amarilla y saliente, no quería dejar a su amo así, estirado, abandonado, a lo largo de los setos.

Tuvo que espolearle las ancas escuálidas con la punta de la espada, y corriendo sobre ella, la lámina alta, como si persiguiese a un moro, desembocó en el claro en donde el sol ya no doraba las hojas. Rostabal había tirado a la hierba el sombrero y la espada; e, inclinado sobre la laja excavada en tanque, arremangado, lavaba ruidosamente la cara y las barbas.

La yegua, quieta, empezó a pastar otra vez, cargada con las alforjas nuevas que Guanes había comprado en Retortilho. De la más ancha, abarrotada, surgían dos cuellos de botella. Entonces, Rui sacó, lentamente, del cinto su gran navaja. Sin un rumor en la hierba espesa, se deslizó hasta Rostabal, que resollaba, con sus largas barbas pingando. Y, serenamente, como si clavase una estaca en un macizo, enterró toda la hoja en el ancho dorso doblado, certera sobre el corazón.

Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con el rostro en el agua, los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero se había quedado presa bajo su muslo. Para sacar de dentro la tercera llave del cofre, Rui levantó el cuerpo, y una sangre más gruesa chorreó, escurrió por el borde del estanque, humeando.

III

¡Ahora eran suyas, solo suyas, las tres llaves del cofre!… Y Rui, estirando los brazos, respiró deliciosamente. Apenas cayese la noche, con el oro metido en las alforjas, guiando la fila de las yeguas por los caminos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría su tesoro en la bodega. Y cuando, allí en la fuente, y allá junto a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la capilla nueva del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos hermanos muertos… ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos: ¡luchando contra el Turco!

Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones y los hizo tintinear sobre las piedras. ¡Qué oro tan puro, de finos quilates! ¡Y era su oro! Después fue a comprobar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas de vino y un gordo capón asado, sintió un hambre atroz. Desde la víspera solo había comido una tajada de pescado seco. ¡Y cuánto tiempo sin probar un capón!

¡Con qué gusto se sentó en la hierba, con las piernas abiertas, y entre ellas el ave dorada, que olía a gloria, y el vino de color ámbar! ¡Ah! Guanes había sido buen mayordomo, ni siquiera se había olvidado de las aceitunas. ¿Pero por qué había traído, para tres comensales, solo dos botellas? Cortó un ala del capón: la devoraba a grandes dentelladas. La tarde caía, pensativa y dulce, con pequeñas nubes de color rosa. Más allá, en la vereda, graznaba una bandada de cuervos. Las yeguas, hartas, dormitaban, con el hocico pendido. Y la fuente cantaba, lavando al muerto.

Rui elevó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente, no habría costado menos de tres maravedíes. Y, llevando el cuello a la boca, bebió con sorbos lentos, que hacían ondular su pescuezo peludo. ¡Oh vino bendito, que tan prontamente calentaba la sangre! Tiró la botella vacía, destapó otra. Pero, como era prudente, no bebió, porque la jornada a la sierra, como el tesoro, requería firmeza y acierto. Extendido sobre el codo, descansando, pensaba en Medranhos cubierto de teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en su lecho con brocados, en el que siempre tendría mujeres.

De repente, tomado de una ansiedad, tuvo prisa en cargar las alforjas. Entre los troncos, la sombra se hacía más densa. Acercó una de las yeguas junto al cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro… Pero osciló, soltando los doblones, que tintinearon en el suelo, y llevó las dos manos angustiadas al pecho. ¿Qué ocurre, don Rui? ¡Rayos de Dios! Era un fuego, un fuego vivo, que se le había encendido dentro, subiéndole hasta la garganta. Ya se había rasgado el jubón, sus pasos eran inciertos, y, jadeante, con la lengua colgando, limpiaba las gruesas gotas de un sudor horrendo que lo dejaba helado como la nieve. ¡Oh, madre mía! ¡Otra vez el fuego, más fuerte, que lo lastraba, que lo roía! Gritó:

—¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guanes! ¡Rostabal!

Sus brazos torcidos golpeaban el aire desesperadamente. Y la llama, dentro, trepaba: sentía los huesos estallarle como las vigas de una casa ardiendo.

Se tambaleó hasta la fuente para apagar aquella llamarada, tropezó sobre Rostabal, y con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca, entre aullidos, buscaba el hilo de agua, que recibía sobre los ojos, sobre el cabello. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal derretido. Retrocedió, cayó encima del césped, que arrancaba a puñados y que mordía, mordiéndose los dedos, para chupar su frescura. Aún se levantó, con una baba densa escurriéndole por las barbas; y, de repente, desencajando pavorosamente los ojos, berreó como si comprendiese en fin la traición, todo el horror:

—¡Es veneno!

¡Oh! Don Rui, el listo, ¡era veneno! Porque Guanes, tan pronto como había llegado a Retortilho, antes incluso de comprar las alforjas, a toda prisa, y cantando, se dirigió a una callejuela, por detrás de la catedral, para comprarle al viejo droguista judío el veneno que, mezclado con el vino, lo convertiría a él, y solamente a él, en dueño de todo el tesoro.

Anocheció. Dos cuervos, de entre la bandada que graznaba allá en los zarzales, ya se habían posado sobre el cuerpo de Guanes. La fuente, cantando, lavaba al otro muerto. Medio enterrado en la hierba negra, todo el rostro de Rui se había vuelto negro. Una estrellita centelleaba en el cielo.

El tesoro todavía se encuentra allí, en la mata de Roquelanes.

Fuente: ciudadseva.com

Help me!

Guillermo Martínez

Eran los primeros años de la Unión Europea. Yo estaba en un congreso de matemática en Viena, había terminado muy pronto con mi exposición y tenía por delante el fin de semana libre. Vi en mi guía Trotamundos que Bratislava estaba cerca, y en un impulso de curiosidad por visitar algo de lo que había sido el socialismo, decidí tomar un ómnibus nocturno para pasar el sábado allí y quizá el domingo en Budapest, del otro lado del río.

   Era una noche fría, reluciente de escarcha, y el ómnibus que hacía el cruce, de color gris perla, parecía un rezago de la segunda guerra: un carromato crujiente, con los fuelles vencidos, y unas ventanillas que no cerraban del todo y dejaban colar por las rendijas un viento helado. Aun así, con el balanceo del viaje, en un momento empecé a dormitar. En la frontera, cerca de medianoche, me despertó la luz brusca e hiriente de unos grandes reflectores. El ómnibus se detuvo al costado de una garita y dos soldados subieron con linternas a pedir los pasaportes. Cuando les di el mío empezaron a repetirme, en voz cada vez más alta, como en una pesadilla, una pregunta en eslovaco, áspera y cortante, que no lograba descifrar. De pronto uno de ellos me hizo una seña imperiosa para que me levantara. Me bajaron con mi equipaje del ómnibus y me hicieron pasar entre los hocicos húmedos de los perros hacia la casilla, donde un oficial con galones y guantes de cuero abrió mi pasaporte y golpeó con un dedo sobre las páginas para reclamarme en inglés que le mostrara mi visa. Nunca se me había ocurrido pedir una -había saltado durante un mes de país en país sin problemas, recién en ese momento volví a recordar que existían las visas- y tuve que usar todos los euros que llevaba en efectivo para pagar una multa y un permiso de entrada provisorio. Recibí a cambio unas monedas eslovacas y un número de teléfono, donde debía comunicarme al día siguiente para extenderlo por veinticuatro horas. Los mismos soldados me escoltaron de regreso y volví a ocupar mi asiento entre miradas impacientes y curiosas, todavía algo aturdido, no del todo consciente de que me había quedado por completo sin dinero, mientras la barrera se alzaba y el ómnibus se internaba dentro de ese país desconocido.

    Había reservado habitación en un hotel cerca de la plaza principal, que me pareció, al trasponer la puerta giratoria y avanzar por las alfombras mullidas, más lujoso de lo que había imaginado, y por eso mismo, ahora que sólo tenía esas pocas monedas en el bolsillo, un lugar peligroso, casi amenazante. Tuve que entregar en el mostrador mi tarjeta de crédito para que me habilitaran el teléfono en el cuarto, y mientras el conserje la deslizaba por su máquina sentí un escalofrío de incertidumbre. Ahora dependía enteramente de ese rectángulo de plástico. No estaba seguro de cuánto crédito me quedaba, y en realidad, por el rápido cálculo mental de varios gastos demasiado alegres durante el viaje, no sabía siquiera si la tarjeta resistiría el pago de esa noche. Me prometí hacer también al despertar otra llamada urgente al número de auxilio para saber si podían estirar mi crédito. Todo esto no impidió que al llegar a mi cuarto, apenas descorrí el grueso cortinado doble y apoyé la cabeza en la almohada, me durmiera con un sueño de piedra. Era joven y tenía la superstición feliz del viajero, que supone que nada verdaderamente malo puede pasarle si sólo está de paso.

   Desperté a la mañana siguiente después de las once, demasiado tarde para llegar al desayuno. Al mirar el reloj recordé de inmediato, como un peso agobiante, las dos llamadas que debía hacer. Aún en el mejor de los casos, si todo terminaba bien, perdería el resto del día en trámites. Miré en el teléfono del cuarto las instrucciones en inglés, pero aunque el teléfono tenía tono, y reintenté varias veces, no logré comunicarme. Eso sólo podía significar una cosa, pensé: de algún modo habían detectado que ya no tenía crédito en mi tarjeta y me habían cortado, como precaución, toda posibilidad de hacer llamados. Me vestí, bajé al lobby, y le expliqué a uno de los empleados en la recepción, con alguna vergüenza anticipada, que no conseguía comunicarme desde mi habitación. Aparentemente no era nada de lo que temía. Ese teléfono, me aseguró el empleado, había tenido la misma clase de inconveniente antes, enviaría a la tarde alguien para arreglarlo. El problema, dije, es que yo debía hacer dos llamadas importantes antes del mediodía. Me señaló entonces un teléfono público en una de las columnas, a mitad de camino entre el lobby y la gran escalinata que conducía a los cuartos. Yo podía hablar desde aquel teléfono con monedas. Y las llamadas, agregó para animarme, me resultarían mucho más baratas. Saqué las monedas que me habían dado en la frontera, y se las mostré con la palma abierta. Había de varios tamaños y colores. ¿Serían suficientes?, le pregunté. El empleado se sonrió con un dejo de malevolencia. Suponía que sí, pero dependería, claro, de la duración de las llamadas.

    Caminé por el largo corredor hacia el teléfono, y cuando estaba eligiendo la moneda de una corona para insertar en la ranura, una mujer de grandes ojos claros apareció de pronto a mi lado, se inclinó hacia mí y me dijo en un susurro, con una mirada fija, implorante: Help! Help me! La miré, sorprendido. No alcanzaba a darme cuenta de dónde podría haber salido. ¿Habría estado quizá semioculta por la columna? Lo primero que advertí fue que aquella mujer, sin duda, habría sido muy hermosa no mucho tiempo atrás, aunque estaba ahora envejecida de forma prematura: la piel de su cara tenía algo casi transparente, quebradizo, con arrugas finas y crueles que parecían desgarrarle hacia abajo las facciones, como una máscara a punto de ser arrancada. Era extremadamente delgada, con un aspecto casi famélico, y las raíces del pelo, muy crecidas, revelaban dolorosamente, bajo los restos de tintura, el gris verdadero y extendido de las canas. Los ojos eran muy grandes, verdes, húmedos y acuciantes, como los de una niña desvalida, y toda su expresión tenía algo lastimero. Llevaba un vestido pulcro, de mangas largas, raído por demasiados lavados, que parecía una segunda piel a punto de desintegrarse. Aún así, no tenía de ningún modo el aspecto de una mendiga sino el de una mujer elegante, suave y educada, que pasaba por alguna clase de apuro inesperado, o, en realidad, de acuerdo al estado de su pelo y de su ropa, por una mala racha prolongada. Le pregunté en inglés de qué modo podía ayudarla, pero me hizo un gesto drástico y desalentado. No English, no English. Traté de hablarle en español, pero repitió el gesto de incomprensión, sin decir palabra, con dos tristes movimientos de la cabeza. Help! Help me!, volvió a suplicar, con una entonación más urgente, y la última sílaba se alargó como un balido. Le extendí entonces una de las monedas con las que iba a hacer el llamado. La miró con decepción, como si aquello no ayudara mucho, pero la tomó y la hizo desaparecer en un bolsillo, casi como un gesto de buena voluntad hacia mí, como si quisiera animarme, darme una señal de que había allí un principio de entendimiento, y quedó otra vez a la espera, con la cara expectante, y un intento desesperado de sonrisa. Las monedas, que evidentemente despreciaba, eran demasiado importantes ahora para mí, y no me arriesgué a darle ninguna otra. Cuando vio que yo no daba indicios de hacer ningún nuevo movimiento me puso una mano temblorosa sobre el brazo y volvió a implorar, con el mismo tono lacerante: Help! Help me!

   Le hice un gesto de disculpas, le mostré las palmas desnudas en el ademán universal de que no tenía más dinero, y traté de volverme hacia el teléfono para hacer la llamada. Pero ella dio entonces dos pasos rápidos y volvió a plantarse frente a mí, con las manos juntas en ruego, a punto de caer de rodillas, y volvió a repetirme, con un grito ahogado de angustia: Help me! Volví a mirarla a los ojos, unos ojos que parecían a la vez guardar y dejar escapar todo lo que había sido, y en el brevísimo segundo que me demoré, atrapado en el destello fatal de esa última luz incrustada, ella creyó ver una pequeña victoria. Me tomó del brazo con vehemencia y me señaló una ventana en el primer descanso de la escalera, mientras me daba ligeros tirones de la manga para que la siguiera por los escalones, como si hubiera algo que sólo pudiera confiarme a solas. Fui detrás de ella. Se detuvo bajo la ventana, me tomó de las dos manos y me las apretó con un gesto impotente y algo de impaciencia. Parecía querer transmitirme físicamente aquello que no lograba decirme. Sacudió la cabeza y volvió a repetir, ahora con una nota más grave y honda, y un acento íntimo: Help me! Creí comprender, oscuramente: la atraje hacia mí y en un impulso brusco, indescifrable, la besé en la boca. Me pareció que hubo en ella un instante de perplejidad: quedó inmóvil, algo rígida, pero se dejó abrazar por un instante. Fue como estrechar a un fantasma, un ser ingrávido, sin huesos, que parecía disolverse bajo mis brazos. Sentí el roce áspero y a medias huidizo de sus labios. Su boca, que yo no dejaba escapar, cedió y se abrió contra mis labios, pero cuando hice avanzar mi lengua, quedó girando en el vacío. Extrañeza y desolación. Supuse que ella había replegado la suya, de algún modo, al fondo de su boca, porque sólo encontraba ese vacío desconcertante, como si realmente aquella mujer no existiera del todo, o estuviera ahuecada por dentro. Entreabrí los ojos y comprendí que quizá me había dejado besarla como otra cortesía, pero sin entregarse enteramente, del mismo modo en que había aceptado la moneda, como una forma de indicarme que estaba en el buen camino. Me separé de ella y la miré otra vez. No parecía enojada, pero tampoco predispuesta a nada más, como si aquello hubiera sido un equívoco menor, pero que no debía distraerla de lo principal. Help! Help me! volvió a repetir, con un tono dulcificado y la voz por primera vez animada: sin duda le había infundido con el beso un poco de esperanza y creía ahora que su ruego podía ser atendido. Y de la misma forma a la vez dulce y apremiante, como si no supiera por cuánto tiempo se prolongaría sobre mí el hechizo, me arrastró con tirones entusiastas detrás de ella, hacia uno de los cuartos al final del pasillo. Shh, me decía cada tanto, mientras daba vuelta la cabeza en el pasillo desierto, para asegurarse de que todavía la seguía. Se detuvo frente a una puerta, dio unos golpes con los nudillos y la abrió a medias, con una seña nerviosa de invitación para que avanzara dentro del cuarto. Dudé por un segundo frente a la puerta entreabierta, pero ella entonces me empujó un poco por detrás, hasta que di el primer paso dentro de la habitación. Sobre la cama, que estaba sin tender y revuelta, había un chico estirado a lo largo, de unos dieciocho o veinte años, a medio vestir y descalzo, que miraba televisión. En el piso se veían restos de comida y vasos de cartón sobre un diario abierto extendido como un mantel. Apenas entré en el cuarto, el chico se puso de pie para dejar libre la cama, en lo que parecía parte de una rutina que tenía bien aprendida, y me sonrió débilmente, con una mueca borrosa. Era muy alto, con un aspecto tosco y brutal, pero a la vez, algo inarticulado: un gigante torpe, no del todo acostumbrado a la posición vertical. Los ojos, ligeramente desenfocados, y sobre todo esa sonrisa colgante y blanda, me hicieron pensar por un segundo que tal vez tuviera un leve retardo mental.

   La mujer le dijo dos frases breves y cortantes, y trató de alisar la sábana con una mano apresurada, a la vez que se dirigía otra vez a mí con una sonrisa ansiosa y me hacía con los dos brazos una seña invitadora para que me acostara. El chico, que había retrocedido en silencio, estaba ahora detrás de mí, contra la puerta. Giré la cabeza, sin poder evitarlo. ¿Era realmente un retardado? Ahora que lo veía de pie, con su cuerpo enorme que clausuraba la puerta, ya no estaba tan seguro. La mujer volvió a soltar una andanada de frases cortas. Parecía decirme con sus manos que no debía preocuparme por él, y volvió a repetir el gesto incitador para que me acostara. Cuando vio que yo permanecía de pie y estaba por dar el primer paso hacia atrás, dio un grito agudo para detenerme, se acostó ella misma en el centro de la cama, alzó el vestido sobre los muslos flacos y abrió las piernas. Help! Help me!, volvió a decir, con un tono desgarrador, y corrió a un costado la bombacha para mostrarme la hendidura del pubis. Miré, petrificado, el movimiento de su mano, los dedos que hurgaban y separaban los labios para mostrarme el centro rojo. Pero entre los dedos vi también, penoso, desanimante, el vello lacio y mustio del pubis, ya totalmente blanco. Retrocedí, sin poder evitarlo. El movimiento furioso y circular de los dedos tenía algo hipnótico, pero ese manojo de pelo triste y plateado me daba una repulsión inexplicable, como si hubiera entrevisto la vejez verdadera y pavorosa de esa mujer, una vejez contagiosa, milenaria.

   Me di vuelta hacia la puerta y la mujer gimió algo en su idioma y saltó hacia mí para tratar de aferrarme los brazos desde la cama, mientras me suplicaba con una última voz ronca, ahogada por la desesperación: Help me! Cuando vio que estaba todo perdido y que le daba ya la espalda, dio otro grito, esta vez dirigido a su hijo, y sólo pude pensar que le ordenaba cerrarme el paso. Quedé frente a él, y no hizo ningún movimiento para liberarme la puerta. De su cara se había borrado la sonrisa y ahora su aspecto me parecía solamente brutal. Vi que dudaba, todavía desconcertado, como si no estuviera seguro de obedecer, mientras su madre le seguía gritando la misma orden, en un tono cada vez más enérgico. Algo me encegueció entonces, y recordé la única lección que había aprendido en el colegio para defenderme en las peleas. Eché un poco hacia atrás la cabeza y con todas las fuerzas del terror le pegué un golpe tremendo con la frente en el medio de la cara. Escuché el crujido de un hueso y el chico dio un gran grito de dolor y se derrumbó de a poco de rodillas al suelo, con las dos manos en la nariz. La sangre le empezó a brotar, incontenible, bajo los dedos. Me abalancé al picaporte, abrí la puerta y arrastré a medias con la hoja el cuerpo caído hasta hacerme el lugar suficiente para salir. Pero algo me detuvo: el chico lloraba en el suelo, con las manos todavía aferradas a la nariz, lloraba frente a su sangre con hipos y gritos de desesperación y el desconsuelo aterrado de una criatura. La mujer había saltado de la cama y estaba ahora agachada junto a él. Trataba de contener la sangre con la punta del vestido, mientras atraía la gran cabeza a su regazo. Me miró desde allí y sus ojos verdes me horadaron con una luz feroz. Pareció de pronto que fuera a alzarse: toda su cara avanzó hacia mí, transfigurada en esa nueva luz llameante y maligna que despedían sus ojos. Su cuello frágil se tensó como un arco, alargó el brazo para apuntarme y con una voz estremecida de odio me lanzó una maldición lenta, implacable, y la repitió dos veces, con el brazo alzado y el gesto terrible de una sibila. 

   Nunca supe qué me deparaba esa maldición, pero quizá ya me alcanzó: allí donde voy, no importa en qué ciudad del país o del mundo, cada vez que una mano se extiende para pedirme limosna, vuelvo a ver esos ojos verdes, y escucho, como si ya nunca pudiera arrancarlo de mis oídos, el balido atroz: Help! Help me!

Fuente: guillermomartinezweb.blogspot.com

Recursividad

José Manuel Tamez Gómez

Para entender la recursividad, debes entender la recursividad. Anónimo (bueno, no sé de quién sea).

Hoy entré a la oficina del director general sólo para escuchar la noticia que más temía: he sido despedido. Así, con una breve frase tan sencilla y efectiva, dejé de ser gerente para convertirme en desempleado. Aunque ya lo esperaba desde hace algún tiempo, no me preparé para este golpe. Siento que la impotencia me paraliza, la humillación me acobarda y un cansancio pesado me invade por todos estos años de lucha para tratar de conservar una situación insostenible. Arrastrando los pies y con la cabeza hundida, salgo de la corporación para la que he trabajado los últimos quince años y me dirijo a mi casa. En vez de tomar mi auto prefiero caminar, me voy por otras calles para no encontrar rostros conocidos. Camino durante treinta minutos bajo el sol ardiente y el aire húmedo que me hacen transpirar durante todo el trayecto. Me arranco la corbata. No quisiera llegar a la casa pero al fin he llegado. No tengo deseos de hablar; sólo espero que entiendan que estoy fastidiado, quiero acostarme, quiero desaparecer. Entro a mi recámara y me dejo caer sobre la cama para tratar de dormir. En realidad, sólo cierro los ojos apretándolos fuertemente pero no puedo evitar que los pensamientos desagradables lleguen a mi cabeza. Todo está perdido, la gran batalla se perdió. Yo la perdí. No supe ganarla, nadie más tiene la culpa, ni siquiera opuse resistencia. Ya no se vale llorar, pero de todos modos lloro porque no encuentro ninguna salida. Cuando me levanto, varias horas después, ya empieza a oscurecer. Nadie más está en la casa. Sé que tengo que hacer algo que me ayude a sacar esta depresión acumulada que llevo por dentro. Voy directo al clóset y busco en el cajón más alto ese número telefónico que resolverá mi problema. No lo encuentro, lo que hallo en su lugar es un cuaderno y una pluma. Escribir siempre me ha ayudado a calmarme. Necesito desahogarme. Empiezo a escribir y va saliendo de esta sudada pluma mi propia triste historia como de quien la mira desde afuera.

Poco después del mediodía, llegó a la oficina del gerente donde le dieron la triste noticia: había sido despedido. Así, sin más trámites, le quitaron su jefatura y lo mandaron a la calle. Aunque lo sospechaba desde varios días atrás, no estaba preparado para la humillación. De pronto, se sintió impotente, después avergonzado y, al final cansado; cansado de luchar por años para conservar el aprecio de un director cada vez más intolerante y estricto. Arrastrando los pasos y con la mente todavía embotada, salió de la compañía para la que había trabajado los últimos veinte años y se largó para su casa. En vez de tomar el taxi de costumbre, prefirió caminar a través de calles diferentes para no encontrar las mismas caras y evitar así las preguntas incómodas. Deambuló sin rumbo claro durante cuarenta minutos bajo el sol ardiente del mediodía que le quemaba la cabeza ya sin cabellos, la terrible humedad del aire lo hizo sudar y maldecir contra el clima. ¡Qué pinche calor! A pesar del desgaste, no tenía ganas de llegar a su casa, pero tuvo que llegar. Con un inaudible saludo que quiso decir estoy cansado, se fue a la recámara y se dejó caer sobre la desvencijada cama deseando dormirse. Realmente, lo único que hizo fue cerrar los ojos apretándolos fuertemente para no dejar salir las lágrimas, pero no pudo evitar que la tristeza lo embargara: todo estaba perdido, se sintió culpable, culpable y avergonzado por su falta de huevos para protestar. No supo defenderse ni siquiera opuso resistencia. Ya no era tiempo de llorar, pero de todos modos lloró porque se dio cuenta de que sólo era un inútil cobarde. Se levantó varias horas después. Estaba oscuro. Nadie más estaba en la casa, sintió el deseo de hacer algo para calmarse. ¿Cómo sacar esa rabia acumulada durante años de humillaciones? Se fue directo al armario y abrió el cajón más alto buscando la botella escondida tanto tiempo, aquella que se había prometido no volver a tocar. Ahí estaba, como siempre, esperándolo. Vio también el viejo cuaderno donde escribía para tranquilizarse. Lo tomó con desdén y se sentó para escribir su dolor. Mientras se desahogaba con la pluma, se ahogaba con el ron tibio que le aturdía en cada trago. Empezó a escribir su propia historia de fracasado como si le echara en cara a otra persona, como reclamando que la desgracia le pertenecía a otro, no a él.

Con el rostro desencajado entras a la oficina del jefe de personal quien te ha hecho esperar dos horas sólo para confirmar lo que tus compañeros ya te habían adelantado te corrieron. Te lo soltaron de sopetón así como se oye sin darle más vueltas no muestras sorpresa pero por dentro sientes que la sangre empieza a hervir ya lo estabas esperando desde que perdieron la huelga y cerraron la sucursal pero de todas maneras no estás preparado sientes una pinche impotencia que te paraliza quieres darle un madrazo al desgraciado que te está humillando te contienes contienes el coraje y entonces te cae encima el maldito fastidio de quien ha estado luchando por años para tener un salario miserable pero necesario sales en silencio arrastrando las botas con los puños apretados y la cabeza hundida de la empresa de mierda para la que has trabajado como esclavo los últimos veinticinco años y te vas como un robot al único lugar que se te ocurre a tu jodida casa. No tienes ganas de subirte al camión donde te conocen y de seguro van a burlarse de ti cuando sepan lo que te pasó prefieres caminar por entre los callejones sucios y encharcados caminas a lo tonto durante una hora bajo un sol encabronado que te achicharra por dentro y te hace sudar hasta el fundillo te das cuenta de que odias ese maldito uniforme tan caliente y ridículo aunque no quieres llegar sabes que tienes que hacerlo entras desanimado y en silencio a la penumbra de una casucha húmeda intentas un saludo pero sólo te sale una mueca que quiere decir estoy hasta la madre y mejor te vas directo a la recámara para dejarte caer con pesadez en la cama ahí estás tratando de borrar las imágenes las palabras quieres que nadie te vea quieres quedarte dormido para siempre recuerdas al avestruz cierras los ojos con fuerza te tapas la cara con las manos porque no quieres que te vean llorar pero no puedes evitar esa sensación de derrota que te ha invadido desde la mañana sabes que ya todo está perdido que ya te llevó la chingada perdiste la batalla tú solo y por pendejo no has sabido ganar algo tan sencillo nadie más que tú tiene la culpa es más ni siquiera te defendiste ya ni modo ahora ya no se vale llorar y sin embargo lloras como una vieja te levantas varias horas después cuando ya está oscuro y no hay nadie más en la casa todavía no te repones de la pena pero ahora sientes un inmenso deseo de gritar de golpear de hacer algo que te calme que te permita sacar tanto encabronamiento acumulado por años vas al ropero y abres el cajón más alto buscando la botella de aguardiente escondida tanto tiempo y que prometiste no volver a tocar en el mismo cajón encuentras ese viejo cuaderno donde escribiste con pasión alguna vez y la vieja pistola que compraste años atrás para vengar aquella ofensa a tu honor la miras y piensas que esto de perder el trabajo sí que es una gran humillación y tú mismo te la has causado tomas un trago largo y penoso que te va quemando la garganta te pega en la cabeza y te aturde lo suficiente como para no pensar en el siguiente y definitivo paso quieres escribir para desahogarte estás pensando si vale la pena escribir tu propia estúpida historia de fracasado no lo haces porque no hay ni siquiera un puto lápiz. ¡Mierda! Gritas con dolor en el corazón de un fuerte manotazo tiras el cuaderno y sin darte tiempo para pensarlo porque sabes que te rajarías empuñas la pistola con fuerza cierras los ojos con desesperación pones el cañón junto a la oreja derecha y disparas.

Espantado vio su propio destino en esas líneas. Como un destello se vio reflejado en ese viejo miserable y paró de escribir para tomar otro trago. No pudo seguir escribiendo, ¿qué más se podría decir del pobre fracasado si ya estaba muerto? Lo mató demasiado rápido, pensó. Era evidente su desesperación porque estaba acabando con su propia creación. No encontró las fuerzas para dar vida, dar vida es como renacer. ¡Ese maldito despido! ¿Por qué a él? ¿Por qué precisamente a él que no le hacía mal a nadie? Empinó nuevamente la botella sólo para tomarse el último trago. Encabronado, la lanzó contra la pared con tanta fuerza que hizo caer el retrato de su boda. De un violento manotazo también aventó fuera de la mesa el cuaderno y se levantó a buscar otra botella. Fue nuevamente al armario y al abrir otro cajón vio la vieja pistola que compró hace algunos años para vengar aquella afrenta a su nombre. Pensó que ser despedido era una mayor afrenta y él mismo se la había provocado. Tomó la pistola con fuerza, cerró los ojos con desesperación, y sin darse tiempo a reaccionar, colocó el cañón junto a la oreja derecha y apretó el gatillo sólo para oír un clic metálico. ¡No tenía balas! Reaccionó con sorpresa y luego apareció una especie de sonrisa. No murió. ¡Qué chingaos, si no era para tanto! Tal vez no estaba preparado para escribir su propia y triste historia, pero al sentirse vivo nuevamente pensó que, a pesar de su edad, hay siempre nuevas oportunidades. Sonó el teléfono y al decir bueno oyó la voz de la mujer que le devolvería la vida plena. Me sorprendo por lo que he escrito porque veo en ese cuaderno como si mi destino pasara frente a mí. Me quedo paralizado, imaginando por un momento que esa historia fuera la mía, y me alegro de que no sea así. Pero ya no sigo escribiendo. ¿Qué más puedo decir de ese pobre hombre? He dicho que su tragedia ya se acabó, que ahora va a rehacer su vida y regresar a la normalidad de la rutina mediocre y aburrida. Me gustó más la primera parte cuando sufría por su desgracia, pero no quiero escribir sobre alguien que lleva una vida tan normal. ¿Por qué habré terminado esa historia tan fácil y rápidamente? Es obvio que estoy desesperado. Me siento vacío. No encuentro las fuerzas para escribir un buen cuento y todo por culpa de ese maldito despido que me tiene el cerebro embotado. Quiero volver a escribir, pero ya no tengo papel y siento que exploto, y al grito de ¡al carajo! arranco la hoja del cuaderno y la aprieto con fuerza entre mi puño. Voy otra vez al clóset para buscar algo, no estoy seguro de lo que quiero: ¿más papel para seguir escribiendo?, ¿o tal vez esa botella de coñac que fielmente me espera en mis momentos de depresión?, ¿podría ser la preciosa pistola que compré para vengar aquel insulto a mi honor y que desde entonces no había yo tocado? Recuerdo aquella afrenta y ahora pienso que ser despedido sí es una verdadera mancha a mi nombre. Encuentro las tres cosas y rápidamente, con violencia, destapo la botella para tomar un largo trago que mientras me va quemando la garganta, me nubla el pensamiento y me deja ver la fragilidad de mi pequeño y triste mundo. Repuesto del mareo, tomo otra vez mi pluma y me siento más calmado para seguir escribiendo. Esto me ayudará a olvidar y tranquilizarme. Estoy seguro de que al volver a correr la pluma sobre el papel me voy a sentir en paz. Si puedo darles vida a nuevos personajes, puedo crearme mi propia vida feliz. Lo único que necesito es escribir que el teléfono suena y lo levanto para oír la voz de la mujer anhelada. Parece muy sencillo, pero ¡qué estúpido soy! Esto sólo pasará en el papel, en la realidad no hay mujer soñada, ni siquiera tengo un mugroso teléfono. Lo único cierto es este sabroso coñac que sigue recorriendo todo mi cuerpo y que llega hasta la cabeza para ofrecerme otro paraíso: el paraíso de la venganza. ¡Ese maldito despido! ¿Por qué a mí, carajo? ¿Por qué precisamente a mí que no le hago mal a nadie? Agarro la botella y me la empino durante algunos segundos sólo para tomarme el último trago. Desesperado la lanzo contra la pared con tanta fuerza que tiro el retrato de mi boda. ¡Váyanse todos a la mierda! —grito al tiempo que mando a volar el cuaderno de un enérgico manotazo— y me levanto pensando en buscar otra botella, pero ya no hay botella, ya no hay mujer, ya no hay honor. Lo único real y verdadero es la negra pistola. No quiero pensar porque sé que me voy a acobardar. La tomo firmemente para comprobar que tenga balas, me la pongo bajo el saco y me voy ahorita mismo a matar a ese hijo de puta que me corrió.

Fuente: José Manuel Tamez Gómez, Recursividad y otros relatos tropicales, Villahermosa, Gobierno del Estado de Tabasco, 2017.

Una zona sagrada

Carlos Fuentes

Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, solo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escamas y algas no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y los cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises solo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que solo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.

Fuente: ciudadseva.com

El acto libre

José Edwards

La Secretaria privada del Señor X, Director General de la Confederación Internacional de la Producción Universal, entró tímidamente en su privadísimo despacho con una tarjeta en la mano. Se la entregó balbuceando.

—Es un señor que solicita hablar con Ud.

—¡Que vuelva otro día! ¡Estoy ocupado!

—Es que este señor ha estado viniendo, día a día, desde hace ocho meses, don Alcibíades.

—¡Ah! ¿Sí? ¡Y cómo no me lo había dicho antes! ¿De qué se trata?

—No quiere decir. Asegura que es un asunto privado.

X pensó un poco; luego, botando la tarjeta al canasto sin mirarla, decidió:

—Hágalo entrar.

La verdad era que, en ese momento, no tenía nada que hacer.

Casi al instante apareció un viejito semijorobado, con un inmenso cartapacio debajo del brazo. Hizo una reverencia y se sentó frente al inaccesible magnate.

—¿En qué puedo servirle? —rugió X con una voz que estaba a punto de dar por terminada la entrevista.

—En nada.

—¿Cómo en nada?

—Soy yo el que puede servirle a usted; tengo un documento que creo puede interesarle.

En la forma más suave y silenciosa posible, dejó caer un descomunal volumen encima del escritorio.

X se sacó los anteojos; era un recurso que usaba frecuentemente con el objeto de pulverizar a sus interlocutores: su mirada miope tenía una expresión a la vez implacable y penetrante.

—¿Cómo así? —bufó.

—En estas páginas está escrita toda la historia de su vida pasada…

—¡Ah! ¡Chantaje! ¡Yo no invierto dinero en ese tipo de cosas!

—…y también la historia de su vida futura.

—¿De mi vida futura? ¿Está usted loco?

Por toda respuesta, el viejito dio vuelta trabajosamente el pesado tomo, colocándoselo de frente.

—Obsérvelo un poco, si gusta —insinuó.

X abrió el libro con avidez, calándose una vez más los anteojos.

—Puede usted estar seguro que no obtendrá un centavo de mi dinero —estableció, mientras se sumergía voluptuosamente en la lectura.

Hojeó rápidamente las primeras páginas: su niñez, su juventud.

¡Bah! No era difícil informarse de estas cosas con un poco de trabajo. Algunos detalles llegaron a sorprenderlo, sin embargo, en forma golpeante.

¿Cómo había podido alguien llegar a conocer los juegos y fantasías a que él se entregaba a los cuatro años, cuando defecaba interminablemente, sentado en su vieja y olvidada bacinica celeste?

¿Y sus calcomanías? ¿Su sapo de celuloide? ¿Su primera bicicleta? ¡Hasta la marca estaba indicada con acuciosa precisión!

Lo que más le interesaba, sin embargo, eran otras cosas. Ciertos pormenores indiscretos de sucesos ocurridos en su juventud y, muy especialmente, después de su juventud. Todo estaba registrado, por cierto, con lujo de detalles.

En seguida, empezó a hurgar datos referentes a sus negocios: los secretos de su contabilidad.

Después de unos diez o veinte minutos de lectura, su respiración se había hecho difícil y un sudor tibio le humedecía, en forma desagradable, la frente, el cuello y hasta la barriga. ¡Aquel libro era una verdadera bomba!

De pronto lo cerró y volvió a sacarse mecánicamente los anteojos, pero se los puso de nuevo enseguida.

—Su libro no me interesa —declaró enfáticamente, esperando aterrado la reacción de su adversario.

Pero el jorobado viejito no se inmutó, sacando, a modo de réplica, un segundo volumen de su cartapacio; se trataba de un documento bastante más reducido.

—Aquí puede leer usted un poco de su futuro.

—¿De mi futuro?

—Bueno, tal vez ya ha dejado de serlo. Es la breve historia de lo ocurrido entre usted y yo, desde que entré a esta oficina.

X abrió el segundo libro, esta vez sin hacer ningún comentario.

Después de leer algunos párrafos, dejó de sudar bruscamente, un frío intenso empezó a recorrer su cuerpo y, sin poder evitarlo, se puso a temblar como una gallina.

¿Qué significaba todo aquello? ¿Acaso se estaba volviendo loco?

El libro estaba allí, no obstante, sólido y tangible, y las letras se destacaban claramente sobre el papel. Sus últimas palabras, las que acababa de pronunciar, aparecieron escritas en letras de molde, como también sus últimos pensamientos, el orden exacto de su reciente lectura, sus sensaciones aun frescas y hasta la descripción detallada de cómo y cuándo se había quitado y colocado los anteojos.

Sin saber qué hacer, procedió a soltarse un poco la corbata y, en ese mismo instante, pensó con horror que este gesto suyo estaría ya escrito, con toda seguridad, en las primeras páginas del último volumen que el viejo conservaba dentro del cartapacio.

Entonces, se enfureció de golpe. ¿Acaso era posible, después de todo, que él no fuera otra cosa que un muñeco, un esclavo o un títere, en manos de ese viejo infeliz? ¿Que todos sus actos pasados, presentes y futuros, estuvieran de antemano ordenados y escritos en ese ridículo libraco?

Sin pensar qué hacía, se lanzó sobre su anciano visitante, procurando arrebatarle por la fuerza el último tomo. El viejo se defendió en forma obstinada, produciéndose entre ambos una especie de pugilato o forcejeo un tanto indecoroso que se prolongó por varios minutos, durante los cuales, afortunadamente, no sonó el teléfono ni entró nadie a la oficina.

A pesar de su aspecto frágil, el viejo poseía un insospechado caudal de energía física; pero X era por lo menos veinte años más joven, treinta o cuarenta kilos más pesado y, además, luchaba por algo que le pertenecía: su futuro, su vida y su libertad. Uno por uno fue torciendo los dedos del anciano, hasta obligarlo a soltar el pesadísimo volumen.

Por fin, ya triunfante, volvió a sentarse como si nada hubiera ocurrido, dando comienzo a su tercera y última lectura.

La historia se iniciaba, como lo había sospechado, con el asunto de la corbata. Luego se refería a la sospecha misma que había cruzado su mente: que aquello ya estaba escrito. Enseguida consignaba su furia y el acto ciego de arrojarse sobre el viejo.

Después, narraba con increíble fidelidad todos los detalles del silencioso combate, su victoria final y la iniciación de la lectura.

La página siguiente describía la lectura misma, y la subsiguiente la segunda lectura.

Y así continuó X, página tras página, leyendo la precisa descripción de cómo leía: corbata – sospecha – furia – pugilato – victoria – lectura – corbata.

Un obscuro instinto le decía que, si abandonaba el libro por un momento, éste empezaría a actuar por su cuenta, es decir a impartirle órdenes y a dominarlo. Por otra parte, si lo destruía sin leerlo, quedaría para siempre esclavizado a él: no podría dejar de pensar que, cualquier cosa que hiciera en el futuro, buena o mala, disparatada o sensata, ya habría estado escrita y anunciada en alguna de sus páginas.

Su única defensa parecía consistir, por lo tanto, en seguir aferrado al texto, sin dejar pasar una letra, una sílaba o una coma. Abrigaba, tal vez, la insensata esperanza de vencerlo por la velocidad, o sea, de leer con tal rapidez que pudiera en un momento dado llegar antes que él al futuro. En esta forma lograría, por fin, contradecirlo, ejecutando el ansiado Acto Libre o liberador.

El libro parecía adaptarse, sin embargo, al ritmo de la lectura, con la automática precisión de un reflejo o una sombra, mientras más rápidamente leía más rápidamente lo informaba de cómo había leído y con cuánta rapidez. Si, haciendo una trampa, se saltaba una o varias páginas, el libro ejecutaba el mismo salto, a la manera de un steeplechase o carrera de obstáculos; al explorar la última página, lo único que encontraba era el hecho ya conocido de que la había explorado y, si volvía atrás, leía que había vuelto atrás.

Después de un lapso no determinado, el viejito, vencido tal vez por el aburrimiento, se retiró en puntillas quién sabe hacia dónde y no ha vuelto a vérsele más. En cuanto a X, por todo lo que sabemos, continúa leyendo o leyéndose leer, apresado en la trampa de su propia libertad, o de su propia clarividencia, sin atreverse a pestañear o a mover los ojos del texto, hasta el día de hoy.

Fuente: www.ciudadseva.com

Ser polvo

Santiago Dabove

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino.

Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: «¡no hay esperanza para el corazón del hombre!». Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual.

Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.

Frente mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, este se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia abundante en dones.

Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. ¡Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡idos, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por… Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad «ejemplares», píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el «sueño» que precedió a «mi muerte».

Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.

Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.

La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan solo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.

Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia.

Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, descubran la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron.

…¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar, de amar.

Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada.

Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?

Sentía que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente. ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar!

…El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora.

…Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza.

…Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.

…Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo.

…De qué manera odio ahora eso del «árbol genealógico de las familias»; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.

…Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas.

…Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizás, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndole la curiosidad, volvió y, pensando quizás en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabía cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía: ¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable.

No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir.

La expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio… y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando… Pero en todo esto había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo.

Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!… la ascensión de un «rubor verde». ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última: ¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?… No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre.

…Frente a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición «su olor humano». ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos.

Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es precisamente lo que estos últimos no saben: que son elementos del Paisaje.

Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizás equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la escena» de su conjunto.

…Por mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación de humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el vegetal y el sol.

…Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas. …Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna «a que pertenezco» se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como «la mía», tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!

Fuente: www.ciudadseva.com

Una promesa

Fernán Caballero

Había una vez una mujer que no tenía hijos, y tantos deseos de tenerlos, que no consiguiendo sus oraciones a Dios el obtenerlo, se ofreció al diablo darle a los catorce años el niño que pariese, si por su medio lograba tenerlo.

A los nueve meses parió un niño, y vivió contentísima al principio de tenerlo; pero mientras más crecía el niño y se acercaba su edad a los catorce años, más se inquietaba y entristecía la madre. Viéndola un día llorar, le preguntó su hijo qué era lo que tenía, y ella se lo dijo:

—¡Cómo ha de ser, madre! —dijo el niño cuando hubo oído la relación de su madre—. Ya no tiene remedio, y si no le cumple lo prometido, vendrá por usted el diablo; así, yo me voy al infierno.

Echó a andar, pero no sabía el camino. Encontró a unos arrieros, a los que preguntó si sabían el camino del infierno.

—¡Jesús! —contestaron ellos—. No lo permita Dios. Pero por esa vereda abajo hay una cueva, en la que hemos visto a un monstruo. Ese puede que lo sepa.

Encaminose el mozo hacia la cueva, y vio al monstruo, que era un hombre muy deforme y espantoso, y cuando supo el intento del muchacho le dio lástima, y con las señas del camino que debía seguir le dio una carta para la hija del Diablo mayor.

—No la querrá tomar —le dijo—; pero dile que es de su compadre, y si se niega a tomarla, a ninguno más le guío para su morada.

Cuando llegó al infierno dio la carta y el recado a la hija del Diablo mayor, la que rabió mucho con la carta y con su compadre, pero que no tuvo más remedio sino hacer lo que su compadre la pedía en aquel papel.

—Tú eres inocente —le dijo al muchacho—, y para apoderarse de ti tiene mi padre que hacerte pecar. Ahora te llevará a un jardín de flores hermosas en apariencia, pero que son flores del infierno, flores envenenadas; y así, ninguna cojas, ni huelas ninguna, sino dile que no te gustan.

Y así sucedió. Cuando el Diablo mayor llevó al muchacho a un jardín hermosísimo en que había las flores más bellas, por más que le instó a que las cogiese, o las oliese siquiera, no hubo forma. Al Diablo grande se lo llevó Barrabás, y pensó: No tengas cuidado, que mañana no te escaparás.

Al día siguiente, como la hija del Diablo sabía los pensamientos de su padre, le dijo al muchacho:

—Hoy te dirá mi padre que pases por una cueva, de la que saldrá un oso espantoso para destrozarte. Cuando lo veas venir dirás por tres veces «María, María, María», y no se atreverá a tocarte, sino que se echará a huir.

Y así sucedió. El Diablo mayor estaba que bramaba, y dijo para sí: Mañana no te escaparás, porque he de ir en persona a matarte.

La hija del Diablo mayor le dijo al muchacho:

—Mañana vendrá mi padre en persona a matarte. Escóndete detrás de la puerta de tu calabozo, y cuando venga le das con estos dos palos, que pondrás en cruz, y caerá al suelo, la cara en tierra, como muerto. Entonces huye volando, y no pares de correr hasta llegar a una iglesia. Así lo hizo el muchacho, y quedó libre de las garras del Demonio, como quedará todo el que resista a las tentaciones, invoque el nombre de María y se ampare de la Cruz.

Fuente: www.ciudadseva.com

Prischepa

Isaac Babel

Me dirigía a Léchniuv, en donde se había instalado el estado mayor de la división. Mi compañero de viaje continuaba siendo Prischepa, joven kubanés, pícaro incansable, depurado comunista, futuro trapero, despreocupado, sifilítico y tardo mentiroso. Llevaba un caftán circasiano carmesí confeccionado con paño fino, y un capuchón aboatado caído sobre la espalda. Por el camino me contó su vida…

Hace un año, Prischepa huyó de los blancos. Como represalia, estos tomaron como rehenes a los padres del joven y los fusilaron en la sección de contraespionaje. Los vecinos saquearon los bienes de la casa. Al ser expulsados los blancos del Kubán, Prischepa volvió a su aldea natal.

Ocurrió por la mañana, al amanecer, cuando el sueñito del mujik suspira bajo el agriado bochorno. Prischepa enganchó un carro oficial y fue por el pueblo recogiendo su gramófono, sus tinas de kvas y las toallas bordadas por su madre. Se echó a la calle con abrigo negro y un puñal curvo en el cinto; el carro iba rodando detrás. Prischepa fue de un vecino a otro, y la huella sangrienta de sus plantas iba dejando un rastro tras él. En las casas donde el cosaco encontraba objetos de su madre o la pipa de su padre, dejaba viejas apuñaladas, perros colgados sobre el pozo, iconos emporcados con excrementos de animales. Fumando sus pipas, los aldeanos seguían sombríamente, con los ojos, el camino de Prischepa. Los cosacos jóvenes se dispersaron por la estepa y llevaron la cuenta de las víctimas. Esta cuenta iba creciendo, el pueblo callaba. Cuando hubo terminado, Prischepa volvió a la vacía casa de sus padres. Colocó los recuperados muebles en el orden que recordaba de su infancia y mandó por vodka. Encerrado en la casa, estuvo dos días bebiendo, cantando, llorando y dando sablazos sobre la mesa.

La tercera noche, el pueblo vio humo sobre la isba de Prischepa. Chamuscado, con la ropa desgarrada, Prischepa salió tambaleándose, sacó una vaca del establo, le puso el revólver en la boca y disparó. La tierra giraba bajo sus pies, un círculo de azuladas llamas salía volando por las chimeneas y se desvanecía. Un ternero abandonadlo gemía en el establo. El incendio resplandecía como un domingo. Prischepa desató el caballo, saltó sobre la silla, arrojó al fuego un mechón de sus cabellos y desapareció.

Fuente: ciudadseva.com.

El gato y la zorra

Aleksandr Nikolaievich Afanasiev

Érase un campesino que tenía un gato tan travieso, que su dueño, perdiendo al fin la paciencia, lo cogió un día, lo metió en un saco y lo llevó al bosque, dejándolo allí abandonado.

El Gato, viéndose solo, salió del saco y se puso a errar por el bosque hasta que llegó a la cabaña de un guarda. Se subió a la guardilla y se estableció allí. Cuando tenía ganas de comer cazaba pájaros y ratones, y después de haber satisfecho el hambre volvía a su guardilla y se dormía tranquilamente. Estaba contentísimo de su suerte.

Un día se fue a pasear por el bosque y tropezó con una Zorra. Ésta, al ver al Gato, se asombró mucho, pensando: «Tantos años como llevo viviendo en este bosque y nunca he visto un animal como éste.»

Le hizo una reverencia, preguntándole:

—Dime, joven valeroso, ¿quién eres? ¿Cómo has venido aquí? ¿Cómo te llamas?

El Gato, erizando el pelo, contestó:

—Me han mandado de los bosques de Siberia para ejercer el cargo de burgomaestre de este bosque; me llamo Kotofei Ivanovich.

—¡Oh Kotofei Ivanovich! —dijo la Zorra—. No había oído ni siquiera hablar de tu persona, pero ven a hacerme una visita.

El Gato se fue con la Zorra, y llegados a la cueva de ésta, ella lo convidó con toda clase de caza, y entretanto le preguntaba detalles de su vida.

—Dime, Kotofei Ivanovich, ¿estás casado o eres soltero?

—Soy soltero —dijo el Gato.

—Yo también soy soltera. ¿Quieres casarte conmigo?

El Gato consintió y en seguida celebraron la boda con un gran festín.

Al día siguiente se marchó la zorra de caza para procurarse más provisiones, poderlas almacenar y poder pasar el invierno, sin preocupaciones, con su joven esposo. El Gato se quedó en casa.

La Zorra, mientras cazaba, se encontró con el Lobo, que empezó a hacerle la corte.

—¿Dónde has estado metida, amiguita? Te he buscado por todas partes y en todas las cuevas sin poder encontrarte.

—Déjame, Lobo. Antes era soltera, pero ahora soy casada; de modo que ten cuidado conmigo.

—¿Con quién te has casado, Lisaveta Ivanovna?

—¿Cómo? ¿No has oído que nos han mandado de los bosques de Siberia un burgomaestre llamado Kotofei Ivanovich? Pues ése es mi marido.

—No he oído nada, Lisaveta Ivanovna, y tendría mucho gusto en conocerlo.

—¡Oh, mi esposo tiene un genio muy malo! Si alguien lo incomoda, en seguida se le echa encima y se lo come. Si vas a verle no te olvides de preparar un cordero y llevárselo en señal de respeto; pondrás el cordero en el suelo y tú te esconderás en un sitio cualquiera para que no te vea, porque si no, no respondo de nada.

El Lobo corrió en busca de un cordero.

Entretanto, la Zorra siguió cazando y se encontró con el Oso, el cual empezó, a su vez, a hacerle la corte.

—¿Qué piensas tú de mí, zambo? Antes era soltera, pero ahora soy casada y no puedo escuchar tus galanterías.

—¿Qué me dices, Lisaveta Ivanovna? ¿Con quién te has casado?

—Pues con el mismísimo burgomaestre de este bosque, enviado aquí desde los bosques de Siberia, y que se llama Kotofei Ivanovich.

—¿Y no sería posible verle, Lisaveta Ivanovna?

—¡Oh amigo! Mi esposo tiene un genio muy malo, y cuando se enfada con alguien se le echa encima y lo devora. Ve, prepara un buey y tráeselo como demostración de tu respeto; pero no olvides, al presentarle el regalo, esconderte bien para que no te vea; si no, amigo, no te garantizo nada.

El Oso se fue en busca del buey.

Entre tanto, el Lobo mató un cordero, le quitó la piel y se quedó reflexionando hasta que vio venir al Oso llevando un buey; contento de no estar solo, lo saludó, diciendo:

—Buenos días, hermano Mijail Ivanovich.

—Buenos días, hermano Levon —contestó el Oso—. ¿Aún no has visto a la Zorra con su esposo?

—No, aunque llevo esperando un buen rato.

—Pues ve a llamarlos.

—¡Oh, no, Mijail Ivanovich, yo no iré! Ve tú, que eres más valiente.

—No, amigo Levon, tampoco iré yo.

De pronto vieron una liebre que corría a toda prisa.

—Ven aquí tú, diablejo —rugió el Oso.

La Liebre, asustada, se acercó a los dos amigos, y el Oso le preguntó:

—Oye tú, pillete, ¿sabes dónde vive la Zorra?

—Sí, Mijail Ivanovich, lo sé muy bien —contestó la Liebre con voz temblorosa.

—Bueno, pues corre a su cueva y avísale que Mijail Ivanovich con su hermano Levon están listos esperando a los recién casados para felicitarlos y presentarles, como regalos de boda, un buey y un cordero.

La Liebre echó a correr a casa de la Zorra, y el Oso y el Lobo se pusieron a buscar el sitio para esconderse. El Oso dijo:

—Yo me subiré a un pino.

—¿Y qué haré yo? ¿Dónde podré esconderme? —preguntó el Lobo, desesperado—. No podría subirme a un árbol a pesar de todos mis esfuerzos. Oye, Mijail Ivanovich, sé buen amigo: ayúdame, por favor, a esconderme en algún sitio.

El Oso lo escondió entre los zarzales y amontonó encima de él hojas secas. Luego se subió a un pino y desde allí se puso a vigilar la llegada de la Zorra con su esposo, el terrible Kotofei Ivanovich.

Entre tanto la Liebre llegó a la cueva de la Zorra, dio unos golpecitos a la entrada, y le dijo:

—Mijail Ivanovich con su hermano Levon me han enviado para que te diga que están listos y te esperan a ti con tu esposo para felicitarlos y presentarles, como regalo de boda, un buey y un cordero.

—Bien, Liebre, diles que en seguida iremos.

Un rato después salieron el Gato y la Zorra. El Oso, viéndolos venir, dijo al Lobo:

—Oh amigo Levon, allí vienen la Zorra y su esposo. ¡Qué pequeñín es él!

El Gato se acercó al sitio donde estaban los regalos, y precipitándose sobre el buey empezó a arrancarle la carne con los dientes y las uñas. Se le erizó el pelo, y mientras devoraba la carne, como si estuviese enfadado, refunfuñaba «¡Malo! ¡Malo!»

El Oso pensó asustado: «¡Qué animal tan pequeño y tan voraz! ¡Y qué exigente! A nosotros nos parece tan sabrosa la carne de buey y a él no lo gusta; a lo mejor querrá probar la nuestra.»

El Lobo, escondido en los zarzales, quiso ver al famoso burgomaestre; pero como las hojas le estorbaban para ver, empezó a separarlas.

El Gato, oyendo el ruido de las hojas, creyó que sería algún ratón, se lanzó sobre el montón que formaban y clavó sus garras en el hocico del Lobo. Éste dio un salto y escapó corriendo. El Gato, asustado también, trepó al mismo árbol donde estaba escondido el Oso.

«¡Me ha visto a mí!», pensó el Oso, y como no podía bajar por el tronco, se dejó caer desde lo alto al suelo, y a pesar del daño que se hizo, se puso en pie y echó a correr.

La Zorra los persiguió con sus gritos.

—¡Esperen un poco y se los comerá mi valiente esposo! Desde entonces todos los animales tuvieron un gran miedo al Gato, y la Zorra, con su maridito, provistos de carne para todo el invierno, vivieron contentos y felices de su suerte.

Fuente: ciudadceva.com

En un principio

José T Lugo

Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Génesis 2:9

La víbora era astuta. Vagaba por el jardín durante la noche. En el silencio de la oscuridad se escucha el roce de sus escamas con la hojarasca. Bulbos incandescentes se encienden en la tela negra de los árboles. El silbido de su lengua bífida aleja la selva. Temerosos corren a sus madrigueras.

—Monstruo escamoso que te escondes en la complicidad de la luna. Sal, para no hablar al aire y dirigirme a tu mirada funesta.

Los faroles amarillos, junto el último silbido, salieron debajo de un helecho.

—Pareces molesto pequeño primate olvidado.

—¡Calla! Lagarto sin patas —gritó el mono mostrando sus colmillos—. Amante de la tierra que escupes fuego por la boca. Todo se aleja de tu cercanía. Deberías sentirte honrado por permitir que estés en mi presencia.

—Recuerda que yo no lo pedí. Tú me solicitaste. De nada debo sentirme honrado.

—Rey debes llamarme. Sé lo que pasa bajo la copa de los árboles, y sé que sucede arriba de ellas.

—¿Qué te incómoda, oh gran rey? Para mandar a llamar a esta inmunda servidora que arrastra su vientre en el despojo de los vivos.

—Tus palabras son de colmillos para fuera. Tan ligeras que la brisa más leve se las lleva.

—Buscas lo que no hay; pierdes el tiempo. Si sólo para ello has llamado me retiro de tu arbustiva presencia.

El mono, aferrado a las ramas, veía con desprecio a la criatura viperina. Molesto, comenzó a azotar las ramas. Una parvada de loros voló, asustados. Respiraba con fuerza. Agitado. Los insultos de la víbora llegaron más allá de las orejas.

—¡No! —Exclamó el mono—. Necesito de ti.

La víbora detuvo su partida. Volteó la cabeza diamantada hacia el árbol donde se hallaba el mono. Movía su cuello, interesada en el tema que preocupaba los pensamientos del primate con cola.

—¿Me necesitas?

—Sí.

—¿Qué te quita el sueño, comedor de hojas?

Aún después del insulto, el mono continuó sereno.

—Un nuevo animal camina entre nosotros. Camina a dos patas, erguido. Un mono sin pelo. El Creador lo trajo del mísero barro, y a su compañera la extrajo de los huesos del primero.

—Los he visto. Duermen a la sombra de los grandes árboles. Toman para ellos lo que esté a su alcance. Con rostros altivos se posan frente a uno. Autodeclarados señores y soberanos. Por ser los últimos, se creen ahora los primeros.

—Mi corazón se regocija al escuchar tus palabras. Es deber mantenernos juntos ante las calamidades bípedas.

Como muestra de confianza, el mono bajó del árbol. Tomó una roca de trono frente a la víbora.

—He sido despojado de mi trono —continuó hablando el mono—. Por un animal que ensucia las plantas de sus pies. Yo soy el rey. Un grito de guerra causa pavor en los rostros de los más valientes…

—Quieres deshacerte de ellos ¿cierto? —Interrumpió el discurso del rey.

—Solo quiero recuperar lo que es mío por derecho.

—¿No temes ir en contra de los deseos de tu Creador?

—Él lo sabe todo ¿no es así? Los deseos de mi corazón, que con mis manos tomaré… —hizo una pausa—. Sabe todo eso y no me detiene. Si quisiera defenderlos, mandaría a su arcángel contra mía.

—Sé sabio amigo de las ramas. Detente por un momento. Piensa todo lo que llega a tus oídos.

—¿A qué te refieres?

—El Creador juega con ellos. Busca quien gobierne las tierras de fuera. Aun así, no quiere llevarlos a una tierra pobre, de lamentos y llantos. Ellos se revelarían contra él. Han creado al hombre en tierra próspera. Dulce a la vista y al paladar. Pero espada de dos filos es la belleza.

—Tu boca suelta demasiado veneno, mis ojos se nublan y no puedo entenderte.

—En el centro del jardín Él puso dos árboles. Prohibidos a sus labios. Si llegan a comer de ellos serían expulsados por sus actos. La culpa para gobernar un mundo.

—¿Cómo sabes eso?

—¿No has escuchado lo que hasta la lombriz con claridad entendió?

El mono, con vergüenza en su rostro, mintió.

—¿Hablas de aquellos árboles? No eres específico en tus palabras, muchos se encuentran en el centro de este huerto.

La víbora silbó, divertida ante el desconocimiento del amante de las alturas.

—La ignorancia en ocasiones es la mejor amante —dijo riendo.

—Continúa que te morderé la cola.

—Tranquilo. Lo que digo es sobre la posición de aquellos frutos. El porqué de su existencia. Porque existen, y si existen es para el uso. Se encuentran siempre a la vista. Nunca a lo lejos, siempre a su paso.

—¿Insinúas que el Creador los desea fuera del jardín?

—Por supuesto, por qué otra razón habría creado aquellas frutas. Si los amara dentro del huerto jamás hubiera creado tales abominaciones. De la creación, son los únicos que no pueden comer de ellos.

—¿Tú las has probado?

—Sí, el de conocimiento. No tengo interés en la vida eterna.

—No me interesa el conocimiento, menos la vida eterna —mintió nuevamente—. El animal que es sabio sabrá comportarse. Es mejor tenerme de rey que enemigo. Un tonto eterno es un buen sirviente por generaciones.

—De regreso a nuestro negocio. Tu preocupación es sin fundamento. Pronto ellos dejarán el jardín y tu reino —“si es que al menos es tu reino” pensó la víbora— regresará a tus manos. La poseerás —“si es que la poseía en realidad” pensó la víbora— como siempre en tus generaciones.

No pudo detenerla por más tiempo. La vio perderse en la penumbra de los arbustos de mora.

Aún sentado en la roca, movía su cola cual artista con su brocha en lienzo blanco. Los árboles abarcan sus pensamientos. Más que sabiduría busca la eternidad. Rey por los siglos de los siglos.

El sol nace del horizonte en el Edén. Los primeros rayos del astro tocan con suavidad las hojas. Refleja su luz en las gotas del rocío, quienes se deslizan hasta caer con aplomo en el suelo. Las aves anuncian que el día comienza. Los ojos de los dormidos abren su vista al cielo. Bóveda celeste coloreada de amarillos y azules. Listos para comenzar la faena de la jornada.

En las ramas ya se escucha al rey moviéndose. Los tesoros del jardín no lo dejaron dormir. La eternidad lo espera después de una mordida de lo maldito. Se balancea entre lianas y ramas. Su cola lo hace grácil en su movimiento. Como búho a su presa, se perchó en un sauce cercano a los frutos. Miró a su alrededor. Busca la mirada entrometida de cualquier animal. No había nadie según sus ojos. Se abalanzó hacia el centro, escuchó un silbido.

—La avaricia logró quitarte el sueño, mi querido “rey” —lo último en tono de burla. Pensé que la sabiduría era la joya del tonto y la vida eterna la obligación de la servidumbre.

—Un rey eterno es el mayor bien para todos.

—Eres pieza de este juego.

—No soy peón de nadie —gritó el mono—. Yo decido mis acciones. Con conciencia y raciocinio escojo mi camino.

Saltó hacia el siguiente árbol. Un rey tomando su camino, porque en este mundo hay libre albedrío, no como en otros. Se acercó al árbol del conocimiento. Vio su fruto rojo. Apariencia lisa. “Los conocimientos duermen en mi lecho. Sus palabras susurran a mis orejas y llenan de ella mi espíritu. No comeré de ella”.

Rechazando el fruto rojo se dirigió al árbol contiguo. Caminó por sus ramas y encontró sus frutos. Suaves al tacto. De un amarillo que resaltaba en lo verde de las hojas. Tomó uno entre sus manos. Lo miró con fijeza. Quitó la cáscara, adentro se revelaba la pulpa. El poder del tiempo en sus manos. Con una mordida arrancó un pedazo. El zumo corría por sus dedos mientras lo devoraba. En el suelo cayó la semilla del delito.

El sonido de pasos a lo lejos desvió su atención. Vislumbró la hembra del mono desnudo tomando su paseo matinal. Con la barba y bigotes amarillos se acercó a ella. Era tiempo de recuperar su trono.

—Querida dama, ¿qué haces sin tu compañía? Los tiempos son difíciles. Debes estar atenta en tu camino.

—¡Vaya! Sí que me has sorprendido pequeño amigo.

“¿Pequeño?” pensó el otro.

—Observaba las maravillas de nuestro Creador —continuó hablando la mujer—. ¿Qué tienes en la boca?

—¿En mi boca? —no se había percatada de los restos del fruto en su pelaje—. Oh, es fruta. Creo que no la conoces puesto que el Creador os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto.

—Del fruto de los árboles del huerto comemos. Más del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo el creador: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis.

—Pero linda, quién habla así con tantos —éis y —áis. No puedes tomar en serio la charla ante tales terminaciones.

—Nosotros sólo obedecemos su palabra.

—¿Y por qué la obedecen?

—Porque comerlo estaría mal.

—Lo ves cariño. Ya sabes qué es malo o bueno. La víbora, enviada del divino, ha comentado que no morirán. Mas sabe el Creador que el día que coman de él, serán abiertos vuestros ojos, y serán como dioses sabiendo el bien y el mal.

—¿La víbora enviada del divino?

—Claro mi cielo, ella es sabia entre las sabias. Si ya sabes que está mal, comer de los frutos no ocasionará nada. Porque ya has tomado el camino de ser una diosa. Los frutos sólo aceleran el proceso. ¿Acaso Él pondría algo tan delicioso en su camino, para negarles comerlo? ¿Siempre a la vista y no poseerlo? Todos hemos comido de ellos, sólo ustedes no. Dice la víbora, claro está.

—¿Tú confías en la víbora?

—¡Pero qué pregunta me has hecho! Todos acudimos a ella para consejo. Nos ha dicho cual fruto habremos de tomar. Pero yo sólo soy un estúpido animal que se balancea en las ramas de los árboles. No tengo derecho a darte consejo.

—Amigo, no digas tan terribles palabras a tu ser. Has venido a mí como consejero. Para nada eres tonto. Yo igual creo que eres sabio. Dime ¿cuál fruto me aconsejas tomar?

Una sonrisa simiesca apareció en el rostro. Ojos frívolos y vacíos se dirigían a la mujer.

—No te podría ayudar en tal decisión. Déjame acudir a la víbora. Le haré la misma pregunta. Vendré a ti con la respuesta elegida por ella.

—Si a tu parecer es la mejor decisión, ve pues. Te esperaré sentada bajo este árbol.

Trepando por los árboles se alejó de la mujer. Ella esperó sentada bajo la sombra del árbol de la vida, sin tocar sus frutos. El mono nunca llegó hasta la víbora, porque se había ocultado del calor de la mañana. Durmiendo en una madriguera sin dueño.

La mujer se levantó al escuchar el venir del mono.

—Y bien, ¿cuál ha sido su consejo?

—Con su sabiduría proveniente de lo alto te aconseja tomar del árbol del conocimiento. Rechaza la vida eterna que sólo trae perdición y calamidad.

Si ellos comieran del árbol de la vida serían enemigos eternos. En lucha de despojar el reino a su antiguo dueño. “Prefiero sabios a inmortales” se dijo a sí mismo el mono.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y el árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió, así como ella.

Se dieron cuenta que estaban desnudos. Huyeron de la presencia del Creador. Cuando les buscó no los “podía” hallar. Conocía que habían probado del fruto, pero quería que llevaran la culpa del mal en sus lomos.

La mujer acusó a la víbora por consejera. El Creador se volteó hacia ella. La sacó de la madriguera de conejo donde se hallaba descansando. Desconcertada, el miedo se apoderó de ella.

Él le dijo:

—Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.

La ira del Creador se hizo cumplir. Desterró a los humanos a la tierra pobre e infértil. El jardín desapareció de la vista junto con todos sus habitantes.

El mono se acercó riendo a la víbora. Contento de su cometido y por el castigo infringido a la víbora.

—¿No te das cuenta? —silbó.

El mono paró de reír.

—¿Cuenta de qué? —Siempre ando sobre mi pecho y el polvo entra en las comisuras de mis labios. Nada ha cambiado desde el principio.

Fuente: En el interior del sauyán o cuentos para antes de las 05:32. José T Lugo. Gobierno del Estado de Tabasco. 2017.

Amira y los monstruos de San Cosme

Silvia Molina

A Nora Melgar

Más de veinte años han pasado y aún me resisto a olvidar algunas escenas de mi educación preescolar. Esos hechos me parecen significativos ahora; en cambio, cuando tenía seis años no los pude comprender.

Sin alternativa ni discusión, mis padres me inscribieron en el Colegio Francés de San Cosme. La historia de una niña en un colegio católico y además burgués carece de importancia, a no ser que se considere que la niña no era católica ni burguesa, y que se recuerde la cercanía del Museo del Chopo: estaba a un lado del colegio, y las “yeguas finas”, como nos llamaban a las alumnas, casi éramos reliquias suyas. (Conocí el museo mucho tiempo después. No hicimos aquel año una visita escolar.)

Sentada esta mañana frente al gigantesco esqueleto del dinosaurio, en el Museo de Historia Natural, me inquietó no sólo su magistral arquitectura sino la obstinada presencia, en mi mente, del último patio del colegio de San Cosme.

Cerré los ojos; me vi en aquel patio, con la cara pegada a un gran portón de madera (creo que era rojo tierra). Del otro lado, en El Chopo, estaba aquel osario prehistórico. Espiábamos por rendijas y agujeros tratando de verlo… Se contaban historias aterradoras de él. Sus exageradas descripciones podrían igualarse en imaginación a las de los primeros viajeros al Oriente.

Nunca vi al dinosaurio, sin embargo, mis compañeras escuchaban lo que yo decía observar a través de las rendijas. Nuestros relatos habrían podido formar otro Manual de zoología fantástica.

Mi padre, descendiente de árabes sin preocupación religiosa alguna, era, entonces, un pequeño comerciante en telas de La Lagunilla. Mi madre, mujer hermosa e ignorante, trabajó hasta antes de su boda en El Palacio de Hierro, atendiendo el departamento de ropa interior para caballero. Sorpresivamente papá heredó la cadena de almacenes de importación “Telas Amira”, y una buena suma de dinero. Compró una casa en la colonia Polanco y decidió enviarme a lo que sus clientes llamaban “el mejor colegio para mujeres”. Dejé con tristeza la colonia Roma; nunca más me dejaron salir a la calle a jugar: era mal visto por los vecinos. A mi papá lo veía muy poco, trabajaba lo que se dice de sol a sol; pero estar con él era una delicia. Su amor por mí lo llevaba a todo; no hubo cosa que yo le pidiera que no hiciese… excepto una.

A mi mamá, de familia católica no practicante, la nueva posición la volvió frívola. Su papel como madre se limitó a comprar aquellos incómodos uniformes de lana azul marino con cuello, puños y cinturón deshilados y blancos. No pretendo ser injusta: aparte de obligarme a ir a la escuela, debe haber hecho muchas cosas por mí, aunque la recuerdo muy poco en la casa. Perfecta climber o parvenue, desperdiciaba su tiempo en reuniones sociales.

No es éste el momento de entrar en detalles acerca de las relaciones entre mis padres. Mi mamá, además, nunca me lo perdonaría. He dicho algo de ellos, no porque pretenda hacer mi autobiografía sino porque será más fácil comprender mi extraña situación en esa escuela.

Vuelvo, pues, a la historia del monstruo.

Yo debía esperar el autobús escolar en la esquina de mi casa, a las seis y media de la mañana; es decir, oscuro todavía; así que decidí no levantarme de noche ni sufrir las prisas en los jalones de pelo.

Como todas las niñas de Polanco, tuve nana: me vestía estando yo casi dormida, “alisaba” mi cola de caballo y me llevaba trotando a Mariano Escobedo. Renegaba, tirando de mí, como a un perro necio que no quiere caminar. Tomábamos un camión Santa Julia lleno a más no poder, donde invariablemente arrugaba el esplendor del cuello almidonado y, ya a las puertas del Francés, hacía yo todo un escándalo.

—¡Ay, señora! se pone a chillar y grita que la encierran con un monstruo —se quejaba, enojada, la nana.

A pesar de los castigos, repetía el berrinche, afinando un detalle cada vez. Mi nana, como ahora me resulta fácil comprender, huyó con el novio, más que por pasión, por deshacerse de mí. Pero tuve ocho nanas más aquel año.

No recuerdo cómo me hacían entrar al colegio. Veo vagamente a mis papás hablando con la directora y creo, repetí una docena de veces:

—Voy a ser buena ahora en adelante para que el Niño Jesús no se enoje conmigo.

Mi padre, con cierta satisfacción, aseguraba que yo había heredado el carácter del abuelo y me decía muy quedo al oído, para no contrariar a mi mamá:

—El Niño Jesús es invento de los católicos.

Tal era el amor de papá por mí que, para asegurar mi lugar en la escuela, regalaba a las religiosas, mensualmente, diez yardas de lino importado. Yo se lo agradecía besándole con ternura la calva.

¿Tiene que ver el monstruo en todo esto? A mis rabiosos seis años gritaba por gritar; nunca medité el porqué de mi repugnancia al colegio. Aunque mi posición social y religiosa no era la de la mayoría de las niñas, en los juegos éramos iguales. Es verdad, en calificaciones yo iba muy atrás y leía silabeando.

Mi madre amaneció repentinamente con la ocurrencia de que yo aprendiera a tocar el piano. Había ido a casa de una amiga suya a jugar póker:

—Hubieras visto a la hijita de Magali —me dijo—, traía un vestido precioso de organdí blanco. Se sentó al piano y nos tocó una pieza di-vi-na.

¡Dios mío! Mis primas jamás enfrentaron aquellas estúpidas vanidades; además, iban a un colegio oficial.

Contra la voluntad de mi madre no hubo pero que valiera; me compró un vestido blanco de organdí, habló con la directora del Francés para que allí me dieran las clasecitas y fuimos a la Chopin de donde salí con el Método Beyer bajo el brazo. Mamá llevaba la lista de precios de los pianos en exhibición.

Confieso que la idea de tener aquel instrumento me encantó y que ese día, únicamente ese día, agradecí a los dioses los caprichos de mamá porque en la Sala Chopin escuché algo que ahora creo reconocer en una Gimnopedia de Satie. Soñé con llegar a tocar aquella melodía.

Dormí muy inquieta por la emoción: al día siguiente abriría con la maestra el Beyer y pondría las manos por primera vez en un piano. Me levanté sin que me despertaran y cuando la nana entró a la recámara ya estaba yo vestida.

Ocho largos meses fui a clase de piano. Ocho infinitos meses en que en vano rogué a papá me sacara de la escuela.

A fin de año la boleta de calificaciones decía REPROBADA. No me aceptaron para la primaria alegando que mi conducta era atroz e indigna de un colegio tan selectivo como aquél.

Mi madre lloró. Papá reclamó sus cien yardas de lino.

Esas vacaciones, mientras me daban clases particulares para ponerme al corriente y poder entrar a la Benito Juárez gané peso y no volví a sufrir de dolores de estómago ni de vómito repentino.

Como en el colegio no le dijeron a papá por qué no me habían aceptado, yo tampoco dije nada. Las profesoras lograron hacerme sentir culpable; pero no, nunca pude olvidar la pesadilla del monstruo.

Voy a tratar de reconstruir aquellas escenas:

Las diez en punto. Tomo el cuaderno pautado y el Beyer, salgo del salón y, apoyada en la baranda del corredor, camino rumbo al sótano de la casa de las religiosas. Me detengo en la escalera que une el corredor con el sótano y me quedo observando los mosaicos del piso: rosetones rojos, rayas verde y naranja. Luego corro por la escalera semi-oscura hasta el cuarto donde me esperan. Agazapada observo las letras negras de la puerta; leo: “pia-no”, y no sé cómo el Beyer, el cuaderno pautado y el lápiz se me resbalan de las manos. Cuando estoy recogiéndolos la puerta se abre:

—Cada día llegas más tarde. Son diez y media.

Entro. Mientras me siento a la mesa, la señorita Hilaria ha ido a accionar el metrónomo que está encima del piano.

Tac-tac, tac-tac, tac-tac, tac-tac, tac-tac, tac-tac…

Por la rendija de la puerta se cuela una luz amarilla y opaca. No recuerdo bien el cuarto; debió ser oscuro porque veo la bombilla encendida. La luz cae sobre el pelo blanco y quebrado de la señorita Hilaria, la única mujer bigotuda que yo conocía.

Estiro las piernas bostezando y la señorita Hilaria golpea la mesa con los nudillos, ordenándome que cambie de posición:

—¡Espalda recta!

—Me duele el estómago.

—Escucha el tiempo que te da el metrónomo. Compás cuatro cuartos y… un y dos y tres y cuatrui… un y dos y tres y…

Escucha el metrónomo. Escucha: tac-tac, tac-tac, tac-tac, tac-tac…

—Fíjate. Mira el cuaderno: Do, re, mi, silencio. Mi, re, do, silencio. Marca con tu mano derecha: arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha. Arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha.

Ocho densos y angustiosos meses en aquel horrible cuarto sin abrir el piano. ¡Llegué a pensar que no tenía teclas! Me sabía de memoria todas las escalas, la clave de Sol, la clave de Fa, el valor de las notas, las corcheas… ¿Por qué entonces la señorita Hilaria no me dejaba hacer los ejercicios en el piano? Todo lo hacía yo sobre la mesa:

—Espalda recta, levanta las manos; un poco más, brazo suelto; acá, desde el hombro. Relájate…

—Me duele el estómago.

—No te distraigas.

—No me gusta el solfeo, es muy aburrido. Quiero tocar el piano, aunque sea para ver cómo suena.

La señorita Hilaria se pone de pie y me levanta de una oreja. Nos dirigimos atropelladamente al piano. Ella quita, histérica, la tapa. Cada vez veo más cerca las teclas: primero veo teclas blancas y teclas negras; luego, es un color gris lo que se estrella contra mi cara.

Fue mi última lección y yo, no la señorita Hilaria, quedé expulsada una semana de la escuela.

A mi regreso me encargué de difundir que en el cuarto de piano había un monstruo fétido que torturaba a las niñas: tenía cabeza de serpiente, de dragón o de mujer, según estaba de humor, y emitía un gemido de furia cuando las niñas querían tocar el piano. Había que escapar a la mortífera mirada del HILARIADISAURIO.

—Sus manos, garras encorvadas, me estrujaron —aseguré.

Sus colmillos de serpiente morderían a quien tratara de defenderse; prueba de su ferocidad era la herida de mi cara.

El monstruo, con su cabeza de mujer, había dicho que después de insultarla corrí tropezándome en los escalones del corredor. En cambio, yo dije que no había podido escapar porque el monstruo me había hipnotizado con su inmensa cola que azotaba contra el piso haciendo tac-tac, tac-tac, tac-tac…

Me expulsaron porque la directora no creyó que la señorita Hilaria, en un arrebato de histeria, se había metamorfoseado en aquel terrible ser.

El invierno siguiente entré en la escuela Benito Juárez; y no fue sino mucho tiempo después cuando supe que se contaba que el Monstruo de San Cosme vivía en aquel sótano y que cada año devoraba a una niña.

A la hora del recreo, las niñas espiaban por la cerradura de la puerta a la señorita Hilaria quien tocaba una música como de ángeles para atraer a sus víctimas.

Fuente: materialdelectura.unam.mx

La suegra del diablo

Carmen Lyra

Había una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos.

Una tarde se asomó la muchacha a la ventana, bien compuesta y de pelo suelto. (Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido.) No hacía mucho rato que estaba allí, cuando pasó un señor a caballo. Era un hombre muy galán, muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo, moreno, de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba. El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata. Saludó con una gran reverencia a la niña, y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre lo ocurrido.

A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana. Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero.

Al día siguiente, desde buena tarde, estaban a la ventana, vestidas con las ropas de coger misa, volando ojo para la esquina. Al cabo de un rato, apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro, sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas.

Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.

Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que cuidara del caballo.

El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomendaciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hijo mío.

Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen.

Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo.

Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios.

Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo. Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y esta le contó las gracias de su marido. Cuando se sentaron a la mesa, la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo.

A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que este se dio gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo.

-¿Apostemos a que aquí no entra Ud?

El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa.

La suegra hizo señas a unos hombres que tenía listos con la tapadera, tras una cortina, y estos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo:

-¿Pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve, eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él.

Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.

En efecto, aquel era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, solo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero solo Dios sabía cómo andaba el frijol.

Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el pobre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mala palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un pobre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oír bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía:

-¡Quien quiera que seas, sácame de aquí…!

El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dio con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía:

-Hombre, sácame de aquí y te tiene cuenta.

Él preguntó:

-¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?

El que estaba en ella contestó:

-Sácame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.

Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.

-Para pagarte tu favor -le dijo- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: “Yo soy el que te sacó de la botijuela”, y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil. Ya te lo advierto.

Y así fue. Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino, y nada. De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud. Llegó donde el enfermo y para disimular, se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina. A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo:

-Soy el que te sacó de la botijuela.

Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido. Toda la familia estaba agradecidísima, no hallaban dónde poner al médico y lo dejaron bien pistudo.

Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal, en la duquesa doña Mengana, en el marqués don Perencejo. Y todos fueron curados por el médico, que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡el señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio. La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba. Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa. El otro, por rajón, le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así, le cortara la cabeza.

Se acercó con su botella de agua y le dio las tres cucharadas. A la tercera le dijo al oído de la enferma:

-Soy yo, el que te sacó de la botijuela.

El diablo respondió:

-¡No!

Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle:

-¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita…

Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no.

Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina.

Pidió al rey tres días de término y entre tanto, no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera, dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora.

Y así se hizo. En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo:

-¡Salí por vida tuyita…!

En vez de contestar, el Diablo preguntó:

-Hombre, ¿qué es ese alboroto?

El otro respondió:

-Aguardate, voy a ver qué es.

Inmediatamente volvió y dijo:

-¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo.

-¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? -dijo el Diablo.

¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno. La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico, mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio, regalo del rey. Desde entonces la pasaron muy a gusto.

Fuente: ciudadseva.com

La palabra

Vladimir Nabokov

Barrido del valle de la noche por el genio de un viento onírico, me encontré al borde de un camino, bajo un cielo de oro puro y claro, en una tierra montañosa de extraordinaria naturaleza. Sin necesidad de mirar, sentía el brillo, los ángulos y las múltiples facetas de aquellos inmensos mosaicos que constituían las rocas, de los precipicios deslumbrantes, y el destello de innumerables lagos que me miraban como espejos en algún lugar abajo en el valle, tras de mí. Mi alma se vio embargada por un sentido de iridiscencia celestial, de libertad, de grandiosidad: supe que estaba en el Paraíso. Sin embargo, dentro de esta, mi alma terrenal, surgió un único pensamiento mortal como una llama que me traspasara -y con qué celo, con qué tristeza lo preservé del aura de aquella gigantesca belleza que me rodeaba-. Ese único pensamiento, esa llama desnuda de sufrimiento puro, no era sino el pensamiento de mi tierra mortal. Descalzo y sin dinero, al borde de aquel camino de montaña, esperé a los amables y luminosos habitantes del cielo, mientras el viento, como la anticipación de un milagro, jugaba con mi pelo, llenaba las gargantas con un zumbido de cristal, y agitaba las sedas fabulosas de los árboles que florecían entre las rocas que bordeaban el camino. Largos filamentos de todo tipo de hierbas lamían los troncos de los árboles como si fueran lenguas de fuego; grandes flores se rompían abiertas en las ramas brillantes y, como copas volantes que rezumaran luz del sol, planeaban por el aire, exhalando en sus jadeos unos pétalos convexos y translúcidos. Su aroma dulce y húmedo me recordaba todas las cosas maravillosas que había experimentado a lo largo de mi vida.

De repente, cuando me encontraba cegado y sin aliento ante aquel resplandor, el camino se llenó de una tempestad de alas. Escapándose de las cegadoras profundidades llegaron en enjambre los ángeles que yo estaba esperando, con sus alas recogidas apuntando a las alturas. Se movían con pasos etéreos; eran como nubes de colores en movimiento, y sus rostros transparentes permanecían inmóviles a excepción de un leve temblor extasiado en sus pestañas radiantes. Unos pájaros turquesa volaban entre ellos con risas felices como de adolescentes, y unos animales color naranja deambulaban ágiles, en una fantasía de manchas negras. Las criaturas se enrollaban como ovillos en el aire, estirando sus piernas de satén en silencio para atrapar las flores volantes que circulaban y se elevaban, apretándose ante mí con ojos brillantes.

¡Alas! ¡Más alas! ¡Por todas partes, alas! ¿Cómo describir sus circunvoluciones y colores? Eran suaves y también poderosas; leonadas, violetas, azul profundo, negro aterciopelado, con un polvillo arrebolado en las puntas redondeadas de las plumas curvas. Eran como nubes escarpadas fijas en la espalda luminosa de los ángeles, suspendidas en arrogante equilibrio; de tanto en tanto, un ángel, en una especie de trance maravilloso, como si le fuera imposible contener por más tiempo su felicidad, en un efímero segundo, abría sin previo aviso esa su belleza alada y era como un estallido de sol, como una burbuja de millones de ojos.

Pasaban en enjambres, mirando al cielo. Sus ojos eran simas jubilosas, y en sus miradas acerté a ver el vértigo del vuelo. Se acercaban con pasos deslizantes, bajo una lluvia de flores. Las flores derramaban su brillo húmedo en el vuelo; los esbeltos y elegantes animales jugaban, sin dejar de ascender en remolinos; los pájaros tañían de felicidad, remontando el vuelo para luego caer en picado. Y yo, un mendigo cegado y azogado, seguía parado al borde del camino, con un mismo y único pensamiento que apenas lograba balbucear dentro de mi alma de mendigo: Llámalos, diles… oh, diles que en esa la más espléndida de las estrellas de Dios hay una tierra, mi tierra… que se muere en la más absoluta y acongojada oscuridad. Tuve la sensación de que, si tan solo hubiera podido agarrar con la mano aquel tornasol resplandeciente, hubiera podido traer a mi tierra una alegría tal que las almas de los humanos se hubieran visto iluminadas al instante y hubieran comenzado a girar alrededor…

Alcé mis manos trémulas, y esforzándome por impedir el camino de los ángeles traté de agarrar el dobladillo de sus casullas brillantes, de tocar los bordes, los extremos tórridos y ondulantes de sus alas curvadas que se deslizaban entre mis dedos como flores con pelusa. Yo corría y me precipitaba de uno a otro, implorando como en un delirio su indulgencia, pero los ángeles seguían su camino sin detenerse, ajenos a mí, con sus rostros cincelados mirando a las alturas. Era una hueste que ascendía hacia una fiesta celestial, hacia un claro de un bosque de un resplandor insoportable, donde tronaba y respiraba una divinidad en la que no me atrevía ni a pensar. Vi telarañas de fuego, manchas de colores, dibujos y diseños de carmesí gigante, rojos, alas violetas, y sobre todo y sobre mí, el suave susurro de una ola vellosa que ascendía. Los pájaros coronados con un arco iris turquesa picoteaban, las flores se desprendían de las brillantes ramas y flotaban. ¡Esperen un minuto, escúchenme!, les gritaba, tratando de abrazarme a las piernas de algún ángel vaporoso, pero sus pies, impalpables, inalcanzables, se me escurrían de las manos, y los extremos de aquellas alas grandes se limitaban a quemarme los labios a su paso. En la distancia, una tormenta incipiente amenazaba con descargar en un claro dorado abierto entre rocas vívidas, los ángeles se retiraban, los pájaros cesaron en sus agudas risas agitadas; las flores ya no volaban desde los árboles; sentí una cierta debilidad, fui enmudeciendo…

Y entonces ocurrió un milagro. Uno de los últimos ángeles se quedó rezagado, se volvió y en silencio se acercó a mí. Divisé sus ojos cavernosos de diamante fijos en mí desde el arco imponente de su ceño. En las nervaduras de sus alas extendidas relucía algo que parecía hielo. Las propias alas eran grises, un tono inefable de gris, y cada pluma acababa en una hoz de plata. Su rostro, la silueta levemente risueña de sus labios y su frente limpia y despejada me recordaron otros rasgos que conocía y había visto en la tierra. Las curvas, el destello, el encanto de todos los rostros que yo había amado en vida… parecieron fundirse en un semblante maravilloso. Todos los sonidos familiares que habían llegado discretos y nítidos a mis oídos parecían ahora fundirse en una única y perfecta melodía.

