Poemas

Pregones

Luis Cernuda

Eran tres pregones.
Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca o hilo amarillo, y otros con chaqueta de dril desteñido y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo, de vuelta al trabajo. Entonces, unas calles más allá, se alzaba el grito de «¡Claveles! ¡Claveles!», grito un poco velado, a cuyo son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones, se identificaba y fundía con el aroma del clavel. Disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató dándole voz y sonido, clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya cicatriz el tiempo no podrá borrar.
El segundo pregón era al mediodía, en el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un eco de luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo su sombra de hojas verdes. Qué grato en la dejadez del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente, balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero, flotante; el mundo, como una pompa de jabón giraba frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de las puertas, desde la calle llena de sol, venía dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de «¡Los pejerreyes!». Lo mismo que un vago despertar en medio de la noche, traía consigo la conciencia justa para que sintiéramos tan solo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos de nuevo. Había en aquel grito un fulgor súbito de luz escarlata y dorada, como el relámpago que cruza la penumbra de un acuario, que recorría la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras de detenerse un momento, seguía luego girando suavemente, girando.
El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la llama azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí, una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, correr los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con su pregón ronco de «¡Alhucema fresca!», en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.
Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.

Fuente: ciudadseva.com

Romance Endecasílabo

José Eduardo de Cárdenas

Teque adeo decus hoc aevt. Te principe, inibit,
Carole, incipient magni procedere menses.

    Aquella hermosa Ninfa que en un tiempo,
de algodón y de plumas ataviada,
puestas sus flechas a los pies de Carlos
más que nunca feliz se confesaba,
del tedio de sí misma poseída
en fúnebre sayal trueca sus galas,
con la madeja lacia el rostro cubre,
arroja el arco, quiebra la macana;
huye a los bosques y con torpe pulso
en los rugosos troncos medio graba
esta inscripción: ¡Ha muerto el grande Carlos,
mi dulce Padre y toda mi esperanza!
Grábala apenas cuando en dos copiosos
y perennes raudales se desata,
y en medio de lo acerbo de su pena
ronca la voz, trémulo el labio exclama:
“Capricornio Cruel, helado signo:
ya que de un golpe con violencia extraña
todo mi bien y mi consuelo todo
en solo Carlos de mi seno arrancas,
apura sobre mí tus influencias;
vistan mis campos tu perpetua escarcha;
la América no vea sus campiñas
con el matiz florido engalanadas;
los sazonados frutos de Pomona
y las rubias espigas con que grata
y providente Céres las fatigas
del labrador tan liberal premiaba,
conviértanse en aristas y cambrones:
la tierra su benéfica substancia
niegue a las plantas, y los tristes búhos
con su graznido atruenen las montañas!”
Quiso seguir, pero los huecos montes,
heridos por las voces y algazara
de numerosa plebe, ¡viva Carlos!
alternativamente pronunciaban.
El eco la suspende: por momentos,
crece su pasmo; escucha más cercanas
las voces ¡Viva Carlos Cuarto! ¡viva!,
único alivio a nuestra pena amarga!
Desfallece el rumor inopinado,
cuando el sereno líquido, con alas
veloces como nunca, dividiendo,
se deja ver la clamorosa Fama.
Girando en breves tornos, mansamente
conmovidas sus alas, con el aura
sutil la Ninfa cobra sus alientos,
a sentir nuevamente angustia tanta.
Vuelve hacia todas partes, y a su diestra
un paraninfo atónico repara.
Da voces, más la alígera matrona
con dulzura le dice estas palabras:
“Bella Ninfa, repórtate: no turbes
el común regocijo, justa causa
tienes en tu pesar: yo misma ha poco
lo que tú por extremo lamentaba:
Pero si el justo cielo inexorable
de un tan amable Carlos nos separa,
piadoso el justo cielo en otro Carlos
el bien que nos quitó nos lo restaura.
¡Mas qué digo! ¿otro Carlos? Fausta Ninfa,
depón el sentimiento, el luto rasga
que aun tu augusto Monarca ocupa el solio
en la imperial y celebrada Mantua.
Aun vive y reina tu adorado Carlos:
su piedad, su clemencia, su templanza,
su ciencia de reinar y su justicia
viven aun florecientes y lozanas
¿Visto has espesa nube que las luces
con que Titán la faz terrestre baña
nos roba, mas apenas se disipa
cuando tornan las mismas a dorarla?
A este modo sus densas sombras pudo
sobre el Trono esparcir la adusta Parca:
deshiciéronse en breve, y al momento
volvieron a brillar sus luces claras.
¿Cuál es tu triunfo, oh Muerte? El tercer Carlos
deshecho el nudo, allá con firme planta
el cerco etéreo pisa y sus virtudes
en su Hijo augusto rigen las Españas.
¡Oh tú, dichoso Rey, que circundado
de inextinguible luz en paz descansas:
tu hijo no olvidarás: haz que a él desciendan
cual lluvia en el Túson celeste gracias!
Ya desde luego España reconoce
sus influjos: la frente apenas sacra
del Cuarto Carlos orna real diadema
cuando es cabal modelo de Monarcas.     
¡Hoy, y con qué gratitud religiosa
la ceremonia previniendo usada,
de su Padre la muerte y al Hispano
dosel su exaltación anuncia el Papa!
¡Con qué respeto edificante ofrece
homenaje a la Cátedra Romana,
y de la fe ortodoxa apoyo firme,
émulo de su Padre, se declara!
¿No es un Legislador que meditando
el día todo sobre la Ley santa
en tantas como dicta providencias
la eterna Ley ha por nivel y pauta?
Decid vosotros, hombres miserables
que oprimidos gemisteis so la carga
de dura servidumbre: ¿quién os hizo
ligero el peso, las cadenas gratas?
Etíopes felices, ya cansados
del crudo yugo con que se os brumaba:
¿a quién os acogisteis? ¿A qué numen
debéis la prenda para vos más cara?
Angustiados vasallos que imposible
el desempeño vuestro imaginabais:
¿qué Deidad apacible calmar supo
en vuestros corazones las borrascas?
Si las pasadas horrorosas guerras
os agotaron casi, Reales Arcas,
la economía más prudente y justa
copiosas riquezas os presagia.
Espléndidos banquetes que destruíais
el hesperio valor: precipitada
fuga tomad, no os sufre el Soberano:
son sus delicias las frugales viandas.
¡Facinerosos hombres que el indulto
de tantas acciones inhumanas
os prometisteis: ya en vuestras cervices
descargó el golpe su tremenda espada!
No así vosotros, en cuyos delitos
tuvo más parte la flaqueza humana:
que ha dividido aquella espada misma
las estrechas prisiones que os cercaban.
Nunca bastantemente admirar puedo
la comprensión feliz, sublime, vasta
del nuevo Carlos, que aunque la reparte
en tantas cosas, sobra para tantas.
En sólo un Rey observo muchos héroes;
ningún trabajo le incomoda ó cansa:
su infatigable espíritu tan presto
en su América está como en su España.
¡En qué alto grado del reinar posee
la más difícil ciencia en que se afianza
de los Reinos la gloria, y la que agita
los móviles de máquina tan varia!
Aquel notable acierto con que escoge
a quienes cometer sus confianzas,
no cabe en expresión: tejedle encomios
si os atrevéis a tanto, Ninfas sacras.
Vos, héroe singular, vos Conde ilustre,
cuya altura de espíritu y vigilancia
en el gobierno al Nuevo Mundo asombran,
sois de esta prenda Real justa alabanza.
Mas cuando en algún hecho vuestro, oh Carlos,
detenerme presumo me arrebatan
el pincel de las manos otras muchas
acciones vuestras igualmente raras.
Ya los Consejos presidir os veo
con vuestra amada Luisa, honor de Parma,
sus dotes y talentos consagrados
al mayor bien de la Corona Hispana.
Ya que animáis a vuestras leales gentes
a que con redes en veloces barcas
en compañía dulce y laboriosa
opriman de Neptuno la ancha espalda;
ya que las naves índicas visitan
las espumosas márgenes hispanas;
y ya que arriban las hesperias naos
con libertad a las indianas playas;
ya que por vuestra orden prepararse miro
varios bajeles, porque Iberia añada
al blasón de sus armas los blasones
de sus expediciones literarias.
Y tú que el uso a Tyfhis enseñaste
de las velas, aquesas naves guarda,
que las Artes y Ciencias se prometen
con tan sabio proyecto mil ventajas.
Ya admiro... pero ¿cuándo en breve tiempo
de referir sus hechos acabara,
si no hay desde que reina un sólo instante
en que no se señale alguna hazaña?
¡Oh felices dominios: vuestros votos
dirigir al Señor, porque al Monarca
que daros se ha dignado os lo conserve!”
Dijo y el vuelo alzó la Diosa alada.
Al momento la América divisa
varias cosas de Ninfas Carpetanas
que celebraban á su nuevo Dueño
con dulces arias y vistosas danzas.
Corre y se mezcla en ellas, y festiva,
de un extremo alborozo enagenada,
al palacio de Carlos se dirige
Con las Ninfas diciendo en voces altas:
¡Oh Carlos, reina: mis ingenios leales
harán tus grandes hechos inmortales!
 
                                               Canté.
Fuente: José Eduardo de Cárdenas y Romero, Gerardo Rivera. Gobierno del Estado de Tabasco, Instituto de Cultura de Tabasco. 1988.

Destino

Ramón Galguera Noverola

Estaba escrito así: que yo tuviera
los ojos del amor fijos a un puerto
y dados a la rosa de la espera;
 
que a diurna luz, como milagro cierto,
te alzaras dominando la llanura,
llenando los silencios del desierto.
 
En ti fundé la tienda de ventura,
amontoné los himnos verdaderos
y encontré el manantial y la escultura.
 
Luna de lino, lana de lucero,
brotas el agua azul de las canciones
junto al manzano del desliz primero;
 
lirio alumbrado por las tentaciones
-entre una blanca luz de eucaristía-
inquietas manos y ardes corazones.
 
Estaba escrito el sueño y la porfía,
el llanto fiel, la soledad oscura,
y la traición, y el vino, y la poesía.
 
Esperaba el puñal y la amargura,
y la noche de lutos verdaderos,
y el desgarrón, y el grito, y la locura.
 
Escrito estaba a signo de luceros.
Fuente: Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos. Tomo I. Marco Antonio Acosta. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 2006.

El viento en la isla

Pablo Neruda

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha cómo el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.
Fuente: Los versos del capitán, Pablo Neruda. Editorial Losada. 2007.

Por Pancho Salas, por nosotros

Antonio Cisneros

Así es, viejo,
no se puede jugar con esas cosas
—hígado, corazón, cerebro—.
«Un dolor de cabeza y entro en coma»,
y entonces no hay más días
para cortarse el pelo,
para cobrar las deudas o pagarlas
—y se cierran los templos
del Sol y de la Luna.
«Fue un caso en un millón»,
pero ya no caminas bajo el pino
de la calle Arenales
y ya no escoges más
entre el trigo y la paja
—las leyes de la oferta y la demanda—.
Un dolor de cabeza, viejo,
y ni te enteras
de la arteria obstruida y esas cosas
que después todos saben
menos uno
—canto y dolor de los sobrevivientes.
Llueve en las colinas de Southampton,
el agua pasta entre las viejas tumbas,
y esta noche
los sabios, los holgados
—libres ya de negocios,
guerras de religión,
dolor de muelas—
son tan altos y antiguos como tú.
Fuente: Propios como ajenos. Antología personal (poesía 1961-2005). Colección Poemas y Ensayos. UNAM, 2012.

Contradicción

Alicia Delaval

Odio este amor que el alma me envenena
porque colma mi sangre de saudades
trocándome, perfectas soledades,
por febril inquietud, que me adocena.
 
Qué tormento es la sed, cuando es ajena
la fruta que promete eternidades,
ni a cambio de severas castidades
lograr hemos jamás, la luna llena.
 
Odio este amor, que me ata y me aprisiona
en redes que mi sueño desazona;
mas quedo a su merced siempre menguada,
 
sin más argucia ni mayor anhelo
que clavar su puñal en mi desvelo,
y yacer en su sangre, desangrada.
Fuente: Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos. Tomo I. Acosta, Marco Antonio. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 2006.

Preludio

José Antonio Ramos Sucre

Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras. 

Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve. 

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor. 

Fuente: www.materialdelectura.unam.mx

Puerto supe

Blanca Varela

A J. B.

Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,
nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.
 
Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.
 
¡Oh, mar de todos los días, mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!
 
Allí destruyo con brillantes piedras
la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro escapa
y riñe tiernamente el aire y sus jardines.
 
Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación, un mismo tiempo
de chorreantes dedos y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.
 
Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire grita como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.
 
Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego
pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta
entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía,
el que no quiere ver la noche.
Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente donde lloro a solas.
Fuente:  El suplicio comienza con la luz. Poesía reunida 1949-2000. Prólogo de Rocío Silva Santisteban. Poemas y Ensayos, UNAM, 2013.

Madre

Vladimir Holan

¿Has visto alguna vez a tu vieja madre
en el momento en que te hace la cama,
extiende, estira, remete y acaricia la sábana.
para que no quede ni una sola molesta arruga?
Su respiración, el gesto de sus manos y sus palmas
son tan amorosas
que en el pasado siguen apagando el incendio de Persépolis
y en el presente aplacan ya alguna tempestad futura
en el mar de China o en otro hasta hoy desconocido.
Fuente: La gruta de las palabras. Obra selecta. Traducción y prólogo de Clara Janés. Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, 2010.

El agua de los bosques

David Huerta

Para Verónica Murguía,
por su novela El fuego verde

La doble transparencia de las aguas
en el verdor del bosque
—pues en el cristal terso
dos veces clara luz se disemina:
una hacia adentro, alta;
otra hacia el exterior, multiplicándolo—
para tus manos puras y tus ojos
quiero ahora que el tiempo perfecciona
la sangre de los cuerpos,
el aire de las bocas, los fulgores
de la vida viviéndose en nosotros.
 
Caminas entre árboles
y el azul instrumento
de las hondas imágenes
—el curvo cielo, su volante seda—
se entreteje, fugaz, con el follaje.
Tenue va construyéndose
tu fábula entre silbos y murmullos.
 
Un agua diferente y más fluida,
glauca tela del mundo,
celeste proyección de las pupilas,
es tu mirada. El bosque
te busca y te rodea
y tú con ojos ávidos
lo recorres sedienta.
Y más allá, en confines
intocados, recónditos, salvajes,
otra que no eres tú ve tu soñada
historia en otros ámbitos.
Pero son estos bosques
y tú y ella son otra, son las misma,
en la oscilante magia de las runas.
Eres tú la que cerca
del agua de la fuente
se detiene de pronto y en el filo
del ocaso dorado
ve reflejada el agua
que reverdece: hoja de tu espíritu.
 
Por eso, por el nudo
de llama y fuente, quiero que tus manos
entren hasta el arroyo de los bosques
y allí, por un momento y para siempre,
descubran el destello
del otro fuego, al fin: el fuego verde.
Fuente: Los instrumentos de la pasión.  El libro mayor, Universidad Autónoma de Querétaro, 2019.

Tiritanda

Gerardo Deniz

La poesía tiene su quever con latitudes
también.
                       Una razón por la cual
hay tan pocos poetas samoyedos
es que la lírica buena
las mujeres —numerosas—
tienen que andar encueradas. Siempre.
Sin excepción. (Pues quién, poeta,
se va a privar de: «Tú, desnuda»
En cambio «vestida» no se ha oído jamás.
Será por algo, pienso yo.)
                                               Ahora bien,
aquello que en contexto yuraco no es factible
a causa del clima:
poner allá al desnudo es criminal, même,
hacer que —quizá embarazada— sucumba
a una metáfora de marido mediocre.
¿Se extinguirían por eso
                                              —idea horrible—
tantas de aquellas interesantes estirpes urálicas?
Fuente: Op. cit. Margen de poesía. UAM, 1992.

Lamento por el sapo de Stanley Hook

Juan Gelman

Stanley Hook llegó a Melody Spring un jueves de noche con un sapo
            en la mano
«oh sapo» le decía «sapito mío íntimo mortal y moral y coral
no preocupado por esta finitud
no sacudido por triste condición furiosa» le decía
 
«oh caballito cantor de la humedad oh pedazo de esmeralda»
le decía Stanley Hook al sapo que llevaba en la mano
y todos comprendieron que él amaba el sapo que llevaba en la mano
más allá de accidentes geográficos sociológicos demográficos
            climáticos
más allá de cualquier condición
 
«oye mío» decía «hay muerte y vida día y noche sombra y luz»
decía Stanley Hook «y sin embargo te amo sapo
como amaba a las rosas tempranas esa mujer de Lesbos
pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler»
 
decía Stanley Hook y se tocaba la garganta
como raspándose el crepúsculo que entraba y avanzaba y le ponía
            el pecho gris
gris la memoria feo el corazón
«oye sapo» decía mostrándole el suelo
«los parientes de abajo también están divididos ni siquiera
se hablan»
decía Stanley Hook «qué bárbara tristeza» decía ante el asombro
            popular
los brillos del silencio popular
que se ponía como un sol
 
esa noche naturalmente Stanley Hook se murió
antes les dio terribles puñetazos a las paredes de su cuarto
            en representación de sí mismo
mientras el sapo solo el sapo todo el sapo
seguía con el jueves
todo esto es verdad:
hay quien vive como si fuera inmortal
otros se cuidan como si valieran la pena
y el sapo de Stanley Hook se quedó solo.
Fuente:  Poesía reunida. Tomo I, FCE, 2011.

Calacas (fragmentos)

Rubén Bonifaz Nuño

I
Adelantas la pantomima:
igual que a las torres de los reyes
y a los jacales de los pobres,
con equitativo pie a mi puerta,
tin, tin, está llamando ahora;
sé quién es, tin tin, y me resisto
a abrirle, y estoy, tin tin, abriéndole.
 
III
Ya ni la amuelas, Flaca; embistes
en guerra contra un montón de harapos.
 
La armazón me cariaste, entumes,
por ti apolilladas, mis bisagras;
tapiaste mis vidrieras, sordo,
taponas mis abrevaderos,
paralizas mis malas pulgas.
 
Me alegro empero, propulsado
por las hélices del a.d.n.
Al tacto me acojo, a las quincenas.
O ellas pasan: da su olor a nardo.
 