Se acercó hasta mí. Sonrió. Yo no pude devolverle la mirada. Pero observando sus piernas, noté una red de venas azules en sus pies y también una pálida marca de nacimiento. Y deduje, a partir de esas venas, de aquel lunar diminuto, que todavía no había acabado de abandonar la tierra por completo, que quizás pudiera entender mi plegaria.

Y entonces, inclinando la cabeza, tapándome los ojos medio ciegos con las palmas de las manos, sucias de barro, comencé a enumerar mis penas. Quería explicarle lo maravillosa que era mi tierra, y lo terrible de su síncope negro, pero no encontré las palabras que necesitaba. A borbotones, repitiéndome, balbuceé una serie de trivialidades, le hablé de una casa quemada en la que hubo un tiempo en el que el brillo que el sol dejaba en el parque se reflejaba en un espejo inclinado. Parloteé de viejos libros y tilos viejos, de pequeñeces, de mis primeros poemas escritos en un cuaderno escolar color cobalto, de un gran peñasco gris, cubierto de frambuesas salvajes en medio de un campo lleno de mariposas y escabiosas… pero no pude, no acerté a expresar lo más importante. Me confundía, me trastabillaba, me quedaba callado, comenzaba de nuevo, una y otra vez, en un hablar confuso que no llevaba a ninguna parte, y le hablé de habitaciones en una casa de campo fría y llena de ecos, le hablé de tilos, de mi primer amor, de abejorros durmiendo entre las escabiosas. Me parecía que en cualquier momento, en cualquier momento, me vendrían las palabras para decir aquello que quería, lo más importante, que llegaría a poder contarle todo el dolor de mi tierra. Pero por alguna extraña razón solo me acordaba de minucias, de pequeñeces y detalles mundanos que no acertaban a decir ni a llorar aquellas lágrimas corpulentas de fuego que yo quería contar sin acertar a hacerlo…

Me quedé callado y alcé la cabeza. El ángel esbozó una sonrisa atenta, silenciosa, contemplándome con celo desde sus ojos alargados de diamante. Y supe entonces que me entendía.

-Perdóname –exclamé y besé con humildad aquel pálido pie con su marca de nacimiento-. Disculpa que no sepa hablar sino de lo efímero, de trivialidades. Sin embargo, tú, mi ángel gris, de corazón amable, me entiendes. Contéstame, ayúdame, dime, dime, ¿qué es lo que puede salvar a mi tierra?

Me tomó por los hombros un instante en un abrazo de sus alas de paloma y pronunció una sola palabra, y en su voz reconocí todas aquellas voces silenciadas y adoradas. La palabra que pronunció era tan maravillosa que, con un suspiro, cerré los ojos e incliné aún más la cabeza. La fragancia y la melodía de la voz se extendieron por mis venas, y se alzaron como el sol en mi mente: las innumerables cavidades que habitaban mi conciencia se prendieron en ella y repitieron aquella canción edénica y brillante. Estaba lleno de ella. Con la tensión de un nudo bien lazado, me golpeaba en las sienes, su humedad temblaba en mis pestañas, su dulce hielo abanicaba mis cabellos, y era una lluvia de calor celeste sobre mi corazón.

La grité, me deleité en cada una de sus sílabas, alcé mis ojos con violencia, rebosantes de arcos iris radiantes de lágrimas de alegría…

Dios mío… el amanecer de invierno brilla verdoso ya en la ventana y no consigo recordar aquella palabra de mi grito.

Fuente: narrativabreve.com

La lluvia

Arturo Úslar Pietri

La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.

Se oía en el hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.

La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró un chinchorro quieto y pesado, y llamó con voz agria:

-¡Jesuso!

Calmó la voz esperando respuesta y entretanto, comentó alzadamente:

-Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto… El dormido salió a la vista con la llamada, desperezose y preguntó con voz cansina:

-¿Qué pasa, Eusebia? ¿Qué escándalo es ése? ¡Ni a la noche puede dejar en paz a la gente!

-Cállate, Jesuso, y oye.

-Qué.

-Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! Y ni lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!

Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.

Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota. Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostose en el marco de la puerta.

-¿Ves, vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia.

La mujer quedose con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.

Jesuso tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estirose y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.

La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta el extremo de las raíces, ya como huesos, se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.

Las nubes oscuras como sombra de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.

En los cerros y en los valle pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios…

Sobre los valles y cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras:

-Cantó el carrao. Va a llover.

-¡No lloverá!

Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.

-Se callaron las chicharras. Va a llover.

-¡No lloverá!

La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.

-Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?

Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando en el sueño.

Con la primera luz de la mañana, Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos, y en lo alto de la colina, verde y profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frijol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.

A medida que subía el sol, la sensación y el calor de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul de llama. Jesuso, como todos los días, iba sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte para descansar de la hostil murmuración de Usebia.

Todo lo que dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles sedientos y estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.

No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra sí se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio.

Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.

-¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente… Está visto que no hay manera… Si no llueve, porque llueve… Si no llueve, porque no llueve…

Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado en el fondo de la vereda y alzó los ojos.

Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas, fijo y abstraído mirando hacia el suelo.

Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.

-Y se rompió la represa… ya ha venido la corriente… bruum… bruum, y la gente corriendo… y se lo llevó la hacienda de tío sapo… y después el hato de tía tara… y todos los palos grandes… zaas… bruuuum… ya y ahora tía hormiga metida en ese aguazón…

Sintió la mirada, volviose bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.

Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humando de uso, plegando sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil. Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonríe.

-¿De dónde sales, muchacho?

-De por ahí…

-¿De dónde?

-De por ahí…

Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.

-Caminando.

La impresión de la respuesta dábale cierto tomo autoritario y alto, que extrañó al hombre.

-¿Cómo te llamas?

-Como me puso el cura.

Jesuso arrugó el gesto, desagradado por la actitud terca y huraña. El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.

-No seas malcriado -comenzó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo-. ¿Por qué no contestas?

-¿Para qué pregunta? -replicó con candor extraordinario.

-Tú escondes algo.

-No, señor.

Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.

-O has hecho alguna lavativa.

-No, señor.

Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:

-O te empezaron a comer las patas y te fuiste, ¿ah, vagabundito?

El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.

-¿Y para dónde vas ahora?

-Para ninguna parte.

-¿Y qué estás haciendo?

-Lo que usted ve.

-¡Buena cochinada!

El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.

-¿Vienes? -le preguntó simplemente.

Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.

En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.

-Usebia, mira -llamó con timidez-, mira lo que ha llegado.

-Ujú -gruñó sin tornarse, y continuó soplando.

El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.

-¡Mira, pues!

Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.

-¿Ah?

Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.

-Ajá. ¿Quién es?

Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.

-¿Quién eres?

-Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinvergüenza no contesta.

Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras éste mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.

Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.

-¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.

La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.

-Ca-ci-que… -dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.

El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.

A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.

Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, el pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba. Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.

Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba: música.

Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:

-¿Quién es el grillo que chilla?

Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.

-¡Cacique! -insinuó casi con vergüenza- ¡Cacique!

Mucho gusto le produjo al oír el ¡ah! del niño.

-¿Como que te está gustando el nombre?

Una pausa y añadió:

-Yo me llamo Usebia.

Oyó como un eco apagado:

-Velita de sebo…

Sonrió entre sorprendida y disgustada.

-¿Como que te gusta poner nombres?

-Usted fue quien me lo puso a mí.

-Verdad es.

Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.

Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido. La luz crecía, haciéndose más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir a la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.

Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.

-Tú vas a ver cómo todo cambiará ahora, Cacique. Yo ya no podía aguantar más a Jesuso…

La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho “lechuzo”, y sonrió con torpeza, no sabiendo si era la resonancia de sus propias palabras.

-…no sé cómo lo he aguantado por toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí…

El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.

-…ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique… Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:

-… no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!

La voz cálida en el aire tórrido trajo un ansia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada. Las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.

Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:

-Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.

Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.

Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.

-¿Está buena la comida, Usebia?

La respuesta fue extraordinaria como la pregunta.

-Está buena, viejo

El niño estaba fuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.

La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargaticas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irisado.

El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlo solamente.

-Jesuso…

-Usebia…

Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.

Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.

-¡Cacique, vente a comer!

El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:

-“Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?”.

El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.

-Cacique, vente a comer.

Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje. Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.

Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo. Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa. Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echose a lo largo. Oyó sin extrañeza cómo lo interpelaba.

-¡Ajá! ¿Como que arreció la flojera?

Buscó una excusa.

-¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?

Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.

-¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un buen aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!

-La calor es mucha y el cielo putiro. No se mira venir agua de ningún lado.

-Pero si lloviera se pudiera hacer otra siembra.

-Sí, se podría.

-Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.

-Sí, daría.

-Con un solo aguacero, se pondría verdecita toda esa falta. -Y con plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para ti, Usebia.

Fuente: biblioteca.org.ar

Lighea

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

A fines del otoño de 1938 me hallaba en plena crisis de misantropía. En esos tiempos trabajaba en Turín, y la tota¹ No. 1, hurgando en mis bolsillos —mientras yo dormía— en busca de algún billete de 50 liras, descubrió también una cartita de la tota No. 2 que, a pesar de tantas incorrecciones ortográficas, no dejaba lugar a dudas acerca de la naturaleza de nuestras relaciones.

Mi despertar fue repentino y borrascoso. El apartamentito de la calle Peyron retumbó con los insultos dichos en dialecto; ella quería sacarme los ojos y habría logrado su propósito de no haberle sujetado las muñecas a la querida muchacha. Mi acción defensiva le puso fin al escándalo, pero también al idilio. Se vistió apresuradamente, metió en su bolso la borla, el carmín, un pañuelito y el billete de 50 liras, causa de tantos males; me lanzó a la cara un triple “¡cerdo!” y se fue. Nunca fue más bella que en ese cuarto de hora furibundo. Desde la ventana la vi salir a la calle y alejarse entre la tenue niebla de la mañana, alta, esbelta, jactándose de su reconquistada elegancia.

No he vuelto a verla ya, como jamás he vuelto a ver el suéter de cachemira negro que me costó un ojo de la cara y que tenía el funesto mérito de adaptarse tanto a hombres como a mujeres. Ella me dejó solamente, sobre la cama, dos de esas horquillas onduladas que llaman “invisibles”.

Esa misma tarde tenía cita con la tota No. 2, en una pastelería de la Plaza Carlo Felice. En la mesita redonda del rincón oeste de la segunda sala —que era la “nuestra”— no vi la cabellera castaña de aquella muchacha deseada más que nunca, sino la facha astuta de Tonino, un hermanito suyo de 12 años, que acababa de engullir un chocolate con doble crema. Al aproximarme, se levantó con toda la habitual urbanidad Turínesa. “Monsú, la Pinotta no pudo venir. Me encargó darle este recado. Hasta luego, monsú.” Y salió, llevándose dos pasteles que quedaban en un plato. En el papelito color marfil se me notificaba la ruptura total, debida a mi infamia y “deshonestidad meridional”. Era obvio que la No. 1 había buscado e instigado a la No. 2 para dejarme como al perro de las dos tortas.

En 12 horas perdí a dos muchachas que se complementaban a la perfección, más un suéter y el dinero que pagué por el consumo del infernal Tonino. Mi sicilianísimo amor propio había sufrido una humillación. Descorazonado, decidí abandonar por algún tiempo al mundo y sus pompas.

Para ese periodo de retiro no pude encontrar lugar más adecuado que el café de la calle Po, donde entonces, solo como un perro, me refugiaba en todos mis momentos libres, y, siempre, todas las noches después de mi trabajo en el periódico. Era una especie de Hades poblado por exangües sombras de teniente-coroneles, magistrados y profesores jubilados. Esas vanas apariencias jugaban a la baraja o al dominó, inmersas en una luz oscurecida durante el día por los portales y las nubes; en la noche, por las pantallas de los enormes lampadarios. Y nunca levantaban la voz, temerosos de que un sonido demasiado fuerte rompiera la débil urdimbre de su apariencia. Un limbo muy adecuado.

Como siempre he sido un animal de hábitos, me sentaba siempre a la misma mesita rinconera diseñada con todo esmero para ofrecerle al cliente la mayor incomodidad posible. A mi izquierda, dos espectros de oficiales superiores jugaban “tric-trac” con dos larvas disfrazadas de consejeros del tribunal de justicia; los dados judiciales y los militares se deslizaban átonos, fuera del cubilete de cuero. A mi izquierda se sentaba también un señor de edad muy avanzada, liado en un abrigo viejo con cuello de astracán despeluchado. Leía sin tregua revistas extranjeras, fumaba puritos toscanos y escupía con frecuencia; de vez en cuando cerraba las revistas y parecía seguir en las volutas de humo algún recuerdo. Poco después retomaba la lectura, y escupía. Sus manos eran muy feas, nudosas, rojizas, con las uñas recortadas sin curva alguna y no siempre limpias. Pero una vez al encontrar en una de sus revistas una fotografía de una arcaica estatua griega —una de aquellas que tienen los ojos muy lejos de la nariz y que sonríen de modo ambiguo—, me asombré al ver que acariciaba, con las yemas de sus dedos deformes, los contornos de la figura, con auténtica delicadeza. Sintiéndose sorprendido, refunfuñó algo, con rabia, y ordenó un segundo exprés.

Nuestras relaciones habrían quedado en un plano de latente hostilidad si no se hubiera presentado un accidente afortunado. De la redacción me llevaba cinco o seis periódicos, y esa vez, casualmente, llevaba también el Giornale di Sicilia. Eran los altos en que más se encarnizaba el Minculpop², y todos los periódicos eran iguales. Ese número del diario de Palermo era más banal que nunca, y no se distinguía de un periódico de Roma o de Milán sino en su imperfección tipográfica. Esa fue la razón de mi breve lectura y de que pronto lo dejara sobre la mesita. Empezaba a contemplar otra encarnación del Minculpop, cuando mi vecino me dirigió la palabra: “Perdone, señor, ¿me permite darle una ojeada a su Giornale di Sicilia? Soy siciliano y hace 20 años que no leo un periódico de mi tierra.”

Tenía una voz cultivada y el acento era impecable. Los grises ojos del anciano me miraban con profunda indiferencia. “Claro que sí, léalo. Yo también soy siciliano; y si usted lo desea, me será muy fácil traérselo todas las noches.” “Gracias; no creo que sea necesario. Mi curiosidad es solamente física. Si Sicilia continua aún como en mis tiempos, puedo imaginar que allí no ha sucedido nada de bueno después de 3000 años.”

Leyó de mala gana el periódico, lo volvió a doblar y, después de devolvérmelo, se engolfó en la lectura de un opúsculo. Se levantó luego con la evidente intención de escabullirse sin despedida alguna, pero me puse en pie, para presentarme. Murmuró entre dientes un nombre que no pude oír bien, pero me tendió la mano. Al llegar a la puerta del café se volvió de pronto y, quitándose el sombrero, gritó estentóreamente: “¡Ciao, paisano!” Lo vi desaparecer bajo los portales, dejándome aturdido y escuchando los gemidos-reproches de las sombras que jugaban.

Cumplí con todos los ritos mágicos para materializar a un mesero y le pregunté, indicándole la mesa vacía. “¿Que quién es ese señor? Ese señor es el senatour Rosario La Ciura.”

Ese nombre significaba mucho aun para mi pobre cultura periodística. Era uno de los cinco o seis italianos que poseían una reputación universal indiscutible. Ese nombre pertenecía al más ilustre helenista de nuestros tiempos. Entonces me expliqué las constantes y corpulentas revistas y caricias al grabado, asimismo su quisquillosidad y el oculto refinamiento.

A la mañana siguiente, en el periódico, consulté el singular fichero que contiene las necrologías “in spe”. La ficha “La Ciura” allí estaba, pasablemente redactada de una vez para siempre. Decía que el gran hombre nació en Aci-Castello (Catania), en el seno de una modesta familia de la pequeña burguesía; que obtuvo a los 26 años la cátedra de literatura griega en la Universidad de Pavía, gracias a su asombrosa afición a la lengua griega y a fuerza de becas y publicaciones eruditas; que fue llamado después a la Universidad de Turín, en la que permaneció hasta alcanzar su jubilación; había dictado cursos en Oxford y en Tübingen y realizado muchos y prolongados viajes porque, como senador prefascista y miembro de la Accademia dei Lincei de Roma, era también doctor honoris causa de Yale, Harvard, Nueva Delhi y Tokio, además de las más ilustres universidades europeas, desde la de Upsala hasta la de Salamanca. La lista de sus publicaciones era larguísima y muchas de sus obras, referidas especialmente a los dialectos jónicos, se consideraban fundamentales. Baste con decir que había sido el único extranjero llamado para preparar la edición teubneriana de Hesíodo, para la cual escribió una introducción en latín de insuperable profundidad científica. En fin, gloria máxima. No era miembro de Academia de Italia. Siempre se había distinguido de sus eruditos colegas por su sentido vivaz, casi carnal, de la antigüedad clásica, el mismo que manifestó en una selección de ensayos italianos, titulada Hombres y dioses, obra estimada no solo de alta erudición, sino también de gran poesía. Para terminar de una buena vez por todas, era “la honra de una nación y el faro de todas las culturas”, frase conclusiva del compilador del fichero. Tenía 75 años y vivía, si no en la opulencia, sí con el decoro que le permitía su pensión y la indemnidad senatorial. Era soltero.

Para qué negarlo: los italianos, hijos (o padres) de la primera cuna del Renacimiento, estimamos al Gran Humanista como un ser superior a cualquier otro ser humano. Y la oportunidad en cotidiana proximidad al más alto representante de esta delicada sabiduría casi nigromántica y tan poco rentable me halagaba y aturdía; experimentaba las mismas sensaciones que hubiera experimentado un joven norteamericano ante el señor Gillette: temor, respeto y un modo particular de innoble envidia.

Esa noche entré en el Limbo con un ánimo muy distinto al de los días precedentes. El senador estaba ya en su sitio y respondió a mi saludo reverencial con un rezongo apenas perceptible. No obstante, al terminar de leer un artículo y de completar unos apuntes en su agenda, se volvió hacia donde yo estaba y con voz excesivamente musical me dijo: “Paisano, por el modo en que me has saludado sospecho que estas larvas ya te dijeron quién soy. Olvídalo, si es que no lo hiciste ya, y olvida también los aoristos que estudiaste en Preparatoria. Mejor dime cómo te llamas, pues ayer en la noche farfullaste tu nombre al presentarte y yo no dispongo, como tú, del recurso de preguntarle a los demás cuál es tu nombre; porque aquí, seguramente, nadie te conoce.”

Hablaba con insolente indiferencia. Se veía que yo era para él algo menos que un escarabajo, una especie de partícula de polvo que vagaba sin ningún sentido bajo los rayos del sol. Sin embargo, la voz pacata, las palabras precisas y el “tú” daban la serena sensación de un diálogo platónico.

“Me llamo Paolo Corbera. Nací en Palermo, donde me licencié en leyes. Ahora trabajo aquí, en la redacción de La Stampa. A fin de tranquilizarlo, senador, debo agregar que al terminar la Preparatoria obtuve un seis en griego, y que tengo fundados motivos para pensar que me regalaron la calificación solo para poder otorgarme el diploma.”

Sonrió de mala gana. “Gracias por decírmelo; es mejor así. Detesto hablar con gente ignorante que cree saberlo todo, como mis colegas de la Universidad. En el fondo, no conocen sino las formas exteriores del griego, sus extravagancias y deformidades. No les ha sido revelado el espíritu vivo de esta lengua imbécilmente llamada ‘muerta’. Por otra parte, nada les ha sido revelado. Pobre gente, después de todo. ¿Cómo podrían advertir este espíritu si nunca han tenido la oportunidad de oír el griego antiguo?”

Sí, el orgullo está bien; es preferible a la falsa modestia. Pero me parecía que el senador exageraba. En ese preciso momento pensé que los años habían reblandecido un poco a ese cerebro excepcional. Los pobres diablos de sus colegas habían tenido la ocasión de oír el griego antiguo tanto como él; es decir, nunca.

Y prosiguió: “Paolo… Tienes la fortuna de llamarte como el único apóstol que tuvo un poco de cultura y algún barniz de buenas letras. Sin embargo, el de Jerónimo te hubiera quedado mejor. Los demás nombres que cargan ustedes, los cristianos, son realmente muy viles. Nombres de esclavos.”

Seguía desilusionándome. De veras parecía un vulgar come-curas académico, y, para colmo, con una pizca de nietzscheanismo fascista. ¿Cómo era posible?

Seguía hablando con una modulación estrictamente vigilada y con el arrebato de quien, tal vez, había callado durante mucho tiempo. “Corbera… ¿No es este un ilustre nombre siciliano, o me engaño? Recuerdo que mi padre pagaba por nuestra pequeña casa en Aci-Castello un reducido interés anual en las oficinas administrativas de una casa Corbera de Palina, o Salina, ya no recuerdo bien. Bromeaba cada vez que lo pagaba, diciendo que si alguna cosa segura había en este mundo era la de que aquellas pocas liras siempre iban a parar en los bolsillos del “dominio directo”, como él decía. ¿Pero eres en verdad uno de aquellos Corbera o solo el descendiente de cualquier campesino que tomó el nombre de su señor?”

Le confesé que era realmente un Corbera de Salina; es más, que era el único ejemplar sobreviviente de esa familia y que en mí se concentraban o todos los fastos, todos los pecados, los réditos alterados y todos los pesajes no pagados. Paradójicamente, el senador parecía contento.

“Bien, bien. Le tengo mucha consideración a las viejas familias. Ellas poseen un memorial; pequeño, es verdad, pero, de cualquier forma, mayor al de las otras. Es lo mejor que ustedes pueden alcanzar en materia de inmortalidad física. Piensa en casarte pronto, Corbera, puesto que ustedes todavía no han encontrado nada mejor para sobrevivir que dispersar la simiente en los lugares más extraños.”

Me impacientaba, decididamente. “Ustedes…” ¿Quiénes eran “ustedes”? ¿Toda la grey vil que no tenía la suerte de ser el senador La Ciura? ¿Él había conquistado la inmortalidad física? Nadie lo hubiese afirmado al ver su rostro arrugado, su cuerpo adiposo…

“Corbera de Salina”, continuo impertérrito, “¿no te ofendes si sigo hablándote de ‘tú’, como a cualquiera de mis alumnillos que son jóvenes solamente un instante?”

Me profesé no solo honrado, sino también feliz, como en realidad lo estaba. Superadas las cuestiones de nombres y protocolo, hablamos luego de Sicilia. Hacía 20 años que él no ponía un pie en la isla, y la última vez que estuvo allá abajo (así lo decía, al estilo piamontés), estuvo únicamente cinco días en Siracusa, discutiendo con Paolo Orsi algunos aspectos acerca de la alternancia de los semicoros en las representaciones clásicas. “Recuerdo que quisieron llevarme en automóvil de Catania a Siracusa; acepté cuando supe que en Augusta la carretera pasa lejos del mar, mientras el ferrocarril va a todo lo largo del litoral. Háblame de nuestra isla. Es una isla hermosa, a pesar de su población de borricos. Allí vivieron los Dioses; quizá siguen viviendo allí, en los agostos interminables. Pero no me hables de los cuatro templos recientemente descubiertos, pues nada sabes de eso, estoy seguro.”

Hablamos de la Sicilia eterna, de su plenitud en las cosas naturales; del perfume del romero en los Nébrodos, del sabor de la miel de Melilli, de la ondulación de los trigales en los ventosos días de mayo, contemplados desde el Etna; de las soledades que rodean a Siracusa, de las ráfagas de aromas que los naranjales dispersan sobre Palermo —así dicen— durante ciertos atardeceres de junio. Hablamos del encanto de algunas noches de verano contempladas desde el golfo de Castellamare, cuando las estrellas se reflejan en el mar adormecido y del espíritu de quien, acostado de espaldas entre los lentiscos, se pierde en el vórtice del cielo, mientras el cuerpo, tendido y alerta, teme que se acerquen los demonios.

Después de una ausencia casi total durante 50 años, el senador conservaba el recuerdo singularmente preciso de algunos hechos mínimos. “¡El mar! El mar de Sicilia es el más colorido, el más romántico de cuantos he visto. Será la única cosa que no echarán a perder, aparte de las ciudades, se entiende. ¿Siguen ofreciendo en las trattorie los rizzi partidos por la mitad?” Lo tranquilicé; pero tuve que agregar que ahora muy pocos comen esos erizos por temor al tifo. “No obstante, es la cosa más buena que hay allá abajo. Esas cartilaginosidades ensangrentadas, esos simulacros de órganos femeninos perfumados de sal y de algas. ¡Y les preocupa el tifo! Son peligrosos como todos los dones del mar, que dan la muerte y la inmortalidad. En Siracusa se los pedí inmediatamente a Orsi. ¡Qué delicioso sabor, qué aspecto divino! ¡El recuerdo más hermoso de mis últimos 50 años!”

Yo estaba confundido y fascinado. ¡Un hombre como él, que se abandonaba a metáforas casi obscenas, que exhibía una gula por los —después de todo, mediocres— erizos de mar!

Prosiguió nuestra larga conversación. Pagó mi exprés, al irse, pero no sin manifestar su singular aspereza (“sabemos que estos muchachos de buena familia siempre andan a la cuarta pregunta”), y nos despedimos como buenos amigos, sin considerar los 50 años que dividían nuestras edades y los millones de años luz que separaban nuestras culturas.

Seguimos encontrándonos todas las noches, y como la humareda furibunda contra la humanidad iba disipándose, se me convirtió en un deber el encontrar al senador en los infiernos de la calle Po. No charlábamos mucho; al seguía leyendo, tomando apuntes, y de vez en cuando me dirigía la palabra, pero siempre con una armónica fluidez de orgullo y de insolencia, una mezcla de alusiones disparatadas en corrientes de incomprensible poesía. También seguía escupiendo, y al fin pude observar que lo hacía únicamente cuando estaba leyendo. Me parece que él también empezó a encariñarse conmigo, aunque no me hago muchas ilusiones a este respecto; si me tenía cariño, no era como el de “nosotros” (usando la terminología del senador), el que se puede sentir por un ser humano, sino más bien el que puede sentir una solterona por un perro faldero, en el que reconoce su fatuidad e incomprensión, pero cuya existencia le permite expresar en voz alta sus pensamientos y añoranzas, de las cuales ninguna culpa tiene la pobre bestezuela; sin embargo, la ausencia de esta aumentaría el malestar. Comencé a notar, en efecto, que cuando el anciano hablaba conmigo no me miraba a mí, sino que su mirada se dirigía siempre hacia la puerta del café.

Hubo de transcurrir un mes para que, de las consideraciones generales —originalísimas, pero genéricas de su parte— pasáramos a los argumentos indiscretos, que son los únicos que distinguen las conversaciones entre amigos y las de los simples conocidos. Y fui yo el que tomó la iniciativa. Su expectoración constante me molestaba (como les molestó también a los guardianes del Hades que terminaron por acercarle a su mesa una escupidera de latón pulido como un espejo). Me atreví a preguntarle por qué no se curaba de aquel insistente catarro. Le hice la pregunta irreflexivamente, y pronto me arrepentí de mi atrevimiento. Esperaba que la ira senatorial hiciera desplomar sobre mi cabeza los artesonados del techo. Pero nada. Me respondió con su voz muy bien timbrada, pausadamente: “Pero, querido Corbera, yo no padezco de ningún catarro. Tú, que observas tan minuciosamente, habrás debido notar que nunca toso antes de escupir. Mi expectoración no es señal de enfermedad ninguna, sino de salud mental. Escupo porque me dan asco las tonterías que leo. Si te quisieras tomar la molestia de examinar ese arnés (me indicaba la escupidera), podrías darte cuenta de que contiene muy poca saliva y ninguna traza de moco. Mis esputos son simbólicos y altamente culturales. Si no te agradan, regresa a tus saloncitos nativos, donde nunca se escupe porque ya nada les provoca náusea.” Su extraordinaria insolencia solo la atenuaba su mirada distante; sin embargo, sentí las ganas de levantarme y dejarlo plantado. Por fortuna, tuve tiempo de pensar que la culpa era mía, que era la consecuencia de mi irreflexión. Me quedé, pues, y el impasible senador pasó inmediatamente al contraataque. “¿Por qué frecuentas entonces este Erebo lleno de sombras y, como tú dices, lleno de catarros, este geométrico lugar de vidas fallidas? En Turín no faltan esas criaturas que a ustedes les parecen tan deseables. Una cita en el Hotel del Castello, en Rívoli, en Moncalieri, en los baños, y sus escuálidos solaces pronto se realizarían.” Solté la carcajada al oír en tal boca tan sapientes y exactas informaciones sobre los lugares de placer Turineses. “Pero, ¿cómo hace usted para conocer tantos lugares de esos, senador?” “Los conozco, Corbera, los conozco. Asistiendo a los senados académicos y políticos se aprende esto y nada más que esto. Y hazme el favor de creer que esos sórdidos placeres nunca lo han sido para Rosario La Ciura.” Y decía la verdad. En el comportamiento y en las palabras del senador existía la señal inequívoca (como solía decirse en 1938) de la circunspección sexual, que nada tenía que ver con la edad.

“La verdad, senador, es que comencé a venir aquí como a un asilo temporal alejado del mundo. He tenido contratiempos con dos de esas muchachas que usted estigmatiza con toda justicia.” La respuesta fue despiadada y fulminante. “¿Cuernos, eh, Corbera, o bien, enfermedades?” “Ninguna de esas cosas, sino algo peor: abandono.” Y le conté los ridículos acontecimientos de dos meses atrás. Se los conté jocosamente, porque la úlcera de mi amor propio ya estaba cicatrizada. Cualquiera que no hubiese sido ese helenista lo habría tomado a broma o, excepcionalmente, se habría compadecido de mi ruina. Pero el terrible anciano no hizo ninguna de las dos cosas: se indignó. “Esto es lo que sucede, Corbera, cuando se acoplan los seres enfermos y escuálidos. Lo mismo que te digo se lo diría a esas dos mujerzuelas si tuviese el disgusto de conocerlas.” “¿Enfermas, senador? Las dos eran encantadoras. Si usted las hubiera visto cómo comían cuando íbamos a Los Espejos. Tampoco eran escuálidas: eran dos ejemplares magníficos y elegantes.” El senador lanzó a la escupidera uno de sus esputos desdeñosos. “Enfermas, lo he dicho bien, enfermas. Dentro de 50, 70 años, quizás mucho antes, reventarán, porque ya están enfermas. Y también escuálidas: su hermosa elegancia está hecha de chanchullos, de suéteres robados y de mohínes aprendidos en el cine. Qué hermosa generosidad la de esas, que andan a la pesca de billetuchos viscosos en los bolsillos del amante, en lugar de regalarle, como hacen otras, perlas rosadas y ramos de coral. Esto les pasa a ustedes por enredarse con esos borrones pintados. ¿Pero no sentían ustedes el asco, un asco recíproco al besuquear sus futuros esqueletos entre las sábanas malolientes?” Le respondí como un estúpido: “Pero si las sábanas siempre estaban limpias, senador.” Se enfureció. “Pero ¿qué tienen que ver las sábanas? Se trata de su olor a cadáver. Lo repito: ¿cómo le hacen ustedes para andar en juergas con gente de distinta ralea?” Me ofendí, pues yo codiciaba una deliciosa coussette de ventura. “¿Según usted, no se debe ir a la cama sino con Altezas Serenísimas?” “Pero ¿quién está hablando de Altezas Serenísimas? Esas también son carne de cañón, como las otras. Tú no puedes entender estas cosas, jovencito; y la culpa es mía, por decírtelas. Es fatal que tú y tus amigas se encaminen por los mefíticos pantanos de los placeres inmundos. Muy pocos son los que lo saben.” Sonrió, con los ojos vueltos hacia el techo; en su rostro había una expresión de arrobamiento. Luego me tendió la mano, y se fue.

Durante tres días dejó de asistir al café; al cuarto, recibí una llamada telefónica cuando estaba en la redacción. “¿Es usted monsú Corbera? Yo soy Bettina, el ama de llaves del señor senador La Ciura. Le hago saber que ha estado resfriado, que ahora está mejor y desea verlo después de la cena, a las nueve. Venga a la calle Bertola, número 18, segundo piso.” El recado, perentoriamente interrumpido, era inapelable.

El número 18 de la calle Bertola correspondía a un viejo edificio arruinado, pero el apartamento del senador conservaba su dignidad, supongo que gracias a las diligencias de Bettina. Desde el recibidor había estanterías llenas de libros, de esos libros en ediciones baratas, de aspecto modesto, que existen siempre en todas las bibliotecas vivas. Había millares de ellos en las tres salas que atravesé. En la cuarta estaba sentado el senador, envuelto en una bata amplísima, de pelo de camello, fina y mórbida como nunca he vuelto a ver otra. Luego supe que no era de pelo de camello, sino de una lana preciosa de un animal peruano, un regalo que le hiciera el Senado Académico de Lima. El senador me recibió, sin levantarse, pero con mucha cordialidad. Se sentía mejor, casi recuperado y esperaba retomar su vida normal tan pronto cedieran las fuertes nevadas que cubrían a Turín. Me ofreció un vino resinoso de Chipre, obsequio del Instituto Italiano de Atenas; atroces lukums de color de rosa, enviados por la Misión Arqueológica de Ankara y unos más racionales dulces que había comprado la previsora Bettina. El senador estaba de muy buen humor; se rió dos veces abiertamente y me ofreció sus disculpas por sus arrebatos en el Hades. “Lo sé, Corbera, lo sé; estuve tan excesivo en los términos como moderado en los conceptos, créemelo. Pero mejor olvídalo.” No solo lo había olvidado ya, sino que me sentía lleno de respeto hacia ese anciano infeliz a pesar de su carrera triunfal. Él seguía devorando los abominables lukums. “Los dulces, querido Corbera, deben ser dulces y nada más que dulces. Si se les añade cualquier otro sabor son como unos besos perversos.” Y le daba grandes pedazos a Eaco, un enorme boxer que había entrado en la sala un poco antes. “Este perro, Corbera, si es que puedes entenderlo, a pesar de su fealdad se asemeja más a los Inmortales que tus gatotas.” No quiso mostrarme su biblioteca. “Son cosas clásicas que no pueden interesarle a alguien como tú, moralmente reprobado en griego.” Pero me hizo pasar a una sala que hacía las veces de estudio. Allí había unos cuantos libros. Vi el Teatro, de Tirso de Molina; la Undine, de Lamotte-Fouqué; el drama homónimo de Giraudoux, y, con gran sorpresa de mi parte, las obras de H.G. Wells. Como compensación, había en las paredes enormes fotografías de estatuas griegas arcaicas, en tamaño natural. No eran las acostumbradas fotografías que todos podemos procurarnos, sino estupendos ejemplares solicitados con autoridad y enviados devotamente por los museos de todo el mundo. Allí estaban todas aquellas magníficas creaturas: el Caballero del Louvre; la Diosa sentada de Taranto, que está en Berlín; el Guerrero de Delfos; la Koré del Acrópolis; el Apolo de Piombino; la Mujer Lapita; el Febo de Olimpia y el celebérrimo Auriga… La sala resplandecía con sus sonrisas extáticas y, al mismo tiempo, irónicas; eran la exaltación del soberbio reposo de su porte. “Ve, Corbera, estas sí, tal vez; las toque jamás.” Ánforas y cráteras antiguas sobre la chimenea: Odiseo amarrado al mástil de la nave; las Sirenas que, desde lo alto de los riscos, se lanzaban contra los escollos, despedazándose, como expiación por haber dejado escapar a la presa. “Estas son patrañas, Corbera; patrañas pequeño burguesas de los poetas; nadie se escapa, y si alguno lograra librarse de ellas, las Sirenas no morirían por tan poca cosa. Y aunque así fuera, ¿cómo podrían morir?”

Sobre una mesita, en un marco modesto, una vieja y descolorida fotografía: un joven de 20 años, casi desnudo, con los cabellos ensortijados, al desgaire, y una expresión gallarda en las facciones de rara belleza. Perplejo, me detuve un instante: creí entenderlo todo. Pero me equivoqué. “Y este, paisano, era, es y será Rosario La Ciura.”

Ese señor enfundado en una bata había sido un joven dios.

Luego hablamos de otras cosas y, antes de marcharme, me mostró una carta escrita en francés por el rector de la Universidad de Coimbra, que lo invitaba a formar parte del comité de honor en el congreso de estudios helénicos que se llevaría a cabo el próximo mes de mayo, en Portugal. “Estoy muy contento; me embarcaré en Génova, en el Rex, en compañía de los congresistas franceses, suizos y alemanes. Me taparé los oídos, como Odiseo, para no oír las zarandajas de esos tarados. Serán de las de hermosa navegación: sol, azul y olor de mar.”

Al salir, pasamos junto al estante en donde estaban las obras de Wells y osé manifestarle mi sorpresa de verlas allí. “Tienes razón, Corbera, son un horror. Si releyera una de esas novelillas sentiría las ganas de escupir durante todo un mes, y tú, cachorrito de salón, te escandalizarías.”

Después de esa primera visita nuestras relaciones fueron francamente cordiales, al menos por mi parte. Lo dispuse todo para que me enviaran de Génova erizos de mar frescos. Cuando supe que llegarían al día siguiente, compré vino del Etna y pan de campesinos. Fui por él en mi coche Balilla y lo Belie a la calle Peyron, que se hallaba en casa de los mil diablos. Se sintió nervioso durante el trayecto, pues no tenía ninguna confianza en mi pericia de conductor. “Ahora te conozco, Corbera. Si por mala suerte nos topamos con alguno de tus borrones con faldas, serás capaz de volcar el coche y hacer que nos rompamos la jeta en una esquina.” No encontramos en el camino a ningún aborto con faldas que valiera la pena y llegamos intactos.

Cuando entramos en mi recámara el senador se echó a reír a carcajadas. Era la primera vez que lo veía reír de esa manera. “Con que este es, Corbera, el centro de tus sucias aventuras.” Examinó mis pocos libros. “Bien, bien. Creo que eres menos ignorante de lo que pareces.” Y, tomando en sus manos mi Shakespeare agregó: “Este sí entendía algo. ‘A sea change into something rich and strange. What potions have I drunk of Syren tears?’”

Cuando la buena señora Carmagnola entró en la sala llevando la bandeja con los erizos, limones y demás cosas, el senador se quedó estático. “¿Cómo? ¿Pensaste en esto? ¿Cómo supiste que esto es lo que más deseo?” “Cómalos con toda confianza, senador. Esta mañana estaban en el mar de la Riviera.” “Ya, ya… Ustedes son siempre los mismos; no pueden dejar a un lado los servilismos decadentes y putrefactos; siempre con las anchas orejas tendidas para sorprender los arrastrados pasos de la Muerte. ¡Pobres diablos! Gracias, Corbera, eres un buen famulus. Lástima que estos erizos no sean de allá abajo, que no estén envueltos en nuestras algas. Estos aguijones, ciertamente, nunca han derramado sangre divina. Pero, también, es verdad que has hecho todo lo posible; estos erizos son casi buenos, pues dormitaban en las escolleras frías de Nervi o de Arenzano.” Me lo decía uno de esos sicilianos para los cuales la Riviera Ligur —región tropical, según los milaneses— es una especie de Islandia. En las conchas abiertas, los erizos mostraban su carne herida, sanguinolenta, extrañamente distribuida. Nunca les había prestado mucha atención, pero ahora, después de oír las vivaces comparaciones del senador, los erizos me parecían una real vivisección hecha en quién sabe qué delicados órganos femeninos. Él los degustaba con avidez, pero sin alegría, recoleto, casi compungido. No quiso ponerles jugo de limón. “Ustedes y sus infaltables sabores acoplados. El erizo debe saber a limón, a azúcar, a chocolate, el amor debe saber a paraíso.” Al terminar de comerlos, bebió un poco de vino y cerró los ojos. Poco después me apercibí de que bajo sus párpados marchitos resbalaban dos lágrimas. Se puso en pie, se acercó a la ventana y se enjugó, subrepticiamente, los ojos. Luego se volvió hacia donde yo estaba. “¿Nunca has estado en Augusta, Corbera?” Le respondí que estuve tres meses en ese lugar, como recluta. Durante las horas libres, mis compañeros y yo acostumbrábamos bogar en una barca de remos en las aguas transparentes de los golfos. Mi respuesta pareció hundirlo en el silencio. Luego volvió a preguntar, con voz irritada: “Y en aquel golfito que se halla muy adentro, más allá de la Punta Izzo, tras la colina que se alza desde las salinas… ¿Estuvieron alguna vez allí, cabezones?” “Desde luego; es el paraje más bello de Sicilia, no descubierto aún por los vacacionistas, por fortuna. Es una costa salvaje, ¿verdad, senador?, completamente desierta; no se ve ni una sola casa y el mar tiene el color de los pavos reales, y frente a ella se levanta el Etna. En ninguno otro sitio es más bello que visto desde allí: calmo, poderoso, realmente divino. Es uno de esos lugares en que se descubre el aspecto eterno de esa isla, que tan tontamente le ha vuelto las espaldas a su vocación, que era la de pasto a los rebaños del sol.”

El senador guardaba silencio. Luego me dijo: “Eres un buen muchacho, Corbera. Se podría hacer algo de ti si no fueras tan ignorante.” Se me acercó y me dio un beso en la frente. “Ahora vamos por tu molinillo; quiero regresar a casa.”

Durante las siguientes semanas seguimos viéndonos, como de costumbre. Paseábamos de noche; por la calle Po o atravesando la militarota Piazza Vittorio íbamos a mirar el río presuroso y la Colina, intercalándolo todo con un tantito de fantasía en el rigor geométrico de la ciudad. Empezaba la primavera, la conmovedora estación de la juventud amenazada; en las espondas despuntaban las primeras lilas, las más apremiantes, desafiando la humedad de la hierba. “Allá abajo ya quema el sol, las algas florecen; los peces suben a flor de agua en las noches de luna y es posible ver escabullimientos de cuerpos en las espumas luminosas. Y nosotros aquí, frente a esta corriente de aguas insípidas y desiertas, en estos cuartelones que parecen soldados o monjes alineados. Oímos los sollozos de esos acoplamientos de agonizantes.” Sin embargo, lo alegraba pensar en su próxima navegación hacia Lisboa; su partida se acercaba. “Será placentera. También tú deberías venir, pero es una lástima que en esa comitiva no puedan ir los deficientes en griego. Conmigo podrías hablar en italiano, pero si estando con Zuckmayer o con Van der Voos no demostraras conocer los optativos de todos los verbos irregulares, estarías frito, a pesar de que tú tienes tanta conciencia de la realidad griega como ellos; no por tu cultura, claro, sino por instinto bestial.”

Dos días antes de su viaje a Génova me dijo que no iría al café, pero que me esperaba en su casa a las nueve de la noche.

El ceremonial fue idéntico al de la visita anterior. Las imágenes de los Dioses de 3000 años antes irradiaban juventud, como una estufa irradia calor; la descolorida fotografía del joven dios de 50 años antes parecía asustada de su propia metamorfosis encanecida y derrumbada en la poltrona.

Después de tomar el vino de Chipre, el senador llamó a Bettina y le dijo que se podía ir a dormir. “Yo acompañaré al señor Corbera cuando se marche.” Esperó a que Bettina se alejara. Cuando el ama de llaves cerró tras de sí la puerta, me dijo: “Mira, Corbera: si te hice venir esta noche, a riesgo de arruinarte una fornicación en Rívoli, es porque te necesito. Parto mañana; y cuando viaja un anciano como yo, nunca se sabe si se trata de un viaje del que nunca se regresará, especialmente cuando se viaja por mar. Tú sabes que, en el fondo, te quiero bien. Me conmueve tu ingenuidad; tus evidentes maquinaciones vitales me divierten, y, además, me parece haber comprendido que tú, como ocurre con algunos sicilianos de la mejor ralea, has logrado realizar la síntesis de sentidos y razón. Mereces, por lo tanto, que no te deje aquí, desorientado, que no me vaya sin antes explicarte la razón de algunas de mis rarezas, de algunas frases que me has oído y que, con sobrada razón, te habrán parecido dignas de un loco.” Protesté, débilmente: “No he comprendido muchas de las cosas que dice, pero siempre lo he atribuido a alguna aberración de mi mente. Jamás he pensado que la culpa sea suya.” “Mate de tonterías, Corbera; lo mismo da. Todos los viejos como yo les parecemos viejos a los jóvenes, pero a menudo resulta todo lo contrario. A fin de explicarme, sin embargo, debo contarte toda mi insólita aventura. Ocurrió cuando yo era ese ‘señorito’.” Y me indicó la fotografía. “Es necesario que nos remontemos al 1887, un año que a ti te parecerá prehistórico, pero para mí es todo lo contrario.”

Se levantó de la poltrona y, pasando por atrás del escritorio, se sentó a mi lado, en el mismo diván. “Perdona; pero debo hablarte en voz baja. Las palabras importantes nunca deben decirse berreando; el ‘aullido de amor’ o de odio solo se encuentra en los melodramas, o entre la gente más inculta, que al fin de cuentas son la misma cosa. En 1887 yo tenía 24 años. Mi aspecto de entonces puedes verlo en esa fotografía. Ya me había diplomado en literaturas antiguas y contaba ya con dos ensayitos sobre los dialectos jónicos, que hicieron algún ruido en mi universidad, y ya tenía un año preparándome para el concurso de oposición en la Universidad de Pavía. Otra cosa: jamás me había acercado a una mujer. A decir verdad, jamás me he acercado a una mujer ni antes ni después de ese año.” Yo estaba seguro de que mi cara conservaría una marmórea impasibilidad, pero me engañaba. “Tus parpadeos son de lo más vulgar, Corbera. Lo que te acabo de decir es verdad, y una verdad que me honra. No ignoro que los cataneses tenemos la fama de ser capaces de embarazar a nuestras mismas nodrizas, y que es una justa fama. Pero no en lo que a mi respecta. Cuando alguien ha frecuentado día y noche diosas y semidiosas, como lo hacía yo en esos tiempos, le queda muy poco deseo para subir las escaleras de los prostíbulos de San Berillio. Por otra parte, en aquel entonces también me encadenaban los escrúpulos religiosos. Corbera: deberías aprender a controlar tus cejas; continuamente te traicionan. Sí, he dicho escrúpulos religiosos. También dije ‘entonces’. Ahora ya no los tengo, pero nada tienen que ver en este asunto.

“Tú, Corberilla, que posiblemente conseguiste tu empleo en el periódico gracias a la recomendación de un jerarca, no puedes saber lo que es la preparación en un concurso de oposición para conquistar la cátedra universitaria de literatura griega. Es menester agobiarse durante dos años, hasta los límites de la demencia. Por fortuna, conocía bastante bien esa lengua, en la misma medida que la conozco ahora, y no lo digo solo por decirlo, ¿sabes? Pero lo demás… ¡Las variantes alejandrinas y bizantinas de los textos; los fragmentos citados, casi siempre mal, por los autores latinos; ¡las innumerables conexiones de la literatura con la mitología, la historia, la filosofía, las ciencias! Son para enloquecer, te lo digo. Por eso estudiaba como un endemoniado, y tenía que dar lecciones a preparatorianos reprobados para poder pagar un cuarto en la ciudad. Podría decir que me alimentaba solo con aceitunas negras y café. Y, para colmo de males, sobrevino la catástrofe en ese verano de 1887; el Etna volvía a vomitar el ardor del sol almacenado durante las quince horas de la jornada. Si al mediodía alguien tocaba un barandal de hierro, tenía que ir inmediatamente al hospital; los empedrados de material volcánico parecían que estaban a punto de volver a su estado fluido, y casi todos los días el siroco te azotaba la cara con sus alas de murciélago viscoso. Estuve a punto de reventar. Un amigo me salvó, mientras andaba yo por las calles, trastornado, murmurando versos griegos que ya no podía comprender. Mi aspecto lo impresionó. ‘Rosario, óyeme: si te sigues quedando aquí, enloqueces, y adiós concurso. Yo me voy a Suiza (aquel muchacho era de dinero); pero en Augusta tengo una casucha con tres cuartos, y a 20 metros del mar, una casa muy alejada del pueblo. Leva anclas, coge tus libros y vete a pasar allá todo el verano. Ve a mi casa dentro de una hora, para que te dé las llaves. Ya verás que allá la vida es otra cosa. Pregunta en la estación dónde está el casino Carobene, todos lo conocen. Pero vete, de veras; vete esta misma tarde’.

“Seguí su consejo y partí esa misma tarde. Al día siguiente, al despertarme, en lugar de la rumorosa turbulencia de las cajas de agua de lo excusados que estaban en el patio y que me saludaban al alba, me hallé ante la sola extensión del mar, con el Etna al fondo, no despiadado ya, sino envuelto en los vapores de la mañana. El puerto estaba completamente desierto —como lo está todavía, según me has dicho—, quieto en su belleza inigualable. La casa tenía tres cuartos, pero arruinados, y el mobiliario consistía en un sofá, una mesa y tres sillas. En la cocina había un anafre, una cacerola y un quinqué. Detrás de la casa había un pozo y una higuera. El paraíso. Fui al pueblo y hablé con un peón que cultivaba las tierras de Carobene. Convinimos en que cada dos o tres días él me llevaría el pan, la pasta, algunas verduras y petróleo. Yo tenía aceite, nuestro aceite que mi pobre madre me mandó a Catania. Alquilé una pequeña barca, muy ligera, que un pescador me llevó esa misma tarde, y me dejó una nasa y un anzuelo. Yo estaba decidido a pasar allí dos meses, por lo menos.

“Carobene tenía razón. Aquello era otra cosa. El calor también era muy violento en Augusta, pero sin la reverberación de empedrados y muros; no provocaba la postración bestial, sino una especie de sumisa euforia; y el sol, sin su jeta de carnicero, se contentaba con ser un tosco y risueño donador de energías, un mago que engarzaba diamantes móviles en las más leves encrespaduras del mar. El estudio dejó de ser una fatiga; en el vaivén ligero de la barca, donde me quedaba largas horas, los libros no parecían ya un obstáculo que superar, sino más bien una llave que abría el paisaje en un mundo del cual ya tenía ante mis ojos su elemento más fascinante. A menudo declamaba en voz alta versos de los poetas y los nombres de aquellos Dioses olvidados, ignorados; afloraban de nuevo en la superficie de ese mar que, en otros tiempos, tan solo con oírlos, se soliviantaba tumultuosamente, o se serenaba en su bonanza.

“Mi aislamiento era casi absoluto, solo interrumpido por las visitas del labriego que cada tres o cuatro días me llevaba las escasas provisiones. Nunca se quedaba más de cinco minutos, porque al verme tan exaltado y desaliñado, seguramente me consideraba como a un tipo al borde de una locura peligrosa. Y era verdad. El sol, la soledad, las noches que pasaba bajo el rodar de las estrellas, el silencio, la escasa alimentación y el estudio de argumentos remotos estaban a mi alrededor como un encantamiento que me predisponía al prodigio.

“Este se cumplió el cinco de agosto a las seis de la mañana. Me había despertado un poco antes y pronto abordé la barca. Con unos cuantos golpes de remo me alejé de las piedras de la playa y me detuve bajo una rota, cuya sombra me protegería del sol que ya se levantaba, henchido de hermosa furia y cambiando en oro y azul el candor del mar auroral. Mientras declamaba, sentí un brusco sacudimiento en el borde de la barca, atrás de mí, como si alguien se apoyara en él, para subir. Me volví rápidamente, y la vi. Tenía el terso rostro de una muchacha de 16 años, que emergía del mar, apoyando sus manos menudas en el maderamen de la barca. Aquella adolescente me sonreía, separando apenas sus labios pálidos, dejando entrever unos dientecitos agudos y blancos, caninos. No era una de esas sonrisas que se ven entre ustedes, abastardadas por una expresión de benevolencia accesoria, de ironía, de piedad, de crueldad o lo que fuere; aquella sonrisa solo se expresaba a sí misma; es decir, con una bestial dicha de existir, casi una divina alegría. Su sonrisa fue el primer sortilegio que obró en mí, revelándome paraísos de serenidades olvidadas. De sus desordenados cabellos color de sol, el agua del mar se escurría sobre sus ojos verdes, muy abiertos, y sobre las facciones de una pureza infantil.

“Nuestra sombría razón, siempre predispuesta, se planta delante del prodigio tratando de apoyarse en el recuerdo de fenómenos banales. Como cualquier otro, creí que estaba frente a una bañista Moviéndome con precaución, me incliné, para ayudarla a subir; pero ella, con vigor asombroso, emergió directamente del agua, me ciñó el cuello con sus brazos y, envolviéndome en un perfume nunca antes percibido, se deslizó hacia el fondo de la barca. Bajo la ingle, bajo los glúteos, su cuerpo era el de un pez, recubierto de menudísimas escamas azules, nacaradas, y terminaba en una cola bifurcada que golpeaba contra el fondo de la barca. Era una Sirena.

“Apoyando la nuca entre sus manos entrelazadas, exhibía con serena impudicia la delicada pelusa de las axilas, los senos abiertos, el vientre perfecto. Exhalaba algo que tan mal he definido como perfume. Pero no; era un mágico olor de mar, una precocísima voluptuosidad. Estábamos a la sombra, pero a 20 metros de nosotros la marisma se abandonaba al sol y bramaba de placer. Mi casi completa desnudez ocultaba muy mal mis emociones.

“Después de la sonrisa y el aroma, al hablar me envolvió en el tercero y más enorme sortilegio, que era el de su voz levemente gutural, velada, resonando en armonías innumerables. Sus palabras tenían el ritmo de las resacas perezosas de los mares del estío, el rumor de las últimas espumas en la playa, el paso del viento sobre las ondas lunares. El canto de las sirenas no existe, Corbera; su voz es la música de la que nadie escapa.

“Hablaba en griego, pero yo difícilmente la entendía. ‘Te oí hablar una lengua muy parecida a la mía. Me gustas. Quiero ser tuya. Soy Lighea, hija de Calíope. No creas en las fábulas que nos inventan: no matamos a nadie, solamente amamos.’

“Empecé a remar, y mis ojos no podían apartarse de sus ojos risueños. Llegamos a la orilla, y tomé entre mis brazos su cuerpo balsámico. Dejando atrás la luz cegadora, pasamos a la densa sombra. Su boca instilaba ya una voluptuosidad tan parecida a los terrestres besos de ustedes, como un buen vino comparado con un agua insípida.”

El senador contaba su aventura en voz muy baja; y yo —que siempre contrapuse mis desvariadas experiencias femeninas a las suyas, que consideraba mediocres— me sentí humillado: hasta en los asuntos amorosos me llevaba una ventaja insuperable. En ningún momento se me ocurrió pensar que me estuviera mintiendo, y cualquiera que hubiese estado allí presente, incluso el más escéptico, habría advertido en el tono del anciano que solo estaba diciendo la verdad.

“Así comenzaron aquellas tres semanas. No sería lícito ni piadoso referirte particularidades. Baste con decirte que yo gozaba con aquellas extrañas complejidades: junto a las más altas formas de voluptuosidad espiritual estaba también la más elemental, privada de cualquier resonancia social; la misma que nuestros pastores solitarios experimentan cuando se ayuntan con sus cabras en los montes. Si la comparación te repugna, es porque no estás maduro para comprender la necesaria transposición del plano bestial al sobrehumano; en mi caso, planos superpuestos.

“Ponte a pensar en todo aquello que Balzac no se atrevió a decir en la Passion dans désert. De sus miembros inmortales brotaba tan enorme potencial de vida, que las pérdidas de energía se compensaban de inmediato, y, no dudo al decirlo, esta aumentaba en la misma proporción de las perdidas.

“En esos días amé, Corbera, lo que cientos de sus Don Juanes amaron durante toda su vida. ¡Y qué amores! Al reparo de conventos y delitos, del rencor de los comendadores y de la trivialidad de los Leporello, lejos de las pretensiones del corazón, de los suspiros falsos, de las ficticias delicuescencias que inevitablemente manchan los miserables labios de ustedes. Y un Leporello tenía que ser el que nos molestara ese mismo día. A eso de las diez de la mañana oí el ruido de sus zapatotes en el sendero. Apenas tuve tiempo de cubrir con una sábana el insólito cuerpo de Lighea, pero él estaba ya en el umbral de la puerta. La cabeza, el cuello, los brazos de ella quedaron al descubierto, y el Leporello creyó que se trataba de una aventura vulgar, lo que le infundió un improviso respeto. Se entretuvo un poco menos de lo acostumbrado, me hizo un guiño con el ojo izquierdo, y con el pulgar y el índice de la mano derecha se retorció la punta de un bigote imaginario. Y se alejó por el sendero.

“He hablado de 20 días que pasamos juntos; sin embargo, no quisiera que pensaras que llevábamos una vida ‘marital’, como se dice vulgarmente, compartiendo un lecho común, comidas y quehaceres. Ella se ausentaba con mucha frecuencia y sin previo aviso; se zambullía en el mar y no volvía a aparecer sino después de muchas horas. Cuando regresaba, y esto era casi siempre al amanecer, ella me encontraba en la barca, o, si permanecía aún en la casucha, se arrastraba por entre las piedras de la orilla, con medio cuerpo fuera del agua, ayudándose con los brazos y llamándome, para que la ayudase a subir la pendiente. ‘Sasá’, me decía —pues le había dicho que este era el diminutivo de mi nombre. En esa acción, estorbada precisamente por aquella parte de su cuerpo que en el mar le daba desenvoltura, presentaba un aspecto de animal herido, aspecto que pronto se desvanecía con la risa de sus ojos.

“Lighea únicamente comía cosas vivas. Muchas veces la vi salir del mar, con su torso resplandeciente bajo el sol, destrozando con sus dientes peces plateados y temblorosos; la sangre le manchaba el mentón, y, después de mordisquear la merluza o la dorada, la lanzaba hacia atrás con violencia, manchándose de sangre la espalda, y ella gritaba con infantil alborozo mientras el pez volvía al agua. Ella se quedaba, limpiándose los dientes con la lengua. Una vez le di a probar el vino; no pudo beberlo del vaso y le serví un poco en el cuenco de la mano, que era pequeño y levemente verdoso. Lo bebió a lengüetazos, como beben los perros, y en sus ojos se pintó la sorpresa ante aquel sabor desconocido. Dijo que era bueno, pero no quiso volver a tomarlo. De vez en cuando llegaba a la playa con las manos llenas de ostras y mejillones, y mientras yo sufría tratando de abrirlas con un cuchillo, ella los aplastaba con una piedra y chupaba los moluscos palpitantes junto con los pedazos de concha, sin que esto le importara.

“Ya te lo he dicho, Corbera: era una bestia, pero también era una inmortal, y es lamentable que las palabras no logren expresar esta síntesis como ella la expresaba con su propio cuerpo. No solo en el acto carnal manifestaba una jocundidad y una delicadeza opuestas a la oscura libídine animal, sino también su conversación poseía una inmediatez poderosa que únicamente he vuelto a encontrar muy pocas veces en los grandes poetas. No por nada es hija de Calíope. En lo profundo de todas las culturas, ignorante de toda sabiduría, desdeñosa de cualquier tipo de constricción moral, ella forma parte del venero de cualquier cultura, de cualquier sabiduría, de cualquier ética, y sabía expresar su primigenia superioridad en términos de escabrosa belleza. ‘Soy todo porque solo soy corriente de vida despojada de accidentes; soy inmortal porque en mí confluyen todas las muertes, desde aquella de la merluza hasta la de Zeus, y reunidas en mí vuelven a convertirse en vida ya no individual, sino pánica y, por lo tanto, libre.’ Después me dijo: ‘Tú eres joven y hermoso; si me siguieras ahora te librarías de los dolores de la vejez. Conocerías mi morada bajo los altísimos montes de aguas inmóviles y oscuras, donde todo es quietud silenciosa, tan congénita, que ni siquiera puede advertirla quien la posee. Yo te amo. Recuérdalo. Cuanto estés cansado, cuando ya no soportes más, solo tienes que asomarte al mar y llamarme. Yo estaré siempre allí, porque estoy en todos los mares, y tu sed de sueño será saciada.’

“Me contaba de su vida bajo el mar, de los Tritones barbudos, de las cavernas glaucas; pero decía que estas eran también apariencias fatuas y que la verdad estaba más bien en el fondo, en el ciego y mudo palacio de las aguas informes, eternas, sin destellos ni susurros.

“Una vez me dijo que iba a ausentarse por mucho tiempo, hasta la tarde siguiente. ‘Debo ir muy lejos, hasta donde sé que encontraré un regalo para ti.’

“Y regresó con un estupendo ramo de coral púrpura, incrustado de caracolitos y líquenes marinos. Lo conservé durante mucho tiempo en un cajón, y todas las tardes lo besaba en aquellas partes donde recordaba que había posado sus dedos la Indiferente, es decir, la Benéfica. Tiempo después, María, el ama de llaves que precedió a Bettina, me lo robó, para dárselo a su querido. Tiempo después volví a verlo; estaba en una joyería del Ponte Vecchio: lo habían devastado, secularizado y pulido, casi irreconocible. Lo compré y, una noche, lo arrojé al Arno. Había pasado ya por demasiadas manos profanas.

“También me hablaba de los no escasos amantes humanos en su adolescencia milenaria: pescadores y marineros griegos, sicilianos, árabes, sardos y numerosos náufragos a la deriva, en maderámenes podridos, donde ella aparecía un instante entre los relámpagos de la borrasca, para mudar en placer sus estertores últimos. ‘Todos aceptaron mi invitación; algunos en esos mismos momentos; otros, después de lo que ellos consideraban mucho tiempo.

‘Sólo uno no volvió a buscarme. Era un hermoso muchacho de piel blanquísima, pelirrojo, al que me uní en una playa lejana, allá donde nuestro mar se junta con el Gran Océano. Aquel muchacho exhalaba un olor aún más fuerte que el vino que me diste el otro día. Creo que no ha vuelto no tanto porque haya sido infeliz, sino porque estaba tan ebrio cuando nos encontramos que no pudo entender nada; seguramente me confundió con alguna de sus pescadoras.’

“Las semanas de aquel gran verano transcurrieron como si hubieran sido una sola semana. Pero cuando estas pasaron, me di cuenta de que había vivido lo que se vive realmente en muchos siglos. Esa muchachita lasciva, esa fierecilla cruel era también Madre Sapientísima, que con su sola presencia desarraigó y disipó en mí creencias y metafísicas. Con sus dedos frágiles, muchas veces ensangrentados, me mostró el camino que conduce hacia los reposos verdaderos, hacia un ascetismo Vital derivado no de la renuncia, sino de la imposibilidad de aceptar cualquier otro placer inferior. Ciertamente, no seré yo quien desoiga su llamado, no seré yo quien rechace esta especie de gracia pagana que me ha sido concedida.

“En razón de su misma violencia, fue breve ese verano. Poco después, el 20 de agosto, se reunieron las primeras nubes tímidas; cayeron unas cuantas gotas, tibias como la sangre. En el horizonte lejano, las noches fueron una concatenación de lentos, mudos relámpagos, que se deducían, uno del otro, como las cogitaciones de un dios. En las mañanas color de tórtola, como una tórtola el mar se dolía de sus inquietudes arcanas, y al atardecer se encrespaba sin que se percibiera ninguna brisa, en una degradación de gris humo, gris acero, gris perla, suavísimos todos y más afables que el esplendor precedente. Distantes jirones de niebla rozaban las aguas; tal vez había comenzado a llover en las costas griegas. El humor de Lighea también demudó su esplendor en afabilidad grisácea. A menudo se quedaba callada; durante muchas horas permanecía tendida en un escollo, mirando el desapacible horizonte. No se alejaba mucho. ‘Quiero quedarme todavía contigo. Si ahora me fuera al mar abierto, mis compañeros me retendrían. ¡Los oyes? Me llaman.’ Realmente me parecía escuchar un rumor distinto, más grave, mezclado con los gritos agudos de las gaviotas; me pareció ver fulminantes escaramuzas por entre los escollos. ‘Tañen sus caracoles, llaman a Lighea, para que asista a las fiestas de la tormenta.’

“Esta nos asaltó al alba del día 26. Desde el escollo vimos cómo se acercaba el viento que trastornaba las aguas distantes, y cerca de nosotros las olas plomizas empezaron a hincharse, vastas y perezosas. Pronto nos alcanzó la ráfaga. Silbó en nuestros oídos, dobló los romeros resecos. A nuestros pies el mar empujó la primera ola coronada de blancura. ‘Adiós, Sasá. No lo olvides.’ La enorme ola se estrelló contra el escollo y Lighea se zambulló en aquella irisación chorreante. No volví a verla. Me pareció que se deshacía en la espuma.”

El senador partió la mañana siguiente. Me presenté en la estación, para despedirlo. Estuvo quisquilloso y cortante, como de costumbre; pero cuando el tren comenzó a moverse, se asomó a la ventanilla y rozó mi cabeza con sus dedos.

Al amanecer del día siguiente hablaron por teléfono al periódico: desde Génova comunicaban que, durante la noche, el senador La Ciura había caído al mar desde la cubierta del Rex, que navegaba hacia Nápoles, y que, aunque pronto enviaron los botes de salvamento, no pudieron encontrar su cuerpo.

Una semana más tarde leyeron el testamento: para Bettina, el mobiliario y el dinero depositado en el banco; la biblioteca, para la Universidad de Catania, y en un codicilo con fecha reciente, me heredaba la crátera griega ilustrada con figuras de sirenas y la enorme fotografía de la Koré del Acrópolis.

Me enviaron esos dos objetos a mi casa de Palermo. Luego vino la guerra y, mientras yo estaba en Marmarica con medio litro de agua al día, los “Liberators” destruyeron mi casa. Al regresar, vi que habían roto la fotografía, y que con los pedazos habían hecho antorchas los saqueadores nocturnos; la crátera estaba despedazada. En el fragmento más grande se veían los pies de Ulises, amarrado al mástil de la nave. Aún lo conservo. Los libros fueron almacenados en los sótanos de la Universidad y, como no hay dinero para hacerles la estantería, allí siguen, pudriéndose lentamente.

1958

1 Tota: muchacha, amante. En dialecto milanés.2 Ministerio de Cultura Popular.

Fuente: ciudadseva.com

Arabia

James Joyce

La calle North Richmond, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto en la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba a sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias decentes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas.

El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel, con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era un cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana.

Cuando llegaron los cortos días de invierno oscurecía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuando nos reuníamos en la calle, ya las casas se habían hecho sombrías. El pedazo de cielo sobre nuestras cabezas era de un color violeta fluctuante y las luces de la calle dirigían hacia allá sus débiles focos. El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nuestros cuerpos relucían. Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nuestras carreras nos llevaban por entre los oscuros callejones fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajo la baqueta de las salvajes tribus de las chozas hasta los portillos de los oscuros jardines escurridizos en que se levantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorosos establos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a su caballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuando regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las cocinas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando la esquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que entraba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a la puerta llamando a su hermano para el té, desde nuestra oscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo. Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entraba, y si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resignados, caminábamos hasta el quicio de la casa de Mangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado contra la luz que salía de la puerta entreabierta. Su hermano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso, y yo me quedaba junto a la reja a mirarla. Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa.

Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala delantera para vigilar su puerta. Para que no me viera bajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando salía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasillo, agarraba mis libros y le caía atrás. Procuraba tener siempre a la vista su cuerpo moreno, y cuando llegábamos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba, apretaba yo el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un día tras otro. Nunca había hablado con ella, si exceptuamos esas pocas palabras de ocasión; sin embargo, su nombre era como un reclamo para mi sangre alocada.

Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábados por la tarde, yo tenía que ir con ella para ayudarla a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por borrachos y baratilleros, entre las maldiciones de los trabajadores, las agudas letanías de los pregoneros que hacían guardia junto a los barriles de mejillas de cerdo, el tono nasal de los cantantes callejeros que entonaban un oigan esto todos sobre O’Donovan Rossa o la balada sobre los líos de la tierra natal. Tales ruidos confluían en una única sensación de vida para mí: me imaginaba que llevaba mi cáliz a salvo por entre una turba enemiga. Por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría o no a hablarle, y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como los dedos que recorrieran mis cuerdas.

Una noche me fui a la saleta en que había muerto el cura. Era una noche oscura y lluviosa y no se oía un ruido en la casa. Por uno de los vidrios rotos oía la lluvia hostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de agua jugando en sus camas húmedas. Una lámpara distante o una ventana alumbrada resplandecía allá abajo. Agradecí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos parecían querer echar un velo sobre sí mismos, y sintiendo que estaba a punto de perderlos, junté las palmas de mis manos y las apreté tanto que temblaron, y musité: ¡Oh, amor! ¡Oh, amor!, muchas veces.

Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mí, sus primeras palabras fueron tan confusas que no supe qué responder. Me pregunto si iría a la “Arabia”. No recuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feria fabulosa, dijo ella; le encantaría a ella ir.

– ¿Y por qué no puedes ir? -le pregunté.

Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a un brazalete de plata en su muñeca. No podía ir, dijo, porque había retiro esa semana en el convento. Su hermano y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedé solo recostado a la reja. Se agarró a uno de los hierros inclinando hacia mí la cabeza. La luz de la lámpara frente a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cuello, le iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendiendo, daba sobre su mano en la reja. Caía por un lado de su vestido y cogía el blanco borde de su falda, que se hacía visible al pararse descuidada.

-Te vas a divertir -dijo.

-Si voy -le dije-, te traeré alguna cosa.

¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sueños, despierto o dormido, después de aquella noche! Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí rabia al estudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aula su imagen se interponía entre la página que quería leer y yo. Las sílabas de la palabra Arabia acudían a través del silencio en que mi alma se regalaba para atraparme con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir a la feria el sábado por la noche. Mi tía se quedó sorprendidísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de los masones. Pude contestar muy pocas preguntas en clase. Vi la cara del maestro pasar de la amabilidad a la dureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de holgorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo, y me parecía juego de niños, feo y monótono juego de niños.

El sábado por la mañana le recordé a mi tío que deseaba ir a la feria esa noche. Estaba atareado con el estante del pasillo buscando el cepillo de su sombrero, y me respondió, agrio:

-Está bien, muchacho, ya lo sé.

Como él estaba en el pasillo no podía entrar en la sala y apostarme en la ventana. Dejé la casa de mal humor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire era implacablemente crudo, y el ánimo me abandonó.

Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no había regresado. Pero todavía era temprano. Me senté frente al reloj por un rato, y cuando su tictac empezó a irritarme me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos de arriba, fríos, vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto en cuarto cantando. Desde la ventana del frente vi a mis compañeros jugando en la calle. Sus gritos me llegaron indistintos y apagados; recostando mi cabeza contra el frío cristal, miré la casa a oscuras en que ella vivía. Debí estar parado allí cerca de una hora, sin ver nada más que la figura morena proyectada por mi imaginación, retocada discretamente por la luz de la lámpara en el cuello curvo y en la mano sobre la reja y en el borde del vestido.

Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré a la señora Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina, viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos para una de sus obras pías. Tuve que soportar todos esos chismes de la hora del té. La comelata se prolongó más de una hora, y todavía mi tío no llegaba. La señora Mercer se puso de pie para irse: sentía no poder esperar un poco más, pero eran más de las ocho y no le gustaba andar por fuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuando se fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando los puños. Mi tía me dijo:

-Me temo que tendrás que posponer tu feria para otra noche del Señor.

A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de la calle. Lo oí hablando solo y oí el crujir del estante del pasillo cuando recibió el peso de su sobretodo. Sabía interpretar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena le pedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le había olvidado.

-Ya todo el mundo está en la cama y en su segundo sueño -me dijo.

No sonreí. Mi tía le dijo, enérgica:

– ¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo que se vaya? Bastante lo hiciste esperar.

Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijo que él creía en ese viejo dicho: Mucho estudio y poco juego hacen a Juan un majadero. Me preguntó que a dónde iba yo y cuando se lo dije por segunda vez, me preguntó que si no conocía Un árabe dice adiós a su corcel. Cuando salía de la cocina se preparaba a recitar a mi tía los primeros versos del poema.

Apreté el florín bien en la mano mientras iba por la calle Buckingham hacia la estación. La vista de las calles llenas de gentes de compras y bañadas en luz de gas me hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté en un vagón de tercera de un tren vacío. Después de una demora intolerable, el tren salió lento de la estación y se arrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre el río rutilante. En la estación de Westland Row la multitud se apelotonaba a las puertas del vagón; pero los conductores la rechazaron diciendo que éste era un tren especial a la feria. Seguí solo en el vagón vacío. En unos minutos el tren arrimó a una improvisada plataforma de madera. Bajé a la calle y vi en la iluminada esfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente a mí había un edificio que mostraba el mágico nombre.

No pude encontrar ninguna de las entradas de seis peniques, y, temiendo que hubieran cerrado, pasé rápido por el torniquete, dándole un chelín a un portero de aspecto cansado. Me encontré dentro de un salón cortado a la mitad por una galería. Casi todos los estanquillos estaban cerrados y la mayor parte del salón estaba a oscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesias después del servicio. Caminé hasta el centro de la feria tímidamente. Unas pocas gentes se reunían alrededor de los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante de una cortina, sobre la que aparecían escritas las palabras Café Chantant con lámparas de colores, dos hombres contaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo caían las monedas.

Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui hacia uno de los estanquillos y examiné las vasijas de porcelana y los juegos de té floreados. A la puerta del estanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóvenes. Me di cuenta de que tenían acento inglés y escuché vagamente la conversación.

– ¡Oh, nunca dije tal cosa!

– ¡Oh sí!

– ¡Oh no!

– ¿No fue eso lo que dijo ella?

-Sí. Yo la oí.

-Oh, pero qué… ¡embustero!

Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si quería comprar algo. Su tono de voz no era alentador; parecía haberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré humildemente los grandes jarrones colocados como mamelucos a los lados de la oscura entrada al estanquillo y murmuré:

-No, gracias.

La jovencita cambió de posición una de las vasijas y regresó a sus amigos.

Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otra vez la jovencita me echó una mirada por encima del hombro.

Me quedé un rato junto al estanquillo -aunque sabía que quedarme allí era inútil- para hacer parecer más real mi interés por la loza. Luego me di vuelta lentamente y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dos peniques junto a mis seis en el bolsillo. Oí una voz gritando desde un extremo de la galería que iban a apagar las luces. La parte superior del salón estaba completamente a oscuras ya.

Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y puesta en ridículo por la vanidad, y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.

Fuente: biblio3.url.edu.gt

La muñeca de modista

Agatha Christie

La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca, cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorrito de terciopelo verde. No era la clásica que acunan en sus bracitos las niñas. Era un antojo de mujer rica, destinada a lucir junto al teléfono, o entre los almohadones de un diván. Y así permanecía nuestra muñeca, eternamente fláccida, a la vez que extrañamente viva.

Sybil Fox se apresuraba en terminar el corte y preparación de un modelo. De modo casual sus ojos se detuvieron un momento en la muñeca, y algo extraño en ella captó su interés. No obstante, fue incapaz de saber qué era, y en su mente se abrió una preocupación más positiva.

«¿Dónde habré puesto el modelo de terciopelo azul? -se preguntó-. Estoy segura de que lo tenía aquí mismo.»

Salió al rellano y gritó:

– ¡Elspeth! ¿Tienes ahí el modelo azul? La señora Fellows está al llegar.

Volvió a entrar y encendió las lámparas. De nuevo miró la muñeca.

-Vaya, ¿dónde diablos estará…? ¡Ah, aquí!

Recogía el modelo cuando oyó el ruido peculiar del ascensor que se detenía en el rellano, y, al momento, la señora Fellows entró acompañada de su pekinés, que bufaba alborotador, como un tren de cercanías al aproximarse a una estación pueblerina.

-Vamos a tener aguacero -dijo la dama-. Y será un señor «aguacero».

Se quitó de un tirón los guantes y el abrigo de piel.

Entonces entró Alicia Coombe, como siempre hacía cuando llegaban clientes especiales, y la señora Fellows lo era.

Elspeth, la encargada del taller, bajó con el vestido y Sybil se lo puso a la señora Fellows.

-Bien -dijo Sybil-. Le cae estupendo. Es un color maravilloso, ¿no le parece?

Alicia Coombe se recostó en su silla, estudiando el modelo.

-Sí -exclamó-. Es bonito. Realmente es todo un éxito.

La señora Fellows se volvió de medio lado y se miró al espejo.

-Desde luego, sus vestidos hacen algo en la parte baja de mi espalda.

-Está usted mucho más delgada que tres meses atrás -aseguró Sybil.

-No -dijo ella-, si bien es cierto que lo parezco. En realidad, esa sensación la producen sus modelos. Disimulan muy bien mis caderas -suspiró mientras se alisaba las protuberancias de su anatomía-. Siempre ha sido mi pesadilla. Durante años he intentado disimularlo atiesándome. Ahora ya no puedo hacerlo, pues tengo tanto estómago como… Tendrá usted que tener en cuenta ambas cosas, ¿podrá?

-Me gustaría que viese a otras clientes.

La señora Fellows seguía examinándose.

-El estómago es peor -dijo-. Se ve más. Claro que eso puede parecérnoslo porque al hablar con la gente les damos la cara y entonces no ven la espalda. De todos modos he decidido vigilar mi estómago y dejar que lo otro se apañe solo.

Estiró un poco más el cuello para contemplarse, y exclamó de repente:

– ¡Oh, esa muñeca me ataca los nervios! ¿Desde cuándo la tienen?

Sybil miró insegura a Alicia, que parecía esforzarse en recordar.

-No lo sé exactamente. Hace bastante tiempo… nunca me acuerdo de las cosas. Es terrible lo que me ocurre, ¡sencillamente no puedo recordar! Sybil, ¿desde cuándo la tenemos?

-No lo sé.

-Es lo mismo; no se preocupen -intervino la señora Fellows-. De todos modos seguirá estropeando mis nervios. Parece vigilarnos y reírse de nosotras desde su envoltorio de terciopelo. Yo me desembarazaría de ella si fuese mía.

Dicho esto, acusó un ligero estremecimiento. Luego se puso a discutir sobre detalles de costura. ¿Era evidente acortar las mangas una pulgada? ¿Y el largo? Después que fueron solucionados tan importantes puntos, la señora Fellows se vistió sus prendas y se dispuso a marcharse. Al pasar por delante de la muñeca, volvió la cabeza.

-No -dijo-. No me gusta la muñeca. Da la sensación de ser algo vivo; de ser algo que impone su presencia. No; decididamente, no me gusta.

– ¿Qué quiso decir? -preguntó Sybil mientras la señora Fellows descendía las escaleras.

Antes de que Alicia pudiera contestar, la señora Fellows asomó la cabeza por la puerta.

– ¡Cielos! Me olvidé de Fou-Ling. ¿Dónde estás, príncipe?

Las tres mujeres miraron a su alrededor. El pekinés se hallaba sentado junto a la silla de terciopelo verde. Sus ojos permanecían fijos en la fláccida muñeca, sin que denotase placer o resentimiento. Simplemente miraba.

-Ven aquí, tesoro de mamita.

El tesoro de mamita no hizo caso.

-Cada día se vuelve más desobediente -explicó su dueña como si alabase una virtud-. Vamos, tesorito. Cariñito.

Fou-Ling volvió la cabeza una pulgada y media hacia ella, y con manifiesto desdén continuó observando la muñeca.

-Mi pequeño Fou-Ling está muy impresionado. No recuerdo que le haya sucedido eso antes. Le ocurre lo mismo que a mí. ¿Estaba la muñeca aquí la última vez que vine?

Las dos mujeres se miraron. Sybil mantenía fruncido el ceño, y Alicia, al responder, hizo otro tanto.

-Ya le dije que… no sé, no logro acordarme de nada. ¿Cuánto hace que la tenemos, Sybil?

– ¿Cómo llegó aquí? -preguntó la señora Fellows-. ¿La compraron ustedes?

-Oh, no -Alicia pareció sorprenderse ante la idea-. Oh, no. Supongo que alguien me la regalaría.

Desalentada, denegó con la cabeza antes de continuar:

-Resulta enloquecedor que todo se vaya de la mente cuando una intenta recordar.

-Anda, vamos; no seas estúpido, Fou-Ling. ¡Vamos, camina! Vaya, tendré que cogerte en brazos.

Y en los brazos de su dueña, Fou-Ling emitió un corto ladrido de protesta, antes de salir de la estancia con la cabeza vuelta hacia la silla.

– ¡Esa muñeca rompe mis nervios! -exclamó la señora Groves.

La señora Groves era la asistenta. Había acabado de fregar el suelo, moviéndose como los cangrejos. Entonces se hallaba en pie, y con un trapo sacudía el polvo de los muebles.

– ¡Qué cosa más extraña! -continuó-. Nadie advirtió su presencia hasta ayer. Y sucedió de repente, como usted misma me dijo.

– ¿No le gusta? -preguntó Sybil.

– ¡No! Ya lo he dicho: me rompe los nervios. Es… es antinatural, si me entiende lo que quiero decir. Sus largas piernas colgantes, el modo de yacer y la mirada astuta de sus ojos impresionan.

-Nunca se ha quejado de ella -dijo Sybil, sorprendida.

-Créame, hasta hoy me ha pasado inadvertida. Sí, ya sé que lleva tiempo aquí, pero… -enmudeció mientras en su rostro se reflejaba una expresión de miedo-. Parece una de esas criaturas terroríficas que una sueña a veces.

La señora Groves recogió sus utensilios de limpieza y se dio prisa en abandonar la salita de pruebas.

Sybil miró la muñeca y no pudo evitar una oprimente sensación inexplicable. La entrada de Alicia distrajo su atención.

-Señorita Coombe, ¿desde cuándo tiene usted esta muñeca?

– ¿La muñeca? Querida, ya sabe que no recuerdo las cosas. Ayer… ¡qué absurdo! Ayer quise asistir a una conferencia y no había recorrido la mitad de la calle cuando advertí que no recordaba dónde iba. Después de mucho pensar me dije que sería a casa Fortnums. Había algo que deseaba comprar allí -se pasó la mano por la frente-. Le será difícil creerme, y, sin embargo, es verdad. Cuando tomaba el té en casa me acordé de la conferencia. Ya sé que la gente se vuelve desmemoriada con los años, pero a mí me ocurre demasiado pronto. Ahora mismo no sé dónde he puesto el bolso… y mis gafas. ¿Dónde puse las gafas? Las tenía hace un momento, ¡leía algo en el periódico!

-Las gafas están en la repisa de la chimenea -dijo Sybil dándoselas-. ¿Desde cuándo está aquí la muñeca? ¿Quién se la regaló?

-Son dos respuestas en blanco. Alguien debió de enviármela, supongo. Es raro, pero todos parecen extrañar su presencia aquí.

-Desde luego. Sí, resulta curioso; yo misma soy incapaz de acordarme cuando la vi por vez primera.

-No se vuelva como yo -exclamó Alicia-. Usted es joven todavía.

-Esto no remedia mi falta de memoria, señorita Coombe. Ayer, al fijarme en ella, pensé que tenía algo… algo impalpable. Creo que la señora Groves está en lo cierto. La muñeca rompe los nervios de cualquiera. Y el caso es que ayer fui consciente de que esa sensación de captar un no sé qué en la muñeca, la he sentido antes, si bien no recuerdo en qué momento. En realidad es como si nunca la hubiese visto, y de pronto descubriese su presencia, segura de conocerla hace mucho tiempo.

-Quizá un día entró volando por la ventana subida en una escoba -dijo Alicia-. Bien, el caso es que está aquí, y es nuestra. -Miró a su alrededor, antes de añadir-: No sabría imaginarme la habitación sin ella. ¿Y usted?

-Tampoco -repuso Sybil, acusando un ligero estremecimiento-. Pero me gustaría poder…

-Poder, ¿qué? -preguntó Alice.

-Imaginar la habitación sin ella.

-¡Caray! ¡Todos se ponen tontos con la muñeca! -exclamo Alicia, no de muy buen talante-. ¿Qué hay de malo en la pobre? Bueno, quizá parezca una col marchita. No, no es eso. La veo así porque no llevo puestas las gafas-. Se las colocó sobre la nariz y miró la muñeca-: Sí, desde luego causa cierta sensación nerviosa. Tal vez sea su mirada triste, aunque burlona.

-Sorprende -dijo Sybil-, que la señora Fellows se sintiera molesta con ella, precisamente hoy.

-Es una mujer que nunca oculta lo que piensa -repuso Alicia.

-Conforme -insistió la otra-; pero lo extraño es que fuese hoy, como si antes no la hubiese visto.

-La gente suele profesar antipatías repentinas.

-Sí, es un aserto irrefutable. ¡Quién sabe! Posiblemente no estaba aquí ayer, y sea cierto que entró por la ventana como usted dijo.

-¡Oh, no, querida! -repuso Alicia-. Eso fue una broma. Yo sé que está en su silla desde hace mucho tiempo. Sólo que hasta ayer no se hizo visible.

-Sí, es una seguridad dormida en nuestro subconsciente. Desde luego hace tiempo que nos hace compañía, si bien hasta ahora no nos hemos percatado de su presencia.

– ¡Oh, Sybil! ¡Olvidémoslo! Me da escalofríos. ¿Supongo que no intenta construir una historia sobrenatural, ¿verdad?

Cogió la muñeca, la sacudió, arregló sus hombros y volvió a sentarla en otra silla. La muñeca se movió ligeramente, hasta quedar en una postura de relajamiento.

– ¡Qué cosa más sorprendente! -exclamó Alicia, mirándola-. Es una cosa sin vida, y, no obstante, parece que la tiene.

– ¡Me ha descompuesto! -dijo la señora Groves, mientras quitaba el polvo de la habitación destinada a exposición-. Me temo que no me quedan ganas de volver al probador.

– ¿Quién la ha descompuesto? -preguntó Alice, que se hallaba sentada en un escritorio situado en un ángulo repasando varias cuentas-. Esta mujer -ahora hablaba para ella misma y no para la señora Groves-, piensa que tendrá dos vestidos de noche, tres de cóctel y otro de calle para todos los años sin pagar un solo penique.