Que en habiendo viejas y dinero,
pinche Pelona, me das risa.
 
XV
¿Y hemos de llorar porque las cosas
están así sobre la tierra?
Hay una mujer, quedan amigos
y el desprecio, Flaca, a lo que dueles.
No sé si habré de morir todo;
no todo he muerto; mientras vivo,
me vienes guanga, compañera.
Fuente: Calacas. FCE, 2012.

Portrait d’une femme

Ezra Pound

Vuestra mente y Usted son nuestro mar del Sargasso,
Londres ha soplado sobre usted esta veintena de años
y barcos brillantes le han dejado esto o aquello en pago:
ideas, viejas habladurías, sobrantes de todas layas,
extraños mástiles del conocimiento y grises mercancías de valor.
Grandes hombres la han buscado -extrañando a otra.
Usted siempre ha sido segundona.  ¿Trágico?
No. Usted lo prefirió a la cosa usual:
un hombre apagado, aburrido y galante,
una mente normal -con un pensamiento menos, cada año.
Oh, Usted ha sido paciente, la he visto sentada
por horas, en donde algo debería haber flotado
Y ahora Usted paga. Sí, ricamente paga.
Usted es una persona de algún interés, uno se acerca
y se lleva extrañas semillas:
trofeos rescatados, alguna curiosa sugerencia;
hechos que no llevan a ninguna parte; un cuento o dos,
preñadas de mandrágoras, o con alguna otra cosa
que podría ser útil y sin embargo nunca lo es,
que jamás encaja en un rincón o muestra utilidad,
o se encuentra su hora sobre el tejar de los días:
el trabajo deslustrado, cursi, maravilloso, viejo;
ídolos y ámbar gris y los raros embutidos,
éstas son vuestras riquezas, vuestro gran depósito; y sin embargo,
por todo este tesoro hundido en cosas momentáneas,
excéntricas maderas casi empapadas y material nuevo y brillante:
en el lento flotador de luz diferente y profunda:
¡No! ¡No hay nada! Al fin y al cabo,
nada es suficientemente vuestro.
y sin embargo es usted.
Fuente: Pound, E. (2019). Portrait d’une femme. Agosto 05, 2020, de Zendalibros. Sitio web: www.zendalibros.com

Plegaria

Ramón Bolívar

Recitativo nocturnal donde paseaba
con un dejo de azucena que piensa
casi de pájaro que sabe ha de nacer

Desde la huella casi borrosa de otros pasos
                                                            —te recuerdo
inmerso    ante la trama acuosa de secretos
                                                            —te recuerdo
inmóvil    por sobre el asomo del silencio
                                                            —te recuerdo
tras las arcadas    infinitas del templo
                                                            —te recuerdo
en el que se apoya    al eco del instante
                                                            —te recuerdo
agazapado    como inagotable corazón en llama
                                                            —te recuerdo
desde la noche    obscura de las axilas
                                                            —te recuerdo
cuando la mirada    acoso hasta los cielos
                                                            —te recuerdo
sacia                 los más dulces momentos
e irrumpe       el filo ocaso de otro tiempo
que mayor acompasa   intensamente   acariciando
por el más esbelto goce   de aquel sueño primero
Fuente: Bolívar, R. (2017). Nada es tumulto y otros textos. Ciudad de México. Ediciones la cuadrilla de la langosta.

Haikus

Masaoka Shiki

Como danzando,
chupada al torbellino
va la hojarasca.
 
Caen a tierra
las malvas, y las pisan
los del festejo.
 
¿Por cuántas veces
la hondura de la nieve
indagué yo?
 
Yo que me voy
y tú que aquí te quedas
son dos otoños. 
Fuente: Shiki, M. (1998). Haikus. En este lugar, en este momento. Madrid, España: Mondadori.

Rincones

Ervey Castillo

Hay rincones tuyos
que nadie ha de descubrir
Hay miedos tuyos que sólo fueron nuestros
Tengo en mis manos los ojos que miramos ayer
Un día, en el aire,
los dados alcanzaron a pensar en ti y en mí
No hay estrella que alumbre sin buscar nuestros cuerpos dormidos
 
Delgada luz tan suave
Desnuda
eres terreno fértil
casa tomada
del corazón 
Fuente: Castillo, E. (2005). Cenizas sobre el fuego. Villahermosa, Tabasco: Gobierno del Estado de Tabasco.

Ciudades

Margarito Cuéllar

Fortificadas por murallas de sueños.
Comala: muertos emparientan con muertos,
resucitados con muertos.
Luvina: el aire seca la memoria
y el sol protagoniza la opereta del diablo.
Gomorra: pasada la noche la rumba sigue.
Sodoma: Placer esquina con Dolor.
Viajero, si vas de la región más transparente al Leteo
conserva este muestrario de capitales de bolsillo:
Troya y los primeros días de Pompeya.
Tunja, ciudad de los Poetas.
Bogotá la Horrenda, Quito la invisible,
México la Infame.
Ciudades a las que se entra y no se sale.
Migajones de pan devorados por las hormigas.é pensar.
No sé si la noche es una forma de lo que yo seré.
O si es un aviso de lo que debo ser. 
Fuente: Cuéllar, M. (2013). Las edades felices. Monterrey, Nuevo León: Universidad Autónoma de Nuevo León.

La noche

Carlos Montemayor

Anocheció hace algunas horas
y he salido al jardín.
Puedo escuchar la corriente del río a lo lejos,
la abundancia de insectos nocturnos,
las hojas de los árboles que se agitan.
En la casa ya no tengo vino.
Hacia la montaña, una parte del cielo
está despejado, con numerosas estrellas.
¿Por qué parece más inmenso el cielo, si no hay luna?
La oscuridad cubre árboles, senderos, colinas.
Pareciera que el mundo está ocupado ahí, en la oscuridad,
que el mundo ahí prepara algo más.
¿Por qué ahora parece más inmenso el silencio?
Siento que el silencio algo espera.
Hacia el río, la noche es más densa.
En este momento no sé qué pensar.
No sé si la noche es una forma de lo que yo seré.
O si es un aviso de lo que debo ser. 
Fuente: Montemayor C. (2007). Los poemas de Tsin Pau. Ciudad de México: Gobierno del Estado de Chihuahua.

I. La gran ola de Kkanagawa pudo ser la ola que arrastró el cadáver de un marinero a las costas de Hawái en 1982 o la misma que sacudió un buque carguero zarpado de Hong Kong dejando a la deriva un contenedor con patitos de plástico para jugar en la bañera o la misma que temía pudiera ahogarme durante mis clases de natación

Christian Peña

(fragmento)

Los ahogados son azules y bellos.
 
Sólo una vez mi padre dijo eso.
 
Mi padre me heredó este color de ojos: azul para mirar el mar de cerca, para no
temerle, para sobrevivir.
 
Un color que coincida con lo inmenso, que tenga en la mirada la fuerza de una ola.
Hay olas que rozan el cielo con su cresta, olas como crestas de gallos que rozan el
cielo con su canto. Hay olas que devienen en gritos y arrasan con todo lo que tocan.
Hay olas que devienen en muerte.
 
Hay padres como olas que arrasan todo a su paso, padres como catástrofes naturales
cuya lección es sobrevivirles.
 
Hay padres que dicen sólo una vez una cosa con voz de tromba y moridero.
 
Viernes por la noche.
 
Escuché que el mar arrojó a las costas de Hawái el cadáver de un marinero al que le
faltaba un brazo. Lo vi en un documental de National Geographic, mientras mi
padre me cortaba las uñas de los pies para la clase de natación.
 
Fue entonces cuando, sólo una vez, lo dijo: los ahogados son azules y bellos.
 
Nunca he visto un ahogado. Nunca he visto un muerto en vivo.
 
Ese hombre al que el mar arrojó de su entraña, murió años antes de que yo naciera.
¿Cómo puede sobrevivir alguien tanto tiempo en el recuerdo? ¿Cómo puede 1985
ser una fecha memorable a través de la muerte?
 
¿Acaso ese hombre tuvo también un padre que metió en su cabeza la idea de
conquistar océanos, que sumergió con la mano su cabeza en una piscina?
Fuente: Peña C. (2014). Me llamo Hokusai. Ciudad de México: FCE.

¿Qué somos?

Ángel Eleuterio Aguilar López

¿Sabes cuánta imaginación nos falta
para apreciar lo que somos?
Nacer aún es misterio
hollar la corteza lo real
y el eterno babel de la paradoja
  
            ¿Acaso guardas los sueños
acumulas tus deseos y las pasiones?
Entonces ¡Oréalos!
Son escollos implacables
son pruebas por demás inciertas
que en el angosto sendero
los andas y desandas
 
            ¡Basta!
¿Te acercas otro poco a los que somos?
Somos un inédito estertor
La obra del supremo
Fuente: Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos. Tomo I. Marco Antonio Acosta. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 2006.