– ¿Quién ha de ser? ¡Esa muñeca! -gritó la asistenta.

– ¡Vaya! ¿Otra vez la muñeca?

– ¿No la ha visto sentada al pupitre que hay en el probador, como si fuera un ser humano? ¡Me descompuso!

– ¿De qué habla usted, señora Groves? -preguntó Alicia.

Ésta se puso en pie, cruzó la estancia y el recibidor y penetró en el salón de pruebas. La muñeca, como si fuera de carne y hueso, permanecía sentada en una silla, arrimada al pupitre, sobre el cual descansaban sus largos y fláccidos brazos.

-Alguien ha querido gastarme una broma -dijo Alicia-. Pero hay tanta naturalidad en ella que parece estar viva.

En aquel momento Sybil bajaba las escaleras del taller, con un vestido que debía de ser probado aquella mañana.

-Venga, Sybil, y verá la muñeca sentada a mi pupitre, escribiendo cartas.

Las dos mujeres se miraron.

-Me gustaría saber quién la ha colocado ahí, ¿Fue usted?

-No -contestó Sybil-. Quizá haya sido una de las chicas.

-Una broma estúpida, de veras -se quejó Alicia.

Cogió la muñeca del pupitre y la echó encima del sofá.

Sybil colocó el vestido sobre una silla, y, luego, se fue al taller.

– ¿Conocen la muñeca de terciopelo que hay en el salón de pruebas? -preguntó.

La encargada y tres chicas alzaron la vista.

– ¿Quién gastó la broma de sentarla al pupitre, esta mañana?

Las tres chicas se miraron unas a otras, y Elspeth, la encargada, exclamó sorprendida:

– ¿Sentarla al pupitre? ¡Yo no!

-Ni yo -dijo una de las chicas-. ¿Fuiste tú, Marlene?

La aludida sacudió la cabeza.

– ¿No será una broma suya, Elspeth?

El aspecto sombrío de la encargada no inducía a suponerla amiga de bromas, y mucho menos cuando tenía la boca llena de alfileres.

-No, desde luego que no. Me sobra trabajo para entretenerme en jugar con muñecas.

-Bueno -intervino Sybil, a quién sorprendió el temblor de su propia voz-. Después de todo es una broma bastante simpática. Me gustaría saber quién lo hizo.

Las tres muchachas se defendieron.

-Se lo hemos dicho, señorita. Ninguna de nosotras lo hizo, ¿verdad Marlene?

-Yo no -afirmó ésta-. Y si Nillie y Margaret dicen que tampoco, pues ninguna de nosotras ha sido.

-Ya ha escuchado antes mi respuesta -dijo Elspeth-. ¿A santo de que viene todo esto? ¿No habrá sido la señora Groves?

Sybil denegó con un gesto de cabeza.

-No; ella no se hubiese atrevido; está asustada.

-Bajaré a ver la muñeca -dijo Elspeth.

-Ya no está en el mismo sitio -informó Sybil-. La señorita Coombe la quitó del pupitre y la puso en el sofá. Pero alguien tuvo que ponerla en la silla. En realidad, su aspecto es gracioso, y no comprendo por qué se oculta quien lo hizo.

-Señorita Fox; lo hemos negado dos veces -habló Margaret-. ¿Por qué se empeña en que mentimos? Ninguna de nosotras hubiera hecho una cosa tan tonta.

-Lo siento -se excusó Sybil-. No quise ofenderlas. ¿Quién pudo ser?

-Quizá fue ella sola -aventuró Marlene, que se puso a reír.

Sybil no agradeció la sugerencia.

-Está bien. Olvidemos lo sucedido -dijo antes de bajar de nuevo las escaleras.

Alicia tarareaba una cancioncilla mientras buscaba algo a su alrededor.

-He vuelto a perder mis gafas -explicó a Sybil-. No importa, en realidad no quiero ver nada en este momento. Lo malo para una persona tan ciega como yo, es que si pierde las gafas y carece de otro par de reserva, nunca logrará hallar las primeras.

-Las buscaré yo -se ofreció Sybil-. Las tenía hace un momento.

-Fui a la otra habitación cuando usted fue arriba. Quizá me las olvidé allí. Es una lata eso de las gafas. Quiero seguir con esas cuentas, ¿cómo lo haré si no las encuentro?

-Iré a su dormitorio a buscarle el otro par.

-Sólo tengo el par que uso.

– ¿Qué ha hecho de las otras?

-No lo sé. Creía haberlas olvidado ayer en el restaurante. Pero me informaron por teléfono que no están allí. También llamé a dos tiendas, donde estuve de compras.

-Oh, querida; necesita tres pares.

-Sí, y entonces me pasaré la vida buscándolos. Es mejor tener un solo par.

-Bueno, en alguna parte han de estar -dijo Sybil-. No ha salido usted de estas dos habitaciones. Si no aparecen aquí, han de estar en el probador.

Sybil se encaminó a la otra sala, y tras detenida búsqueda infructuosa, se le ocurrió levantar la muñeca del sofá.

– ¡Ya las tengo! -gritó.

– ¿Dónde estaban Sybil?

-Debajo de nuestra preciosa muñeca. Supongo que las dejaría en el sofá al ponerla allí.

-No; estoy segura de no haberlo hecho.

-Entonces se las quitaría ella.

– ¡Quién sabe! -dijo Alicia, mirando la muñeca-. Parece muy inteligente.

-No me gusta su cara -afirmó Sybil-. Da la impresión de saber algo que nosotros ignoramos.

-Su aspecto es triste y a la vez dulce -comentó Alicia.

– ¡Oh! Yo no advierto la más mínima dulzura en ella.

– ¿No? Quizá tenga razón. Bueno, sigamos con el trabajo. Lady Lee vendrá antes de diez minutos y quiero acabar estas facturas y mandarlas al correo.

– ¡Señorita Fox! ¡Señorita Fox!

– ¿Qué pasa, Margaret? ¿Qué ocurre?

Sybil cortaba una pieza de género de satén sobre la mesa de trabajo.

– ¡Oh, señorita Fox! Se trata de la muñeca. Bajé el vestido castaño y vi la muñeca sentada delante del pupitre. ¡Yo no he sido, ni las otras chicas! Por favor, créame, nosotros no haríamos una cosa así.

Las tijeras de Sybil se desviaron un poco.

– ¡Vaya! -exclamó enojada-. Mire lo que me ha hecho hacer. Espero que podrá arreglarse. Bueno, ¿qué pasa con la muñeca?

-Vuelve a estar sentada ante el pupitre.

Sybil bajó al probador. La muñeca se hallaba sentada al pupitre, exactamente como antes.

-Eres muy decidida, ¿eh? -dijo a la muñeca.

La cogió sin contemplaciones y la echó encima del sofá.

– ¡Ese es tu sitio, niña! ¡No te muevas de ahí!

Luego se encaminó a la otra estancia.

-Señorita Coombe.

-Diga, Sybil.

-Alguien nos toma el pelo.

La muñeca volvía a estar sentada ante el pupitre.

– ¿Quién le parece que es?

-Tiene que ser una de las tres de arriba. Seguramente lo considerará gracioso. Pero el caso es que todas juran ser inocentes.

– ¿No será Margaret?

-No, no lo creo. Margaret estaba sorprendida cuando entró a decírmelo. En todo caso será esa burlona de Marlene.

-Sea quien fuese, hace una tontería.

-Estoy de acuerdo -dijo Sybil-. No obstante, pienso poner coto a eso.

– ¿Qué hará para evitarlo?

-Ya lo verá.

Aquella noche, antes de irse, cerró con llave el probador.

-Me llevo la llave.

-Comprendo -repuso Alicia, con cierto aire de diversión-, Usted piensa que soy yo, ¿verdad? Me considera tan distraída como para sentar a la muñeca al pupitre, y que escriba en mi lugar. ¡Claro, y luego me olvido de todo!

-Está dentro de lo posible -admitió Sybil-. En realidad, sólo trato de asegurarme de que nadie repetirá la broma esta noche.

Al día siguiente lo primero que hizo Sybil fue abrir la puerta del probador y entrar dentro. La señorita Groves, manifiestamente agraviada, esperaba con la bayeta en la mano en el recibidor.

– ¡Ahora veremos! -dijo Sybil.

Y lo que vio la obligó a dar un respingo.

La muñeca aparecía sentada al pupitre.

– ¡Sopla! -exclamó la sirvienta detrás de Sybil-. ¡Eso sí que es misterio! Señorita Fox, se ha puesto algo pálida, como si hubiera recibido un susto. Necesita un sedante. ¿Sabe si la señorita Coombe tiene algún potingue apropiado en su dormitorio?

-Gracias; no lo necesito. Me encuentro bien.

Entonces cogió la muñeca.

-Alguien ha vuelto a gastarnos la misma broma -exclamó la señora Groves.

-No comprendo cómo ha podido ser -repuso Sybil-. Cerré con llave anoche. ¡Nadie pudo entrar!

-Puede que alguien tenga otra llave -aventuró la asistenta.

-No lo creo. Nunca nos hemos molestado en cerrar el probador. La llave de esta puerta es antigua y sólo hay una.

-Quizá encaje la de otra puerta, la de enfrente, por ejemplo.

Probaron todas las llaves; pero ninguna abría la puerta del probador.

-Es raro, señorita Coombe -aseguró Sybil más tarde, mientras comían juntas.

En los ojos de la señorita chispeaba la diversión que todo aquello le producía.

-Querida -le contestó-. Opino que es algo extraordinario. Deberíamos escribir al departamento de psiquiatría. Quien sabe, quizá se le ocurra enviarnos un especialista… un médium, o algo parecido, con el fin de comprobar qué hay de especial en el cuarto.

-Parece ser que no le preocupa.

-Tiene razón. En cierto modo, disfruto. A mi edad resulta divertido que ocurran cosas extrañas, inexplicables y misteriosas. Claro que… -se quedó pensativa un momento-. No; no creo que me guste. Bien, tendremos que admitir que la muñeca se toma muchas libertades, ¿no le parece?

Aquella noche Sybil y Alicia volvieron a cerrar con llave la puerta.

-Sigo creyendo que alguien se divierte con esta clase de bromas -afirmó decidida Sybil-. Si bien no comprendo por qué…

Alice la interrumpió al preguntarle:

– ¿Cree que volveremos a encontrarla mañana sentada al pupitre?

-Me temo que así sea.

Se equivocaron. La muñeca no estaba al pupitre, pero sí en el alféizar de la ventana, mirando la calle. Y de nuevo les sorprendió la extraordinaria naturalidad de su posición.

– ¡Qué cosa más ridícula! -comentó Alicia mientras tomaban una taza de té aquella tarde.

Las dos mujeres habían estado de acuerdo en tomar el té en la salita del despacho de Alicia, en vez de hacerlo como siempre, en el probador.

– ¿Ridículo en qué sentido?

-Me refiero a esa tonta preocupación que nos embarga, sólo porque una muñeca cambia de posición y lugar.

Pero si hasta entonces los movimientos de la muñeca parecían realizarse de noche, días después también se observaban a cualquier hora. Así, cada vez que entraban en el probador, aunque hubieran estado ausentes unos minutos, la encontraban en distinta postura o sitio. A veces quedaba en el sofá y aparecía en una silla, otras en el alféizar, o bien junto al pupitre.

-Se traslada a su antojo -dijo Alicia-. Y creo, Sybil, que eso la divierte.

Las dos mujeres miraban la figura inerte y fláccida de blando terciopelo, con su cara de seda pintada.

-Sólo unos trozos de terciopelo, seda y algo de pintura, eso es lo que es -comentó Alicia-. Podríamos… bueno, creo que podríamos deshacernos de ella.

– ¿Cómo?

-Pongámosla en el fuego. Sería una ceremonia semejante a la cremación de una bruja. También podemos tirarla al cubo de la basura.

-Lo último no daría resultado. Seguro que alguien la sacaría para devolvérnosla.

– ¿Y si la enviásemos a una de esas sociedades que tantas veces nos piden cosas para sus tómbolas o subastas? Me parece que ésta sería una buena idea.

-No sé… no sé… -Sybil denotaba duda y preocupación-. Tampoco me ofrece confianza.

– ¿Por qué?

-Temo que volvería.

– ¿Que volvería con nosotras?

-Sí.

– ¿Quiere usted decir que haría lo mismo que una paloma mensajera?

-Sí.

– ¿No estaremos perdiendo la cabeza? -preguntó Alicia-. Quizá sí, quizá yo me he chiflado y usted se divierte a costa mía.

-No, no eso no. Sin embargo, me siento presa de una desagradable sensación, como si ella fuera demasiado fuerte para nosotras.

– ¿Qué dice? ¿Esa masa de harapos?

-Sí, esa horrible masa fláccida de harapos. ¿No lo ve? ¡Es tan decidida!

– ¿Decidida?

-Hace lo que le da la gana. Se comporta como si esta habitación le perteneciera en exclusiva.

-Sí -dijo Alicia, mirando a su alrededor-. En realidad, siempre ha sido su habitación. Se me ocurrió que hacía juego con los colores que predominan -y añadió con mayor viveza-: Pero resulta absurdo que una muñeca se adueñe de una estancia. Y lo malo no es eso; lo malo es que la señora Graves se niega a entrar para hacer la limpieza.

– ¿Se niega porque le asusta la muñeca?

-No. Simplemente da una u otra excusa -en su voz había pánico al continuar-: ¿Qué haremos, Sybil? ¡Acabara conmigo! No he logrado diseñar nada desde hace varias semanas.

– ¡Oh! Yo tampoco logro fijar la mente cuando trabajo -confesó Sybil-. Y eso hace que cometa errores imperdonables. Quizá… -dudó un momento antes de proseguir, quizá la idea de escribir al centro de investigación psíquica fuese una solución.

– ¡Nos creerían un par de locas! -exclamó Alicia-. No lo dije en serio. No; decididamente, no. Seguiremos así hasta que…

– ¿Hasta qué…?

– ¡Oh, no lo sé! -la risa de Alicia sonó insegura.

Al día siguiente Sybil encontró la puerta del probador cerrada con llave.

-Señorita Coombe, ¿tiene la llave? ¿La cerró usted anoche?

-Sí, la cerré y ya va a permanecer así.

– ¿Qué quiere usted decir?

-Sencillamente: que renuncio a esa habitación. ¡Que se la quede la muñeca! No necesitamos esa estancia. Probaremos aquí.

-Pero esta es su salita despacho.

-No importa.

– ¿De veras no entrará más en el probador? -preguntó Sybil incrédula.

– ¡Exacto!

-Pero, ¿y la limpieza? Se pondrá horrible de suciedad.

– ¡Qué se ponga! Si el probador se ha convertido en lugar privado de una muñeca, pues… ¡para ella! Eso sí, que limpie la habitación -y añadió-: Nos odia, ¿no lo sabe?

– ¿Qué dice? -preguntó asombrada Sybil-. ¿Qué la muñeca nos odia?

-Sí. ¿No se ha percatado de ello al mirarla?

-Creo que sí -comentó pensativa, Sybil-. Creo que sí lo advertí. Hace mucho tiempo que tengo la sensación de que nos odia y quiere echarnos de allí.

-Es muy cruel -aseguró Alicia-. Bueno, desde ahora podrá vivir satisfecha.

Durante algunos días hubo paz en el taller de modistas. Alicia explicó al resto del personal que había renunciado temporalmente al probador, pues eran demasiadas habitaciones para limpiar todos los días.

Eso no evitó que aquella misma tarde una de las obreras dijese a otra compañera:

-Realmente está ida la señorita Coombe. Siempre me pareció algo rara; sobre todo cuando pierde las cosas y las olvida. Ahora se pasa de la raya. ¡Mira que tenerle ojeriza a la muñeca!

– ¿No temes que se vuelva loca -preguntó la otra-, y un mal día nos apuñale, o intente algo parecido?

Alicia, que las oyó, se sentó indignada en su silla. «¿Qué yo estoy ida?» -se preguntó-. Luego, furiosa, dijo en voz alta:

-En realidad, si no fuera por Sybil, creería que es verdad. Ella y la señora Groves temen, como yo, que hay algo en la muñeca.

Tres semanas más tarde Sybil dijo a Alicia:

-Es necesario que entremos en el probador.

– ¿Para qué?

-Debe hallarse muy sucio. Además, las polillas atacarán cuanto hay allí dentro. Sería mejor barrer y quitar el polvo, y luego cerrar de nuevo.

-Prefiero que siga como está antes de entrar otra vez.

-Es usted más supersticiosa que yo -dijo Sybil.

-Eso parece -contestó Alicia-. En cierto modo, al principio me divertía. Sin embargo, bien se ve que soy más crédula que usted. Realmente estoy asustada, y prefiero no entrar en esa habitación.

-En tal caso, entraré sola -afirmó Sybil.

-Muy bien. Pero confiese que lo hace por simple curiosidad.

-Tiene usted razón. Me siento curiosa. Quiero ver qué ha hecho la muñeca.

-Sería mejor no molestarla. Desde que la dejamos sola parece estar satisfecha. ¿Para qué perturbar su tranquilidad? -Alicia suspiró hondamente-. ¡Qué bobadas decimos!

– ¿Seguro que son bobadas? En todo caso es ella quien nos obliga a decirlas. Y… ¡déme la llave!

– ¡Está bien; está bien!

– ¿Teme que salga de la habitación o algo parecido? Si es capaz de eso, también podría atravesar puertas y ventanas.

Sybil abrió el probador.

– ¡Qué cosa más extraña! -dijo.

– ¿Qué pasa? -preguntó Alicia, mirando por encima del hombro de Sybil.

-Apenas hay polvo. Y, lógicamente, después de tan tiempo tendría que haberlo.

-Sí, es raro.

– ¡Mírela! -invitó Sybil.

La muñeca se hallaba en el sofá. En vez de fláccida, aparecía erguida con un cojín detrás de ella, mostrando ese aire inconfundible de quien se sabe dueña y señora de su casa. Por su actitud, cualquiera hubiese creído que esperaba visita.

-Ya lo ve -dijo Alicia-. Parece encontrarse en su hogar. Casi siento la necesidad de pedir excusas.

-Vámonos.

Sybil volvió a cerrar la puerta.

Las dos mujeres se miraron, visiblemente temerosas.

-Me gustaría saber por qué nos asusta tanto -dijo Alicia.

– ¡Cielos! ¿y quién no se asustaría? -preguntó la otra.

-Bueno, pero después de todo, ¿qué es lo que sucede? ¡Nada; absolutamente nada! Sólo se trata de una especie de marioneta que se mueve a su antojo por la habitación.

– ¿Y si no es ella? ¿Y si fuera obra de un prestidigitador?

– ¡Quién lo sabe!

-No, seguro que no es eso. Es… la muñeca.

– ¿Está segura de que ignora su procedencia, señorita Coombe?

-No tengo ni la menor idea. Y cuanto más lo pienso, más me afianzo en la creencia de que ni la compré ni me la regalaron. Para mí, es que vino sola.

– ¿Y se irá algún día del mismo modo que vino?

– ¿Por qué ha de irse? Ha logrado cuanto deseaba.

Sin embargo, la muñeca no debía de haber conseguido cuanto deseaba. Pues, al día siguiente, Sybil, al entrar en el salón de exposiciones, se quedó con la boca abierta. Luego gritó por el hueco de las escaleras.

– ¡Señorita Coombe! ¡Señorita Coombe; baje en seguida!

– ¿Qué ocurre?

Alicia, que se había levantado tarde, descendió cojeando pues sentía dolor reumático en la rodilla derecha.

– ¿Qué pasa, Sybil?

– ¡Véalo usted misma!

Desde el umbral del salón, Alicia contempló la muñeca, que aparecía sentada en un sillón, tranquilamente apoyada contra el brazo del mismo.

-Ha salido -susurró Sybil-. Se ha salido del probador. Seguro que ahora quiere adueñarse de este salón.

Alicia se sentó junto a la puerta.

-No me extrañaría que piense en quedarse con todas las dependencias.

-Podría ser -dijo Sybil.

– ¡Desagradable y perversa muñeca! -gritó Alicia-. ¿Por qué nos fastidias? ¡No te queremos!

Tanto ella como Sybil creyeron percibir que se movía. Fue algo parecido a un relajamiento de sus miembros de trapo. El largo brazo que descansaba en el sofá, medio le ocultaba el rostro, como si las observase astuta y maliciosamente.

– ¡Criatura horrible! -volvió a gritar Alicia-. ¡No puedo soportarte! ¡No puedo soportarte más!

Su acción sorprendió a Sybil. Corrió al interior de la estancia, cogió la muñeca, se fue a la ventana, la abrió y tiró el manojo de trapos a la calle.

Sybil, asustada, no pudo reprimir un grito:

– ¡Alicia! ¿Qué ha hecho? Estoy segura de que no debió hacerlo.

Luego se unió a ella en la ventana. Sobre el pavimento, la muñeca yacía boca abajo.

– ¡La ha matado! -dijo entrecortadamente Sybil.

– ¡No sea absurda! ¿Cómo puedo matar una cosa de terciopelo y seda?

-Es horriblemente real -murmuró Sybil.

– ¡Cielos! Aquella niña…

Una niña de corta edad, mal vestida, se paró junto a la muñeca en la acera. Miró arriba y abajo de la calle, que apenas tenía tránsito en aquella hora de la mañana, si bien pasaban algunos coches; luego, como satisfecha de su inspección, recogió la muñeca y echó a correr.

– ¡Párate! ¡Párate! -gritó Alicia.

Ésta se volvió a Sybil.

– ¡Esa niña no debe llevarse la muñeca! ¡No debe! Esa muñeca es peligrosa… Tenemos que evitarlo.

En aquel momento tres taxis circulaban por una dirección y dos camiones por la otra. La niña tuvo que detenerse en una isla en el centro de la calzada. Sybil bajó presurosa las escaleras, seguida de Alicia. Sortearon un par de vehículos, y, al fin, llegaron a la isla antes de que la niña cruzase al lado opuesto.

-No puedes llevarte esa muñeca -dijo Alicia-. Devuélvemela.

La niña, delgada, de unos ocho años y algo bizca, la miró desafiadora.

– ¿Por qué tengo que dársela? Usted la tiró por la ventana, ¿no? Yo vi cómo lo hacía. Si usted la tiró por la ventana es que no la quiere. ¡Ahora es mía!

-Te compraré otra -ofreció Alicia-. Iremos a la tienda de juguetes que tú digas, y te compraré la mejor muñeca que tengan. Pero devuélveme ésta.

– ¡No!

La niña estrechó protectoramente en sus brazos a la muñeca de terciopelo.

-Tienes que devolvérsela -dijo Sybil-. No es tuya.

Quiso arrebatársela, pero la pequeña dio una patada en el suelo, y les gritó:

– ¡No! ¡No! ¡No! Es bien mía. La quiero. Ustedes no la quieren. La odian. Si no la odiaran no la hubieran tirado por la ventana. Yo la quiero, y eso es lo que ella necesita; que la amen.

Luego se deslizó como una anguila entre los vehículos y cruzó la calle, siguió por una callejuela, y desapareció antes de que las dos mujeres se atreviesen a cruzar.

-Se ha ido -exclamó Alicia desalentada.

-La muñeca necesita que la amen -repitió Sybil.

-Puede que sea verdad. Quizá sea cuanto quiso la pobre; ser amada. En el centro de una calle londinense, dos mujeres se miraron asustadas.

Fuente: www.rinconcastellano.com

La muerte

Thomas Mann

10 de septiembre

Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo…

El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo…

12 de septiembre

He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño.

Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas.

Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar.

15 de septiembre

Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: “Como usted disponga, señor Conde”, pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda.

¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre…

18 de septiembre

Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable.

Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba “enfermo”. ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico!

21 de septiembre

He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo.

La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente.

¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías “enfermo”? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre…?

23 de septiembre

Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida.

¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce de octubre.

27 de septiembre

El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo.

-Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, ¡je, je!

Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor.

30 de septiembre

-¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460.

No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte!

2 de octubre

Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco.

Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió?

Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar?

¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas…

3 de octubre

Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos.

¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea…

¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre…

5 de octubre

Pienso continuamente en ello, y me ocupa por completo. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.

Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte.

7 de octubre

El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra.

Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies.

Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido?

8 de octubre

He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo?

Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación… ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad.

9 de octubre

Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: “¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?” Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío.

10 de octubre

¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: “Es mejor que acabemos pronto”, dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.

“¡Es mejor que acabemos pronto!” ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción.

11 de octubre (a las 11 de la noche)

¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo!

Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba.

– ¡La señorita – exclamó -! ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida!

Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus.

-Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo!

Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, ¡así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas!

¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir:

-Es mejor que acabemos pronto…

Fuente: ciudadseva.com

La mancha de humedad

Juana de Ibarbourou

Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

-Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

-¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

-No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

-¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

-¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

Fuente: ciudadseva.com

Una aburrida tarde

María Eugenia Torres Arias

Una apacible y somnolienta tarde de verano, desde el salón de clases y a través del cristal de la ventana, contemplaba el río; con su caudal crecido hasta el borde arrastrando su en su lento, lujurioso e incontenible paso por la ciudad, manchas de lirios de enhiestas flores moradas, arrancadas inmisericordiosamentede las riberas altas o de las lagunetas que visitaba. Eran como balsas navegando a la deriva. Algunas de ellas llevaban huéspedes, una garza blanca de largas patas y pico rosado, alboreaba a los rayos del sol, poniente bamboleándose como marinero en tierra firme; en otra, una familia de sapos y ranas cantadoras; paso, dibujos infantiles en las verdosas aguas.   

Arriba, donde el río hace una prolongada curva, apareció de pronto la quilla de un cayuco, de navegar lento y desidioso, impulsado por el canalete de un joven que guarda el equilibrio apoyándose ya un pie, ya en el otro, al ritmo de la embarcación. Derecha… izquierda… derecha… izquierda. Sentado atrás, otro joven acariciaba entre sus manos la tarraya para ser lanzada. Los dos tienen la piel brillante y achocolatada como el color del cacao recién tostado. El sol los pinta de colores. El de la tarraya, con la mirada fija en las ondulantes aguas del río, algo le dice al compañero que hunde el canalete enfilando el cayuco hacia la orilla contraria, siguiendo la señal del dedo de su compañero. Cuando llegan a un lugar indicado, abre el compás de sus piernas y con un ágil movimiento de las manos, lanza la tarraya al aire que se abre como tulipán mañanero, revolotea un rato para caer pesadamente con un chapaleo sobre el agua.

Rápidamente la recoge y entre sus hilos, dos peces se bañan de plata y oro entre los rayos de sol del ocaso, iniciando instantáneamente la danza ritual de su muerte.

De nuevo el cayuco y el canalete regresaron a su cadenciosa marcha separándose de la orilla. Derecha… izquierda… derecha… izquierda. Rozan, sin querer, una mancha de jacintos asustando a la adormilada garza, que sorprendida, gritaba asustada alborotando al vecindario, extendió las enormes alas y revoloteó muy enojada alrededor del cayuco, juntó sus largas patas y muy digna se fue a la orilla opuesta buscando un lugar de más respeto donde continuar soñando.

Unos chiquillos bajaron por la fangosa pendiente. Las flores de un enorme guayacán daban el toque mágico, en color ámbar brillante de un cuadro de Van Gogh. Unos troncos de palmera marcaban el límite de seguridad. Entre empujones y risas desenrollaron los anzuelos de sus improvisadas cañas de pescar y lanzaron los delgados hilos de plástico lo más lejos que pudieron.

Esto no duró mucho, al poco rato, dos de ellos empezaron a retozar y en un segundo fueron a parar al agua, al verlos sus compañeros, ni tardos ni perezosos soltaron las improvisadas cañas y se zambulleron en las tibias aguas del río.

La algarabía rompió el bucólico silencio y los chiquillos iniciaron una enconada batalla campal, echándose agua y demostrando sus habilidades deportivas en materia de natación desapareciendo bajo el agua, apostando quién aguantaba más sin respirar. Y así, sin darse cuenta, poco a poco se fueron alejando del área de seguridad.

– ¡Pedro…! ¿Dónde está Juan? – Se escuchó el grito de uno de ellos.

A partir de ahí todo fue confusión y voces desesperadas. Con dificultad, los chiquillos lograron salir del agua enterrando los dedos en el fango de la orilla, aferrándose a la hierba húmeda o sosteniéndose de las colgantes ramas de unos sauces. Uno corrió por la orilla resbalándose en el lodo, aferrándose de cuanto podía para no caer nuevamente al río. Otro subió la pendiente pidiendo auxilio. Los demás, en cuclillas, se agarraban desesperados a las ramas del árbol gritando inútilmente el nombre del amigo. Sólo el murmullo del agua contestó a los angustiosos gritos. Todos temblaban de miedo y frío.

Un vientecillo había empezado a pregonar el mensaje de las siete: “El amo y el señor de los cielos ya va a dormir… shshsh… shshsh… apresúrense, porque pronto apagará la luz… shshsh…! Obedientes, los integrantes de una parvada de verdes, escandalosos y desordenados cotorros empezó a pelear sus lugares, sacudiendo irrespetuosos las ramas de los árboles, que pacientemente esperaban que se apaciguaran para cobijarlos, y que de una buena vez se durmieran. A lo lejos, en el lejano recodo río abajo y cubierto de enormes árboles de blancos y rosados macuilíes, el cayuco se fue perdiendo arrastrando tras de sí los últimos rayos de sol.

A los gritos de los chiquillos, los curiosos no se hicieron esperar y fueron apareciendo poco a poco averiguando entre ellos que ocurría. Después, alguien cubrió a los aterrorizados y temblorosos muchachos con unas toallas. Todos hablaban al mismo tiempo y nadie entendía una sola palabra.

– Juan no aparece.

El murmullo se tornó en chillidos. Unos hombres, amarrados a unas cuerdas, iniciaron el recorridos río abajo. Se encendieron las antorchas. Al poco rato se escuchó el ulular de la sirena de la ambulancia. Dos hombres vestidos de blanco trataron de subir a los aterrorizados muchachos, pero ninguno se quería ir. Llegaron los buzos y las lanchas de rescate y tan pronto pararon los motores, se zambulleron en las ahora negras aguas cada vez más lejos, hasta que se perdieron en la oscuridad de la noche. Todo fue inútil, el río no perdonó.

La sirena se volvió a escuchar alejándose con los llorosos y atribulados muchachos. Los curiosos empezaron a irse por donde habían venido hasta que un silencio de muerte cubrió la ribera. Nadie había avisado a los padres de Juan. Ya en calma, escuché al río murmurar una tierna romanza. Con sus doradas linternas encendidas, las luciérnagas iniciaron una de sus ancestrales danzas deleitando a los trasnochados grillos que aplaudían delirantes la intrincada coreografía. La luz de las farolas del malecón daba pinceladas amarillas y naranjas rielando las negras aguas del majestuoso río, que impasible, siguió recorriendo su camino soñando en su encuentro con el amado mar. Esa noche la luna lloró.

Fuente: Y el macuilís floreció. María Eugenia Torres Arias. Gobierno del Estado de Tabasco. UJAT. Sociedad de escritores “Letras y Voces de Tabasco”, A. C. 2006.

El pulpo que no murió

Sakutaro Hagiwara

Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y solo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y solo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de una escasez e insatisfacción horrenda.

Fuente: ciudadseva.com

Aviso

Salvador Elizondo

La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.

Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.

Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.

Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.

Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas del Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.

Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.

Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.

Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.


El hombre que perdió la cabeza por su mujer

Luis Alonso Fernández Suárez

A las ocho de la noche entró un hombre sin cabeza a la cantina, abriendo con violencia las puertas abatibles, atravesó el salón; iba con los brazos extendidos al frente, tanteando entre las mesas y sillas, hasta que chocó con la barra, la palpó, su pie derecho tropezó con un banquillo y se sentó en él. El cantinero, detrás de la barra, siguió con la vista su deambular errático, y cuando lo tuvo enfrente dijo:

– ¡Ah cabrón!, ¿quién carajos eres tú?

Una voz temerosa y estomacal, que parecía salir del hombre sin cabeza, dijo:

-Yo soy Manuel.

-¿Manuel?, ¿el Garrobo?

-¡Qué pasó, qué pasó!

-Bueno, tú sabes que así te dicen, ¿no?

-Sí, pero no en mi cara.

-Bueno…

-Claro, claro… pero si soy Manuel, el esposo de la Leonor.

-¿Y qué te pasó?

-Pues ya lo ves, perdí la cabeza.

-Sí, se ve claro, pero cómo fue.

-Pues…, en una apuesta.

-¿Póker?

-Sí.

-¿No me digas que jugaste con Silvio, el usurero?

-Pues sí, ¿cómo lo supiste?

-Porque ese es un tramposo que acepta todo y a todos les gana con sus trampas.

– Es que él dijo que llevaba una semana de mala suerte, y lo vi perder varias veces.

-¿Contra un flaco de bigotes a lo Cantinflas?

-Ese mero.

-Pero si ese es su palero. Te vieron la…, ¿y cómo fue que apostaste tu cabeza?

-Primero me ganó el dinero que traía de la venta de un puerco, entonces le aposté el motor de mi lancha, después la lancha y todo me lo ganó. Yo estaba enojado y le aposté a mi mujer.

-¿Y te la ganó?

-Sí.

-¿Y luego?

-Le aposté mi cabeza. Él no quería pero yo no soportaba haber perdido a la Leonor y le insistí, me ganó y aquí estoy.

-¿Y qué quieres?

-Un tequila.

-Bueno, pero siéntate allá.

– ¿Dónde?

– En el fondo.

El descabezado se bajó del banquillo y al querer moverse tropezó con una silla, al ver eso le dijo el cantinero: -Espérate Manuel, ahorita te llevó -y diciendo eso tomó una botella y una copa tequilera y salió de detrás de la barra. -Ponme la mano en el hombro…, la derecha, eso, camina, yo te llevo. Una vez que Manuel, sin cabeza, estuvo sentado, el cantinero llenó la copa.

-Y ahora, ¿cómo te la vas a tomar?

-Échamela tú -respondió ansioso el descabezado.

-A ver -dijo Crisanto, asomándose sobre el muñón del cuello-, si, aquí está la tráquea…

Y con cuidado vertió el líquido, que cayó hasta el estómago del hombre, haciéndole sentir un reconfortante calorcillo.

-Dicen que tenemos un cerebro en el estómago, y ahora como que lo voy creyendo. ¿Cómo te cayó? -Como una bendición, échame otra.

El cantinero sirvió la segunda copa y se disponía a verterla donde la primera pero el tumulto de curiosos queriendo ver se lo impidió, puso la copa en una repisa que había en la pared con una foto de Jesús Malverde y un vaso con un ramo de albahaca en él.

-Oigan señores, este hombre está grave, por favor salgan de la cantina los que no estén consumiendo, necesita oxígeno, ¡por favor!…

Nadie se retiraba, al contrario, se empujaban tratando de mirar y lanzaban preguntas y preguntas. Así estaban cuando se abrieron de golpe las puertas abatibles y por ella entró una mujer hecha una furia, con un garrote en las manos.

-¡Dónde está ese maldito desgraciado!

-Es mi mujer -dijo el decapitado-, por favor, no dejes que me pegue -le suplicó al cantinero.

El grupo de curiosos se abrió formando valla a ambos lados de la mujer que pasó en medio de todos hasta Manuel. Se le quedó viendo con la boca abierta por un momento y dijo:

-¡Maldito!, ¡así que era verdad, así que me apostaste y luego apostaste tu cabeza! No te quiebro ésta estaca sólo porque no tienes dónde, que si no… ¡Manuel, desgraciado, mírate cómo estás! ¿Qué voy hacer contigo, dónde dejaste tu cabeza? Todos guardaron silencio, y fue Crisanto quien respondió.

-La tiene Silvio, el prestamista.

-¿Alguien quiere algo conmigo -dijo una voz.

Todos voltearon para ver quién era el que hablaba. Silvio acababa de entrar, el cantinero dijo:

-Ya no la tengo yo, la vendí.

-¡La vendiste! ¿En cuánto?

-Cien pesos, yo pa’ que la quería, sólo iba a echarme sal.

-¿Y a quién se la vendiste?

-A Samuel, el taquero.

-¿Al campechano?

-Sí, al campechano.

-¡Chingao Manuel, ese seguro que la va hacer en pibil!

-¡Vamos a verlo -dijo Leonor, la esposa de Manuel-. Aunque sea la calavera voy a recoger. Tú no te muevas de aquí Manuel.

Y salieron todos detrás de la Leonor, incluido el cantinero que le encargó la cantina a su ayudante.

La Leonor iba dando pasos que ya hubiese querido un campeón de caminata, su falda revoloteaba de un lado a otro como una bandera al ritmo de sus pasos y el sonido de sus chanclas. Su mano derecha apretaba la tranca, tan dura como su fe en que habría de recuperar la cabeza de su marido. Mientras la Leonor avanzaba a zancadas los demás tenían que correr para mantenerse a su paso; ella se metía en los charcos sin cuidarse de nada, sin pensar en nada. Su mente sólo estaba conectada con su mano derecha que sostenía la tranca. Al llegar a la casa del campechano encontraron que ésta se hallaba a oscuras.

-¡Samuel!- gritó la Leonor, pero nadie respondió, entonces ella dio tres estacazos en la puerta.

-¡Qué fue! ¡Quién es! -gritaron dentro de la casa.

-¡Oye Samuel…-dijo el cantinero -necesitamos hablar contigo.

-¡Ahorita no atiendo a nadie, ya son las nueve de la noche!

-¡Son las diez, pero de todas maneras abre la puerta!

-¡No!, vengan mañana, después de las ocho.

-¡Abre maldito desgraciado o voy a tirar la puerta!- gritó la Leonor, y tomó la tranca como si fuera un fusil atizándole tres culatazos.

-¡Oigan!, ¿Quiénes son ustedes? -preguntó el campechano asustado, y contestó el cantinero.

-¡Yo soy Crisanto, el cantinero, y aquí está conmigo la señora Leonor, esposa de Manuel.

-¿Y qué quieren?

-Sabemos que tú tienes la cabeza de Manuel, la que te vendió Silvio, aquí está su mujer, queremos que nos la devuelvas.

Hubo un silencio y momentos después se abrió la puerta y apareció el campechano diciendo:

-Ya no tengo la cabeza.

-¿Qué la hiciste desgraciado, ya la cocinaste? -dijo la Leonor.

-Claro que no, se la di a mi “Chichí”, a mi abuela.

-¿Y para qué se la diste?

-Es que ella le agarran unos dolores de cabeza tremendos, tanto que no quiere ni comer y se ha puesto muy flaca, y dicen que si uno pone la cabeza de un cristiano en alcohol y se toma una copita diaria sana de los dolores, por eso se la compré a Silvino, pero él no me dijo que ese hombre tenía mujer…

-¡Pues claro que tiene, soy yo!, y tres hijos, y una lancha de motor…, aaay, si sale de esta le voy a partir la cabeza con esta tranca.

-Primero hay que encontrarla -dijo el cantinero.

-Pues vamos a ver a la abuela -dijo la Leonor y echó a caminar de nuevo.

-¡Espérenme! -gritó el campechano buscando sus zapatos, pero nadie lo escuchó, así que tuvo que correr para alcanzarlos.

 Jadeando dijo:

-¡Señora, permítame hablar con mi abuela, voy a entrar por el patio, que nadie me siga porque hay tres perros bravos, deje que hable con ella primero, por favor!

-Bueno, pero no se tarde o voy a tirar la puerta -respondió Leonor.

La caravana, a la que se habían agregado trasnochadores ocasionales y vecinos curiosos que se asomaban a ver qué era la bulla, se detuvo frente a la casa de la “Chichí” del campechano; éste le pidió a Leonor que hiciera que guardaran silencio, lo que ella logró con sólo levantar la tranca por encima de sus cabezas; entonces el campechano fue hacia la barda del patio, se encaramó en ella y se dejó caer dentro. En el silencio de la noche se escuchó la algarabía de los perros y la media voz de Samuel apaciguándolos, luego siguió un silencio total que duró unos minutos. Leonor no dejaba de caminar de un lado a otro frente a la casa, Crisanto permanecía quieto y en silencio, esperando qué iba a ocurrir. Entonces se escucharon gritos dentro de la casa.

-¡Pero tú me la regalaste, no me la puedes quitar!

-Chichí, por favor no grites, ahí está la mujer del hombre y quiere la cabeza de su marido, si toca autoridad nos vamos a meter en un lío. Mira que no se trata de un animal, es un cristiano, Chichí… -¡Qué me importa que toque autoridad, yo no robé la cabeza, tú me la regalastes!¿La robaste tú acaso?

-No chichí, me la vendió Silvio.

-¡Ahí está, quién te va a regresar tu dinero?

-Qué importa el dinero Chichí, lo que yo no quiero es ir a la cárcel.

-¿A la cárcel? ¿Por qué, sí tú no has hecho nada?

-¡Claro que sí Chichí, compré la cabeza de un cristiano.

-¿Y eso qué? Estamos en un país libre y uno puede comprar cualquier cosa si paga el precio.

-No Chichí, uno no puede comprar cualquier cosa.

-¿Cómo qué, a ver dime?

-Uno no puede comprar robado, por ejemplo.

-¡Pero tú no la robaste!

-No Chichí, pero es un cristiano, un hombre, Chichí.

Leonor ya no pudo soportar más y dio tres garrotazos a la puerta.

-¡Abran esta maldita puerta o la voy a tirar!

-¡Quién diablos golpea mi puerta! -dijo la abuela saliendo furiosa con la tranca entre las manos- ¡Van a conocer a Sandra Bermejo Chel, del meritito Champotón!

Leonor avanzó un paso y respondió:

-Pues yo soy Leonor Landero Ribosomo, señora de la sartén y el estropajo, y voto al diablo si usted no me da la cabeza de mi marido y no entro a sacarla ahora mismo.

-¿Ah sí? –respondió la abuela-, ¡pues que el maldito diablo me lleve si dejo que pases por esta puerta, maldita quita manchas!

Y se abalanzaron una contra la otra para darse de estacazos, pero los presentes las sujetaron.

-¡Señora Leonor, hay que tratar con la abuela!

-¡Que tratar ni que mangos! ¡Déjenme darle una probadita de mi estaca!

-¡Chichí, no podemos quedarnos con la cabeza de un cristiano!

-¡Esa cabeza es mía y nadie me la va a quitar!

Mientras abrazaba a su abuela y le sujetaba la tranca, el campechano gritó:

-¡Crisanto, entra al cuarto de mi abuela y saca la cabeza de Manuel, está sobre el altar, en un porrón con alcohol!

-¡Ay desgraciado Samuel, mal hijo, tú mismo mandas que me roben lo que es mío!

-No es tuya la cabeza Chichí, es de un cristiano y de esta señora.

-¿Señora? ¿Esa lagartija es una señora?

-¡Pues seré una lagartija pero no una iguana disecada como tú, maldita vieja!

-¿Oíste Samuel? ¿Vas a dejar que me insulte esta desgraciada? Y en eso salió Crisanto llevando la cabeza por los pelos, chorreando alcohol.

-¡Aquí está la cabeza Leonor, se la doy si me da la tranca!

Hicieron el intercambio y la Leonor salió corriendo hacia la cantina mientras la cabeza oscilaba colgando de su mano derecha, chorreando alcohol, seguida por la corte ocasional que ya para entonces era numerosa. Atrás quedaron el campechano y su abuela que le reclamaba la pérdida de su cabeza.

Leonor corría y en la carrera perdió las chanclas, pero un chamaco las recogió y las llevaba en las manos.

Cuando entraron a la cantina se encontraron con que el cuerpo de Manuel tenía los brazos y medio cuerpo sobre la mesa como si, con todo y cabeza, durmiera.

-¿Y ahora qué hacemos -dijo Crisanto-, cómo se la pegamos?

-Aquí traigo con qué -dijo la Leonor y del dobladillo de su falda sacó un carrete de hilera y una aguja, enhebró un pedazo de hilo, le hizo un nudo en uno de los extremos y dijo-, pónganle la cabeza, se la voy a costurar, pero fíjese bien que coincidan los hoyitos y no la vayan a poner al revés no sea que termine mirando hacia atrás.

Se necesitó la ayuda de cuatro hombres, incluyendo a Crisanto, para mantener el torso erguido de Manuel y la cabeza alineada mientras la Leonor unía las dos piezas con puntadas simples. Dos veces más repitió la operación de enhebrar el hilo en la aguja y costurar el cuello hasta que terminó el trabajo.

-Ya está -dijo-, déjenlo sentado, suéltenlo poco a poco, nomás cuiden que no se vaya a caer. ¡Manuel! ¡Manuel!

-Oye compa, abre los ojos, ya tienes pegada la cabeza -dijo uno de los improvisados paramédicos.

Manuel permanecía con los brazos caídos a los costados, la boca abierta y los ojos cerrados.

-¡Manuel, abre los malditos ojos! – dijo la Leonor, y le dio una bofetada jonronera que hizo que Manuel cayera al suelo sin que ninguno pudiera hacer nada.

-¡Oiga señora, le va a tumbar la cabeza de nuevo! -gritó alguien.

-¡Pues si no abre los ojos yo misma se la vuelvo a arrancar!

¡Miren! -gritó el chamaco de las chanclas que se había acercado para entregárselas a la Leonor-, se está moviendo.

Efectivamente, Manuel se había puesto a gatas, y parecía querer levantarse. Rápido le sostuvieron la cabeza y le ayudaron a ponerse de pie.

-¿Cómo te sientes papacito? -preguntó Leonor, y Manuel contestó con un balbuceo guacamolero que nadie entendió.

-¿Qué dijiste? -volvió a preguntar Leonor, y Manuel balbuceó de nuevo.

-¡Qué diantres estás diciendo cabrón! ¡Habla bien o te voy a tumbar la cabeza…!

-Señora, ¿que no ve que este hombre está borracho?

– ¿Borracho?, ¿y por qué?

-Nomás vea, se pasó como cinco horas en alcohol. El alcohol lo conserva todo, ahí tiene la muestra, pero sobre todo conserva la borrachera.

-Pobrecito, hay que llevarlo a la casa para que descanse, me puede usté ayudar Crisanto.

-Lo siento, tengo que cerrar la cantina, pero le voy a buscar quien le ayude.

Dos muchachos se ofrecieron a llevar a Manuel; le amarraron bien la cabeza con los trapos de la barra para evitar sorpresas y salieron con él, guiados por la Leonor. Cuando ya habían avanzado un poco salió Crisanto y gritó:

-¡Señora!

¿Sí? -Manuel me debe dos tequilas, ¿quién me los va a pagar?

-Cuando él venga por acá se los cobras.

-Bueno, pasen buenas noches.

Crisanto regresó al interior, recorrió el salón con la mirada hasta que sus ojos se detuvieron en la repisa con la imagen de Malverde, ahí estaba la segunda copa todavía llena, se acercó, la cogió y la levantó a la altura de sus ojos para mirar la trasluz del líquido ambarino los reflejos de un foco, luego la olió, la probó con la lengua y se la tomó de un trago, pensando en lo que sería estar cinco horas sumergido en alcohol.

Fuente: El hombre que perdió la cabeza por su mujer, Luis Alonso Fernández Suárez. Colección Teutila Correa de Cárter. UJAT.

El elefante blanco

Jean-Pierre Claris de Florian

En varios países de Asia se venera a los elefantes, en especial los blancos. Tienen por establo un palacio, comen en recipientes de oro, todos los hombres se postran ante ellos y los pueblos luchan para arrebatarse tan preciado tesoro. Uno de estos elefantes, gran pensador, inteligente, le preguntó un buen día a uno de sus conductores por qué le rendían tantos honores, dado que en el fondo él no era más que un simple animal.

-¡Ay! Eres demasiado humilde -fue la respuesta-. Todos conocemos tu dignidad y toda la India sabe que, al abandonar esta vida, las almas de los héroes armados por la patria habitan por un tiempo en los cuerpos de los elefantes blancos. Nuestros sacerdotes lo han dicho, por lo tanto debe ser así.

-¡Cómo! ¿Somos considerados héroes?

-Sin duda.

-De no serlo, ¿podríamos disfrutar en paz, en la selva, de los tesoros de la naturaleza?

-Sí señor.

-Amigo mío, entonces déjame ir, porque te han engañado, te lo aseguro; si reflexionas comprenderás de inmediato el error: somos altivos pero cariñosos; moderados pero poderosos; no injuriamos a los más débiles; en nuestro corazón, el amor sigue las leyes del pudor; pese a la situación privilegiada en la que nos encontramos, los honores no han modificado nuestras virtudes. ¿Qué más pruebas se necesitan? ¿Cómo es posible que alguien haya visto en nosotros el menor rasgo humano?

Fuente: ciudadseva.com

El hada del agua

Hermanos Grimm

Junto a una fuente jugaban dos hermanitos, un niño y una niña, y hubo un momento en que se cayeron dentro. Ahí estaba un hada, de las que llaman ondinas y viven en el agua, y ella les dijo: “Los tengo en mis manos, y ahora tendrán que trabajar muy duro para mí”. Se los llevo para indicarles sus labores. A la niña le entregó un montón de hilos revueltos para que los desenredara, tarea imposible, además de que con sus escasa fuerzas tenía que acarrear agua en un enorme barril. El niño fue obligado a cortar leña de los árboles con un hacha sin filo. Y nada se les daba para comer, excepto albóndigas duras como piedras.

Los niños, muy afligidos por lo que tenían que hacer, estaban impacientes por huir.

Un domingo, la ondina se fue a la iglesia y ellos aprovecharon para escapar. Cuando la misa concluyó y el hada volvió, se dio cuenta de que los dos pequeños se habían ido y se propuso encontrarlos.

Logró avistarlos y se fue tras de ellos; para impedir que los alcanzara, la niña le aventó un cepillo, y ese cepillo se convirtió en una montaña de cepillos, con miles y miles de púas que picaron al hada y no le permitían pasar. Sin embargo, ella logró escalar y llegó al otro lado.

Cuando ya estaba por alcanzarlos, el niño le arrojó un peine, que se convirtió en una montaña de peines, con miles y miles de picos. La ondina aguantó la subida y llegó al otro lado. Otra vez los tenía al alcance, y ahora la niña le lanzó un espejo, que se convirtió en una montaña de espejos, tan lisos que era imposible escalar y pasar al otro lado.

La ondina pensó: “Iré rápido a mi casa y traeré un hacha para derribar la montaña de espejos”.

Así lo hizo, pero mientras se ocupaba de romperlos pedazo a pedazo, los niños ya habían huido más lejos, y el hada del agua, frustrada, decidió sumergirse otra vez en su fuente.

Fuente: Cuentos auténticos de los hermanos Grimm.  Trad. Luciano Pérez. Editorial Edelvives. 2019.

El obstáculo

Amado Nervo

Por el sendero misterioso, recamado en sus bordes de exquisitas plantas en flor y alumbrado blandamente por los fulgores de la tarde, iba ella, vestida de verde pálido, verde caña, con suaves reflejos de plata, que sentaba incomparablemente a su delicada y extraña belleza rubia.

Volvió los ojos, me miró larga y hondamente y me hizo con la diestra signo de que la siguiera.

Eché a andar con paso anhelado; pero de entre los árboles de un soto espeso surgió un hombre joven, de facciones duras, de ojos acerados, de labios imperiosos.

– No pasarás -me dijo, y puesto en medio del sendero abrió los brazos en cruz.

– Sí pasaré -respondile resueltamente y avancé; pero al llegar a él vi que permanecía inmóvil y torvo.

– ¡Abre camino! -exclamé.

No respondió.

Entonces, impaciente, le empujé con fuerza. No se movió.

Lleno de cólera al pensar que la Amada se alejaba, agachando la cabeza embestí a aquel hombre con vigor acrecido por la desesperación; mas él se puso en guardia y, con un golpe certero, me echó a rodar a tres metros de distancia.

Me levanté maltrecho y con más furia aún volví al ataque dos, tres, cuatro veces; pero el hombre aquel, cuya apariencia no era de Hércules, pero cuya fuerza sí era brutal, arrojome siempre por tierra, hasta que, al fin, molido, deshecho, no pude levantarme.

¡Ella, en tanto, se perdía para siempre!

Aquella mirada reanimó mi esfuerzo e intenté aún agredir a aquel hombre obstinado e impasible, de ojos de acero; pero él me miró a su vez de tal suerte, que me sentí desarmado e impotente.

Entonces una voz interior me dijo:

– ¡Todo es inútil; nunca podrás vencerle!

Y comprendí que aquel hombre era mi Destino.

Fuente: ciudadseva.com

La última llamada

Evelyn de Miranda

Llamé, como tantas veces en la última década, el día de tu cumpleaños. Llamé aquel treinta de abril para felicitarte, para decirte que, a pesar de existir doce largos meses, seis horas y veintidós minutos entre casa una de mis llamadas, te amaba y pensaba en ti más de lo que creías. Llamé para escuchar tu voz – fuerte, ronca y llena de vitalidad – gritando a través del auricular: «¡Es la nena! ¡Ha llamado la nena, Juan!».

Llamé en espera de algo que no sucedió. Llamé aquel treinta de abril por la mañana para felicitarte, mas no fuiste tú quien respondió.

– Se lo ruego, señorita – repitió la extraña mujer por enésima vez en lo que iba del último minuto. Trataba, vanamente, de explicarme algo que iba más allá de mi entendimiento. Trataba, incesablemente, de disuadirme de saludar a la abuela, a la madre de mi padre, el padre que no me brindó su apellido.

– Ella no va a recordarla – murmuró tristemente tras soltar un largo suspiro, quizá con profundo lástima hacia la hija no querida, hacia el secreto mejor guardado de la familia -. No reconoce a su esposo, tampoco a los hijos ni a los nietos que cargó de recién nacidos. ¿Por qué habría de recordarla a usted, la hija no reconocida de su primogénito?

Sus palabras me dolieron más de lo que ella deseaba. Sus palabras me hirieron en lo más profundo de mi alma. «Abuela» era el único miembro de mi familia paterna que me amaba, quien me recibía con los brazos abiertos mientras murmuraba con infinita ternura cuánto me parecía a mi abuelo el capitán.

– Su abuela no es siquiera la mitad de lo que usted recuerda. Antes de recibir a una persona se le explica quién es, de dónde la conoce y porqué está aquí, aunque muy rara vez acepta verlas. Tampoco le gusta hablar por teléfono. Le duele no recordar.

Guardé silencio, incapaz de contener las lágrimas que silenciosamente bajaron por mis mejillas.

– No se lastime, señorita – continuó -. Recuerde a su abuela como la última vez que estuvo aquí: alta, alegre y llena de vida. Guarde, por favor, ese recuerdo.

Colgué sin más. La mano que sostuvo el teléfono tembló por varios minutos casi tanto como mis labios tratando de evitar convertirme en víctima de un escandaloso llanto.

«Abuela». Mi abuela paterna. Aquella mujer alta, robusta, de tez morena, ojos brillantes y largo cabello rizado; alegre, poseedora de una sonrisa encantadora. «Abuela». Mi abuela paterna.

«¿Qué había pasado con ella? ¿Por qué me impedían llamarla? ¿Por qué abuela no habría de reconocerme? ¿Por qué?»

Con o sin Alzheimer «Abuela» siempre sería mi abuela. Con o sin Alzheimer para mí siempre sería la misma mujer fuerte y admirable.

Yo quería saludar a la abuela, a la abuela que solo llamaba en su cumpleaños cual riguroso ritual.

– ¿Estás segura? – me preguntó Juan, su esposo, en cuanto me vio de pie ante la puerta de su casa. Asentí sin titubeos. Juan suspiró resignado no sin antes regalarme una lastimera expresión -. Era mejor que te quedaras con el recuerdo que tenías de tu abuela, pero respeto tu decisión. Pasa.

Entré con sigilo. La encontré sentada en su sillón preferido con la ropa mal puesta, como si de una niña se tratara, sostenía una taza vacía entre sus manos y la miraba como si nunca antes hubiese visto una. Al verme sonrió de lado, me examinó vagamente y volvió su atención al objeto.

Abuela era, en efecto, una niña. Una niña preciosa, Una niña que a veces salía de su casa sin permiso provocando que amigos y familiares corriesen alarmados en su búsqueda. Una niña que había olvidado como cocinar y, aun así, al igual que un infante travieso entraba a la cocina para jugar con las válvulas de la estufa. Sí. Mi abuela era una niña, pero no dejaba de ser mi abuela, y aunque habría dado todo porque guardara un pequeño recuerdo de mí, aunque habría dado todo por llamarle abuela, fui feliz con el simple y solo hecho de abrazarla, fui vastamente feliz llorando contra su hombro sintiéndola sonreír confundida mientras jugaba suavemente con mis cabellos.

Acomodé los botones mal abrochados de su blusa, ordené los libros dispersos en su habitación y la besé por última vez antes de salir de su vida como la extraña que era, como la extraña que siempre debí ser. Mi padre, los hijos de mi padre, mis tíos, mis primos y Juan se encargarían de cuidarla como yo lo haría: con el mismo cariño, con la misma ternura, devoción y respeto.

– Vuelve pronto, niña – me pidió mostrando una inocente sonrisa, justo antes de verme cruzar el umbral de la puerta -. Me ha gustado mucho estar contigo.

– Lo haré – prometí con el corazón pendiendo de un delgado hilo, con la voz quebrada.

Suspiré, cogí fuerza y me retiré.

«Hasta nunca, Catalina».

Fuente: Sureñas. Narradoras y poetas jóvenes de la Zona Sur. Evelyn de Miranda. Fondo Regional para la Cultura y las Artes de la Zona Sur, Instituto Estatal de Cultura de Tabasco. 2018.

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Antonio Di Benedetto

Le explico a Horacio:

-Hoy he recibido la invitación para el acto de Manuel que se hizo el lunes.

Horacio comenta:

-Lindo tema para un cuento fantástico.

No me dice cómo, queda a mi cargo.

Decido volver al lunes, pero el acto se ha suspendido. Tengo que volver al jueves, el día que hablé con Horacio.

Pero al regresar ya no es jueves, sino viernes. Entretanto el jueves ha ocurrido que…

Reflexiono que de otra manera ya me ocurrió. Yo tenía que buscar, hacia atrás, a una mujer. Y ella tenía que buscarme a mí. Retrocedimos, pero cada uno por su propia inspiración y sin ponernos de acuerdo previamente.

Nunca coincidimos en nuestros retrocesos e intentando dar con el día exacto para los dos, malgastamos la vida.

Cada vez llegábamos más atrás en el calendario.

Deduzco que, de una y otra experiencia, podría sacar una conclusión, aunque evidentemente amarga: No se puede volver a lo que se quiso.

Fuente: ciudadseva.com

Escaparse despacio

Angela Carter

Érase una vez una cabra que iba caminando junto a sus dos crías en busca de hierba jugosa y dulce, cuando las sorprendió la lluvia. Era un chaparrón con todas las de la ley, así que fue a cobijarse bajo una gran cornisa de roca, pues ignoraba que se trataba de la guarida de un león. Cuando el león vio a las tres cabras que se acercaban, se puso a ronronear entre dientes, con una voz que se asemejaba a la del trueno.

Esto asustó a la madre y a sus crías, y la madre saludó:

– Buenas noches, pastor.

– Buenas noches – respondió el león.

Ella le dijo que estaba buscando a un pastor para que bautizase a sus dos crías, pues quería darles un nombre. El león repuso que lo haría con mucho gusto:

-El nombre de esta es Comida, y el de la otra, Desayuno de Mañana, y tu propio nombre será Comida de Mañana.

Al oír estas palabras tal y como las profirió el rugiente león, las cabras se asustaron muchísimo y los corazones de las crías empezaron a brincar en sus pechos, pom-pom-pom. El león le preguntó a la madre cabra qué les pasaba a ella y a sus hijos, y ella dijo:

– Nada… Es que ellos siempre se ponen así cuando están en una habitación donde hace mucho calor.

Y luego pidió al león que, puesto que se encontraban algo indispuestos, les dejase salir a tomar un poco de aire fresco. El león accedió a dejarlos salir y a que se quedasen fuera hasta la hora del almuerzo, pero después les ordenó que regresaran a la guarida. La madre les susurró entonces a sus dos hijos que corriesen lo más deprisa que pudieran, hasta que se les echase la noche encima.

Cuando el león vio que se estaba haciendo de noche, y que las crías seguían sin aparecer, se puso a rugir de nuevo. La madre le dijo que no sabía porque tardaban tanto, y le rogó a la fiera que le permitiera salir para recogerlos y volver con ellos antes de que oscureciese. El león accedió. Así que salió disparada, talmente como una bala.

Las mujeres saben más de la vida que los hombres, especialmente si se trata de criar hijos.

Fuente: Cuentos de Hadas. Angela Carter. Editorial Impedimenta.

A enredar los cuentos

Gianni Rodari

– Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.

– ¡No, Roja!

– ¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”

-¡Que no, Roja!

-¡Ah!, síRoja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.

-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.

-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.

-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.

-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”

-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”

-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…

-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!

-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.

-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.

-Exacto. Y el caballo dijo…

-¿Qué caballo? Era un lobo

-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.

-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?

-Bueno, toma la moneda.

Y el abuelo siguió leyendo el periódico.

Fuente: ciudadseva.com

El árbol del orgullo

G. K. Chesterton

Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

Fuente: https://ciudadseva.com/texto/el-arbol-del-orgullo/

El gato con botas

Charles Perrault 

Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

-Dile a tu amo, respondió el Rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Socorro, socorro! ¡El señor Marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre Marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del Rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el Marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

-Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto, que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

-Es del señor Marqués de Carabás -dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

-Tenéis aquí una hermosa heredad -dijo el Rey al Marqués de Carabás.

-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

-Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey nuevamente se alegró con el Marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

-Me han asegurado -dijo el gato- que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

-Es cierto -respondió el ogro con brusquedad- y para demostrarlo veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

-Además me han asegurado -dijo el gato- pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

-¿Imposible? -repuso el ogro- ya veréis-; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:

-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.

-¡Cómo, señor Marqués -exclamó el rey- este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el Rey estaba allí.

El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

-Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.

El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

Moraleja

En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.

Otra moraleja

Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.

https://ciudadseva.com/texto/el-gato-con-botas-perrault/

El estudiante

Alejo Carpentier

Sobre mi mesa hay un cuadro
de Savitry: El estudiante

 

I

Cuando el sol estuvo bien bruñido por ripolín de rocío y gamuzas de nube, el estudiante llegó al Hotel-Dieu, después de esquivar con cuidado las rayas de las aceras. Tres peldaños, un corredor y la estatua del primer operador de la catarata. “Sin duda, tenía vocación de ingeniero”, pensó el estudiante, antes de calcular mentalmente la cantidad de cocaína que sería necesaria para dar anestesia local al Niágara.

Sus reflexiones fueron interrumpidas por la aparición de un cuerpo blanco y estirado, atado sobre un cochecillo silencioso, que surgió de una puerta, empujado por un interno, como barrera de guardavías. El estudiante esbozó un saludo militar. En el fondo del corredor apareció un cuerpo idéntico. Y varios más. Todos se deslizaban silenciosamente sobre el cemento gris del piso, guiados por pilotos de bata blanca y alpargatas. Los cochecillos se cruzaban y volvían a cruzarse en una ronda queda y misteriosa. El estudiante se apoyó sobre un cartel anunciador de tratamientos antivenéreos, temiendo ser atropellado.

Pronto vio salir de una sala a un batallón de formas blancas, que seguían a un vejete rubicundo, cuyas manos crispadas acababan de conmover entrañas. Ello se apreciaba por su expresión de general triunfante, y las conversaciones de sus discípulos, idénticas en tono a las que comentan el home-run de la tarde o la patada salvadora de un juego de foot-ball. “Debe ser el divino Zamora”, pensó el estudiante. Se hubiera asegurado que el vejete feroz había vuelto a colgar riñones en el armario humano, o promovido fuegos artificiales de permanganato, o soldado los caños intestinales con celeridad mágica. Prendido a la mesa de metal por diez alfilerazos helados, el paciente había sabido de guantes de caucho paseándose por sus vísceras, y, en menos de veintidós segundos, su vientre había sido zurcido con el gesto favorito de los sastres agazapados en sus mesas, mientras el hilo recorría ovillos de carne, y la aguja relucía entre el pulgar y el índice a la luz de las bombillas.

—¡En qué espantoso lugar he venido a caer! —pensó el estudiante.

Trató de huir. Vio una ancha puerta, amparada por una inscripción en caracteres huecos: Trousseau. Aquella palabra tenía una tibia sugerencia de ajuar de novia. El estudiante penetró en un corredor oscuro, esperando admirar Malinas sedosas, evocadoras de las frescas carnes de doncellas, que se presentan sabiamente como los filetes caros que se envuelven con encajes de papel.

El estudiante se encontró de pronto en un anfiteatro lleno de espectadores silenciosos, vestidos de batas blancas. Todos parecían aguardar algo sensacional. En el centro cuatro cubos de hojalata derramaban luz sobre un artefacto blanco, parecido a una pesa de nuevo modelo. “Vaya —pensó el estudiante—; se trata de un match de boxeo”. E instintivamente se palpó los bolsillos, en busca de monedas para el caso de posibles apuestas.

De pronto, el ring fue invadido por un escuadrón de trágicos griegos. Peplos nítidos, gruesos coturnos y máscaras blancas sobre los rostros dejando ver pares de ojos llenos de ferocidad. El estudiante se preparó a escuchar la primera estrofa del coro. Pero, en ese momento, se trajo al Prometeo encadenado, que todos parecían aguardar. Dos Euménides colocaron una suerte de cafetera sobre sus narices. Y el coro comenzó a agitarse en torno del héroe esquilino. Pero era un coro de fantasmas. Sus voces estaban hechas de silencio y de misterio. Solo se escuchaba, de cuando en cuando, el retintín de diminutos puñales, cayendo sobre placas de cristal.

El estudiante trataba inútilmente de recordar a qué escena del teatro clásico pertenecía la extraña escena. Pronto llegó a la conclusión de que los espectros blancos mimaban un epílogo nunca escrito del Filoctetes. Para evocar al guerrero con toda propiedad, habían comenzado por tallar una larga herida en su vientre. Esa herida parecía ser el objeto de toda la pieza. Los trágicos hundían en ella sus manos ávidas, introducían esponjas en las vísceras, navajeaban con maestría de chulos, afinaban nervios al diapasón, pellizcaban el alma a uñas de pinza… Fascinado por la ferocidad de aquellos hombres extraordinarios, el estudiante abandonó su banqueta, y se acercó al grupo silencioso y horrendo.

Se vio entre ellos, inclinado sobre un surco rojo que volvía a cerrarse, como agua de piscina en cinta de zanbullidura proyectada al revés. El estudiante observó entonces que, en lugar de carne, los mimos recocían un cuero grisáceo y aceitoso (“¡Horror, están tallando carne de sirena!”). Sus miradas remontaron a contrapelo por esa humanidad insólita, hasta tropezar con una enorme cabeza de bacalao, colocada —con el ojo redondo y vítreo—, bajo la cafetera del cloroformo…

Los trágicos se apartaron del paciente; arrojaron sus máscaras y guantes al suelo. Y la mesa de operaciones salió guiada por una de las Euménides. El estudiante siguió el coche metálico hasta una sala triste y desnuda en que fue abandonado. En un rincón, un hombre parecía aguardar. Estaba vestido de lona amarilla, y llevaba altas botas de pescador, y bonete de cuero. Se levantó. Quitó la sábana que cubría el bacalao aún anestesiado, y, asiéndolo por una cuerda pasada por sus agallas, se lo echó al hombro.

El estudiante siguió al extraño visitante hasta la puerta del Hotel-Dieu. Con él entró en la primera estación del metro donde los personajes de los anuncios de papel de cigarrillos, pastas para sopa, lejía y ripolín, los saludaron con aire de antiguos conocidos. Después de un viaje por túneles olientes a ozono, el estudiante volvió a la luz con el raro personaje y su bacalao. Estaban en el barrio comunista de Belville. Entonces el insólito pescador dio un gran salto, y fue a completar nuevamente el anuncio de la Emulsión, que se alzaba en la cornisa de un viejo edificio gris.

Cansado por sus emociones de la mañana, el estudiante entró en una funeraria y pidió de comer.

II

El estudiante tenía una cita con la Albertina de Marcel Proust, a las 4, detrás de la Magdalena.

Fuente: https://ciudadseva.com/texto/el-estudiante-carpentier/

Leyenda del volcán

Miguel Ángel Asturias

Hubo en un siglo un día que
duró muchos siglos 

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.

Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.

Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.

Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.

Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.

Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.

– ¡Nido!…

Pió Monte en un Ave.

Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.

Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosas a pescado femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!

Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.

Nido calmó a sus compañeros -extrañas plantas móviles-, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.

– ¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!

La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.

Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…

La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.

Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.

Dos montañas movían los párpados a un paso del río:

La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la incendió.

La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con las uñas.

El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.

En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.

Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío…!

Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.

Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…

Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.

Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.

-Nido -le dijo el corazón-, al final de este camino…

Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.

Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.

Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.

Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.

Anduvo y anduvo…

Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:

¡Nido, quiero que me levantes un templo!

La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño. Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas -en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

Fuente: https://ciudadseva.com/texto/leyenda-del-volcan/

La vida en “El Vacilón”

Jesús Ezequiel de Dios

Esta es una narración costumbrista. Presentada originalmente como una sección de una novela, hemos querido destacarla como un cuento, ya que en ella podemos encontrar algunos elementos del género, pero sobre todo, aquí hay una reconstrucción de primera mano del paisaje y quehaceres del habitante de la capital tabasqueña de principios del siglo XX.

Como se dijo, a Pepe le sobresaltó enterarse que tenía que irse con su padre y así llegó a vivir a “El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja. De nuevo a dormir entre costales y envases; como en “Las Delicias”, muchas veces abajo del mostrador pero siempre protegido por el cariño solicitó de su primo Ismael. Por su viudedad de hombre joven y su indiscutible vitalidad que jamás le hizo asco a ningún trabajo, el padre de José de los Santos se aturdía con el licor. Cariñoso con su hijo único, le agradaba mantenerlo a su lado colmándole de cariños, pero sus amistades femeninas de ocasión y la bohemia de Faustino Mora y el Negro Miguel entre los recordados, le hacían desentenderse en mucho de Pepe.

“El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja.

Esa parte de la Villahermosa de los años veinte, estaba comprendida por el área inundable de la desaparecida “Laguna del Negro” y en los tiempos de seca, la identificaba la apretujada vegetación menor de la cantidad de predios baldíos que eran numerosos. En ellos crecieron zapotes de agua, que lucían sus bellas flores llamadas también tumbilí; cuajilotes; palos espinosos de fruto medicinal para las afecciones respiratorias; güiros retorcidos y fuertes que sirven para hacer jícaras y cocos para “la bebida”, así denominado el pinol o el chocolate batido, en verdad nadie aprovechaba; picos de loro de flor y fruto que al abrir sus vainas, lucían la negrura dura de sus semillas, contrastando el encarnado aterciopelado de sus entrañas abiertas y el entorno verde-loro que la contenía; guarumos huecos, arbustos sin corazón; taratanas de hojas alineadas y uniformes; coscorrones durísimos, que secos flotaban viajando en las aguas de creciente; sobre todo cocohítes, cuya flor de color obispal delimitaban las propiedades. La vegetación menor disputaba el espacio vital a la mayor. Bellas enredaderas de rompeplatos libadas por las abejas; libélulas y moscardones; cundeamores encendidos y dulces hasta el empalago; matas de civil cuajadas de sabrosas manzanitas; higuerilla cuya fecundidad para producir sus bolitas como racimos de uvas siempre intrigaron a José de los Santos, que se preguntaba ¿para qué sirven?, cierto que presumía la utilización que pudiera dárseles; el “jujito” envuelto en fina malla semejando diminutas pelotas verdes de voleibol envueltas antes del juego; sandiílla cuya fama de ser alimento predilecto de las culebras, hacía que la chamacada las mirara con temor; yerba-martín, malva y altamisa tan del gusto de los pajaritos, que le daban a esos montazales el aspecto de tierra no visitada por ser humano alguno; y era el paraíso de una fauna menor volátil y reptante adivinable en medio de la música del viento al peinar la flora. En los baldíos crecía mucho el zacate, tanto que los aguadores en su último viaje de trabajo, lo cortaban, lo cargaban en sus cuadrúpedos y al llegar a sus moradas humildes, se agasajaban esos nobles y sufridos animales. Sobra decir que el palo mulato y el jobo eran abundantes hasta el fastidio. No se diga del palo de tinto, cuyas espinas al lesionar, casi siempre resultaban infecciosas.

Sobra decir que el palo mulato y el jobo eran abundantes hasta el fastidio. No se diga del palo de tinto, cuyas espinas al lesionar, casi siempre resultaban infecciosas.

Sobrevenían las lluvias y con ellas, después de la canícula en que la chiquillería era purgada con agua de tamarindo mezclada con crémor, el Grijalva le metía el agua a los popales y lagunas. La del Negro se desbordaba y la inundación llegaba hasta la calle Eusebio Castillo, contenida por la elevación de la calle Zaragoza, en el año de 1928. Toda la zona de Sánchez Magallanes, Lino Merino, Juan Álvarez, Gregorio Méndez, Doña Marina después Doña Fidencia, Sarlat, Galeana, Matamoros, Moctezuma ahora Cuauhtémoc, se iba al agua emergiendo más allá de esas calles la presencia enhiesta de los grandes árboles, que resistían las inundaciones sin morir ahogados, así de profundas eran sus raíces. A Pepe de los Santos, navegando esas aguas de creciente, le venía la ilusión de viajar hacia lo desconocido cubierto su bote por la sombrilla gigantesca de aquellos árboles, que hacían umbrosos el paisaje en algunos casos, el deslizamiento increíble de los toloques y los ofidios, y de vez en cuando, el escalofriante descubrimiento de algún lagarto que nadaba tranquilo quien sabe adónde, ante la mirada azorada de susto de los chamacos incursionistas. El móvil de tales experiencias estuvo definido por dos propósitos: desde luego “pasea en bote la creciente” para robar la fruta de los solares a pique, hurtos blancos si se quiere, toda vez que no la recolectaban hubiera o no creciente. La fruta la dejaban para solaz y fruición de las aves y caída se pudría en el suelo. Como si fueran coscorrones de tamaño gigante. Sobrenadaban las bolas verdes de los panes de sopa y los castaños, muy apreciados. Con las primeras se hacían pasteles y las segundas se cocían en sal.

La inundación llegaba hasta la calle Eusebio Castillo, contenida por la elevación de la calle Zaragoza, en el año de 1928.

Tampoco faltaba algún dueño quisquilloso, que escandalizaba al descubrir el bote lleno de chiquillos lanzados a la aventura de “robar fruta”, y entonces sonaban los escopetazos con tiros de salva; era cuando la palomilla se tiraba al agua y a nado escapaban jalando el bote protector. De los Santos y sus amigos, desde niños fueron buenos nadadores y con el tiempo ganaron premios y campeonatos…

Fuente: “Tomado de Ezequiel de Dios, Jesús. José de los Santos I. UJAT. Villahermosa, Tabasco. 1991.”
https://eraseunavezuncuentoenlinea.mx/villahermosa-siglo-xx/

Rock

Edmundo Valadez

Y ellos ¡qué saben, qué van a saber! Me voy por ahí, por la vida, por las calles, por cualquier parte, ya todo a destiempo, ya tarde, ya jodido, amargo bien cerrado, sin dejar que nadie pueda llegar a mí. Puros cabrones, pura gente remota a quien importa un carajo lo que me traigo dentro. Con un dolor muy mío, muy sobre mí; con todas mis cosas, buenas y malas, quizás más malas. ¿Quién tiene la culpa? ¡Ah!, ¿quién jijos la tiene? Me rompieron la madre. Bien me lo sé yo, cuando no hay manera de arreglar nada, ni aunque me ponga a llorar, con los labios cerrados y el grito que me hierve en la garganta, atorado allí, sin poder disolverlo. Ando lleno de esta caliente furia que me revienta la cabeza: pura rabia, puro rencor para golpearme y para tratar de golpear a los demás, así los necesite, así me hagan falta. No puedo hacerme el tonto: dizque buscando algo para olvidar, pendejo, haciéndome ilusiones. Me da lástima, no puedo quererla, no me sale, no hay modo. Buena gente, creyéndose de mis palabras sin saber que estoy hecho trizas, que tendría que recogerme de aquí y de allá, juntarme, unir trozo a trozo y aplastar la memoria. Veo a los demás muy contentos, muy satisfechos, muy con lo suyo, viviendo sus vidas como si nada pasara. Y me caen mal, me irritan, me molestan. Van por la calle, caminan como si fueran dueños de algo, como si tuvieran la paz de que carezco. Y ellas… Enseñando hasta lo que no tienen, hasta lo que Dios les dio para que ocultaran. Poniéndolos en brama, con las chichis casi de fuera y moviendo las nalgas. Sí, provocando a esos jijos, para que paguen justas por pecadoras. Ni hacia dónde ir, así la ciudad parezca tan grande. ¿Dónde me meto, si todo esto es puro vacío, si no hay más que mi desgraciado coraje y el darle vuelta y vuelta a las cosas, sin poder alejarme de ellas? Estas pinches ganas de llorar aquí, a la vista de todos, pues ellos qué saben, qué van a saber que me rompieron la madre.

Me la rompieron. Entré por la callecita. La busqué solitaria y con menos luz, tras un sitio discreto donde poder darle el beso ansiado. Me detuve junto a un solar vacío, con unas cuantas casas enfrente, rodeadas de silencio. Acomodé el carro, librándolo de que le cayera la tenue luz del farol cercano, puse el freno, dejé encendido el radio, tocaban el tema de La dulce vida, y me volví hacia ella, con una emoción infinita, bienhechora. Supe diáfanamente cómo me gustaba con esa su sedante ternura, con esa su suave y tranquila actitud y cómo en sus ojos y en sus labios, en la expresión de su rostro tomaba forma lo más deseado para mí en el mundo. Ella estaba compartiendo lo que empezaba a suceder, lo que ya presentíamos a través de intensas miradas, lo que nos habían expresado implorantes estrechamientos de manos, con temblor de palabras alucinadas y nerviosas, en un despertar indolente, imprevisto y ya fiebre ardorosa, urgente llamado mutuo que se nos salía por los poros. La atraje hacia mí, la enlacé, ávido de su boca, de sus labios, y nos besamos en irresistible entrega, en cesión total al beso que derrumba la vergüenza y germina el deseo original y avasallador, embargando de felices calosfríos. Ella era en mi abrazo un rumor palpitante de carne, rendida, dócil, cálida, que yo extenuaba en amoroso y tenaz apretón de todo mi ser y capaz de anticiparme el prodigio de una posesión que abarcaba, con su sexo, a toda ella, a su invariable enigma de mujer, a sus más recónditos misterios y entrañas, a ese mundo sorprendente y tibio que era ya mi universo, a sus voces íntimas, a su vida entera, a su alma, a su pasado, a su niñez, a sus sueños de virgen, a su carne en flor, a sus pensamientos, en delicioso afán de apropiármela íntegra y fundirla a mi cuerpo y a mi vida para siempre.

Y entonces surgieron ellos, caídos de quién sabe dónde y el ruido de las portezuelas que eran abiertas me desprendió del beso, indagando qué pasaba y empecé a ver sus súbitas cabezas multiplicadas y los rostros ansiosos, crueles, ambiguos, duros, estúpidos, impiadosos, increíblemente extraños, ganándome anhelante alarma, temor, desesperación por defenderme, por defenderla, pidiéndoles que se fueran, que nos dejaran, por favor, ¿qué es esto?, ¡qué pasa!, no sean infames, ¡canallas!, ¡malditos!…

Ya me jalaban y la jalaban a ella, sin misericordia, con prisa, con rudeza, irrefrenables, aviesos, los primeros golpes, me arrastraban, ella gritaba revolviéndose, los muslos al descubierto, las ropas siendo arrancadas, manos innobles, más golpes, forcejeos impotentes, un ojo cerrado, luces intensas, voces sordas (¡qué buenas tetas tiene!), jadeos, las estrellas en mis ojos (¡espérate! yo primero, luego tú sigues), gemidos de pudor, patadas, sangre en mi boca, estaba en el suelo, ellos parecían gigantes inicuos, brazos, zumbidos (¡agárrala bien! ¡deténle esa pierna!), la oreja agrandada, un grito atrozmente angustioso, yo sin fuerzas, yéndome de ellos, volando, cayendo, imprecisos dolores, una música lejana, encima chamarras negras y zapatos, zapa-tos, como seres informes, malignos, con vida, tan monstruosos como implacables, uno tras otro, una y otra vez sobre mí, sobre mí…

Fuente: Valadez, Edmundo. “Rock”, Las dualidades funestas, Editorial Joaquín Mortiz, 1967.
Tomado de http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/39-012-edmundo-valades?start=5

De trasplantes e injertos

René Avilés Fabila

Para Juan José Arreola con admiración y afecto, porque roba tiempo a su arte para enseñar a los jóvenes. A Iris, mi hermana

I

Con la moda condicionada por los avances científicos, y como nuestro país es el primero en todo —no es que pequemos de nacionalistas, sino que hay que decir sólo la verdad, o, diga­mos, ¿en dónde se hizo la primera gran revolución de este siglo?—, el gobierno en colaboración con el PUO (Partido Único Oficial) ha iniciado los trasplantes de cerebros para contrarrestar la creciente oposición política, según lo estipu­la la reforma al artículo 89, fracción xxi de la Constitución. Se trata nada menos que de acabar con los descontentos, por medios científicos, no políticos, científicos o científicamen­te políticos. La fórmula consiste en quitarles el cerebro a los buenos ciudadanos —heroico sacrificio en aras de la democra­cia representativa, y de la revolución que la hizo posible—, a los que están incondicionalmente con el Estado, ya sea por sus ingresos elevados o por su carencia de honestidad y cul­tura en todos aspectos, y colocárselos a los opositores de iz­quierda, pues todo va de acuerdo con nuestra máxima abso­luta: no existe más camino que uno: la revolución. La tarea es difícil, porque en los últimos tiempos, la izquierda ha au­mentado sus adeptos (¡esos rojillos absurdos, filósofos de la destrucción, que traicionan al país y a los postulados de nues­tra carta magna, queriendo importar doctrinas exóticas!). Sin embargo, con la ayuda del FBI y de la CÍA, se pudieron reunir las fichas de los agitadores extremistas y de los guerrilleros. El trabajo de trasplantes lo llevan a cabo conjuntamente la Procuraduría y el Centro Médico; la primera localiza y arres­ta a los comunistas y el segundo los despoja de sus cerebros antipatrióticos para colocarles otros totalmente sanos, imbui­dos de amor por las instituciones. Claro que en algunos ca­sos, cuando la Procuraduría y el Centro Médico consideren que un marxista también lo es de corazón, el trasplante de su órgano vital se impone paralelamente al del cerebro. Así, pron­to desaparecerán los vendepatrias que trabajan al servicio de potencias extranjeras. Es interesante un dato aportado por los servicios del FBI y la CÍA: que los trasplantes cerebrales entre los intelectuales sólo han sido dos o tres: la gran mayoría, desde hacía tiempo, consciente o inconscientemente, trabaja para el Estado. En cuanto se liquide el problema básico, es decir, los dirigentes opositores, y en cuanto queden pocos rojos, podrán realizarse experimentos que, sin duda, asom­brarán al mundo. Por ejemplo: en el cuerpo de un comunista equis, se injertará el cerebro y el corazón de un ultraderechista para ver cómo reacciona, cuáles son sus impulsos, para ver si sus dos cerebros y ambos corazones logran ponerse de acuerdo o destruyen el cuerpo que los cobija. Quizá como en el caso de la anfisbena, aquel ser mitológico del que hablaba Brunetto Latini, sus dobles órganos se ponen acordes para preservar al individuo, antes que exterminarlo; en fin, mucho se avanzará en esta materia. Lo principal es que, por ahora, el gobierno ha tomado una medida adecuada y pretende terminar de una vez por todas con las minorías que absurdamente se oponen a nuestra gloriosa revolución. En el extranjero muchos igno­rantes, desconocedores de la realidad nacional, han afirmado que la medida es comparable a los atroces experimentos rea­lizados por los nazis. Nada más falso, se trata, no de un expe­rimento criminal, sino de un recurso políticamente legítimo para salvaguardar los intereses de la democracia y proteger a nuestro país donde se aspira al bienestar común y a la justi­cia social. Mucho, por otra parte, se ha preguntado si no re­sultaría más fácil exterminar a los radicales en lugar de ope­rarlos, incluso es muy barato debido a la nueva cámara gigante de gases que hace pocos meses nos obsequió el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Cierto, es barato, pero también es un procedimiento inhumano que va contra los postulados de la revolución. Además, ¿no es interesante ver cómo un hombre que era guerrillero ahora labora en unas lujosas oficinas bancadas o es postulado para ocupar un es­caño en la Cámara de Diputados por el PUO? ¿Verdad que sí? Bueno, sólo hemos adaptado a nuestro país los avances cien­tíficos. La revolución sigue su mismo camino pero se ha modernizado. Y la patria, como diría atinadamente el señor presidente, está salvada para siempre.

PD: Se sugiere un anteproyecto para crear pensiones a las fa­milias de los buenos ciudadanos que fallecen al donar sus cerebros o corazones a los extremistas (bello rasgo que úni­camente se ve aquí); asimismo, se insta al Congreso a que apruebe rápidamente la iniciativa presidencial destinada a crear un monumento a estos mártires de la democracia.

II

Si el negro antes de fallecer donó su corazón o no, es cosa que nunca se sabrá. La compañía que ha acaparado las delicadas aunque ya seguras operaciones para trasplantar órga­nos vitales de un cuerpo a otro guarda con celo sus secretos profesionales, y como los directores asumen rígidas posturas respecto a sus deberes, es seguro que no se encuentren los archivos por ninguna parte. En cambio, es indudable —se está viendo— la reacción adversa de las esferas oficiales y de los periódicos sobre Arthur y su nuevo corazón. La opi­nión pública blanca sostiene un criterio semejante; afirma que después del trasplante, Arthur ya no es el mismo: es casi ne­gro, al menos es un blanco con corazón de negro. Los racis­tas, no hace mucho, apenas acababa Arthur de salir de la sala de operaciones, comenzaron su labor y la familia —hijos y esposa— ha recibido llamadas telefónicas y cartas anónimas insultantes. Los adolescentes, por supuesto, están desconcer­tados ya que ignoran la realidad y sólo conocen los datos manejados por la madre. El propio paciente sufre —sin darse cuenta— por el error de la Compañía de Trasplantes e Injer­tos: el personal qué lo atiende lo mira con hostilidad crecien­te. Los directores alegan en su defensa que no tenían a la mano otro corazón, pero a nadie engañan: así lo hicieron por­que siempre es más fácil y más barato adquirir el corazón de un negro. Hasta el momento actual Arthur no sabe —aún tie­ne prohibidas las visitas— que si está vivo es gracias al cora­zón de un hombre de color. Para acabar de cercarlo con una barrera silenciosa, no permiten que el paciente vea TV, lea periódicos y revistas ni oiga radio. Por supuesto, ninguna enfermera dirá nada: buen cuidado ha tenido la compañía de ocultarle el pasmoso hecho: primero cobrará sus honorarios, lo demás no le importa mucho. Yo no sé si Arthur sospeche o intuya algo, pues el día en que un negro entró en su cuarto a efectuar el aseo, no dejó de sonreírle con amistad, con soli­daridad. Antes de salir, le echó una larga cariñosa mirada al sorprendido Arthur que jamás ha tolerado a las personas de color. Para evitar cosas semejantes, el Estado obligó a la Com­pañía de Trasplantes a reglamentar sus injertos, so pena de graves multas o la clausura del sanatorio donde opera, prohi­biendo en forma enérgica el trasplante de órganos negros en cuerpos blancos o viceversa: la pureza de la raza debe preservarse. Entretanto, Arthur es feliz; para su vida, supo­ne, se abren nuevas oportunidades; hace planes que se de­rrumbarán en cuanto dé los primeros pasos fuera del hospi­tal. O quizá le duren más las ilusiones: hasta que lo aprehendan y lo conduzcan a la horca, acusado de haber traicionado su color, de haber permitido que le colocaran un manchón os­curo dentro de la piel blanca.

III

Después del cuarto derrame cerebral, el rey entró en un defi­nitivo estado de coma; así permanecerá hasta que fallezca, dijo el médico de cabecera de la familia real. Añadió: Sólo hay una esperanza: cambiarle el cerebro gastado por uno nue­vo, joven, vigoroso. La solución era excelente: el trasplante de un cerebro presenta tantas dificultades como el de la cór­nea o el del oído interno o como el de un corazón. La familia real aceptó, por ello, la sugerencia del doctor: había que sal­var al monarca que tanto hizo por su pueblo: solamente así el reino seguiría siendo próspero, que por otra parte no existía ninguna persona capacitada para conducirlo. Pero era nece­sario conseguir el órgano. Colocaron en las calles más tran­sitadas un edicto invitando a los habitantes a donar sus cere­bros para que el monarca se restableciera y pudiese continuar sus funciones de gobernante. Como respuesta (se hace saber a los habitantes que se requieren donadores de cerebros sa­nos, etcétera, etcétera: la patria agradecerá y la historia pre­miará, etcétera, etcétera) al día siguiente, en las puertas de palacio, una hilera de donadores aguardaba ser recibida. To­dos fueron atendidos con diligencia. Más de doscientos vo­luntarios fueron desechados por su avanzada edad. En rigor sólo quedaba un candidato y sin duda era el idóneo: un cam­pesino de unos treinta años, fuerte y sano. Sus antecedentes clínicos no podían ser mejores: ninguno de sus antepasados había padecido enajenación mental. El médico real, en un reconocimiento detenido, decidió que aquel hombre era el adecuado para salvar al monarca. El campesino se puso posi­tivamente feliz al enterarse de que su cerebro fue aceptado: los riesgos le parecían pocos comparados con la dicha de sal­var a su amadísimo rey. Dictó una carta de despedida a los familiares; se confesó y se iniciaron los preparativos. Nin­gún detalle quedó olvidado y, para evitar posibles errores, trajeron especialistas extranjeros que supervisarían la opera­ción. Cinco horas después, del quirófano salieron dos hom­bres en camillas: uno fue llevado a los aposentos reales, el otro fue enviado en una ambulancia a su choza. A las pocas semanas, en palacio, el rey salía de su estado comatoso, y en la choza, el campesino era alimentado por medio de sondas y más que vigilarlo, sus familiares estaban velándolo perma­nentemente. El monarca reaccionó muy bien. Al principio la recuperación fue lenta, pero poco a poco fue acelerándose. Movía brazos y piernas y hasta se incorporaba sonriendo a las enfermeras que lo rodeaban. Ahora habla, come con un apetito que nunca antes tuvo, se mueve con ligereza increí­ble, va de un lugar a otro en un alarde de energía que su ma­dre y su esposa jamás vieron en todos los años de convivir con el rey. De cuestiones estatales no quiere saber nada: pre­fiere charlar sobre el éxito de la próxima cosecha en caso de que las lluvias sean favorables. Y cada vez que tiene que asistir a clase de alfabetización se enoja y alega que para labrar sus pobres tierras no necesita saber leer ni escribir.

Fuente:http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/214-097-rene-aviles-fabila?start=6

La pantera

Sergio Pitol

Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y fiereza. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos era evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras, me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.

Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Reemplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y consagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarnizados entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva, hicieron posible que la visión se repitiera.

Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel hermoso y enorme animal cuya negrura brillante desafiaba la noche trazó un elegante rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido.

Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego.

Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No solo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.

Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el jadeo de un animal que penetraba en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro ser adopta en algunos momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese mohoso conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos cánones con que intentamos detener el vuelo de nuestras intuiciones más profundas. Así, aún dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo producía la entrada de un gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo estaba ella.

Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos solo habían logrado modificar el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, solo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: como si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado permanecí en espera de su mensaje.

Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido, describiendo pequeños círculos; luego, con un breve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; me observó con fijeza, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.

Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados, efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me produjo el efecto logrado por el mensaje.

La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas en hierro, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.

Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.

Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias. No; algo en su mirada, sobre todo en la voz, hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, debo confesar que las palabras anotadas eran solo una enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.

Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.

(1960).

Tomado de https://ciudadseva.com/texto/la-pantera/

La culpa es de los tlaxcaltecas

Elena Garro

Nacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.

—¡Señora!… —suspiró Nacha.

La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.

—Nachita, dame un cafecito… Tengo frío.

—Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.

—¿Por muerta?

Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.

—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.

Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.

Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.

—¿No estás de acuerdo, Nacha?

—Sí, señora…

—Yo soy como ellos: traidora… —dijo Laura con melancolía.

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.

—¿Y tú, Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.

Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.

—Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.

Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Esta, ensimismada, dio unos sorbitos.

—¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como esa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida solo por un tiempo, En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, solo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?

Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.

—Así eran, señora Laurita.

—Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.

“—La culpa es de los tlaxcaltecas —le dije. Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.

“—¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.

“—¿Y los otros? —le pregunté.

“—Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.

“—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…

“—Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.

“—Está muy desteñida, parece una mano de ellos — me dijo.

“—Hace ya tiempo que no me pega el sol—. Bajó los ojos y me dejó caer la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.

“—¿Y mi casa? —le pregunté.

“—Vamos a verla—. Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.

“—Ya no camino… —le dije.

“—Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.

“—Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito.

“Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.

“—Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.

“—Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.

“—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando—. Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo.

Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes solo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.

“—Este es el final del hombre —dije.

“—Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.

“—A la noche vuelvo, espérame… —suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.

“—Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía.

Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.

“—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.

“—¡Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?

Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:

—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?

La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.

“—Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado Josefina,

desdeñosamente.

En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.

—¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con Pablo hasta esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.

La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

—Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”

“—Tienes un marido turbio y confuso —me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.

“—Para que se animen —nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.

“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.

—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! —dijo Nacha con disgusto.

Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.

—Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.

Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!”. Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.

“—¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!

“—No oímos nada… —dijo el señor asombrado.

“—¡Es él…! —gritó la tonta de la señora.

“—¿Quién es él? —preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.

La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:

“—El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…

Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.

“— ¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor.

Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.

“—Está herido… —dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.

“—Era un indio, señor —dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.

Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.

“—¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?

La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.

—Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota —dijo Laura con desdén.

—Muy cierto —afirmó Nachita.

Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.

—Bébase su café, señora —dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.

—Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y solo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.

Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande. La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, solo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.

“—Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto —dijo casi sin saber qué decir.

La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.

—¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, solo lo había oído mentar.

Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.

“—¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! —le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.

—En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos de chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.

“—¿Qué horas son? —le pregunté al camarero.

“—Las doce, señorita.

“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.

“—¿Qué haces? —me preguntó con su voz profunda.

“—Te estaba esperando.

Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.

“—¿No tenías miedo de estar aquí solita?

“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.

“—No mires —me dijo.

“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.

“—¡Sácame de aquí! —le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.

“—Este es el final del hombre —le dije con los ojos bajo su mano.

“—¡No lo veas!

“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.

“—Duerme conmigo… —me dijo en voz muy baja.

“—¿Me viste anoche? —le pregunté.

“—Te vi…

“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.

“—Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.

“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.

“—Señorita, ¿se siente mal?

Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.

“—¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!

“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué…

Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.

“—¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!

Laura se le quedó mirando asombrada, muda.

“— ¿Dónde anduvo, señora?

“—Fui al Café de Tacuba.

“—Pero eso fue hace dos días.

Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.

La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.

“—¡Laura! —gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.

“—¡Alma de mi alma! —sollozó el señor.

La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.

“—¡Señor! —gritó Josefina—. El vestido de la señora está bien chamuscado.

Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.

“—Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas… Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?

“—En el Café de Tacuba —contestó la señora muy tranquila.

La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.

“—Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?

“—Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.

“—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado?

“—¿Quemado? Si él lo apagó… —dejó escapar la señora Laura.

“—¿Él?… ¿el indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira.

“—Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba… —sollozó la señora muerta de miedo.

“—¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la cama.

“—Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz.

—¿Verdad, Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.

Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:

“—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.

Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:

“—¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!

Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?

—Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció al llevar la bandeja con el desayuno.

El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.

“—¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… —dijo entre sollozos.

Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.

—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.

—Sí, señora… —Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.

—Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.

La señora Margarita había dejado caer el tenedor.

“—¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!

“—No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor Pablo con aire sombrío.

Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Solo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.

Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.

“—¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar a la casa.

—Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas” … Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.

“—¿Qué te haces? —me dijo.

Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.

“—Te estaba esperando —contesté.

“—Ya va a llegar el último día…

Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome.

“—Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones…

Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, solo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.

“—Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.

Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.

“—Son las criaturas… —Me dijo.

“—Este es el final del hombre —repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.

Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.

“—Traidora te conocía y así te quise.

“—Naciste sin suerte —le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.

“—El tiempo se está acabando… —suspiró mi marido.

Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.

Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.

“—Aquí me esperas.

Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido”.

Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.

—El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación —explicó Nachita satisfecha. Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.

—La que está arriba es la señora Margarita —agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.

Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.

Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.

—¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz llena de sal. Laura se quedó escuchando unos instantes.

—Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde —dijo.

—Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino —comentó Nacha con miedo.

—Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? —preguntó Laura molesta.

Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.

—Son más canijos que los tlaxcaltecas —le dijo en voz muy baja.

Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.

—¡Señora!… Ya llegó por usted… —le susurró en una voz tan baja que solo Laura pudo oírla.

Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.

—Yo digo que la señora Laurita no era de este tiempo, ni era para el señor —dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.

—Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le confió a Josefina.

Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.

Fuente: Revista mexicana de literatura, Núm. 3-4, marzo-abril de 1964

El jardín

Slawomir Mrozek

Conocía esa calle. Había pasado por allí muchas veces. Conocía las paredes de los edificios, la disposición de las ventanas y de los portales, la línea de los tejados. ¿Los transeúntes? No, no recordaba a ninguno.

Traspasé la puerta. Detrás del muro había una casa, antaño una villa, convertida ahora en una casa de pisos de alquiler. Una villa de alquiler. Amarillenta. De color imperial. Antiguamente austriaco.

Era la primera vez que entraba allí, aunque la puerta siempre estaba abierta. Los batientes —hechos con las tablas de una tapia—, empujados un día hacia dentro, se habían quedado así. Me encontré en un patio, antiguamente el lugar por donde entraban los coches, pavimentado con tocones de madera. Los tocones no ajustaban bien, sus intersticios formaban una espiral. En el centro de la espiral se alzaba sobre una base prismática un cáliz de cemento con festones alrededor de la copa. Me acerqué, me llegaba a la barbilla. Miré adentro: tierra, cuatro palitos, un trozo de hojalata oxidada y una colilla. Encogida y convertida en ceniza.

Pero a la derecha, una vista insospechada. (La casa estaba situada a la izquierda de la calle, a la izquierda mirando desde la dirección en que yo caminaba. Ahora, situado de cara a la fachada, miraba a la derecha.) Había allí un jardín verde, ondeante. Follaje, arbustos, árboles. El día era nublado, pero no estaba del todo cubierto. La luz era tan condensada que parecía estar oscureciendo. La luz interior del jardín.

Y no había humedad, sino frescor. No olía a podredumbre, sino a rocío. Y también a raíces. Pero no era un olor subterráneo y oculto, sino volátil, que parecía ascender hasta la última hoja en la punta del árbol más alto.

No se veía dónde terminaba el jardín. Se extendía hacia el fondo, en la dirección donde en principio debía estar la ciudad.

—Ahora sí que se acabó —dijo alguien detrás de mí—. Ahora que la cosa se ha descubierto, se acabó.

Me di la vuelta y vi a una mujer que ya no era joven y de aspecto descuidado. El pelo sin brillo, ondulado con una permanente barata, no por coquetería, sino por obligación. Una obligación del mismo orden que lavar platos o parir hijos. El dibujo de su vestido —unas mariposas estampadas en azul sobre un fondo amarillo, geométricamente estilizadas— parecía el empapelado de la habitación de un tísico.

—¿Por qué? —pregunté.

—Han edificado ya en todas las parcelas, y ahora, cuando se enteren de esto… Ya sabe el valor que tienen hoy en día los terrenos por edificar.

—Esperemos que las cosas no vayan tan mal.

—Usted mismo no lo cree. Nosotros vivimos aquí… —dijo indicando detrás de sí la villa de alquiler—. Y este jardín es todo lo que tenemos.

Dentro de mí le di la razón. Un terreno como éste, todavía por edificar, era algo insólito en medio de la ciudad. Pero no quería preocuparla.

—Tal vez la cosa acabe sólo en un parque.

—¿Está pensando en un parque público? Por supuesto. Por supuesto. Harán una entrada, rastrillarán los senderos, colocarán unos bancos. Vendrán niños de las guarderías y gente de todo tipo… Un guardián uniformado recogerá los papelitos. ¿Es a esto a lo que se refiere?

Asentí con la cabeza. La ciudad necesita aire, verdor, espacio… Es a lo que tienen derecho sus habitantes. Sería un proyecto verdaderamente bonito desde el punto de vista social, y muy útil.

—Por supuesto, por supuesto, es lo que debemos esperar.

—¿No siente remordimientos de conciencia por el hecho de que sólo ustedes, los que viven aquí, disfruten de este jardín, mientras los demás se asfixian entre bloques de pisos…?

—¿Disfrutar? Pero si nosotros no disfrutamos de nada.

—¿Cómo? Acaba de decir: «Este jardín es todo lo que tenemos.»

—Sí, así es.

—¿Entonces?

No recibí respuesta. Me miró con reproche. Cuando me di cuenta de que no diría nada más, me alejé.

Pero no por la puerta. Resultó que sólo una cerca baja de listones espaciados separaba el jardín de la calle. Bastaba con dar un saltito. Me encontré en la acera, pero el jardín seguía visible, aunque como en un recuerdo. Yo tenía los ojos húmedos, como si hubiese llorado. Pero con un llanto que me hubiese producido alivio. Y sosiego, y tal vez hasta felicidad. Una especie de gratitud feliz. O bien gratitud por la felicidad. Una felicidad futura. Los ojos no me escocían nada. Bajo los párpados no sentía más que aquel frescor, el mismo que había encontrado en el jardín.

Fuente: Mrożek, Slawomir. El árbol, editorial Acantilado, 2003.

Los amos

Juan Bosch

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

-Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

-Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

-Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

-Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

-¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

-Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

-¿La calentura?

-Unjú, me ta subiendo.

-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

-¿Va a traérmela? -insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

-¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

-Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

-Si: ya voy, don -dijo.

-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

Fuente: Bosh, Juan. Cuentos escritos en el exilio y apuntes sobre el arte de escribir cuentos. Segunda edición. Julio D. Postigo e hijos, Editores. Colección Pensamiento Dominicano. Santo Domingo, República Dominicana, 1968. Pág. 33

Los cantores rusos

Iván Turguéniev

La aldehuela de Kolotova era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el sobrenombre de “la Esquiladora”, debido a su carácter ávido y de empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle. Las aguas de la primavera y del otoño se juntan en la concavidad del barranco y separan el caserío en dos partes próximas, pero muy diferentes. No se puede echar un puentecillo sobre tal especie de río, cuyo lecho de arcilla está encajado a gran profundidad.

Aunque el aspecto del paraje nada tiene de agradable, no hay habitante de los alrededores que no conozca la aldea y no venga con frecuencia a ella.

Al comienzo del barranco hay una casita aislada de la población. Una chimenea remata su techo de paja; tiene una sola ventana, que se abre hacia el lado del barranco, y en el invierno, cuando la luz de adentro pasa a través de sus cristales, parece un ojo de miradas penetrantes.

Se la ve desde lejos. Sirve a guisa de estrella conductora a los viajeros cuando hay niebla y tiempo brumoso.

Esta “isba” no es otra cosa que una taberna, o un “prytinni”, como dicen en el país. Encima de la puerta hay una tabla pintada de azul. El aguardiente que allí se despacha, aunque tan caro como en cualquier parte, es el artículo más acreditado en toda la región, y por eso el propietario, Nicolai Ivanitch, siempre tiene muchos clientes.

Es un hombre forzudo, de mejillas frescas y coloradas. Ahora está algo grueso, sus cabellos blanquean y los rasgos de su cara están hinchados por la grasa. Pero conserva un aire de gran benevolencia.

Hace más de veinte años que habita en el caserío. Es muy listo y posee el don de atraer a los parroquianos, sin gastar nunca amabilidades extraordinarias.

Le gusta a la gente estarse allí, bajo su mirada paternal y cortés. Tiene finura, es escrutador, conoce a fondo a cuantos lo rodean y la vida que llevan. Pero nunca se daría a repartir censuras y halagos. Permanece tranquilamente a la sombra, detrás de su mostrador. Cuando la taberna está vacía, se sienta a la puerta y traba conversación con los transeúntes. Ha visto y observado mucho. ¡Conoció a tantos gentileshombres que venían a proveerse de aguardiente en su casa! ¡Cuántos se han arruinado! ¡Cuántos han muerto! Las autoridades civiles lo respetan y el “stanovoi” nunca pasa delante de su “isba” sin entrar a saludarle. Verdad que se le deben servicios. Hace algún tiempo detuvo a un ladrón y lo obligó a devolver lo que había robado. Es casado. Su mujer, delgada y flacucha como era, ha engrosado. Supo merecer la entera confianza de su marido y este le deja llaves y cuidado del negocio, y ella sabe hacerse temer tanto como Nicolai. Tienen hijos todavía pequeños, pero ya inteligentes y astutos, como lo denuncia su cierto aspecto de zorros.

Un día, al empezar la tarde, caminaba yo por lo alto del barranco. Era el mes de julio y hacía un calor tórrido. Volaba en los aires un polvo blanco que sofocaba.

Los cuervos, erizadas las plumas, entreabierto el pico, parecían implorar caridad. Solamente los gorriones no dejaban su griterío y se perseguían piando con la vivacidad de siempre.

Me moría de sed. No tienen pozo los habitantes de esta aldea. Se conforman con el agua barrosa de un estanque cercano. A mí este limo me repugnaba y decidí pedir a Nicolai un vaso de “kvass” o de cerveza.

Sí, como dije, nunca es atrayente el aspecto de la aldea, durante el verano resulta absolutamente espantoso; la deslumbradora claridad del sol hace resaltar toda la fealdad de estos techos de paja. El barranco profundo, una plazuela quemada por el sol y donde se ven algunas gallinas héticas; luego el estanque negro, bordeado de lodo por un lado, y en el otro un dique en ruinas; y más lejos un ribazo donde un rebaño de ovejas busca una brizna de pasto.

Entré en la aldea. Me miraban los chiquillos con aire de asombro. Sus ojos se dilataban para verme mejor y los perros ladraban en todas las puertas. Minutos después llegaba al “prytinni”.

Un campesino alto salió a la puerta. Estaba sin sombrero y retenía su capa de frisa un grueso cinturón. Su cara era flaca y una espesa cabellera gris dominaba su frente arrugada; llamaba a alguien y no parecía del todo dueño de sí, indicio cierto de abundantes libaciones.

—¡Ven! —gritaba con voz ronca y realzando las espesas cejas—. Parecería que no puedes arrastrarte siquiera. ¡Vamos, hermano, pronto!

El hombre a quien se dirigía era pequeño, rechoncho y cojo. Venía por el lado derecho de la “isba”. Llevaba una larga túnica bastante limpia, un bonete muy puntiagudo, encasquetado, lo que le daba una expresión maliciosa. Una perpetua sonrisa, fina y amable, vagaba constantemente en sus labios.

—¡Voy, querido! —dijo acercándose a la taberna—. ¿Por qué me llamas? ¿Qué ocurre?

—¡Ah!, ¿qué puede hacerse en una taberna, amigo? Hay gente que te espera: Iacka el Turco, Diki Barin y el capataz de Jisdra. Han apostado un cuarto de cerveza a ver quién canta mejor.

—Iacka va a cantar —dijo el recién llegado, es decir, Morgach.

—¿Verdad, hermano? ¿No será molestarse en vano?

—No —dijo el otro, Obaldoni—, cantarán. Hay una apuesta.

—Entremos, entonces —y agachándose pasaron el umbral de la taberna.

Esta conversación me interesó, porque había oído hablar de Iacka el Turco como de un gran cantor. Quise juzgar por mí mismo, alargué el paso y entré en la “isba”.

No han entrado muchas personas en una taberna de aldea. Tal vez los cazadores las conozcan porque en todas partes se meten.

Esta clase de establecimientos se componen, ordinariamente, de una entrada oscura. Luego hay una espaciosa pieza dividida por un tabique. Nunca los clientes franquean esta separación, en la que se ha practicado una abertura que permite ver lo que sucede al otro lado. Hay una larga mesa de encina, y sobre esta especie de mostrador el dueño del “prytinni” sirve las bebidas. Detrás del tabique se ven las “chtofs” cuidadosamente tapadas. En la parte donde están los parroquianos no hay, generalmente, más que algunas barricas vacías, un banco y una mesa. Y suspendidas en la pared unas groseras “lubotchnyas”.

Mucha gente estaba ya reunida cuando llegué. Nicolai estaba detrás del mostrador, con su aire regocijado, y servía aguardiente a los que iban entrando.

En medio de la pieza estaba Iacka el Turco, hombre de unos veinticinco años, pálida y flaca la cara, de cuerpo delgado y largo. No parecía gozar de buena salud. Sus salientes pómulos, mejillas sumidas y ojos grises, denunciaban un alma apasionada.

Presa de una enorme emoción, temblaban todos sus miembros y su respiración era desigual. Le dominaba la idea de que iba a cantar en público. A su lado había un hombre de más o menos cuarenta años, alto y fuerte. Todo lo contrario de Iacka, sus anchas espaldas hacían juego con sus brazos nerviosos y fuertes. Algo cobrizo el cutis, como el de los tártaros. A primera vista su semblante parecía cruel, pero luego se advertía cierta dulzura reflexiva. Rara vez levantaba los ojos y entonces echaba una ojeada a su alrededor, como un toro bajo el yugo. Su vieja levita parecía raspada, de tan usada, y la corbata era ya una simple hilacha. Así era el llamado Diki Barin por Obaldoni. Frente a ellos estaba sentado el capataz de Jisdra, el rival de Iacka.

Este era un hombre de estatura mediana, bien formado. Tenía cara cenceña, crespos los cabellos, nariz levantada, era ojizarco y sedosa su barba. Hablaba poco, tenía las manos bajo las piernas, movía un pie, después el otro; y llamaba así la atención sobre sus botas coloradas y sin elegancia. Llevaba un “armiak” de tela gris sobre una camisa roja ceñida al cuello.

A través de la ventana penetraban pocos rayos de sol. Pero eran tales, en la “isba”, la oscuridad y la humedad, que no se advertía aquella luz.

El calor sofocante del mes de julio se transformaba allí en una atmósfera de frescura húmeda que le envolvía a uno como en una nube.

Mi llegada molestó al principio a los parroquianos de Nicolai. Pero como vieron que este me saludaba, todos se inclinaron.

Fui a sentarme en un rincón, al lado de un campesino andrajoso.

—¡Vamos! —gritó Obaldoni, después de haber vaciado de un sorbo su copa de aguardiente. Y añadió algunas palabras extrañas—. ¿Por qué no se comienza? ¿Qué dices, Iacka?

—Sí, que empiece —dijo Nicolai.

—Eso quiero yo —dijo el capataz de Jisdra. Y sonrió con suficiencia.

—Yo también —respondió Iacka—. Empecemos enseguida.

—¡Vamos, hijos! —dijo Morgach con voz de falsete—. Hay que comenzar.

—¡Ya es tiempo! —exclamó Diki Barin.

Iacka se estremeció.

El capataz, poniéndose en pie, tosió para tomar aplomo. Y preguntó a Diki Barin con voz alterada:

—¿Quién ha de cantar primero?

—¡Tú, hermano, tú! —le gritaron al capataz. Movió este los hombros y miró hacia el techo, callado, con actitud inspirada. Diki Barin propuso:

—Que se eche a la suerte y se ponga el cuartillo de cerveza en la mesa.

Nicolai se agachó, levantó del suelo la medida indicada y la puso en el mostrador.

Diki Barin, mirando a Iacka, lo interpeló:

—¿Pues bien?…

El joven se hurgó los bolsillos, sacó un “kopeck” y le hizo una marca. El capataz extrajo una linda bolsa de cuero y sacó una moneda nueva y ambas piezas se echaron en el mísero casquete de Iacka.

Morgach metió la mano en el casquete y sacó la moneda del capataz. Suspiró la asamblea; al fin se empezaría.

—¿Qué voy a cantar?

—Lo que tú quieras —se le replicó—. Nosotros vamos a juzgar honradamente.

—Permítaseme toser un poco, para aclararme la voz.

—¡Acabemos, acabemos! —gritó la asamblea—. ¡Despáchate!

El paciente miró hacia arriba, suspiró, removió las espaldas y dio algunos pasos hacia adelante. Antes de relatar la lucha entre ambos cantores, conviene conocer el carácter y los hábitos de los personajes que principalmente intervenían en la escena.

A Obaldoni, cuyo verdadero nombre era Evgraf Ivanof, lo llamaban así los campesinos debido a su aire insignificante y siempre alterado. Era un picarón, un “dvoroni” despedido por su amo y que, sin un centavo en el bolsillo, se arreglaba para llevar una vida alegre. Tenía amigos, decía él, que le proveían de té y de aguardiente. Cosa falsa, porque Obaldoni no era de trato tan agradable que se le pudiese hacer regalos. Más bien fastidiaba con su charla continua, su familiaridad confianzuda y sus risotadas nerviosas. No sabía cantar ni bailar, nunca salió de su boca una palabra inteligente, y en las reuniones los campesinos estaban acostumbrados a verle y soportarle como un mal inevitable. Solamente Diki Barin tenía sobre él alguna influencia.

Nada se parecía Morgach a su camarada. Le habían puesto injustamente ese nombre, ya que no guiñaba los ojos. Bien es verdad que en Rusia hay tanta inclinación a poner apodos que no siempre resultan exactos.

Pese a todas mis investigaciones enderezadas a conocer el pasado de este hombre, ciertos períodos de su vida me son absolutamente desconocidos y no creo que los habitantes del país tengan más noticias que yo. Supe que había sido en otro tiempo cochero de una anciana señora y se había escapado con el par de caballos que le habían confiado. No se avino a los fastidios de la vida errante y al cabo de un año volvió todo maltrecho a echarse a los pies de su ama. Varios años de vida ejemplar hicieron olvidar su falta y hasta concluyó por congraciarse de nuevo la voluntad de la anciana, y esta lo hizo su intendente. Después de morir su ama, se halló, no se sabe cómo, emancipado de la servidumbre, inscrito entre los burgueses. Se convirtió en colono, comerció, y al poco tiempo tenía una pequeña fortuna. Es hombre de gran experiencia, que solo obra por cálculo y en beneficio propio. Es circunspecto y audaz como el zorro, parlanchín como una vieja. Nunca dice una palabra de más, pero hace decir a los otros lo que estos hubiesen querido callar. No remeda a los imbéciles como hacen otros. Su mirada fina y penetrante sabe verlo todo sin dejarlo translucir. Es un verdadero observador. Cuando emprende un negocio, se creería que va a fracasar. Sin embargo, todo lo conduce con prudencia y termina por triunfar.

Es feliz, pero supersticioso, y cree en los presagios. Poco querido en el país, eso no le preocupa; se conforma con que lo estimen. Tiene un solo hijo, al que cría en su casa. “Es padre igual que su padre”, dicen los viejos cuando al anochecer, sentados a la puerta de sus casas, conversan de bueyes perdidos.

Iacka el Turco y el capataz eran bastante menos interesantes. Al primero, de sobrenombre “el Judío”, se le puso este apodo por su madre. Era un artista, pero se veía obligado a ganarse el pan en una fábrica de papel.

El capataz era, sin duda, un burgués. Tenía el modo imperioso y decidido que suelen tener las personas de esta clase.

El más interesante y curioso era Diki Barin. Al verle por primera vez llamaba la atención la apariencia ruda de toda su persona. Su salud es la de un Hércules, como si lo hubiesen tallado a hachazos en una encina. Y en esta encina hay vida para diez hombres. Con su exterior grosero, hay en él cierta delicadeza, y quizá provenga ello de la confianza que le inspira su propia fuerza.

Difícil es juzgar, a primera vista, a qué clase pertenece. No parece un “dvorovi” ni un señor Juan Sin Tierra; tampoco puede ser un burgués; acaso un escritor o un ente particular. Un buen día llegó al distrito y se dijo que era un funcionario jubilado, pero sin prueba alguna. Tampoco conocía nadie sus medios de vida. No ejercía ningún oficio y, sin embargo, nunca le faltaba dinero. Como no se preocupaba por nadie, vivía tranquilamente. En ocasiones daba consejos, siempre atendidos.

De una vida casta, bebía moderadamente; su pasión era el canto. Este hombre era, en una palabra, un ser enigmático. Dueño de su prodigiosa fuerza, vivía siempre en un absoluto descanso, tal vez porque un secreto presentimiento le anunciaba que, si se dejaba llevar por ella, semejante fuerza destrozaría todo a su paso y tal vez al mismo que la tenía. Yo creo que algo le había dejado en este sentido la experiencia. Lo que más me sorprendía era la delicadeza de su sentimiento unida a la crueldad innata. Nunca he visto semejante contraste.

Ahora volvamos al momento en que el capataz se adelantaba hasta el medio de la estancia. Entrecerró los ojos y comenzó a cantar con voz de falsete, agradable, pero no muy pura. La manejaba y hacía vibrar como se hace girar un diamante al sol. Ya eran notas ligeras, finas, ya algo como gotitas de agua cristalina. Dejaba llover melodías deslumbradoras o notas de órgano, grandiosas y altas. En seguida paraba, y luego de una pausa que daba apenas tiempo para un respiro, reprisaba con una audacia arrebatadora. A un aficionado, la audición de esta voz lo hubiese transportado. Pero un alemán la hubiese hallado insoportable.

Era un tenor ligero, un tenor de “grazia” rusa. Añadía a la romanza tantos adornos, tantas florituras, tantos trinos de “grupetti”, que me costó trabajo entender el sentido de los versos. Sin embargo, alcancé a entender el siguiente pasaje: Yo cultivaré, mi bella, un cuadradito de tierra, y te plantaré, mi bella, flores de la primavera.

No ignoraba el capataz que tenía que vérselas con expertos. Por eso gastaba todos sus esfuerzos para conmover a su auditorio. Lo consiguió perfectamente cuando, en una gama alígera, pasó de la voz de barítono a la de tenor. Diki Barin y Obaldoni no pudieron reprimir un grito de admiración.

—¡Muy bien! ¡Más alto todavía!

Nicolai, sentado en el mostrador, movía la cabeza con satisfacción. Obaldoni marcaba el compás cadenciosamente con los hombros.

Estimulado así el virtuoso, echó una cascada de trinos y efectos de garganta. Era una verdadera caída de sonidos brillantes, hasta que, exhausto, volcó hacia atrás la cabeza dando un último grito. El auditorio unánime aplaudió frenéticamente. Obaldoni le saltó al cuello y lo enlazó con sus huesudos brazos, que por poco ahogan al cantor. La cara hinchada de Nicolai enrojeció juvenilmente e Iacka exclamó como loco:

—¡Ah, el bravo! ¡Qué bien ha cantado!

Mi vecino, el campesino andrajoso, decía golpeando la mesa con el puño:

—¡Qué bien estuvo! ¡Endiabladamente bien! —y escupía.

—¡Qué placer nos has dado! —seguía gritando Obaldoni sin soltar al capataz—. ¡Sí, has ganado! Iacka no tiene tu fuerza. —Y de nuevo abrazó efusivamente al cantor.

—¡Suéltalo! —le gritaron—. ¿No ves, bruto, que está rendido? ¡Anda! Te has pegado a él como una hoja mojada.

—Bueno, que se siente. Voy a beber a su salud. Extenuado el cantor, se dejó caer en un banco.

—Cantas bien —dijo Nicolai recalcando la frase, como quien conoce el valor de sus palabras—. Ahora vamos a oír a Iacka.

—¡Sí, ha cantado muy bien, muy bien! —exclamó de pronto Polecka, la mujer del tabernero.

—¡Ah, esa cabeza cuadrada de Polecka! —dijo Obaldoni—. ¿Qué te pasa, Polecka?

Diki Barin lo interrumpió:

—¡Insoportable bestia! ¿Vas a callarte?

—Yo no hago nada —rezongó Obaldoni—. Si… so… lamente que…

—Basta, cállate.

Y Barin se dirigió a Iacka:

—Empieza, hermano.

—No sé lo que es, pero tengo algo aquí, en la garganta. No puedo…

—Nada de remilgos —dijo Nicolai—. Y procura cantar tan bien como el capataz.

Se quedó Iacka durante un rato con la cabeza entre las manos, luego se recostó en la pared. Tenía el rostro pálido como el de un muerto y los ojos abiertos a medias.

Lanzó un largo suspiro y empezó.

Primero fue un sonido débil, tembloroso, algo como un vago y lejano eco. Produjo una singular impresión.

Siguió un sonido más amplio, más atrevido; con admirable destreza el artista abordó el tono alto. Sabía gobernar su voz e hizo vibrar las notas con extraordinario talento.

Todos nos maravillamos cuando entonó este canto melancólico: Muchos senderos llevan al bosque florecido.

Estas palabras hicieron gran efecto. Rara vez había oído una voz tan bella expresar tan bien los acentos de la pasión y de la desesperación, de la calma y de la dicha. Era realmente un canto ruso, una romanza que tocaba el corazón.

Iacka se animaba más y más, se dejaba llevar por la inspiración que lo dominaba y que comunicaba a sus oyentes.

Recordé un día en que yo estaba, a la hora de la pleamar, en una playa donde las olas venían a deshacerse tumultuosamente. Una gaviota de blancas alas bajó a posarse cerca de mí. Estaba vuelta hacia el mar cubierto de púrpura, y de cuando en cuando abría sus grandes alas como saludando a las olas y al disco del sol.

Este recuerdo acudió a mi memoria mientras miraba a Iacka, inmóvil ante nosotros y dando toda su alma en la voz y encantándonos con sus hermosas melodías.

Cada una de sus graves notas tenía algo de grande, de vago, como el horizonte de nuestras estepas. Ya me subían las lágrimas a los ojos, cuando alguien empezó a sollozar cerca de mí. Me di la vuelta: era la mujer de Nicolai, que lloraba apoyándose en la ventana.

Iacka miró hacia ella, y desde ese momento su voz fue aún más bella y arrebatadora. Estábamos todos sobreexcitados. No sé cómo habría concluido aquello si el cantor no se hubiese parado en medio de una nota alta.

Nadie se movió. Nadie dijo una sola palabra. Iacka nos había transportado a un mundo nuevo.

—Iacka —dijo al fin Diki Barin poniéndole una mano en la espalda. Pero no pudo decir más.

El capataz, levantándose, se aproximó, y balbuceó penosamente:

—Tú… eres tú… ganaste… Y enseguida salió afuera.

Apenas se hubo marchado, el encantamiento en que estábamos sumergidos empezó a disiparse. Obaldoni dio un salto, procurando reír y agitando sus largos brazos. Morgach felicitó al artista y Nicolai no pudo menos que ofrecer un segundo cuartillo. Diki Barin era feliz y la sonrisa que vagaba en sus labios contrastaba singularmente con la expresión habitual de su rostro.

En cuanto al campesino de los andrajos, lloraba como un niño, y de cuando en cuando le oíamos exclamar:

—¡Que sea yo un hijo de perra si este no ha cantado bien!

El cantor gozaba su triunfo. Hizo que buscaran al capataz. Pero no se le encontró. Obaldoni llevó a Iacka hasta el mostrador, clamando:

—¡Sigue cantando, canta hasta la noche!

Me retiré después de mirar una vez más a Iacka. Afuera el calor era excesivo, la atmósfera de fuego. En el azul del cielo se hubiera dicho que vagaban puntos luminosos.

No se escuchaba ruido alguno. Y esta calma aumentaba más aún la hermosura de la naturaleza. Agobiado por la fatiga, llegué hasta un cobertizo, donde me tendí sobre las hierbas que acababan de cortar. Tenía el heno un aroma embriagante. Tardé mucho en dormirme. El canto de Iacka resonaba en mis oídos. Pero el cansancio y el calor me dominaron. Desperté cuando ya era de noche. Los últimos resplandores del crepúsculo huían en el horizonte, algunas estrellas brillaban con vivo fulgor. Perduraba en la temperatura mucho calor del día, y con el pecho oprimido se ansiaba un soplo de aire.

En la aldea se encendieron algunas luces, y la ventana de la taberna estaba plenamente iluminada. Llevado por la curiosidad, me dirigí hacia la casa de Nicolai. Miré a través de los cristales y tuve una impresión de repugnancia. Aquellos a quienes había visto por la tarde estaban todavía, pero en completo estado de embriaguez. Iacka tartamudeaba una especie de canción, mientras el campesino andrajoso y Obaldoni intentaban bailar.

Solamente Nicolai, en su carácter de tabernero, conservaba su dignidad. Había algunas personas nuevas, pero Diki Barin ya no estaba.

Dejé la ventana y descendí de la altura en que está la aldea.

Ondas de bruma inundaban la llanura y parecían confundirse con el suelo. Andaba a la ventura, cuando una voz infantil sonó en el oído:

—¡Antropka! ¡Antropka!

La voz callaba, para empezar de nuevo. Resonaba en medio del silencio nocturno. Por lo menos treinta veces se obstinó en gritar. Al fin, desde lejos, en la llanura, alguien respondió:

—¿Qué? ¿Qué… é… é…?

—¡Ven para que padre te pegue! —gritó la criatura.

Ya no hubo respuesta. El niño siguió llamando incansablemente. Me alejé y di la vuelta a un bosque que precede a mi aldea. La oscuridad era profunda; el nombre de Antropka se oía aún, muy débilmente, en la lejanía.

Turguéniev, Iván. Relatos de un cazador (1852). Editorial Verbum, Madrid, 2018.

La muerte del fakir

Rafael Domínguez Gamas

Lo que voy a referir me parece que aconteció en el año de 1913 del siglo veinte, precisamente cuando ya había cumplido la tercera década de mi vida. Fue algo horrible que nunca olvidaré.

Alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Se anunció que un domingo por la mañana, en presencia de cuantas personas quisieran asistir al espectáculo sería sepultado un fakir en el coloso taurino. Decíase que el dicho fakir se produciría por si solo el estado de catalepsia, y que en ese estado, con una lentísima pulsación que le permitiera permanecer dentro de una caja de madera preparada ad hoc, de lo cual darían fe algunos de los médicos de la localidad especialmente invitados para ese efecto, sería sepultado dentro de la referida caja y que así permanecería hasta después de la corrida de toros que se efectuaría en la tarde.

Muchas personas acudimos a presenciar el lúgubre espectáculo. Después de los preparativos de rigor, del sueño simulado o artificioso del fakir, y de un disparo de pistola y del examen médico, y a los acordes de una marcha fúnebre, descendió lentamente a la fosa hecha ex profeso el catafalco del fakir. Luego salimos de la plaza de toros haciendo los obligados comentarios. Habría quien aseguraba que el infeliz faquir se moriría asfixiado; otros decían que la pulsación de este pobre hombre era normal cuando se inhumó, y algunos condenaban a los médicos por haber permitido aquel suicidio; mas alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Llegó la hora de la corrida. Yo no asistí al espectáculo taurino. Al caer la tarde me hallaba con un grupo de amigos sentado frente a la cantina del Teatro Merino, tomando refrescos, cuando empezó a pasar la gente que volvía de la fiesta brava, y todos iban diciendo: “Se murió el fakir”. Oído lo cual nos levantamos precipitadamente y nos encaminamos a la Plaza de Toros, donde nos encontramos ya exhumado, sobre unas tablas mal colocadas a guisa de mesa, el cuerpo todavía caliente del fakir.

Se recibió un telegrama en el que sugerían no enterrar el cuerpo del fakir, porque acaso estuviera vivo aún bajo los efectos de la catalepsia por él provocada.

Según los médicos estaba cocido. Lo había cocido el calor de la tierra, calentada, a su vez, por los rayos calcinadores de aquel sol tropical.

Se expandió la noticia con la velocidad del relámpago. Pasó las fronteras del Estado. Continuaron los comentarios cada vez más duros. Se hicieron cargos contra los médicos. De la ciudad de Mérida se recibió un telegrama en el que sugerían no enterrar el cuerpo del fakir, porque acaso estuviera vivo aún bajo los efectos de la catalepsia por él provocada. Se esperaron más de veinticuatro horas, después de las cuales no hubo más remedio que inhumar el cadáver, porque la putrefacción, que no tardó en hacerse sentir horriblemente, fue la mejor demostración de que la vida había huido para siempre de aquellas pobres carnes calcinadas.

Fuente: Acopa, Luis (compilador). Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, vol. I. PACMYC/ CONACULTA y Gobierno del Estado de Tabasco. 2008.

La llama sagrada

Selma Lagerlöf

I

Hace muchos años, cuando la ciudad de Florencia acababa de ser declarada república, vivía allí un hombre llamado Raniero di Ranieri. Era hijo de un armero, y aunque había aprendido el oficio de su padre, no tenía gran interés en practicarlo.

Este Raniero era un hombre muy fuerte. Decíase de él que llevaba una pesada armadura de hierro con la misma facilidad que otro lleva una sutil camisa de seda. Era joven todavía y había hecho ya muchos alardes de su fuerza. Una vez se encontraba en una casa en cuyo terrado había grano extendido. Pero habíanlo amontonado con exceso y mientras Raniero estaba debajo, rompiose una de las vigas y el techo amenazó derrumbarse. Todos, excepto Raniero, huyeron precipitadamente. Este alzó los brazos y logró detener el derrumbamiento, hasta que llegó gente con vigas para apuntalar la casa.

Decíase también de Raniero que era el hombre más valiente que jamás había existido en Florencia, y que nunca se cansaba de luchar. Apenas se iniciaba algún altercado en la calle, salía apresuradamente de su taller deseando tomar parte en la pelea. Con tal de poder desenvainar el arma lo mismo contendía con simples aldeanos que con caballeros armados de punta en blanco. En lo más recio de la lucha intervenía en ella sin reparar en el número de adversarios.

En aquella época Florencia no era muy poderosa. Su población se componía, en su mayor parte, de hilanderos y tejedores, y estos no deseaban nada mejor que ocuparse en paz de su oficio. Claro está que había hombres aptos y diestros; pero no eran espadachines y consideraban como un gran honor el que en su ciudad reinase más orden que en parte alguna. Muchas veces se lamentaba Raniero de no haber nacido en un país en que hubiera un rey que reuniera en torno suyo hombres valientes, y decía que en tal caso habría ganado grandes honores y dignidades.

Raniero era vanidoso y charlatán, cruel con los animales, rudo con su mujer, y por esto resultaba imposible vivir con él. Habría sido bello a no ser por las profundas cicatrices que le desfiguraban el rostro. Era resuelto, magnánimo, aunque, a veces, harto violento.

Raniero estaba casado con Francesca, hija del sabio y poderoso Jacobo degli Uberti. A él no le hacía maldita la gracia ceder a su hija en matrimonio a aquel gallo de pelea, e hizo todo lo posible por evitarlo; pero Francesca dijo que jamás se casaría con otro que con Raniero. Cuando Jacobo dio, por fin, su consentimiento, dijo a Raniero:

-Me ha enseñado la experiencia que los hombres de tu calaña saben más fácilmente conseguir que conservar el amor de una mujer; por eso quiero obtener de ti una promesa. Si mi hija llega a encontrar un día penosa la vida junto a ti, quedas obligado a no retenerla en el caso de que ella desee volver junto a mí.

Francesca opinó que era inútil semejante promesa, pues amaba a Raniero de tal manera que estaba convencida de que no podría separarse de él nunca más. Pero Raniero prometió en el acto:

-Puedes estar seguro de que jamás intentaré retener a una mujer que quiera alejarse de mí.

Francesca y Raniero se unieron y vivieron en armonía.

Cuando llevaban unas semanas casados tuvo Raniero la idea de ejercitarse en el tiro al blanco. Durante días practicó disparando contra una tabla pendiente del muro. Después le entraron ganas de tirar a un blanco más difícil. Miró en torno suyo y solo descubrió una codorniz en una jaula, colgada en el patio. El pájaro pertenecía a Francesca que le tenía mucho cariño. Sin embargo, Raniero mandó abrir la jaula por un mozo y disparó contra el animalito al emprender el vuelo.

Encontró este tiro acertadísimo y desde entonces no dejó de vanagloriarse de él ante cuantos se dignaban escucharle.

Cuando Francesca se enteró de que había matado al pájaro, se puso pálida y le miró horrorizada. Asombrábale que hubiera osado realizar algo que había de causarle pena; pero pronto le perdonó, y siguió amándole como antes.

Durante algún tiempo todo volvió a marchar bien.

El suegro de Raniero era tejedor de tela de lino. Poseía un espacioso taller en el que se trabajaba diligentemente. Raniero creyó descubrir que allí se mezclaba el lino y el cáñamo, y no se lo calló sino que propaló la noticia por toda la ciudad. Por último, la calumnia llegó a oídos de Jacobo, quien pronto supo ponerle fin. Hizo analizar sus estambres y sus tejidos por otros tejedores y estos encontraron que estaban hechos con el más excelente lino. En un solo fardo, que debía venderse fuera de Florencia, encontrose una ligera mezcla. Jacobo aseguró que aquel fraude había sido cometido por sus operarios sin saberlo él. Pronto comprendió, sin embargo, que le sería difícil convencer a las gentes de su afirmación. Siempre había gozado de gran fama por su rectitud y ahora le resultaba muy amargo ver mancillada su honra.

Raniero se vanagloriaba de haber descubierto el fraude, y lo pregonaba aun en presencia de su esposa.

Esta, igual que cuando mató al pájaro, se sintió apesadumbrada, y no ocultó su asombro. Cuando meditaba sobre lo ocurrido, ocurríasele, finalmente, que su amor era semejante a un precioso tapiz bordado en oro, grande y resplandeciente. Tenía ya un extremo roto, por lo que no era tan magnífico como de recién casada; mas, no obstante, era tan leve el deterioro que nunca llegaría a perderlo, por mucho que viviese.

Y se sintió tan feliz como al casarse. Francesca tenía un hermano llamado Tadeo. Este acababa de regresar de un viaje de negocios a Venecia, y de allí se trajo varios vestidos de seda y terciopelo. Ya en Florencia solía lucirlos con orgullo; pero, por no existir allí todavía la costumbre de ostentar vestidos tan suntuosos, no faltó quien comentara en tono sarcástico la vanidad del joven. Un buen día Tadeo y Raniero encontráronse en una taberna. Tadeo se ataviaba con una capa de seda verde, forrada con piel de marta, y una casaca violeta. Raniero concibió la idea de hacerle beber más vino de lo conveniente, y su cuñado acabó siendo su víctima inconsciente. Tadeo se durmió embriagado, y Raniero le quitó la capa y fuese con ella para ponérsela a un espantapájaros de su huerta.

Francesca enfureciose mucho al saberlo, y nuevamente pensó en el gran tapiz de oro de su amor, que ahora veía más pequeño porque Raniero lo iba destrozando.

Los esposos continuaron viviendo en paz durante algún tiempo; pero Francesca ya no era tan feliz como antes, y siempre temía que Raniero llevase a efecto algún acto que dañara más seriamente su amor.

No tardó en llegar el nuevo agravio, pues Raniero no podía permanecer tranquilo. Sentía la necesidad de que las gentes hablasen continuamente de él, de que alabaran su valor y su bizarría.

Sobre la catedral que Florencia poseía en aquel tiempo, que era mucho menos espaciosa que la actual, pendía de la punta de la torre más alta un escudo enorme que había sido colocado allí por un antepasado de Francesca. Parecía ser el escudo más pesado que jamás hubiera podido llevar florentino alguno, y toda la estirpe de los Uberti estaba orgullosa de que hubiera sido uno de los suyos el que consiguiera trepar a la torre y colocar allí tan descomunal escudo. A esta torre subió Raniero un día y bajó con el escudo a cuestas.

Cuando Francesca se enteró de ello habló con Raniero de su pesar por vez primera y le rogó que no humillase de tal manera a una familia a la que pertenecía por su matrimonio. Raniero, que había esperado de ella una alabanza por el heroico hecho, se enfadó mucho, diciendo que hacía tiempo que venía observando cuán indiferentes le eran sus triunfos, y que ella no pensaba más que en su propia familia.

-Pienso en algo muy distinto -replicó Francesca-, y es en mi amor hacia ti. No sé qué será de él si continúas de este modo.

Desde entonces se cambiaron más de una vez frases duras los dos, pues Raniero se empeñaba en hacer precisamente todo cuanto pudiera molestarla.

En el taller de Raniero trabajaba un joven de baja estatura, cojo, que amaba a Francesca desde mucho antes de casarse, y que continuaba amándola con inalterable fidelidad. Raniero, que lo sabía, se propuso ponerle en ridículo, y siempre le hacía blanco de sus asechanzas, especialmente durante las comidas. Un día en que el pobre mozo no se avino a soportar tales burlas, abalanzose sobre él; pero Raniero le venció fácilmente, mofándose después del infeliz cojo, quien, no pudiendo vivir así, acabó por ahorcarse.

Raniero y Francesca solo llevaban un año de casados. Ella seguía representándose su amor en el gran tapiz bordado en oro, pero veía que su tamaño habíase reducido una mitad. Esto la llenó de horror.

Si continúo un año más al lado de este hombre, pensó, acabaré perdiendo por completo mi amor y entonces seré tan miserable como fui rica hasta aquí.

Y decidió marchar a casa de su padre para que no llegase el día en que odiara a Raniero tanto como le amara en otro tiempo.

Jacobo degli Uberti hallábase sentado en el telar, rodeado de sus operarios, cuando la vio llegar. Le dio la bienvenida de todo corazón, diciéndole que había sucedido lo que siempre temió. Seguidamente ordenó a todos sus dependientes que cerraran la casa y se armaran lo mejor posible, y se fue en busca de Raniero, a quien habló así:

-Mi hija ha vuelto a mi casa, deseosa de habitar bajo mi techo, y espero que cumplirás la promesa que me hiciste.

Raniero pareció no tomar la cosa muy en serio, y se limitó a contestar:

-Aun cuando no te hubiera hecho promesa alguna, jamás me atrevería a impedir la marcha de una mujer que no desea seguir perteneciéndome.

Sabiendo bien lo mucho que Francesca le quería, el joven se dijo para sí:

-De seguro que estará de nuevo a mi lado antes de la caída de la tarde.

Pero ella no se dejó ver aquel día ni al siguiente. Al tercer día partió Raniero en persecución de algunos bandidos que desde hacía tiempo venían importunando a los mercaderes florentinos.

Tuvo la suerte de vencerlos y de llevarlos prisioneros a Florencia.

Durante varios días permaneció tranquilo, seguro de que aquel hecho heroico se habría propagado por toda la ciudad. Pero su esperanza de que Francesca volvería a su lado, al enterarse, no se realizó.

Raniero sintió los mayores deseos de obligarla a volver, prevalido del derecho que le concedían las leyes; pero se creía en el caso de no hacerlo en cumplimiento de su promesa. No siéndole posible seguir habitando en la misma ciudad en que vivía la mujer que le había abandonado, partió de Florencia.

Primero se hizo mercenario, pero pronto se transformó en caudillo de una banda de espadachines. Siempre iba en busca de pelea y llegó a servir a muchos señores.

Como había profetizado, ganó, siendo guerrero, mucha gloria y honores. Fue armado caballero por el emperador y contado entre los hombres más eminentes.

Pero antes de abandonar Florencia hizo la promesa, ante la imagen de la Madonna, en la Catedral, de ceder a la Santísima Virgen lo más valioso de cada botín de guerra. Y siempre se veían ante aquella imagen preciosas dádivas ofrecidas por él.

Raniero sabía, pues, que todas sus heroicas hazañas eran conocidas en su ciudad natal. Y estaba altamente asombrado de que Francesca degli Uberti no se dirigiera a él, a pesar de los relatos de sus hechos gloriosos.

En aquella época fue propuesta por el canciller una cruzada para el rescate de los Santos Lugares, y Raniero partió hacia Oriente entre los cruzados. En parte esperaba ganar castillo y feudo, sobre los cuales pudiera mandar, y en parte esperaba realizar actos tan heroicos que su mujer tuviera que amarle y volver nuevamente a él.

II

En la primera noche después de la toma de Jerusalén, reinaba gran alegría en el campamento de los cruzados, que se encontraban en las afueras de la ciudad. Casi en cada tienda se celebraba la victoria con abundantes libaciones, y por doquier había risas y barullo. También Raniero di Ranieri hallábase bebiendo en compañía de otros camaradas de guerra, y en su tienda reinaba mucho mayor desenfreno que en todas las demás. Apenas los criados llenaban los vasos, vaciábanse como por encanto.

Raniero tenía más motivos que los otros para alegrarse de aquel modo, pues ese día realizó las hazañas que más contribuyeron a cubrirle de gloria. Al lanzarse al asalto de la ciudad fue el primero, después de Godofredo de Bouillon, en escalar los muros, y su valerosa conducta había merecido ser elogiada ante todo el ejército. Pasado el saqueo y terminados los horrores de la matanza, los cruzados, con sus cilicios y empuñando cirios no encendidos, encamináronse hacia la sagrada iglesia del Santo Sepulcro, y entonces díjole Godofredo que debía ser el primero en encender su cirio en la sagrada vela que ardía ante el sepulcro de Cristo.

Raniero se sintió muy orgulloso al verse honrado como el más grande héroe de todo el ejército, lo que implicaba el reconocimiento de sus esforzadas hazañas.

Ya mediada la noche, cuando Raniero y sus camaradas estaban de mejor humor, acercáronseles un bufón y varios cómicos que se dedicaban a divertir a la gente del campamento con sus ocurrencias, rogándole a Raniero que le escuchara uno de sus interesantes relatos.

Raniero sabía que aquel bufón gozaba de gran fama por su ingenio, y accedió a su ruego. Y el bufón comenzó:

-Sucedió una vez que nuestro Redentor y san Pedro se hallaban pasando el día en la torre más alta del castillo que hay en el Paraíso: no hacían más que mirar a la tierra, porque eran tantas las cosas que había que ver, que apenas si les quedaba tiempo de cruzar palabra. El Salvador permanecía tranquilo; pero san Pedro palmoteaba jubiloso de cuando en cuando o sacudía la cabeza en señal de fastidio; tan pronto se mostraba alegre como se entregaba a la pena más inconsolable. Cuando el día comenzó a caer y el crepúsculo se extendió sobre el Paraíso, el Redentor volviose hacia san Pedro y le dijo que debía hallarse muy contento.

-¿De qué? -preguntó san Pedro en tono brusco.

-Creí que estarías satisfecho de lo que acabas de ver -replicó el Salvador en voz queda.

-Cierto que año tras año y día por día he lamentado que Jerusalén estuviera en manos de los infieles; pero, después de lo que hoy ha sucedido casi hubiera sido mejor que todo continuase como antes.

Raniero no tardó en darse cuenta, como los demás, de que el bufón se refería a lo acaecido aquel día, por lo que todos se dispusieron a escuchar más atentamente el relato.

-Cuando san Pedro hubo dicho esto -prosiguió el bufón fijando su mirada en los caballeros- encaramose sobre una almena y dijo señalando a una ciudad que aparecía sobre una peña enorme y solitaria que se elevaba en lo profundo de un valle:

-¿Reconoces aquel montón de cadáveres? ¿Ves la sangre que corre por las calles y los miserables prisioneros temblorosos de frío y las ruinas humeantes?

Nuestro Salvador optó por callar, y san Pedro continuó con lamentaciones, diciendo que si con frecuencia habíase manifestado como enemigo de Jerusalén, no dejaba de afligirse ahora al ver el terrible aspecto que la ciudad presentaba.

-Pero no me negarás -contestó, finalmente, nuestro Salvador- que los caballeros cristianos han combatido y arriesgado su vida con la mayor bizarría.

Grandes aplausos interrumpieron en este punto al bufón, que prosiguió su relato, diciendo:

-No me interrumpáis; ya no recuerdo dónde me he quedado. ¡Ah, sí! Iba a decir que san Pedro se enjugó dos lágrimas que le impedían ver.

-Nunca hubiera imaginado que se mostraran tan salvajes -dijo-. Todo el día lo han pasado dedicados al saqueo y a la matanza. No comprendo cómo te dejaste crucificar para tener, finalmente, esa clase de prosélitos.

Los caballeros, en vez de ofenderse, prorrumpieron en estruendosas carcajadas, y uno de ellos exclamó:

-¿De modo que san Pedro está furioso con nosotros?

-Cállate -repuso otro-, y deja que el bufón diga lo que el Redentor contestó a san Pedro en nuestra defensa

-Nuestro Salvador -continuó el bufón- permaneció callado en un principio, porque sabía que era inútil contradecir a san Pedro cuando se mostraba enfurecido de verdad. Y sin alterarse lo más mínimo san Pedro rogó al Redentor que no saliera en defensa de los culpables, pretextando que habían vuelto a la razón al atravesar la ciudad descalzos y con el cilicio puesto, camino de la iglesia, porque esta devoción la consideraba tan efímera que no valía la pena de tenerla en cuenta. Y el santo volvió a asomarse por la almena señalando hacia la ciudad de Jerusalén, ante cuyas puertas acampaba el ejército cristiano.

-¿No ves -acabó preguntando- en qué forma celebran tus caballeros la victoria obtenida?

Efectivamente, el Salvador vio entonces que en todo el campamento celebrábanse grandes orgías y que caballeros y soldados se divertían con el espectáculo que ofrecíanles las bailarinas sirias, mientras entrechocaban los vasos rebosantes, se jugaban a los dados el botín y…

-…y escuchaban las necedades que refería un bufón -interrumpió diciendo Raniero- ¿No crees -terminó- que esto es también un pecado?

El bufón río la interrupción e hizo un ademán significativo a Raniero, como si le dijera:

-Espera, que voy a cantarte pronto las cuarenta.

-No, no me interrumpáis -rogó nuevamente- ¡Olvida con tanta facilidad un pobre loco lo que va a decir!… Así, pues, san Pedro preguntó a nuestro Salvador en tono categórico si creía que aquellas gentes le hacían gran honor.

Naturalmente, nuestro Redentor tuvo que contestarle que, a su parecer, no era tal el caso, a lo que repuso san Pedro:

-Eran bandidos y asesinos antes de abandonar su patria y aun hoy siguen siendo lo mismo. Toda esta aventura guerrera podías haberla suprimido, ya que nada bueno puede salir de ella.

-¡Ojo, bufón! -exclamó Raniero previniéndole.

Pero el bufón tenía especial interés en continuar hasta que alguien se abalanzara sobre él para echarle fuera, y prosiguió impertérrito:

-Nuestro Señor se limitó a bajar la cabeza como quien reconoce la justicia del castigo que se le impone; pero en aquel momento inclinose apresuradamente y miró atentamente hacia la tierra.

Entonces le preguntó san Pedro:

-¿Qué es lo que miras?

El bufón describía esto haciendo toda clase de muecas y aspavientos. Los caballeros deseaban saber lo que nuestro Salvador había descubierto.

-Nuestro Salvador replicó que no era nada -prosiguió el bufón-; pero cada vez miraba más atentamente hacia abajo. San Pedro siguió la dirección de su mirada sin distinguir otra cosa que una gran tienda ante la que se hallaban ensartadas en largas lanzas un par de cabezas de sarracenos, y donde se exhibía una multitud de lujosos tapices, vajilla de oro y armas preciosas que constituían parte del botín. En aquella tienda sucedía lo propio que en todas las demás del campamento. En ellas se hallaban sentados muchos caballeros vaciando sus vasos. La única diferencia estribaba en que allí se bebía más y había más alboroto que en las otras tiendas. San Pedro no podía comprender por qué nuestro Salvador miraba tan satisfecho que sus ojos resplandecían de alegría. San Pedro creyó no haber visto nunca tantas caras feas reunidas en un banquete. Y el anfitrión que ocupaba el sitio de honor era precisamente el más siniestro de entre todos. Era un hombre de unos treinta y cinco años sumamente alto y corpulento, de faz encarnada y acribillada de cicatrices y rasguños; tenía los puños duros y la voz ruda y potente.

Aquí se detuvo un momento el bufón, como si vacilara en proseguir el relato. Pero a Raniero y a los demás caballeros les daba tanta alegría oír hablar así de sí mismos, que rieron su insolencia.

-Eres un cínico -dijo Raniero-; pero vamos a ver en qué para todo esto.

Y el bufón prosiguió:

-Por último, nuestro Redentor dijo unas palabras a san Pedro para explicarle la causa de su alegría. Preguntó al santo si era verdad qué uno de los caballeros tenía ante sí una vela encendida.

Ante estas palabras Raniero se estremeció. Rebosante de cólera echó mano a un pesado jarro lleno de vino para lanzarlo a la cara del bufón; pero se dominó para cerciorarse de si el tunante se atrevería a denigrar su nombre.

-San Pedro vio, pues -continuó el bufón-, que aquella tienda estaba profusamente iluminada por antorchas; pero que, junto a uno de los caballeros, había una vela encendida. Era una vela alta y gruesa, destinada a arder veinticuatro horas sin interrupción. Como el caballero no tenía ningún candelero donde ponerla, la había colocado entre varias piedras.

Ante estas palabras toda la reunión prorrumpió en sonoras carcajadas. Todos señalaron una vela que se hallaba en la mesa, junto a Raniero, en la mismísima forma que el bufón había descrito. Pero a Raniero se le subió la sangre a la cabeza. Se trataba de la vela que había encendido horas antes en el Santo Sepulcro, y no se atrevía a apagarla.

-Cuando san Pedro vio esta vela -prosiguió el narrador- se dio cuenta de la causa que motivaba la alegría de nuestro Redentor, y no pudo reprimir una sonrisa compasiva.

-¡Ah, sí! -dijo-. Ese es el caballero que escaló primero los muros de la ciudad, en pos del conde de Bouillon y que por la noche fue el primero en encender su vela en el Santo Sepulcro.

-Efectivamente -contestó nuestro Salvador-, y ya ves que su luz arde todavía.

El bufón apresuró su relato, mirando a Raniero de cuando en cuando a hurtadillas.

-San Pedro no pudo evitar una sonrisa un poco burlona.

-¿No comprendes, quizá, por qué deja su luz encendida durante tanto tiempo? -preguntó-. Tal vez creas que piensa en tus sacrificios y en tu muerte cuando la mira. Te equivocas: no piensa más que en la gloria que se le dispensó cuando se le reconoció como el más valiente, junto a Godofredo de Bouillon, en presencia de todo el ejército.

Todos los oyentes soltaron nuevas carcajadas. Y dominando su cólera Raniero rió también. Sabía perfectamente que todos le encontrarían sumamente ridículo si se alterase por semejante broma.

-Pero nuestro Salvador interrumpió a su querido san Pedro para contradecirle:

-¿No te das cuenta -repitió- de lo preocupado que está con su vela de cera? Protege la llama con la mano apenas alguien levanta la cortina de la entrada, porque teme que una corriente de aire se la apague. Y está en lucha continua con los insectos que revolotean en torno a la llama, prontos a apagarla.

Las risas aumentaron más todavía, pues era exacto todo cuanto el bufón explicaba.

Raniero juzgó cada vez más difícil dominar su ira, incapaz de soportar que nadie se burlase de la sagrada llama.

-San Pedro, desconfiado -continuó el bufón-, preguntó a nuestro Redentor si conocía a aquel caballero, y dijo:

-No es precisamente uno de los que van a misa a menudo y desgastan el reclinatorio.

Pero nuestro Redentor no se dejó convencer y exclamó en tono solemne:

-¡San Pedro, san Pedro! Piensa en lo que te digo. ¡Ese caballero será, desde ahora, mucho más devoto que Godofredo! ¿De dónde iban a brotar la modestia y la devoción si no de mi tumba? Aún has de ver a Raniero de Ranieri auxiliando viudas atribuladas y desdichados prisioneros. Todavía has de ver cómo cuidará a los enfermos y afligidos junto a su lecho, defendiéndolos como ahora defiende la sagrada llama.

Una enorme carcajada interrumpió al bufón. Todos los que conocían la vida y el modo de pensar de Raniero encontraban todo aquello muy gracioso. Pero a él se le habían quitado las ganas de reír. Levantose de un salto, dispuesto a echar al bufón a puñetazos; pero tropezó contra la mesa, que no era más que una puerta colocada sobre dos caballetes, y cayó la vela. Entonces se demostró cuánto le interesaba a Raniero conservar la vela encendida. Dominó su cólera y se puso tranquilamente a arreglar la luz para reanimar su llama. Pero cuando lo hubo conseguido el bufón se había largado ya de la tienda y Raniero se dijo que no valía la pena perseguirlo a través de la oscuridad de la noche.

-Ya le encontraré en otra ocasión -se dijo, y volvió a sentarse tranquilamente.

Los comensales habían cesado entre tanto de reír; pero uno de ellos volviose a Raniero para continuar la broma.

-Una cosa es cierta, Raniero, y es que esta vez no podrás enviar a la Madonna de Florencia lo más valioso de tu botín.

Raniero le preguntó por qué motivo opinaba que no podría seguir cumpliendo con su antigua costumbre, y el caballero le contestó:

-Por la sencilla razón de que el precioso botín que has conquistado esta vez es esa llama que ante todo el ejército has sido el primero en encender en el Santo Sepulcro. Y esa llama no podrás mandarla a Florencia.

Nuevamente resonaron las risas; pero Raniero se hallaba en tal disposición de ánimo, que habría sido capaz de realizar los actos más temerarios, con tal de librarse de las burlas. Con breve decisión llamó a un viejo escudero y le dijo:

-¡Ármate y prepárate para un largo viaje, Giovanni! Mañana saldrás para Florencia con esta llama sagrada.

Pero el escudero se opuso a esta orden con una enérgica negativa.

-No puedo aceptar este encargo -contestó-. ¿Cómo ir hasta Florencia a caballo con una vela encendida? Se apagaría antes de que abandonase este campamento.

Raniero fue preguntando a sus hombres uno tras otro. Todos le dieron igual contestación. Apenas si tomaban en serio la orden.

Los caballeros extranjeros, que eran los huéspedes de Raniero, rieron con gran alborozo cuando se comprobó que ninguno de sus hombres quería obedecer la orden.

Raniero enfureciose cada vez más. Por último, perdió la paciencia, y exclamó:

-Esta llama será llevada a Florencia a pesar de todo, y puesto que nadie quiere acometer la empresa, la llevaré yo mismo.

-Piénsalo bien antes de hacer un voto semejante -exclamó uno de los caballeros-. Te juegas un principado.

-¡Os juro que llevaré esta llama a Florencia! -exclamó Raniero-. Realizaré algo que nadie más osó emprender.

El viejo escudero se excusaba diciendo:

-Señor, para ti la cosa es diferente. Tú puedes llevar una gran comitiva; pero yo hubiera tenido que ir solo.

Como Raniero se hallaba como loco, incapaz de reflexionar sus palabras, contestó:

-También yo iré solo.

Con estas palabras consiguió su objeto. Todos los presentes cesaron de reír. Se quedaron absortos, contemplándole.

-¿Por qué no seguís riendo? -preguntó Raniero-. Este propósito no es más que un juego de niños para un hombre valiente.

III

Al amanecer del día siguiente montaba Raniero en su alazán. Iba armado de punta en blanco, pero cubierto con el tosco manto del peregrino para que la coraza no se calentara demasiado a los ardorosos rayos del sol. Iba armado de espada y maza y montaba un buen corcel. En la mano llevaba la vela encendida y en la silla guardaba un gran mazo de largas bujías de cera para que la llama no se consumiera por falta de combustible.

Raniero cabalgó lentamente y sin tropiezos a través de las tiendas del campamento, diseminadas por la explanada. Era tan temprano que la niebla que se desprendía de los valles en torno a Jerusalén no se había disipado todavía, y Raniero iba como envuelto en la noche. El campamento dormía aún y Raniero escapó fácilmente del alcance de los centinelas. Nadie le dio el alto; la densa niebla le hacía invisible y la espesa capa de polvo que cubría el suelo no dejaba percibir el ruido de las pisadas del caballo.

Raniero se vio pronto fuera de los límites del campamento y se encaminó hacia Jaffa. El camino era allí mejor; pero, en atención a la llama, caminaba más despacio. En la espesa niebla la llama tenía un resplandor rojizo y tembloroso. Continuamente revoloteaban grandes falenas en torno a ella, amenazando apagarla con sus convulsivos aletazos. Raniero tuvo que realizar grandes esfuerzos para protegerla; pero hallábase en la mejor disposición de ánimo y seguía figurándose que su empresa era puro juego de niños.

Entre tanto, el caballo, cansado de aquel lento caminar, se puso al trote. Inmediatamente la llama empezó a flamear a causa del viento. De nada servía que Raniero intentase protegerla con la mano y con la capa. Llegó a un punto en que notó que se hallaba próxima a extinguirse; pero como no pensaba darse por vencido, detuvo el caballo y meditó durante un buen rato una resolución. Finalmente, se decidió a cabalgar de espaldas, para proteger la llama con su cuerpo contra el viento. Así consiguió mantenerla encendida; pero pronto se convenció de que aquel viaje se hacía más penoso de lo que se había figurado al principio.

Apenas dejó tras de sí las colinas que rodean Jerusalén, la niebla desapareció. No había en aquella desolada soledad gentes ni caseríos, ni árboles ni plantas; solo se veía peladas montañas.

Por el interminable camino Raniero fue asaltado por los bandidos que formaban la chusma indisciplinada que seguía furtivamente al ejército y que vivía del robo y del pillaje. Se habían ocultado detrás de una colina, y Raniero, que cabalgaba de espaldas, solo les descubrió al verse rodeado por los facinerosos que agitaban sus espadas contra el peregrino.

Eran doce hombres de miserable aspecto y cabalgaban en caducas caballerías. Al punto, Raniero se dio cuenta de que no le sería difícil atravesar entre ellos y alejarse al galope de su corcel; pero aquello solo sería posible si arrojaba la vela. Mas, ¿cómo hacerlo así después de haber pronunciado la noche anterior tan orgullosas palabras?

No vio, pues, otra salida que entrar en negociaciones con los bandidos. Les dijo que les sería difícil vencerle si se defendiera, ya que era fuerte, iba bien armado y montaba un buen caballo; pero que, como había hecho un voto, no quería oponerles resistencia, de modo que les entregaría sin lucha lo que desearan tomar y solo pedía que le prometieran no apagarle la vela.

Los bandidos, que habían esperado una ruda resistencia, quedáronse contentísimos ante la proposición de Raniero y empezaron a desvalijarle. Le quitaron la armadura, el corcel, las armas y el dinero. Solo le dejaron la tosca capa y los dos haces de velas. Pero su promesa de no apagar la luz la mantuvieron honrosamente.

Uno de ellos, que cabalgaba ya, montado a la grupa sobre el magnífico caballo de Raniero, se sintió compadecido y le dijo:

-Mira, no queremos ser demasiado crueles con un cristiano. Para que puedas continuar la marcha te daré mi caballo.

Era este un penco lamentable y enfermizo, y a juzgar por sus movimientos, torpes y rígidos, más bien parecía de madera.

Cuando los malvados se alejaron y Raniero se preparaba a montar tan miserable penco, se dijo para sí:

-Esta llama debe haberme embrujado, verdaderamente; solo por ella voy por estos caminos como un loco pordiosero.

Él mismo creyó que lo más prudente sería volverse, ya que su empresa era, realmente, irrealizable. Pero un vehemente deseo de llevarla a cabo se apoderó de él.

Continuó, pues, su camino; en torno suyo veía siempre las mismas peladas colinas amarillentas.

Al cabo de un rato pasó junto a un joven pastor que guardaba cuatro cabras. Cuando Raniero vio triscar a los animales aquellos por el pelado campo, se preguntó si no estarían pastando tierra.

Aquel pastor había poseído un gran rebaño, que los cruzados habíanle robado, por lo que, cuando veía pasar a un cristiano solo, procuraba causarle todo el daño posible. Abalanzose sobre él y dirigió su cayado contra la vela.

Raniero se hallaba tan ocupado con la llama, que no pudo defenderse contra el pastor. Lo que hizo fue acercar la vela más hacia sí para protegerla. El pastor volvió a descargar nuevos golpes; pero de pronto se detuvo altamente asombrado, pues la capa de Raniero se había incendiado sin que este intentara hacer nada para apagar el fuego.

Entonces el pastor pareció avergonzarse de su acción. Durante un rato siguió tras Raniero y por un lugar en que el camino se estrechaba demasiado, entre dos barrancos, tomole el caballo por las riendas.

Raniero pensó sonriendo que el pastor le tomaba, indudablemente, por un santo varón que hacía penitencia. Al anochecer, Raniero encontró en su camino a mucha gente. Por la noche se había extendido a lo largo de la costa el rumor de la caída de Jerusalén y muchas gentes se disponían a dirigirse allí. Eran peregrinos que hacía ya muchos años que venían acechando la oportunidad de entrar en Jerusalén, y gentes recién desembarcadas, y, sobre todo, mercaderes que acudían cargados de provisiones.

Cuando los grupos percibieron a Raniero, que iba montado a caballo, de espaldas, empuñando una vela encendida, empezaron a gritar:

-¡Al loco, al loco!

La mayor parte de los que acudían eran italianos, y Raniero oyó que le gritaban en su propia lengua:

-¡Pazzo, pazzo! (¡Loco, loco!)

Raniero, que durante todo el día había logrado reprimirse, empezó a impacientarse al oír aquellos gritos incesantes. E inclinándose sobre la silla empezó a repartir puñetazos. Cuando las gentes se apercibieron de lo duros que eran los puños de aquel hombre, se pusieron en precipitada huida, de modo que pronto quedose solo en la carretera.

Volvió a reprimirse y se dio cuenta de que aquellas gentes tenían toda la razón al tomarle por loco, y se puso a buscar la vela sin saber qué había sido de ella. Por fin la encontró caída en un hoyo al borde del camino. La llama se había apagado; pero allí cerca vio brillar algo de luz y observó que se trataba de un poco de hierba seca que ardía. Al punto advirtió que la suerte le era propicia, pues la vela antes de apagarse había prendido en aquellos matorrales.

-Esto hubiera tenido un final lastimoso, después de tantas fatigas -pensó encendiendo de nuevo la vela en su propio fuego y volviendo a montar a su caballo. Hallábase muy humillado y ahora estaba convencido de que su peregrinación no tendría feliz éxito.

Al anochecer llegó Raniero a Ramle y buscó allí un albergue en donde solían pasar la noche las caravanas. Era un gran patio cubierto. En torno a él había varios cobertizos que servían de refugio a los caballos de los viajeros. Allí no había habitaciones y las gentes tenían que dormir junto a sus caballerías.

Estaba ya todo lleno; pero el posadero dispuso un sitio para Raniero y su caballo. Trajo también comida para el caballero y pienso para el caballo.

Viéndose Raniero tan bien tratado, se dijo: Estoy por creer que los bandidos me han hecho un favor con quitarme la armadura y el caballo. Es indudable que voy más seguro si me toman por loco.

Cuando Raniero hubo arreglado su caballo en el establo, sentose sobre un montón de paja con la vela encendida entre las manos. Había resuelto pasar la noche sin dormir.

Pero apenas se hubo sentado, se adormeció. Estaba tan terriblemente cansado que se tendió cuan largo era y durmió hasta el amanecer.

Al despertar, vio que había desaparecido la vela, que no pudo encontrar en parte alguna. Entonces se dijo: “Alguien debe habérmela quitado”.

Y quiso convencerse a sí mismo de que se alegraba de lo sucedido, porque en rigor se había propuesto un imposible. Pero este pensamiento le causó cierto desfallecimiento y una gran angustia. Jamás había tenido tantos deseos de realizar una empresa como en aquella ocasión. Sacó su caballo, lo peinó y le puso la silla. Cuando hubo terminado se le acercó el posadero con una vela encendida, y le dijo en dialecto franco:

-Anoche tuve que quitarte esta luz de la mano, porque te habías dormido profundamente; pero aquí te la devuelvo.

Raniero no le hizo observar lo que sentía, y dijo con sosiego:

-Has hecho bien en apagar la luz.

-No la he apagado -dijo el hombre-. Vi que la habías traído encendida y yo supuse que era de gran interés para ti que siguiera ardiendo. Si te fijas en lo que se ha acortado, reconocerás que la vela ha estado ardiendo toda la noche.

El rostro de Raniero irradió de alegría. Se lo agradeció al posadero de todo corazón y montó a caballo con el mejor humor.

IV

Raniero partió de Jerusalén con la intención de embarcarse en Jaffa para Italia. Pero cambió de propósito cuando los bandidos le hubieron robado todo el dinero, y entonces dispuso su camino por tierra.

Era un largo viaje. Desde Jaffa hacia el norte recorrió todo lo largo de la costa siria. Después continuó el camino hacia el oeste, a lo largo de la península de Asia Menor. Y nuevamente volvió hacia el norte, hacia Constantinopla. Desde allí le quedaba todavía un buen trecho hasta Florencia. Durante todo este tiempo Raniero vivió de limosnas.

Casi siempre eran peregrinos que acudían en legiones hacia Jerusalén, los que repartían con él su escaso pan cotidiano. Aunque Raniero iba solo casi siempre, no se aburría. Bastante tenía con cuidar de su luz. Bastaba un golpe de viento o una gota de lluvia, para que todo terminase.

Mientras Raniero iba por los solitarios caminos procurando mantener la llama de su vela, acordose de que en cierta ocasión había visto a un hombre cuidando de algo tan delicado como una llama. Al principio, el recuerdo aparecía tan borroso que creyó haberlo soñado solamente. Pero a medida que fue avanzando por la vasta llanura, se le incrustó esta idea en la cabeza cada vez más, de modo que quedó completamente convencido de haber visto en su vida algo semejante.

-Tengo la impresión de haber oído hablar de ello -pensó.

Cierta tarde entró Raniero en una ciudad. Terminada la hora del trabajo, las mujeres estaban a las puertas de sus casas esperando la vuelta de sus maridos. Una de ellas era muy esbelta y tenía los ojos severos. Al verla pensó en Francesca degli Uberti.

Y de repente aclarósele lo que no lograba recordar.

Pensó que el amor de Francesca era semejante a una llama que ella hubiera deseado mantener siempre encendida, viviendo en continuo temor, miedosa de que Raniero pudiera apagarla en su corazón. Él mismo se asombró de este pensamiento, pero hubo de convencerse cada vez más de que tal era la verdad. Y comprendió por vez primera por qué le había abandonado Francesca, y que su fama guerrera no bastaría para volver a conquistarla.

El viaje de Raniero avanzaba muy lentamente, debido en gran parte a que tuvo que interrumpirlo varias veces a causa del mal tiempo. Se instalaba entonces en cualquier parador público y vigilaba la llama. Aquellos fueron días muy pesados.

Cabalgando Raniero un día a través del Líbano, se dio cuenta de que se aproximaba una tormenta. Hallábase a gran altura, entre horribles barrancos y abismos, muy alejado de toda morada humana. Por fin llegó a una roca aislada, una tumba sarracena. Era una pequeña edificación cuadrangular de piedra, con un techo abovedado. Raniero creyó que lo mejor era buscar refugio allí.

Acababa de entrar cuando se desencadenó una fuerte ventisca qué duró dos días enteros. Al mismo tiempo, el aire se tornó tan intensamente frío que Raniero estuvo a punto de quedar helado.

No ignoraba que en el monte había ramaje más que suficiente para encender una hoguera y calentarse; pero consideraba la llama de la vela tan sagrada que no quería encender con ella otra cosa que los cirios del altar de la Santísima Virgen.

Y la tempestad adquiría cada vez más violencia, y eran cada vez más espantosos los truenos y relámpagos.

Al caer un rayo en un árbol cerca de la tumba, lo encendió, con lo que Raniero tuvo fuego para calentarse, sin profanar la sagrada llama.

Cuando Raniero peregrinaba por un paraje desierto de Cilicia, sus velas estuvieron a punto de agotarse. Su provisión de Jerusalén hacía tiempo que se había consumido. Pero no se había apurado por ello, pues de vez en cuando pasaba por colonias cristianas, donde, mendigando, pudo adquirir nuevas velas.

Pero ahora se le habían terminado y temía que su peregrinación tuviera un fin harto prematuro.

Cuando la vela se hubo consumido tanto que la llama casi le quemaba la mano, saltó del caballo, reunió cuanta hierba seca pudo y la encendió con el cabito que le quedaba. Pero en la desierta montaña había poco combustible y el fuego iba a extinguirse.

Mientras Raniero se desesperaba viendo que la llama iba a apagarse forzosamente, oyó por el camino cantos piadosos y vio que una procesión de peregrinos subía por la montaña con velas encendidas. Iban hacia una caverna en la que habitaba un santo, y Raniero se unió a ellos, entre los que se hallaba una anciana que andaba penosamente, y a la que ayudó Raniero a subir la montaña.

La pobre anciana le dio las gracias, y Raniero le pidió por señas su vela; ella se la entregó inmediatamente, y los demás siguieron este ejemplo, regalándole las velas que llevaban.

A todo correr bajó por el sendero, y después de haber apagado todas las luces encendió una vela en el rescoldo del fuego que había encendido con la llama sagrada.

En una ocasión, hacia el mediodía, hacía tanto calor que Raniero se tumbó rendido sobre un espeso matorral. No tardó en dormirse profundamente; la vela se hallaba colocada junto a él, entre unas piedras. A poco de quedarse dormido empezó a llover y la lluvia siguió arreciando hasta que Raniero despertó. El suelo se hallaba mojado en torno suyo, y apenas osó mirar a la vela, temeroso de hallarla apagada.

Pero la llama brillaba silenciosa y tranquila en medio de la lluvia y Raniero se dio cuenta de la causa de aquel fenómeno: dos pajarillos revoloteaban por encima de la llama. Acariciándose mutuamente con los piquitos, protegían la sagrada luz con sus alas extendidas.

Raniero tomó en seguida su sombrero para defender la vela de la lluvia; después tendió la mano a los pajarillos deseoso de acariciarlos. Y los animalitos no volaron, sino que se dejaron coger por él. Raniero quedó asombrado de que aquellas aves no le tuvieran miedo alguno, y se dijo: “Piensan tal vez en que no tengo otro pensamiento que proteger la cosa más delicada, y por eso no me temen”.

Raniero llegó a las cercanías de Niquea. Allí encontró a algunos caballeros llegados de Occidente, que conducían un nuevo ejército de auxilio hacia Tierra Santa. Entre ellos se encontraba Roberto Taillefer, que era un trovador que recorría el mundo como caballero andante.

Cuando Raniero, con su deshilachada capa de peregrino, pasó junto a ellos con la vela encendida, los soldados, lo mismo que cuantos le habían visto a lo largo de los caminos, empezaron a gritar:

-¡Al loco, al loco!

Pero Roberto Taillefer les hizo callar, y preguntó al caballero:

-¿Vienes de muy lejos?

Y Raniero le contestó:

-Vengo de Jerusalén.

-¿Sin que se haya apagado tu vela?

-En mi vela arde todavía la llama que encendí en Jerusalén -contestó Raniero.

Entonces, Roberto Taillefer le dijo:

-También yo llevo una llama, y quisiera conservarla ardiendo eternamente. Tal vez tú, que desde Jerusalén has traído hasta aquí tu vela encendida, puedas indicarme qué debo hacer para que no se extinga.

-Problema harto difícil es, aunque parezca sencillo. No os aconsejaría que emprendiérais empresa semejante, pues esta pequeña llama exigiría que lo abandonarais todo, que pensarais solo en ella.

-Ninguna otra alegría, por noble que sea, debe llenar vuestro corazón -repuso el caballero.

-Si os aconsejo que desistáis de realizar esta peregrinación que yo hago, es, principalmente, por mi deseo de evitaros esta sensación de constante incertidumbre que me acompaña. Sean cuales fueren los peligros que lograreis sortear, no encontraríais jamás un momento de seguridad para vuestra llama; siempre habríais de vivir con la zozobra de que el instante próximo habría de robárosla.

Pero Roberto Taillefer levantó la cabeza y dijo con orgullo:

-Lo que tú has hecho por salvar tu llama, sabré hacerlo yo por la mía.

Raniero había llegado a Italia. Un día cabalgaba por un solitario sendero de la montaña. Una mujer se le acercó presurosa y le pidió fuego.

-Nuestro fuego se ha apagado y mis hijos tienen hambre. Préstame el fuego de tu vela para que yo pueda encender mi hogar y cocer pan para los míos.

Y extendió la mano hacia la vela; pero Raniero se la negó, porque quería que aquella llama no encendiera más que las velas del altar de la Virgen.

Mas la mujer le dijo:

-¡Dame fuego, peregrino, pues la vida de mis hijos es la llama que debo mantener encendida!

Y en virtud de aquellas palabras dejó Raniero que encendiera la torcida de su lámpara en la sagrada llama.

Unas horas más tarde iba Raniero por una aldea. Estaba situada en lo alto de la montaña, y hacía un frío intensísimo. Un joven labrador se le acercó y contempló al pobre caballero cubierto con sus harapos de peregrino. Rápidamente quitose la corta capa y se la arrojó. Pero la capa cayó precisamente sobre la luz y apagó la llama.

Entonces Raniero pensó en aquella mujer que le había pedido fuego. Rápidamente desanduvo un buen trecho, y volvió a encender la vela en el sagrado fuego.

Cuando se disponía a continuar el camino, le dijo:

-Tú decías que la llama que está bajo tu custodia es la vida de tus hijos. ¿Podrías decirme el nombre de la que yo llevaba?

-¿Dónde fue encendida? -preguntó la mujer.

-En la tumba de Cristo -contestó Raniero.

-Entonces su nombre solo puede ser clemencia y amor al prójimo.

Raniero sonrió al oír esta respuesta, porque no comprendía que precisamente él tuviera que representar tales virtudes y ser su peregrino.