Basura (fragmento 8)

A. R. Ammons

A veces los ancianos reviven de repente durante un
rato y se ponen a hacer planes, ridículos, ya sabes,
cuando de pronto piensan de nuevo en la muerte
y ven brincar sus ataúdes hacia arriba
como ballenas salidas de las honduras rehuidas de sus
mentes y les resulta el cambio tan espantosamente
distinto —del templado movimiento de una posibilidad
a un helado reconocimiento— que parece que por
un momento no entienden: en otras ocasiones,
con la expiración de planes y amigos y
sueños y el asedio por todos lados
de recaídas y dolores, sienten una ambición
más bien modesta: meterse con sigilo en sus cajones
de una vez y tapar la luz del todo y desaparecer,
y nunca, nunca más volver a ver, y menos todavía
ver cómo acosan los problemas a cualquiera: ah, sí, están
estos humores y estas transiciones, estos recuerdos
desbocados y estas estúpidas tentaciones
y estratagemas para distraerlos de su
curso: por eso ellos y nosotros hemos de mantener
en la mente la solidez de un dios, y no las vanas sedas
y dulzuras de la disipación humana, no, señor:
a menos, por supuesto, que dios sea inmanente, en
cuyo caso podría ser, en una mínima medida, parte
de las dulzuras, y en tal caso no sería dios sino o nada
más que energía sin trabas, uno de sus cabellos atrapado
en caramelo: solo quiero que sepas que hablo casi
siempre completamente en serio: cuando bromeo estoy
tratando de tomar posición para ser serio:
mis bufonadas son esfuerzos por excusar
la presunción de suponer, el trato directo, mi
forma de presentarme: estoy tratando de decir lo que
digo que quiero decir: de hecho, para eso lo mejor
es atenerse a los hechos explícitamente:
y lo mejor de todo: hechos de acción: acciones, acciones,
acciones, sean atómicas o humanas: estas acciones recortan
curvas en el espacio, suben o avanzan en espiral, vuelven
y dan la vuelta, rodeos, remolinos: los movimientos de
los que aprendemos son estos, son estas las figuras
centrales, es esta la danza, aquí muestran sus respectivos
ejemplos, actitud y carácter, tambaleo y precisión,
para que los veamos, graciosos, derrochando, igual
que payasos o jóvenes ardillas jugando cuando anochece:
aquí está la moral auténtica, la economía de la
acción y reacción, de conducir hacia delante, de ir
lento, de caminar derecho, por una cuerda floja, aquí
las narraciones del movimiento que relatan la historia
que las historias figuran como facticidad: examinemos
los movimientos: si son descuidados, convulsos,
amortiguados, elevados, sinuosos, derrochadores: no
necesitamos nada más, salvo contarlo con detalle
para los distraídos o demasiado ocupados o perdidos
en elaboraciones cotidianas como para apreciar lo esencial:
(1) no te quejes: ya están los males suficientemente
claros sin reiteradas descripciones: (2) valora cada
motivo de alegría, indícalo cuanto haga falta para
que la contemplación resulte nítida: (3) haz lo que puedas:
toma medidas: (4) sigue adelante, mantén la mente
ligada a las figuraciones del transcurrir: cuando
yo era chico, por lo visto tenía siempre algo
que plantear que no acertaba a decir o no aceptaba
nadie: no resultaba nunca convincente; perdía
en la argumentación: la gente se impacientaba y no
cedía en sus creencias; mis explicaciones parecían
extrañas, inverosímiles: al descubrir
la poesía, debí de reconocer un medio
de imponer silencio a la gente, el medio idóneo para
combinar pensamiento y sentimiento, imaginación y
movimiento, y así lo que contaba cautivaba a la gente,
que quedaba encantada, sin palabras, y entendía
el planteamiento que la razón no podía alcanzar,
pues apuntaba, bajo el nivel de la argumentación, al grueso
mismo del sentimiento: de modo que te pido que me ayudes,
ahora: allánate a esta posibilidad: voy a tratar de
decirlo todo una vez más: a los sesenta y tres años
he descubierto que la otra cosa que le pedía yo a
la poesía, que impidiera la muerte, me ha hecho seguir
siendo algo extraño; que no he logrado dar un paso más
allá de los barullos de los usos equivocados y más
aún hasta llegar a un claro donde avanzar; que he de volver
a arrancar del reconocimiento del fracaso: de hecho,
tras enterarme de cómo se impone silencio e
imponerlo, normalmente por accidente, unas
cuantas veces, me produce temor ser convincente,
el mal que puede hacer cuando se da en exceso
sumado a un bien cualquiera, de manera que soy
algo más vacilante adrede: a veces reconozco en otras
palabras argumentaciones que prefiero
ver aprobadas antes que las mías: parecen argumentaciones
más sensatas: proceden de gente que parece estar mejor
pegada a su columna vertebral: cuando están con
la boca abierta, forman sus vértebras un fundamento
donde resuenan sus palabras: yo, francamente,
no he madurado nunca, si madurar quiere decir que no
comerciaría con lo que hoy tengo por una cosa
que podría obtener mañana: yo soy un comerciante: aún
busco la compra en que volcarme a fondo:
he terminado convencido de que no tengo nada de
particular de lo que convencer a nadie: mi
retórica se obceca, sin embargo, en su terrible
insistencia de máquina, no importa si aparecen en
la calle socavones o no, o no hay sino nudos en mi
sedal, o peleteros en mis trampas: boca tapada
no espanta presa: presta atención, avanza y rodea
hasta evitarme; estoy soltando muelles y tornillos
de mi actual mecanismo: estoy bajando: yo ya
no recomiendo más altitud que unas alas, no
más, no últimamente: no, no, ni por tu vida.
Fuente: Basura y otros poemas. Título original: Garbage/Collected Poems (selección). Traducción: Daniel Aguirre Oteiza y Marcelo Cohen. Lumen.

Confidencias

Felipe Benítez Reyes

Como todos los jóvenes, yo también he buscado
esa luz inquietante que brilla en la aventura.
Como todos los jóvenes, he arrastrado mis sueños
por el fango celeste de la vida nocturna.
El alcohol –que seduce– y los cuerpos –que embriagan–
me han dado la medida de unos mundos secretos
que van ya convirtiéndose en jardines de hastío,
y la pasión primera en un jardín de invierno.
Todo cansa y aburre. Las manzanas mordidas
dejan el gusto amargo de una falsa promesa:
su seducción se cumple y de pronto no es nada.
Consumar un deseo es besar a la niebla.
Como todos los jóvenes, he apostado al diablo
y he vendido mi alma a precio de inexperto;
supongo que he perdido la inocencia y la Gloria,
pero nunca los jóvenes temimos el Infierno.
Y aunque me quede tiempo y aunque el halago equívoco
del mundo me sujete, he muerto a las pasiones.
Porque todo es un lento bostezo. Y no me importa
apostar al fracaso. Como todos los jóvenes.
Fuente: Poética y poesía número 12. Edición al cuidado de Antonio Gallego. Fundación Juan March. Madrid, España. 2006.

Valor

Erri De Luca

Considero un valor cada forma de vida, la nieve, la fresa, la mosca.
Considero un valor el reino mineral, la asamblea de las estrellas.
Considero un valor el vino mientras dura la comida, una sonrisa
involuntaria, el cansancio del que ha dado todo, dos viejos que se aman.
Considero un valor aquello que mañana no valdrá nada y aquello que hoy
todavía vale poco.
Considero un valor todas las heridas.
Considero un valor ahorrar agua, reparar un par de zapatos, callar a
tiempo, acudir a un grito, pedir permiso antes de sentarse, sentir gratitud
sin recordar de qué.
Considero un valor saber dónde está el norte en una habitación,
saber el nombre del viento que está secando la ropa recién lavada.
Considero un valor el viaje del vagabundo, la clausura de la monja,
la paciencia del condenado, cualquiera que sea su culpa.
Considero un valor el uso del verbo amar y la hipótesis de que exista
un creador.
Muchos de estos valores no los he conocido.
Fuente: Solo ida. Poesía completa. Título original: Opera sull’acqua/Solo andata/L’ospite incallito/Bizzarrie della provvidenza. Traducción y prólogo de Fernando Valverde. Revisión de la traducción por Carlos Gumpert. Colección Los tres mundos, serie Poesía. Seix Barral, un sello de Editorial Planeta. España. 2017.

Fugaz

Germain Droogenbroodt

Fugaz es todo lo que vive
lo que quedará son los cantos en la orilla
—escritura de piedra
en la corriente del tiempo.
Fuente: En la corriente del tiempo. Título original; In de stroom van de tijd. Versión castellana en colaboración con el autor: Rafael Carcelén García. Point Editions. 2015.

Maitines

Antonio Gala

Callad, amantes, y ocupad el labio
con el beso. No pronunciéis palabras vanas
mientras se busca vuestro corazón
en otro pecho, jadeante y pobre
como el vuestro,
ya al filo de la aurora.
Cuando te poseí por vez primera
tocaban a maitines
en el Convento de las Mercedarias.
La tiniebla del aire estremecieron
repentinos palomos alterados.
Titubeante el alma sonreía,
sin comprender por qué, en torno a tu cintura.
Y luego, hasta la alcoba recién inaugurada,
fueron entrando laúdes y alabanzas
que mi alma repetía con orgullo
suavemente en tu oído.
Callad amantes y ocupad
el labio con el beso...
Fuente: Poemas de amor. Prólogo y edición de Pere Ginferrer. Colección Biblioteca Antonio Gala. Booket, 2007.

El beso

Anne Sexton

Mi boca florece como un corte.
Me han agraviado todo el año, tediosas
noches, solo brutos codazos en ellas
y cajas delicadas de pañuelos gritando
¡llorona, llorona, estúpida!
Hasta ayer mi cuerpo era inútil.
Ahora se está rompiendo por sus picos y esquinas.
Está rompiendo las prendas de la vieja Mary, nudo a nudo
y mira – ahora está todo invadido por esos rayos eléctricos.
¡Zumba! ¡Una resurrección!
Érase una vez una barca, toda de madera
y sin tarea, ni agua salada debajo
y necesitada de alguna pintura. No era más
que un montón de tablas. Pero tú la izaste, la aparejaste.
Ella fue elegida.
Mis nervios están encendidos. Los oigo como
instrumentos musicales. Donde había silencio
tocan sin cesar los tambores, las cuerdas. Tú lo hiciste.
La obra de un puro genio. Cariño, el compositor ha penetrado
en el fuego.
Fuente: Mi boca florece como un corte. Título original: My voice flourishes like a blade. Traducción de José Luis Riena Palazón, selección de Luna Miguel. Colección Poesía Portátil. Literatura Random House. España. 2020.

La poesía

Álvaro Valverde

La poesía,
sus elucubraciones,
los asedios
que gravitan en vano
—teóricos, abstrusos—
sobre ella.
La poesía
que hoy sólo se me antoja
tan sencilla
como el gesto de alguien
que da un vaso de agua
a quien padece sed.
Fuente: El cuarto del siroco. Marginales 303, colección Nuevos textos sagrados, dirigida por Antoni Marí. Tusquets Editores. 2018.

El largo camino

Patti Smith

Será mejor que aquí caminemos de puntillas
mientras por seguridad yo voy a la cabeza.
ROBERT LOUIS STEVENSON

Vagábamos con abrigos negros,
tiempo barrido, tiempo barrido,
dormíamos en dejadas chimeneas,
salíamos para hacer frente a la lluvia.
Mojados, embarrados, un poco idos,
sorteando surcos, masticando bulbos,
tanta hambre teníamos, tulipanes
fulgurantes de pétalos rotos.
Adornados con ombligos de Venus,
sudábamos a mares hacia el frente elegido,
el susurro de un rastro que en parte conocíamos,
lluvia que no era lluvia, lágrimas que aún no eran lágrimas.
Y el grial, ay, el grial, lo teníamos tan cerca,
con su capa de aluminio, envuelto en el sol.
Gladiolos en plena floración estallaban
por todas las rendijas. El mundo entero
ansioso porque la santa madre inspeccionara
nuestro mentón y repitiera la cantinela:
Te has manchado de mantequilla.
Cuánto te gusta la mantequilla…
y asaltamos una colina invadida de amarillo.
Montamos a caballo, vagamos por bosques,
hadas traviesas bailaban bajo nuestros pies.
Las ramas nos azotaban la cara.
Nuestro reino detrás de una alambrada…
Luchamos en las canteras, pulimos mármoles,
de rodillas disparamos por el botín en fervientes círculos.
Montamos furiosos campamentos,
nuestras tiendas perforadas por estacas,
marcadas a navaja…
zorrillos calibrando la tierra dura,
maldiciendo el barrizal cuando nos hundíamos.
Recogimos centeno, rellenamos sacos, hicimos almohadas
para nuestros hombres. Frotamos la sangre de catres empapados,
cubrimos la cabeza inerte de los mártires, llevamos en equilibrio
cubos llenos hasta el borde
y no vimos nada y lo vimos todo.
Nos subimos a lomos del gran oso, metimos el cucharón
en el lechoso licor vertido como un lago blanco ante nosotros.
Nuestros osados barcos soltaban obscenidades escritas
en velas de pergamino, flotando en ríos iletrados, volcados
en sangrientos charcos de fango tras la lluvia.
Tocamos alabanzas con cuernos de animales sagrados:
abucheos, confesiones, rezos adolescentes
tejidos hasta formar tapices de jardines enclaustrados.
Ya no teníamos madre, y rasgando hilos infinitesimales,
los juramentos surgieron con más violencia sin mala voluntad
salvo la de haber nacido: nuestra lealtad al avance
y al movimiento de las estrellas.
Una luz azul proyectada desde la gorra de un ser
que ya no podíamos nombrar. Subimos las escaleras
hasta un cielo aún más azul surcado por banderines,
sangrando al viento. Saboreamos el espectáculo.
Luego desapareció, pero ya nos habíamos ido.
Poseíamos un resplandor nuevo. El rocío nos caía
por la nariz. Alardeábamos del brillo de la piel,
la mudábamos sin un suspiro. Algunos levantaban la linterna.
Otros parecían caminar con luz propia.
Feroces montículos que no eran montículos, en el horizonte…
Al acercarnos caímos sobre masas de abrigos
abandonados por los almirantes, el púrpura de reyes destronados,
medallas de honor, botas militares de piel de lengua de perro,
vales, guaridas de animales, armiño y vellón lucidos por
los de mayor rango, príncipes y pilotos, magos y místicos.
Mas ningún rango teníamos nosotros, pescando harapos tejidos por ciegos.
El nuestro era un país de hoyos. Estaban vacíos.
Y, sin embargo, albergaban todas las esperanzas de un niño:
nuestra historia feliz, nuestra vida feliz,
cortadas con la tela de una lucha extática.
En cuanto supimos adónde íbamos, reptamos
con abrigos consagrados. Podríamos haber seguido para siempre
de no ser porque aquí y allá nos tiraban del almidón de las mangas.
Le rompimos el corazón a nuestra madre y nos convertimos en quienes somos.
Seguimos respirando y, por tanto, nos marchamos,
borrachos, abrumados, cada uno un dios.
Ahora apaga la linterna.
Pon el pulgar en la mecha.
Si se pega, te quemarás.
Si se apaga, te convertirás
en un rayo de luz que se extinguirá
en la noche, transformado en sueño
adornado con baratijas.
Vimos los ojos de Ravel, perfilados de azul, dos veces
parpadearon. Cantamos arias propias, cánticos decepcionados,
blues inertes de terreno sagrado y zapatos mortales,
de infanterías olvidadas y distancias jamás soñadas…
Pero solo llegamos a una colina humana, compuesta de soldados de madera
vigilando en los pliegues de las mantas, tan cerca como la mano de un hermano,
tan lejos como el sueño, la orden de un padre…
… el largo camino, hijos míos.
Surgimos de nuestros capullos de polilla vivos en la noche,
el cielo emborronado de estrellas que ya no vemos.
El credo de un niño cosido en los pañuelos…
Dios no nos abandona nunca,
somos lo único que conoce.
No debemos abandonarlo,
él somos nosotros,
el éter de nuestros actos.
Los silbidos de un vagabundo, tiempo barrido, tiempo barrido.
Dormimos. Conspiramos, tensamos la vibrante cuerda.
Cohibidos pero contentos, empezamos de nuevo.
Fuente: Augurios de inocencia. Título original: Auguries of Innocence, traducción del inglés de Ana Mata Buil. Penguin Random House bajo el sello Lumen. 2019.

Y pensar, corazón…

Gilberto Owen

¡Y pensar, conmovido corazón,
Que algún día nefando, los gusanos
han de roerte tus orgullos vanos
y emponzoñar tu fuente de emoción...!
 
Saber la vida tránsfuga, y saber
el fracaso de todo en un minuto:
toda tu heroica fiebre de absoluto
(náufraga en unos labios de mujer)
 y todo tu dolor, y tu sensual
podredumbre obcecada, y tu efusiva
devoción a la Amada primitiva
de alma jocunda y clara de cristal.
 
Aún no habrás logrado modelar
tu poema mejor, cuando la pálida
Intrusa llegue, y tu Poesía, inválida,
interrumpa su lírico volar
 
Saber que un día, trémulo rubí,
leal y atormentado, solamente
polvo inmóvil será tu carne ardiente,
sin nada de lo noble que hay en ti.
 
Cuánto mejor sería, corazón,
que te agotaras, trágico y canoro,
en este amor vernal de fuego y oro,
en una fervorosa combustión.
Owen G. (2012). Me he querido mentir que no te amo. Ciudad de México: FCE.

Teofanías

Gabriel Zaid

No busques más, no hay taxis.
 
Piensas que va a llegar, avanzas,
retrocedes, te angustias,
desesperas. Acéptalo
por fin: no hay taxis.
 
Y ¿quién ha visto un taxi?
 
Los arqueólogos han desenterrado
gente que murió buscando taxis,
mas no taxis. Dicen
que Elías, una vez, tomó un taxi,
mas no volvió para contarlo.
Prometeo quiso asaltar un taxi.
Sigue en un sanatorio.
Los analistas curan
la obsesión por el taxi,
no la ausencia de taxis.
 
Los revolucionarios
hacen colectivos de lujo,
pero la gente quiere taxis.
 
Me pondría de rodillas si apareciera un taxi.
Pero la ciencia ha demostrado
que los taxis no existen.
Zaid G. (1992). Práctica mortal. Ciudad de México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
 

El lugar donde vivo

Eliseo Diego

El lugar donde vivo no es el mío.
Quizás haya en Asturias una aldea
que se ajuste a mi bien, o quizás sea
un pueblito de Rusia, blanco y frío.
Tal vez porque de todo desconfío
por más que familiar siempre lo vea,
no es que en mi propia palma yo no crea:
es que me extraña como el arce umbrío
que vi una vez y me volvió remoto
no de mi casa, sino tan adentro
de mí que fue el terror. Pues la belleza
será solo el fragmento de algo roto
que tuvo en cada sitio su áureo centro
y hoy es fuga y nostalgia y extrañeza.
Diego E. (2005). Desde la eternidad. Ciudad de México: FCE.