Raniero cabalgaba por deliciosas cordilleras azuladas, cuando observó que se encontraba en las cercanías de Florencia. Pronto, pues, terminaría su misión, y ante esta idea recordó su tienda de Jerusalén, rebosante de botín de guerra, y a sus valientes compañeros de cruzada, que tanto se alegrarían al verle de nuevo entre ellos dispuesto a reanudar el oficio de las armas para conducirles a la victoria.

Raniero se dio cuenta de que este pensamiento no le causaba la menor satisfacción. Sus ideas iban tomando un rumbo muy distinto. Y por primera vez reconoció que ya no era el mismo que partió a la conquista de Jerusalén. Aquella peregrinación, con su vela encendida, habíale enseñado a amar todo cuanto era paz, compasión y cordura, y a aborrecer la violencia y el latrocinio.

Ya en su patria causábale gran placer encontrar gentes que trabajaban en la paz de su hogar, lo que le hizo sentir la necesidad de incorporarse a su viejo taller para producir bellas obras de arte.

-No cabe duda; esta llama me ha transformado por completo -se decía-, ha hecho de mí otro hombre.

V

Cabalgando de espaldas, con la capucha echada sobre la cara y sosteniendo la vela encendida en la mano, Raniero entró en Florencia por la Pascua.

Apenas traspuesta la puerta de la ciudad, le recibió un mendigo con la consiguiente exclamación:

-¡Pazzo, pazzo!

A los gritos del mendigo pronto se unieron los de un pillete y un vagabundo que yacían todo el día en el suelo contemplando el desfile de las nubes:

-¡Pazzo, pazzo!

Este alboroto bastó para atraer otras gentes y multitud de chiquillos que salían de todos los rincones y que, al ver a Raniero haraposo y en tal guisa sobre el ruin caballejo, le gritaban también:

-¡Pazzo, pazzo!

Pero Raniero habíase habituado a que le llamaran así, y prosiguió tranquilamente a través de las populosas calles sin prestar oídos a semejantes gritos.

Mas hubo uno que, no contento con gritar, se abalanzó sobre el peregrino dispuesto a arrebatarle la vela, y Raniero limítose a elevar el brazo para que no le apagara la llama y a espolear su jamelgo para huir de aquella multitud, lo que no podía lograr por cuanto todos se lanzaron en su persecución más decididos cada vez a apagarle la candela.

Cuánto más se esforzaba Raniero por salvar la llama, más se enardecía la multitud. Los más atrevidos saltaban sobre las espaldas de los otros, hinchaban cuanto podían los carrillos y soplaban con fuerza. Al fracasar, arrojaban sus gorras; pero, por ser tantos los que pretendían extinguir la llama, tal vez nadie lo conseguía.

En la calle reinaba un alboroto tremendo. En las ventanas desternillábanse de risa muchos espectadores y hasta los fieles que se encaminaban a la iglesia deteníanse gozosos ante aquel espectáculo.

Raniero habíase puesto de pie sobre la silla para mejor defender la llama y como habíasele caído la capucha aparecía al descubierto su faz, pálida y demacrada como la de un mártir.

La diversión pública degeneró en tumulto. Hasta las personas mayores empezaron a tomar parte activa en el suceso, sin exceptuar a las mujeres que agitaban sus mantillas para apagar la vela.

Así llegó Raniero junto al balcón de una casa donde asomábase una mujer. Esta inclinose sobre la baranda y le arrebató la vela al peregrino; penetrando apresuradamente, tras esto, en la habitación.

En la calle resonaron grandes carcajadas de júbilo, y Raniero, por la fuerte impresión recibida, se tambaleó en la silla y se desplomó al suelo.

Al verle tendido, como exánime, la multitud se dispersó como por arte de encantamiento. Nadie socorría al caído; solo el caballo permanecía junto a él.

Cuando la calle quedó desierta salió de su casa Francesca degli Uberti con una vela encendida en la mano.

Seguía tan bella como siempre; sus rasgos tenían una expresión suave y sus ojos eran profundos y severos.

Se acercó a Raniero e inclinose sobre él. Estaba inmóvil; pero tan pronto como el reflejo de la llama hirió su rostro, se movió y levantose. Parecía completamente fascinado por aquella llama. Cuando Francesca vio que recobraba el conocimiento, le dijo:

-Aquí tienes tu vela. Te la he arrebatado porque comprendí que te interesaba mantenerla encendida. No pude ayudarte de otro modo.

Raniero había quedado magullado y molido por la caída; pero ya nada debía detenerle. Levantose lentamente, quiso andar, vaciló y estuvo a punto de volver a desplomarse. Entonces intentó montar a caballo. Francesca le ayudó

-¿Adónde quieres ir? -le preguntó cuando estuvo sentado nuevamente en la silla.

-Quiero ir a la Catedral -respondió.

-Entonces, vamos, porque yo también voy a misa -dijo cogiendo el caballo por las bridas.

Francesca había reconocido a Raniero inmediatamente; pero no él a su esposa, pues no tuvo tiempo ni intención de contemplarla.

Durante todo el camino permanecieron silenciosos. Raniero solo pensaba en su llama y en el modo de mantenerla segura durante estos últimos momentos. Francesca no se atrevía a pronunciar palabra porque en su corazón abrigaba el temor de que Raniero había vuelto loco a su patria. De un momento a otro esperaba ver confirmados sus temores.

Al cabo de un rato oyó Raniero un sollozo y vio a Francesca degli Uberti que caminaba sollozando a su lado. Pero Raniero solo la contempló un momento, sin decirle palabra alguna. Quería pensar en la llama únicamente.

Se hizo conducir a la sacristía. Allí bajó del caballo y dio las gracias a Francesca por su ayuda, sin fijarse en ella por no apartar la vista de la llama. Y penetró completamente solo en la sacristía en busca del sacerdote.

Francesca entró en la iglesia. Era el Viernes Santo que precede a la semana de Pascua y en señal de luto todas las velas se hallaban apagadas en sus altares. Francesca sentía que la llama de la esperanza que había ardido en ella, también hallábase extinguida.

En la Iglesia reinaba animación. Muchos sacerdotes se hallaban ente los altares. En el coro había, sentados, numerosos canónigos presididos por el obispo.

Momentos después observó Francesca cierta excitación entre los sacerdotes. Casi todos los que no tomaban parte en la misa levantáronse y se encaminaron a la sacristía. Por último, les siguió el obispo.

Cuando la misa hubo terminado, acercose al coro uno de los sacerdotes y habló a los fieles. Les informó de que Raniero di Ranieri había traído a Florencia fuego sagrado de Jerusalén. Narró las aventuras y padecimientos que había soportado el caballero por el camino, y le ensalzó con entusiasmo.

Los fieles quedáronse asombrados ante aquellas palabras. Francesca no había vivido jamás una hora más feliz.

-¡Oh, Dios! Esta es una felicidad mayor de la que yo puedo soportar -susurró como un suspiro.

Al escuchar aquella peroración, sus ojos vertían lágrimas.

El sacerdote habló largo tiempo, entusiasmado. Por último, exclamó con voz potente:

-Quizá os parezca cosa insignificante el haber traído una llama hasta Florencia. Mas yo os digo: rogad a Dios para que conceda a Florencia muchos portadores del fuego eterno, porque entonces nuestra ciudad alcanzará más gloria y poderío que todas las ciudades.

Cuando el sacerdote hubo terminado su peroración abriéronse de par en par las grandes puertas de la catedral, y una procesión espléndida e improvisada hizo irrupción en el templo. Canónigos, monjes y sacerdotes atravesaron la nave central hacia el altar mayor. El último era el obispo, y a su lado se hallaba Raniero envuelto en la misma capa que había llevado durante toda su peregrinación.

Cuando este hubo traspuesto el umbral de la iglesia, alzose un anciano y se acercó a él. Era Oddo, el padre de aquel pobre muchacho que por culpa de Raniero se había ahorcado.

Cuando el anciano hallose ante el obispo y Raniero, se inclinó y dijo en voz tan alta que pudieran oírle todos los fieles reunidos en la iglesia:

-Es un acontecimiento para Florencia el que Raniero haya traído fuego sagrado de Jerusalén. Una cosa semejante no ha acontecido nunca, y como tal vez haya alguien que crea que esto no es posible, ruego a todos los reunidos que pidan a Raniero pruebas y testimonios que acrediten la verdad de que este fuego ha sido encendido, efectivamente, en Jerusalén.

Al escuchar estas palabras, Raniero exclamó:

-¡Que Dios me ayude! No tengo testigos. La peregrinación la emprendí solo. Para ello sería preciso que vinieran los desiertos y los yermos a ofreceros su testimonio.

-Raniero es un hombre leal -dijo el obispo- y creemos en su palabra.

-Raniero podía haber supuesto que el hecho daría lugar a dudas; no debía haber cabalgado solo. Sus escuderos podrían, pues, dar testimonio – replicó Oddo.

Entonces, Francesca degli Uberti se destacó de la multitud, y dijo:

-¿Para qué testigos? Todas las mujeres de Florencia se hallan dispuestas a jurar que Raniero dice la verdad.

Raniero sonriose y su cara resplandeció un momento. Pero nuevamente volvió a dirigir sus pensamientos y su mirada a la llama.

Prodújose entonces un gran tumulto en la iglesia. Algunos sostenían que Raniero no debía encender las velas del altar antes de que estuviera comprobada la verdad de sus palabras, y a estos uniéronse muchos de sus antiguos enemigos.

Entonces levantose Jacobo degli Uberti y habló en favor de Raniero.

-Todos saben que no es grande la amistad que le profeso a mi yerno; pero ahora debemos defenderle tanto mis hijos como yo. Creemos que, en efecto, ha realizado esta proeza, y comprendemos que el que ha sido capaz de ello es un hombre sensato, prudente y noble. Por este motivo le recibiremos con alegría entre nosotros.

Pero Oddo y otros muchos no se dejaron convencer.

Raniero comprendió que en caso de pelea, sus enemigos atentarían, ante todo, contra su luz. Y mientras clavaba la mirada en sus adversarios, alzó la vela por encima de su cabeza cuanto le fue posible.

Estaba pálido como la muerte y parecía desesperado. Solo esperaba la derrota final, aunque procuraba prolongar el momento todo lo posible. ¿De qué le serviría poder encender la llama? Las palabras de Oddo habían sido un golpe mortal para él, al sembrar la duda. Era como si Oddo hubiera apagado su llama para siempre.

Un pajarillo entró revoloteando por el gran portal del templo. Voló precisamente en dirección a la vela de Raniero, quien no habiendo podido apartarla a tiempo hubo de ver cómo el avecilla chocaba con ella y la extinguía.

Raniero bajó el brazo, y las lágrimas brotaron de sus ojos. Pero en seguida sintió cierto alivio. Esto era preferible a que las gentes apagaran la llama.

El pajarillo prosiguió su alocado vuelo por el interior de la iglesia, tal como suelen hacerlo los pájaros que penetran en un espacio cerrado.

De pronto una exclamación vibró por toda la iglesia:

-¡El pajarillo, arde! ¡La llama sagrada ha encendido sus alas!

El pajarillo piaba temeroso. Revoloteó unos momentos de acá para allá como una llama errante bajo la alta bóveda del coro y, por último, cayó muerto ante el altar de la Madonna.

En aquel momento se hallaba Raniero junto a él. Se había abierto paso entre la multitud; nada había podido detenerle. Y en las llamas que tostaban las alas del pajarillo encendió las velas del altar de la Madonna.

Entonces el obispo alzó su cetro y exclamó:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

Y todo el pueblo, reunido en la iglesia, tanto sus amigos como sus adversarios, olvidaron sus dudas y su asombro y estupefactos ante aquel milagro divino, exclamaban:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

De Raniero queda todavía por relatar que gozó de mucha felicidad y consideración durante toda su vida. Fue prudente, sensato y compasivo. Pero el pueblo de Florencia continuó llamándole Pazzo degli Ranieri en recuerdo de haberle tomado por loco. Y esto fue para él un título de honor. Raniero conviniose en el tronco de una estirpe que tomó el nombre de Pazzi y que todavía existe.

Hay que recordar también que desde entonces en Florencia se inició la costumbre de celebrar una fiesta anual el Viernes Santo en conmemoración de la vuelta de Raniero a Florencia con el fuego sagrado, y en dicha fiesta se hace volar siempre por la Catedral un pájaro artificial encendido. También este año se habrá celebrado la fiesta, de no haberse iniciado alguna variación.

Si es verdad -como muchos suponen- que los portadores de fuego sagrado que ha vivido en Florencia y hecho de esta ciudad una de las más magníficas de la Tierra, han tomado a Raniero por modelo, encontrando en su ejemplo valor para sacrificarse y sufrir abnegadamente, es cosa que queremos pasarla en silencio.

Pero la eficacia de aquella luz emanada de Jerusalén en los tiempos tenebrosos es incalculable.

Fuente: Lagerlöf, Selma. Algunas leyendas de Cristo, FCE, Fondo 2000. Primera edición, 1996, México.

El crepúsculo del diablo

Rómulo Gallegos

En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado “el Diablo” presenciando el desfile carnavalesco.

La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan a la calle por donde pasa “la carrera”, se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase.

Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe que vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; a ratos erótica, excitante, aquella música era el canto de la raza oscura, llena de tristeza y de lascivia, cuya alegría es algo inquietante que tiene mucho de trágico.

El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados y nunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sintió en su corazón, relámpagos de sangre que otra vez, no sabe cuándo, atravesaron su vida. Es el sortilegio de la música que escarba en el corazón del Diablo, como un nido de escorpiones. Bajo el influjo de estos sentimientos se va poniendo sombrío; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta y dura taladra en el aire una visión de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diabólicos antojos de dominación; sobre el escabullado del araguaney, sus dedos ásperos de uñas filosas, se encorvan en una crispatura de garras.

Al lado suyo, uno de los que junto con él están sentados en el borde de la pila, le dice:

-Ah, compadre Pedro Nolasco, ¿no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?

El Diablo responde malhumorado:

-Ya esto no es carnaval ni es ná.

El otro continúa evocador:

-¡Aquellos volatines que ponían la cuerda de ventana a ventana! ¡Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarrás al garrote! ¡Y que se zumbaban de veras! ¡Aquellos Diablos!

Por aquí andaban las nostalgias de Pedro Nolasco.

Era él uno de los diablos más populares y constituía la nota típica dominante, de la fiesta plebeya. A punto de mediodía echábase a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, y su enorme “mandador” y de allí en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que a veces llenaba cuadras enteras y contra la cual se revolvía de pronto blandiendo el látigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.

Buenos verdugones levantó más de una vez aquella fusta diabólica en las pantorrillas de chicos y grandulones. Y todos la sufrían como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeldía, tal que si fuera un flagelo de lo Alto. Era la tradición: contra los latigazos del diablo nadie apelaba a otro recurso sino al de la fuga.

Posesionado de su carácter, dábalos Pedro Nolasco con verdadera indignación, que le parecía la más justa de las indignaciones, pues una vez que se vestía de diablo y se echaba a la calle, olvidábase de la farsa y juzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquillería.

Esta, por su parte, procedía como si se hiciese estas reflexiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros y al que sabe serlo como es debido hay que soportarle los latigazos.

Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria y sus aledaños y allí no había muchacho que no corriese detrás de él aullando hasta enronquecer y arriesgando el pellejo.

Respetábanlo como a un ídolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban a hablar de él y su misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conocían sino de nombre y muchos se lo forjaban de la manera más fantástica. Para algunos Pedro Nolasco no podía ser un hombre como los demás, que trabajaba y vivía la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no salía de su casa durante todo el año y solo aparecía en público en el Carnaval, en su carácter absurdamente sagrado de diablo. Conocer a Pedro Nolasco, saber cuál era su casa y estar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con él era algo como poseer la privanza de un príncipe. Se podía llenar la boca quien tal afirmaba, pues, esto solo adquiría gran ascendiente entre la chiquillería de la parroquia.

Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparecía como un héroe tutelar. Referíase que muchos años atrás, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco había realizado una proeza de consagración a “su cuerda”. Había para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que tenía tanto partido como el de Candelaria y que había dicho que ese día invadiría los dominios de este para echarle cuero a él y a su turba. Súpolo Pedro Nolasco y fue en busca de él, seguido de su hueste ululante. Topáronse los dos bandos y el diablo de San Juan arremetió contra la turba del otro, con el látigo en alto acudió en su defensa el de Candelaria y antes de que el rival bajase el brazo para “cuerearlo” le asestó en la cara un formidable cabezaso que a él le estropeó los cuernos y al otro le destrozó la boca. Fue un combate que no se hubiera desdeñado de cantar el Dante.

Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo único contra quien nadie se atrevía, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado y querido de los suyos, a pesar del escozor de las pantorrillas y quizás por esto mismo, precisamente.

Pero corrió el tiempo y el imperio de Pedro Nolasco empezó a bambolear. Un foetazo mal dado, marcó las espaldas de un muchacho de influencia, y lo llevó a la policía; y como Pedro Nolasco se sintiese deprimido de aquel arresto que autorizaba el hecho insólito de una protesta contra su férula, hasta entonces inapelable, decidió no disfrazarse más, antes que aceptar tal menoscabo de su majestad.

II

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente el Carnaval había degenerado.

Estando en estas reflexiones Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en una mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada, como tras un señuelo.

Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.

Al día siguiente, martes de carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.

Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrilla y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.

Quedó solo este y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.

Pero inmediatamente reaccionó y movido por un instinto el cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.

Arremolinose la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.

Pero el payaso conocía las señales del tiempo y tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.

Volvió a resonar, como en los buenos tiempos, el ululato ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo sino odio.

Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación; ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.

Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla gritó: ¡Muchachos! Piedras con el diablo.

Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.

Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrusco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de este el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.

Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpura se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros que, al verlo venir, alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.

La pedreá continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.

Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! Él había querido libertar a “su pueblo” de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce jugar con el peligro.

Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho y comenzó a desbandarse.

Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.

Luego el payaso emprendió la fuga. Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.

Fuente: Gallegos, Rómulo. La rebelión y otros cuentos. Librería y Editorial del Maestro, 1946, Caracas. Pág. 38.

Una voz turbadora

Naguib Mahfuz

Estaba sentado en el casino Al Sagara, su local matutino, tomando café y fumando un cigarrillo. Observaba el agua tranquila del Nilo o el cielo claro de julio, cuyo color desvanecía la fuerza del sol.

Pensaba con inquietud. Cerró los ojos para concentrarse, y al abrirlos de nuevo vio su cuaderno de notas abierto por una página en blanco y el lápiz atravesado, como para indicar algo.

Miró en torno al jardín y vio que había solo dos personas en un sitio y otras dos en otro. Incluso el camarero estaba sentado en el antepecho del Nilo, como si estuviera de vacaciones.

Él no era el único que había ido allí para trabajar, intentando inspirarse en aquel cálido día de julio para escribir un nuevo artículo con que llenar su columna «Ayer y hoy» en su revista semanal.

Cada semana tenía que escribir sobre un tema nuevo, y su felicidad dependía de su éxito en el trabajo: su bonito apartamento, su esposa, su hijo de dos años, su coche Opel, además de su apartamento de soltero en el edificio Al Sharq que le servía para cualquier situación imprevista.

«Que el cielo sea generoso en ideas.»

Miró a través de las gafas el palacio situado al otro lado del río. Las puertas y las ventanas estaban cerradas, y las paredes parecían arder bajo los intensos rayos del sol. No se percibía el menor movimiento en ningún sitio, incluso los árboles estaban inmóviles como estatuas.

«¡Si viviera en un palacio y no tuviera que preocuparme por ganarme la vida ni nada que hacer, excepto la contemplación!»

El hombre suspiró y, mirando los posos del café en el fondo de la taza, pensó:

«Tengo ideas y proyectos, pero me paso la vida registrando observaciones inútiles y encontrando soluciones conocidas para los consabidos problemas. ¡Uff!»

-Profesor Adham -dijo una suave voz por encima de su cabeza-. Buenos días.

El hombre se dio la vuelta, disimulando su sorpresa con una sonrisa. Luego, dejando a un lado sus pensamientos, dijo:

-Nadra, qué alegría verte.

Se estrecharon la mano y ella se sentó frente a él, colocando su bolso blanco sobre la página en blanco.

-Lo he visto de espaldas desde la calle y lo he reconocido.

-¿Cuándo me reconocerás de frente, igual que de espaldas?

-Su rostro está impreso en mi corazón -bromeó ella.

El hombre miró la figura perfecta de la chica y su cara, rebosante de juventud. A pesar de que era una adolescente, iba completamente maquillada y con las uñas pintadas.

Sin dar importancia a su broma, él le preguntó:

-¿Ibas o volvías de una cita?

-No me gustan las citas matutinas. Solo estaba dando una vuelta con el coche, sin ningún propósito.

«¡Sin ningún propósito! Vaya forma de hablar, pero tú tienes treinta y cinco años y ella diecisiete. Está lo suficientemente liberada como para provocar el interés de un hombre casado, con un apartamento de soltero.»

Ella era una lectora apasionada de Françoise Sagan y le había atraído desde la misma noche que la conoció con un grupo de amigos en el Sans souci.

Hablaba de forma extraordinaria sobre el arte y la vida, y no tenía reparos, en determinadas circunstancias, en contar algún chiste verde. Había estudiado escenografía, tras abandonar los estudios universitarios, y tal vez aspiraba a convertirse en actriz. Había escrito algunos guiones pero, a pesar de su belleza, no se los habían publicado en ninguna revista ni los habían difundido por la radio.

La última vez que se encontraron, en presencia de varios amigos, ella explicó que se sentía atraída por el existencialismo y el ateísmo.

-¿Qué te pido? -dijo él, y luego continuó en un tono casi serio-: ¿O lo dejamos para cuando estemos en mi apartamento?

-Pídeme un café, y deja de soñar.

El hombre le ofreció un cigarrillo y se lo encendió. La joven empezó a beber el café haciendo caso omiso a sus insistentes miradas, hasta que él le preguntó en broma:

-¿Cómo van tus inquietudes existencialistas?

-Bien. Pero anoche no dormí más de dos horas.

-Piensa y filosofa.

-Una discusión con mis padres, como sabes.

El hombre recordó con inquietud el tema que quería tratar en serio. Sin embargo, ella continuó, imitando el tono de sus padres:

-Continúa tus estudios… cásate… no trasnoches como los jóvenes…

Un disco rayado. Pero la chica era guapa, y el encuentro una fuente de inspiración. ¡Quién sabe! Mas él tenía que terminar su artículo, aunque tuviera que cancelar los compromisos nocturnos.

-¿Y cómo van a comprender a una joven filósofa? -preguntó él.

Con un gesto en el que le daba a entender que se dejara de bromas, ella respondió:

-Nadie quiere reconocer que me estoy esforzando en vivir a mi manera, pero vivo con la gente de la caverna.

El hombre recordó la aparición del padre de ella en la televisión y dijo:

-Yo creía que tu padre era un hombre moderno.

-¡Moderno!

-Al menos, comparado con el mío.

-¿Comparado con la edad de piedra? -dijo la joven, conteniendo la risa.

Él miró a lo lejos, como si estuviera soñando, y dijo con fascinación:

-¡La edad de piedra! Si pudiéramos regresar a ese periodo, aunque fuera durante una hora, te llevaría en mi espalda, sin ningún reparo, a mi caverna en el edificio de Al Sharq.

-Te he dicho que dejes de soñar. Y déjame decirte a qué he venido.

-¡Ah! Entonces ¿no nos hemos encontrado por casualidad?

-Sabes bien que conozco tu costumbre de escribir aquí cada mañana.

-Entonces, vamos a mi apartamento, que es un sitio más adecuado para hablar de algo tan importante -dijo él con cierta ironía.

La chica, sin parar de fumar, contestó:

-¿No ves que no estoy bromeando?

Luego, mirándolo fijamente con sus ojos color miel, añadió:

-Una vez me prometiste que me presentarías al profesor Ali Al Kabir.

-¿Lo dices en serio? -preguntó él con interés.

-Completamente.

-Sin duda, le admiras como actor.

-Claro.

Se miraron, y luego él dijo:

-Tiene cuarenta y cinco años.

-Ya lo sé. ¿No has oído hablar de la fascinación del tiempo?

-Ya lo creo, pero aún he oído hablar más de la tragedia del tiempo.

-Eres como una especie de consejero moral en la columna de «Ayer y hoy», en cambio aquí…

-¿Cuál es mi papel en la historia?

-Tú eres su mejor amigo.

-Tiene una hija de tu edad.

-Sí, creo que estudia en la Facultad de Derecho.

Él se quedó pensativo; luego dijo:

-Dime qué estás pensando. ¿Quieres destruir su matrimonio y casarte con él?

La chica sonrió y respondió:

-Yo no quiero destruir nada.

-¿Se trata solo de amor?

Ella se limitó a encogerse de hombros, sin decir nada.

-¿Crees que eso te convertirá en una estrella? -preguntó él.

-¡No soy una oportunista!

-¿Entonces?

-Debes mantener tu promesa.

De pronto él tuvo una idea y exclamó:

-Me has inspirado para escribir un artículo.

-¿De qué se trata?

-El amor libre, antes y ahora.

-Dime más.

El hombre continuó, sin intentar frenar su entusiasmo:

-Por ejemplo, antes, cuando una chica se comportaba como tú, se decía que era una perdida. Sin embargo, ahora se dice que se debe a la ansiedad propia de la época o que es un síntoma de ansiedad filosófica.

-¡Tú perteneces a la edad de piedra! -dijo ella, enfadada-, aunque vayas de progresista.

-¿Y qué esperas de alguien cuyos antepasados vivían en la edad de piedra?

-¿Es que no puedes considerarme un ser humano, exactamente igual que tú?

-Si tú eres narcisista…

-Tú te burlas de mí, y mi padre me regaña.

-¿Y tú?

-Te repito que debes mantener tu promesa.

-Permíteme que primero te informe sobre él. Es un gran artista, un primer actor, según la opinión de muchos. Y sigue una táctica habitual a la que no está dispuesto a renunciar: cuando conoce a una chica como tú, se la lleva inmediatamente a su apartamento, cerca de las pirámides, y comienza donde otros terminan.

-Te agradezco tu amable consejo.

-¿Todavía quieres conocerlo?

-Sí.

-Bien -dijo él desafiante-, pero te pido un pago por anticipado.

La chica movió la cabeza con gesto interrogativo y un mechón de cabello negro le cayó por la frente.

Quiero que me pagues viniendo al apartamento de Al Sharq.

Ella sonrió, incrédula, sin hacer ningún comentario.

-¿De acuerdo? -insistió él.

-Estoy segura de que tu mente es más limpia que todo eso.

-¡Qué le voy a hacer! Estoy contagiado del espíritu de la época.

-No mezcles las bromas con las cosas serias.

Luego añadió, disculpándose:

-Te he hecho perder tu valioso tiempo.

Ella encendió el tercer cigarrillo. Se intercambiaron una larga mirada y sonrieron. Él empezó a pensar de nuevo en su artículo; se había despejado el malentendido y volvía a tener una sensación de calor y humedad.

-Eres un reaccionario disfrazado de moderno -le dijo ella en broma.

-Nada de eso. Lo que sucede es que tú no eres sincera contigo misma. Pero eres deliciosa y tus bromas son muy divertidas. Prepararé el encuentro en mi oficina. Ven, por casualidad, el miércoles a las nueve.

-Gracias.

-Soy yo quien debe darte las gracias por mi próximo artículo.

-Veremos lo que eres capaz de hacer.

-Cuando escribo, me convierto en alguien totalmente distinto.

Ella se rio y le rectificó:

-Te atienes a lo que crees que debes decir, aun a costa de mentirte a ti mismo.

-Tal vez. La verdad es que lo mejor de mí todavía no se ha expresado.

La chica, al darse cuenta de que él miraba su cuaderno de notas, cogió su bolso y lo puso en una silla vacía. Él estaba observando de nuevo el palacio cerrado a cal y canto, admirando su magnificencia. Le gustaban los balcones que daban al jardín, y aún más los del piso de arriba, sostenido cada uno por dos columnas en forma de obelisco. ¡Qué bello sería sentarse en uno de esos balcones a la luz de la luna, libre para pensar, sin compromisos ni tradiciones! O poseer un yate y viajar por los mares conociendo gente y países sin fronteras, mientras tu mujer te espera sin moverse de El Cairo. Jugar con flores en Hawái y olvidar la columna «Ayer y hoy» y todos los problemas relacionados con la pobreza, la ignorancia y la enfermedad… mirando hacia lo desconocido y dejando de lado en un momento toda la historia humana.

«Tienes numerosas dudas acerca de tu talento, pero las eclosiones las disuelven. Son extraños estallidos que provocan el asombro e ignoran el concepto de responsabilidad, ininteligibles, incuestionables e incontrolables, aunque los comentaristas de las tabernas y fumaderos de opio se ofrezcan a explicarlos.»

-Nadra, ¿qué piensas del absurdo?

-Lo encuentro muy razonable -dijo ella con entusiasmo.

-Juega conmigo como un sueño.

-Yo estoy pensando en escribir una obra de teatro del absurdo y presentarla en el teatro El Aráis -dijo Nadra; luego añadió, suspirando con tristeza-: Si no hubiera sido por mi padre, habría podido escribir una historia descabellada, basada en mis experiencias.

-Me gustaría que me incluyeras en esas experiencias -bromeó él.

-En lugar de burlarte, piensa en el rotundo éxito que podría tener.

Ambos permanecieron un rato en un delicioso silencio, dejándose llevar por la fantasía. De pronto, una voz fuerte les hizo volver a la realidad. La voz gritó: «¡Hu!» Vieron a un hombre que iba en una barca con las velas plegadas, como si estuviera parado o se moviera de forma tan lenta que parecía que no avanzaba. Estaba a punto de alcanzar el antepecho del Nilo por la otra parte, a unos dos metros de donde ellos estaban sentados. El hombre tiraba de la barca con una cuerda larga enrollada a su espalda. Se echaba hacia delante, forzando los músculos con gran empeño, y la barca se deslizaba más lenta que una tortuga sobre el agua inmóvil y bajo un aire como muerto.

Un anciano vestido con galabeya y turbante se puso de pie en la proa y observó con lástima el esfuerzo del otro.

El hombre y la mujer, por su parte, sintieron rabia e impotencia pero no dijeron nada.

El que tiraba de la barca continuó con su duro trabajo, poniendo en él todo su esfuerzo, hasta que llegó al punto donde ellos estaban sentados. Era un joven de unos veinte años, de piel oscura y rasgos marcados. Llevaba la cabeza afeitada, iba descalzo y vestía una galabeya descolorida que dejaba ver parte del pecho y de las piernas, estas con las venas hinchadas por el esfuerzo.

Tenía los ojos saltones y la boca rígida, y agachaba la cabeza para protegerse el rostro del intenso sol. Cada vez que se sentía exhausto, se paraba un momento para respirar profundamente. Entonces el anciano le gritaba:

-¡Vamos, con fuerza! Y él exclamaba:

-¡Hu!

El joven continuó su dura lucha. Cuando pasó junto a ellos, aspiraron el olor de su cuerpo, mezcla de sudor y polvo. Hicieron un gesto de asco, y Nadra acercó su delicada nariz a un pañuelo perfumado. Intentaron disimular el fastidio y siguieron mirando atentamente la dura lucha sostenida por el joven. Le vieron moverse paso a paso hasta que se cansaron y dirigieron su atención a otra parte. Luego se miraron sonrientes y encendieron un cigarrillo.

Fuente: Mahfuz, Naguib. La taberna del gato negro, Ediciones Martínez Roca, 2011

El vaso de leche

Manuel Rojas

Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.

Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.

Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:

-I say; look here! (¡Oiga, mire!)

El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:

-Hallow! What? (¡Hola! ¡Qué?)

-Are you hungry? (¿Tiene hambre?)

Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:

-No, I am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hombre. Muchas gracias, marinero.)

-Very well. (Muy bien.)

Sacose la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.

Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:

-Are you hungry?

No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:

-Yes, sir, I am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre.)

Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentose en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.

El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.

Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.

Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcose ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después… La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.

Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación.

Después que se fue el vapor anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.

Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.

*

Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.

Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que atreviose a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.

Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.

A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.

Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercose a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.

Contestole el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.

-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos… No tengo más.

Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue. Le acometió entonces una desesperación aguda. ¿Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era obscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso. Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga… Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.

Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.

No pensaba huir; le diría al dueño: “Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar… Haga lo que quiera”.

Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.

Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.

En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir. Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y parose a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo unas miradas que parecían pedradas.

¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido.

Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigiose a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.

Apenas estuvo en la calle, afirmose los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.

Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigiose hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.

Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:

-¿Qué se va a servir?

Sin mirarla, le contestó:

-Un vaso de leche.

-¿Grande?

-Sí, grande.

-¿Solo?

-¿Hay bizcochos?

-No; vainillas.

-Bueno, vainillas.

Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador. Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.

Pausadamente tomó una vainilla, humedeciola en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.

Afirmó la cabeza en las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.

*

Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:

-Llore, hijo, llore…

Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba pareciole que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.

Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste. En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.

Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.

Al fin se levantó y dijo simplemente:

-Muchas gracias, señora; adiós…

-Adiós, hijo… -le contestó ella.

Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.

Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.

De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.

Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.

Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.

Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.

Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.

Fuente: Rojas, Manuel. El vaso de leche (1927). El delincuente (Santiago de Chile: Zig-Zag, 1948, 215 págs.), págs. 29-41.

La mujer más pequeña del mundo

Clarice Lispector

En las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros¹, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, solo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los limites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña Flor. Y para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, pasó enseguida a recoger datos relacionados con ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas² está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabajo. Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador —como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada, la nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar—, jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída de la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirano. La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que solo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no tiene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato. Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocido. Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquel su rostro de lineas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que este sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano solo para sí? Lo que es verdad, no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la hija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diario.

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imagínense a ella sirviendo a la mesa aquí en casa! ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínimo. Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita madura del más pequeño ser humano. Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riendo.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla, pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En segundo lugar, si la propia cosa rara estaba riendo era porque, dentro de su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarillo. Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador. Y cuando este se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador —puédese incluso decir su «profundo amor», porque, no teniendo otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige que sea de mí, ¡de mí!, que el otro guste. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rió, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba, y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.

Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó a hacer anotaciones. Había aprendido a entender algunas de las pocas palabras articuladas de la tribu y a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo mismo. Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañeó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo mismo. Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo solo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.

Fuente: Lispector, Clarice. Lazos de familia (1960), páginas 73-81. Editorial Montesinos, primera edición 1988.

Cuentos para tahúres

Rodolfo Walsh

Salió no más el 10 -un 4 y un 6- cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros.

  -Lo que quieran… -dijo.

  Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata.

  -La suerte es la suerte -dijo con una lucecita asesina en la mirada-. Habrá que irse a dormir.

  Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido.

  -Hay que saber perder -dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín-: Total, venimos a divertirnos.

  – ¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.

   Flores lo midió de arriba abajo.

  -¡Vos, siempre rezando! -dijo con desprecio.

  Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores.

  El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.

  -El cuatro -cantó alguno.

  En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y ahora buscaba otra vez el 4.

  El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa:

  -¡Voy diez a la contra! -Después se volvía a quedar dormido.

  Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó:

  -¡El cuatro!

  En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo.

  Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: “Pobre Flores, era demasiada suerte”. Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero.

  En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.

  “Le erraron a Flores”, pensé en el primer momento, “y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte.”

  Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.

  Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48.

  Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.

   Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo -¡lo que es ser distraído!-, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los “chivos” tenía el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor.

  Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.

  Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer momento.

  Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo -dijeron- los vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga.

  El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa -y eran ocho o nueve- pudo pegarle el tiro a Zúñiga.

  Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos veces, tres veces… y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.

  Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso…

  Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñiga -por algún antiguo rencor, tal vez- le había puesto los dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación humillante en la que nadie creería.

Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados.

  Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los “chivos” y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa.

  Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor…

Fuente: Cuentos para tahúres y otros relatos policiales. S.L.U. ESPASA LIBROS. ISBN: 9788467010497, 2003.

La obra de arte

Anton Chejov

Sacha Smirnov, hijo único, entró con mustio semblante en la consulta del doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las noticias de la Bolsa.

–¡Hola, jovencito! ¿Qué tal nos encontramos? ¿Qué se cuenta de bueno? -le preguntó, afectuosamente, el médico.

Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al corazón, dijo con voz temblorosa y agitada:

–Mi madre, Iván Nikolaevich, me rogó que lo saludara en su nombre y le diera las gracias… Yo soy su único hijo, y usted me salvó la vida…, me curó de una enfermedad peligrosa…, y ninguno de los dos sabemos cómo agradecérselo.

–Está bien, está bien, joven -lo interrumpió el médico, derritiéndose de satisfacción-. Sólo hice lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar.

–Soy el único hijo de mi madre… Somos gente pobre y, naturalmente, no podemos pagarle el trabajo que se ha tomado, pero… por eso mismo estamos muy avergonzados… y le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de nuestro agradecimiento, esto que… Es un objeto muy valioso, de bronce antiguo…, una verdadera obra de arte, muy rara…

–¡Para qué se ha molestado! No hacía falta -dijo el médico frunciendo el ceño.

–No, por favor, no lo rechace -prosiguió murmurando Sacha, mientras desenvolvía el paquete-. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es un objeto muy hermoso…, de bronce antiguo… Pertenecía a mi difunto padre y lo guardábamos como un recuerdo, casi como una reliquia… Mi padre se dedicaba a comprar objetos de bronce antiguos para venderlos a los aficionados. Ahora mi madre y yo seguiremos ocupándonos en lo mismo.

Sacha acabó de desenvolver el paquete y colocó triunfalmente sobre la mesa el objeto en cuestión. Era un candelabro, no muy grande, pero efectivamente de bronce antiguo y de admirable labor artística. Un pedestal sostenía un grupo de figuras femeninas ataviadas como Eva, y en tales posturas que me encuentro incapaz de describirlas, tanto por falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería, y todo en ellas atestiguaba claramente que, a no ser por la obligación que tenían de sostener una palmatoria, de buena gana habrían saltado del pedestal y organizado una juerga de tal categoría que sólo pensar en ella avergonzaría al lector.

El médico contemplaba el regalo con aire preocupado, rascándose la oreja, y por fin emitió un sonido inarticulado, sonándose con gesto inseguro.

–Sí; es un objeto realmente hermoso -consiguió murmurar-, pero verá usted, no es del todo correcto… Eso no es precisamente un escote… Bueno, Dios sabe lo que es.

–Pero ¿por qué lo considera usted de ese modo?

–Porque ni el mismo diablo podía haber inventado nada peor… Colocar encima de mi mesa este objeto sería echar a perder la respetabilidad de la casa.

–Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor -exclamó Sacha, ofendido-. Pero mírelo usted bien. Se trata de una verdadera obra de arte. Hay en ella tal belleza y gracia que eleva nuestra alma y hace acudir lágrimas a nuestros ojos. ¡Fíjese qué movimiento, qué ligereza, cuánta expresión!

–Lo comprendo muy bien, querido -lo interrumpió el médico-. Pero debe darse cuenta de que yo soy padre de familia, mis hijitos andan de un lado para otro y vienen señoras a verme.

–Claro, mirándolo desde el punto de vista del vulgo -dijo Sacha-, este objeto de tanto valor artístico resulta completamente distinto… Pero usted, doctor, se halla tan por encima de la masa. Además, si lo rehúsa, nos apenará profundamente. Usted me salvó la vida…, y lo único que siento es no tener la pareja de este candelabro.

–Gracias, buen muchacho; le estoy muy agradecido. Salude a su madre, pero hágase cargo, palabra de honor, que por aquí andan mis niños y vienen señoras… ¡Bueno, qué se le va a hacer! ¡Déjelo! De todos modos no lograré hacerle comprender mi situación.

–No hay más que hablar -dijo Sacha muy alegre-: el candelabro se pondrá aquí, al lado de este jarrón. ¡La lástima es que no tenga la pareja! ¡Sí, es una verdadera pena! Bueno… ¡Adiós, doctor!

Cuando se fue Sacha, el médico permaneció un buen rato rascándose la nuca con aire pensativo.

“Es indiscutible que se trata de un objeto de arte -decía para sí-, y sería una pena tirarlo. Sin embargo, es imposible tenerlo en casa… ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalarlo o qué favor podría pagar con él?”

Después de muchas cavilaciones recordó a su buen amigo el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por un asunto que le arregló.

“Perfectamente -decidió el médico-; como es un gran amigo no me aceptará dinero y será necesario hacerle un regalo. Voy a .llevarle este condenado candelabro. Precisamente es soltero y algo calavera.”

Y, sin esperar más, se vistió rápidamente, cogió el candelabro y se fue a ver a Ujov, a quien encontró casualmente en casa.

–¡Hola, amigo! -exclamó al entrar-. Vine para darte las gracias por las molestias que te tomaste conmigo, y como no quieres aceptar mi dinero, al menos acepta este objeto. Sí, querido amigo, se trata de un objeto valiosísimo…

Al ver el candelabro, el abogado prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo.

–¡Vaya un objeto! -exclamó el abogado, echándose a reír-. ¡Ni el mismo demonio sería capaz de inventar algo mejor! ¡Es estupendo! ¡Magnífico! ¿Dónde encontraste esta preciosidad?

Después de exteriorizar así su entusiasmo, echó una mirada temerosa a la puerta, y dijo:

–Sólo que, hermano, por favor guarda tu regalo. No lo quiero.

–¿Por qué? -inquirió el médico, asustado.

–Pues porque… a mi casa suele venir mi madre y también los clientes… Incluso delante de la criada resultará algo molesto…

–¡Ni hablar! ¡No te atreverás a hacerme este desaire! -exclamó, gesticulando, el galeno-. Esto sería un feo por tu parte. Además, tratándose de una obra de arte…, y fíjate qué movimiento…, cuánta expresión. ¡No digas nada más o me enfado!

–Si al menos llevasen unas hojitas…

Pero el médico no lo dejó continuar y empezó a hablar con gran vehemencia, gesticulando. Finalmente pudo irse contento a su casa por haberse deshecho del regalo.

En cuanto se marchó el doctor, el abogado se quedó contemplando el candelabro, le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, e, igual que su anterior dueño, estuvo cavilando sobre la misma cuestión. ¿Qué iba a hacer con aquel regalo?

“Es una obra magnífica -pensaba-. Sería lástima tirarla, pero tampoco es posible guardarla. Lo mejor será regalarlo a alguien… ¿Y si lo llevara esta noche al cómico Schaschkin. A este sinvergüenza le gustan objetos de esta clase y, además, hoy tiene un festival benéfico…”

Y dicho y hecho, por la noche envolvió el candelabro en un papel y lo envió al cómico Schaschkin.

El camerino del artista estuvo lleno toda la tarde; a cada momento entraban hombres a contemplar el regalo: allí sólo se oía un rumor mezcla de exclamaciones y de risas, algo así como un relinchar. Cuando alguna de las artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, en seguida se oía la voz ronca del cómico que gritaba:

­–No chica, no. Estoy sin vestir.

Después de aquel espectáculo, el cómico, alzando sus brazos y gesticulando, decía todo preocupado:

–Bueno, ¿y dónde meteré yo esta porquería de candelabro? Tengo un piso particular, pero es imposible llevarlo allí. Vienen a verme artistas, y esto no es una fotografía que se pueda esconder en el cajón de la mesa.

–Puede venderlo, señor -le aconsejó el peluquero, consolándolo-. No muy lejos de aquí vive una vieja que compra antigüedades… Pregunte por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.

El cómico siguió este consejo…

Dos días más tarde, cuando el médico Kochelkov estaba sentado en su gabinete con la cabeza entre las manos y pensando en los ácidos biliares, se abrió la puerta de repente y entró en la habitación Sacha Smirnov. Sonreía resplandeciente de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en un papel de periódico.

–¡Doctor! -exclamó todo sofocado-. ¡Figúrese qué alegría! Ha sido una suerte enorme para usted. Hemos encontrado la pareja de su candelabro… Mi madre está tan contenta… Usted me salvó la vida.

Y Sacha, cuya voz temblaba de emoción, colocó delante del médico el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su lengua estaba paralizada.

Fuente: www.ciudadseva.com

Mi primera historia

Etgar Keret

Escribí mi primera historia hace veintiséis años en una de las bases del ejército con más seguridad de Israel. Por aquel entonces tenía diecinueve años y era un soldado espantoso y deprimido que contaba los días para terminar su servicio militar obligatorio. Escribí la historia durante un turno especialmente largo en una sala de ordenadores aislada y sin ventanas, en las profundidades de las entrañas de la tierra. Me quedé de pie en medio de esa sala helada y miré fijamente la página impresa. No podía explicarme a mí mismo por qué la había escrito y qué propósito se suponía que tenía. El hecho de que hubiera tecleado todas esas frases inventadas era emocionante, pero también me daba miedo. Sentí como si tuviera que encontrar a alguien que leyera la historia enseguida, e incluso si no le gustaba o no la entendía, podría tranquilizarme y decirme que haberla escrito era perfectamente normal y no otro paso más en mi camino hacia la locura.

El primer lector potencial no llegó hasta catorce horas más tarde. Era el sargento picado de viruelas que se suponía que tenía que relevarme y hacer el siguiente turno. Con una voz que intenté que sonara tranquila, le dije que había escrito un cuento y que quería que lo leyera. Se quitó las gafas de sol y dijo con indiferencia: «Ni de coña. Que te jodan».

Subí unos cuantos pisos hasta la planta baja. El sol que acababa de salir me cegaba. Eran las seis y media de la mañana y necesitaba un lector desesperadamente. Como suelo hacer cuando tengo un problema, me encaminé a casa de mi hermano mayor.

Pulsé el botón del portero automático a la entrada del edificio y la voz somnolienta de mi hermano respondió. «He escrito una historia —dije—. Quiero que la leas. ¿Puedo subir?» Hubo un breve silencio, y entonces mi hermano dijo con voz de disculpa: «No es buena idea. Has despertado a mi novia y se ha cabreado». Tras otro momento de silencio, añadió: «Espérame ahí. Me visto y bajo con el perro».

Unos pocos minutos más tarde apareció con su pequeño perro de aspecto desteñido. Estaba feliz de poder ir a pasear tan temprano. Mi hermano me quitó la página impresa de la mano y empezó a leer mientras caminaba. Pero el perro quería quedarse quieto y encargarse de sus asuntos en el árbol cercano a la entrada del edificio. Trató de atrincherarse con sus pequeñas garras en la tierra y resistir, pero mi hermano estaba demasiado inmerso en la lectura para percatarse y, un minuto después, me encontré a mí mismo intentando alcanzarle mientras bajaba a paso rápido por la calle, arrastrando al pobre perro tras él.

Por suerte para el perro, la historia era muy corta, y cuando mi hermano se detuvo dos manzanas después recuperó el equilibrio y, volviendo a su plan inicial, se encargó de sus asuntos.

—Esta historia es impresionante —dijo mi hermano—. Alucinante. ¿Tienes otra copia?

Le dije que sí. Me dedicó una sonrisa de hermano-mayororgulloso-de-su-hermano-pequeño, después se inclinó y utilizó la página impresa para recoger la mierda del perro y la tiró al cubo de la basura.

Y ese es el momento en el que me di cuenta de que quería ser escritor.

Incluso si no era consciente de ello, mi hermano me había dicho algo: que la historia que escribí no era el papel arrugado y untado de mierda que ahora descansa en el fondo del cubo de la basura de la calle. Esa página solo era un conducto por el que podía transmitir mis sentimientos de mi mente a la suya. No sé cómo se siente un mago la primera vez que consigue realizar un hechizo, pero probablemente es algo similar a lo que sentí en ese momento; había descubierto la magia que sabía que me ayudaría a sobrevivir los dos largos años que me quedaban hasta que me licenciara.

Fuente: Etgar Keret. Los siete años de abundancia. DeBolsillo. 2014

Tres Marías

Teutila Correa Zapata

Así: eran tres. ¿Cuál era la más bonita? Nadie podría decirlo. En sus mejillas lucía el tenue color de rosa de un amanecer de abril, y en sus ojos el brillo intenso y sereno de un cielo tropical. ¡Dieciocho años! ¿Qué más se necesitaba para ser bella y hermosa? ¡Ojalá y no se necesitara más para ser feliz también!

Salida apenas de la pubertad, la mujer conserva todavía sus gracias infantiles, que las curvas deliciosas de la juventud van esfumando poco a poco, para reinar en lo absoluto y mostrar el triunfo completo de un cuerpo escultural. ¿Y quién no advierte que la belleza femenina impresiona más que cualquiera otra belleza? ¿Qué pueden ser la gracia del pájaro, la hermosura de una flor, la suntuosa armonía del mismo cielo al despuntar la aurora y aparecer el sol, ante la belleza de la joven mujer? Nada, absolutamente nada, porque ella es pájaro, flor y sol al mismo tiempo.

La alegría del pájaro que canta volando de rama en rama, no cautiva tanto como la risa alegre de la mujer hermosa. La flor que se mece en el tallo movido por la brisa, no tiene la gracia que el cimbreante talle de la joven que al pasar nos cautiva sin saberlo. La luz del sol, esplendorosa como es, no se compara con esa luz de los bonitos ojos, en cuyas miradas creemos encontrar el misterio profundo de los cielos.

Pájaro inquieto, perfumada flor, sol esplendente, más que todo eso es la mujer más hermosa; y como el pájaro que a veces llora cantando, la flor que se muere esparciendo su aroma, y el sol que se envuelve en nubes borrascosas, ella también tiene sus quebrantos; la aureola de la juventud no significa aureola de felicidad, y con sus risas va mezclado el llanto.

Eran tres. ¿Cuál era la más bonita? Nadie podría decirlo. Amigas inseparables pasan alegres por las umbrosas calles de la alameda atrayendo la vista y arrancando suspiros de los jóvenes, que con mirada ansiosa siguen sus siluetas garbosas y arrogantes. Entre risas y cuchicheos se cuentan sus secretos, que sin duda alguna son secretos de amor.

–Saben ustedes anoche se me declaró Manuel.

–Y tú, ¿qué le dijiste?

–Que no, redondamente.

–¿Qué defecto le encuentras?

–Ninguno, pero…

–Lo que pasa es que María a quien quiere es a Fernando.

–Pues para que vean ustedes que Fernando a mí, nunca me ha dicho nada.

–Pero es el que te gusta.

–¡Claro, como que es tan guapo! -Yo recibí una carta, si vieran…

–¿Una carta?

–¿De quién?

–De uno que no conozco. Es una carta para morirse de risa. Sentémonos en esta banca para que yo se las lea, la traigo aquí en mi bolsa. Dice así: “Señorita: la adoro. Ofrezco a usted mi corazón lleno de sufrimiento, por el tormento de este amor que yo siento. Si usted correspondiera a este sentimiento, al momento…”

Tres sonoras carcajadas llenaron el aire de notas cristalinas.

–Déjale de mi cuenta, María, le mandaré un ungüento…

–Yo también recibí una carta, pero ésta sí vale la pena.

–Ninguna carta de amor merece la pena, María, no seas tonta.

–¿Por qué?

–Todas están llenas de tonterías…

–Entonces ¿cómo se declara un enamorado?

–En un paseo, en un baile.

–A propósito de baile ¿van mañana al del Casino Español?

–No María, mañana cumpliré un año de huérfana, mi madre murió ese día…, le llevaré unas flores-. Y la alegre fisonomía de la joven tornose triste, y de sus lindos ojos donde parecía hallarse el profundo misterio de los cielos, se desprendió una lágrima.

–Dichosa tú, María, que puedes llorar el recuerdo de tu madre, que puedes regar una tumba con tus flores y tus lágrimas. Yo canto y me río porque aún no sé llorar; pero nadie, nadie podrá comprender lo que sufre una expósita como yo, al querer adivinar quién sería la madre cruel que la entregó al nacer en una casa de cuna…

–Les envidio a las dos: la huérfana que llora la ausencia eterna de una madre cariñosa y buena, llora, sí; pero sus lágrimas son dulces, y su recuerdo, es un recuerdo sagrado. La abandonada que ignora quién le dio el ser, muy bien puede pensar que su madre tal vez, no fue una delincuente, sino una desgraciada. Yo, también canto y me río porque aún no se llorar; pero mi dolor es el dolor más amargo que puede experimentar una hija, porque yo…, yo tengo madre…, pero…, me avergüenzo de ella…

Fuente: www.eraseunavezuncuentoenlinea.mx

La voz de la tortuga

Guillermo Cabrera Infante

Caguama: Es la especie que alcanza mayor tamaño entre las tortugas marinas, 1

legando a pesar veinte arrobas, pero su carne no es muy deseada.

Cuba en la mano, 1936

Siempre me pareció una extraña casualidad que conociera a mi suegra en La Habana cuando éramos del mismo pueblo, de donde ella salió niña para vivir al otro extremo de la isla. Es andar derecho por caminos torcidos.

     Cuando conocí a mi suegra se llamaba Carmela, pero no había nacido con ese nombre. A los cuatro años estuvo perdida varios días y su madre hizo una promesa a la virgen del Carmen: si la encontraban viva la llamaría Carmen. Al tercer día encontraron a la niña en una isla al otro lado del río, donde había caimanes entonces. En ese mismo río, de niño, yo había visto manatíes y todavía era salvaje. Carmela jura ahora que cruzó el río cargada por un hombre alto y flaco, de pelo largo, que caminó sobre el agua. Toda la familia creyó que quien la puso a salvo en la isla era nada menos que Jesús en persona. Desde entonces mi suegra se llama Carmen, Carmela.

     Ella me contó otra historia no menos increíble. Ocurrió cuando ella no tenía aún diez años. Un muchacho del pueblo se había enamorado de una belleza local y ella también se enamoró. Querían casarse pero él era muy pobre. Ella también era pobre. Todo el mundo en el pueblo era pobre. Pero él ni siquiera tenía trabajo. Desesperaban pero como toda gente joven esperaban. No sabían qué esperar pero tenían esperanzas. Un día él supo que no había futuro en el pueblo donde todo era pasado y decidió, junto con su mejor amigo, buscar fama y fortuna. Ironías del destino, encontró una pero no la otra aunque, por un momento, creyó que había encontrado ambas. La única fuente de vida del pueblo, se sabía, era el mar —y al mar se fue.

     Pero no se hizo a la mar sino que propuso a su amigo explorar la costa y juntos se dirigieron a Los Caletones, en dirección opuesta a la bahía y al río. En la costa de Los Caletones, entonces desierta, había aparecido un día un enorme cachalote que se varó en la playa y allí murió. Cuando lo descubrieron ya estaba podrido (supieron de su existencia por una gran concentración de auras, extraño porque los buitres no se aventuran al mar) y los emprendedores del pueblo, a pesar del hedor, lograron sacar de la carroña una gran cantidad de esperma que vendieron a buen precio en la capital. Los Caletones, pues, parecían promisorios.

     Pero recorrieron toda la playa y no encontraron más que estrombos y escombros. Derrotados decidieron regresar al pueblo, el muchacho que se quería casar más derrotado que su amigo que no se quería casar. (O en todo caso no enseguida.) Camino del pueblo, tratando de salir de entre dos dunas, vieron una caguama y ya ellos sabían de las caguamas lo que ustedes no saben.

La caguama es un reptil y como el caimán se mueve muy bien en el agua (ríos, los mares) pero muy mal en tierra. El mar es su verdadero elemento, donde puede pasar horas sumergida y sólo sube a respirar de tarde en tarde. Una vez que una caguama, que es el nombre indio para las tortugas gigantes, alcanza el mar, a poco de surgir torpe del huevo, sólo vuelve a tierra la hembra para desovar. Los machos, se sabe, no vuelven nunca. La caguama es lenta en tierra porque sus patas se han convertido en aletas natatorias y por su enorme peso, que a veces alcanza las dos mil libras. Otras pueden medir dos varas de ancho por tres de largo. Dice un zoólogo, “llevando consigo su armadura, que es su refugio” la caguama no necesita ser tan veloz como Aquiles para surcar los mares como Ulises. Pero la caguama sigue nadando aun cuando sale del mar para recorrer aleteando los pocos metros de playa que la separan de su nido. Así hace su viaje de ida y vuelta al mar. Como todos los reptiles, la caguama practica la fertilización interna y no es siempre fácil detectar su sexo. En muchas especies, sin embargo, es posible distinguir el sexo de un animal ya adulto. Cuando la caguama acaba de desovar, su sexo adquiere un aspecto curiosamente humano. Siempre se ha creído que la caguama ve mal y no oye nada, aunque algunas especies tienen voz, sobre todo en época de celo. Quienes han estado en contacto estrecho con una caguama, dicen que posee una inteligencia sólo posible a un mamífero.

La vieron los dos al mismo tiempo y al mismo tiempo pensaron lo mismo. Los dos muchachos eran de veras muy parecidos, sólo que uno era bien parecido y el otro no. Pero los dos eran igualmente fuertes y a menudo pulsaban con brazos idénticos, luchaban libres y ejecutaban otras hazañas de fuerza para deleite de ambos. Eran, de hecho, los muchachos más fuertes del pueblo, sólo que uno era listo y el otro no. Ahora el más listo de los muchachos concibió una idea que no tuvo que decirla a su amigo (a menudo los dos pensaban lo mismo al mismo tiempo) sino que decidió ponerla en práctica y su amigo lo secundó en segundos. Se trataba de apoderarse del enorme animal que avanzaba con gran trabajo hacia el mar. Venderían en una fortuna su carne (que era poco comestible), sus conchas de carey (aunque no era un carey) y la grasa almacenada debajo del carapacho, que se sabe (sólo ellos lo sabían) que es mejor que el unto de gallina. “Grasa de caguama, todo sana” decía un refrán que ellos conocían y tomaban por un verdadero axioma —aunque no supieran qué es un axioma.

     Ahora la caguama se detuvo alarmada no porque distinguiera siquiera a uno de los muchachos sino porque había sentido a través de las patas la vibración de los pies calzados corriendo en su dirección. Como a menudo en su trayecto, la caguama exhaló un suspiro, no porque presintiera su fin (la caguama llega a vivir cien años), sino porque este animal marino siempre suspira en tierra. (Algunos creen que es la exhalación del resto de energía que han necesitado para moverse en la arena, cuando detienen su marcha.) Sea como fuere, en su excitación ninguno de los dos muchachos oyó este sordo canto de sirena en tierra. (O tal vez uno de ellos sí lo oyó.) Cuando llegaron junto a la caguama gritaron de excitación y de entusiasmo y enseguida se pusieron a la tarea de voltear a la tortuga paralizada por la confusión. Se sabe que una caguama volteada más que inerme queda inerte y no puede recobrar su estado cuadrúpedo sin ayuda. Una caguama vuelta es una caguama muerta. Mejor que muerta para los dos muchachos: era una fortuna inmóvil. Con gritos de ánimo y mucha fuerza, más de la que habían malgastado juntos, lograron voltear al animal, que se quedó patas arribas y aleteando, como si ese otro elemento, el aire, fuera agua. Las caguamas, pensaron, no son tan inteligentes como nosotros. Aunque sólo uno de ellos fuera inteligente.

     Uno de los muchachos o tal vez el otro (eran indiscernibles) propuso ir a pedir prestada la rastra de su tío que vivía en el monte vecino. Ya ustedes saben lo que es un monte (cuando no es una montaña), pero tal vez pocos sepan qué es una rastra. Es un vehículo usado por los indios, de Norte y Sudamérica, donde lo llaman travois y sirve para suplir la rueda que nunca conocieron. Es, aunque simple, una gran invención. No hay más que buscar tres varas largas, dos sirven de ejes convergentes donde se aplica la fuerza, y de la tercera vara se hace una traviesa pero también puede llevar una armazón. Al extremo opuesto se le tira de la rastra que puede soportar un peso considerable. El tío propietario de la rastra vivía aparentemente cerca. El otro muchacho se fue por entre las dunas.

     Mientras tanto el primer muchacho se quedó vigilando la caguama. Sabía que estaba inmovilizada para siempre y no temía que se volteara, pero no estaba seguro de que alguien pudiera robarla en ese estado estático. Mientras vigilaba, el muchacho pensaba en la cantidad innúmera de peines, peinetas, estuches y otros objetos de lujo que podrían hacerse de semejante ejemplar. La caguama sería fuente de incontables riquezas en el pueblo. Llevarla hasta allá no precisaba ahora más que de fuerza, pero vender la caguama demandaba cacumen. Su amigo sólo podría arrastrarla pero sólo él sabría venderla y hacerse rico y casarse.

     En estas consideraciones en cadena estaba cuando, aburrido, decidió examinar la caguama de cerca. La piel del pecho y del vientre parecía dura pero era pálida, casi blanca, lo que le daba al animal ya vulnerable un aspecto suave y sedoso que desmentía su carapacho oscuro. La cobertera inferior terminaba en las aletas, que eran muy fuertes y remaban todavía en el aire, como si el animal no supiera que estaba inmóvil sobre su coraza. Las caguamas son estúpidas, pensó el muchacho. Ahora la caguama detuvo su pataleo y exhaló un soplido que era otro suspiro más fuerte. El muchacho se alarmó ante el sonido casi humano, mezcla de desespero y de resignación. Pero la curiosidad fue más fuerte que la alarma y siguió examinando al animal. Estúpida, estúpida. Fue entonces cuando hizo un descubrimiento que creyó maravilloso.

     El sexo de la caguama se había hecho visible de pronto. Después del desove, dice un naturalista, es frecuente que, debido al esfuerzo de poner decenas de huevos en muy poco tiempo o tal vez por una manifestación natural, la vagina de la caguama quede expuesta al aire —y en este caso a miradas indiscretas. Ahora la caguama exhibía su sexo, que parecía virgen (las tortugas, al revés del manatí, no tienen pelos en el pubis) y el muchacho sintió que la curiosidad cedía a lo que no era más que duro deseo. Decidió (o intuyó) que tenía que penetrar a la caguama, una hembra dispuesta. Ahí mismo, ahora mismo. Miró con un último pudor a todas partes. No vio a nadie. Los Caletones estaban siempre desiertos y a su amigo le tomaría todavía algún tiempo traer la rastra a rastras. El muchacho dio otra vuelta alrededor de la caguama y el animal al sentirlo se agitó un poco, pero volvió a quedarse tranquilo. El muchacho se acercó de nuevo a la pudenda que se movía con lo que le pareció una segura succión. El sexo depilado (o de niña) exhibió un temblor en sus partes más suaves. Movido por su propio sexo, el muchacho se abrió la rústica bragueta (no tuvo que bajarse los calzoncillos que por pobre no usaba) y extrajo su pene, que era grande y gordo y contrastaba en su color oscuro con la blancura de la hembra. (Aunque junto al animal su pene no parecía tan grande.) Se acercó hasta encimarse, casi acostarse, sobre la caguama. Con una mano (la izquierda: era zurdo) se agarró al carapacho y con ayuda de la otra mano introdujo el pene ansioso en la vasta vagina, que lo aceptó entero. Sintió un placer que le pareció descomunal, tal vez porque hasta entonces no conocía más que la masturbación, pero también porque era un placer animal: estaba cometiendo el pecado nefando de bestialismo pero era feliz porque no lo sabía. El éxtasis ocurrió segundos antes de que a su vez lo penetraran, al parecer, por todas partes al mismo tiempo.

Cuando una caguama está en celo (y la combinación del desove seguido por la penetración súbita había creado ahora en ella condiciones semejantes al celo) está sometida a fuerzas contrarias pero igualmente perentorias. Una fuerza es la parálisis: la pasividad de la hembra ante el ataque del macho. La otra fuerza es una actividad para asegurar el coito una vez que se inició. La fornicación ocurre siempre en alta mar, donde la pareja está ingrávida y al mismo tiempo bajo una presión marina superior a varias atmósferas. A veces las caguamas se aparejan en la misma corriente del Golfo visible desde la playa. La cópula está, pues, amenazada a menudo por elementos adversos. Pero la naturaleza, la evolución o lo que sea ha dotado a la caguama con un mecanismo de unión que supera todas las contrariedades. La hembra de la especie cuenta con un apéndice hecho del mismo material que su coraza, pero curvo y agudo en la punta, que sirve para retener al macho en firme durante el coito. Este gancho es un verdadero espolón que se mantiene oculto cuando el macho se encima a la hembra y trata de mantenerse en posición penetrante sobre el resbaladizo carapacho y entre las aguas,posición precaria que la hembra hace segura enseguida. El garfio (o más bien el arpón) se dispara desde su escondite en el interior de la hembra para hacer presa. Literalmente la hembra clava al macho debajo y por detrás. Sólo la dureza del carapacho (quelonio quiere decir coraza) impide que el caguamo sea, como la mantis macho, muerto por la hembra durante el coito.

     El otro muchacho, mientras tanto, regresaba a la playa arrastrando alegre su pesada rastra, demostrando lo fuerte que era. Casi cantaba. Cuando dejó detrás el monte y se abrió paso alegre por entre los matojos de la costa, vio de lejos lo que era ahora una pareja que se hacía más íntima cuanto más se acercaba. De pronto se detuvo, no por recato sino por miedo. Lo que vio no lo olvidaría nunca. Se acercó más. Sabía que una caguama es un animal pasivo (manso diría él) y aunque no sabía lo que ustedes saben, vio lo que vio. El otro muchacho, su amigo, estaba yerto sobre la tortuga y sangraba por todas partes por encima y por debajo de su pantalón: por las nalgas, por las piernas, por los pies y fuera de los zapatos de vaqueta. Un examen somero revelaría que el otro muchacho se había desmayado (no había muerto todavía aunque había causa para que muriera varias veces) y al acercarse todo lo que el miedo, el horror y la demasiada sangre que hacía un charco en la arena permitían al otro muchacho, vio por fin la inusitada arma (o un pedazo de ella) con que la caguama había ensartado a su amigo. Una autopsia, de haberla habido, habría mostrado que el aguijón del animal había penetrado al fornicador intruso poco más arriba del coxis, pero la acción curva del espolón había traspasado el ano de arriba abajo para dirigir después el garfio hacia el recto hasta perforarlo en sección transversal, más adentro había hecho trizas la próstata y finalmente había obliterado los dos testículos (o uno solo) hasta quedar la punta de la espuela como otro meato dentro del pene que estaba doblemente rígido.

     El otro muchacho comprendió que su amigo estaba herido de extrema gravedad y que moriría con certeza de quedarse en la playa. No trató de extricarlo, ni siquiera de moverlo. No por una inhibición inteligente o por misericordia sino porque estaba cada vez más asustado. Ahora no sabía si temer a la segura muerte de su único amigo o a la peligrosidad de la caguama, que le pareció una manifestación espantosa. Se le ocurrió una idea que en otras circunstancias habría sido salvadora: la rastra serviría para lo que había sido hecha y arrastraría a su amigo y a la caguama hasta el pueblo.

     Con más fuerza que pericia empujó los dos ejes de la rastra por la arena suelta y suave y los insertó lateralmente por debajo de la bestia. Cuando colocó bien el artefacto, lo aseguró con las sogas que había traído. Ató bien juntos a la caguama y su amigo que se veía lívido, pálido como la muerte. La palidez había acentuado sus rasgos perfectos que ahora parecían dibujados sobre su cara campesina. Comenzó a tirar de su carga feliz, infeliz.

     Cómo el otro muchacho logró arrastrar a la pareja las ocho leguas que lo separaban del pueblo es tan extraordinario como la tragedia que motivó esta hazaña. Llegó por fin al pueblo después del mediodía en medio de la indiferencia de siempre. Pero, como en todos los pueblos, la extraordinaria presencia congregó enseguida un público demasiado asombrado para reaccionar ante el horror de inmediato. Podía parecer una feria. Pero entre los que acudieron últimos, estaba la pretendida novia por un día cuyo horror tuvo un límite. Claro que reconoció enseguida a su novio. Lo que no vio es que ahora, ante la algarabía, había entreabierto él los ojos.      Nadie lo vio porque en ese momento la caguama, que, como todas las tortugas, era inmortal, exhaló una especie de alarido que no pareció salir de la boca de la bestia sino de entre los labios abiertos de la novia ante su pretendiente. El muchacho, todavía sobre la tortuga, cerró los ojos y por un momento creyó que soñaba con su noche nupcial.

Fuente: Guillermo Cabrera Infante. Todo está hecho con espejos. Cuentos completos. Alfaguara. 1999 

Mariana

Inés Arredondo

Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase, entretenida en dibujar casitas con techos de dos aguas y árboles con figuras de nubes, y un camino que llevaba a la casa, y patos y pollos, todo igual a lo que hacen los niños de primer año. Estábamos en sexto. Hace calor, el sol de la tarde entra por las ventanas; la madre Paz, delante del pizarrón, se retarda explicando la guerra del Peloponeso. Nos habla del odio de todas las aristocracias griegas hacia la imponente democracia ateniense. Extraño. Justamente la única aristocracia verdadera, para mí, era la ateniense, y Pericles la imagen en el poder de esa aristocracia; incluso la peste sobre Atenas, que mata sin equivocarse a “la parte más escogida de la población” me parecía que subrayaba esa realidad. Todo esto era más una sensación que un pensamiento. La madre Paz, aunque no lo dice, está también del lado de los atenienses. Es hermoso verla explicar —reconstruyendo en el aire con sus manos finas los edificios que nunca ha visto— el esplendor de la ciudad condenada. Hay una necesidad amorosa de salvar a Atenas, pero la madre Paz siente también el extraño goce de saber que la ciudad perfecta perecerá, al parecer sin grandeza, tristemente; al parecer, en la historia, pero no en verdad. Mariana me dio un codazo: “¿Ves? Por este caminito va Fernando y yo ya estoy parada en la puerta, esperándolo”, y me señalaba muy ufana dos muñequitos, uno con sombrero y otro con cabellera igual a las nubes y a los árboles, tiesos y sin gracia en mitad del dibujo estúpido. “Están muy feos”, le dije para que me dejara tranquila, y ella contestó:  “Los voy a hacer otra, vez”. Dio vuelta a la hoja de su cuaderno y se puso a dibujar con mucho cuidado un paisaje idéntico al anterior. Pericles ya había muerto, para estoy segura de que Mariana jamás oyó hablar de él.

Yo nunca la acompañé; era Concha Zazueta quien  me lo contaba todo.

A la salida de la escuela, sentadas debajo de la palmera, nos dedicábamos a comer los dátiles agarrosos caídos sobre el pasto, mientras Concha me dejaba saber, poco a poco, a dónde habían ido en el coche que Fernando le robaba a su padre mientras éste lo tenía estacionado frente al Banco. En los algodonales, por las huertas, al lado del Puente Negro, por todas partes parecían brotar lugares maravillosos para correr en pareja, besarse y rodar abrazados sofocados de risa. Ni Concha ni yo habíamos sospechado nunca que a nuestro alrededor creciera algo muy parecido al paraíso terrenal. Concha decía  “…y se le quedó mirando, mirando, derecho a los ojos, muy serio, como si estuviera enojado o muy triste y ella se reía sin ruido y echaba la cabeza para atrás y él se iba acercando, acercando, y la miraba. Él parecía como desesperado, pero de repente cerró los ojos y la besó; yo creí que no la iba a soltar nunca. Cuando los abrió, la luz del sol lo lastimó. Entonces le acarició una mano, como si estuviera avergonzado… Todo  lo vi muy bien porque yo estaba en el asiento de atrás y ellos ni cuenta se daban”.

¡Oh, Dios mío! Lo importante que se sentía Concha con esas historias; y se hacía rogar un poco para contarlas aunque le encantara hacerlo y sofocarse y mirar cómo las otras nos sofocábamos.

—¿Por qué se reía Mariana si Fernando estaba tan serio?

—Quién sabe. ¿A ti te han besado alguna vez?

—No.

—A mí tampoco.

Así que no podíamos entender aquellos cambios ni su significado.

Más y más episodios, detalles, muchos detalles, se fueron acumulando en nosotras a través de Concha Zazueta: Fernando tiraba poco a poco, por una puntita, del moño rojo del uniforme de Mariana mientras le contaba algo que había pasado en un mitin de la Federación Universitaria; tiraba poquito a poquito, sin querer, para cuando de pronto se desbarataba el lazo y el listón caía desmadejado por el pecho de Mariana, los dos se echaban a reír, y abrazados, entre carcajadas, se olvidaban por completo de la Federación. También hubo pleitos por cosas inexplicables, por palabras sin sentido, por nada, pero sobre todo se besaban y él la llamaba “linda”. Yo nunca se lo oí decir, pero aún ahora siento como un golpe en el estómago cuando recuerdo la manera ahogada con que se lo decía, apretándola contra sí, mientras Concha Zazueta contenía el aliento arrinconada en la parte de atrás del automóvil.

Fue el año siguiente, cuando ya estábamos en primero de Comercio, que Mariana llegó un día al Colegio con los labios rojo bermellón. Amoratada se puso la madre Julia cuando la vio.

—Al baño inmediatamente a quitarte esa inmundicia de la cara. Después vas a ir al despacho de la Madre Priora.

Paso a paso se dirigió Mariana a los baños. Regresó con los labios sin grasa y de un rojo bastante discreto.

—¿No te dije que te quitaras toda esa horrible pintura?

—Sí, madre, pero como es muy buena, de la que se pone mi mamá, no se quita.

Lo dijo con su voz lenta, afectada, como si estuviera enseñando una lección a un párvulo. La madre Julia palideció de ira.

—No tendrás derecho a ningún premio este año. ¿Me oyes?

—Sí, madre.

—Vas a ir al despacho de la Madre Priora… Voy a llamar a tus padres… Y vas a escribir mil veces: Debo ser comedida con mis superiores, y… y… ¿entendiste?

—Sí, madre.

Todavía la madre Julia inventó algunos castigos más, que no preocuparon en lo mínimo a Mariana.

—¿Por qué viniste pintada?

—Era peor que vieran esto. Fíjense.

Y metió el labio inferior entre los dientes para que pudiéramos ver el borde de abajo: estaba partido en pequeñísimas estrías y la piel completamente escoriada, aunque cubierta de pintura.

—¿Qué te pasó?

—Fernando.

—¿Qué te hizo Fernando?

Ella sonrió y se encogió de hombros, mirándonos con lástima.

Una mañana, antes de que sonara la campana de entrada a clases, Concha se me acercó muy agitada para decirme:

—Anoche le pegó su papá. Yo estaba allí porque me invitaron a merendar. El papá gritó y Mariana dijo que por nada del mundo dejaría a Fernando.

Entonces don Manuel le pegó. Le pegó en la cara como tres veces. Estaba tan furioso que todos sentimos miedo, pero Mariana no. Se quedó quieta, mirándolo. Le escurría sangre de la boca, pero no lloraba ni decía nada. Don Manuel la sacudió por los hombros, pero ella seguía igual, mirándolo. Entonces la soltó y se fue. Mariana se limpió la sangre y se vio la mano manchada. Su mamá estaba llorando. “Me voy a acostar”, me dijo Mariana con toda calma, y se metió a su cuarto. Yo estaba temblando. Me salí sin dar siquiera las buenas noches; me fui a mi casa y casi no pude dormir. Ya no la voy a acompañar: me da miedo que su papá se ponga así. Con seguridad que no va a venir.

Pero cuando sonó la campana, Mariana entró con su paso lento y la cabeza levantada, como todas las mañanas. Traía el labio de abajo hinchado y con una herida del lado izquierdo, cerca de la comisura, pero venía perfectamente peinada y serena.

—¿Qué te pasó? —le preguntó Lilia Chávez.

—Me caí —contestó, mientras miraba, sonriendo con sorna, a Concha—. Hormiga —le murmuró al oído, al pasar junto a ella para ir a tomar su lugar entre las mayores.

Hormiga se llamó durante muchos años a la Hormiga Zazueta.

Golpes, internados, castigos, viajes, todo se hizo para que Mariana dejara a Fernando, y ella aceptó el dolor de los golpes y el placer de viajar, sin comprometerse. Nosotras sabíamos que había un tiempo vacío que los padres podrían llenar como quisieran, pero que después vendría el tiempo de Fernando. Y así fue. Cuando Mariana regresó del internado, se fugaron, luego volvieron, pidieron perdón y los padres los casaron. Fue una boda rumbosa y nosotras asistimos. Nunca vi dos seres tan hermosos: radiantes, libres al fin.

Por supuesto que el vestido blanco y los azahares causaron escándalo, se hablaba mucho de la fuga, pero todo era en el fondo tan normal que pensé en lo absurdo que resultaba ahora Don Manuel por no haber permitido el noviazgo desde el principio. Aunque ella hubiera tenido entonces apenas trece o catorce años, si él no se hubiera opuesto con esa inexplicable fiereza… Pero no, encima de la mesa estaban una mano de Fernando y una mano de Mariana, los dedos de él sobre el dorso de la de ella, sin caricias, olvidadas; no era necesaria más que una atención pequeña para ver la presencia que tenía ese contacto en reposo, hasta ser casi un brillo o un peso, algo diferente a dos manos que se tocan. No había padre, ni razón capaces de abolir la leve realidad inexplicable y segura de aquellas dos manos diferentes y juntas.

Oscuro está en la boda de su hija, que se casa con un buen muchacho, hijo de familia amiga —y recibe con una sonrisa los buenos augurios— pero tiene en el fondo de los ojos un vacío amargo. No es cólera ni despecho, es un vacío. Mariana pasa frente a él bailando con Fernando. Mariana. Sobre su cara luminosa veo de pronto el labio roto, la piel pálida, y me doy cuenta de que aquel día, a la entrada de clases, su rostro estaba cerrado. Serena y segura, caminando sin titubeos, desafiante, sostiene la herida, la palidez, el silencio; se cierra y continúa andando, sin permitirse dudar, ni confiar en nadie, ni llorar. La boca se hincha cada vez más y en sus ojos está el dolor amordazado, el que no vi entonces ni nunca, el dolor que sé cómo es pero que jamás conocí: un lento fluir oscuro y silencioso que va llenando, inundando los ojos hasta que estallan en el deslumbramiento último del espanto. Pero no hay espanto, no hay grito, está el vacío necesario para que el dolor comience a llenarlo. Parpadeo y me doy cuenta de que Mariana no está ahí, pasó ya, y el labio herido, el rostro cada vez más pálido y los ojos, sobre todo los ojos, son los de su padre.

No quise ver a Mariana muerta, pero mientras la velábamos vi a Don Manuel y miré en sus facciones desordenadas la descomposición de las de Mariana: otra vez esa mezcla terrible de futuro y pasado, de sufrimiento puro, impersonal, encarnado sin embargo en una persona, en dos, una viva y otra muerta, ciegas ahora ambas y anegadas por la corriente oscura a la que se abandonaron por ellos y por otros más, muchos más, o por alguno.

Mariana estaba aquí, sobre ese diván forrado de terciopelo color oro, sentada sobre las piernas, agazapada, y con una copa en la mano. Alrededor de ella el terciopelo se arruga en ondas. Recuerdo sus ojos amarillos, mansos y en espera. “La víctima contaba con 34 años. “No pensaba uno nunca en la edad mirando a Mariana. Vine aquí por evocarla, en tu casa y contigo. Espera: hablaba arrastrando sílabas y palabras durante minutos completos, palabras tontas, que dejaba salir despacio, arqueando la boca, palabras que no le importaban y que iba soltando, saboreando, sirviéndose de ellas para gozar los tonos de su voz. Una voz falsa, ya lo sé, pero buscada, encontrada, la única verdaderamente suya. Creaba un gesto, medio gesto, en ella, en ti, en mí, en el gesto mismo, pero había algo más… ¿Te acuerdas? Adoraba decir barbaridades con su voz ronca para luego volver la cabeza, aparentando fastidio, acariciándose el cuello con una mano, mientras los demás nos moríamos de risa. Las perlas, aquel largo collar de perlas tras el que se ocultaba sonriente, mordisqueándolo, mostrándose. Los gestos, los movimientos. Jugar a la vampiresa, o jugar a la alegre, a la bailadora, a la sensual. Decir así quién era, mientras cantaba, bebía, bailaba. Pero no lo decía todo… ¿Te das cuenta de que nunca la vimos besar a Fernando? Y los hemos visto a los otros, hasta a los adúlteros, alguna vez, en la madrugada, pero a ellos no; lo que hacían era irse para acariciarse en secreto. En secreto murió aunque el escándalo se haya extendido como una mancha, aunque mostraran su desnudez, su intimidad, lo que ellos creen que es su intimidad. El tiempo lento y frenético de Mariana era hacia adentro, en profundidad, no transcurría. Un tanteo a ciegas, en el que no tenía nada que hacer la inteligencia. Sé que te parece que hago mal, que es antinatural este encarnizamiento impúdico con una historia ajena. Pero no es ajena. También ha sucedido por ti y por mí… La locura y el crimen… ¿Pensaste alguna vez en que las historias que terminan como debe de ser quedan aparte, existan de un modo absoluto? En un tiempo que no transcurre.

Husmeando, llegué a la cárcel. Fui a ver al asesino.

Ése es inocente. No; quiero decir, es culpable, ha asesinado. Pero no sabe.

Cuando entré me miró de un modo que me hizo ser consciente de mi aspecto, de mis maneras: elegante. Cualquier cosa se me hubiera ocurrido menos que me iba a sentir elegante en una celda, ante un asesino.

Sí, él la mató, con esas manos que muestra aterrado, escandalizado de ellas.

No sabe por qué, no sabe por qué, y se echa a llorar. Él no la conocía; un amigo, viajero también, le habló de ella. Todo fue exactamente como le dijo su amigo, menos al final, cuando el placer se prolongó mucho, muchísimo, y él se dio cuenta de que el placer estaba en ahogarla. ¿Por qué ella no se defendió? Si hubiera gritado, o lo hubiera arañado, eso no habría sucedido, pero ella no parecía sufrir. Lo peor era que lo estaba mirando. Pero él no se dio cuenta de que la mataba. Él no quería, no tenía por qué matarla. Él sabe que la mató, pero no lo cree. No puede creerlo. Y los sollozos lo ahogan. Me pide perdón, se arrodilla, me habla de sus padres, allá en Sayula. Él ha sido bueno siempre, puedo preguntárselo a cualquiera en su pueblo. Le contesto que lo sé, porque los premios a la inocencia son con frecuencia así. Para él son extrañas mis palabras, y sigue llorando. Me da pena. Cuando salgo de la celda, está tirado en el suelo, boca abajo, llorando. Es una víctima.

Me fui a México a ver a Fernando. No le extrañó que hiciera un viaje tan largo pero hablar con él. Encontró naturales mis explicaciones. Si hubiera sido un poco menos verdadero lo que me contó hasta hubiera podido estar agradecido de mi testimonio. Pero él y Mariana no necesitan testigos: lo son uno del otro. Fernando no regatea la entrega. Triunfa en él el tiempo sin fondo de Mariana, ¿o fue él quien se lo dio? De cualquier manera, el relato de Fernando le da un sentido a los datos inconexos y desquiciados que suponemos constituyen la verdad de una historia. En su confesión encontré lo que he venido rastreando: el secreto que hace absoluta la historia de Mariana.

“El día del casamiento ella estaba bellísima. Sus ojos tenían una pureza animal, anterior a todo pecado. En el momento en que recibió la bendición yo adiviné su cuerpo recorrido por un escalofrío de gozo. El contacto con ‘algo’ más allá de los sentidos la estremeció agudamente, no en los nervios importantes, sino en los nerviecillos menores que rematan su recorrido en la piel. Le pasé una mano por la espalda, suavemente, y sentí cómo volvían a vibrar; casi me pareció ver la espalda desnuda a sacudirse por zonas, por manchas, con un movimiento leonado. Ahora las cosas iban mejor: Mariana estaba consagrada… para mí. Pero me engañé: sus ojos seguían abiertos mirando el altar. Solamente yo vi esa mirada fija absorber un misterio que nadie podría poner en palabras. Todavía cuando se volvió hacia mí los tenía llenos de vacío.

“Miedo o respeto debía sentir, pero no, un extraño furor, una necesidad inacabable de posesión me enceguecieron, y ahí comenzó lo que ellos llaman mi locura.

“Podría decirse que de esa locura nacieron los cuatro hijos que tuvimos; no es así, el amor, la carne, existieron también, y durante años fueron suficientes para apaciguar la pasión espiritual que brilló por primera vez aquel día. Nos fueron concedidos muchos años de felicidad ardiente y honorable. Por eso creo, ahora mismo, que estamos dentro de una gran ola de misericordia.

“Fue otro momento de gran belleza el que nos marcó definitivamente.

“El sol no tenía peso; un viento frío y constante recorría las marismas desiertas; detrás de los médanos sonaba el mar; no había más que mangles chaparros y arena salitrosa, caminos tersos y duros, inviolables, extrañamente iguales al cielo pálido e inmóvil. Los pasos no dejan huella en las marismas, todos los senderos son iguales, y sin embargo uno no se cansa, los recorre siempre sorprendido de su belleza desnuda e inhóspita. Tomados de la mano llegamos al borde del estero de Dautillos.

“Fue ella la que me mostró sus ojos en un acto inocente, impúdico. Otra vez sin mirada, sin fondo, incapaces de ser espejos, totalmente vacíos de mí. Luego los volvió hacia los médanos y se quedó inmóvil.

“El furor que sentí el día de la boda, los celos terribles de que algo, alguien, pudiera hacer surgir aquella mirada helada en los ojos de Mariana, mi Mariana carnal, tonta; celos de un alma que existía, natural y que no era para mi; celos de aquel absorber lento en el altar, en la belleza, el alimento de algo que le era necesario y que debía tener exigencias, agazapado siempre dentro de ella, y que no quería tener nada conmigo. Furor y celos inmensos que me hicieron golpearla, meterla al agua, estrangularla, ahogarla, buscando siempre para mí la mirada que no era mía. Pero los ojos de Mariana, abiertos, siempre abiertos, sólo me reflejaban: con sorpresa, con miedo, con amor, con piedad. Recuerdo eso sobre todo, sus ojos bajo el agua, desorbitados, mirándome con una piedad inmensa. Después he recordado el pelo mojado, pegado al cuello, que parecía en aquel momento infantil; la sangre corriendo de la boca, de la oreja; el grito ronco de su agonía y mi amor de hombre gritando junto a su voz el dolor espantoso de verla herida, sufriente, medio muerta, mientras mi alma seguía asesinándola para llegar a producir su mirada insondable, para tocarla en el último momento, cuando ella no pudiera ya más mirarme a mí y no tuviera otro remedio que mirarme como a su muerte. Quería ser su muerte.

“Y sí, hubo un instante en que sus ojos vacíos, fijos en los míos, me llenaron de aquello desconocido, más allá de ella y de mí, un abismo en el que yo no sabía mirar, en el que me perdí como en una noche terrible. La solté, arrastré su cuerpo hasta la orilla y grité, grite echado sobre su vientre, mientras miraba los agujeros innumerables, las burbujas, los movimientos ciegos, el horror pululante, calmo y sin piedad de los habitantes de la orilla del estero; ínfimas manifestaciones de vida, ni gusanos ni batracios, asquerosos informes, torpes, pequeñísimos, vivos, seres callados que me hicieron llorar por mi enorme pecado, y entenderlo, y amarlo.