En el Centro Histórico

Luis Cortés Bargalló

Axis mundi: ombligo los braseros bajo
el humo. Al centro de
la Plaza Exhalaciones.

Los rumores del
copal las ascuas que
descaman verticales
los mestizos re-

molinos escoltados
rehiletes genitales
los plumeros tricolores
y danzantes. Mangos

amarillos. Chile rojo
y el rebane cascabeles
de los bafles la
fayuca. La culebra.

La calaca descarada contoneando diamantina
su rumbero ilíaco. Descarnados sol

y rajas. Bayonetas y
volutas de los cuatro
barrios cardinales.
Cardinalis de bilé

penacho rojo. Huevo.
Muela. Gallo giro
diente de oro hasta la
cresta. Bate clara

en los solares. Sub-
lunares multitudes
Pantitlán-andén-Cuatro
Caminos. Serpentina.

Humazo de epazotes
los respiraderos de
arcoíris sudorosos.
Deambulando entre

la reja la marchanta
el alarife sueltan la cuchara
y amarguras de escayola
para el agua de jamaica.

Descamisan esternones
elevando la corona sucia
la incobrable espina
escupen. No revira.

Enjuta. Queda
inmóvil. Asta. Se
estremece. Carraspea
contra el viento.
Cortes Bargalló L. (2016). La lámpara hacia abajo. Ciudad de México: Ediciones sin nombre/Secretaría de Cultura.

Haikus

Matsuo Bashō

Un viejo estanque.
Se zambulle una rana:
ruido del agua
 

Viento de otoño.
Y malezas y campos:
Paso de Fuja.
 
 
A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.
 
 
Se va la primavera.
Lloran las aves, y son lágrimas
los ojos de los peces.
 
 
Como la almeja
en dos valvas, me parto
de ti con el otoño.
 
 
En ruiseñor
sueña que se convierte
el grácil sauce.
 
 
Día invernal.
A caballo me helaba,
maestro en sombra.
Bashō M. et al. (1998). Haikus (poemas breves japoneses). Madrid, España: Mondadori.

Todo el mundo

Charles Simic

«Todo el mundo sabe lo que me pasó con el
doctor Freud», dice mi abuelo.
            «Estábamos enamorados del mismo par de
zapatos negros del escaparate de la misma zapatería.
Por desgracia, la tienda siempre estaba cerrada. Había
algún cartel del tipo CERRADO POR DEFUNCÓN O
VUELVO DESPUÉS DE COMER, pero por mucho que
esperara, nadie venía a abrirla.
«Una vez sorprendía al doctor Freud admirando
aquellos zapatos con descaro. Nos fulminamos con la
mirada antes de partir en direcciones opuestas, para
nunca volver a encontrarnos».
Fuente: El mundo no se acaba. Edición bilingüe de Jordi Doce. Vaso Roto, 2014.

Olga Orozco

Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios
y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías al anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros
            la tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros        
            que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba
            en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y
            llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto
            Tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que
            los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer
aposento”.
Fuente: Con esta boca, en este mundo. Selección y nota introductoria de Jacobo Sefamí. Margen de poesía. UAM, 1992.

Invierno

Joan Margarit

A los cincuenta años compré los ocho tomos
del Gibbon, pues pensaba
que al final de mi vida los leería.
Me acerco cada vez hasta donde están
y saberlos a mano me deja más tranquilo.
Nunca los he leído. Me acompañan.
Ahora una voz imperceptible
me dice que ha llegado ya la hora
de que comience a leer el Gibbon:
Decadencia y Caída del Imperio Romano
es la Historia llamada Universal,
la única que puede dar consuelo.
Inútil y magnífica como una vista aérea.
Fuente: Se pierde la señal. Traducción de Joan Margarit. Colección Visor de Poesía, 2012.

Bombas

José María Bastar Sasso

   Si verdad los sueños fueran
que contigo yo he soñado,
no te vieran tan humildes
mis ojos de enamorado.
 
 
            ******
 
 
   Si tuviera menos años
y más pelo en la cabeza,
no me vieras tan huraño
contemplando tu belleza,
 
 
          ******
 
 
    Por espiarte en el arroyo
que pasa por el trapiche
por poco me deja ciego
el maldito tutupiche
Fuente:

Poema espiritual

Murilo Mendes

Me siento un fragmento de Dios
porque soy una nada de raíz
un poco de agua de los mares
el brazo desgarrado de una constelación.
 
La materia piensa por orden de Dios,
se transforma y evoluciona por orden de Dios.
La materia múltiple y bella
es una de las formas visibles de la invisible.
Cristo, de los hijos del hombre, eres la perfección.
 
En la iglesia hay piernas, senos, vientres y cabellos
en todas partes, hasta en los altares.
Hay grandes fuerzas de materia en la tierra en el mar
            y en el aire
que se entrelazan y se casan reproduciendo
mil versiones de los pensamientos divinos.
                        La materia es fuerte y absoluta
                        sin ella no hay poesía.
Fuente: Al otro lado del mundo. Traducción, prólogo y notas de José Javier Villarreal. Ediciones sin nombre / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2009.  

XXIX

Nanni Cagnone

El mundo
que llamamos incomparable
no era para nosotros —pregúntaselo
a las piedras sentadas
sobre las rocas,
a la arena que cada vez
atrae al mar,
y si no hay respuesta
considera
que ya uno interroga sabiendo,
así ofende la pregunta.
Fuente: Penumbra de la lengua. Traducción de Dulce María Zúniga. Ediciones sin nombre, 2015.

Extraviada

Jeannette Clariond

Extraviada, miré la tarde contra el viento desnudo,
las hojas caídas escuché.
 
Vacía, Emily, ¿es real que la tarde se vacía?
 
La poesía es ausencia de agua, puerta
que abre otra puerta y una más.
 
Nada entraba en mis ojos o en mi lengua
que no fuera belleza.
 
Tomé un cuaderno, un lápiz afilado,
encendí una vela en plena luz.
 
Salí a caminar por calles oscuras,
el horizonte se abrió lento ante mis ojos.
Fuente: Leve sangre. Pre-textos, 2011.

Escribir, diferir

Eduardo Milán

Escribir, diferir lo inevitable aceptándolo de paso
no un trámite más en el trago abismal
menos, asno con su prestigio tonto, figura pura
dura dado el caso, el caso de la línea
surca el pretendido rostro de a cada cual su rostro
tal vez sea aceptar, asumir en luz solar lo que en la cueva esfuma,
            escribir
blanquear el hueso, busca lugar entre los tópicos
refugio que a la fuga ponga fin —si exilia, exilia, si migra, flaco,
            mugre
se decide así la suerte de los desparramados— sin par amados
por el aire que sopla en la palabra, adentro, pára para respirar
más que balbuceo, pestañeo escribir, un asno
no es tonto el asno, será loco, inútil, migrante de sí mismo
Fuente: Disenso. FCE, 2010.

Descubrimiento

Martha Crocker

En ese lugar donde se juntan los caminos
buscamos en el lenguaje de los pájaros
la respuesta a los enigmas del amor
todavía inmersos en el misterio.
 
En un día de fiesta nos congregamos
reinventando todo
pero volvimos a los viejos fantasmas
y nada nuevo surgió de los murmullos.
 
La decadente erudición se tornó necia
el aburrimiento nos invitó a cantar
con el canto se nos olvidó seguir buscando nuestras manos
con el canto nuestro pecho se llenó de gozo
con el gozo encontramos la respuesta.
Fuente: Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos. Tomo I. Marco Antonio Acosta. Colección Carlos Pellicer. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.

Donde habite el olvido, XII

Luis Cernuda

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.
 
Inocencia primera
abolida en deseo,
olvido de sí mismo en otro olvido,
ramas entrelazadas,
¿por qué vivir si desapareceréis un día?
 
Sólo vive quien mira
siempre ante sí los ojos de su aurora,
sólo vive quien bes
aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.
 
Fantasmas de la pena,
a lo lejos, los otros,
los que ese amor perdieron,
como un recuerdo en sueños,
recorriendo las tumbas
otro vacío estrechan.
 
Por allí van y gimen,
muertos en pie, vidas tras de la piedra,
golpeando impotencia,
arañando la sombra
con inútil ternura.
 
No, no es el amor quien muere.
Fuente: En La realidad y el deseo (1924-1962). Prólogo de José Ángel Valente. Álbum de Arturo Ramoneda. Alianza Editorial, 1998.

La mañana lleva un gran saco

Thomas Bernhard

La mañana lleva un gran saco.
               Le digo: eres tan vieja
que no necesitas despreciarme.
               Tienes los zapatos rotos.
Tu chaqueta fue en otro tiempo mía…
 
               Sentado en el hoyo te espero,
no como la anciana, ni como los niños, ni
               como el cura, que tras el sermón,
baja donde el vino y trastorna la tierra.
               Te recibo con el látigo,
temblando, perverso y frágil
               como un cardo al borde del sol.
Fuente: Así en la tierra como en el infierno. Traducción de Miguel Sáenz. La uÑa RoTa, 2010.