    “Desde entonces estoy aquí. Tomo las pastillas y finjo que he olvidado. Me porto bien, soy amable, asiento a todas las buenas razones que me da el médico y admito de buen grado que estoy loco. Pero ellos no saben el mal que me hacen. Lo primero que recuerdo después de aquello es que alguien me dijo que Mariana estaba viva; entonces quise ir a ella, pedirle perdón, lloré de dolor y arrepentimiento, le escribí, pero no nos dejaron acercar. Sé que vino, que suplicó, pero ellos velaron también por su bien y no la dejaron entrar. Decían que la nuestra era una pasión destructiva, sin comprender que lo único que podía salvarnos era el deseo, el amor, la carne que nos daba el descanso y la ternura.

“A mí, a fuerza de tratamiento, terminaron por quitarme todo lo que me hacía bien: sexo, fuerza, la alegría del animal sano, y me dejaron a solas con lo que pienso y nunca les diré.

“A ella la abandonaron a su pasión sin respuesta. Luego les extraño que comenzara a irse a los hoteles, sin el menor recato, con el primer tipo que se le ponía enfrente. Cuando una vez dije que era por fidelidad a nosotros que hacía eso, que no le habían dejado otra manera de buscarme, se alarmaron tanto que quisieron hacerme inmediatamente la operación. Por mi bien y salud me castrarán de todas las maneras posibles, hasta no dejar más que la inocente y envidiable vida primitiva, verdadera: la de los seres que pueblan las orillas de los esteros. “Me alegra poder decir lo que tengo que decir, antes de que me hagan olvidarlo o no entenderlo: yo maté a Mariana. Fui yo, con las manos de ese infeliz Anselmo Pineda, viajante de comercio; era yo ese al que Mariana buscaba en el cuerpo de otros hombres: jamás nadie la tocó más que yo; fui yo su muerte, me miró a los ojos y por eso ahora siento desprecio por lo que van a hacerme, pero no me da miedo, porque mucho más terrible que la idiotez que me espera es esa última mirada de Mariana en el hotel, mientras la estrangulaba, esa mirada que es todo el silencio, la imposibilidad, la eternidad, donde ya no somos, donde jamás volveré a encontrarla.”

Fuente: Inés Arredondo. UNAM. Colección: Cuadernos de Lectura. 2007.

El alimento del artista

Enrique Serna

A Alberto del Castillo

Dirá usted que de dónde tanta confiancita, que de cuál fumó esta cigarrera tan vieja y tan habladora, pero es que le quería pedir algo un poco especial, cómo le diré, un favor extraño, y como no me gustan los malentendidos prefiero empezar desde el principio, ¿no?, ponerlo en antecedentes. Usted tiene cara de buena persona, por eso me animé a molestarlo, no crea que a cualquiera le cuento mi vida, sólo a gentes con educación, con experiencia, que se vea que entienden las cosas del sentimiento.

     Le decía pues que recién llegada de Pinotepa trabajé aquí en El Sarape, de esto hará veintitantos años, cuando el cabaret era otra cosa. Teníamos un show de calidad, ensayábamos nuestras coreografías, no como ahora que las chicas salen a desnudarse como Dios les da a entender. Mire, no es por agraviar a las jóvenes pero antes había más respeto al público, más cariño por la profesión. Claro que también la clientela era diferente, venían turistas de todo el mundo, suizos, franceses, ingleses, así daba gusto salir a la pista. Yo entiendo a las muchachas de ahora, no se crea. ¿Para qué le van a dar margaritas a los puercos? Los de Acapulco todavía se comportan, pero llega cada chilango que dan ganas de sacarlo a patadas, oiga, nomás vienen a la Zona a molestar a las artistas, a gritarles de chingaderas, y lo peor es que a la mera hora no se van con ninguna, yo francamente no sé a qué vienen.

     Pues bueno, aquí donde me ve tenía un cuerpazo. Empecé haciendo un número afroantillano, ya sabe, menear las caderas y revolcarme en el suelo como lagartija, zangoloteándome toda, un poco al estilo de Tongolele pero más salvaje. Tenía mucho éxito, no es por nada pero merecía cerrar la variedad, yo me daba cuenta porque los hombres veían mi show en silencio, atarantados de calentura, en cambio a Berenice, la dizque estrella del espectáculo, cada vez que se quitaba una prenda le gritaban mamacita, bizcocho, te pongo casa, o sea que los ponía nerviosos por falta de recursos, y es que la pobre no sabía moverse, muy blanca de su piel y muy platinada pero de arte, cero.

     Fue por envidia suya que me obligaron a cambiar el número. No aguantó que yo le hiciera sombra. Según don Sabás, un gordo que administraba el cabaret pero no era el dueño, el dueño era el amante de Berenice, por algo sé de dónde vino la intriga, según ese pinche barrigón, que en paz descanse, mi número no gustaba. ¡Hágame usted el favor! Para qué le cuento cómo me sentí. Estaba negra. Eso te sacas por profesional, pensé, por tener alma de artista y no alma de puta. Ganas no me faltaron de gritarle su precio a Sabás y a todo el mundo, pero encendí un cigarro y dije cálmate, no hagas un escándalo que te cierre las puertas del medio, primero escucha lo que te propone el gordo y si no va contra tu dignidad, acéptalo.

     Me propuso actuar de pareja con un bailarín, fingir que hacíamos el acto sexual en el escenario, ve que ahora ese show lo dan dondequiera pero entonces era novedad, él acababa de verlo en Tijuana y le parecía un tiro. La idea no me hizo mucha gracia, para qué le voy a mentir, era como bajar de la danza a la pornografía, pero me discipliné porque lo que más me importaba era darle una lección a la Berenice, ¿no?, chingármela en su propio terreno, que viera que yo no sólo para las maromas servía. En los ensayos me pusieron de pareja a un bailarín muy guapo, Eleazar creo se llamaba, lo escogieron a propósito porque de todos los del Sarape era el menos afeminado, tenía espaldotas de lanchero, mostacho, cejas a la Pedro Armendáriz. Lástima de hombrón. El pobre no me daba el ancho, nunca nos compenetramos. Era demasiado frío, sentía que me agarraba con pinzas, como si me tuviera miedo, y yo necesitaba entrar un poco en papel para proyectar placer en el escenario, ¿no? Bueno, pues gracias a Dios la noche del debut Eleazar no se presentó en El Sarape. El día anterior se fue con un gringo que le puso un penthouse en Los Ángeles, el cabrón tenía matrimonio en puerta, por algo no se concentraba. Nos fuimos a enterar cuando ya era imposible cancelar el show, así que me mandaron a la guerra con un suplente, Gamaliel, que más o menos sabía cómo iba la cosa por haber visto los ensayos pero era una loca de lo más quebrada, toda una dama, se lo juro. Sabás le hacía la broma de aventarle unas llaves porque siempre se le caían, y para levantarlas se agachaba como si trajera falda, pasándose una mano por las nalgas, muy modosito él. Por suerte se me prendió el foco y pensé, bueno, en vez de hacer lo que tenías ensayado mejor improvisa, no te sometas al recio manejo del hombre, ahora que ni hombre hay, haz como si el hombre fueras tú y la sedujeras a esta loca.

     Santo remedio. Gamaliel empezó un poco destanteado, yo le restregaba los pechos en la cara y él haga de cuenta que se le venía el mundo encima, no hallaba de dónde agarrarme, pero apenas empecé a fajármelo despacito, maternalmente, apenas le di confianza y me puse a jugar con él como su amiga cariñosa, fui notando que se relajaba y hasta se divertía con el manoseo, tanto que a medio show él tomó la iniciativa y se puso a dizque penetrarme con mucho estilo, siguiendo con la pelvis la cadencia del mambo en sax mientras yo lo estimulaba con suaves movimientos de gata. Estaba Gamaliel metido entre mis piernas, yo le rascaba la espalda con las uñas de los pies y de pronto sentí que algo duro tocaba mi sexo como queriendo entrar a la fuerza. Vi a Gamaliel con otra cara, con cara de no reconocerse a sí mismo, y entonces la vanidad de mujer se me subió a la cabeza, me creía domadora de jotos o no sé qué y empecé a sentirme de veras lujuriosa, de veras lesbiana, mordí a Gamaliel en una oreja, le saqué sangre y si no se acaba la música por Dios que nos ponemos a darle de verdad enfrente de todo mundo.

     Nos ovacionaron como cinco minutos, lo recuerdo muy bien porque al salir la tercera vez a recibir los aplausos Gamaliel me jaló del brazo para meterme por la cortina y a tirones me llevó hasta mi camerino porque ya no se aguantaba las ganas. Tampoco yo, para ser sincera. Caímos en el sofá encima de mis trajes y ahí completamos lo que habíamos empezado en la pista pero esta vez llegando hasta el fin, desgarrándonos las mallas, oyendo todavía el aplauso que ahora parecía sonar dentro de nosotros como si toda la excitación del público se nos hubiera metido al cuerpo, como si nos corrieran aplausos por las venas.

     Después Gamaliel estuvo sin hablarme no sé cuántos días, muerto de pena por el desfiguro. Hasta los meseros se habían dado cuenta de lo que hicimos y comenzaron a hacerle burla, no que te gustaba la coca cola hervida, chale, ya te salió lo bicicleto, lo molestaban tanto al pobre que yo le dije a Sabás oye, controla a tu gente, no quiero perder a mi pareja por culpa de estos mugrosos. En el escenario seguíamos acoplándonos de maravilla pero él ahora no se soltaba, tenía los ojos ausentes, la piel como entumida, guardaba las distancias para no pasarse de la raya y esa resistencia suya me alebrestaba el orgullo porque se lo confieso, Gamaliel me había gustado mucho en el camerino y a fuerzas quería llevármelo otra vez de trofeo pero qué esperanza, él seguía tan profesional, tan serio, tan en lo suyo que al cabo de un tiempo dije olvídalo, éste nada más fue hombre de un día.

     Cuál no sería mi sorpresa cuando a los dos meses o algo así de que habíamos debutado me lo encuentro a la salida del Sarape, ya de mañana, borracho y con una rosa de plástico en la mano, diciendo que me había esperado toda la noche porque ya no soportaba el martirio de quererme. Dicen que los artistas no se deben enamorar, pero yo al amor nunca le saqué la vuelta, quién sabe si por eso acabé tan jodida. Gamaliel se vino a vivir conmigo al cuarto que tenía en el hotel Oviedo. Aunque nos veíamos diario cada vez nos gustábamos más. Lo de hacer el amor después del show se nos hizo costumbre, a veces ni cerrábamos la puerta del camerino de tanta prisa. Y cuidado con oír aplausos en otra parte, yo no sé qué nos pasaba, con decirle que hasta viendo televisión, cuando el locutor pedía un fuerte aplauso para Sonia López o Los Rufino, ya nomás con eso sentíamos hormigas en la carne. El amor iba muy bien pero al profesionalismo se lo llevó la trampa. Gamaliel resultó celoso. No le gustaba que fichara, me quería suya de tiempo completo. Para colmo se ofendía con los clientes que lo albureaban, y es que seguía siendo tan amanerado como antes y algunos borrachos le gritaban de cosas, que ese caldo no tiene chile, que las recojo a las dos, pinches culeros, apuesto que ni se les paraba, ninguno de ellos me hubiera cumplido como Gamaliel. Llegó el día en que no pudo con la rabia y se agarró a golpes con un pelirrojo de barbas que se lo traía de encargo. El pelirrojo era compadre del gobernador y amenazó con clausurar El Sarape. Sabás quiso correr a Gamaliel solo pero yo dije ni madres, hay que ser parejos, o nos quedamos juntos o nos largamos los dos.

     Nos largamos los dos. En la Zona de Acapulco ya no quisieron darnos trabajo, que por revoltosos. Fuimos a México y al poco rato de andar pidiendo chamba nos contrataron en El Club de los Artistas, que entonces era un sitio de catego. Por sugerencia del gerente modernizamos el show. Ahora nos llamábamos Adán y Eva y salíamos a escena con hojas de parra. El acompañamiento era bien acá. Empezaba con acordes de arpa, o sea, música del amor puro, inocente, pero cuando Gamaliel mordía la manzana que yo le daba se nos metía el demonio a los dos con el requintazo de Santana. Ganábamos buenos centavos porque aparte del sueldo nos pagaban por actuar en orgías de políticos. Se creían muy depravados pero dan risa. Mire, a mí esos tipos que se calientan a costa del sudor ajeno más bien me dan compasión, haga de cuenta que les daba limosna, sobras de mi placer. En cambio a Gamaliel no le gustaba que anduviéramos en el deprave. Ahora le había entrado el remordimiento, se ponía chípil por cualquier cosa. Es que no tenemos intimidad, me decía, estoy harto de que nos vean esos pendejos, a poco les gustaría que yo los viera con sus esposas.

     Aprovechando que teníamos nuestros buenos ahorros decidimos retirarnos de la farándula. Gamaliel entró a trabajar de manicurista en una peluquería, yo cuidaba el departamento que teníamos en la Doctores y empezamos a hacer la vida normal de una pareja decente, comer en casa, ir al cine, acostarse temprano, domingos en La Marquesa, o sea, una vida triste y desgraciada. Triste y desgraciada porque al fin y al cabo la carne manda y ahora Gamaliel se había quedado impotente, me hacía el amor una vez cada mil años, malhumorado, como a la fuerza y ¿sabe por qué? Porque le faltaba público, extrañaba el aplauso, que es el alimento del artista. Será por la famosa intuición femenina pero yo enseguida me di cuenta de lo que nos pasaba, en cambio Gamaliel no quería reconocerlo, él decía que ni loco de volver a subirse a un escenario, que de manicurista estaba muy a gusto, y pues yo a sufrir en la decencia como mujercita abnegada hasta que descubrí que Gamaliel había vuelto a su antigua querencia y andaba de resbaloso con los clientes de la peluquería.

     Eso sí que no lo pude soportar. Le dije que o regresábamos al talón o cada quien jalaba por su lado. Se puso a echar espuma por la boca, nunca lo había visto tan furioso, empezó a morderse los puños, a gritarme que yo con qué derecho le quería gobernar la vida si a él las viejas ni le gustaban, pinches viejas. Pues entonces por qué me regalaste la rosa de plástico, le reclamé, por qué te fuiste a vivir conmigo, hijo de la chingada. Con eso lo ablandé. Poco a poco se le fue pasando el coraje, luego se soltó a chillar y acabó pidiéndome perdón de rodillas, como en las películas, jurando que nunca me dejaría, ni aunque termináramos en el último congal del infierno.

     Como en la capital ya estábamos muy vistos fuimos a recorrer la zona petrolera, Coatzacoalcos, Reynosa, Poza Rica, ve que por allá la gente se gasta el dinero bien y bonito. Los primeros años ganamos harta lana. El problema fue que Gamaliel empezó a meterle en serio a la bebida. Se le notaba lo borracho en el show, a veces no podía cargarme o se iba tambaleando contra las mesas. El público lógicamente protestaba y yo a la greña con los empresarios que me pedían cambiarlo por otro bailarín. Una vez en Tuxpan armamos el escándalo del siglo. Yo esa noche también traía mis copas y nunca supe bien qué pasó, de plano se nos olvidó la gente, creíamos que ya estábamos en el camerino cogiendo muy quitados de la pena cuando en eso se trepan a la pista unos tipos malencarados que me querían violar, yo también quiero, mamita, darme chance, gritaban con la cosa de fuera. Tras ellos se dejó venir la policía dando macanazos, madres, a mí me tocó uno, mire la cicatriz aquí en la ceja, se armó una bronca de todos contra todos, no sé a quién le clavaron un picahielo y acabamos Adán y Eva en una cárcel que parecía gallinero, sepárenlos, decía el sargento, a esos dos no me los pongan juntos que son como perros en celo.

     Ahí empezó nuestra decadencia. Los dueños de centros nocturnos son una mafia, todos se conocen y cuando hay un desmadre como ése luego luego se pasan la información. Ya en ningún lado nos querían contratar, nomás en esos jacalones de las ciudades perdidas que trabajan sin permiso. Además de peligroso era humillante actuar ahí, sobre todo después de haber triunfado en sitios de categoría. En piso de tierra nuestro show se acorrientaba y encima yo acababa llena de raspones. Intentamos otra vez el retiro pero no se pudo, el arte se lleva en la sangre y a esas alturas ya estábamos empantanados en el vicio de que nos aplaudieran. Cuando pedíamos trabajo se notaba que le teníamos demasiado amor a las candilejas, íbamos de a tiro como limosneros, dispuestos a aceptar sueldos de hambre, dos o tres mil pesos por noche, y eso de perder la dignidad es lo peor que le puede pasar a un artista. Luego agréguele que la mala vida nos había desfigurado los cuerpos. Andábamos por los cuarenta, Gamaliel había echado panza, yo no podía con la celulitis, un desastre, pues. De buena fe nos decían que por qué no cantábamos en vez de seguir culeando. Tenían razón, pero ni modo de confesarles que sin público nada de nada.

     Para no hacer el cuento largo, acabamos trabajando gratis. De exhibicionistas nadie nos bajaba. Por lástima, en algunas piqueras de mala muerte nos dejaban salir un rato al principio de la variedad, y eso cuando había poca gente. Nos ganábamos la vida vendiendo telas, joyas de fantasía, relojes que llevábamos de pueblo en pueblo. Así anduvimos no sé cuánto tiempo, hasta que un día dijimos bueno, para qué trajinamos tanto si en Acapulco tenemos amigos, vámonos a vivir allá, y aquí nos tiene desde hace tres años, a Dios gracias con buena salud, trabajando para Berenice que ahora es la dueña del Sarape, mírela en la caja cómo cuenta sus millones la pinche vieja. Gamaliel es el señor que le recoge los tacones a las vedetes, ¿ya lo vio?, el canoso de la cortina. Guapo, ¿verdad?, tiene cincuenta y cuatro pero parece de cuarenta, o será que yo lo veo con ojos de amor. ¿A poco no es bonito querer así? No hace falta que me dé la razón, a leguas se ve que usted sí comprende, por eso le quería contar mi vida, para ver si es tan amable de hacerme un favorcito. Ahí en el pasillo, detrás de las cajas de refresco, tenemos nuestro cuarto Gamaliel y yo. Tenga, es todo lo que traigo, acéptemelo por caridad, ya sé que no es mucho pero tampoco le voy a pedir un sacrificio. Nomás que nos mire, y si se puede, aplauda.

Fuente: Enrique Serna. Amores de segunda mano. Cal y Arena. 1991

Insomnio

Felipe Garrido

—Tengo miedo —dijo la niña con una vocecita de algodón de azúcar y alzó la mano para tocar al hombre que la veía, pero la bajó enseguida.

El hombre estaba sentado en una mecedora, al lado de la lámpara. Era una madrugada fría, así que se había arropado bien. Tenía una bufanda tejida y una boina gastada y un jorongo de lana doblado en cuatro sobre las piernas.

—¿Crees que venga? —preguntó la niña, sentada en la orilla de la cama, que quedaba ya fuera de la luz, en la penumbra que borraba los muros de la habitación. El hombre volvió a dejar en las rodillas el libro que estaba leyendo y se frotó las narices ateridas y pensó que sería bueno prepararse un poco de té, pero la mera idea de bajar a la cocina lo desanimó. Echó hacia atrás la cabeza hasta apoyarla en el respaldo curvo y, sin volver a levantarla, sacó un cigarro, con las uñas, de la cajetilla que tenía en el bolsillo de la camisa. Lo encendió, fumó sin saborear el humo —pero eso le procuraba una sensación de calor— y después, sin decir una sola palabra, miró de reojo a la niña.

—¿Crees que venga? —insistió ella balanceándose frente a él, en medio del desorden de aquellas sábanas y aquellas almohadas, con un tono apremiante.

—¿Quién va a venir? —murmuró él, cansado.

—El de todas las noches —contestó la niña en un susurro, con un estremecimiento que no era de frío. Ella no sentía frío jamás. Por eso andaba así, con los brazos desnudos, con una sombra de lirio que le velaba el rostro.

“¿El de todas las noches?”, preguntó él sin decir palabra, haciendo más alto el arco de las cejas, metiendo las manos bajo el jorongo porque verla así, descalza, con la faldita corta, le daba más frío.

—El fantasma —susurró la niña encorvándose, sorprendida de haberlo dicho.

El hombre soltó una carcajada. Se sacudió tan violentamente que estuvo a punto de perder la boina. Rió con tal fuerza que los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando alzó de nuevo la vista, la niña se veía borrosa. El hombre adelantó la cabeza para buscarla.

—¿Ya lo olvidaste? —dijo— El fantasma eres tú.

Fuente: Felipe Garrido. Conjuros. Jus. 2013

La hormiga

Marco Denevi

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de identificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: “Arriba… luz… jardín… hojas… verde… flores…” Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

Fuente: www.ciudadseva.com

Mañana será otro día

Juan Carlos Onetti

La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y solo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar.

La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia pasaba fatigada, amansa llovizna, la vio cesar mientras crecía el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de buena suerte. Un poco más lejos, del otro lado del ancho paseo, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Empezaba la noche y respirando el aroma tristón de su abrigo mojado, la Sonia pensó que también empezaba la esperanza. Sonrió, sin creer de verdad, como una niña a la que le recitaban un cuento ya oído e inverosímil.

Volvió a tantear la rizada peluca rubia y con gran cuidado –tenía las uñas muy largas– fue estirando las medias caladas que sostenía el portaligas.

Volvió a sentir hambre y recordó que tenía un sándwich de jamón en el bolso. Pero no podía estropear el dibujo de boca que se había hecho con el rouge y con tanto cuidado. También recordó que hasta fin de mes estaba en orden con la policía y se obligó a caminar, acercándose al borde de las aceras para sonreír a los coches, mover las caderas y detenerse fingiendo buscar algo en la enorme cartera. Pero nada, nadie, y sin dinero para probar suerte en los bares donde todavía le dejaban entrar.

Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la gran ciudad. Y Sonia, ya sin hambre, casi sin esperanzas continuaba caminando sobre el dolor de los tacones de aguja.

Se repitieron los diálogos breves con los hombres que pasaban.

–Vamos. ¿Vienes?

–Que te den por saco.

–Eso quiero. También yo te puedo dar si quieres enterarte.

Hombres y hombres y su asco por ellos. La luz limpia amenazaba llegar desde el puerto y las otras se iban apagando. Subió las escaleras pisando con las caras medias de seda. Abrió la puerta manchada.

–¿Cómo te fue?

–Como la mierda, nena. Estoy hambriento. Creo que teníamos una lata de sardinas y quedó pan del desayuno.

El chico, moreno y flaco, se levantó de la cama y se puso a revolver el armario; dijo con voz de mimo y queja:

–Todavía no me besaste.

–Ahora.

Frente al espejo, la Sonia se quitó la peluca y se acarició las mejillas.

–Otra vez barbuda.

Después se desnudó y estuvo mirando los pechos hinchados con parafina y el sexo que le colgaría tembloroso e inútil hasta después de las sardinas.

Fuente: www.ciudadseva.com

Marta

José B. Adolph

La batalla final, me dije, no es la del bien y el mal: es aquella que, en el universo minucioso de cada día, enfrenta diversos niveles del infierno. Dios y sus eufemismos –oníricas emanaciones del caos– se disuelven como la tartamudeante incoherencia de un loco. (Marta me mira desde su escritorio, seis metros más allá. ¿Sonríe? Se acerca; lee por sobre mi hombro: “Dios y sus eufemismos, oníricas emanaciones…”. Menea la cabeza en simulado escándalo. Dice: “Joyce no eres aparatoso cocodrilo” y vuelve a su sitio. Unas lágrimas me chorrean hacia adentro –nunca hacia fuera–, no por su esbozo de justísima  crítica literaria, sino porque es tan espantosamente inocente, tan patológicamente sana).

Pongamos las cosas así: Marta trabaja en esta redacción desde hace seis meses, durante cuyo transcurso se ha enamorado cinco veces, tres de las cuales la portaron hacia otros tantos lechos. El promedio de duración de cada romance: 2,4 semanas. Ninguno de sus ¿qué? ¿amantes, enamorados, pretendientes, pretendidos, ilusiones, oníricas emanaciones de su deseo y de su soledad? pertenecía, a alguien gracias, a esta redacción. Dos poetas, un periodista de otro corral, un esotérico traficante internacional de mercaderías turbias, pero no ilegales y un destacado miembro del partido que nos gobierna. Marta no es ni joven ni vieja: exactamente treinta años, con tendencia a ser algo gorda pero sin serlo todavía, cómoda melena negra sobre un rostro algo jadeante; escribe bien pero poco, carece de un concepto definido del tiempo –quiero decir, de la hora–, es asombrosamente inteligente y, como suele ocurrir, asombrosamente estúpida: lo que dije, sana. Básicamente cree en la gente, sobre todo en los hombres. Con su séptimo amante, y ni un minuto antes, tuvo su primer orgasmo con un hombre. Sabe la verdad sobre las personas (pese a lo afirmado anteriormente) y no sabe nada. Quiere todo y no quiere nada. Es la suma de persona de sexo femenino más inteligencia más sexualidad largo tiempo reprimida o desviada: se sigue desviando, ahora hacia la bondad. Trato de ser cínico y no puedo. No con ella. O sobre ella.

Me quiere mucho, y yo a ella: yo fui el séptimo, tres o cuatro años atrás. Ahora la relación ha ¿ascendido? ¿descendido? ¿variado? hacia una cariñosa amistad. Pero todo eso es otro tema. O me da la gana que lo sea.

Sigamos poniendo las piezas. Decía que la batalla final, etcétera, y hablé de los niveles del infierno, de ese infierno que el idiota solitario y retraído de Sartre ubicaba en el Otro. Ni Marta ni yo hemos mencionado que sabemos que el infierno es, en realidad, la ausencia del Otro. No somos alsacianos hijos únicos, feos y perversos, que ven los fieros ojos judíos de Dios en los demás: buena parte de nuestras vidas, ¿eh, cocodrilo?, consiste en agradecer cualquier mirada, cualquier odioso rayo láser en nuestra soledad. Aparatoso cocodrilo, ¿eh? No, Joyce no soy, aunque mi grosera sexualidad. Pero basta.

Cuando Marta me sonríe a través de la redacción, sé que ha vuelto a sonar la campana y que se inicia un nuevo round: Marta ha conocido a alguien. Como se puede apreciar, no juzgo. Describo. Continuará así: magia. Esa es la palabra que ella usa. ¿Y por qué no? Mi grosera sexualidad etcétera utiliza otros términos. Sostengo, inútilmente, que el amor (o la magia) no aparece cada 2.4 semanas. El deseo, sí. Lo que en los perros –seres menos atribulados que Joyce– se denomina celo. Marta, indignada quizás con razón, deja de sonreír y pone cara de haber chupado un limón. Por mi parte, pienso que ambos exageramos: hay algo que puede aparecer cada 2.4 semanas, o no abandonarnos nunca, como una veleta que gira con el viento sin abandonar el techo: la soledad.

¿Cómo resumir sin traicionar la intrincada y a la vez sencilla personalidad de Marta, sobre todo en un país en el cual consciente o inconscientemente, sincera o hipócritamente, la combinación de intelecto con ovarios no suele ser popular? Pienso que la descripción está implícita en la pregunta. En la práctica, eso significa que la soledad en una mujer así adquiere una especial dimensión de inseguridad y contradicción: el quiero-no quiero, habitualmente desplegado en años o siquiera meses, en ella puede encogerse a minutos en torno a un par de cafés. Hasta ahora no la conozco. Quiero decir: hasta ahora no sé qué siento cuando me sonríe. Quiero a mi esposa y siempre la quise, y me dicen los que saben –entre ellos Marta, que sabe todo y nada sabe– que no se puede amar a más de una persona a la vez. Alguien debe estar equivocado, además de Sartre.

¿Dije que tiene treinta años? Creo que sí, pero esa es una falacia: en puridad, Marta es una adolescente que se observa a sí misma desde su temprana vejez. Sólo que –y por eso anoto esto– de pronto suspende todo juicio y junta briznas de un hombre para construir otro, productor de magia, como un pajarito fabricando un nido. Luego, se sienta a empollar y se viene abajo: no había nido; sólo briznas. Pero no es inconsciente: sabe lo que ocurre; quizás necesite que ocurra.

Hablando de niveles de infierno, descubro quién es el escogido esta vez: es de casa. Un redactor nuevo. Entre 35 y 40 años, casado, dos hijos, esbelto, atractivo, capaz en su oficio. Sonríe de vez en cuando pero no es frívolo; más bien algo solemne. Lo he adivinado con facilidad: Marta nunca supo ocultar sus sentimientos, aunque se considera una gran conspiradora. Miradas, miradas, miradas. Para mí es suficiente; suspiro; como un personaje de historieta norteamericana me digo: “aquí vamos otra vez”. ¿Estoy celoso? Estoy celoso.

(Como si lo viera: lo rodea, le conversa, se sienta a su lado, le consulta, le habla de Lima nocturna y de la apasionante locura de sus personajes. Se hace invitar un café o, si el tipo es de aluminio, lo invita ella. Poco después, sus caderas chocarán contra el escritorio o derribará un azucarero o se tomará un trago y se chorreará la barbilla)

Y ahora supongamos lo siguiente: el tipo está más bien intimidado. Piensa: si a estas alturas engañara a mi mujer, sin duda no sería con una periodista escandalosa y romanticona. Por otra parte, y aquí reaparece aquello de mi sexualidad grosera y etcétera, un polvo fácil no es de despreciar, pero por otro lado y por otra parte y a su vez y más bien, etcétera nuevamente. Y Marta piensa: claro me gusta pero el sexo no es lo único pero si dura puede convertirse en magia aunque la magia no dependa del sexo aunque sí dependa mejor me olvido de todo pero qué debo decirle si le digo que me invite un café va pensar que yo pero si no le digo pensaré que yo y si le escribo una notita amorosa pensará que yo mejor me olvido de todo pero me gusta y es justo lo que ando buscando pero. Y así.

Situación tal no puede durar eternamente, me digo. Redoblo mis esfuerzos con la máquina de escribir y fabrico diez centímetros más de insulsa objetividad. Pienso: por todas partes crecen los malentendidos, regados por la definitiva inteligencia de Dios. El redactor nuevo cacarea y se ríe con unos colegas allá al fondo de la sala. ¿Será posible que uno de ellos haya mirado furtivamente a Marta antes de lanzar otra de sus carcajadas criollas? Es posible. De hecho. Estoy preocupado. Sé que ha ocurrido antes, pero yo no lo he visto. Ahora, la azucarada mezquindad de la traición se está esculpiendo ante mis ojos. Marta, ciega y sorda, tararea algo mientras redacta. Yo enciendo un cigarrillo y miro a la pared.

Al día siguiente Marta me invita un café. Salimos a la cafetería. Reconozco su mirada de insegura felicidad. Me muestra un papelito sucio y varias veces doblado: lo que me temía. Un poemita anónimo. Me excuso de reproducir su aparatosa banalidad; no lleva firma. “Apareció sobre el rodillo de mi máquina”, me dice Marta. “¿Crees que sea de él?”.”

“¿Sobre tu máquina? ¿En un lugar público?”. Sé que pierdo la guerra, esa guerra emprendida para salvarla de una ilusión rota. ¿Salvarla por qué? El resto es silencio.

“Es que podría ser que…”. Me ahorro la lista de salvavidas que Marta emprende para cubrir lo obvio con las sedas del misterio. Resumamos: a la noche siguiente, yendo al baño de la dirección que es el más limpio –o el menos sucio– del periódico, oigo jadeos en la oscura oficina de la subdirección. Conozco uno de los jadeos: no necesito mirar.

Al volver a la redacción, el grupito de amigos del nuevo calla de pronto y se disuelve. Naturalmente, el portador de la magia les ha hecho un divertido discursito anunciando sus próximos minutos de gloria y jadeo. Como si lo estuvieran viendo en un videotape. Decido irme antes de que la feliz pareja retorne.

Al día siguiente, Marta llega temprano. Siento un vacío: me lo va a contar todo, como siempre. El hombre todavía no ha venido. Marta se sienta a mi lado y sonríe de oreja a oreja mientras me entrega otro papelito. No necesito abrirlo.

“Yo le dejé este poema en su escritorio anoche”, me dice. “¿No quieres leerlo?”.

Lo leo. Como poema, no está mal. Como cualquier otra cosa, es horrendo. Respiro con dificultad. Me evado hacia mi grosera sexualidad:

“¿Antes o después de tu inspección a la subdirección?”.

Chupa su limón. “Asqueroso”, dice. “Antes”.

“Marta”, le digo, y no puedo decir más. “¿La nueva moda es seguirme en la oscuridad?”, pregunta. No ha comprendido nada. Un par de integrantes del grupito hace su ingreso, saluda con extrema efusividad a Marta y a mí. Marta mira hacia la puerta: ya sabemos a quién espera. A quien espera, debo escribir para dar una imagen más exacta. Tiene la cabeza erecta, con orgullo y expectación. Es feliz.

Fuente: La batalla del café. Lima. 1984

Mis embargos

Jorge Ibargüengoitia

En 1956 escribí una comedia que, según yo, iba a abrirme las puertas de la fama, recibí una pequeña herencia y comencé a hacer mi casa. Creía yo que la fortuna iba a sonreírme. Estaba muy equivocado; la comedia no llegó a. ser estrenada, las puertas de la fama, no sólo no se abrieron, sino que dejé de ser un joven escritor que promete y me convertí en un desconocido; me quedé cesante, el dinero de la herencia se fue en pitos y flautas y cuando me cambié a mi casa propia, en abril de 1957, debía sesenta mil pesos y tuve que pedir prestado para pagar el camión de la mudanza. En ese año mis ingresos totales fueron los 300 pesos que gané por hacer un levantamiento topográfico.

Vinieron años muy duros. Cuando no me alcanzaba el dinero para comprar mantequilla, pensaba: “Con treinta mil pesos, salgo de apuros”. Adquirí malos hábitos: andaba de alpargatas todo el tiempo y así entraba en los bancos a pedir prestado. Todas las puertas se me cerraban. Encontraba en la calle a amigos que no había visto en diez años y antes de saludarles, les decía:

—Oye, préstame diez pesos.

Los domingos, invitaba a una docena de personas a comer en mi casa y les decía a todos:

—Traigan un platillo.

Con las sobras comíamos el resto de la semana.

Mi frustración llegó a tal grado que una vez que se metió un mosco en mi cuarto, tomé la bomba de flit y la manija se zafó y me quedé con ella en la mano.

“Es que el destino está contra mí”, pensé, en el colmo de la desesperación.

Pero no hay mal que dure cien años. En 1960 gané un concurso literario patrocinado por el Lic. Uruchurtu. Salí en los periódicos retratado, dándole la mano al presidente López Mateos y recibiendo de éste un cheque de veinticinco mil pesos. Mis acreedores se presentaron en mi casa al día siguiente.

El dinero lo repartí entre una señora cuya madre acababa de ser operada de un tumor, dos señores que ya me habían retirado el saludo, el tendero de la esquina de mi casa, que estaba a punto de quebrar, un viaje a Acapulco que hice para celebrar mi triunfo, unos zapatos que compré y mil pesos que guardé entre las páginas de un libro, “para ir viviendo”. La deuda más importante, que era la de doña Amalia de Cándamo y Begonia, quedó sin liquidar.

Doña Amalia tuvo la culpa de que yo no le pagara, por no presentarse a tiempo a cobrar. O, mejor dicho, no se presentó a cobrar, porque no le convenía que yo le pagara; porque no andaba tras de su dinero, sino de mi casa. La historia de doña Amalia es bastante sórdida. Yo había hipotecado mi casa en Crédito Hipotecario, S. A. y como estaba en la miseria, dejé de pagar las mensualidades. Al cabo de un año, estos señores (los de Crédito Hipotecario) se impacientaron, me echaron a los abogados, me embargaron y exigieron que les devolviera su dinero, que eran cincuenta mil pesos, más réditos, más costos de juicio, etc. Para pagar esto, yo necesitaba hacer otra hipoteca mayor. Pero no es fácil hacer una hipoteca con una compañía seria cuando el único antecedente es un embargo. Consulté con entendidos. En aquellos casos, me dijeron, se necesitaba conseguir una hipoteca particular. Fui a ver a un coyote que se hacía pasar por “agente de bienes raíces”, tenía una secretaria bastante guapa y eficiente, un hijo ingeniero y varios aspirantes a la clase media sentados en la sala de espera. El señor Garibay, que así se llamaba, era viejo, sordo, calvo y casi retrasado mental. Nunca supo si yo quería invertir sesenta mil pesos o si quería pedirlos prestados. Tuvimos varias entrevistas desalentadoras.

Cuando ya había yo perdido toda esperanza, se presentó en mi casa doña Amalia de Cándamo y Begonia. Venía acompañada del doctor Rocafuerte, que no sería su marido, pero sí era su consejero. Venían de parte de Garibay a ver la casa, porque tenían interés en “facilitarme” el dinero que yo necesitaba.

La casa les encantó. Y yo, más. En mi rostro se notaban la imbecilidad en materia económica que es propia de los artistas y la solvencia moral propia de la “gente decente”.

—¡Ah, cuadros existencialistas! —dijo el doctor Rocafuerte cuando vio los abstractos que yo tenía en mi cuarto. Era un viejo bóveda, de ojeras negras y pelo blanco, de voz cavernosa y modales draculenses. Alto y reseco.

Doña Amalia, que llevaba un sombrerito bastante ridículo, se sentó en un equipal. A pesar de sus cincuenta y tantos, tenía buena pierna. En general, puede decirse que hubiera estado buena, si no hubiera sido por la pinta de autoviuda que tenía. Muy peripuesta, con su sombrerito, su velito, que le tapaba las narices (y probablemente las verrugas), su traje sastre café, muy arreglado, sus guantes beige, con las manos cruzadas sobre las piernazas. Como diciendo: “Yo no quiebro un plato, pero sé defenderme.”

—¿Qué le parece si en vez de sesenta mil le prestamos setenta? —me preguntó Rocafuerte, cuando ya se iban.

 —Vengan de allí —contesté.

—Qué bueno que quiera usted todo el dinero —dijo doña Amalia—. Es lo que me dejó mi marido y no sabría qué hacer con el resto.

Se fueron en un coche negro, tan fúnebre como Rocafuerte.

Si me hubiera extrañado que alguien se interesara en prestarle dinero a quien evidentemente era un paria de la sociedad, en el despacho del notario Ángulo hubiera encontrado la explicación del misterio. Yo era un paria, pero un paria con casa propia. Doña Amalia me prestó el dinero, no porque creyera que yo podía pagarle, sino precisamente porque sabía que no iba a poder pagarle. Es decir, metió setenta mil pesos, para sacar, no los réditos, sino la casa.

En la notaría de Ángulo, entre éste, Garibay y doña Amalia, me dieron un golpe del que todavía no me recupero. Habíamos hablado de intereses a razón del 1.5% mensual, y así decía la escritura, nomás que pagaderos en mensualidades adelantadas. Si pasaba el día 15 y yo no liquidaba, los intereses subían al 2.5%. Si pasaban dos meses sin que yo pagara, doña Amalia tenía derecho de embargarme y yo tenía que pagar las costas y dos mensualidades de castigo. La hipoteca vencía en dos años; si pagaba yo antes, dos meses de castigo. Si pagaba yo después, dos meses de castigo. Si no me gustaba la escritura, dos meses de castigo, liquidación de honorarios a Ángulo, por el trabajo que se tomó en redactar mi sentencia de muerte, y liquidación a Garibay, que se llevaba una comisión del 3 % por conseguir quién me trasquilara. La escritura no me gustó, como es natural, pero como no tenía los siete mil pesos que me hubiera costado decirlo, no dije nada y firmé y cada uno tomó su parte y yo me fui a casa, con los tres mil pesos que me sobraron, a tratar de olvidar la pata que había metido.

Los dos primeros meses no hubo problemas, pero llegó el día primero del tercero y el quince y el último y el día primero del cuarto y el quince y yo no tenía dinero para pagar la mensualidad.

En aquel entonces, yo andaba tratando de cobrar un dinero que me debía el Instituto de Bellas Artes. Como me hicieron subir al tercer piso y bajar al primero y esperar en el segundo, y buscar la firma de un señor que se había ido de vacaciones y el visto bueno de otro que tenía peritonitis, no tuve el dinero sino hasta el día veinte, un Miércoles Santo, a las dos y media de la tarde. Inmediatamente fui a casa de doña Amalia, que vivía en la que le había dejado su marido en las Lomas de Chapultepec.

Cuando llegué, doña Amalia, sus dos hijas y el doctor Rocafuerte se disponían a emprender un viaje de vacaciones a Tequesquitengo. Las muchachas le decían al doctor “tío”.

—Pues imagínese, señor Ibargüengoitia —me dijo doña Amalia—, que ya el abogado tiene los papeles y órdenes de embargarlo.

—Pero ¿cómo es posible, señora? Si apenas estamos a día veinte y aquí está el dinero.

Le enseñé el dinero. Eran tan avaros, que nomás de verlo suspendieron el viaje a Tequesquitengo. Bajaron a las niñas del coche y fuimos a buscar el abogado para que detuviera el embargo.

—Esta operación ya no nos conviene —dijo el doctor Rocafuerte—. ¿No podría usted liquidarnos, señor Ibargüengoitia?

—De ninguna manera, doctor —le dije. Me explicaron que habían aumentado los impuestos sobre préstamos hipotecarios y que les estaba saliendo más caro el caldo que los frijoles.

—Si no fuera por eso —dijo doña Amalia—, no hubiéramos pensado en embargarlo tan pronto. Después platicamos de problemas morales. —Los hombres —dijo doña Amalia—, cuando están jóvenes, abandonan a sus mujeres y se van con otras. Después, cuando ya están viejos y enfermos de diabetes, de cáncer en la próstata o de sífilis, regresan a buscar compañía. ¡No hay derecho!

Yo pensé: “Así ha de haber sido el difunto Cándamo.” Aunque pensándolo bien, de Cándamo no sé ni si es difunto.

—Trata de ser comprensiva, Amalia —dijo el doctor Rocafuerte, que iba manejando. Dijo varias cosas en este tono y remató con—: El nexo del matrimonio es indisoluble. Esa noche no pudimos encontrar al licenciado Reguero, que se había ido a hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, de los que salió muy purificado el lunes siguiente. De nada me sirvió. Ese lunes yo pagué dos meses de intereses a razón del 2.5% y novecientos pesos de honorarios al purificado, por redactar una demanda de embargo que no llegó a ser presentada.

Quedé muy tranquilo, sintiéndome “al día”. Pero me duró poco el gusto, porque los meses pasaron y la cuenta creció. Un día, hojeando el periódico, me encontré con la noticia de una cena organizada por doña Amalia, a la que había asistido nada menos que “el marqués de Rocafuerte”.

—Marqués de la Chifosca Mosca —dije y cerré el periódico.

 Al día siguiente, como maldición, me los encontré en la Librería Británica. Andaban comprando libros de pintura para hacer un regalo.

—Señor Ibargüengoitia —me dijo Rocafuerte—, hace mucho que no sabemos de usted.

Doña Amalia, que como de costumbre llevaba sombrerito, me miró como diciéndome: “¡Está usted dejándome en la calle, sinvergüenza!”

Me sentí un canalla. ¡Arrebatarles el pan de la boca a doña Amalia y a sus dos hijas de puta! ¡Se necesitaba tupé! Pues siguieron pasando los meses y vino el licenciado Reguero con un actuario a mi casa y me embargaron.

—No se apure —me dijo Reguero—. Doña Amalia es muy brava, pero yo trataré de defender sus intereses… quiero decir, los de usted.

Dijo esto, porque él sería el abogado de doña Amalia, pero después de todo, el que iba a pagar sus honorarios era yo.

—Procuraré retardar el juicio. Tiene usted tres meses para pagar.

Poco después de esto ocurrió lo del cheque que me entregó López Mateos, que como ya dije, de nada les sirvió a ellos, porque no vieron un centavo.

La mente de aquellos prestamistas era bastante extraña. Nunca creyeron que yo fuera a pagarles y sin embargo, cuando no les pagaba, se ofendían. Que yo saliera en el periódico de la mano de López Mateos y con veinticinco mil pesos y que no fuera para echarles un telefonazo, les daba mucho coraje.

Quiso mi mala suerte que en el viaje que hice a Acapulco para celebrar mi triunfo, me los encontrara; nada menos que en el bar del Hotel Presidente.

—Señor Ibargüengoitia, ya no tengo ni qué comer —me dijo doña Amalia.

—Pues yo tampoco —le contesté y pedí un Planter’s Punch.

 Mientras el juicio de embargo seguía su curso, empecé a buscar dinero para liquidar antes de que mi casa saliera a remate.

Fui a ver al señor Bloom, el conocido agiotista. Me dijo primero que no tenía dinero, después, que la cosa estaba muy difícil por el embargo y por último, que algo se podría hacer si estaba yo dispuesto a pagar el 3% mensual. Cuando le dije que sí lo estaba, me dijo, mirándome paternalmente:

—No se preocupe. Salvaremos la casa.

 Fui a Guanajuato a entrevistarme con otro grandísimo ladrón, muy respetado en esa ciudad.

—Tú pones la casa a mi nombre y yo te consigo el dinero al 2.5% —me dijo, convencido de que me hacía un gran favor.

El dinero, huelga decir, era suyo, pero prefirió hacer un teatrito y hasta me presentó a un señor que según él era quien iba a financiar la operación. Este señor era tan imbécil que no pudo aprenderse su papel que consistía en decir “sí” y se fue sin decir nada.

—Éste es un bandido —me dijo el grandísimo ladrón, cuando salió su palero—, ten mucho cuidado con él.

Yo decía que sí a todo, con tal de salir del lío.

Cuando regresé a México, me encontré con que doña Amalia y Rocafuerte habían ido a visitar a mi madre.

—¿Ya vio que su hijo salió en los periódicos? —le preguntaron y le entregaron un ejemplar de El Universal que decía: “Al margen, un sello que dice ‘Estados Unidos Mexicanos. . ., etc.”

Era la notificación del remate.

—Nosotros hemos hecho todo lo que estuvo de nuestra parte —le dijo doña Amalia a mi madre—, pero su hijo no paga. Compréndame usted: yo tengo que mantener a mis hijas.

También fueron a ver a mi primo Carlos, que es la gran cosa en el Banco Nacional de México.

—¿Qué el Banco no podrá hacer nada por este muchacho? —le dijo Rocafuerte a Carlos—. A usted no le conviene que el nombre de la familia ande revolcándose en los tribunales.

—¿Para qué le prestaron dinero, si sabían que era un bohemio? —les contestó Carlos—. Él nunca ha dicho que no es bohemio.

El Banco, huelga decirlo, no podía hacer nada. A mi casa empezaron a llegar ancianos, de los que se dedican a desvalijar ahorcados.

—¿Esta es la casa que va a salir a remate? —preguntaban.

—Sí, pero no está en venta —les contestaba yo y cerraba la puerta.

Mientras el señor Bloom y el agiotista guanajuatense aparecían con el dinero; fui a ver a un amigo de la familia que tiene una agencia de bienes raíces y está podrido en pesos.

—Te vendo mi casa en ciento cincuenta mil —le dije.

—¡Válgame, Dios! Pues, ¿para qué te dedicaste a escritor? ¡Ahora van a quedarse en la calle! —me contestó, pero ni me compró la casa, ni me prestó el dinero.

Recibí carta de Guanajuato que me decía que la operación era tan arriesgada que sólo se podría hacer si yo estaba dispuesto a pagar el 3.5% en vez de 2.5, como habíamos quedado. Yo estaba dispuesto a todo, porque de cualquier manera no pensaba pagar los intereses. Mi plan era: conseguir el dinero, escapar al remate y esperar un milagro.

También traté de transar con doña Amalia y el marqués.

—Quédense con la casa, déjenme vivir en ella tres años y estamos a mano.

—Usted está soñando —me dijo el marqués y habló sobre las ilusiones que la gente se hace sobre el precio de sus propiedades.

Después me explicaron el asunto. Yo debía veintinueve mil pesos de réditos, intereses moratorios, gastos y costas; más los setenta mil que me habían dado antes, eran noventa y nueve mil pesos. La casa iba a salir a remate en noventa y nueve mil y un pesos. Como no iba a haber pujadores (me explicaron que en estos casos nunca hay pujadores), la casa se iba a rematar en noventa y nueve mil y un pesos, a ellos. Se iban a quedar con la casa, me iban a entregar un peso y asunto concluido.

Ya hasta me daba risa. Veía todo perdido. Compré un libro sobre almirantes ingleses y pasaba muchas horas encerrado en mi cuarto, leyéndolo y esperando a que viniera la autoridad a sacarme. Cuando venían visitantes, les contaba que el sábado iban a rematar mi casa.

Pero no la remataron, porque el milagro que yo esperaba ocurrió: alguien, en quien yo ni había pensado, me prestó cien mil pesos a diez años y con intereses del 10% anual. Mi madre insiste en que fue un milagro de San Martín de Porres.

Pero milagro o no, el caso es que el viernes anterior al remate, llamé a doña Amalia y le dije que ya le tenía el dinero.

El remate se suspendió. Cuando cancelamos la hipoteca, doña Amalia me dijo:

—¡Qué suerte la de usted, en haber caído con personas decentes, porque andan muchos por allí que son verdaderos lobos!

Y el notario, antes de leer la escritura de cancelación, me dijo:

—A usted hay que darle un tirón de orejas, por descuidado. ¡Si no fuera por lo paciente que ha sido doña Amalia, le hubiera ido requetemal!

Y cuando ya estaba todo firmado y ellos habían recibido su dinero, el doctor Rocafuerte y marqués de lo mismo, me dijo, con gran solemnidad:

—Queremos decirle, señor Ibargüengoitia, que nos da mucho gusto que haya usted salvado su casa. Ha sido para nosotros un verdadero placer tratar con una persona tan honrada y cumplida como usted.

Nos despedimos casi de beso, pero cuando los vi de espalda, les menté la madre.

Fuente: La ley de Herodes y otros cuentos. Joaquín Mortiz. 1967

Anécdota pecuniaria

J. M. Machado de Assis

Se llama Falcão mi hombre. Aquel día –catorce de abril de 1870– quien entrase a su casa, a las diez de la noche, lo vería paseándose por el comedor, en mangas de camisa, pantalón negro y corbata blanca, refunfuñando, gesticulando, suspirando, evidentemente afligido. A veces se sentaba; otras, se apoyaba en la ventana, mirando hacia la playa, que era la de Gamboa. Pero, en cualquier lugar o actitud se demoraba poco tiempo.

–Hice mal –decía él–, muy mal. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! ¡Iba llorando, pobrecita! Hice mal, muy mal… ¡Al menos que sea feliz!

Si yo dijera que este hombre vendió una sobrina, no me creerán; si caigo más bajo y menciono el precio, diez contos de reis, me darán la espalda con desprecio e indignación. Sin embargo, basta ver esta mirada felina, estos dos labios, maestros del cálculo, que incluso cerrados parecen estar contando algo, para adivinar en seguida que el rasgo capital de nuestro hombre es la voracidad del lucro. Entendámonos: ¡él cultiva el arte por el arte, no ama el dinero por lo que le puede dar, sino por lo que es en sí mismo! Que nadie pretenda verlo usufructuar de las grandes comodidades de la vida. No tiene una cama blanda, ni una mesa fina, ni carruaje, ni blasones. No se gana dinero para derrocharlo, decía él. Vive de migajas; todo lo que acumula es para la contemplación. Va muchas veces hasta la caja de caudales, que está en la alcoba, con el único fin de hartar sus ojos en la contemplación de las barras de oro y en los manojos de títulos. Otras veces, impulsado por un refinamiento de su erotismo pecuniario, los contempla en su memoria. En este particular, todo lo que yo pueda decir estaría por debajo de la elocuencia con que hablaría cualquiera de las cosas que él mismo podría afirmar o hacer en 1857.

Ya entonces millonario, o casi, encontró en la calle dos niños conocidos suyos, que le preguntaron si un billete de cinco mil reis que les había dado un tío, era verdadero. Circulaban por entonces algunos billetes falsos y los niños lo recordaron mientras paseaban. Falcão iba con un amigo. Tomó trémulo el billete, lo examinó bien, lo miró de un lado, luego de otro…

–¿Es falso? –preguntó con impaciencia uno de los niños.

–No, es verdadero.

–Devuélvamelo –dijeron al unísono los niños.

Falcão dobló el billete lentamente, sin quitarle los ojos de encima; después lo reintegró a los pequeños, y volviéndose hacia su amigo, que lo aguardaba, le dijo con el mayor candor del mundo:

–Da gusto ver dinero, aunque no sea de uno.

A tal punto llegaba su amor al dinero: hasta la contemplación desinteresada. ¿Qué otro motivo podía tener para detenerse frente a las vidrieras de los cambistas, cinco, diez, quince minutos, lamiendo con los ojos las pilas de libras y francos, tan prolijitos y amarillos? El mismo sobresalto con que tomó el billete de cinco mil reis, era un rasgo sutil, era el terror ante el posible billete falso. A nadie odiaba tanto como a los falsificadores de monedas, no porque fueran criminales, sino por lo perjudiciales que resultaban, porque desmoralizaban el dinero bueno.

El lenguaje de Falcão bien valdría un estudio. Cierto día, en 1864, volviendo del entierro de un amigo, aludió al esplendor del cortejo, exclamando con entusiasmo: “¡Sostenían el cajón tres mil contos!” y, como uno de los oyentes no le entendiese de inmediato, Falcão concluyó de la extrañeza del otro que en el fondo dudaba de él, y detalló: “Fulano cuatrocientos, Zutano seiscientos… Sí, señor, seiscientos; hace dos años, cuando disolvió la sociedad con el suegro, ya andaban por más de quinientos…” Y así prosiguió, demostrando, sumando y concluyendo: “¡Exactamente, tres mil contos!”

No era casado. Casarse era despilfarrar el dinero. Pero los años pasaron, y a los cuarenta y cinco empezó a sentir cierta necesidad moral, que no comprendió en seguida, y que era la nostalgia de la paternidad. No la falta de una mujer, no la de parientes, sino la de un hijo o hija, que para él sería como recibir un patacón de oro. Desgraciadamente, para cosechar tales beneficios ahora debería haber acumulado el capital en el momento debido, no podía empezar recién para ganarlo más tarde. Le quedaba la alternativa de la lotería; la lotería le dio el premio grande.

Murió su hermano y tres meses después su cuñada, dejando huérfana una hija de once años. Él la quería mucho, al igual que a otra sobrina, hija de una hermana viuda; las besaba una y otra vez cuando las visitaba; llegaba incluso al delirio de llevarles, una y otra vez, galletitas. Vaciló un poco, pero finalmente recogió a la huérfana; ella era la hija anhelada. No cabía en sí de la alegría; durante las primeras semanas, casi no salía de su casa, siempre a su lado, oyendo sus cuentos y festejándole todas sus ocurrencias.

Se llamaba Jacinta, y no era linda; pero tenía la voz melodiosa y era de modales suaves. Sabía leer y escribir, empezaba a aprender música. Trajo el piano consigo, el método y algunos ejercicios; no pudo traerse al profesor, porque el tío entendió que era mejor ir practicando lo que había aprendido, y un día… más tarde… Once años, doce años, trece años, cada año que pasaba creaba un nuevo vínculo que ataba al viejo solterón a la hija adoptiva, y viceversa. A los trece, Jacinta dirigía la casa; a los diecisiete era señora absoluta de todo. No abusó de su poder; era naturalmente modesta, frugal, medida.

–¡Un ángel! –decía Falcão a Paco Borges.

Este Paco Borges tenía cuarenta años, y era propietario de un depósito portuario de mercaderías. Iba a jugar con Falcão por la noche. Jacinta presenciaba los partidos. Tenía por entonces dieciocho años; no estaba más linda, pero decían todos que “se estaba poniendo muy atractiva”. Era menuda, y al dueño del depósito le encantaban las mujeres pequeñas. Sus sentimientos fueron correspondidos y la atracción se transformó en amor.

–¡Comencemos! –decía Paco Borges al entrar, luego de los saludos.

Las cartas eran la sombrilla de los dos enamorados. No jugaban por dinero; pero Falcão tenía tal sed de lucro, que contemplaba las propias fichas y las contaba cada diez minutos, para ver si ganaba o perdía. Cuando perdía, se apoderaba de él un desaliento incurable, y él se replegaba poco a poco en el silencio. Si la suerte se empeñaba en perseguirlo, terminaba el partido y se levantaba de la mesa tan melancólico y ciego, que la sobrina y su novio podían tomarse de las manos una, dos, tres veces, sin que él advirtiese nada.

Esto ocurría en 1869. A principios de 1870 Falcão propuso a Paco Borges una venta de acciones. No las tenía, pero olfateó una gran baja, y calculaba ganarle de una sola vez treinta o cuarenta contos a Paco. Éste le respondió diplomáticamente que andaba pensando en proponerle lo mismo. Dado que ambos querían vender y ninguno de ellos comprar, podían unirse y proponer la venta a un tercero. Encontraron al tercero, y cerraron trato a sesenta días. Falcão estaba tan contento al volver del negocio, que el socio le abrió su corazón y le pidió la mano de Jacinta. Fue lo mismo que si, de repente, empezara a hablar en turco. Falcão lo miró, pasmado, sin entender. ¿Que le diese su sobrina? Pero entonces…

–Sí, te confieso que deseo ardientemente casarme con ella, y a ella… pienso que también le agradaría casarse conmigo.

–¡De ninguna manera! –interrumpió Falcão–. No, señor; es una niña, no estoy de acuerdo.

–Pero escúchame…

–No tengo nada que escuchar, no quiero.

Regresó a su casa irritado y aterrorizado. La sobrina se desvivió queriendo saber qué le ocurría, finalmente él le contó todo, y la llamó desagradecida. Jacinta empalideció; amaba a los dos, y los veía tan unidos que no se imaginó nunca ante la disyuntiva de tener que contraponer sus afectos. A solas en su cuarto, lloró largamente; después le escribió una carta a Paco Borges rogándole por las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo que no provocase ningún escándalo ni se peleara con el tío; le decía que esperase y le juraba un amor eterno.

No se pelearon los dos amigos; pero los encuentros fueron haciéndose más esporádicos y fríos. Jacinta no se reunía con ellos en el comedor, o si lo hacía se retiraba en seguida. El terror de Falcão era enorme. Él amaba a su sobrina con un amor de perro, que persigue y muerde a los extraños. La quería para sí, no como hombre, sino como padre. La paternidad natural infunde fuerzas para consumar el sacrificio de la separación; la paternidad de Falcão era impostada y, tal vez por eso mismo, más egoísta. Nunca había pensado en perderla; ahora, empero, eran treinta mil los recaudos que tomaba para evitarlo, ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, una vigilancia perpetua, un incesante control de gestos y palabras, una auténtica caza de brujas.

Entre tanto el sol, modelo de todo funcionario, continuó sirviendo puntualmente a los días, uno a uno, hasta llegar a los dos meses del plazo convenido para la entrega de las acciones. Éstas debían bajar, según las previsiones de los dos; pero las acciones, como las loterías y las batallas, se burlan de los cálculos humanos. En aquel caso, además de burla, hubo crueldad, porque ni bajaron ni se mantuvieron estables, sino que repuntaron hasta convertir el esperado lucro de los cuarenta contos en una pérdida de veinte.

Fue entonces cuando Paco Borges tuvo una ocurrencia genial. En la víspera, cuando Falcão, abatido y mudo, paseaba por el comedor su desencanto, Borges le propuso costear solo todo el déficit, si él accedía a darle la mano de su sobrina. A Falcão se le encendieron los ojos.

–¿Que yo…?

–Exactamente –interrumpió el otro riendo.

–No, no…

No quiso; tres o cuatro veces rechazó el ofrecimiento. La primera impresión había sido de alegría, eran diez contos que no se irían de su bolsillo. Pero la idea de separarse de Jacinta era insoportable y la rechazó. Durmió mal. De mañana, encaró la situación, ponderó las cosas, consideró que, entregándole al otro su sobrina, no perdía totalmente, mientras que de no proceder así, los diez contos se esfumaban irremediablemente. Y, además, si ella lo quería y él la quería a ella ¿por qué razón separarlos? Todas las hijas se casan, y los padres se contentan viéndolas felices. Corrió a casa de Paco Borges y llegaron a un acuerdo.

–Hice mal, muy mal –vociferaba él la noche del casamiento–. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! Iba llorando, pobrecita… Hice mal, muy mal.

Había cesado el terror de los diez contos; empezaba el hastío de la soledad. A la mañana siguiente, fue a visitar a la pareja. Jacinta no se limitó a ofrecerle un buen almuerzo, sino que, además, lo llenó de mimos y atenciones; pero ni éstos ni el almuerzo le restituyeron la alegría. Al contrario, la felicidad de la pareja lo entristeció más. Al regresar a su casa no encontró la carita tierna de Jacinta. Nunca más volvería a oír sus canciones de niña y muchacha; no sería ella quien le haría el té, quien habría de traerle, por la noche, cuando él quisiese leerlo, el viejo tomo gastado de Saint–Clair de las Islas, dádiva de 1850.

–Hice mal, muy mal…

Para remediar el daño hecho, transfirió el juego de cartas a la casa de la sobrina, y allá iba, por la noche, a vérselas con Paco Borges. Pero la fortuna cuando flagela a un hombre, le desbarata todas sus bazas. Cuatro meses más tarde, los recién casados se fueron a Europa; la soledad tomó las dimensiones de la extensión del mar. Falcão tenía por entonces cincuenta y cuatro años. Ya aceptaba con más resignación el casamiento de Jacinta; tenía, incluso, el plan de ir a vivir con ellos, ya sea gratuitamente, o mediante una pequeña retribución, que calculó que sería mucho más económica que el gasto que le demandaba vivir solo. Todo se esfumó; ahí está él otra vez en la situación en que se encontraba ocho años antes, con la diferencia de que la suerte le había arrancado la copa entre dos tragos.

Así estaban las cosas cuando cayó en su casa otra sobrina. Era la hija de su hermana viuda, que, al borde de la muerte, le pedía encarecidamente que se ocupase de ella. Falcão no prometió nada, porque un cierto instinto lo llevaba a no prometer jamás nada a nadie, pero lo cierto es que recibió a la sobrina tan pronto como su hermana cerró los ojos. No tuvo recelos de ningún tipo; por el contrario, le abrió las puertas de su casa con el júbilo de un alma enamorada, y casi bendijo la muerte de su hermana. Volvía a recuperar a la hija perdida.

“Ésta ha de cerrar mis ojos”, se decía

No era fácil. Virginia tenía dieciocho años, sus facciones eran hermosas y originales; era esbelta y atractiva. Para evitar que se la arrebataran, Falcão empezó por donde había terminado la primera vez: ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, salidas contadas, sólo con él y mirando hacia el suelo. Virginia no se mostró enfadada.

–Nunca fui ventanera –decía ella–, y me parece muy feo que una muchacha viva pendiente de lo que ocurre en la calle.

Otro recaudo de Falcão fue no traer a su casa sino hombres de cincuenta años para arriba o casados, cuando eran menores. Por último, dejó de inquietarse por la baja de las acciones. Y todo eso era innecesario porque la sobrina no se ocupaba de otra cosa que de él y de la casa. A veces, como la vista del tío comenzaba a disminuir mucho, le leía ella misma alguna página del Saint–Clair de las Islas. Para suplantar a los compañeros de mesa, cuando faltaban, aprendió a jugar a las cartas, y sabiendo que a su tío le gustaba ganar, siempre lograba perder. Llegaba más lejos: cuando perdía mucho, simulaba estar ofuscada o triste, con el único propósito de darle a su tío una pizca más de placer. Él entonces se reía con ganas, se burlaba de ella, le decía que su nariz era larga, pedía un pañuelo para enjugarle las lágrimas; pero no dejaba de contar sus fichas de diez en diez minutos, y si alguna caía al suelo (eran granos de maíz) bajaba la vela para recogerla.

Tres meses más tarde, Falcão se enfermó. La molestia no fue grave ni larga; pero el terror de la muerte se apoderó de su espíritu, y fue entonces cuando pudo advertirse hasta qué punto llegaba su apego a la muchacha. Cada visitante que llegaba era recibido con rispidez, o por los menos con sequedad. Los íntimos padecían más, porque él les decía brutalmente que todavía no era un cadáver, que la presa todavía estaba viva, que los buitres se equivocaban de olor, etcétera. Virginia, en cambio, nunca tuvo que sufrir un solo instante de mal humor. Falcão la obedecía en todo, con pasividad de niño, y cuando reía era porque ella lo hacía reír.

–Vamos, tome su remedio, déjese de rezongos, usted es ahora mi hijo…

Falcão sonreía y bebía el preparado. Ella se sentaba al borde de la cama, le narraba cuentos, vigilaba el reloj para darle a horario los caldos o la carne de gallina, le leía el sempiterno Saint–Clair. Llegó la convalecencia. Falcão salió a dar algunos paseos, en compañía de Virginia. La prudencia con que ésta, dándole el brazo, iba mirando las piedras de la calle, cuidándose de encarar los ojos de algún hombre, le encantaba a Falcão.

“Ésta ha de cerrar mis ojos”, se repetía. Un día llegó a pensarlo en voz alta:

–¿No es cierto que tú habrás de cerrar mis ojos?

–¡No diga tonterías!

Allí mismo, en la calle, él se detuvo, le estrechó fuertemente las manos, agradecido, no sabiendo qué decir. Si tuviese la facultad de llorar, seguramente en aquel instante sus ojos se habrían humedecido. De vuelta en casa, Virginia corrió a su habitación a releer una carta que le entregara en la víspera una tal doña Bernarda, amiga de su madre. Estaba fechada en Nueva York y traía por toda firma este nombre: Reginaldo. Uno de los párrafos decía así:

Parto de aquí en el vapor del día 25. Espérame. No sé todavía si iré a verte en seguida o no. Tu tío debe acordarse de mí; me vio en casa de mi tío Paco Borges, el día del casamiento de tu prima…

Cuarenta días después desembarcaba este Reginaldo, llegado de Nueva York, con treinta años cumplidos y trescientos mil dólares. Veinticuatro horas después visitó a Falcão, que lo recibió apenas con educación. Pero Reginaldo era fino y práctico; dio con la cuerda principal de su interlocutor y la hizo tañer. Le habló de los prodigiosos negocios de los Estados Unidos, las hordas de monedas que corrían de uno a otro de los océanos que bañaban sus costas. Falcão lo escuchó deslumbrado y le pedía más y más información. Entonces el otro le hizo un extenso recuento de las compañías y bancos, acciones, saldos de finanzas públicas, riquezas particulares, organización municipal de Nueva York; le describió los grandes palacios consagrados al comercio…

–Realmente es un gran país –decía Falcão de cuando en cuando. Y luego de tres minutos de reflexión–, pero, por lo que usted cuenta, sólo hay oro.

–Oro, sólo, no; hay mucha plata y papel; pero allí papel y oro es la misma cosa. Y ni que hablar de monedas de otras naciones. Le mostraré una colección que traigo. Mire: para ver lo que es aquello basta fijarse en mí: fui allá pobre, tenía veintitrés años; al cabo de siete años, traigo seiscientos contos.

Falcão se estremeció:

–Yo, a su edad, –confesó–, apenas si llegaba a cien.

Estaba encantado. Reginaldo le dijo que necesitaba dos o tres semanas para contarle los milagros del dólar.

–¿Cómo dice usted que se llama?

–Dólar.

–¿Me creerá si le digo que nunca vi esa moneda?

Reginaldo sacó del bolsillo del chaleco un dólar y se lo mostró. Falcão, antes de tenerlo en su mano, lo atrapó con los ojos. Como estaba un poco oscuro, se incorporó y fue hasta la ventana para examinarlo bien de ambos lados; después lo restituyó a su dueño, elogiando mucho el dibujo y la acuñación, agregando que nuestros antiguos patacones eran también muy lindos.

Las visitas se repitieron. Reginaldo resolvió pedir la mano de la muchacha. Ésta, empero, le dijo que era preciso obtener primero la anuencia del tío; no se casaría contra su voluntad. Reginaldo no se desanimó. Se empeñó en redoblar sus atenciones para con Falcão; abarrotó al tío de Virginia de dividendos fabulosos.

–A propósito, nunca me mostró su colección de monedas –le dijo un día Falcão.

–Venga mañana a mi casa.

Falcão fue. Reginaldo le mostró la colección metida en un mueble cuyos cuatro lados eran de vidrio. La sorpresa de Falcão fue extraordinaria; esperaba encontrar una cajita con un ejemplar de cada moneda, y encontró montañas de oro, plata, bronce y cobre. Falcão les echó una ojeada general y colectiva; después empezó a observarlas en detalle. Sólo reconoció las libras, los dólares y los francos; pero Reginaldo las nombró todas: florines, coronas, rublos, dracmas, pesos, rupias, toda la numismática del trabajo, concluyó poéticamente.

–Pero ¡qué paciencia la suya para juntar todo esto! –dijo él.

–No fui yo quien las juntó –replicó Reginaldo–; la colección pertenecía al expolio de un personaje de Filadelfia. Me costó una bagatela: cinco mil dólares.

En verdad, la colección valía más. Falcão salió de allí con la colección en el alma; le habló de ella a su sobrina e imaginariamente desordenó y volvió a ordenar las monedas, como un amante revuelve los cabellos de la amada para volver a acariciarlos otra vez. Esa noche soñó que era un florín, que un jugador lo arrojaba a la mesa del lansquenet, y que él traía consigo, hacia el bolsillo del jugador, más de doscientos florines. A la mañana siguiente, para consolarse, fue a contemplar las primeras monedas que tenía en la caja de caudales; pero no encontró el consuelo que buscaba. El mejor de los bienes es el que no se posee. Días después, estando en el comedor de su casa, le pareció ver una moneda en el suelo. Se agachó para recogerla; no era una moneda, era una simple carta. La abrió distraídamente y la leyó asombrado: era de Reginaldo y estaba dirigida a Virginia…

–¡Basta! –me interrumpe el lector–; adivino lo demás. Virginia se casó con Reginaldo, las monedas pasaron a manos de Falcão, y eran falsas…

No, señor, eran verdaderas. Hubiera sido más ético que, para castigo de nuestro hombre, fuesen falsas; pero ¡ay de mí!, yo no soy Séneca, no paso de un Suetonio que contaría diez veces la muerte de César, si él resucitase diez veces, pues no retornaría a la vida sino para volver al imperio.

Fuente: www.ciuedadseva.com

El final de la Teresita  

José de la Cuadra

Narraba el viejo marino su corta pero emocionante historia, con un tono patético que si bien no convenía al ambiente —un rincón del club no muy apartado de los salones donde la muchachería bailoteaba al compás de un Charleston interminable— convenía sí a lo que él contaba.

—Regresábamos de un crucero hasta las Galápagos, a bordo del cazatorpedero “Libertador Bolivar”, la unidad más poderosa que tenía entonces la armada de la República. Era yo guardiamarina, quizás el más joven entre mis compañeros; porque hace de esto, más o menos, veintitrés años. Habíamos cumplido la primera escala, luego de la travesía del Pacífico en la isla Salango, y después, siguiendo la costa de Manabí, demoramos, para hacer maniobras de artillería, entre Punta Ayampe y las islas de los Ahorcados.

—Mar bravo en esa altura —interrumpió uno de los oyentes.

—¿Usted conoce? Sí; mar bravo —continúo el narrador—, y, justamente por eso escogió el comandante esa zona para que los noveles artilleros hicieran ensayos de puntería, disparando contra blancos movedizos y pequeños: un botecillo viejo, un palo, una boya. Llevábamos dos días en maniobras; al amanecer del tercero hubimos de forzar máquinas con rumbo al norte, no recuerdo por cuál motivo, hasta colocarnos a relativamente escaza distancia arriba de las islas de los Ahorcados, que teníamos a la vista. Por cierto, continuábamos en nuestra tarea. Hacia el mediodía, advertimos que de la costa de una de las islas se separaba un bongo y que una persona avezada sin duda en el manejo del remo, lo dirigía seguramente hacia nuestro buque. Cuando la pequeña embarcación, que a cada momento las olas parecían tragarse, estuvo a suficiente distancia de nosotros, el oficial de toldilla conminó a su pasajero para que la alejara pero éste se afanaba en ademanes que claramente daban a entender que solicitaba permiso para atracar al costado del “Bolivar”. El comandante, que en ese momento estaba junto al oficial de toldilla accedió a las mudas súplicas del hombre del bongo y dio órdenes para que le permitieran abordar. “A lo mejor se trata de cosa que nos interesa”, dijo. Era algo inusitado que el comandante violara el severo reglamento de las naves de guerra, que terminante prohíbe que un civil suba a ellas, o se aproxime más de la cuenta, sin superior permiso o salvo casos de fuerza mayor, peor aún encontrándose la unidad en alta mar; pero el aspecto del hombre del bongo no era como para infundir sospechas, y, además, la República gozaba, por ventura, de completa paz interior y exterior: fue dos años más tarde el conflicto con el Perú. Ciertamente, no había nada que temer, amén de que de ningún modo se le permitiría al visitante conocer el sistema de defensa de la nave: sería recibido en la escala. A poco, había trepado aquél. Era un cholo viejo, como de unos setenta años, baldado de un brazo. Su figura lo señalaba como uno de esos lobos de mar nuestros, que lo mismo saben ordenar una maniobra de velas para desafiar al temporal, que conducir un barco de alto bordo, por entre peligrosas sirtes fluviales —entre Scila y Caribdis— hasta la ría de Guayaquil. Parado en el portalón de babor, con aire encogido, jugando con el jipijapa entre las manos inquietas, preguntó por nuestro comandante. “Soy yo”, manifestó éste.

Un mozo que con una servida de gin se acercó a nuestro grupo interrumpió al narrador.

Así que se hubo hecho honor al aguardientillo, prosiguió el marino:

—Quisiera conocer lo bastante el dialecto de la gente costeña para reproducir el discurso del cholo con las mismas frases, con los mismos modismos por él empleados; pero, como no puedo hacer tal, trataré de, lo más fielmente que me sea posible, repetiros lo que dijo y que tanto nos conmovió: “Vea mi comandante” inició; “ustedes están haciendo tiro al blanco con los cañones y yo quiero ofrecerles un blanco bueno para que mejor aprendan a disparar los muchachos. Es mi balandra mi “Teresita” ¿sabe? Ya está muy vieja y no se puede hacer a la mar. Antes, sí. ¡Era de verla! He ido en ella hasta el Perú; y, varias veces, hasta Colombia. A Galápagos, ni se diga. Una ocasión fui —no lo ha de querer usted creer— hasta Nicaragua, por orden de mi general Alfaro, y traje de allá a veinte oficiales que venían al Ecuador a pelear con los godos. ¡Era de ver a mi “Teresita” cómo jugaba con las olas, como las esquivaba, orzando babor, orzando a estribor siempre ágil, ¡siempre lista! La llamaban “la gata” por lo brincadora. ¡Ah, era de verla! Ahora, no. Ya está vieja; tanto como yo. Ya no puede ni siquiera navegar en bonanza, porque el menor soplo de brisa la pondría en peligro, porque el más insignificante oleaje rompería sus cuadernas y la hundiría… Mis nietos, ¿sabe?, quieren que le meta hacha, que la venda como madera vieja; que venda el palo mayor que como ése si es nuevo, puede servir para otra embarcación; que venda la lona de las velas para otras balandras… Yo no quiero eso, mi comandante; yo no quiero eso. Mi “Teresita” no merece esa muerte. Ella se tiene ganada otra distinta. A usted, mi comandante pongo por caso, ¿le gustaría con lo que ha navegado, con lo que ha peleado, morirse un mal día en su cama, de fiebre? ¿Verdad que no? Pues… lo mismo, más o menos… Y es por esto que yo quiero pedirle a usted un favor: que haga que los muchachos los guardiamarinas ecuatorianos, disparen contra mi “Teresita” para que se hunda en la mar herida de bala; para que así muera, para que así acabe… ¿cómo diría?, de una manera digna …” Lloraba el anciano cholo al pronunciar las últimas palabras. Nuestro comandante estaba francamente emocionado, y, al consultarnos con una mirada, debió leer en nuestros rostros la expresión de una emoción parecida a la suya. Seco y lacónico como era, sólo dijo el cholo: “Está bien. Traiga su balandra y póngala a tiro de cañón. Yo mismo dispararé… para mayor homenaje”. El pobre hombre no sabía cómo demostrar su agradecimiento: Lloraba y reía a su tiempo mismo; y lo peor era que sus sentimientos resultaban contagiosos. Yo — lo confieso — hube de sacarme disimuladamente una rebelde lagrimita que pugnaba por deslizarse sobre mi mejilla… Volvió el cholo a la costa y lo vimos desaparecer tras las rocas de una pequeña caleta. A poco, doblando lentamente una punta, se puso a nuestra vista la “Teresita”. Andaba como una vieja paralítica. El suave nordeste que hinchaba su foque y su trinquetilla, no sé por qué juego de fuerzas tensaba la mayor, haciendo que el barco se inclinara agudamente de proa. Realmente la “Teresita” era una cosa inservible; y, así, causaba asombro que un solo tripulante —su dueño— pudiera maniobrarla. Y tan bien podía hacerlo el viejo marino, que, después de corto tiempo, la había colocado a tiro de cañón, en mar abierto, frente por frente con el “Bolívar”. Largo las cazavelas, dejó los lienzos tendidos, y pairó la nave. Abandónala luego y, a bordo de su bongo, enderezó hacia el costado del “Bolívar” y atracó junto a la escala. Fuele imposible pronunciar palabra cuando estuvo sobre cubierta. Bañada en lágrimas la faz, indicó con un gesto al comandante, la balandra, que allá lejos, era juguete del monstruo de “sonrisa innumerable…”. Nada dijo, tampoco, el comandante. Dirigióse a uno de los cañones de proa, de antemano preparado; acomodó la puntería y disparó… La “Teresita”, magistralmente herida en el metacentro, bajo la línea de flotación, comenzó a hundirse… Llena de líquido toda la capacidad de su casco, desaparecido bajo el agua la obra muerta, quedando tan sólo a la vista el velamen. Inclinóse a babor; inclinóse luego a estribor, hizo juegos de balance de popa a proa, mostrando en uno de los tales la parte posterior de la quilla; y hundiendo primero el bauprés, como una espadilla que se clavara en el lomo de una bestia y alzando al aire la popa, la “Teresita” se perdió en el abismo… Por un momento, la lona del foque, desprendida seguramente de la escolta, flotó sobre la superficie y se movió sobre ella como un pañuelo que se agitara en ademán de despedida… Acodado sobre la borda del “Bolívar”, el viejo cholo, fijos los ojos en el sitio donde quedaba sepultada la “Teresita”, lloraba y reía, todo a una… Lloraba y reía… Créanme ustedes que era un espectáculo capaz de poner angustia en el espíritu…

Al concluir la narración, en verdad que el marino estaba emocionado. Y nosotros, con él.

Fuente: www.eso.proyectos-2blogspost.com

El viaje

Géminis

Se conocieron en la Ciudad de México y después de un tiempo vivir juntos.  Ricardo y Elena formaban una pareja envidiable, con múltiples amistades, exitosos, él un reconocido abogado y ella, conferencista internacional sobre filatelia.

La hermosa y tranquila ciudad de Lausana a orillas del Lago Lemán, en Ginebra, Suiza,  que en la orilla francesa opuesta de este lago espectacular, les ofrecía los Alpes Saboyanos, era el escenario perfecto para que Ricardo y Elena reencontraran el sentido de su relación.

Instalados en un Chalet de enormes dimensiones, contaba con una terraza que les permitía gozar del maravilloso lago y disfrutar los alimentos en cómodos muebles exteriores con sombrilla.

Recorrían todos los días las hermosas edificaciones medievales, las góticas,  las que eran castillos…  Visitaron monumentos y callejas tomados de la mano  y con una amplia sonrisa.

Se compenetraban en los motivos que los habían alejado y trataban de subsanar sus heridas.  Antes de realizar el viaje, estuvieron en terapia de pareja durante seis meses.

De regreso a México, Ricardo y Elena sabían que el  amor requiere de perdón, fe, tolerancia, comprensión, humildad…, era otra su actitud.  Descubrieron los ecos del camino que los llevaron a decidir que valía la pena seguir unidos.  Pasaron dos meses y al llegar Ricardo a casa, ella le murmuró que sería papá en ocho lunas… Con lágrimas en los ojos se besaron y pasaron una noche inolvidable.

¡El viaje… hizo el milagro! 

Fuente: María del Socorro Maestro Payró. Crees que sí, ¿pues no? Edición de autor. 2017

Desenredo

João Guimarães Rosa

Del narrador a sus oyentes:

–Juan Joaquín, cliente de quien cuenta, era apacible, respetado, bueno como aroma de cerveza. Señor de lo debido para no ser célebre. ¿Quién puede empero con ellas? Dormido Adán, nació Eva. Llamábase Liviria, Rivilia o Irlivia, la que, en esta ocasión, a Juan Joaquín se le apareció.

Tirando a bonita, ojos de carbón vivo, morena miel y pan. Casada por lo demás. Sonriéronse, viéronse. Era infinitamente mayo y Juan Joaquín se enamoró. Sumariando el asunto, se entendieron; volando lo demás con ímpetu de nave tendida a vela y viento. Pero muy teniendo todo, claro está, que ser secreto, a siete llaves. Porque en el marido, cuando celoso, se hacía notar la valentía y ya se sabe que los pueblos son la ajena vigilancia. De modo que al rigor los dos se sujetaron, conforme al clandestino amor y según aconseja el mundo desde que es mundo. No hay, empero, abismos infranqueables en barquitos de papel.

No se veía cuándo y cómo se veían. Juan Joaquín, por lo demás, era pura, calculada retracción. Esperar es reconocerse incompleto. Dependían ellos de enormes milagros. El embriagado engaño, quiero decir. Hasta que se produjo el derrumbe. Lo trágico no viene en cuentagotas. Sorprendió el marido a la mujer con otro, un tercero… Sin muchas vueltas, pistola en mano, la asustó y lo mató. Se dice también que levemente la hirió, cosa ligera.

Juan Joaquín, doliente sorprendido, en lo absurdo se negaba a creer, y barrido por dolores fríos, calores, lágrimas quizá, cayó en decúbito dorsal devuelto al barro, a medio estar entre lo inefable y lo nefando. Jamás la imaginara con el pie en tres estribos; llegó a maldecir sus propios y gratos “abusufructos”. Se contuvo para no verla, prohibiéndose ser pseudopersonaje, en circunstancias de tan sangrienta y negra magnitud.

Ella –lejos– siempre y más que nunca hermosa, ya repuesta y sana. Él, ejercitándose en resistir, siervo de penosas emociones.

Los porvenires, mientras tanto, maduraban, ¿qué, no hay fin que sobrevenga? Desafortunado fugitivo, y como a la Providencia place, el marido falleció, ahogado o de tifus. El tiempo se las ingenia.

De inmediato lo supo Juan Joaquín, sumido en su franciscanato, dolorido pero ya medicado. Fue, pues, con la amada a encontrarse –ella sutil como alas leves, pantanal de engaños, la firme fascinación. En ella creyó, en un abrir y no cerrar de oídos. Y así fue como, de repente, se casaron. Alegres y mucho, para feliz escándalo popular.

Pero hubo peros.

¿Llega siempre imprevisible lo abominable? ¿O es que los tiempos se siguen, parafraseándose? Prodújose el arribo de los demonios.

Esta vez fue Juan Joaquín quien con ella se deparó y en mala hora: traicionado y traicionera. De amor no la mató, que no era hombre de remontarse a tamaños leonismos ni tigreces tales. La expulsó apenas, apostrofándose, como inédito poeta y hombre. Y viajó huida la mujer a ignoto paradero.

Todo aplaudió y reprobó el pueblo, repartido. Por el hecho, Juan Joaquín se sintió heroico, casi criminal, reincidente. Triste, al fin, y tan callado. Sus lágrimas corrían detrás de ella, como blancas hormiguitas. Pero, en la frágil barca del consenso, de nuevo pudo verse respetado. Se pierde la camisa, cuando no lo que ella viste. Era el suyo un amor meditado, a prueba de remordimientos. Se dedicó a resarcirse.

Pero hubo peros.

Pasaban los días y, pasándolos, Juan Joaquín iba aplicándose, en progresivo, empeñoso afán. La bonanza nada tiene que ver con la tempestad. ¿Creíble? Sabio siempre fue Ulises, que empezó por hacerse el loco. Deseaba él, Juan Joaquín, la felicidad –idea innata. Se consagró a remediar, redimir la mujer, a pulmón pleno. ¿Increíble? Cabe notar que el aire viene del aire. De sufrir y amar uno no se desacostumbra. Él quería apenas los arquetipos, platonizaba. Ella era un aroma.

¿Amantes, ella? ¡Nunca los tuvo! Ni uno ni dos. Díjose y decía Juan Joaquín. A embustes atribuía la leyenda, falsas patrañas escabrosas. Cabíale descalumniarla, y a todo se obligaba. Trajo a flor de escena del mundo lo que, del caso bajo, fuera tan claro como agua sucia. Demostrándolo, amatemático, contrario al público pensamiento y a la lógica, desde que Aristóteles la fundó. Lo que no era tan fácil como refritar albóndigas. Sin malicia, con paciencia, sin insistencia, principalmente.

El punto está en que lo supo del modo que sigue: por antipesquisas, acronología menuda, charlitas secreteadas, entrecogidos testimonios. Juan Joaquín, genial operaba el pasado –plástico y contradictorio borrador. Creaba una nueva transformada realidad, más alta. ¿Y más cierta?

La celebraba, fanático, dándola por justa y averiguada, con rotunda convicción. Haya el absoluto amar y no habrá injuria que aguante.

De modo que surtió efecto. Desaparecieron los puntos suspensivos, el tiempo secó el asunto. Diluíase la tiniebla, anteriores evidencias, sus siniestras brumas. Lo real y válido en ascenso y hacia arriba. Y todos lo creían. Juan Joaquín antes que todos.

Por fin, hasta la propia mujer. Le llegó la noticia adonde se encontraba, en ignota, defendida, perfecta distancia. Se supo desnuda y pura. Volvió sin culpa, con dengues y titubeos, desplegando su bandera al viento.

Tres veces se roza la felicidad. Juan Joaquín y Viliria se retomaron y compartieron, transmutados, lo verdadero y mejor de su útil vida.

Y archívese el asunto.

Fuente: www.ciudadseva.com

Soledad

Álvaro Mutis

En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al Gaviero una secreta herida de la que manaba en ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e innombrable. La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.

Fuente: www.ciudadseva.com

La lagartija y el maíz

Juan Manuel Muñoz Cano

En el mes mac, los ancianos campesinos acudían a un patio, a un espacio, y hacían la ceremonia tup pkak. Acudían con animales, todo tipo de animales, iguanas, pavos de monte, hicoteas. En el centro del espacio colocaban muchas ramas, y en cada punto cardinal una olla con agua. Encendían la gran fogata y quemaban en las llamas el copal. Cuando el humo y el aroma eran sumamente intensos, sacaban el corazón de los animales y los quemaban. Una vez logrado esto, traían las ollas con el agua y apagaban aquel fuego. Hacían esto para lograr buenas aguas para la siembra, antes de poner las semillas en la tierra. Hacían esta ceremonia para el ave muan vinculada con las nubes y las aguas. Un pájaro poderoso que vivía en la ceiba sagrada del centro de la superficie de Tierraplana.

Pero una vez, un onji, las lluvias fueron inclementes; sólo dejaron un pedazo de tierra, en medio de las lagunas de Nacajuca. Por las aguas las tres lagunas, Pucte, Cantemo y la Ramada, parecían una sola. Tapozingo, Tucta, Olcuatitán necesitaban el pedazo de tierra, fértil al bajar las aguas, para la siembra. Se acordó que cada pueblo escogiera a un grupo de personas con el fin de que llevara semillas a esa tierra, y así asegurar obtener la mazorca de maíz de la cosecha. No la tenían fácil: los lagartos, jaguares y las nahuyacas podían hacer temblar al más valiente, hacerlo fracasar en su encomienda. Cada uno de los pueblos escogió la semilla: Tucta la semilla dorada del maíz, Tapozingo la de color rojo y Olcuatitán la blanca enana. Se inició la carrera por la tierra. En el primer intento los cocodrilos dieron cuenta con los competidores, en el segundo lo mismo, y quienes lograron esquivarlos sufrieron con las garras de los jaguares…

Los de Tapozingo se encomendaron a Itzam Na. Estos respondieron en sus sueños. Al primer animal que vieran le otorgarían el cuidado de las semillas. Un sembrador lo llevaría en su lomo. De ese modo, si no lograba llegar a la meta, el animal elegido terminaría la labor sembrando la semilla y regresaría sin ningún peligro para testificar el logro. A la mañana siguiente salieron de sus chozas y encontraron en la plaza a la champ sak. La lagartija, que era uno de los antiguos animales que vestían a Itzam Na, fue colocada entre las ropas de quien iría en busca de la tierra donde sembrar las semillas.

Pasaron las aguas, esquivaron el fino olfato del jaguar y las mordidas de la nahuyaca; sin embargo, los popales y los mangles habían herido al guerrero, el cual quedó tendido a las orillas de la tierra fértil; la lagartija corrió al centro de la tierra y sembró las semillas del maíz, las cuales germinaron casi al instante. La cosecha fue abundante, y pudieron compartirla con los pueblos vecinos. La lagartija, Itzam Na en su representación de la iguana tierra, Itzam Cab, y de Itzam Na Kauil, la iguana que provee de abundantes cosechas, fue colocada en un altar y el sembrador curado de sus heridas por la receta proporcionada por los dioses.

La receta de los dioses para proteger el cuerpo del sembrador de futuras enfermedades, como dolores musculares del cuerpo, relajar el alma y prepararla para el trabajo, fue con base en el cacao, miel, harina de maíz dorado, aguardiente de maíz, y agua recolectada del río por la noche en un recipiente de barro o tierra colorada. Para el sembrador, el campesino, la lagartija en su representación en el altar, el mascarón de estuco representando a la lagartija, con bandas planetarias a ambos lados de la cara y los elementos de su tocado asociados a las hojas de la planta del maíz, era la emoción que recordaba al vencer la laguna y colocar la semilla de maíz para las cosechas.

En Tamultun, el lugar del montículo de piedra, Tamulté de las Sabanas ahora, se hace una fiesta cuando el elote está sazonando y se convierte en granos para hacer las tortillas. En la fiesta se avisa que ya hay maíz tierno y calabaza y de la existencia de fruto en los cultivos. Pero antes, en los onji de antes, el k’antiyah cantaba mientras alguien con máscara con follaje, un k’ojob, bailaba al ritmo de un tambor y la flauta de carrizo; y había un espíritu en la selva que escuchaba.

Fuente:  Juan Manuel Muñoz Cano. El mundo de Tierraplana, Villahermosa, Gobierno del Estado de Tabasco. 2010

Las siete brujitas

Isabel Rullán de Izundegui

Érase que eran dos compadres que vivían en el reino del sultán Budubadur; uno era rico y malhumorado y el otro era pobre y siempre estaba contento. El compadre pobre tenía un burrito que era su constante compañero y, llevándolo del bozal, se fue al bosque a buscar leña para cocinar. Había muchas ramas en el suelo, y las recogía y colocaba sobre el burrito. Estaba muy contento y cantaba admirando la belleza del bosque, pero iba tan distraído que no se dio cuenta de que estaba anocheciendo. Entonces puso una lía sobre el suelo y, descargando al burrito, hizo un atado con la leña que había recogido y la metió en una cueva, escondió al burrito en un matorral y se subió a un árbol. Se acomodó en una horqueta y se disponía a dormir cuando llegaron siete preciosas brujitas, que, agarrándose de la mano, hicieron un círculo alrededor del árbol y empezaron a gritar: “Lunes, martes y miércoles, tres; lunes, martes y miércoles, tres”.

De lo alto del árbol, les llegó una voz: “Jueves, viernes y sábado, seis; jueves, viernes y sábado, seis”. Las brujitas se pusieron felices al juntar los dos cantos: “Lunes, martes y miércoles, tres; jueves, viernes y sábado, seis”. Gritaban de gusto. Bajaron al compadre y bailaron con él alrededor del árbol. Al amanecer, le dieron un costal lleno con monedas de oro, que hizo que se pandeara el burrito, pues además llevaba la carga de leña.

Llegó feliz a su casa con un conejo que cazó en el camino. Ya lo tenía todo: casa, familia, comida y dinero. Se arrodilló dando gracias a Dios mientras su mujer fue a pedirle prestada una jicarita a los compadres ricos. La comadre, antes de darle la jícara, le puso una gotita de cola en el fondo, pues quería saber qué iba a medir su comadrita. Cuando se la devolvió, llevaba una monedita de oro pegada, y entonces corrió a contarle a su esposo lo que había pasado. Este corrió a la casa del compadre a que le contara dónde había hallado tanto oro, que necesitaba una jicarita para medirlo. Como no tenía por qué ocultarlo, se lo contó.

El compadre, ni tardo ni perezoso, amarró diez burros detrás de unos arbustos y se subió a una rama. Allí esperó la llegada de las siete brujitas, y estas aparecieron cantando: “Lunes, martes y miércoles, tres; jueves, viernes y sábado, seis”. Así cantaban, sin cansarse. Pero cuando estaban más contentas se oyó una voz que salía del árbol: “Domingo, siete”.

Las brujitas se enojaron mucho de que un intruso les echara a perder la canción, que ahora sonaba así: “Lunes, martes y miércoles, tres; jueves, viernes y sábado, seis. Domingo, siete”. Por eso bajaron al intruso y le dieron tal paliza que le rompieron los huesos y lo dejaron convertido en un garabato. A los pobres burros se los comieron las fieras, y el compadre llegó arrastrándose a su casa. Con trabajos pudieron salvarle la vida. Le pusieron de apodo “Domingo siete”, y así les dicen a todas las personas que son inoportunas. Y colorín colorado…

Fuente: Isabel Rullán de Izundegui. A como me lo contaron se los cuento, 2.ª ed., Villahermosa, Gobierno del Estado de Tabasco. 2013

El coloso y la luna

Socorro Venegas

Se desliza por su cuerpo de gigante la luz blanca, igual que el sueño en los ojos muy abiertos de la niña. Al fondo de la mirada de Andrea hay un hombre inmenso sentado a la orilla de la tierra, la cabeza ladeada hacia la luna. ¿De dónde vino este coloso para habitarle el sueño?

Está cansada. Apenas parpadea. Y en su boca hay un sabor amargo y seco. Todo el día buscó a su padre, caminó por las calles de su barrio, entró en las cantinas, tocó las puertas de cada conocido y recibió las negativas. No le importaba mucho hallarlo, pero su madre se pondría furiosa si no lo llevaba de vuelta.

La pesquisa la hizo explorar más allá del barrio, territorio desconocido. En el límite entre su calle y la otra unas niñas jugaban rayuela. Andrea quiso dejar a la suerte la decisión de ir más lejos o volver a casa sin novedad, entonces escucharía los insultos de su madre, quien luego se echaría a llorar lamentándose por la hija tan inútil que tenía, la amenazaría con sacarla de la primaria y ponerla a trabajar de criada.

Apenas era mediodía. Las niñas aceptaron que se uniera al juego, pero se burlaban de su suéter viejo y los zapatos sucios. De un brinco a otro, mientras ellas cuchicheaban, Andrea recordaba las mil mañanas en que su madre, sin importarle que fuera día de escuela, le ordenaba: No llegó. Vete a buscarlo, y con urgencia le metía en el bolsillo del suéter una pequeña botella de Bacardí para así conseguir que la acompañara. El anzuelo. De un número a otro de la rayuela, Andrea iba más concentrada y más enojada. No le gustaba obedecer a su mamá. No le gustaban las caras de los vecinos con los que a veces su padre bebía, la interrogante inútil que le devolvían: ¿No llegó anoche tu papá?, mira qué cabrón.

Una de las niñas le preguntó entre risas si nunca se quitaba el suéter o se bañaba. La otra se acercó y le sacó la botella, iba a burlarse o a correr a contar lo que acababa de descubrir, pero Andrea le arrebató el frasco y le dio un tirón de cabellos que de todos modos la hizo correr, llorando, con su amiga detrás. Hubiera querido patearlas y morderlas. Qué rápido huyeron de su odio y su sed. Escupió.

No supo cómo. Mientras caminaba para seguir su búsqueda abrió mecánicamente la botella y se la empinó dos veces con tragos largos. El ardor en la garganta la hizo toser. ¿Por qué le gustaba a su papá ese líquido que dolía y cuyo sabor le pareció horrible? Ella traía en el pecho un fuego más hondo que el de ese ron blanco. Volvió a beber, esta vez el alcohol escurrió por su cuello.

Pasó por la tienda La Cordobesa, guardó el frasco y entró. Una dulce sensación le aflojaba brazos y piernas, llegó ante el mostrador y compró un chocolate. Lo abrió despaciosa, torpe, y se lo comió en rápidos bocados. La tendera no le prestó atención y solo le señaló el bote de basura. Al salir de ahí la orden de buscar a su padre se oía lejana; en sus orejas burbujeaban perezosos todos los sonidos del día: pájaros, coches, pasos, voces. La voz de su madre, no. Se sentía cansada, llevaba mucho rato caminando y recordó que no había desayunado. Esa delicada sensación de no pisar del todo el suelo la obligó a arrastrar una mano por la pared, temerosa de caerse. En una esquina casi chocó con una mujer que llevaba dos grandes bolsas de supermercado: ¡Andrea, allá atrás está tu papá!, advirtió.

A Andrea, que siempre gozaba del sol en su rostro, ahora le pareció que en el cielo un reflector cegador y agobiante se orientaba hacia ella. Palpó sus mejillas con los ojos cerrados, sonrió al ir reconociendo sus cejas, la exacta dimensión de cada línea, la sonrisa crecía, la nariz chata, la barbilla y la cicatriz que se hizo al caer de un columpio. El cielo, su aparente lejanía, la obsesionaba cuando más chica: aquella vez, en lo alto, se soltó y estiró los brazos.

Comenzó a reírse. Hoy no creería posible tocar el cielo. Abrió la botella y vació en el suelo lo que quedaba del ron.

Reconoció la calle que daba a la escuela, una subida muy larga; dos años atrás su mamá todavía la llevaba cada mañana, por lo general se le hacía tarde —le costaba despertar después de las pastillas que tomaba en la noche—, Andrea se caía con frecuencia al tratar de seguir aquel paso apurado. Sus rodillas tenían las cicatrices de la prisa.

Buscó la sombra, por un instante se sintió tan lenta como la tortuga que un día le robó a su vecino. Su madre, distraída, pisó al animal. Pero Andrea no dejaría que nadie le pusiera el pie encima. Se defendería de cada burla: por el suéter roto, los zapatos sucios, las malas calificaciones, las palabrotas que se le salían.

Dormido, acurrucado contra la pared, ahí en la calle, estaba su padre. Andrea sintió mucha vergüenza, ¿qué pasaría si alguien de la escuela los reconocía? Vio que a través de la botella ya no se deformaban las cosas: estaba vacía. Y entonces se preguntó: ¿Con qué lo haré volver? No importaba. No volverían. Se sentó a su lado. Subió a su nariz el olor a orines y alcohol secos, una sensación de asco la hizo arquearse, pero se contuvo. Pensó que cuando despertara, él también creería que, en adelante, la vida estaba solo en las calles. ¿Para qué ir a casa? No se separaría de su papá. No tendría más vergüenza. Acecharía para quitarle las botellas y vaciarlas sin que se diera cuenta. El aire caliente de la tarde la cubrió con un abrazo suave; durmió.

Oscurecía cuando Andrea se incorporó. Hizo una mueca: la cabeza le dolía espantosamente. Su padre estaba sentado en la orilla de la acera, y para ella era un gigante que soñaba, un destructor, un coloso triste. La imagen se destiló en sus ojos, ardiente y dulce. Vio que tenía entre las manos la botella vacía. Quiso decir algo, pero solo tragó saliva. Algo más quiso salir de su garganta, una bocanada de veneno, de vómito amargo que ya no podía retener. Él suspiró profundamente. Ladeó la cabeza hacia el cielo, la sonrisa estúpida. La luna, miraba la luna.

Fuente: Eduardo Antonio Parra (editor). Los mejores cuentos mexicanos: edición 2004. México, Joaquín Mortiz, Fundación para las Letras Mexicanas (FLM). 2004

La novia fiel

Emilia Pardo Bazán

Fue sorpresa muy grande para todo Marineda el que se rompiesen la relaciones entre Germán Riaza y Amelia Sirvián. Ni la separación de un matrimonio da margen a tantos comentarios. La gente se había acostumbrado a creer que Germán y Amelia no podían menos de casarse. Nadie se explicó el suceso, ni siquiera el mismo novio. Solo el confesor de Amelia tuvo la clave del enigma.

Lo cierto es que aquellas relaciones contaban ya tan larga fecha, que casi habían ascendido a institución. Diez años de noviazgo no son grano de anís. Amelia era novia de Germán desde el primer baile a que asistió cuando la pusieron de largo.

¡Qué linda estaba en el tal baile! Vestida de blanco crespón, escotada apenas lo suficiente para enseñar el arranque de los virginales hombros y del seno, que latía de emoción y placer; empolvado el rubio pelo, donde se marchitaban capullos de rosa. Amelia era, según se decía en algún grupo de señoras ya machuchas, un “cromo”, un “grabado” de La Ilustración. Germán la sacó a bailar, y cuando estrechó aquel talle que se cimbreaba y sintió la frescura de aquel hálito infantil perdió la chaveta, y en voz temblorosa, trastornado, sin elegir frase, hizo una declaración sincerísima y recogió un sí espontáneo, medio involuntario, doblemente delicioso. Se escribieron desde el día siguiente, y vino esa época de ventaneo y seguimiento en la calle, que es como la alborada de semejantes amoríos. Ni los padres de Amelia, modestos propietarios, ni los de Germán, comerciantes de regular caudal, pero de numerosa prole, se opusieron a la inclinación de los chicos, dando por supuesto desde el primer instante que aquello pararía en justas nupcias así que Germán acabase la carrera de Derecho y pudiese sostener la carga de una familia.

Los seis primeros años fueron encantadores. Germán pasaba los inviernos en Compostela, cursando en la Universidad y escribiendo largas y tiernas epístolas; entre leerlas, releerlas, contestarlas y ansiar que llegasen las vacaciones, el tiempo se deslizaba insensible para Amelia. Las vacaciones eran grato paréntesis, y todo el tiempo que durasen ya sabía Amelia que se lo dedicaría íntegro su novio. Este no entraba aún en la casa, pero acompañaba a Amelia en el paseo, y de noche se hablaban, a la luz de la luna, por una galería con vistas al mar. La ausencia, interrumpida por frecuentes regresos, era casi un aliciente, un encanto más, un interés continuo, algo que llenaba la existencia de Amelia sin dejar cabida a la tristeza ni al tedio.

Así que Germán tuvo en el bolsillo su título de licenciado en Derecho, resolvió pasar a Madrid a cursar las asignaturas del doctorado, ¡año de prueba para la novia! Germán apenas escribía: billetes garrapateados al vuelo, quizá sobre la mesa de un café, concisos, insulsos, sin jugo de ternura. Y las amiguitas caritativas que veían a Amelia ojerosa, preocupada, alejada de las distracciones, le decían con perfidia burlona:

—Anda, tonta; diviértete… ¡Sabe Dios lo que él estará haciendo por allá! ¡Bien inocente serías si creyeses que no te la pega!… A mí me escribe mi primo Lorenzo que vio a Germán muy animado en el teatro con “unas”…

El gozo de la vuelta de Germán compensó estos sinsabores. A los dos días ya no se acordaba Amelia de lo sufrido, de sus dudas, de sus sospechas. Autorizado para frecuentar la casa de su novia, Germán asistía todas las noches a la tertulia familiar, y en la penumbra del rincón del piano, lejos del quinqué velado por la sedosa pantalla, los novios sostenían interminable diálogo buscándose de tiempo en tiempo las manos para trocar una furtiva presión, y siempre los ojos para beberse la mirada hasta el fondo de las pupilas.

Nunca había sido tan feliz Amelia. ¿Qué podía desear? Germán estaba allí, y la boda era asunto concertado, resuelto, aplazado solo por la necesidad de que Germán encontrase una posicioncita, una base para establecerse: una fiscalía, por ejemplo. Como transcurriese un año más y la posición no se hubiese encontrado aún, decidió Germán abrir bufete y mezclarse en la politiquilla local, a ver si así iba adquiriendo favor y conseguía el ansiado puesto. Los nuevos quehaceres le obligaron a no ver a Amelia ni tanto tiempo ni tan a menudo. Cuando la muchacha se lamentaba de esto, Germán se vindicaba plenamente; había que pensar en el porvenir; ya sabía Amelia que un día u otro se casarían, y no debía fijarse en menudencias, en remilgos propios de los que empiezan a quererse. En efecto, Germán continuaba con el firme propósito de casarse así que se lo permitiesen las circunstancias.

Al noveno año de relaciones notaron los padres de Amelia (y acabó por notarlo todo el mundo) que el carácter de la muchacha parecía completamente variado. En vez de la sana alegría y la igualdad de humor que la adornaban, mostrábase llena de rarezas y caprichos, ya riendo a carcajadas, ya encerrada en hosco silencio. Su salud se alteró también; advertía desgana invencible, insomnios crueles que la obligaban a pasarse la noche levantada, porque decía que la cama, con el desvelo, le parecía su sepulcro; además, sufría aflicciones al corazón y ataques nerviosos. Cuando le preguntaban en qué consistía su mal, contestaba lacónicamente: “No lo sé”. Y era cierto; pero al fin lo supo, y al saberlo le hizo mayor daño.

¿Qué mínimos indicios; qué insensibles, pero eslabonados, hechos; qué inexplicables revelaciones emanadas de cuanto nos rodea hacen que sin averiguar nada nuevo ni concreto, sin que nadie la entere con precisión impúdica, la ayer ignorante doncella entienda de pronto y se rasgue ante sus ojos el velo de Isis? Amelia, súbitamente, comprendió. Su mal no era sino deseo, ansia, prisa, necesidad de casarse. ¡Qué vergüenza, qué sonrojo, qué dolor y qué desilusión si Germán llegaba a sospecharlo siquiera! ¡Ah! Primero morir. ¡Disimular, disimular a toda costa, y que ni el novio, ni los padres, ni la tierra, lo supiesen!

Al ver a Germán tan pacífico, tan aplomado, tan armado de paciencia, engruesando, mientras ella se consumía; chancero, mientras ella empapaba la almohada en lágrimas. Amelia se acusaba a sí propia, admirando la serenidad, la cordura, la virtud de su novio. Y para contenerse y no echarse sollozando en sus brazos; para no cometer la locura indigna de salir una tarde sola e irse a casa de Germán, necesitó Amelia todo su valor, todo su recato, todo el freno de las nociones de honor y honestidad que le inculcaron desde la niñez.

Un día… sin saber cómo, sin que ningún suceso extraordinario, ninguna conversación sorprendida la ilustrase, acabaron de rasgarse los últimos cendales del velo… Amelia veía la luz; en su alma relampagueaba la terrible noción de la realidad; y al acordarse de que poco antes admiraba la resignación de Germán y envidiaba su paciencia, y al explicarse ahora la verdadera causa de esa paciencia y esa resignación incomparables… una carcajada sardónica dilató sus labios, mientras en su garganta creía sentir un nudo corredizo que se apretaba poco a poco y la estrangulaba. La convulsión fue horrible, larga, tenaz; y apenas Amelia, destrozada, pudo reaccionar, reponerse, hablar… rogó a sus consternados padres que advirtiesen a Germán que las relaciones quedaban rotas. Cartas del novio, súplicas, paternales consejos, todo fue en vano. Amelia se aferró a su resolución, y en ella persistió, sin dar razones ni excusas.

—Hija, en mi entender, hizo usted muy mal —le decía el padre Incienso, viéndola bañada en lágrimas al pie del confesionario—. Un chico formal, laborioso, dispuesto a casarse, no se encuentra por ahí fácilmente. Hasta el aguardar a tener posición para fundar familia lo encuentro loable en él. En cuando a lo demás…, a esas figuraciones de usted… Los hombres… por desgracia… Mientras está soltero habrá tenido esos entretenimientos… Pero usted…

—¡Padre —exclamó la joven—, créame usted, pues aquí hablo con Dios! ¡Le quería… le quiero… y por lo mismo… por lo mismo, padre! ¡Si no le dejo… le imito! ¡Yo también…!

Fuente: Emilia Pardo Bazán. Cuentos de amor. Madrid, Verbum. 2018

La venganza creadora

Alfonso Reyes

Sol y mar, pereza y calor. Los breves días de vacaciones transcurrían apaciblemente en Acapulco. Cuanto no era allí naturaleza —la gente, el pueblo—, era incomodidad y abandono. Aún no había llegado a ser el puerto lo que ha venido a ser después: un Luna Park de lujo. Mil veces preferible quedarse en casa fuera de las horas del baño y el reposo en la playa. Mil veces mejor quedarse en casa, entregados a la charla boba, al Romey de dieciséis cartas, porque el Jim Romey, tan a la moda entonces, todo se vuelve aritmética y obliga a trabajar demasiado. Algunos tragos de vino por la noche, y cierta morbosa tensión en el ambiente; porque el ocio es mal consejero; y, por lo pronto, apicara las conversaciones y acorta un tanto los trechos de la familiaridad lícita y admitida.

La casita trepaba por la ladera y, de noche, era visitada por los abanicos de la brisa. Era pequeña y suficiente; sólo tenía dos pisos. Era propiedad de Federico, restaurant alemán establecido en la Ciudad de México, propiedad que conservaba aún porque aún estábamos antes de la guerra y no se habían dictado aquellas disposiciones sobre posesiones a tantos kilómetros de la costa. Federico no era un nazi, sino, todavía, un hombre del Kaiser, aviador herido en las campañas de la primera guerra y retirado ahora a sus negocios privados; lo bastante, al menos, para que no se le conocieran tendencias ni tentaciones políticas. Hombre rubio, maduro, insípido, sereno, alto, afeitado, con una rara expresión de impavidez y una mirada sospechosamente fija, a veces, que hacía preguntarse si tendría un ojo de vidrio.

El resto del grupo lo componían su amante, Enriqueta, que hacía con él vida conyugal; el hijo de ésta, habido con alguno de sus anteriores compañeros, muchacho de unos quince años, llamado Enrique, familiarmente Quico; y una amiga inseparable de Enriqueta, persona también de historia y de fábula, que había logrado borrar su nombre, rebautizarse para todos con el expresivo apodo de Almendrita.

No tenían servidumbre. Las mujeres se encargaban de los menesteres domésticos en general. Almendrita, mujer muy dotada, corría con la cocina; y Enriqueta y Federico se turnaban en el automóvil y en los viajes al mercado.

Enriqueta era mujer blanquísima, de pelo castaño, de lindos ojazos y boca fresca, aunque levemente descuidada como sucede con muchas en esta tierra, tipo deportivo, treinta años muy juveniles y cierta frialdad de corazón, algo tocada de educación norteamericana y aun de eso que se llama “el pochismo”, huérfana por la muerte de una abominable madre elefántica, padre perdido en la noche de los tiempos, y hermanos y hermanas de variada fortuna. Cuatro o cinco hombres en su abono —entre directorcillos de orquesta y cosas así—, aparte de anteriores encuentros ocasionales y malos tratos y abusos de que la había salvado anteriormente Almendrita, recogiéndola por unos meses en su casa de mujer sola, como a una hermana menor. De allí, había pasado Enriqueta a manos de Federico, quien le daba muy buena vida y la mimaba como a una gata de lujo.

Quico, ante las experiencias maternas, sufría una revoltura entre su buen natural y los desplantes cómicos con que había aprendido a afrontar las situaciones equívocas. Iba para buen mozo, acariciaba mucho a su madre, cruzaba los años críticos y, según Federico —que lo veía con buenos ojos y trataba de corregirlo por la buena—, estaba muy mal educado.

Almendrita era pequeña, morena de bronce, pero de perfiles más andaluces que mexicanos; desenvuelta, ágil, pronta para todo, valiente y sencilla como quien ha vivido mucho y lo ha visto todo, absolutamente todo. Tenía plena conciencia de su superioridad en tanto que ser humano completo. Frisaba ya en los cuarenta, pero se le daría, a lo sumo, la edad de Enriqueta y, a ratos, aún se la supondría menor. Pelo negro y sin una cana. Tez admirable y lisa. Gracia y encanto femeninos, ardor natural. Rasgos todavía perturbadores, reliquias de su belleza juvenil. Ojos elocuentes, cara llena de simpatía y comunicativa como ninguna. Conjunto realmente “comestible”. Tras de mil andanzas y tumbos que habían despejado su inteligencia en términos excepcionales, templando no menos su voluntad, se conservaba fundamentalmente limpia y buena… Uno de esos seres que nos devuelven la confianza en las cualidades inextinguibles de la especie. Con una tropa de medios hermanos o medias hermanas, habidos de distinto padre o distinta madre, tenía una sola hermana cabal, que había juntado algún dinerillo merced al cálculo, al trabajo y a eso que se parece al amor.

Pero Almendrita prefería vivir enteramente sola. Sus amigos siempre le habían durado muchos años. Su trabajo en el teatro y en el cine la ayudaba de tiempo en tiempo, pues ya comenzaba a retirarse y sabía escoger a su gusto, sin resignarse a ser escogida. Se bastaba sola y sabía quedarse sola. Leía mucho, y las labores femeninas no tenían secretos para ella, cosa más de adivinación que de estudio. Era naturalmente bien puesta.

Su noble conducta con Enriqueta, allá cuando la levantó del suelo, le daba autoridad en casa de Federico, quien más de una vez la miraba embobado, y más de una vez, pensando en esa criatura irresistible y trigueña, se había preguntado si, después de todo, el pretendido ario germánico sería de veras el modelo de la raza suprema.

Entre dos mujeres “que están de vuelta” y un alemán de buen estómago, Quico se sentía bien hallado, y encontraba el medio de resolver a solas sus pasajeras inquietudes, algo exacerbadas en el clima del trópico, el cual después de todo, a ninguno de los cuatro podía dejar indiferente.

Almendrita tenía que hacerse desentendida ante los lances de la pareja, en lo que —por salud y buen equilibrio— no se detenía mucho a pensar. Y, a la hora de los baños de sol, cerraba los ojos para no darse por entendida ante las miradas codiciosas. No por melindrosa virtud, sino, simplemente, porque no le daba la gana de complicarse por ahora la vida, y el tesoro de sus infinitos recuerdos le bastaba para saciar ese prurito de amor propio que es causa, a veces, de un paso en falso. Ella sabía bien lo que era, lo que valía, lo que podría hacer cuando quisiera. Pero estaba entregada al reposo, como en leve sueño vegetativo.

Aquella tarde había llovido. La noche entraba majestuosa y risueña. El fresco y el calor jugaban en ráfagas alternas. La electricidad de la atmósfera parecía recorrer los nervios, sacudiéndolos delicadamente. Los tres mayores, las cartas a la mesa, se habían metido un poquillo en whisky y en coñac. Habían dado sus probadas al chico. Federico mantenía una rigidez que más parecía guardia armada, y de repente contemplaba interrogativamente a Enriqueta, que comenzaba a tener sueño. Almendrita, como siempre ilesa, sostenía la conversación. A Quico se le iba un poco la lengua, y su madre lo reprendía de tiempo en tiempo, más por deber que por deseo de frenarlo.

De pronto, Almendrita, dirigiéndose a Quico, observó:

—Deberías aprovechar este alto del juego para recoger tu servicio del comedor. Aquí no tenemos quien lave los platos y hemos convenido en queda cual cuidará lo suyo. Anoche lo dejaste todo abandonado. Ve a cumplir tu deber.

El chico bostezó y dijo:

—Ya lo haré mañana, hoy no tengo ganas.

Enriqueta añadió:

—Haz lo que te dice Almendrita —aunque se notaba que le importaba poco.

Y el muchacho, refunfuñando, se levantó y se encaminó al comedor, diciendo de modo que Almendrita lo oyera:

—Bueno, mamá, le daremos gusto a la vieja histérica.

La cólera relampagueó un instante en la cara de Almendrita, pero se contuvo. Y, en tanto que Enriqueta y Federico respondían a Quico, que estaba ya en la cocina y los oía gritar sin hacerles caso, entregado a la tarea de lavar su vajilla, una extraña sucesión de expresiones se pintó en la faz de Almendrita, de que ni Enriqueta ni Federico se dieron cuenta.

Almendrita, que barajaba para disimular su disgusto, se puso primero sumamente seria. Pareció hacer un esfuerzo; después, meditar; al fin, recordar. Su fisonomía se aflojó gradualmente. Pronto sonreía como de costumbre. Un aire de travesura hizo temblar sus facciones. Se mordió los labios con cierta fruición, se acomodó mejor en la silla y casi cerró un ojo. Entonces habló: —¡Ya pasó! ¡Ya pasó! ¡Déjenlo! Mándenlo a acostar en castigo, y siga el juego.

Y así se hizo. En cuanto Quico secó sus platos y cubiertos, se lo tuvo por dicho. Gritó: —¡Buenas noches a todos!— y trepó la escalera.

En el piso bajo había una sala, un comedor, una cocina, la espaciosa alcoba de la pareja, un garaje y un pequeño jardín al frente, en declive sobre la colina y con vista al mar. En el piso alto había dos cuartos modestos, pero suficientemente amueblados —uno, de Quico, otro de Almendrita— a ambos extremos de la azotea y separados uno del otro. El de mar, era de Almendrita; el de montaña, de Quico.

Enriqueta jugaba ya sin saber lo que hacía. Federico tenía miedo de que se le quedara dormida, frustrando así sus posibles planes nocturnos. Almendrita, después de un rato, sonriendo siempre, tomó la iniciativa, según solía hacerlo:

—Yo también me caigo de sueño. Vamos a descansar.

Se recogieron las cartas, se alejaron las sillas. Federico pasó el brazo por la espalda de Enriqueta y la condujo a la alcoba, silbando la marcha del Lohengrin. Se oyeron correr, escaleras arriba, las sandalias de la sin par Almendrita.

Arriba, la noche era irresistible, y las montañas de tinta negra se destacaban, por curioso efecto, sobre un cielo enlunado. Almendrita respiró con arrobamiento. Reinaba el silencio, cortado al paso de los autos por la carretera, y por las explosiones de voces que la brisa traía en racimos. Se filtraba la luz por las junturas de la puerta de Quico. Almendrita contempló la puerta en silencio. Meneó la cabeza y se encaminó resueltamente a su alcoba, al otro extremo de la azotea.

Empezó a desvestirse lentamente, como para dominar cierto temblorcillo que le vino a las manos. Se lavó, se arregló, enteramente desnuda y estudiándose frente al espejo. Dio a su cara unos cuantos toques, ligeros y acertados: los labios, las cejas, las pestañas, las ojeras, resaltaron poco a poco al conjuro de un “maquillaje” artístico y experimentado. Se echó encima una bata de muselina, ató a la cintura y la aflojó del busto y la falda, como con negligencia, hasta convencerse de que la bata se abría un poco al andar y también al mover los brazos. Y salió de nuevo a la azotea.

Otra vez resolló fuerte, queriendo absorber el embrujamiento de la noche. Se concentró un instante. Y, descalza y con pasos rápidos, se dirigió al cuarto de Quico. Empujó la puerta sin miramientos, y él la saludó con una furtiva exclamación, sorprendido, pero temeroso de que lo oyeran gritar.

Almendrita cerró la puerta tras sí y, contemplando al muchacho sin titubear, se le enfrentó y le dijo:

—¡Muy bonito! ¡El niño divirtiéndose solo! ¡Eso no se hace a tu edad!

—¡Cállese! —dijo él casi con el aliento y cubriéndose presurosamente con la manta—. ¡Váyase! ¿Qué busca aquí?

Y los ojos del muchacho, a pesar suyo, recorrieron golosamente las calculadas aberturas que mostraban los encantos de la mujer. En esos ojos había miedo, y empezaba a haber otra cosa, entre interrogación y esperanza.

—Dijiste que íbamos a darle gusto a la vieja histérica. ¿Verdad? —dijo Almendrita con un tonillo doctoral y avanzando hacia la cama de Quico, al tiempo que dejaba caer la onda de su bata. Estaba enteramente desnuda, los brazos abiertos, radiante de sensualidad, agitando el seno, en lumbre los ojos. Y continuó:

—¡Pues a darle gusto, que para eso son los hombres! Ahora me las vas a pagar todas… Y cayó sobre el lecho, enlazando imperiosamente el cuerpo del muchacho, mientras repetía con voz sofocada:

—Yo te enseñaré algo mejor que lo que estabas haciendo. Ahora vas a ver lo que sabe hacer la vieja histérica.

Se apagó la luz. Se oían rumores y jadeos, frases entrecortadas, suaves gemidos de gozo en que ambas voces se confundían.

Tras un instante de sopor, el muchacho acertó a decir:

—¡Qué sorpresa! ¡Qué felicidad! ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Lo que menos me figuraba! ¡Otro, otro, por favor!

—¿Otro? —dijo ella arrastrando un poco las palabras—. ¡Toda la noche! ¡Lo que es ahora no te me escapas! ¡Quiero vengarme de lo que dijiste!

Pero la venganza se resolvía en besos y caricias, rumores y jadeos, frases entrecortadas, suaves gemidos de gozo en que ambas voces se confundían.

Afuera, la noche tropical empujaba sus antorchas nupciales. Ahora las montañas eran doradas. De lejos, chascaban el freno los potros de las olas y cabeceaban las palmeras.

De la alcoba salía algo como una palpitación de alas invisibles.

Enriqueta, despeinada y ojerosa, servía el desayuno a los varones. Entró Almendrita en atavío de baño, semidesnuda. Quico apenas alzó los ojos y enrojeció un poco. Federico, para admirarla a gusto, adoptó su impavidez académica.

—¿Te me has adelantado? —dijo Almendrita a Enriqueta, acompañándola a la cocina.

—¡Quico! —gritó desde allá Enriqueta—. ¿Ya le pediste perdón a Almendrita?…

Almendrita no lo dejó hablar. Se acercó, le puso las manos en los hombros.

—¡Ya! —dijo—. Ya nos reconciliamos anoche. ¿Verdad, Quico?

El muchacho se atragantó sin poder pronunciar palabra, y dijo que sí con la cabeza.

—Ya no volverá a suceder, ¿verdad? —continuó Almendrita acariciándole la cabeza—. Ahora vamos a ser muy buenos amigos.

No bien habló así, se arrepintió de haber hablado. Había contado con su habitual presencia de ánimo, pero no pudo disimular cierta turbación. En su voz, en el desconcierto de Quico, en la actitud de ambos —que, en el chico, era timidez y, en la mujer, descaro forzado—, en todo ello hubo algo que pareció delatarlos a medias. Federico y Enriqueta se cambiaron una mirada furtiva y callaron. Calló también Quico, engolfándose en su desayuno con una expresión atónita. Almendrita se sentó con un movimiento ágil, tarareando y mirando al techo, y sintiendo que por instantes le salía el rubor a la cara.

Y entonces, en un embarazoso silencio, cada uno emprendió un monólogo interior.

Quico sopeaba el pan y pensaba:

“¡Ahora sí que soy todo un hombre! ¡La importancia que me voy a dar con los amigos! ¡Pepe se pondrá más envidioso!… A lo mejor, no me lo creen. ¿Les diré de quién se trata? ¿Me haré el indiscreto y el olvidadizo delante de ellos, haciéndole a Almendrita algún furtivo cariño a la pasada, para que se convenzan de que es verdad? Ella no tiene que darle cuenta a nadie, nada pierde, pero tal vez eso no le guste. ¡Es tan cuidadosa! Además, si le cuento todo a Pepe, le doy ideas… Y no sé por qué se me figura que a ella no le desagrada Pepe. Me parece que lo mira de cierto modo… ¿Será mejor callar? ¡Es tan difícil!”

Enriqueta, haciendo ruido con los trastes en la cocina, pensaba así:

“Aquí ha pasado algo. Mejor será no darse por entendida, aunque Federico me pregunte. ¡En peores nos hemos visto juntas, Almendrita y yo! Después de todo, lo mejor que podría suceder es que Quico diera sus primeros pasos guiado por una mano amiga y segura. Así se le quitarían esas mañas infantiles tan peligrosas.”

Y lo que menos sospechaba, en su cabecita insignificante, es que reconstruía los argumentos de Mme. de Warens cuando se propuso por iniciadora y tutora al adolescente Rousseau.

Federico se había asomado a la ventana y meditaba:

“¡Mejor que mejor! Así también yo la tendré a mi alcance. Hace mucho que ella no incurría en un desliz, y yo no me atrevía a insinuarme. Y, dada su amistad para con Enriqueta, mucho menos. Pero ahora, iniciado el movimiento, tiene que continuar. La haré sentir, por lo pronto, que me he dado cuenta.”

En este momento se volvió y, aprovechando la ausencia de Enriqueta y el aturdimiento de Quico, que por nada se hubiera atrevido a levantar los ojos, miró fijamente a Almendrita, con nueva intención en la mirada.

Almendrita, que en ese momento se levantaba de la mesa, se dejó guiar por su instinto y sus hábitos femeninos; se provocó a sí misma, si vale decirlo, un nuevo acceso de rubor; hizo como que sólo ahora se daba cuenta de su semidesnudez, como que quería esconderse dentro de su propio cuerpecito; cerró y abrió los ojos. Y, como atraída por la fascinación de Federico y su implacable mirada, se lo jugó todo valientemente: se dirigió hacia la ventana, rozó a Federico con todo el cuerpo, contempló alternativamente al varón y al muchacho, sintiéndose dueña de los dos y midiendo sus dominios con la mirada. Le pareció que se abría ante ella una avenida de continuados deleites; le saltó el corazón; tembló visiblemente y sin poder evitarlo, y dirigiendo una mirada a la playa, exclamó:

—¡Esto sí que es el Paraíso!

Enriqueta seguía en la cocina, fregando trastes. Quico escapó corriendo al jardín. Federico, inmóvil, recibió de frente la metralla que le lanzaba Almendrita, por todos los poros de su ser.

Fuente: Alfonso Reyes. Obras completas. Tomo XXII. Fondo de Cultura Económica. México. 1989

Sobre un libro no leído

Umberto Eco

Recuerdo (pero, como veremos, también podría ser que no recuerde bien), un artículo buenísimo de Giorgio Manganelli en el que explicaba cómo un lector agudo puede saber que un libro no se debe leer incluso antes de abrirlo. No hablaba de esa virtud que se requiere del lector de profesión (o del aficionado con buen gusto) de poder decidir si un libro merece ser leído o no a partir de un incipit, de dos páginas abiertas al azar, del índice, a menudo de la bibliografía. Esto, diría, es solo oficio. No, Manganelli hablaba de una especie de iluminación, cuyo don se arrogaba evidente y paradójicamente.

Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard (psicoanalista y profesor universitario de literatura), no trata de cómo se puede saber si leer o no un libro, sino de cómo se puede hablar con toda tranquilidad de un libro que no se ha leído, también de profesor a estudiante, e incluso si se trata de un libro de extraordinaria importancia. Su cálculo es científico: las buenas bibliotecas recogen algunos millares de volúmenes, aun leyendo uno al día, leeríamos tan solo 365 al año, 3600 en diez años, y entre los diez y los ochenta años habríamos leído tan solo 25 200 libros. Una nimiedad. Por otra parte, cualquiera que haya tenido una buena educación de bachillerato sabe perfectamente que puede escuchar un discurso, pongamos, sobre Bandello, Guicciardini, Boiardo, numerosísimas tragedias de Alfieri e incluso Las confesiones de un italiano de Nievo con tan solo haber aprendido en la escuela el título y su encuadramiento crítico, pero sin haber leído nunca una sola línea.

El encuadramiento crítico es el punto crucial para Bayard. Este afirma sin avergonzarse que nunca ha leído el Ulises de Joyce, pero que puede hablar de él aludiendo al hecho de que retoma la Odisea (que, por lo demás, admite no haber leído nunca entera), que se basa en el monólogo interior, que se desarrolla en Dublín en una sola jornada, etcétera. De modo que escribe: “Durante mis clases me refiero con frecuencia a Joyce sin pestañear”. Conocer la relación de un libro con los demás libros a menudo significa saber más del mismo que habiéndolo leído.

Bayard muestra cómo, cuando nos ponemos a leer determinados libros abandonados desde hace tiempo, nos damos cuenta de que conocemos perfectamente su contenido porque mientras tanto hemos leído otros libros que hablaban de ellos, los citaban, o se movían en el mismo orden de ideas. Y (así como lleva a cabo unos análisis muy divertidos de algunos textos literarios en los que se trata de libros jamás leídos, de Musil a Graham Greene, de Valéry a Anatole France y a David Lodge) me hace el honor de dedicarle todo un capítulo a El nombre de la rosa, en el que Guillermo de Baskerville demuestra que conoce perfectamente el contenido del segundo libro de la Poética de Aristóteles, aun tomándolo entre sus manos por primera vez justo en ese momento, sencillamente porque lo deduce de otras páginas aristotélicas. Veremos al final de esta columna que no cito este fragmento por mera vanidad.

La parte más intrigante de este libro, menos paradójico de lo que parece, es que también olvidamos un porcentaje altísimo de los libros que hemos leído de verdad; es más, nos componemos de ellos una especie de imagen virtual hecha no tanto de lo que decían, sino de lo que nos hacían imaginar. Por lo tanto, si alguien que no ha leído cierto libro nos cita algunos fragmentos o situaciones inexistentes, estamos muy dispuestos a creer que aparecían en el libro.

Lo que pasa es que (y aquí se pone de manifiesto más el psicoanalista que el profesor) a Bayard no le interesa tanto que la gente lea los libros ajenos, sino más bien el hecho de que cada lectura (o no lectura, o lectura imperfecta) debe tener una dimensión creativa, y que (con palabras más sencillas) en un libro el lector debe poner ante todo algo de su parte. Puesto que hablar de libros no leídos es una forma de conocerse a sí mismos, Bayard llega a desear una escuela donde los estudiantes “inventen” los libros que no deberán leer.

Pues bien, para demostrar que cuando se habla de un libro no leído tampoco quienes lo han leído se dan cuenta de las citas equivocadas, hacia el final de su discurso Bayard confiesa haber introducido tres noticias falsas en el resumen de El nombre de la rosa, El tercer hombre de Greene e Intercambios de Lodge. Lo divertido es que yo, al leer, me di cuenta enseguida del error sobre Greene, tuve mis dudas con respecto a Lodge, pero no me di cuenta del error relativo a mi libro. Lo cual significa que probablemente leí mal el libro de Bayard o (y tanto él como mis lectores estarían autorizados a sospecharlo) que apenas lo hojeé. Claro que lo más interesante es que Bayard no se haya dado cuenta de que, denunciando sus tres (deliberados) errores, asume de manera implícita que hay una lectura de los libros más correcta que otras, tanto que da una lectura muy minuciosa de los libros que analiza para sostener sus tesis de la no lectura. La contradicción es tan evidente que da pie a la duda de que Bayard no haya leído nunca el libro que ha escrito.

Fuente: Umberto Eco. De la estupidez a la locura: crónicas para el futuro que nos espera. Traducción de Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazazábal. Barcelona, Lumen. 2016

El fusilado

Andrés Neuman

Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había contado que en su país solían decir «Carguen». Y, mientras recordaba a su difunto abuelo, le pareció irreal que las pesadillas se cumplieran. Eso pensó Moyano: que solía invocarse, quizá cobardemente, el supuesto peligro de realizar nuestros deseos, y solía omitirse la posibilidad siniestra de consumar nuestros temores. No lo pensó en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí recibió el fulgor ácido de su conclusión: lo iban a fusilar y nada le resultaba más inverosímil, pese a que, en sus circunstancias, le hubiera debido parecer lo más lógico del mundo. ¿Era lógico escuchar «Apunten»? Para cualquier persona, al menos para cualquier persona decente, esa orden jamás llegaría a sonar racional, por más que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles perpendiculares al tronco, como ramas de un mismo árbol, y por más que a lo largo de su cautiverio el general lo hubiese amenazado con que le pasaría exactamente lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad de este razonamiento, y de la impostura de apelar a la decencia. ¿Quién a punto de ser acribillado podía preocuparse por semejante cosa?, ¿no era la supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que ahora le importaba en realidad?, ¿estaba tratando de mentirse?, ¿de morir con alguna sensación de gloria?, ¿de distinguirse moralmente de sus verdugos como una patética forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo esto Moyano, pero lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó tan fuerte que le dolieron, buscó esconderse de todo, de sí mismo también, por detrás de los párpados, le pareció que era innoble morir así, con los ojos cerrados, que su mirada final merecía ser al menos vengativa, quiso abrirlos, no lo hizo, se quedó inmóvil, pensó en gritar algo, en insultar a alguien, buscó un par de palabras hirientes y oportunas, no le salieron. Qué muerte más torpe, pensó, y de inmediato: ¿Nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó Moyano, fue un estruendo de gatillos, mucho menos molesto, más armónico incluso, de lo que siempre había imaginado.

Eso debió ser lo último, pero escuchó algo más. Para su asombro, para su confusión, las cosas siguieron sonando. Con los ojos todavía cerrados, pegados al pánico, escuchó al general pronunciando en voz bien alta «¡Maricón, llorá, maricón!», al pelotón retorciéndose de risa, oyó el canto de los pájaros, olió temblando el aire delicioso de la mañana, saboreó la saliva seca entre los labios. «¡Llorá, maricón, llorá!», le seguía gritando el general cuando Moyano abrió los ojos, mientras el pelotón se dispersaba dándole la espalda, comentando la broma, dejándolo ahí tirado, arrodillado entre el barro, jadeando, todo muerto.

Fuente: Andrés Neuman. Hacerse el muerto. 2.ª ed., Páginas de Espuma. Madrid. 2018

Diplomacia

Lafcadio Hearn

Se había dado la orden que la ejecución debería tomar lugar en el jardín del yashiki. De modo que condujeron al hombre hasta allí y lo obligaron a arrodillarse en un amplio espacio de arena atravesado por una hilera de tobiishi, o escalones de piedra, como los que aún se pueden ver en los jardines japoneses. Tenía los brazos amarrados a la espalda. Los sirvientes trajeron baldes con agua y sacos de arroz llenos de piedras; y apilaron los sacos alrededor del hombre arrodillado, rodeándolo de tal forma que no pudiera moverse. El señor de la casa se acercó y observó los preparativos. Los encontró satisfactorios y no hizo ningún comentario. De repente el condenado le gritó: –Honorable señor, la falta por la que me han condenado no la cometí de manera maliciosa. Fue sólo mi gran estupidez la causa de esta falta. Por haber nacido estúpido, por causa de mi karma, no siempre he podido evitar ciertos errores. Pero matar a un hombre por ser estúpido no está bien…, y esta injusticia será saldada. Tan seguro como me van a matar, así de segura será mi venganza, del resentimiento que provocan vendrá mi venganza; y el mal con el mal será devuelto… Si se mata a una persona cuando siente un gran resentimiento, el fantasma de esta persona podrá vengarse de quien le causó la muerte. Esto lo sabía el samurái. Contestó con mucha delicadeza, casi con dulzura: –Quizás dejaremos que nos asustes tanto como quieras… después de muerto. Pero es difícil creer que lo que dices sea sincero. ¿Intentarás ofrecernos alguna evidencia de tu gran resentimiento una vez que te haya cortado la cabeza? –Sin duda lo haré –respondió el hombre. –Muy bien –dijo el samurái, desenvainando la espada–; ahora voy a cortarte la cabeza. Frente a ti hay un escalón. Después de que te haya decapitado, trata de morder la piedra. Si tu furioso fantasma puede ayudarte a hacerlo, sin duda algunos de nosotros nos asustaremos… ¿Tratarás de morder la piedra? –¡Lo haré! –gritó el hombre, con rabia. –¡La morderé…! ¡La morde…! Siguió un destello, un silbido y un ruido sordo: el cuerpo aprisionado se dobló sobre los sacos de arroz, dos largos chorros de sangre brotaron del cuello mutilado… y la cabeza rodó por la arena. Rodó hacia la piedra: entonces, saltando de repente, aferró el borde de la piedra entre los dientes, la mordió con desesperación por un momento, y cayó muerta. Nadie habló; pero los sirvientes observaron horrorizados a su amo. Éste parecía estar bastante tranquilo. Simplemente le pasó la espada al sirviente más próximo, quien, con un tazón de madera echó agua sobre la hoja de la espada del mango a la punta y luego refregó con cuidado varias veces el acero, con hojas de fino papel… Y así concluyó la parte ceremonial de este suceso. Durante los meses siguientes, todos los ayudantes y sirvientes domésticos vivieron con el incesante temor de una visita espectral. Ninguno de ellos dudaba de que la prometida venganza fuera a cumplirse; y su constante terror los hacía oír y ver muchas cosas que no existían. Empezaron a sentir miedo del rumor del viento entre los bambúes; a sentir temor incluso de las sombras que se agitaban en el jardín. Finalmente, después de consultarlo entre todos, decidieron solicitarle al amo que se realizara una ceremonia Ségaki* en honor del vengativo espíritu. –Es absolutamente innecesario –dijo el samurái, cuando el jefe de los ayudantes le expresó el deseo de todos. –Entiendo que el deseo de venganza de un hombre a punto de morir puede ser causa de temor. Pero en este caso no hay nada que temer. El servidor contempló al amo con ojos implorantes, pero dudó en preguntar sobre la razón de esta asombrosa seguridad. –Oh, la razón es muy simple –declaró el samurái, adivinando la muda perplejidad de los otros. –Sólo la intención final del hombre pudo haber sido peligrosa; y cuando lo desafié a que me diera una señal, distraje su mente del deseo de venganza. Murió con el firme propósito de morder la piedra; y ese fue el propósito que pudo llevar a cabo, pero ningún otro. Todo lo demás debió haberlo olvidado… Así que no tienen por qué sentir ninguna ansiedad adicional al respecto. Y, de hecho, el muerto no volvió a molestarlos. Nada más sucedió.

Kwaidan, 1904

* El servicio segaki es una ceremonia budista especial que se consagra a las criaturas que supuestamente han entrado en la condición de gaki (pretas), o espíritus hambrientos. Véase una breve referencia en mi libro A Japanese miscellany. (N. del A.).

Fuente: Algunos espectros orientales. Lafcadio Hearn (Koizumi Yakumo). Selección, traducción e introducción de Julio Paredes. Primera edición: Bogotá, diciembre de 2011 © Instituto Distrital de las Artes-Idartes. www.institutodelasartes.gov.co.

La caza

Luis Alonso Fernández Suárez

Siete fueron los lobos que cruzaron al trote las llanuras barridas por los vientos del norte. Padre lobo, conocido por sus hermanos de caza como Pinto, el Gran Rastreador, iba con la nariz pegada a la tierra, con paso ligero, buscando el rastro del bisonte. Junto a Padre lobo iba el jefe de la manada, Gran Guerrero, al que todos reconocían su fiereza en la lucha. Del otro lado, Pies Ligeros, quien se encargaba de seguir a las presas para restarles energía, llevándolas en un rodeo para hacerlas caer en las garras y colmillos de los otros que se encargaban de rematarlas. Los otros cuatro, buenos cazadores y grandes combatientes, eran conocidos con los nombres de Una Oreja, Rayas blancas, Manos Grandes y Padre Abuelo.

Una Oreja era llamado así porque perdió la izquierda en un combate con un oso por una presa; Rayas Blancas recibía este nombre por tres franjas sobre su lomo que iban del cuello hasta el anca; Manos Grandes era un joven, pero vigoroso lobo que se iniciaba en las artes de la caza (un lobo aprende rápido, y ésta era su tercera cacería); y Padre Abuelo, un viejo lobo que aún tenía la fuerza suficiente para enfrentar al bisonte, al alce, al becerro cimarrón y al buey almizclero.

En la basta pradera sus cuerpos eran como puntos para el ojo del gavilán que desde lo alto buscaba su alimento. No tardó mucho tiempo para que Padre lobo encontrara el rastro buscado y los puntitos en la pradera quebraron su ruta, aligerando su marcha hacia una colina. Conforme se acercaban a la loma disminuían el paso, pegando el cuerpo a la tierra. Al llegar a la cima miraron lo que había del otro lado.

En un ancho valle que se perdía al horizonte, vieron el rebaño de bisontes que jamás ojos de lobo habían visto antes. Así lo dijo Padre Abuelo, quien conocía la historia antigua y tenía todo el derecho para hacer tales afirmaciones.

Los lobos, con el cuerpo pegado a la tierra se ocultaban entre el zacate, mirando extasiados los cientos y cientos…, miles o quién sabe cuántos y cuántos de aquellas bestias de gallardo porte, todas bien alimentadas, mareándose con tanto número. Entonces habló Padre Abuelo con sabiduría y dijo que no debían mirar al grupo, sino que centraran el interés de todos en uno solo, de preferencia uno que no pudiera mantener el paso del rebaño, y contra él dirigir todas las fuerzas, pero primero había que separarlo del grupo.

Gran Guerrero tomó entonces el mando.

–Padre Abuelo tiene razón, dijo. Pero no vamos a perder nuestro tiempo tratando de localizar la res que nos conviene. Tenemos que actuar en acuerdo, dividámonos en dos grupos y acosemos al rebaño desde dos flancos. Si hacemos que corran en direcciones opuestas, separando un pequeño grupo y luego hacemos lo mismo con éste, para que nos quedemos con uno y lo atacamos hasta que caiga rendido.

Gran Guerrero miró los seis pares de ojos que en silencio aprobaron sus palabras y acto seguido, como si siguieran las indicaciones de una voz callada, se dividieron tal como dijo el jefe. Gran Guerrero, Pies Ligeros y Gran Rastreador (Padre lobo), tomaron el camino de la izquierda, mientras que Una Oreja, Rayas Blancas, Manos Grandes y Padre Abuelo se fueron por la derecha. Cuando estuvieron colocados de acuerdo a la estrategia, el jefe lanzó un aullido anunciando el inicio del ataque.

Los búfalos, sin saber quién los atacaba y por dónde, comenzaron a correr, haciendo que el rebaño girara como si las bestias fuesen fichas de un juego titánico que revolvían manos invisibles.

Los lobos aparecieron en lo alto de las colinas, dirigiéndose a todo correr al centro de aquella infinita masa de cascos y cornamentas, que enderezó el tropel y se lanzó a la huida.

Los cascos atronaron el aire y el ruido se derramó más allá de las colinas, cruzó praderas y retumbó en lejanas escarpas. Más de uno, allá en la lejanía, pensó en una tormenta tras las montañas.

El ataque surtió efecto y, tal como lo dijera el jefe, lograron separar medio centenar de animales que, acosados por los lobos, corrían alejándose del rebaño.

El grupo de bestias aisladas y el rebaño corrían en direcciones opuestas, de pronto aquellos se detuvieron, giraron sus testas y enfrentaron a los agresores. Los lobos se abrieron para dejar pasar a los más desesperados y luego cerraron el paso a una decena de bestias, entre las que se hallaban tres becerros. Sobre éstos dirigieron sus ataques, consiguiendo que uno corriera hacia el lado equivocado.

Los lobos atacaron al becerro logrando inmovilizarlo. En el fragor de la lucha, Padre Abuelo no se percató que uno de los machos había regresado a socorrer al becerro, y aquél le dio una cornada arrojándolo por los aires.

El intento del macho por defender al becerro resultó inútil, pues éste ya no pudo ponerse de pie. El corpulento macho regresó al rebaño sin dejar de mugir, llamándolo inútilmente, sin embargo, su ataque dejó muy mal herido a Padre Abuelo. Uno de los cuernos le penetró por el costado izquierdo, a la altura del omóplato, causando una grave herida, además del fuerte golpe que recibió en la caída.

Cuando los lobos dieron muerte al becerro, luego se acercaron a Padre Abuelo y comenzaron a lamer sus heridas, alentándole a levantarse, pero ya no había nada que hacer.

Haciendo un enorme esfuerzo, Padre Abuelo se arrastró hasta una piedra en donde se echó.

Los lobos lanzaron un coro de aullidos que rebotaron por las escarpadas montañas, anunciando que un miembro de la manada llegaba a su fin.

Después, siguiendo la ley de la manada se dedicaron a comer de la presa capturada, arrancando con sus colmillos la dura piel del animal. Gran Guerrero se impuso, recordándoles a los demás que él era el jefe y por lo tanto debía comer primero, pero todos tuvieron su parte. Una vez satisfecho el hambre y con la parte que llevarían a sus familias, emprendieron el regreso.

Aún no los perdía de vista y Padre Abuelo, haciendo un último esfuerzo, lanzó un aullido de despedida. Los lobos se detuvieron a contestar. Algún día ellos también lanzarían el último aullido y quedarían solos para ser presa del puma o del oso. Así pagarían a Manitú la gracia de haberles permitido vivir como verdaderos lobos.

De nuevo el veloz gavilán miró desde el cielo aquellos puntitos que se movían en fila, en sentido contrario a la primera vez. Eso significaba la posibilidad de hallar comida y el gavilán dirigió su vuelo hacia donde había quedado Padre Abuelo, mientras el sol se ocultaba tras las colinas.

Fuente: Cuentos de la Manada, de Luis Alonso Fernández Suárez. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Villahermosa, Tabasco. 2010

La perla

Yukio Mishima

El 10 de diciembre era el cumpleaños de la señora Sasaki. La señora Sasaki deseaba celebrar el acontecimiento con el menor ajetreo posible y solamente había invitado para el té a sus más íntimas amigas, las señoras Yamamoto, Matsumura, Azuma y Kasuga, quienes contaban exactamente la misma edad que la dueña de casa. Es decir, cuarenta y tres años.

Estas señoras integraban la sociedad «Guardemos nuestras edades en secreto» y podía confiarse plenamente en que no divulgarían el número de velas que alumbraban la torta. La señora Sasaki demostraba su habitual prudencia al convidar a su fiesta de cumpleaños solamente a invitadas de esta clase.

Para aquella ocasión la señora Sasaki se puso un anillo con una perla. Los brillantes no hubieran sido de buen gusto para una reunión de mujeres solas. Además, la perla combinaba mejor con el color de su vestido. 

Mientras la señora Sasaki daba una última ojeada de inspección a la torta, la perla del anillo, que ya estaba algo floja, terminó por zafarse de su engarce. Era aquel un acontecimiento poco propicio para tan grata ocasión, pero hubiera sido inadecuado poner a todos al tanto del percance. La señora Sasaki depositó, pues, la perla en el borde de la fuente en que se servía la torta y decidió que luego haría algo al respecto. 

Los platos, tenedores y servilletas rodeaban la torta. La señora Sasaki pensó que prefería que no la vieran llevando un anillo sin piedra mientras cortaba la torta y, muy hábilmente, sin siquiera darse vuelta, lo deslizó en un nicho ubicado a sus espaldas. 

El problema de la perla quedó rápidamente olvidado en medio de la excitación producida por el intercambio de chismes y la sorpresa y alegría que producían a la dueña de casa los acertados regalos de sus amigas. Muy pronto llegó el tradicional momento de encender y apagar las velas de la torta. Todas se congregaron agitadamente alrededor de la mesa, cooperando en la complicada tarea de encender cuarenta y tres velitas. 

Tampoco podía esperarse que la señora Sasaki, con su limitada capacidad pulmonar apagara de un solo soplido tantas velas y su apariencia de total desamparo suscitó no pocos comentarios risueños. 

Después del decidido corte inicial, la señora Sasaki sirvió a cada invitada una tajada del tamaño deseado en un pequeño plato que, luego, cada una llevaba hasta su respectivo asiento. Alrededor de la mesa se produjo una confusión bastante considerable. Todas extendían sus manos al mismo tiempo. 

La torta estaba adornada con un motivo floral y cubierta con un baño rosado, salpicado abundantemente con pequeñas bolitas plateadas hechas de azúcar cristalizada. La clásica decoración de las tortas de cumpleaños.

En la confusión del primer momento algunas escamas del baño, migas y cierta cantidad de bolitas plateadas se desparramaron sobre el mantel blanco. Algunas de las invitadas juntaban estas partículas con los dedos y las ponían en sus platos. Otras, las echaban directamente en su boca. 

Luego, cada una volvió a su asiento y, con toda la tranquila alegría que correspondía, comieron sus porciones.

Aquélla no era una torta casera. La señora Sasaki la había encargado con anticipación en una confitería de bastante renombre y todas coincidieron en que su gusto era excelente.

La señora Sasaki resplandecía de felicidad. De pronto, y con un dejo de ansiedad, recordó la perla que había dejado sobre la mesa. Con disimulo se levantó tan displicentemente como pudo y comenzó a buscarla. La perla había desaparecido. Sin embargo, estaba segura de haberla dejado allí. La señora Sasaki aborrecía perder cosas. Sin pensarlo más, se entregó de lleno a su búsqueda y su intranquilidad se hizo tan evidente que sus invitadas la advirtieron. 

   —No es nada… Un segundo, por favor… —repuso a las cariñosas preguntas de sus amigas. 

Pese a lo ambiguo de su respuesta, una a una las invitadas se pusieron de pie y revisaron el mantel y el piso. 

La señora Azuma, frente a tanta conmoción, pensó que la situación era francamente deplorable. Estaba contrariada frente a una dueña de casa capaz de crear una situación tan desagradable por el extravío de una perla. 

La señora Azuma decidió inmolarse y salvar el día. Con una sonrisa heroica, dijo:

— ¡Eso fue entonces! ¡La perla debe haber sido lo que me acabo de comer! Cuando me sirvieron la torta, una bolita plateada se cayó sobre el mantel y yo la levanté y me la tragué sin pensar. Me pareció que se atascaba un poco en mi garganta. Por supuesto que si hubiera sido un brillante no dudaría en devolvértelo, aun a riesgo de tener que sufrir una operación; pero como se trata simplemente de una perla, no puedo sino pedirte perdón. 

Este anuncio calmó de inmediato la ansiedad del grupo y salvó a la dueña de casa de un trance difícil. Nadie se preocupó en averiguar si la confesión de la señora Azuma era cierta o falsa. La señora Sasaki tomó una de las bolitas que quedaban y se la comió. 

—Mmmm comentó——, ¡ésta tiene gusto a perla! 

En esta forma, el pequeño incidente, fue recibido entre bromas y, en medio de la risa general, quedó totalmente olvidado. 

Al finalizar la reunión, la señora Azuma partió en su auto sport, llevando con ella a su íntima amiga y vecina, la señora Kasuga. Apenas se habían alejado, la señora Azuma dijo:

—¡No puedes dejar de reconocerlo! Fuiste tú quien se tragó la perla, ¿no es cierto? Quise protegerte y me declaré culpable.

Estas palabras informales ocultaban un profundo afecto. Pero por más amistosa que fuera la intención, para la señora Kasuga una acusación infundada era una acusación infundada. No recordaba bajo ningún concepto haberse tragado una perla en vez de un adorno de azúcar. La señora Azuma sabía cuán difícil era ella para todo lo referente a la comida. Bastaba con que apareciera un cabello en su plato, para que, inmediatamente, se le atragantara el almuerzo. 

—Pero, ¡por favor! —protestó la señora Kasuga con voz débil mientras estudiaba el rostro de la señora Azuma—. ¡Nunca podría haber hecho algo semejante! 

—No es necesario que finjas. Te vi en aquel momento. Cambiaste de color y ello fue suficiente para mí.

La confesión de la señora Azuma parecía cerrar el incidente del cumpleaños; pero, sin embargo, dejó una molesta secuela. 

Mientras la señora Kasuga pensaba en la mejor forma de demostrar su inocencia, la asaltó la duda de que la perla del solitario pudiera estar alojada en alguna parte de sus intestinos. Era, desde luego, poco probable que se hubiera tragado una perla en vez de una bolita de azúcar, pero, en medio de la confusión general causada por la charla y las risas, forzoso era admitir que existía por lo menos esa posibilidad.  Revisó mentalmente todo lo sucedido en la reunión, pero no pudo recordar ningún momento en el que hubiera llevado una perla hasta sus labios. Después de todo, si había sido un acto subconsciente, sería difícil recordarlo.

La señora Kasuga se sonrojó violentamente cuando su imaginación la llevó hacia otro aspecto del asunto. Al recibir una perla en el cuerpo de uno, no cabe duda de que — quizás un poco disminuido su brillo por los jugos gástricos— en uno o dos días es fácil recuperarla.  Y junto a este pensamiento, las intenciones de la señora Azuma se volvieron transparentes para su amiga. Sin lugar a dudas, la señora Azuma había vislumbrado el mismo problema con incomodidad y vergüenza y, por lo tanto, pasando su responsabilidad a otro, había dejado entrever que cargaba con la culpa del asunto para proteger a una amiga. 

Mientras tanto, las señoras Yamamoto y Matsumura, que vivían en la misma dirección, retornaban a sus casas en un taxi. Al arrancar el coche, la señora Matsumura abrió la cartera para retocar su maquillaje, recordando que no lo había hecho durante toda la reunión. 

Al tomar la polvera, un destello opaco llamó su atención mientras algo rodaba hacia el fondo de su cartera. Tanteando con la punta de los dedos, la señora Matsumura recuperó el objeto y vio con asombro que se trataba de la perla. 

La señora Matsumura sofocó una exclamación de sorpresa. Desde tiempo atrás sus relaciones con la señora Yamamoto distaban mucho de ser cordiales y no deseaba compartir aquel descubrimiento que podía tener consecuencias tan poco agradables para ella. 

Afortunadamente la señora Yamamoto miraba por la ventanilla y no pareció darse cuenta del súbito sobresalto de su acompañante.

Sorprendida por los acontecimientos, la señora Matsumura no se detuvo a pensar en cómo había llegado la perla a su bolso, sino que, inmediatamente, quedó apresada por su moral de líder de colegio. Era prácticamente imposible, pensó, cometer un acto semejante aun en un momento de distracción. Pero dadas las circunstancias, lo que correspondía hacer era devolver la perla inmediatamente. De lo contrario, hubiera sentido un gran cargo de conciencia. Además, el hecho de que se tratara de una perla —o sea, un objeto que no era ni demasiado barato ni demasiado caro— contribuía a hacer su posición más ambigua. 

Resolvió, pues, que su acompañante, la señora Yamamoto, no se enterara del imprevisible desarrollo de los acontecimientos, en especial cuando todo había quedado tan bien solucionado gracias a la generosidad de la señora Azuma. 

La señora Matsumura decidió que le era imposible permanecer ni un minuto más en aquel taxi y, pretextando una visita a un familiar, pidió al conductor que se detuviera en medio de un tranquilo suburbio residencial. 

Una vez sola en el taxi, la señora Yamamoto, se sorprendió un poco por la brusca determinación tomada por la señora Matsumura a consecuencia de su broma. Observó el reflejo de la señora Matsumura en el vidrio y, en aquel preciso momento, vio cómo sacaba la perla de su cartera. 

En el transcurso de la reunión la señora Yamamoto había sido la primera en recibir su parte de torta. Había agregado a su plato una bolita plateada que había rodado sobre la mesa y al volver a su asiento antes que las demás, advirtió que la bolita en cuestión era una perla. En el mismo momento de descubrirlo, concibió un plan malicioso.  Mientras las demás invitadas se preocupaban por la torta, deslizó la perla dentro del bolso que aquella hipócrita e insufrible señora Matsumura había dejado sobre la silla vecina. 

Desamparada, en el barrio residencial donde había pocas probabilidades de conseguir un taxi, la señora Matsumura se entregó a oscuras reflexiones acerca de su posición. 

En primer lugar, aun cuando fuera absolutamente necesario para descargo de su conciencia, sería una vergüenza ir a removerlo todo de nuevo cuando las demás habían llegado a tales extremos para arreglar las cosas satisfactoriamente. Por otra parte, sería peor si, con tal proceder, hiciera recaer injustas sospechas sobre ella misma. 

No obstante estas consideraciones, si no se apresuraba en devolver la perla, desperdiciaría una ocasión única. Si lo dejaba para el día siguiente (el sólo pensarlo hizo sonrojar a la señora Matsumura) la devolución daría lugar a dudas y especulaciones. La propia señora Azuma había formulado una insinuación acerca de esta posibilidad. 

Fue entonces cuando, con gran alegría, la señora Matsumura concibió el plan magistral que dejaría en paz a su conciencia y, al mismo tiempo, la libraría del riesgo de exponerse a injustas sospechas.

Aceleró el paso y, al llegar a una calle más transitada, llamó a un taxi y ordenó al conductor llevarla un conocido negocio de perlas en Ginza. Allí mostró la perla al vendedor y le pidió una, algo más grande y de mejor calidad. Una vez efectuada la compra, volvió hasta la casa de la señora Sasaki. 

El plan de la señora Matsumura era entregar la perla recién comprada a la señora Sasaki, diciéndole que la había encontrado en el bolsillo de su chaqueta. Su anfitriona la aceptaría y, después, intentaría hacerla calzar en el anillo. Al tratarse de una perla de distinto tamaño no coincidiría con el anillo, y la señora Sasaki, desconcertada, intentaría devolverla, cosa que no pensaba aceptar la señora Matsumura. 

La señora Sasaki no podría sino pensar que aquélla se comportaba así para proteger a otra persona: «Sin duda la señora Matsumura ha visto robar la perla por una de las otras tres señoras. Será, pues, mejor olvidar todo el asunto; pero, al menos, de mis invitadas puedo estar segura de que la señora Matsumura está totalmente exenta de culpa. ¿Quién ha oído jamás que un ladrón robe algo y luego lo reemplace por algo similar y de mayor valor?»

Con esta estratagema la señora Matsumura se proponía escapar para siempre de la infamia de la sospecha y de igual manera —mediante un pequeño desembolso— de los remordimientos de una conciencia intranquila.

Volvamos a las otras señoras. Ya en su casa, la señora Kasuga seguía sintiéndose lastimada por las crueles bromas de la señora Azuma. Para librarse de un cargo tan ridículo como aquél, debía actuar antes del día siguiente, pues si no sería demasiado tarde. Para probar realmente que no había comido la perla, era, pues, necesario que la perla apareciera de alguna manera. 

En resumen, si podía exhibir de inmediato la perla a la señora Azuma, por lo menos su inocencia respecto a la hipótesis gastronómica, quedaría firmemente demostrada. 

Si esperaba hasta el día siguiente, aun cuando se las arreglara para mostrar la perla, se interpondría inevitablemente la vergonzosa e innombrable sospecha. 

La habitualmente tímida señora Kasuga abandonó apresuradamente su domicilio al cual acababa de regresar e inspirada por el coraje que confiere obrar con ímpetu, se apuró en llegar a un comercio de Ginza donde eligió y compró una perla que, a su parecer, era más o menos del mismo tamaño que las bolitas plateadas de la torta. 

Llamó por teléfono a la señora Azuma. Le explicó que, al volver a su casa, había descubierto entre los pliegues del moño de su faja la perla perdida por la señora Sasaki y que le causaba cierta vergüenza ir a devolverla. ¿Sería tan amable la señora Azuma como para acompañarla lo más pronto posible? 

Para sus adentros la señora Azuma reflexionó en que aquella historia era poco verosímil, pero por tratarse del pedido de una buena amiga, accedió a él. 

La señora Sasaki aceptó la perla que le llevara la señora Matsumura y, asombrada de que no se ajustara a su anillo, pensó, agradecida, exactamente lo que la señora Matsumura había deseado que pensara.

Se sorprendió, sin embargo, cuando una hora más tarde llegó la señora Kasuga, acompañada por la señora Azuma, y le devolvió otra perla. 

La señora Sasaki estuvo a punto de mencionar la visita anterior, pero se contuvo a último momento y aceptó la segunda perla tan tranquilamente como pudo. No dudaba de que ésta se ajustaría al engarce y, tan pronto como partieron sus amigas, se apuró a probarla en el anillo. 

Era demasiado chica. Frente a este descubrimiento, la señora Sasaki enmudeció.  En el viaje de regreso ambas señoras se encontraron frente a la imposibilidad de saber lo que pensaba la otra, y aunque sus encuentros solían ser alegres y locuaces, en aquella oportunidad cayeron en un largo silencio. 

La señora Azuma, que actuaba con perfecto conocimiento del asunto, sabía a ciencia cierta que no se había tragado la perla. 

Había sido simplemente para eludir una situación embarazosa para todas que, en la fiesta, se había declarado culpable. En especial, la había guiado el deseo de aclarar la situación de una amiga que, por su inquietud, había transmitido cierta sensación de culpabilidad. ¿Qué podía pensar ahora? Más allá de la peculiar actitud de la señora Kasuga y del procedimiento de hacerse acompañar por ella para devolver la perla, presentía algo mucho más profundo.

Quizá la intuición de la señora Azuma había ubicado el punto débil de su amiga y, al descubrirlo, la acorralaba transformando una cleptomanía inconsciente e impulsiva en un grave desorden mental. 

Por su parte, la señora Kasuoa todavía abrigaba sospechas de que la señora Azuma se hubiera tragado realmente la perla y de que su confesión en la fiesta fuera verdadera.

De ser así, resultaría imperdonable de parte de la señora Azuma haberse burlado de ella tan cruelmente. Su timidez había contribuido a la sensación de pánico que la había impulsado a hacer aquella pequeña farsa a más de gastar una buena suma. ¿No era entonces una maldad, de parte de la señora Azuma, después de todo ello negarse a confesar que había comido la perla? Si la inocencia de la señora Azuma era fingida, la señora Kasuga, al representar tan esmeradamente su papel, aparecería ante sus ojos como el más ridículo de los actores de segundo orden.

Pero retornemos a la señora Matsumura. Al regresar de casa de la señora Sasaki y después de haberla obligado a aceptar la perla, la señora Matsumura se sintió algo más tranquila y pudo analizar, detalle por detalle, los acontecimientos del incidente. 

Estaba segura, al levantarse en busca de su trozo de torta, de haber dejado su cartera sobre la silla. Luego, al comerla, había empleado servilletas de papel, con lo que se descartaba la necesidad de abrir el bolso en busca de un pañuelo. Cuanto más lo pensaba, menos recordaba haber abierto su cartera hasta el momento de empolvarse en el taxi. ¿Cómo era posible, entonces, que la perla se hubiera introducido en un bolso cerrado? 

En aquel momento comprendió la tontería de no haber tenido en cuenta ese simple detalle en vez de atemorizarse al encontrar la perla. Llegada a este punto de su razonamiento, un súbito pensamiento la dejó atónita. Alguien había colocado la perla en su bolso con absoluta premeditación, a fin de comprometerla. Y de las cuatro invitadas a la reunión, la única que podía haberlo hecho era, sin duda, la detestable señora Yamamoto. 

Con los ojos encendidos por la ira, la señora Matsumura fue hasta la casa de la señora Yamamoto. 

Al verla aparecer en su puerta, la señora Yamamoto supo inmediatamente lo que la había llevado hasta allí y preparó su defensa. 

Desde el primer instante, el interrogatorio de la señora Matsumura fue inesperadamente severo, y dejó traslucir claramente que no aceptaría evasivas. 

—Has sido tú. Nadie podría haber hecho semejante cosa —comenzó la señora Matsumura. 

—¿Por qué yo? ¿Qué pruebas tienes? Supongo que si vienes a echarme esto en cara, es porque tienes todos los elementos de juicio, ¿no es cierto? —la señora Yamamoto se mantenía en una rígida compostura. 

La señora Matsumura respondió que la señora Azuma, al echarse las culpas por lo sucedido con tanta nobleza, no podía tener ninguna relación con tan ruin proceder, y que, en cuanto a la señora Kasuga, no tenía las agallas necesarias para un juego tan peligroso. Quedaba, pues, una sola incógnita: la señora Yamamoto. 

Esta guardó silencio con la boca cerrada como una ostra. Frente a ella, la perla traída por la señora Matsumura, brillaba suavemente. El té de Ceylán que había preparado tan cuidadosamente comenzaba a enfriarse.

 —No pensaba que me odiaras tanto —la señora Yamamoto se enjugó las comisuras de los ojos, pero resultó evidente que la señora Matsumura estaba resuelta a no dejarse ablandar por las lágrimas. 

—Bueno, voy a decirte algo que jamás pensé decir —continuó la señora Yamamoto— . No voy a mencionar nombres, pero una de las invitadas…

—¿Con eso quieres hablar de la señora Kasuga o de la señora Azuma? 

—Por favor, por lo menos déjame omitir su nombre. Como te decía, una de las invitadas estaba abriendo tu bolso e introduciendo algo en él cuando yo, inadvertidamente, miré en aquella dirección. ¡Puedes imaginarte mi desconcierto! Aun cuando me hubiera sentido capaz de prevenirte, no habría siquiera tenido la oportunidad de hacerlo. Comencé a sentir palpitaciones y más palpitaciones. Y en el viaje en el taxi… ¡oh, qué horror no poder hablarte! Si hubiéramos sido buenas amigas, no hubiera dudado en contártelo con absoluta franqueza, pero como aparentemente yo no te gusto…

—Comprendo. Has sido muy considerada, y ahora le estás echando hábilmente las culpas a las señoras presentes, ¿verdad?

—¿Culpar a otro? ¿Cómo puedo hacerte comprender mis sentimientos? Sólo quería evitar el herir a alguien… 

—Está bien. Pero no te importó herirme a mí, ¿no es cierto? Por lo menos podrías haber mencionado todo esto en el taxi. Probablemente lo hubiera hecho si tú hubieras tenido la franqueza de mostrarme la perla cuando la encontraste en tu cartera. ¡Preferiste, en cambio, bajar del coche sin decir una palabra!

Por primera vez la señora Matsumura no supo qué contestar. 

—¿Comprendes entonces lo que quise hacer? Lo importante era no herir a nadie.

La señora Matsumura se sintió invadida por una intensa ira. 

—Si vas a endilgarme una serie de mentiras como ésta, voy a pedirte que las repitas esta noche frente a las señoras Azuma y Kasuga y en mi presencia. 

Al escuchar esto, la señora Yamamoto rompió a llorar. 

—Gracias a ti, todos mis esfuerzos por no herir a alguien fracasarán… —sollozó—. 

Para la señora Matsumura era una experiencia nueva verla llorar y, aunque se repitió firmemente que no iba a dejarse engañar por aquellas lágrimas, no pudo evitar el pensamiento de que, al no probarse nada concreto, quizás podría haber algo de verdad en las afirmaciones de la señora Yamamoto.

Para ser más objetivos, si se aceptaba el relato de la señora Yamamoto como cierto, el rehusarse a revelar el nombre de la culpable traslucía cierta grandeza de alma. Y, de la misma manera, tampoco se podía asegurar que la gentil y, en apariencia, tímida señora Kasuga no pudiera sentirse inclinada a realizar un acto malicioso. Del mismo modo, el indudable rechazo existente entre ella y la señora Yamamoto podía, según se miraran las cosas, ser considerado como un atenuante en la culpa de la señora Yamamoto. 

—Tenemos naturalezas diferentes —continuó la señora Yamamoto entre lágrimas— y no puedo negar que hay en ti ciertas cosas que no me gustan. Pero, a pesar de todo, es espantoso que puedas sospechar que necesito valerme de una artimaña tan baja contra ti… No obstante, pensándolo mejor, el someterme a tus acusaciones será la mejor forma de demostrar lo que he sentido hasta ahora en todo este asunto. En esta forma, yo sola cargaré con la culpa y nadie más se sentirá herido. 

Una vez concluido este discurso patético, la señora Yamamoto inclinó su cabeza sobre la mesa y se abandonó a un llanto incontrolable. 

Al contemplarla, la señora Matsumura comenzó a reflexionar sobre lo impulsivo de su propio comportamiento. Al dejarse cegar por su antipatía hacia la señora Yamamoto, había perdido la serenidad indispensable para manejar su castigo. 

Cuando, después de sollozar prolongadamente, la señora Yamamoto alzó la cabeza nuevamente, la expresión a la vez pura y remota de su rostro se hizo visible aun para su visitante. 

Un poco asustada, la señora Matsumura se puso tiesa contra el respaldo de la silla. 

—Esto no debería haber sucedido nunca. Cuando desaparezca, todo permanecerá como antes. 

Al hablar enigmáticamente, la señora Yamamoto sacudió su hermosa cabellera y clavó una mirada terrible, aunque fascinante, sobre la mesa. En un segundo, tomó la perla que estaba frente a ella y, con gran determinación, se la metió en la boca.

Alzando la taza con el meñique elegantemente estirado, se tragó la perla con un sorbo de té de Ceylán frío.

La señora Matsumura la observaba con espantada fascinación. Todo había sucedido sin darle tiempo a protestar. Era la primera vez que veía a alguien tragarse una perla. Además, en la conducta de la señora Yamamoto había algo de la desesperación que se supone puede embargar a quienes ingieren un veneno. 

Sin embargo, aunque el acto era heroico, aquél no era más que un incidente conmovedor. La señora Matsumura se encontró con que no sólo su enojo se había disuelto en el aire, sino que la pureza y simplicidad de la señora Yamamoto la hacían considerarla ahora como a una santa. 

Los ojos de la señora Matsumura también se llenaron de lágrimas y tomó la mano de la señora Yamamoto. 

—Te ruego que me perdones—dijo—, me he equivocado.

Lloraron juntas durante un buen rato, entrelazaron sus dedos y juraron ser, desde aquel momento, las mejores amigas. 

Cuando la señora Sasaki se enteró de que las tirantes relaciones entre la señora Yamamoto y la señora Matsumura habían mejorado notablemente y de que la señora Azuma y la señora Kasuga habían enfriado su vieja y sólida amistad, no pudo explicarse las cosas y se limitó a pensar que todo era posible en este mundo. 

Fuera como fuera, siendo una mujer sin demasiados escrúpulos, la señora Sasaki pidió a un joyero que remodelara su anillo en un formato en el cual se pudieran engarzar dos nuevas perlas, una grande y una chica, y lo usó sin complejos, sin ulteriores incidentes. 

Al poco tiempo había olvidado las conmociones de aquel cumpleaños, y cuando alguien se interesaba por su edad, contestaba con las eternas mentiras de siempre.   

Fuente: «Muerte en el estío y otros cuentos» Traducción del inglés de Magdalena Ruiz Guiñazu ® 1969 Monte Avila Editores, Caracas, Venezuela

Rosas negras

(Tres fragmentos digestivos)

Ana García Bergua

Nunca supo cómo llegó ahí. El día en que murió, Bernabé Góngora comía un ossobuco en el restaurante La Flor de Hamburgo, en compañía de su esposa y otros comensales, mientras hacía bromas y escuchaba los valses que interpretaban tres músicos en una esquina del local. A punto estaba Góngora de pedir a uno de sus acompañantes, el doctor Murillo, que dijera un brindis, cuando sintió un dolor intempestivo en la nuca, agudo y frío como un punzón largo, y algo estalló adentro y afuera de él, sin darle tiempo de preocuparse o de sufrir. De repente se sintió enorme, volando en pedazos: cada pedazo suyo era él al mismo tiempo, y ocupaba distintos lugares y podía ver todo el restaurante, por arriba, por abajo, desde diferentes ángulos. Después se comprimió y comenzó a ascender a gran velocidad. Lo que seguía siendo Bernabé, a pesar de esta transformación, gritaba despavorido al acercarse cada vez más al gran candil que iluminaba el lugar, temiendo que la materia que ahora lo conformaba se estrellara contra el techo altísimo, o quizá lo llevara más arriba, al mismo cielo, de una manera vertiginosa. Pero Bernabé no viajó al cielo ni a ningún lugar, sino que blandamente se detuvo entre las velas de cristal con forma de merengue de la gran araña que iluminaba el restaurante y su pedrería que reflejaba la luz, como si la energía eléctrica lo hubiera atraído o se hubiese fundido con él. Bernabé gritó y sintió que salía de él algo similar a una voz.

Nadie lo escuchó. Debajo de él, la música se había interrumpido. Los meseros acudían con distintos brebajes a reanimar su cuerpo derrumbado sobre la mesa del restaurante, el cual, con el traje negro y volteado ahora boca arriba por varios brazos diligentes, parecía el de un enorme escarabajo que lo miraba con los ojos fijos. Sibila, su mujer, le había ya aflojado el corbatón y le daba unas palmadas en las mejillas que al Bernabé de la lámpara le parecieron, quizá, poco cariñosas. A su lado, sus amigos los doctores Bonifacio y Murillo extraían los instrumentos de sus respectivos maletines. Cuando lo auscultaron, la clientela del restaurante, de pie, guardó un silencio entre atemorizado y respetuoso. Sólo una señora no pudo resistir y tuvo que correr al tocador a vomitar. También Bernabé contuvo su raro aliento; primero quiso que rezaran por él, pero al ver al doctor Bonifacio extraer la jeringa del maletín, cuyo cartucho de goma colmó con el líquido verdoso de una botellita, se llenó de esperanza de que el piquete lograra el efecto de pegar su ser a aquel cuerpo que no terminaba de reconocer como el suyo, tan desguanzado, tan grande le parecía en comparación a la idea que el espejo le solía dar de sí mismo cuando se vestía en las mañanas. Casi estuvo seguro de que despertaría de nuevo con ellos para poder contarles esta experiencia metafísica, pero nada logró la ciencia; Góngora permaneció en el candelabro y el escarabajo negro siguió yerto encima de la mesa, entre los platos comidos a medias, las copas volcadas, la salsa bernesa de los filetes y una carlota de rompope que acababa de llegar, hasta que el doctor Murillo lo cubrió con un mantel de cuadros rojos que le había facilitado el capitán de meseros. Al cabo de un rato, unos mozos depositaron en una camilla el corpachón preparado como para un almuerzo campestre y ante la presencia del desolado espíritu de Bernabé Góngora, los médicos se lo llevaron para siempre. También se llevaron a su esposa Sibila como a un perrito abandonado. De haber sabido que el verdadero Bernabé, o lo que él consideraba quizá su persona, se encontraba encima de sus cabezas, Sibila no se hubiera ido. O quizá sí, dudó Bernabé. Hasta un trozo de espíritu era capaz de guardar toda clase de resentimientos, odios y rencores, y el de Bernabé Góngora, por más que entendiera que él hubiera caído en el mismo error de confundir el cuerpo con el ser, en ese momento no pudo evitar detestar a todo el género humano, incluyendo a su esposa, sus amigos, los meseros y los músicos.