Con la luna de marzo

Olvido García Valdés

Con la luna de marzo llegó
la foto y todos
estábamos vivos;
palabras
de velocidad,
de esa ausencia
que es veloz
y gira y se desprende;
lenta, la luna,
vuelve mes a mes
Fuente:  Y todos estábamos vivos. Nuevos textos sagrados. Tusquets, 2006.

Insomnio

Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
                                            (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
               en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar
               a los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando
               como un perro enfurecido, fluyendo como la leche
               de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole
               porque se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta
               ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente
               en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?
Fuente: Hijos de la ira. Edición de Miguel J. Flys. Clásicos Castalia, 1986.

Don de la ebriedad, I

Claudio Rodríguez

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
Fuente:  Poesía completa (1953-1991). Nuevos textos sagrados. Tusquets, 2001.

XVI. El detalle como un acontecimiento reticente

Anne Carson

El marido tenía un amigo mu querido que se llamaba Ray.
Ray era un atormentado pero tenía coraje.
Cuando Ray vino de visita la mujer se quedó en su cuarto.
Está fuera de control dijo ella.
Ray se sentó en la cocina con el marido y una botella de vino.
Hablaron de sus «misterios».
 
Mentir todas las noches es signo de desesperación
fue el comentario de la mujer al día siguiente en el desayuno.
Ray se acababa de ir.
El marido hizo con las manos un gesto como diciendo
Tranquila ahora.
Ray tenía voz de tango malo,
a las mujeres y a los chicos les gustaba.
Y como Ray era una persona
que tarde o temprano terminaba conociendo a todo el mundo
Ray acabó por conocer
 
a Dolor y a Merced.
Se había hecho una idea de lo que estaba pasando, pero se la
                                                                                         {guardó para él.
Al marido le dijo
Doblas para divertirte.
A Ray le gustaban las frases.
Una noche muy tarde
vino a casa en busca del marido.
La esposa estaba en su estudio del ático,
abajo las luces estaban encendidas.
¡Iluminaste tu casa como un turrón romano!
Ray la llama desde la escalera.
Ella interrumpe su trabajo,
el placer de esa concentración, él puede verlo, algo en ella
le deslumbra.
Él no está dice ella.
Juntos
 
contemplan cómo las gotas dispersas de este hecho se
                                            {condensan en el aire que los separa.
Algunos lo llaman amor
pero esos dos cuyas almas aquel instante entreteje
como se entretejió el alma de Jonatán con el alma de David
no se amaban.
Cuánto más sencillo hubiera sido.
Fuente: La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos. Traducción de Ana Becciu. Lumen, 2003.

La caricia

Guillermo Fernández

Abre la puerta.
Mírala en su aturdido poderío,
sola.
 
Que llegue en el albor que entorna
la mano donde nace,
sola.
 
Mañana rugirá en la tormenta,
en la orilla que nadie ha conocido
o en la ausencia final de la memoria.
 
Sola.
Fuente: Arca. Poesía reunida. Secretaría de Cultura de Jalisco, 2010.

Mamá Sofi

Níger Madrigal

Tú eres mi niña, yo soy tu amor impostergable
y hoy que toco tu frente de árbol dormido, la vida es leve,
la vida es un ritmo amainado de latidos en el cálido trinar desde tu pecho.
 
Tú eres mi niña, no podría ser de otra manera.
Yo soy tu amor que juega a entretenerse
en esta brevedad de vida en que temblamos.
Fuente: tiempo religado. Gobierno del Estado de Tabasco, fundación para las letras mexicanas, Casalia Ediciones. 2018.

Libros

Marco Antonio Campos

En mi infancia libre y mi adolescencia oscura
los libros eran ventanas ciegas en palacios de ahogo.
Pero no, qué va, no me arrepiento ni así —ni un ápice—,
de haber leído exiguamente, porque los colegios fríos,
las calles grisáceas de mi barrio, el bullir de las
pequeñas tiendas, los cines de encantamiento, los
intrépidos partidos de emoción ebria de béisbol y de fútbol,
las muchachas ávidas y anhelantes, las amistades
como ráfaga y ala y marea alta, me dieron,
sin saber ni imaginar siquiera, las vivencias múltiples
para aquellos libros que escribiría después —porque
sólo aquello que se vive, sin mira ni propósito literario
(Cesare Pavese dixit), puede convertirse en un poema.
Fuente: De lo poco de vida. Colección Palabra de honor. Visor, 2016.

Maitines

Louise Glück

¿Qué es mi corazón para ti
si debes romperlo una y otra vez
como el sembrador que pone a prueba
sus nuevas especies? Experimenta
algo más: cómo puedo vivir
en las colonias, como a ti te gusta, si me impones
una cuarentena de dolor, apartándome
de los miembros saludables de
mi propia tribu: eso no se hace
en un jardín, apartar
la rosa enferma; permítele ondear sus sociables
e infectadas hojas
de cara a las demás, que los minúsculos áfidos
brinquen de planta en planta, probando de nuevo
que soy la más inane de tus criaturas, la que sigue
al floreciente áfido y al rosal trepador. Padre,
como agente de mi soledad, alivia
al menos mi culpa, levanta
el estigma del aislamiento; a menos
que sea tu designio fortalecerme
otra vez, como fui
fuerte y plena en mi infancia equivocada,
bajo la leve luz
del corazón de mi madre,
o en el sueño,
el primer ser que nunca moriría.
Fuente:El iris salvaje. Traducción de Eduardo Chirinos. Pre-textos, 2006. y ensayos, 2017.

Ensalmos y conjuros (fragmentos)

Ernesto Mejía Sánchez

1
Ensayé la palabra, su medida,
el espacio que ocupa. La tomé
de los labios, la puse con cuidado
en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña!
Cuenta hasta dos [lo más difícil].
Ábrela ahora: una
estrella en tu mano.
 
2
Yo concluía las noches con un sueño. Yo
conjuraba a alguien en un sitio concreto. Yo
contaba los números. Y alguien,
que no sospechas, nacía entre la sombra,
no formaba su cuerpo con lo oscuro; sino que
de aire limpio, separado, se construía. Yo
contaba unos números.
Alguien, horadando la sombra, nacía
como un ángel de vidrio, como niño vacío.
Se hacía un hueco vivo. Yo
seguía contando.
Se acercaba a mis labios. Amorosamente
se adhería a mi carne. La más exacta
piel, la más exacta, me envolvía. Yo
seguía contando. Repetía,
ahora con su voz las mismas cifras.
Y como cada noche nacía con forma diferente,
para no equivocarme, yo coloqué a este ángel
en un sitio secreto; y le puse su número.
 
6
Hay días limpios, construidos
por un aire inconsútil. Ni un demonio
ni un ángel lo penetran. Ahí
la soledad da la batalla.
De nada serviría, amoroso,
llamarla. De nada, porque el aire,
homogéneo, cerrado, pone plomo
a la voz. Requiérela al menos,
sin abrir los labios, así;
compañía adversaria, estoy contigo.
Fuente: Recolección a mediodía. UNAM, Poemas y ensayos, 2017.

El tren

Menchu Gutiérrez

No puedo acostumbrarme al tren,
al fin y al cabo
el tren arrastra el paisaje por el cabello
y el cristal de la ventanilla amortigua
el grito de los árboles.
Hay violencia en la campana de vacío,
la serenidad de aquí hace daño en la distancia,
el ojo de la máquina taladra el paisaje,
y el túnel formado se llama ninguna parte.
Puede decirse que esto no es respirar,
el oxígeno se piensa,
el mismo vértigo en la cabecera del tren
que en el último vagón,
la escalera horizontal se sube y se baja,
travesaños que son huellas,
hacia adelante y hacia atrás: estela.
Esto no es respirar
tampoco es ver,
el túnel se hace y se deshace,
está aquí y está allí,
la imagen se hace con el ojo y el ojo claudica,
roe y es roído por el tiempo.
Perforados por nosotros mismos,
tan pronto vivos como muertos,
el tren no es una forma de vida,
en realidad no hay formas de vida,
no es posible acostumbrarse
y sin embargo la calma es real.
Mastico mis palabras,
digiero la oración
que es esta realidad,
palabras entre los dientes,
felices palabras envueltas en saliva,
manjar de mil lenguas
que sabe a sangre dulce y a nieve,
felices palabras que significan otras palabras.
Cuando despierto,
quizá cuando bajo del tren,
encuentro en la estación el bullicio de los geranios,
banderas rojas hacen señales a otro tiempo,
raíles calientes por los que se desplazan
los sueños de millones de viajeros,
andenes afanados en hacer brotar la primavera.
En el extremo del cuadro — ¿despierta? —
te agachas a beber del manantial de monóxido de carbono,
llevas una corona de estrellas sobre la cabeza,
oyes caer las piedras en tu interior,
rebotan en costillas y vértebras,
acaban llegando a los pies
y allí se almacenan,
te preparas para dormir eternamente.
Fuente: Lo extraño, la raíz. Vaso Roto, 2015.

El éxtasis

John Ashbery

Entramos y salimos ociosamente del vestíbulo
de una gran casa en la historia.
Había poco que ver al principio;
luego, cuando se nos acostumbró la vista a la oscuridad,
logramos distinguir en un puente figuras
que nos hacían señas, como queriendo que nos acercáramos.
 