Así siguió el fabricante de salas, comedores y recámaras de la pequeña ciudad de San Cipriano preso en la lámpara, convertido en una especie de gas desolado. A ratos lo acometía la angustia, pero entonces era como si todo él fuera un pedazo de ansiedad fría, que no tenía poder para mover, ni para hacer que se expresara de ninguna manera, ya fuera melancólica o violenta. Al cabo de un rato, pasada la conmoción por su fallecimiento, los músicos guardaron sus instrumentos y la misma clientela a la que él había creído gritar “¡aquí, aquí, estoy aquí!” pagó sus cuentas sin oírlo jamás y salió consternada del restaurante. Los meseros, entre comentarios y elucubraciones sobre lo sucedido, terminaron de recoger los platos, las copas, las salseras a medias, las migajas y los palillos de dientes, amén de limpiar no sin asco un poco de sangre que se derramó por el golpe en la cabeza que se había dado el occiso al caer. Luego apilaron las mesas y las sillas en un rincón, y poco después se hizo de noche. Entonces Ambrosio Pardo, uno de los meseros de La Flor de Hamburgo, se dispuso a apagar las luces. Bernabé Góngora, que ya había intentado de mil maneras ser escuchado a pesar de la materia que lo constituía, tan evasiva, entramada en el molesto resplandor del gran candelabro, deseó sinceramente un poco de oscuridad. Pero ni siquiera tuvo tiempo de agradecerlo: el joven oprimió simplemente el botón y, como si fuera una de las velitas de cristal con apariencia de merengue, lo apagó también a él.

Fuente: Banquetas y Cadáveres (Pequeña antología). UNAM. Colección: Material de Lectura. 2013

La debutante

Leonora Carrington

En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.

La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

–¡Qué asco! –le dije–. Esta noche me toca asistir a mi baile.

–Tienes suerte –dijo ella–; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

–Habrá muchas cosas de comer –dije–. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

–Y aún te quejas –replicó la hiena con desaliento–. Mírame a mí: yo solo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

–No tienes más que ir en mi lugar.

–No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría –dijo la hiena un poco triste.

–Escucha –dije–, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

–De acuerdo –dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

–Esta habitación huele mal –dijo mi madre, abriendo la ventana–; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

–Por supuesto –le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

–No te retrases para el desayuno –dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

–Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

–Sí –dije, perpleja.

–Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

–No lo veo muy práctico –dije yo–. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

–Tengo la suficiente hambre como para comérmela –replicó la hiena.

–¿Y los huesos?

–También –dijo–. ¿Te parece bien?

–Solo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

–Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

–Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

–En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

–Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

–Es verdad –dije–; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

–Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

–Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte –le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

–Acabábamos de sentarnos a la mesa –dijo–, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Conque mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación, se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Fuente: https://ciudadseva.com/texto/la-debutante/

Aparición

Guy de Maupassant

Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera.

Entonces el viejo marqués de la Tour-Samuel, de ochenta y dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto temblorosa:

Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de terror constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen sobresaltar hasta lo más profundo; los objetos que distingo mal en las sombras de la noche me producen un deseo loco de huir. Por las noches tengo miedo.

¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen ochenta y dos años está permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido, señoras.

Esta historia alteró de tal modo mi espíritu, me trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia.

Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de locura. Pero no, no estuve loco, y les daré la prueba. Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos desnudos.

Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición en Ruán.

Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me miró y se me echó a los brazos.

Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado. Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había destrozado.

Se había enamorado locamente de una joven, y se había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada, ella había muerto repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda.

Él había abandonado su casa de campo el mismo día del entierro, y había acudido a vivir a su casa en Ruán. Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por el dolor, tan miserable que sólo pensaba en el suicidio.

-Puesto que te he encontrado de este modo -me dijo-, me atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi casa de campo, al secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa.

»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo cerré al irme, y la llave de mi secreter. Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la casa.

»Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo eso.

Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era más que un paseo para mí, su casa de campo se hallaba a unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a caballo.

A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa. Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que lo disculpara; el pensamiento de la visita que iba a efectuar yo en aquella habitación, donde yacía su felicidad, lo trastornaba, me dijo. Me pareció en efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado un misterioso combate.

Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que hacer. Era muy sencillo. Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer cajón de la derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió:

-No necesito suplicarte que no los mires.

Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije un tanto vivamente. Balbuceó:

-Perdóname, sufro demasiado.

Y se echó a llorar.

Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión.

Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo por los prados, escuchando el canto de las alondras y el rítmico sonido de mi sable contra mi bota.

Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro, y a veces atrapaba una hoja con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza.

Al acercarme a la casa busqué en el bolsillo la carta que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis pasos sin cumplir mi encargo. Luego pensé que con aquello mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba.

La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera, abierta y podrida, se mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los caminos; no se distinguían los arriates del césped.

Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me estudió de arriba abajo, se metió el papel en el bolsillo y dijo:

-¡Y bien! ¿Qué es lo que desea?

Respondí bruscamente:

-Usted debería de saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de su amo; quiero entrar en la casa.

Pareció aterrado. Declaró:

-Entonces, ¿piensa entrar en… en su habitación?

Empecé a impacientarme.

-¡Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme?

Balbuceó:

-No…, señor…, pero es que… es que no se ha abierto desde… desde… la muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré… iré a ver si…

Lo interrumpí colérico.

-¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede entrar, porque aquí está la llave.

No supo qué decir.

-Entonces, señor, le indicaré el camino.

-Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted.

-Pero…. señor… sin embargo…

Esta vez me irrité realmente.

-Está bien, cállese, ¿quiere? 0 se las verá conmigo.

Lo aparté violentamente y entré en la casa.

Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas habitaciones que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo.

La abrí sin problemas y entré.

El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no distinguí nada. Me detuve, impresionado por aquel olor mohoso y húmedo de las habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego, poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un codo o de una cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella.

Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta, sin duda la de un armario, estaba entreabierta.

Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados que no pude hacerlos ceder.

Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo. Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de conseguir más luz y me dirigí al secreter.

Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos.

Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise volverme, por pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado contra mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos metros de allí. Me volví en mi movimiento, con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera huido de allí como un cobarde.

Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes.

¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría decir que todo el interior de uno se desmorona.

No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el horrible temor a los muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales.

¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.

-¡Oh, señor! -me dijo-. ¡Puede hacerme un gran servicio!

Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta.

-¿Quiere? -insistió-. Puede salvarme, curarme. Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh, sí, sufro!

Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.

-¿Quiere?

Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi voz.

Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró:

-Péineme, ¡oh!, péineme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mire mi cabeza… Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos!

Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el suelo.

¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado serpientes? No lo sé.

Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco cuando pienso en ella.

La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz.

De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta.

Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rompí las contraventanas con un furioso golpe.

Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable.

Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope.

No me detuve más que en Ruán, delante de mi alojamiento. Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me refugié en mi habitación, donde me encerré para reflexionar.

Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no habría sido juguete de una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su poder lo sobrenatural.

E iba ya a creer en una visión, en un error de mis sentidos, cuando me acerqué a la ventana. Mis ojos, por azar, descendieron sobre mi pecho. ¡La chaqueta de mi uniforme estaba llena de largos cabellos femeninos que se habían enredado en los botones!

Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con un temblor de los dedos.

Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado emocionado, demasiado trastornado para ir aquel mismo día a casa de mi amigo. Además, deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle.

Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo al soldado. Se informó sobre mí. El soldado le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto.

Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por la noche y no había vuelto.

Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé una semana. No reapareció. Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin descubrir la más mínima huella de su paso o de su destino.

Se efectuó una visita minuciosa a la casa de campo abandonada. No se descubrió nada sospechoso allí.

Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en aquel lugar.

La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron abandonadas.

Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido averiguar nada. No sé nada más.

Fuente:https://ciudadseva.com/texto/aparicion/

Bateador emergente

Anamari Gomis

Enrique entra al ascensor y mira de reojo a las otras personas. La mente le divaga, pero acierta a saludar con una sonrisa a la secretaria de uno de los ejecutivos de la agencia de publicidad. Se abre la puerta en el segundo piso y se cierra con rapidez. Enrique baja la mirada y la deposita en la punta de sus lustrosos zapatos. “¿Por qué no fui como el Toro Valenzuela?”, se pregunta, y se acuerda de cuando se incorporaba de la cama, antes de que sonara la alarma del despertador, y se preparaba para irse a jugar béisbol. Eso sucedía los sábados. Al abrir los ojos, lo primero que veía era su uniforme resplandeciente puesto con esmero sobre una silla desde la noche anterior. A las 6:00 a.m. se bañaba y oía desde la regadera la estación radiofónica que, todavía más temprano, había sintonizado su padre, “el capitán del club de los madrugadores”. “Noche de ronda”, al amanecer, interpretada por Toña la Negra. La madre, entretanto, ya había hecho el desayuno para todos. Un gallo urbano encendía la mañana. La calle, recién barrida y regada, se llenaba poco a poco de rumores.

El elevador se abre en el cuarto piso y tarda en cerrar sus puertas.

Las hermanas de Enrique pertenecían a una geografía distante que se ordenaba de otra manera dentro de la casa, así que Enrique se sentía el único hijo. Madrugar le ayudaba a crear la ficción de que su mamá sólo lo atendía a él, porque las niñas, los sábados, se levantaban más tarde. Enrique llegaba al desayunador y saludaba a su madre tarareando a lo mejor una canción de Brenda Lee. Aquellos sábados se desayunaba aprisa y luego salía radiante rumbo a la parada del camión.

Ahora se encuentra tenso. Ha concebido una campaña publicitaria para que la agencia obtenga la cuenta de una de las firmas de automóviles que más se venden en el país, pero sabe que, si Silva Gómez se le adelanta, el jefe apoyará a este hombre de inmediato y después le pedirá a Enrique que se ocupe de una cuenta menor. Esta vez Enrique debe sorprender al jefe, hacerlo reparar en su talento para la publicidad. Lleva días enteros embebido en su proyecto. Incluso le ha dedicado varias noches y fines de semana. Silva Gómez siempre se presenta tarde a trabajar, siempre. Se toma su tiempo y actúa como una diva. Años atrás ideó varios anuncios que ganaron premios nacionales. Hoy no es ya ni la sombra de lo que era antes, pero el director general aún confía en él. Enrique está cierto de que su propuesta es buena, ha invertido en ella toda su capacidad y experiencia. Sólo se trata de convencer al jefe de que “le compre la idea” antes de que se aparezca Silva Gómez y muestre un plan que no es más que imitación de las otras campañas que le valieron su fama. Enrique ha concebido una original manera de diseñar la propaganda. Ojalá, lo desea con verdadero fervor, lo reciba a tiempo el director general. Intenta serenarse aspirando una bocanada de aire que le sabe agria dentro del ascensor, lleno para el séptimo piso. Se ha acordado de sus días de adolescente. “Me iba bien entonces.” El DF tenía un cierto azul perenne que cubría entera la colonia del Valle, claro y de nubes en movimiento. Se veían las montañas. Las cosas han cambiado. Ahora se respira una atmósfera de chatarra. En este momento dos mujeres rompen el silencio absoluto. Enrique las escucha al principio y luego hace caso omiso de lo que dicen.

Llegaba a la liga Maya apenas sofocando la energía y comenzaba a “calentar” antes que nadie. El pasto todavía estaba húmedo y muchas veces hacía frío. Enrique no lo notaba. Hubiera podido revolcarse en el césped del diamante por el puro gusto de darle vida a la manopla o de girar el cuerpo como Fernando Remes.

El elevador se detiene largos segundos en el octavo piso. Un hombre ataja la entrada con la mano. Termina de recibir órdenes del que seguramente es su superior.

“Sí, señor, enseguida”, dice, mientras el “ojo eléctrico” suena resentido.

A los doce años de edad, Enrique se había preparado igual que un jugador profesional. Eso ocurrió en el 64. Bateaba siguiendo una elipsis que pocas veces le falló. Se sabía observado, así que no perdía la oportunidad de mostrar sus habilidades.

Entrenaba hasta la fatiga y regresaba a su casa sudoroso y sucio, para leer, tumbado en la cama, sobre béisbol.

“Báñate primero, Enrique”, repetía la mamá, fulminada por el caos doméstico, al que no lograba erradicar nunca, ni cuando la noche-noche bajaba de un silbido y todas las cosas quedaban como muertas: los platos, los zapatos de los niños, el cable del teléfono, la televisión, etcétera.

Enrique va vestido en forma impecable. Contempla su corbata, mientras el ascensor sigue su curso. “Me le adelantaré a Silva Gómez y esta vez me darán a mí la cuenta. Lo sé.” De pronto la luz se desvanece por un instante y algunos pasajeros se asustan. Poco antes de llegar al noveno piso, el elevador se detiene y el foco que los ha alumbrado parpadea y finalmente se apaga. “Lo que me faltaba”, deben pensar casi todos para sí mismos, Enrique el primero. De inmediato alguien oprime el botón de alarma una y otra vez.

Las mujeres se arriman unas con otras. El hombre que se les unió en el octavo piso anuncia que siente una profunda angustia, que le hormiguea en el brazo izquierdo, en el pecho y en la garganta.

El 17 de noviembre de 1964, Enrique no lo podrá olvidar, se seleccionaría a las “estrellas” de la liga y estaba cierto de que sería uno de los escogidos, quién lo dudaría, si había jugado como el mejor durante todo el año, nunca había faltado, ni siquiera el día atroz en que el tío Máximo se dio un tiro en el Circuito de los Escritores del Bosque de Chapultepec. Esa mañana, la del 17 de noviembre, apoyó el bat en el suelo y descansó la mano derecha sobre él. Aspiró una gran bocanada de aire, la soltó y se mantuvo quieto, mientras el corazón le latía con rapidez, como ahora, que respira hondamente, a unos metros del noveno piso. “Me va a ganar Silva Gómez, otra vez.”

Continúan atascados. El tipo del octavo piso dice que va a desmayarse. Enrique lo oye con desprecio y le ordena que se controle. Una mujer se apiada del hombre y lo ayuda a desanudarse la corbata, con rapidez, a pesar de las tinieblas. Enrique reprime la impaciencia. Pierde su absoluta verticalidad y descansa sobre la pared un instante. Luego recobra su posición casi inflexible para no arrugarse el saco del traje.

Poco a poco fueron llamando a las catorce “estrellas”. Cada uno de los jóvenes jugadores seleccionados daba un paso al frente. Enrique seguía de pie, más erguido que al principio, atento a oír su nombre. Desfilaron los catorce. Era mediodía y una hipoglucemia artificial, así lo hubiera pensado hoy, estaba por desplomarlo… Pero no, no ocurrió así. Se le arrasaron los ojos, y luego miró al sol para que se le secaran las lágrimas. Fue entonces cuando lo nombraron: “Enrique Dávalos, estrella suplente”. ¿Qué demonios quería decir eso? Le advirtieron que era opcional el nuevo uniforme de estrella. Enrique, sin embargo, participó a sus padres la necesidad imperiosa de adquirirlo y durante toda una temporada deportiva vivió con la extraña sensación de un fracaso triunfal. Al cabo de un año, y a pesar de haber jugado en San Antonio, Texas, supliendo a Martín Valtierra, el hijo del entrenador, surgió en Enrique una convicción definitiva: la de no ser nunca más estrella suplente.

Pero siempre ha creído que reemplaza a otro. Ahora, como el que sabe que está a punto de enfermar, sospecha que si logra salir a tiempo del elevador y presentarle al jefe su idea, le darán la firma. Se lo merece. Ha trabajado más que nadie y desde luego más que Silva Gómez. El ambiente se vuelve bochornoso. El hombre del octavo piso gime. Una de las mujeres comienza a ponerse nerviosa. “Se nos va a acabar el aire”, afirma con una voz pituda. Se dirige a Enrique, cosa que él sabe a pesar de la oscuridad. En una ráfaga de lástima, más por sí mismo que por el prójimo, se tranquiliza e intenta también apaciguar al tipo. “No pasa nada, guarden la calma. Esto está a punto de arrancar de nuevo y si no ya nos sacarán de aquí en unos minutos.”

El hombre del octavo piso sucumbe, cae junto a Enrique que, sin pensarlo, actúa de inmediato y le toma el pulso ya inerte. No respira. Enrique procede a darle un masaje cardiaco. Había aprendido primeros auxilios cuando fue boy scout. Se arrodilla sobre el hombro izquierdo del sujeto del octavo piso y presiona su tórax unas once o doce veces. Le da respiración de boca a boca, todo a tientas, y vuelve a realizar la compresión cardiaca. Los demás están en suspenso. El hombre comienza a respirar, le regresan las pulsaciones y Enrique le ordena que se quede quieto. El elevador sufre un jalón, suena como un viejo refrigerador y marcha hacia el décimo piso con una luz mortecina, aunque confortante. Las puertas se abren. Una de las mujeres pide a gritos una ambulancia. Enrique se cerciora de que el tipo del octavo piso sea transportado de emergencia a un hospital. Se limpia con la mano el sudor de la frente.

Ahora está casi en paz ante lo inevitable. Silva Gómez habrá ganado la firma para la empresa y Enrique, si acaso, lo ayudará recibiendo sus instrucciones. En eso lo vocean. El jefe lo busca. Ya está. Silva Gómez lo hará trabajar con él, lo someterá y lo humillará como tantas otras veces. Enrique se arregla la corbata, sube esta vez por la escalera y se anuncia con la secretaria del jefe. A poco entra y el director le dice: “Nuestro querido Silva Gómez tuvo ayer un infarto. No se preocupe, ya se encuentra en condición estable, por fortuna. Me gustaría, por lo tanto, encargarle a usted la campaña publicitaria de la cuenta que tanto nos interesa. Piense en algo nuevo, con garra. ¿Me entiende?”.

Enrique siente un sofoco. De nuevo es la estrella suplente, pero esta vez, con una voluntad inquebrantable, rota el torso, batea y corre a home.

Fuente: Anamaris Gomís. UNAM. Colección: Material de Lectura. 2018

El gato

Juan García Ponce

El gato apareció un día y desde entonces siempre estuvo allí. No parecía pertenecer a nadie en especial, a ningún departamento, sino a todo el edificio. Incluso su actitud hacia suponer que él no había elegido el edificio, haciéndolo suyo, sino el edificio a él, tal era la adecuación con que su figura se sumaba a la apariencia de los pasillos y escaleras. Fue así como D empezó a verlo, por las tardes, al salir de su departamento, o algunas noches, al regresar a él, gris y pequeño, echado sobre la esterilla colocada frente a la puerta del departamento que ocupaba el centro del pasillo en el segundo piso. Cuando D, vencido el primer tramo de las escaleras, daba la vuelta para tomar el pasillo, el gato, gris y pequeño, un gato niño todavía, volvía la cabeza hacia él, buscando que su mirada encontrara sus ojos extrañamente amarillos y ardientes en medio del suave pelo gris. Luego los entrecerraba un momento, hasta convertirlos en una delgada línea de luz amarilla y volvía la cabeza hacia el frente, ignorando la mirada de D que, sin embargo, seguía viéndolo, conmovido por su solitaria fragilidad y un poco molesto por el peso inquietante de su presencia. Otras veces, en lugar de en el pasillo del segundo piso, D lo encontraba de pronto acurrucado en uno de los rincones del amplio hall de la entrada o caminando despacio, con el cuerpo pegado a la pared, ignorando el aviso de los pasos ajenos. Otras más, aparecía en alguno de los tramos de la escalera, enroscado entre los barrotes de hierro, y entonces bajaba o subía delante de D, poniéndose en movimiento sin volverse a mirarlo y apartándose de su paso cuando estaba a punto de darle alcance para volver a enroscarse alrededor de los barrotes, tímido y asustado, a pesar de que, al dejarlo atrás, D sentía la amarilla mirada sobre su espalda.

El edificio en que vivía D era una construcción antigua pero bien conservada, con la sabia arquitectura de hace treinta o cuarenta años que daba valor y lugar a los elementos accesorios y cuyo estilo se ha vuelto anacrónico por su mismo carácter sin perder su sobria belleza. El hall de la entrada, la escalera y los pasillos ocupaban un vasto espacio del edificio y marcaban con su aspecto grave y vetusto toda la construcción. Unos días, quizás unas semanas antes de la aparición del gato, la imprevisible voluntad de los porteros, tan viejos e imperturbables como el edificio y que se apretujaban con hijos y nietos en el tapanco de la planta baja espiando recelosos el paso de los inquilinos, había eliminado del hall los dos pesados sofás de gastado terciopelo y el pequeño pero macizo escritorio de madera cuya antigua presencia acentuaba ese peculiar carácter conservador y ajeno al paso del tiempo de la construcción, y a D le pareció que el gato ocupaba ahora el lugar de los muebles. De algún modo, su inexplicable presencia se llevaba con el tono del edificio y, significativamente, D nunca lo vio entre las amplias y redondas macetas de barro con plantas de anchas hojas tropicales que la pareja joven del departamento contiguo al suyo había colocado por iniciativa propia en los descansos de la escalera para darle vida al pasillo. El gato parecía ser contrario a esa remota evocación de un jardín; su terreno eran los elementos sobrios y desnudos de pasillos y escaleras. Así, de la misma manera que se había acostumbrado a los dos sofás y el escritorio que llenaban el espacio vacío del hall y ahora extrañaba su presencia, D se acostumbró a encontrar de pronto al gato y recibir su mirada indiferente, y a verlo bajar o subir delante de él en las escaleras sin preguntarse a quién pertenecería.

D vivía solo en su departamento y pasaba en él la mayor parte del tiempo que no le quitaba su cómodo empleo, del que, a cambio de unas cuantas horas diarias de trabajo metódico, recibía lo suficiente para vivir; pero su soledad no era completa: una amiga lo visitaba casi diariamente y se quedaba en el departamento todos los fines de semana. Los dos se entendían bien, incluso puede decirse, si eso tiene importancia, que se querían, aunque fuera en un plano condicionado y determinado por sus cuerpos que a los dos, por lo menos, parecía bastarles. Para D siempre era motivo de un renovado placer poder mirar desde casi todos los ángulos del pequeño departamento, en las horas muertas que se extendían frente a ellos los domingos por la mañana, el cuerpo desnudo de su amiga extendido indolentemente sobre la cama, cambiando una postura atractiva por otra postura atractiva que siempre acentuaba aún más esa desnudez a la que hacía casi procaz la conciencia, por parte de ella, de que él la estaba admirando y gozando con la exposición de su cuerpo. Siempre que D recordaba a solas a su amiga la imaginaba así, extendida indolentemente sobre la cama, con las mantas que podían cubrirla invariablemente rechazadas aun cuando estaba dormitando, ofreciendo su cuerpo a la contemplación con un abandono total, como si el único motivo de su existencia fuese que D lo admirara y en realidad no le perteneciera a ella, sino a él y tal vez también a los mismos muebles del departamento y hasta a las inmóviles ramas de los árboles de la calle, que podían verse a través de las ventanas, y al sol que entraba por ellas, radiante e impreciso.

A veces la cara de ella permanecía oculta en la almohada y su pelo, castaño oscuro, ni largo ni corto, casi impersonal en su ausencia de relación con las facciones del rostro, remataba el prolongado trazo de la espalda que se iba estrechando hacia abajo hasta perderse en la amplia curva de las caderas y el firme dibujo de las nalgas. Más allá estaban sus largas piernas, separadas una de la otra en un ángulo arbitrario, pero estrechamente relacionadas. Entonces para D el cuerpo de ella tenía casi un carácter de objeto. Pero también cuando estaba de frente, dejando ver sus pechos pequeños con sus vivos pezones y la rica extensión plana del vientre, en el que apenas se sugería el ombligo, y la zona oscura del sexo entre las piernas abiertas, el cuerpo tenía algo remoto e impersonal en la buscada facilidad con que se olvidaba de sí mismo y se entregaba a la contemplación. Definitivamente, D conocía y amaba ese cuerpo y no podía dejar de experimentar la realidad de su presencia mientras iba de un lado a otro en el departamento realizando las pequeñas acciones cotidianas cuyo sentido se pierde en el carácter mecánico con que podemos cumplirlas. Y del mismo modo la sentía cuando se desvestía delante de él o cuando era ella la que, siempre desnuda, se movía de un lado a otro del departamento, volviéndose de pronto hacia D para hacer un comentario banal. Así, la presencia de su amiga, su soledad de dos, la profunda y tranquila sensualidad de su relación, en la que ella estaba siempre desnuda y era suya, formaba parte de su departamento como era una parte de su vida y cuando estaban entre más gente el conocimiento de esa relación volvía de pronto a D envolviéndolo con una fuerza perturbadora que le hacía buscar la piel de ella bajo su ropa y lo separaba de todo al tiempo que lo obligaba a sentir que el conocimiento que tenía de ella se proyectaba hacia los demás como una especie de necesidad de que participaran de su secreto atractivo. Entonces ella era para él como un puente por el que todos deberían transitar del mismo modo que la luz que entraba por las ventanas, cuando ella se extendía sobre la cama, se posaba sobre su cuerpo e igual que los muebles del departamento parecían mirarla junto con él.

Una de esas mañanas de domingo en que ella dormitaba sobre la cama, D escuchó a través de la puerta cerrada del departamento unos maullidos lastimosos, insistentes, que rodaban sobre sí mismos hasta convertirse en un solo, monótono sonido. D se dio cuenta, sorprendido, de que era la primera vez que el gato mostraba de esa manera su presencia. Su departamento quedaba exactamente arriba de aquél ante cuya puerta, un piso más abajo, el gato se echaba sobre la esterilla; pero los maullidos parecían salir de un sitio mucho más cercano, daban la sensación de que el gato estaba en el interior de su departamento. D abrió la puerta de entrada y lo encontró, pequeño y gris, casi a sus pies. El gato debía haber estado pegado por completo a la puerta, lanzando sus lamentos contra ella. Sin dejar de maullar, levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente a D, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en dos estrechas rayas amarillas y volviendo a abrirlos enseguida. Instintivamente, D, que un momento antes había pensado en salir del departamento para comprar los periódicos del día como todos los domingos, lo levantó con las dos manos, lo metió al departamento dejándolo otra vez en el piso, salió y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo y la escalera siguió escuchando todavía sus maullidos, insistentes, rodando sobre sí mismos, como si reclamaran algo y no estuvieran dispuestos a cesar hasta conseguirlo, y cuando regresó, con los periódicos bajo el brazo, éstos no habían cambiado. D abrió la puerta y entró al departamento. El gato no estaba a la vista y sus maullidos se escuchaban como si no vinieran de un sitio específico sino que ocuparan todo el espacio del departamento. D avanzó por la sala comedor a la que se abría la puerta de entrada y a través de la otra puerta, en el extremo opuesto, que comunicaba con la habitación, pudo ver el cuerpo de su amiga en la misma posición en que él la había dejado, dormitando con la cara escondida en la almohada. Las mantas arrinconadas al pie de la cama hacían más absoluta aun su desnudez. D entró a la habitación, envuelto en el lastimero sonido de los maullidos y vio al pequeño gato gris mirando fijamente el cuerpo desnudo, de pie sobre sus cuatro patas, en el centro de la otra puerta de la habitación, como si no se decidiera a entrar a ella. La distribución del departamento permitía que el acceso a la alcoba desde la entrada pudiera hacerse a través de cualquiera de sus dos puertas, avanzando directamente por la sala o dando un rodeo por la cocina y el pequeño desayunador que se comunicaba directamente con ella y con la alcoba. D se sorprendió preguntándose si el gato había dado ese rodeo o había pasado directamente a la habitación y ahora sólo fingiera que no se decidía a entrar a ella. En tanto, en la cama, bajo su mirada y la del gato, su amiga cambió de posición estirando una de sus largas piernas para pegarla a la otra y rodeando con un brazo la almohada sin levantar la cabeza de ella ni permitir que el pelo castaño se hiciera a un lado para dejar ver el rostro. D se dirigió hacia el gato, lo levantó sin que éste dejara de maullar, lo dejó otra vez en el pasillo y cerró la puerta. Después se sentó en la cama, acarició lentamente la espalda de su amiga reconociendo su piel contra la palma de su mano como si ella sola pudiera llevarlo al fondo del cuerpo que se extendía ante él, y se inclinó para besarla. Ella se volvió con los ojos cerrados todavía, le echó los brazos al cuello levantando el cuerpo para pegarlo al de D y con la boca en su oreja le susurró que se desvistiera y se mantuvo pegada a su cuerpo mientras el obedecía. Después, cuando los dos yacían uno al lado del otro, con las piernas entrelazadas todavía y envueltos en el olor mezclado de sus cuerpos, ella le preguntó, como si de pronto recordara algo que venía de mucho más atrás, si en algún momento había metido a la casa al gato que había estado maullando afuera.

—Sí. Cuando salí a comprar el periódico —contestó D, y se dio cuenta de que los maullidos habían cesado ya.

—Y dónde está, ¿qué hiciste con él?  —dijo ella.

—Nada. Volví a sacarlo. Ya no tenía objeto que estuviese aquí. Yo quería que te sorprendiera mientras yo no estaba —dijo D y luego agregó—. ¿Por qué?

—No sé —explico ella—. De pronto me pareció que estaba adentro y me extrañó y me gustó al mismo tiempo, pero no pude decidirme a despertar…

La amiga siguió en la cama hasta bien entrada la mañana, mientras D, sentado en el piso, a su lado, leía los periódicos que había dejado sobre la mesa al entrar. Luego salieron a comer juntos. El gato no había vuelto a maullar ni tampoco estaba en el pasillo, ni en las escaleras, ni en el hall y los dos olvidaron el incidente.

Durante la siguiente semana, aunque no volvió a escucharlo maullar, D se encontró en varias ocasiones al gato, gris y pequeño, mirándolo un instante, inmutable sobre su esterilla frente a la puerta del departamento de abajo, enroscado entre los barrotes de hierro de la escalera, subiendo o bajando de él sin volverse a mirarlo, como si le huyera, o caminando muy despacio, pegado por completo a la pared del hall, y cuando cerraba la pesada puerta de vidrio que daba a la calle, dejándolo tras de sí, le parecía que el gato se afirmaba cada vez más como dueño del edificio y esperaba receloso que D regresara igual que los porteros, fingiendo indiferencia sobre su esterilla o enroscado entre los barrotes de la escalera, con su figura frágil y delicada de gato niño que nunca va a crecer y sin embargo no necesita a nadie. A pesar de que a veces su silenciosa presencia resultaba inquietante, su aspecto tenía siempre algo tierno y conmovedor que incitaba a protegerlo, haciendo sentir que su orgullosa independencia no ocultaba su debilidad. En una de esas ocasiones, D lo encontró cuando subía a su departamento con su amiga y ella, reparando en la pequeña figura gris, le preguntó de quién sería, pero no se extrañó cuando D no supo contestarle y aceptó con absoluta naturalidad la suposición de que tal vez no era de nadie, sino que simplemente había entrado un día al edificio y se había quedado en él. Esa noche estuvieron en el departamento hasta muy tarde y como otras muchas veces la amiga, que siempre decía que le gustaba que D se quedase en el departamento después de estar con ella, no quiso que él se levantara para acompañarla a su casa. Al verse de nuevo, ella comentó que al salir había encontrado al gato en la escalera y que la había seguido hasta el hall, deteniéndose sólo un poco antes de que ella saliera, como si quisiera y al mismo tiempo temiera irse a la calle, por lo que ella tuvo que cerrar la puerta con mucho cuidado.

—Sentí ganas de cargarlo y llevármelo, pero me acordé que tú dijiste que él había elegido el edificio —terminó la amiga, sonriendo.

D se burló de su amor por los animales y volvió a olvidar a la pequeña figura gris; pero el domingo siguiente, al regresar de comprar los periódicos encontró al gato, al que no había visto al salir, enroscado entre los barrotes de la escalera. Pasó a su lado sin que se moviera como de costumbre para subir delante suyo y D, sorprendido, se volvió, lo levantó y entró con él al departamento. Su amiga esperaba en la cama como siempre y D, que la había dejado despierta, trató de no hacer ruido al cerrar la puerta para sorprenderla. Llevaba al gato en los brazos todavía y él se había acurrucado cómodamente en su regazo entrecerrando los ojos. D podía sentir su pequeño cuerpo cálido y frágil latiendo junto al suyo. Al entrar a la habitación vio que su amiga había vuelto a dormirse extendida por completo sobre la cama, con las piernas juntas y un brazo sobre los ojos para protegerse de la luz que entraba libremente por las ventanas. En su cuerpo no había ningún signo de espera. Estaba allí simplemente, sobre la cama, bella y abierta, como una esbelta e indiferente figura que no guardase ningún secreto para sí y sin embargo tampoco ignorara en ningún momento el juego silencioso de sus miembros y el peso del cuerpo, que formaban su propia realidad, y fuese capaz de hacer que la desearan y de desearse a sí misma con un doble movimiento que desconoce su punto de partida. D se acercó a ella con el recogido cuerpo gris inmóvil en su regazo y después de mirarla un momento con la misma extraña emoción con que algunas veces la veía vestida entre la gente, dejó con mucho cuidado al gato sobre su cuerpo, muy cerca de los pechos, donde la pequeña figura gris se veía como un objeto apenas viviente, frágil y atemorizado, incapaz de ponerse en movimiento. Al sentir el peso del animal, su amiga retiró el brazo de su cara y abrió los ojos con un gesto de reconocimiento, como si se imaginara que la que la había tocado era la mano de D. Sólo al verlo de pie frente a la cama bajó la vista y reconoció al gato. Éste estaba inmóvil sobre su cuerpo, pero al verlo ella hizo un movimiento, sorprendida, y la pequeña figura gris rodó a su lado, sobre la cama, donde se quedó quieta de nuevo, incapaz de moverse. D se rió de la sorpresa de ella y la amiga se rió con él.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó después, alzando la cabeza sin mover el cuerpo para ver al pequeño gato inmóvil a su lado todavía.

—En la escalera —dijo D.

—¡Pobrecito! —dijo ella.

Tomó al gato y volvió a ponerlo sobre su cuerpo desnudo, cerca de sus pechos, en el mismo lugar en el que D lo había dejado antes. Él se sentó en la cama y los dos se quedaron viendo al gato sobre el cuerpo de ella. Al cabo de un momento, la tímida figura gris sacó las patas de debajo de su cuerpo, estirándolas primero sobre la piel de ella e iniciando luego un inseguro intento de avanzar por el cuerpo para quedarse enseguida inmóvil otra vez, como si no quisiera arriesgarse a salir de él. Los ojos amarillos se convirtieron en dos estrechas rayas y después se cerraron por completo, D y su amiga volvieron a reírse divertidos, como si la actitud del gato resultara inesperada y sorprendente. Luego ella empezó a acariciarle el lomo con un movimiento suave y repetido y finalmente tomó el pequeño cuerpo gris con las dos manos y lo levantó manteniéndolo frente a su cara repitiendo una y otra vez “pobrecito, pobrecito, pobrecito”, mientras lo movía ligeramente de un lado a otro. El gato abrió un momento los ojos y volvió a cerrarlos enseguida. Con las patas colgando hacia abajo, libres de las manos que lo sostenían tomándolo por el cuerpo, parecía mucho más grande y había perdido algo de su fragilidad. Sus patas traseras empezaron a estirarse, como si quisieran apoyarse en el cuerpo de la amiga de D y ella dejó de moverlo y lo bajó lentamente, dejándolo con cuidado sobre sus pechos, donde una de las patas estiradas tocaba directamente el pezón. A su lado, D vio como el pezón se ponía duro y saliente, como cuando él la tocaba al hacer el amor. Estiró el brazo para tocarla también y junto con el pecho de ella su mano encontró el cuerpo del gato. Su amiga lo miró un instante, pero los ojos de uno y otro se apartaron enseguida. Después ella hizo a un lado al animal y se levantó de un brinco de la cama.

El resto de la mañana leyeron los periódicos y oyeron discos cambiando los comentarios casuales de siempre, pero entre los dos había una corriente secreta, perceptible sólo de vez en cuando y acallada sin necesidad de ningún acuerdo, distinta a la de todos los domingos anteriores. El gato se había quedado en la cama y cuando ella se extendía indolentemente sobre las sábanas, sin cubrirse, como lo hacía todos los domingos para que el sol tocara su cuerpo junto con el aire que entraba por la ventana abierta y la mirada de D pareciera sumarse a la de los muebles, acariciaba la pequeña figura de vez en cuando o la ponía sobre su cuerpo para ver cómo el gato, que al fin parecía haber recuperado la capacidad de moverse por su cuenta, avanzaba sobre ella, posando sus pies delicados sobre su vientre o sus pechos, o atravesaba de un lado a otro por encima de sus largas piernas, estiradas sobre la cama. Cuando D y su amiga entraron al baño, el gato se quedó todavía en la cama, adormecido entre las mantas revueltas que ella había echado hacia atrás con el pie; pero al salir lo encontraron parado en la sala, como si extrañase su presencia y estuviera buscándolos.

—¿Qué vamos a hacer con él? —dijo la amiga, envuelta todavía en la toalla, haciendo a un lado su pelo castaño para mirar al gato con una mezcla de cariño y duda, como si hasta entonces advirtieran que a partir de la inocente broma inicial había estado todo el tiempo con ellos.

—Nada —dijo D con el mismo tono casual—. Dejarlo otra vez en el pasillo.

Y aunque el gato los siguió cuando entraron de nuevo a la habitación para vestirse, al salir D lo tomó en brazos y lo dejó descuidadamente en las escaleras, donde se quedó, inmóvil, pequeño y gris, mirándolos bajar.

Sin embargo, desde ese día, siempre que lo encontraban, silencioso, pequeño y gris, en la penumbra amarillenta manchada con huecos de sombra del pasillo, el hall o la escalera, la amiga lo tomaba en sus brazos y entraban al departamento con él. Ella lo dejaba en el piso mientras se desvestía y luego el gato se quedaba en el cuarto o recorría indiferente la sala, el desayunador o la cocina, para, después, subirse a la cama y acostarse sobre el cuerpo de ella, como si desde el primer día se hubiera acostumbrado a estar allí. D y su amiga lo miraban riéndose celebrando su manera de acomodarse en el cuerpo. De vez en cuando, ella lo acariciaba y él entrecerraba los ojos hasta convertirlos en una delgada línea amarilla, pero la mayor parte del tiempo lo dejaba estar allí simplemente, escondiendo la cabeza entre sus pechos o estirando lentamente las patas sobre su vientre, como si no advirtiera su presencia, hasta que al volverse para abrazar a D el gato se interponía entre los dos y ella lo apartaba con la mano, poniéndolo a un lado en la cama. Cuando D esperaba a su amiga en el departamento, ella entraba siempre con el gato en los brazos y una noche que anunció que no lo había encontrado en ninguno de los sitios habituales, la pequeña figura gris apareció de pronto en la alcoba entrando por la puerta del clóset. Sin embargo, un día que ella quiso darle de comer, el gato se negó a probar bocado, a pesar de que ella intentó incluso tomarlo en sus brazos y acercar el plato a su boca. Desde la cama, D sintió una oscura necesidad de tocarla al verla sosteniendo la alargada figura del gato pegada contra su cuerpo y la llamó a su lado. Ahora, los domingos, la pequeña figura gris se había hecho indispensable junto al cuerpo de ella y la mirada de D registraba vigilante el lugar en que se encontraba buscando al mismo tiempo las reacciones de ella ante su presencia. Por su parte, ella había aceptado también al gato como algo que les pertenecía a los dos sin ser de ninguno y comparaba las reacciones de su cuerpo ante él con las que le producía el contacto con las manos de D. Ya nunca lo acariciaba, sino que esperaba sus caricias y cuando se quedaba dormitando, desnuda y con él a su lado, al abrir los ojos después del sueño sentía también, como algo físico, cubriéndola por completo, la mirada fija de los entrecerrados ojos amarillos sobre su cuerpo y entonces necesitaba sentir a D junto a ella de nuevo.

Poco después, D tuvo que quedarse en cama unos días atacado por una fiebre inesperada, y ella decidió arreglar sus asuntos para poder quedarse en el departamento cuidándolo. Atontado por la fiebre, sumergido en una especie de duermevela constante en la que la oscura conciencia de su cuerpo adolorido era molesta y agradable al mismo tiempo, D registraba de una manera casi instintiva los movimientos de su amiga en el departamento. Escuchaba sus pasos al entrar y salir de la habitación y creía verla inclinándose sobre él para comprobar si estaba dormido, la oía abrir y cerrar una y otra puerta sin poder situar el lugar en que se encontraba, percibía el sonido del agua corriendo en la cocina o el baño y todos esos rumores formaban un velo denso y continuo sobre el que el día y la noche se proyectaban sin principio ni fin, como una sola masa de tiempo dentro de la que lo único real era la presencia de ella, cerca y lejos simultáneamente, y a través de ese velo le parecía advertir hasta qué extremo estaban unidos y separados, como cada una de sus acciones la mostraban frente a él, aparte y secreta, y por esto mismo más suya en esa separación desde la que ella no sabía nada de él, como si cada uno de sus actos se situara en el extremo de una cuerda tensa y vibrante que él sostenía del otro lado y en cuyo centro no había más que un vacío imposible de llenar. Pero cuando D abría al fin por completo los ojos entre dos incontables espacios de sueño, podía ver también al gato siguiendo a su amiga en cada uno de sus movimientos, sin acercarse mucho a ella, siempre unos cuantos pasos atrás, como si tratara de pasar inadvertido, pero, al mismo tiempo, no pudiese dejarla sola. Y entonces era el gato, la presencia del gato, la que llenaba ese vacío que parecía abrirse inevitable entre los dos. De algún modo, él los unía definitivamente. D volvía a quedarse dormido con una vaga, remota sensación de espera, que quizás no era parte más que de la misma fiebre, pero en cuyo espacio reaparecían una y otra vez, distantes e inalcanzables en unas ocasiones, inmediatas y perfectamente dibujadas en otras, invariables imágenes del cuerpo de su amiga. Luego, ese mismo cuerpo, concreto y tangible, se deslizaba a su lado en la cama y D lo recibía, sintiéndose en él, perdiéndose en él, más allá de la fiebre, al tiempo que advertía, a través de esas mismas sensaciones, cómo estaba siempre enfrente, inalcanzable aun en la más estrecha cercanía y por eso más deseable, y cómo ella buscaba de la misma manera el cuerpo de él, hasta que volvía a dejarlo solo en la cama y reiniciaba sus oscuros movimientos por el departamento, prolongando la unión por medio de la quebrada percepción de ellos que la fiebre le daba a D.

Durante esos largos instantes de acercamiento concreto, el gato desaparecía de la conciencia de D. Sin embargo, en una ocasión se dio cuenta de que él estaba también con ellos en la cama. Sus manos habían tropezado con la pequeña figura gris al recorrer el cuerpo de su amiga y ella había hecho de inmediato un movimiento encaminado a hacer más total el encuentro, pero éste no llegó a realizarse por completo y D olvidó que una presencia extraña se encontraba junto a ella. Había sido sólo un breve rayo de luz en medio de la laguna oscura de la fiebre. Unos cuantos días después ésta cedió tan inesperadamente como había empezado. D volvió a salir a la calle y estuvo otra vez con su amiga en medio de la gente. Nada parecía haber cambiado en ella. Su cuerpo vestido encerraba el mismo secreto que de pronto D deseaba develar ante todos; pero al acercarse el momento en que normalmente deberían irse al departamento ella empezó, a pesar suyo, sin que ni siquiera pareciera advertirlo conscientemente, a mostrar una clara inquietud y trató de retrasar la llegada, como si en el departamento le esperara una comprobación que no deseaba enfrentar. Cuando al fin, después de varias demoras inexplicables para D entraron al edificio, el gato no estaba en el hall, ni en el pasillo, ni en las escaleras y mientras avanzaban por ellos D pudo advertir que su amiga lo buscaba ansiosamente con la vista. Luego, en el departamento, D descubrió en el cuerpo de ella un largo y rojizo rasguño en la espalda. Estaban en la cama y al señalarle D el rasguño ella trató de mirarlo, anhelante, estirándose como si quisiera sentirlo fuera de su propio cuerpo. Después le pidió a D que pasara una y otra vez la punta de los dedos por el rasguño y en tanto ella se quedó inmóvil, tensa y a la expectativa, hasta que algo pareció romperse en su interior y con el aliento entrecortado le pidió a D que la tomara.

El gato no apareció tampoco los días siguientes y ni D ni su amiga hablaron más de él. En realidad, los dos creían haberlo olvidado. Como antes de que apareciera entre ellos la frágil y pequeña figura gris, su relación era más que suficiente para los dos. La mañana del domingo, como siempre, ella se quedó largamente extendida sobre la cama, abierta y desnuda, mostrando su cuerpo indolente mientras D se distraía en las mínimas acciones cotidianas; pero ahora ella era incapaz de dormitar. Oculta tras su indolencia y ajena por completo a su voluntad, apareció cada vez más firme una clara actitud de espera, que ella trataba de ignorar, pero que la obligaba a cambiar una y otra vez de posición sin encontrar reposo. Finalmente, al regresar de la calle con los periódicos, D la encontró esperándolo con el cuerpo separado de la cama, apoyándose en ella con el codo. Su mirada se dirigió sin ningún ocultamiento a las manos de D, buscando sin reparar en los periódicos y al no encontrar la esperada figura gris se dejó caer hacia atrás en la cama, dejando colgar la cabeza casi fuera de ella y cerrando los ojos. D se acercó y empezó a acariciarla.

—Lo necesito. ¿Dónde está?, tenemos que encontrarlo —susurró ella sin abrir los ojos, aceptando las caricias de D y reaccionando ante ellas con mayor intensidad que nunca, como si estuvieran unidas a su necesidad y pudieran provocar la aparición del gato.

Entonces, los dos escucharon los largos maullidos lastimeros junto a la puerta con una súbita y arrebatada felicidad.

—Quién sabe —dijo D imperceptiblemente, casi para sí, como si todas las palabras fueran inútiles mientras se ponía de pie para abrir—, quizás no es más que una parte de nosotros mismos.

Pero ella no era capaz de escucharlo, su cuerpo sólo esperaba la pequeña presencia gris, tenso y abierto.

Fuente: Juan García Ponce. UNAM. Colección: Material de Lectura. 2008


La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco

Max Aub

I

Ignacio Jurado Martínez nació en El Cómichi, congregación del municipio de Arizpe, en el estado de Sonora, el 8 de agosto de 1918. Tres años después, la familia bajó al ejido del Paso Real de Bejuco, en el municipio de Rosamorada, en Nayarit. De allí, cuando la mamá enviudó por un “quítame estas pajas”, se trasladaron –eran cinco hijos– a la villa de Yahualica, en Jalisco. Al cumplir los ocho años, Ignacio se largó a Guadalajara donde fue bolero hasta que, a los quince, se descubrió auténtica vocación de mesero. Un lustro después entró a servir en un café de la calle del 5 de mayo, en la capital de la República.

–¿Usted, de dónde es?

–De Guadalajara.

Ser mozo de café es prestar servicios, no famulato; dependencia, no esclavitud; tiénese ocasión de ofrecer, indicar, recomendar, reconocer; lazarillo de gustos ajenos; factótum, no lacayo; maestresala, copero, no mono; camarero, no siervo ni siquiera apellidando libertad. Un mesero tiene personalidad, mayor con los años si cuenta con parroquia fija, más ligada ésta a la costumbre que el servidor Sólo el peluquero se le puede comparar, y no en la asistencia, menos frecuente.

Ser mesero titular otorga derechos y conocimientos múltiples. Nacho, del café Español, llegó a institución. Renunció a su semanal día libre porque nada le gusta tanto como andar de la cocina a sus mesas –ocho, del fondo–, al tanto de las conversaciones, metiendo cuchara en cualquier ocasión, que no faltan.

Le place tener relación directa con las cosas: el mármol –tan duro, tan fino, tan liso, tan resbaladizo al paso del trapo húmedo–; el vidrio, todavía un poco mojado, de los vasos; la loza, blanca brillante, de tazas y platos; las agarraderas de ébano –luego de baquelita– de las grandes cafeteras de aluminio.

El aseo, la nitidez, el abrillantamiento de la piedra, logrado por el rodeo vivo del paño. (No recoge los trastos; hácelo Lupe, la «Güera»; la trata poco, teniendo en cuenta las categorías. Mándala con mirar, pocas palabras, alguna seña de la mano.) Vierte el café y la leche con precisión, a chorro gordo, de pronto cortado a ras del borde de la taza o vaso, con un recorte que demuestra, a cada momento, su conocimiento profundo del oficio.

–¿Mitad y mitad?

–¿Basta?

Le molestó la introducción del café exprés, que le daba servido el brebaje.

Desde el día de su llegada a la capital, el 7 de octubre de 1938, halló un cuarto en la azotea de una casa de la calle de 57, a dos pasos de su trabajo; allí siguió. Bastábale su cama, una silla, una comodita, el baño común –al final del pasillo–, un aparato de radio, para que las noticias no le cogieran desprevenido, a la hora de los desayunos. Come y cena en el café, según lo que sobra en la cocina. Vida sentimental nunca tuvo; carece de interés masculino: nació neutro, lo dio por bueno. Abundaban busconas por el rumbo, sobre todo los primeros años –las alejó el crecimiento, a borbotones, de la capital–; le conocieron, dejándole de ofrecer sus servicios; él, en cambio, no dejó de prestarles algunos, con lo que fue bien visto, como en todas partes; que eran pocas. La ciudad, para él, empieza en el Zócalo, acaba en la Alameda: la calle del 5 de Mayo, algo de las de Tacuba y Donceles; mojones impasibles, a izquierda y derecha: la Catedral, el Palacio de Bellas Artes; enfrente, los Ferrocarriles Nacionales: la Religión, el Arte, el Mundo, todo al alcance de la mano; le bastaba, sin darse cuenta de ello.

Pequeño, hirsuto, canicas de obsidiana los ojos vivísimos; barba cerrada, magro, tirando a cobrizo, limpio a medias, los dienten muy blancos de por sí y de no fumar, se movía sin prisas, seguro de su importancia, de llevar a cabo sus funciones con perfección –lo cual era relativo.

–Dos exprés, dos capuchinos, un tehuacán.

–Una coca, un orange, un cuarto de leche.

–Unos tibios, tres minutos; pan tostado. Dos jugos de naranja.

–Una limonada preparada. Dos cafés americanos.

Conoció las paredes del establecimiento cremas, grises y verdes claras (1938–1948–1956); el mostrador al fondo, luego a la izquierda (1947); el cambio de ventiladores (1955), la subida paulatina de precio del café, de 0,25, en 1938, a un peso, en 1958. Un cambio de dueño, en 1950, sin que se alteraran rutina, lista de consumiciones, ni disposición del local, como no fuese el cambio de lugar del mostrador, antes mencionado.

–Téllez renuncia la semana que viene.

–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.

–Ruiz pasa a Economía.

–Desaforarán a Henríquez.

–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.

Cierto odio hacia los vendedores de billetes de la lotería nacional, que juzga institución inútil no teniendo necesidades económicas; añádese la protección un tanto prosopopéyica que otorga a los boleros, por su pasado.

Con los años y el oído se hizo una “cultura”. Su concepción del mundo es bastante clara; aceptable como está. Más, constante, la curiosidad por los problemas de sus parroquianos y los planteados por los mismos; nada preguntón, por oficio, seguro de que su clientela acaba revelando, a la corta o a la larga, a unos u otros, la solución de sus casos, si la hay.

Existen, naturalmente, consumidores de paso, sin interés, a menos que entren a dilucidar un problema, y lo logren, lo cual se refleja en la propina. De por sí, el oído fino; lo afinó, como sucede con todo, con el diario ejercicio. Las fuentes de su saber fueron variadas, según las horas y el tiempo. Temprano, desayunaban en la mesa de la esquina unos altos empleados de la Compañía de Luz y Electricidad comentando la actualidad puesta de relieve por los titulares de los diarios. Dejando aparte a don Medardo García, bilioso, que sólo se preocupa de su salud, a menos que salte el tema de las inversiones extranjeras, su fuerte, y a don Gustavo Molina, frotándose siempre las manos, lector de algunas revistas norteamericanas, que pasa por listo, a pesar de los cuernos, apasionado por los chistes. Fijos eran, en la mesa contigua, dos libreros, don Pepe y don Chucho, que parecen hermanos, sin serlo; dos funcionarios de los Ferrocarriles, don Juan y don Blas, que sólo se afeitan los miércoles; dos joyeros, don Antonio y don Sebastián; todos viejos, con aficiones a la política aduanera, al cine y a los toros. Dos jóvenes empleados de confianza de un banco gubernativo hablaban, con una regularidad digna de mejor causa, de lo ingurgitado la noche anterior y sus, para ellos, naturales consecuencias. Nacho tuvo así –a lo largo de cinco años, al cabo de los cuales, por cambio normal de Presidente de la República, pasaron a ocuparse de los problemas nacionales de la pesca– conocimiento preciso de casas de lenocinio de todas calañas; lo cual le dio autoridad hasta en este tema, que no le atañía. Juntábanse, a la misma hora, en las otras mesas, tres masones, dependientes de la Secretaría de Comunicaciones, comentando tenidas y los avatares escondidos de la política nacional; el sonorense se dio pronto cuenta de que no se debían tornar muy en serio sus constantes vaticinios de cambios en los equipos burocráticos y ministeriales. A pesar de ello, le servían, sirviendo, para darse por enterado:

–Téllez renuncia la semana que viene.

–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.

–Ruiz pasa a Economía.

–Desaforarán a Henríquez.

–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.

En las horas semivacías que siguen, aparecen forasteros; se encuentran amigos que se ven de tarde en tarde; cuéntanse sus peripecias, el nacimiento del último hijo, el cambio de «chamba», la perspectiva de un negocio, cómo les fue en un viaje reciente. Algún senador bebe agua mineral con un amigo particular en busca de recomendación; otro toma café con un conocido apenas, que intenta lo mismo.

De dos a tres y media, el café se puebla de oficinistas: de Comunicaciones, de Agricultura, del Senado, de Correos, de Bellas Artes, del Banco de México, de Ferrocarriles, cuyos edificios fueron construidos alrededor del «Español».

Es la hora menos interesante: se comentan hechos pequeños, se truena contra los jefes y compañeros, se hacen planes para la tarde, se habla –poco– de la familia, se interpretan las noticias de los periódicos de mediodía, algún artículo o caricatura de los de la mañana, las agruras, el dolor de riñones, la solapada intención de un columnista.

A las dos y treinta y cinco don Luis Rojas Calzada se sentaba en su mesita cercana al mostrador, hablaba, con Elena Rivas, la cajera, mientras trasegaba sus primeros tequilas antes de irse a la cantina de la esquina, a seguir tomando y jugar dominó hasta la una de la mañana. Don Luis, cajero de Ferrocarriles en tiempos de don Porfirio, se conservaba en alcohol; rojito, rejileto, feliz. Faltó el 14 de junio de 1948 porque le enterraron esa misma mañana. Sólo hablaba de lo muy pasado; el mundo, para él, acabó en 1910.

Pegado, a la calle –en la mesa que por la mañana ocupaban los de la Compañía de Luz– se reúnen, antes de comer en un restorán de las calles de Brasil, Celerino Pujadas, Nemesio Santos, Mauricio González y Norberto Moreno; suele añadírseles algún conocido de todos. Para ellos no hay más universo que el que forjaron, en la década de los veinte, Carranza, Obregón y Calles. Discuten y añoran tranquilamente, aportando datos (todos guardan, a su decir, documentos inéditos que causarán gran revuelo).

–Cuando Maytorena…

–Cuando el general González…

–Cuando el coronel Martínez…

–Cuando Lucio…

–Cuando Villa…

–Eso fue cuando Emiliano.

–No, hermano, perdóname, fue Cárdenas, en 1929.

A lo largo de los años, Nacho tuvo por esa sola mesa, aunque algo unilateralmente –lo reconocía–, un conocimiento pormenorizado de la Revolución; anecdótico y parcial desde luego, pero suficiente para sus afanes históricos, lo que compensaba ciertas exigencias acerca de la temperatura de los brebajes que tragoneaban: tibio el café de don Nemesio, hirviendo el de don Mauricio.

Cuando se retiran los «revolucionarios», empiezan a llegar los «intelectuales», que ocupan, durante tres horas –de tres y media a seis y pico–, las tres mesas del centro.

Los Revueltas, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Octavio Barreda, Luis Cardoza y Aragón, Lolito Montemayor, José y Celestino Gorostiza, Rodolfo Usigli, Manuel Rodríguez Lozano, Lola Álvarez Bravo, Lupe Marín, Chucho Guerrero Galván, Siqueiros, a veces Diego Rivera, hablan de literatura, de la guerra española, de arte; unos de otros, mal por lo común. De teatro, de política, de viajes, de las noticias de los ausentes. Comentan las revistas propias y ajenas. De cine.

La noche, en México, no es propicia para el café; sí para el amor. Entran y salen mujeres al acecho, cinturitas, jotos. Algunos empleados cansados; varios provincianos haciendo recuerdo de lo hecho y por hacer antes de recogerse en los hoteles cercanos. Dos o tres burócratas en mal de horas extraordinarias.

Las meretrices callejoneras le tienen al corriente de los chismes de unas y otras, cuidadosas de callar –como no sea de bulto– los azares de su profesión.

A las nueve y media se bajan las Cortinas de fierro. A las diez, tras mojar dos panes de dulce en su café con leche, a dormir despaciosamente. Todo cambió a mediados de 1939: llegaron los refugiados españoles.

II

Varió, ante todo, el tono: en general, antes, nadie, alzaba la voz y la paciencia del cliente estaba a la medida del ritmo del servicio. Los refugiados, que llenan el café de la mañana a la noche, sin otro quehacer visible, atruenan: palmadas violentas para llamar al «camarero», psts, oigas estentóreos, protestas, gritos desaforados, inacabables discusiones en alta voz, reniegos, palabras inimaginables públicamente para oídos vernáculos. Nacho, de buenas a primeras, pensó regresar a Guadalajara. Pudo más su afición al oficio, la cercanía de su alojamiento, la comodidad, el aprecio del patrón (feliz con el aumento consumicionero, que le permitió traspasar provechosamente el establecimiento a los tres años). El hondo resquemor del inesperado y furioso cambio no desapareció nunca. Sufrió el éxodo ajeno como un ejército de ocupación.

Los recién llegados no podían suponer –en su absoluta ignorancia americana– el caudal de odio hacia los españoles que surgió de la tierra durante las guerras de Independencia, la Reforma y la Revolución, amasado lo mismo con los beneficios que con las depredaciones. Ni alcanzarían a comprenderlo, en su cerrazón nacionalista, con el orgullo que les produjo la obra hispana que descubrieron como beneficio de inventario ajeno, de pronto propio. Jamás las iglesias produjeron tanta jactancia, y más en cabezas, en su mayor número, anticlericales.

Los primeros años, la prensa más leída, partidaria de Franco, les solía llenar de lodo; mientras los revolucionarios, en el poder, antihispanistas por definición, los acogían con simpatía política, los opositores —carcas y gachupines– los vieron con buenos ojos, por españoles, repudiándolos por revolucionarios. Un lío. Para Ignacio la cosa resultó más fácil, los despreciaba por vocingleros.

A los dos meses, supo de la guerra española como el que más.

Hasta este momento, las tertulias habían sido por oficios u oficinas, sin hostilidad de mesa a mesa. Los españoles –como de costumbre, decia don Medardo– lo revolvieron todo con sus partidos y subdivisiones sutiles que sólo el tiempo se encargó de aclarar en la mente nada obtusa, para estos matices, del mesero sonorense; por ejemplo: de cómo un socialista partidario de Negrín no podía hablar sino mal de otro socialista, si era largocaballerista o «de Prieto», ni dirigirle la palabra, a menos que fuesen de la misma provincia; de cómo un anarquista de cierta fracción podía tomar café con un federal, pero no con un anarquista de otro grupo y jamás –desde luego– con un socialista, fuera partidario de quién fuera, de la región que fuese. El haber servido en un mismo cuerpo de ejército era ocasión de amistad o lo contrario. El cobrar los exiguos subsidios que se otorgaron a los refugiados los primeros años, subdividía más a los recién llegados: los del SERE frente a los del JAKE, así fuesen republicanos, socialistas, comunistas, ácratas, federales, andaluces, gallegos, catalanes, aragoneses, valencianos, montañeses o lo que fueran. En una cosa estaban de acuerdo: en hablar sólo del pasado, con un acento duro, hiriente, que trastornaba. Nacho llegó a soñar que le traspasaban la cabeza, de oreja a oreja, con un enorme alfiler curvo, en forma de C, en un pueblo catalán. De tanto español le nació afición por Cuauhtémoc, que supo perder callando –rémora de cierta tertulia de los jueves por la tarde, de algunos escritores de poco fuste y mala lengua, amenizada por un coronel de tez muy clara y ojos azules, enemigo personal de Hernán Cortes y sus descendientes que (para él) eran, sin lugar a duda, todos los refugiados–. A pesar de que Carmen Villalobos –zapoteca puro– le hizo ver, el 11 de febrero de 1940 (lo hago constar porque luego las frases se han repetido como propias), que los recién llegados no parecían haben tenido gran cosa que ver en la toma de Tenochtitlán, sino más bien los ancestros del bizarro coronel Chocano López.

El mal era otro: traíanse impertérritos en primer lugar y voz en grito:

–Cuando yo…

–Cuando yo…

–Cuando yo…

–Cuando yo le dije al general…

–Cuando tomamos la Muela…

–Cuando yo, al frente de mi compañía…

De la compañía, del regimiento, de la brigada, del cuerpo de ejército… Todos héroes. Todos seguros de que, a los seis meses, regresarían a su país, ascendidos. A menos que empezaran a echarse la culpa, unos a otros:

–Si no es porque la 47 empezó a chaquetear.

–Si no es porque los catalanes no quisieron…

–¡Qué carajo ni qué coño!

–Si no es porque Prieto…

–¡Qué joder!

–Si no es porque los comunistas…

–¡No, hombre!

–¡Mira ése!

–¿Qué te has creído?

–Ese hijo de puta…

Todos con la c y la z y la ll a flor de labio, hiriendo los aires. Horas, semanas, meses, años.

En general, los autóctonos emigraron del local. Quedaron los del desayuno –que los españoles no eran madrugadores– y los «intelectuales». Ese grupo creció en número y horas. A los mexicanos, se sumaron puntuales Pedro Garfias, León Felipe –barba y bastón–, José Moreno Villa –tan fino–, José Bergamín –con el anterior, únicos de voz baja–, Miguel Prieto, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, José Herrera Petere, Juan Rejano, Francisco Giner de los Ríos, Juan Larrea, Sánchez Barbudo, Gaya: veinte más que trajeron aparejados otros mexicanos en edad de merecer: Alí Chumacero, José Luis Martínez, Jorge González Durán, Octavio Paz. Con ellos transigió Nacho. A pesar de lo parco de las consumiciones: ocupábanse del presente, hablaban de revistas y de libros; pronto, el número se redujo por incompatibilidades personales, a las que no solían referirse en voz alta. Además, las conversaciones variaban al aire de las circunstancias, lo que no era el caso en las otras mesas:

–Cuando atacamos la Muela…

–Si los murcianos no hubieran empezado a gritar: ¡estamos copados!…

–Si el gobierno no hubiera salido de naja, el 36…

–Cuando yo…

–Cuando yo…

–Cuando yo…

–No, hombre no.

–¡Qué carajo ni qué coño!

–La culpa fue…

–Pues joder…

–Ahora, cuando volvamos, no haremos las mismas tonterías…

No sólo las lides militares: los jueces, los fiscales, los directores generales, los ministros, rememorando –siempre como si fuese ayer–, y la esperanza, idéntica:

–Cuando caiga Franco…

Ahí estaba el quid:

–Cuando caiga Franco…

–Cuando caiga Franco…

Horas, días, meses, años. Vino la guerra, la otra; contó poco:

–En Jaén, cuando atacamos…

–En el Norte, durante la retirada…

–En Lérida…

–¡Que te crees tú eso!

–En Brunete, cuando yo…

–Y veíamos Córdoba. Si no hubiera sido por el traidor del general Muñoz, nos colábamos…

–Vete a hacer puñetas…

En 1945 todo parecía arreglado. No hubo tal. Algunos murieron; otros no aparecieron más por el café, trabajando. Llegaron más: de Santo Domingo, de Cuba, de Venezuela, de Guatemala, según los vaivenes de la política caribeña. Lo único que no variaba era el tema, ni el tono, de las discusiones:

–Cuando caiga Franco…

–Aquello no puede durar…

–Tiene que caer…

–¿Ya leíste que…?

–Es cuestión de días…

De semanas, de meses –a lo sumo–. Los que dudaban acababan callando, apabullados.

El ruido, las palmadas (indicadoras de una inexistente superioridad de mal gusto), la algarabía, la barahúnda, la estridencia de las consonantes, las palabrotas, la altisonancia heridora; días, semanas, meses, años, iguales a sí mismos; al parecer, sin remedio.

III

En 1952, entró a servir en otro turno Fernando Marin Olmos, puertorriqueño, exiliado en México por partidario de Albizu Campos, cabeza cerrada –y encerrada– de los independentistas de Puerto Rico.

Fernando, hablar cantarino y nasal caribeño, menudo, oliváceo, pelo lacio –tan abundante como oscuro–; nariz afilada, larga; boca fina, de oreja a oreja, había sido maestro rural. Luego, en Nueva York, probó toda clase de oficios; en México, después de intentar vender libros a plazos, entró a servir al café Español; cumplido y de pocas palabras. Entendióse bien con Nacho, que respetaba su desmedido afán por las mujeres, y aun le ayudó en alguna ocasión en que el sueldo no le daba para satisfacer su cotidiano apetito sexual.

Tenía Nacho sus ahorros; empujado por su compañero, que no carecía de ideas comerciales, aunque no las supiera poner personalmente en práctica –¿con qué?, siempre en la quinta pregunta–, empezó a prestar pequeñas cantidades a gentecillas de los alrededores, con elevados réditos, que acrecieron su capital con cierta rapidez. Pronto Fernando Marín fue confidente de la indignación que le producían el tono –y las salidas del mismo–, los temas obsesivos de los refugiados españoles. No compartió el isleño esa opinión, antes muy al contrario. Nacho cesó inmediatamente su lamentación; le molestaba hablar con quien no fuera de su parecer. Su reconcomio siguió, solitario, carcomiéndole el estómago. De ahí cierta úlcera que, desde entonces, le ató al bicarbonato y al insomnio.

–Cuando caiga Franco…

–El día que volvamos…

Las interminables discusiones hurgaban al sonorense de la glotis al recto. Pensó, con calma, midiendo estrechamente ventajas y desventajas, cambiar de establecimiento; tuvo proposiciones: una de San Ángel, otra en Puente de Vigas, otra al final de la Calle de Bolívar; todas lejos de su casa, que no quería abandonar a ningún precio, entre otras razones porque parte de sus obligados económicos solían pagarle allí los intereses semanales de sus préstamos; otros lo hacían en el café (el W. C. era buen despacho). Sin contar que no quería perder la compañía de Fernando, siempre dispuesto a sustituirle mientras despachaba con su clientela reditora. Supo corresponder, duplicando su turno, cuando después de un frustrado atentado, en Washington, de unos irredentos puertorriqueños contra el Presidente Truman (germen, tal vez, de su gran idea), detenían a Marín cada vez. Que llegaba a México algún personaje norteamericano en viaje oficial (si venía de vacaciones, le dejaban en paz).

Marín solía discutir con los refugiados españoles acerca de las ventajas e inconvenientes del atentado personal. No comprendía cómo habiendo tantos anarquistas en España no hubieran, por lo menos, intentado asesinar a Franco. Los comunistas se oponían asegurando que no serviría de nada su desaparición violenta, como no fuera para reemplazarlo por otro general de la misma clase; los republicanos objetaban sus propios convencimientos liberales; algún federal, opuesto a la pena de muerte, se sublevaba con la sola idea. Los ácratas traían a colación las insalvables dificultades policíacas y militares.

(Nacho no sabe abstraerse; no puede oír el alboroto como tal y desentenderse: tiene que saber y, si puede, meter baza, pegar la hebra, sacar consecuencias. Los diálogos, la cháchara, el chisme, son su sustento, si no mete cuchara, si no echa su cuarto de espadas, si no comenta –que no es discutir–, no está contento. Lo que le gusta del oficio es el ruido confuso del café, pero con sentido: el palique, el cotorreo, el oír mantener opiniones contra viento y marea, una pregunta tras otra, atropelladas; ver crecer, aproximarse como una ola reventona, el momento en que alguien no puede zafarse más que con insultos; resiente propias las victorias de la dialéctica, pero no aguanta –aguantándolas– tantas alusiones, parrafadas, retruques, indirectas, memorias, acerca de si hicieron o dejaron de hacer fulano y zutano en Barcelona, éste o aquél en Lérida, Pedro o Juan en Valencia, Negrín, Prieto, Caballero, Azaña, en Madrid, en Puigcerdá, en Badajoz, en Jaén, en Móstoles, en Alcira, en Brunete, en Alicante. Todos los días, uno tras otro, durante doce horas, desde 1939; desde hace cerca de veinte años:

–Cuando caiga Franco…

–El día que Franco se muera…

–Cuando tomamos la Muela…

–No entramos en Zaragoza por culpa de los catalanes.

–¡Vete a hacer puñetas!

Ignacio Jurado Martínez —casi calvo, casi en los huesos (la úlcera), casi rico (los préstamos y sus réditos)– no aguanta más. A lo largo de sus insomnios, el frenesí ha ido forjando una solución para su rencor, entrevé un café idílico al que ya no acuden españoles a discutir su futuro enquistados en sus glorias multiplicadas por los espejos fronteros de los recuerdos: resuelto el mañana, desaparecerá el ayer. Tras tanto oírlo, no duda que la muerte de Francisco Franco resolverá todos sus problemas –los suyos y los ajenos hispanos–, empezando por la úlcera. De oídas, de vista –fotografías de periódicos españoles que, de tarde en tarde, pasan de mano en mano–, conoce las costumbres del Generalísimo. Lo que los anarquistas españoles –que son millones al decir de sus correligionarios– son incapaces de hacer, lo llevará a cabo. Lo hizo.

(Nunca se supo cómo; hasta ahora se descubre, gracias al tiempo y mi empeño. ¿Hasta qué punto pesaron en la determinación de Nacho los relatos de las arbitrariedades, de los crímenes del dictador español, tantas veces relatados en las mesas que atendía? Lo ignoro. Él, negando, se alzaba de hombros.)

IV

El 20 de febrero de 1959 habló con su patrón, don Rogelio García Martí, haciéndole presente que, en veinte años, jamás había tomado vacaciones.

–Porque usted no quiso.

–Exactamente, señor.

–¿Cuánto tiempo faltará?

–¿Mande? (A veces, desde hacía tiempo, se le iba el Santo al cielo, aun en el servicio.) No sé. Pero no se preocupe, el Sindicato le enviará un sustituto.

–¿Para qué? Marcial (su entenado) no tiene mucho que hacer. ¿Dónde va a ir?

–A Guadalajara.

–¿Por mucho tiempo?

–Pues a ver.

–¿Un mes, dos?

–Quién sabe.

–Pero, ¿volverá?

–Si no, ¿qué quiere que haga, señor Rogelio?

–También es cierto… Y ¿cuándo se va?

–Ya le avisaré con tiempo.

Sacó su pasaporte. Tuvo una larga conversación con Fernando:

–México no reconoce al gobierno de Franco.

El puertorriqueño le miró con cierta conmiseración:

–Chico, si no tienes algo más nuevo que decirme…

–¿Me vas a guardar el secreto?

–¿De qué? ¿De qué México…?

–No. Voy a ir a España.

–¿De viaje?

–¿Qué crees? ¿A quedarme en la mera mata? No, hermano; con los que hay aquí me basta.

–Entonces ¿a qué vas?

–Eso es cuestión mía.

–Chico, perdona.

–Quiero que me hagas un favor.

–Tú mandas.

–México no reconoce al gobierno de Franco…

–Chico, y dale.

–Me molesta ir con mi pasaporte.

–¿Por qué?

–Cosas mías. Pero tú tienes un pasaporte americano.

–Por desgracia de Dios.

–Préstamelo.

–Nos parecemos como una castaña a una jirafa.

–Perico lo arregla de dos patadas. Nos cambia las fotos como si nada.

 (Perico Guzmán, «EI gendarme»; porque lo fue después de ladrón, antes de volver a serlo. No le gustó el «orden».)

–Y yo, ¿mientras tanto?

–¿Para qué lo quieres?

–Chico, a veces, sirve.

–Te quedas con el mío.

–A ti no te puedo negar nada.

Así se hizo: por mor de unos papeles, exactamente a las 11 p.m. del 12 de marzo, Ignacio Jurado Martínez se convirtió, para todas las naciones del universo, en Fernando Marín 0lmos sin que, por el momento, hubiera reciprocidad. El flamante ciudadano norteamericano obtuvo sin dificultad un visado de tres meses para «pasearse» por España; añadió Francia e Italia, con la buena intención de conocer esos países antes de regresar a la patria. Voló a España el 2 de junio, en un avión de la compañía Iberia.

En Madrid, se alojó en el 16 de la Carrera de San Jerónimo, en una pensión que le recomendó don Jesús López, que iba y venía con frecuencia «de la Corte a la Ciudad de los Palacios», como le gustaba decir, rimbombante y orondo representante de una casa de vinos de Jerez de la Frontera (gastaba una de las pocas rayas en medio que quedaban –Peinado de libro abierto a la mitad, como decía Juanito, el bolero– y reloj de bolsillo).

Sabía, por Fernando, que en la embajada norteamericana de la capital española trabajaban algunos paisanos de la Isla. Como sin querer, Nacho se relacionó, a los pocos días, con uno de ellos, en el local del consulado de la gran república. Para curarse en salud, evitando preguntas a las que no pudiera dar cumplida respuesta, se inventó una vida verosímil: salido niño de San Juan, años en Nueva York (sin necesidad del inglés), muchos más en México, de donde el modo de hablar.

Madrid le gustó. Le pareció que los de la «Villa del oso y del madroño» –otra expresión aprendida de don Juan López— «pronunciaban» menos que sus parroquianos del café Español. Sintióse a gusto en tantos cafés de los que salió poco, como no fuera para acompañar a Silvio Ramírez Smith, su nuevo amigo, empleado puntual, aficionado a los toros y a la manzanilla, deseoso de permanecer en España, con el miedo constante de ser trasladado a Dinamarca o a Suecia, lo que parecía muy posible; casado con una madura flaca de Iowa que, al contrario, ansiaba abandonar la península, que la molestaba en todo.

El 21 de junio, conoció a Silvano Portas Carriedo, teniente de infantería, ayudante de uno de los cien agregados militares de la embajada. Liberal de sí y de sus dólares, bien parecido, menudo, de ojos verdes, no daba abasto al tinto ni a las mujeres bien metidas en carnes, de su real gusto, generalmente compartido. Nacho le fue útil por sus conocimientos profesionales en ambas materias; así, por su ser natural y la úlcera, no fuera más allá de los consejos, eso sí, excelentes; como tal, agradecidos. El sonorense iba a lo suyo, sin esforzarse; callar y mentir no le costaba. Vivía el teniente Portas en un hotel de la calle de Preciados, en el que ocupaba dos cuartos para mayor facilidad de algunos compañeros que los pagaban a escote, utilizándolos de cuando en cuando. Silvano era de los pocos solteros de la misión. (La palabra misión hacía gracia en el caletre más bien estrecho de Nacho: la misión norteamericana, que le recordaba las españolas de California –un poco más arriba de su Sonora natal– y la que le llevaba a Madrid.).

Dejando aparte unos solitarios paseos por la Castellana, Nacho Jurado no hizo nada para preparar el atentado; tenía la convicción de que todo saldría como se lo proponía. De lo único que no prejuzgaba: de la fuga. En el fondo, le tenía sin cuidado. Lo que llevaría a cabo, respondiendo a un impulso natural, era completamente desinteresado, como no fuese por librarse, si salía con bien, de las conversaciones españolas en «su» café mexicano. Puede ser que obedeciera, sin saberlo, a los intereses de su clase meseril. De todos modos, no esperaba agradecimiento: de ahí el anonimato en que permaneció el autor del hecho hasta hoy.

El 18 de julio, víspera del Gran Desfile, convidó a Silvano Portas a comer en la Villa Romana de la Cuesta de las Perdices; el invitado prefirió dar vueltas por algunas tascas y freidurías en busca de pájaros fritos, a los que era muy aficionado, entre otras cosas porque daban ocasión de distinguir entre los tintos vulgares, ciencia en la que demostraba un conocimiento que dejaba atónitos a los dueños de las tabernas. Recalaron, hacia las tres, en el Púlpito, en la Plaza Mayor, donde comieron, muy a gusto, una tortilla de espárragos.

–¿Qué pasa contigo hoy, viejo?

–Es mi santo.

–No es cierto.

–Bueno, mi cumpleaños.

–¿Cuántos?

–Tanto da.

Tomaron café y coñac en el Dólar, en la calle de Alcalá, y tanto hablaron de cocina y en particular de corderos asados que, después de haber tomado unos vasos de tinto en una taberna de la Cava Baja, donde era muy conocido el militar puertorriqueño, fueron a comerse uno, al lado, en el Mesón del Segoviano, tras una visita a casa de la Lola, en la calle de la Luna, frente a las Benedictinas de San Plácido.

–Tú, ¿no?

–No.

–No eres poco, misterioso en este asunto.

–Cada uno es como es.

–¿No te gusta ninguna? Te advierto que esta trigueña no está mal.

–Otro día.

–Tú te lo pierdes, viejo.

A las dos de la mañana fueron, paseando la noche, al Heidelberg, en la calle de Zorrilla, a comerse un chateaubriand, como resopón. Transigió el de la isla con un Rioja, aún emperrado:

–Con todo y todo, prefiero mi Valdepeñas…

Uva perdido, salieron los últimos.

–Me tengo que acostar temprano, viejo. Mañana tengo que estar a las diez en la Castellana. El desfile ese de mierda.

–¿Nos tomamos un coñac? ¿El del estribo?

–¿Tú, viejo?

–Por una vez…

Mientras su invitado iba al urinario, el sonorense echó unas gotas de un compuesto de narcotina en la copa del mílite, al que tuvo que sostener regresando al hotel, y meter en la cama.

Lo despertó a las nueve, el de la isla no podía entreabrir los ojos:

–Agua.

Se la dio, con más soporífero.

–No te preocupes: tienes tiempo.

Antes de dar media vuelta, Portas regresó al mundo de los justos. Nacho se vistió, con toda calma, el uniforme de gala, recién planchado, dispuesto en una silla. Le venía bien. Se detuvo a mirarse ante el espejo –cosa que nunca hacía–. El verse le dio pie al único chiste que hizo en su vida, de raíz madrileña para mayor inri:

–Hermano, das el opio.

El botones le vio salir sin asombro: los militares norteamericanos suelen vestir de paisano. Sin embargo, pensó:

–Creí que éste no lo era.

Ignacio tomó un taxi, hizo que lo dejara en la calle de Génova. Bajó hacia la Plaza de Colón, tranquilamente se dirigió hacia la tribuna de los agregados militares extranjeros. Hacía un tiempo espléndido, el desfile había comenzado; la gente se apretujaba por todas partes; aviones por el cielo; pasaba la tropa con pasos contados y recios por el centro del paseo. El cielo azul, los árboles verdes, los uniformes y las armas relucientes, los espectadores bobos. Todo como debía ser.

Se acercó a la entrada de la tribuna:

–Traigo un recado urgente para el general Smith, agregado militar norteamericano.

Se cuadró el centinela. Pidiendo perdón, Nacho se abrió paso hacia la esquina izquierda del tablado. Apoyó la pierna zoca contra el barandal. A diez metros, en el estrado central, Francisco Franco presidía, serio, vestido de capitán general. Jurado sacó la pistola, apoyó el cañón en el interior de su codo izquierdo doblado –exactamente como lo pensó– ¿quién podía ver el estrecho círculo de la boca?). Disparó al paso bajo de unos aviones de caza. El estruendo de los motores cubrió el de los tiros. El Generalísimo se tambaleó. Todos se abalanzaron. Nacho entre los primeros, la pistola ya en el bolsillo del pantalón. Poco después, se zafó de la confusión, subió por Ayala hasta la calle de Serrano; frente a la embajada de la República Dominicana alcanzó un taxi.

–¿Ya acabó? –preguntó el chófer, interesado.

–Sí.

Se referían a cosas distintas.

–¿Adónde vamos?

–A la Puerta del Sol.

–No se puede pasar.

–De el rodeo que sea.

–A sus órdenes, mi general.

Silvano Portas, como era de esperar, seguía dormido. Nacho tuvo tiempo de limpiar y engrasar la pistola. A los diez días, tras dos pasados en Barcelona, asombrado de tanto catalán, pasó a Francia. Estuvo un día en Génova, otro en Florencia, tres en Roma, dos en Venecia, según el itinerario establecido por la agencia Hispanoamericana de Turismo, de la plaza de España. Llegó a París el 7 de agosto. A su asombro, le sobraba dinero, el suficiente para quedarse un mes más en Europa. Pensando en dejar boquiabierto a Fernando Marín se pagó un tour por Bélgica, Holanda, Dinamarca y Alemania. Desembarcó en Veracruz el 13 de septiembre, del Covadonga que había tomado en Vigo. Dejó pasar las fiestas patrias y se presentó a trabajar el 17, muy quitado de la pena.

V

Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República. (Todo ello oscura razón verdadera de la tardanza de Ignacio Jurado en regresar a México; dando tiempo a que los refugiados volvieran a sus lares.)

Don Rogelio –el patrón– le acogió con el mayor beneplácito:

–Ya era hora. Y ¿cómo le fue?

–Bien.

–¿Cuándo entra a trabajar?

–Ahora mismo, si le parece.

–Perfecto. Ya podía haber enviado alguna postal.

Acudía presuroso Fernando Marín:

–¿Te cogió allá el bochinche?

–No. Estaba en Dinamarca.

–Chico: ¡vaya viaje!

–¿Y tú? ¿Mucho trabajo?

–No quieras saber.

–¿Qué pasa?

Lo supo enseguida. Allí estaban los de siempre –menos don Juan Ceballos y don Pedro Torner, muertos–, todos los refugiados, discutiendo lo mismo.

–Cuando yo…

–Calla, cállate la boca.

–Cuando yo mandaba…

–Cuando tomamos la Muela…

–Cuando yo, al frente de la compañía…

–¡Qué coño ibas tú!

Más cien refugiados, de los otros, recién llegados:

–Cuando yo…

–Al carajo.

–¿Eras de la Falange o no?

–Cuando entramos en Bilbao…

–Allí estaba yo.

–¡Qué joder!

–¡Qué joder ni qué no joder!

Ignacio Jurado Martínez se hizo pequeño, pequeño, pequeño; hasta que un día no se le vio más

Le conocí más tarde, ya muy viejo, duro de oído, en Guadalajara.

–El café es el lugar ideal del hombre. Lo que más se parece al paraíso. ¿Y qué tienen que hacer los españoles en él? ¿O en México? Sus ces serruchan el aire; todo este aserrín que hay por el suelo, a ellos se debe. Un café, como debiera ser: sin ruido, los meseros deslizándose, los clientes silenciosos: todos viendo la televisión, sin necesidad de preguntarles: –¿Qué le sirvo? Se sabe de antemano, por el aspecto, el traje, la corbata, la hora, el brillo de los zapatos, las uñas. Las uñas son lo más importante.

Hecho una ruina.

–¿Ya se va? Cuando de veras se quiere hablar de cosas que interesan, siempre se queda uno solo. De verdad, sólo se habla con uno mismo. ¿Usted no es mexicano, verdad? A mí me hubiera gustado mucho hablar. Por eso fui mesero; ya que no hablaba, por lo menos oía. Pero oír veinte años lo mismo y lo mismo y lo mismo, con aquellas ces. Y eso que soy muy aguantador. Me ha costado mucho darme cuenta de que el mundo no está bien hecho. Los hombres, a lo más, se dividen en melolengos, nangos, guarines, guatos, guajes, guajalotes, mensos y babosos. Cuestión de matices, como el café con leche. ¿O cree que el café con leche ha vuelto idiota a la humanidad?

Al día siguiente, en su puesto de tacos y tortas, me contó la verdad.

(Guadalajara, amarilla y lila, tan buena de tomar, tan dulce de comer.)

Fuente: Enero sin nombre. Los Relatos Completos del Laberinto Mágico, Alba Editorial 1994.

Semos malos

Salvador Salazar Arrué (“Salarrué”)

Loyo Cuestas y su «cipote» hicieron un «arresto», y se «jueron» para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en la bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de «lata» monstruosa que «perjumaba» con música.

-Dicen quen Honduras abunda la plata.

-Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen…

-Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán trés choya.

-¡Ah!, es que el cincho me viene jodiendo el lomo.

-Apechálo, no siás bruto.

«Apiaban» para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bosque de «zunzas», las «taltuzás» comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces «bían» visto el rastro de la culebra «carretía», angostito como «fuella» de «pial». Al «sesteyo», mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un «fostró». Tres días estuvieron andando en lodo, atascado hasta la rodilla. El chico lloraba, el «tata» maldecía y se «reiba» sus ratos.

El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de «pasantes». Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie «diún palo» y pasaban allí la noche, oyendo cantar los «chiquirines», oyendo zumbar los zancudos «culuazul», enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.

-¡Tata: brán tamagases?…

-Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.

-Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.

-Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.

-Es que currucado no me puedo dormir luego.

-Estírate, pué…

-No puedo, tata, mucho yelo…

-¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué…

Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un «tapexco»; y rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara «añudada» de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. Los primeros «clareyos» los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la «manga» rota, sucia y rayada como una cebra.

Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres… Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja -como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.

Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar «chingastes» de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado «olisco».

-Te dijo ques fológrafo.

-¿Vos bis visto cómo lo tocan?

-iAjú!… En los bananales los ei visto…

-¡Yastuvo!…

La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.

Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los «blanquiyos» manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su «cipote» huían a pedazos en los picos de los «zopes»; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino…

Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.

Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.

Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y desesperada, la «prima» lamentaba una injusticia.

Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron…

Uno de ellos se echó a llorar en la «manga». El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo «barrioso», donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:

-Semos malos.

Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.

Fuente: Cuentos de barro, 1933. Primera edición.

Muchacha punk

Rodolfo Fogwill

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.

Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Los cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera. En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.

Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida 116 ó 118, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.

Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.

Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.

Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.

A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.

Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.

El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.

Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.

Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.

Vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios porno. En una esquina, un grupo de hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.

Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy a contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.

Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.

Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.

Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.

Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.

Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la pizzería.

Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.

Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti –embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.

Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.

Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.

Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.

El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se parecía al Nono.

Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.

Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.

Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de l