Decidimos no hacerlo.
A ti aquel lugar te daba miedo.
A mí me parecía relajante, tonificante, incluso.
Olía un poco a esa clase de almizcle
que es menos que un aviso y más que una confirmación.
Los muebles estaban todos cortados por el mismo patrón,
desdichadamente; el aire se acercaba.
Era mi respiración como solía fingirla.
 
Al bajar por la cuesta al día siguiente
no había nada en los brillantes y horribles anales
que nos dejaste ver
sólo hasta el margen, y nada más.
Quiero irme ya.
He viajado por este país
más de lo que debería viajar o ha viajado nadie.
Es natural desear un poco de dulzura
junto con el hambre, no guardar nada
para el crudo invierno, cuando se desanudan amistades
como esos pañuelos que se tiñen atados, y es la veleta
                                                                           un compañero,
sólo que no la puedes ver cuando apunta hacia atrás.
 
Nos marchamos temprano para ir a la recepción,
aunque vahídos y sorbetes no parecían ya viables.,
y había un impuesto oculto en todo esto.
Aún así nos quedamos, más y más tiempo. Llegó el baile a su fin;
luego empezó otra vez; ni voz ni voto tenía uno en el asunto.
Por la mañana hizo calor, y punto. Salí con algún pretexto
y me quedé veinte años.
Cuando volví me preguntaste si había olvidado algo,
y respondí que no, sólo la leche. Lo cual era verdad.
Fuente: Un país mundano. Traducción y prólogo de Daniel Aguirre. Lumen, 2009.  

Brise Marin

Joseph Brodsky

Querida, a última hora de la tarde puse un pie en la calle
sólo para inhalar el aire fresco del océano nada distante.
El sol se consumía bajo la ceniza como un abanico chino en una galería
y una nube levantaba su párpado inmenso, como un Steinway.
 
Hace un cuarto de siglo morías de antojo por los dátiles y el curry de Senegal,
probabas tu voz para la escena, abocetabas perfiles en un cuadernillo.
Eras coqueta conmigo, pero luego te amalgamaste con un ingeniero químico
y, a juzgar por tus cartas, te volviste bastante imbécil.
 
Te han visto en los últimos tiempos en iglesias de la capital y de provincia,
en funerales de nuestros amigos y conocidos, ahora incesantes.
Así y todo, me alegro de que el mundo augure todavía
distancias más inconcebibles que la que nos separa.
 
Entiéndeme bien: tu cuerpo, tu gorjeo, tu segundo nombre,
ya casi no despiertan nada. No es que hayan dejado de echar brotes;
pero para olvidar una vida un hombre necesita, al menos,
otra vida más. Y yo he consumido ya mi cuota.
 
También tuviste suerte: ¿en dónde, si no en una foto
seguirás siempre sin arrugas, ágil, cáustica, vivaz?
Al dar de cara con la memoria, el tiempo se entera de su impotencia.
Marea baja: fumo en lo oscuro y respiro hediondas algas.
Fuente: Y así por el estilo. Traducción de José Luis Rivas. Universidad Veracruzana, 2009.

Enigma

Octavio Paz

Nacimos de una pregunta,
cada uno de nuestros actos
es una pregunta,
nuestros años son un bosque de preguntas,
tú eres una pregunta y yo soy otra,
Dios es una mano que dibuja, incansable,
universos en forma de preguntas.
Fuente: Octavio Paz. Obra poética. Obras completas VII. FCE. 2014

El amor después del amor

Derek Walcott

El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
Fuente: www.zendalibros.com

La palabrita

Alejandro Aura

Una palabrita fina
con la cintura delgada,
 
pasa por ella en domingo,
llevarle medias
para sus piernas largas,
 
una palabrita fina
para ponerle un poema,
 
una palabirta fina y caliente
desnuda de pretensiones y morena
para pasar el sueño
y los ensueños con ella,
 
el deseo
de esos ratos de abulia frutal
en que la palabra escotada
tiene la palabra
por derecho del cuerpo
 
y si lo usa
con la espigada tensión
del trópico que la conmueve
y baila,
qué rica la palbrita,
 
una palabra fina,
ya la quiero, ya la quiero.Duro con ella
duro
muy duro con ella y sin descanso
Que no alce la cabeza
que no se atreva siquiera a suplicar
que pierda la voz
duro duro duro con ella pana
Que sepa quien manda
que no ande al carajo como güisa en los portales
que se arrepienta de dormir en hoteles de lujo
que renuncie al abrazo de gerentes y soldados
Duro con ella hasta que aprenda
hasta que nunca más se ponga entre mayúsculas
Duro con ella duro muy duro hasta molerla
que reviente la puerca la maldita la increíble
que explote la tremenda la copulante la insidiosa
Duro con ella hasta encontrarla ausente y descreída
duro con ella con esta absurda torpe y loca poesía.
Fuente: Alejandro Aura. Poesía 1963-1993. Lecturas mexicanas. Conaculta. 1998

Duro con ella

Fernando Nieto Cadena

Duro con ella
duro
muy duro con ella y sin descanso
Que no alce la cabeza
que no se atreva siquiera a suplicar
que pierda la voz
duro duro duro con ella pana
Que sepa quien manda
que no ande al carajo como güisa en los portales
que se arrepienta de dormir en hoteles de lujo
que renuncie al abrazo de gerentes y soldados
Duro con ella hasta que aprenda
hasta que nunca más se ponga entre mayúsculas
Duro con ella duro muy duro hasta molerla
que reviente la puerca la maldita la increíble
que explote la tremenda la copulante la insidiosa
Duro con ella hasta encontrarla ausente y descreída
duro con ella con esta absurda torpe y loca poesía.
Fuente: Fernando Nieto Cadena. Duro con ella. UJAT. 2003

Los pobres en la estación de autobuses

Ledo Ivo

Los pobres viajan. En la estación de autobuses
levantan los pescuezos como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,
y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses
temen perder su propio viaje
escondido en la neblina de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa
la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores
aun a la distancia!
No tienen la noción de los conveniente,
no saben portarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído e hinchado un hilillo de leche
escurre hacia la pequeña boca habituada al lloriqueo.
En los andenes van y vienen, saltan y
aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas impertinentes en las ventanillas,
susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada
del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort
aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.
Verdaderamente los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal  gusto)
Y en cualquier lugar del mundo molestan,
viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares
aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie.
Fuente: www.palabravirtual.com

Poema de amorosa raíz

Alí Chumacero

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
 
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
 
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
 
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
Fuente: Alí Chumacero. Pasa el desconocido. Antología personal de Alí Chumacero. Asociación Nacional del Libro. 2017

Improvisaciones

Salvador Cordova León

¿Cómo estamos?
La pregunta no tiene ningún objeto
Sé la respuesta:
Vamos tirando…
H.G.V.
1
Como gitanos
la ciudad fue nuestra y nunca propia
compartimos todo
forasteros en apuros
nos deseamos buena suerte al despedirnos
 
2
No me haces falta
Caray
cómo se extrañan
los zapatos viejos que un pariente se ha llevado
la marca de vino que ya no se fabrica
la taza de café a punto
el brillo de los ojos al descubrir que me aproximo
los cigarros en la mano
la cena improvisada de cumpleaños
el aire cotidiano en los pulmones
No  No me haces falta
 
3
La función ha concluido
es hora de volver a casa
sin la posibilidad de seguir actuando
me dedico a pequeños menesteres
 
4
Es mejor callar
escribir otras historias
alguien podía sonreírse con desdén.
Fuente: Y también soy... Salvador Códova León. UJAT. 2014

Lo que aprendí de todo

Juan Domingo Argüelles

Esto es lo que aprendí
al cabo de los años.
Aprendí que el amor
es escaso y secreto,
que la credulidad
no tiene límites,
que lo más perdonable
es el error,
que el bien y la verda
son casi inexistentes,
que todo lo que somos
lo somos por los otros,
que el destino está escrito
y no puede cambiarse,
que no hay peor justicia
que la de la Justicia
que no hay mayor miseria
que el Poder;
 
que la belleza
siempre es un milagro,
que el olvido
no existe sin el perdón,
que el viajero es quien menos
ha viajado,
que no hay vicio más triste
que la maldad,
que la arrogancia nace
de la falta de espíritu,
que si nadie te ama,
te lo mereces,
que el amor si lo tienes
es siempre merecido,
que la fe no ha movido
jamás una montaña,
que la razón no siempre
tiene razón;
 
que la literatura
jamás es suficiente,
que la locura es signo
de lo normal,
que la felicidad
dura un instante,
que saber lo que somos
es imposible,
que olvidar es el don
acaso más dichoso,
que la música es fruto
de lo sublime,
que no existe más tiempo
que el presente,
que el presente es la sombra
de lo que fuimos,
que nuestra identidad
es la insatisfacción;
 
que nos volvemos buenos
con la muerte,
qie la herida más honda
la ocasiona el amor,
que somos más dañinos
mientras más infelices,
que el odio nos conduce
a la destrucción,
que la posteridad
es el lujo más tonto,
que el infierno y el cielo
son sólo dos ficciones
que nacieron del miedo
y de la vejez,
y que, al final de todo,
volvemos a ser niños
que sobreviven gracias
a los demás.
Fuente: Juan Domingo Argüelles. El último strike. Laberinto-UJAT. 2016

Sesenta y ocho

Gladys Fuentes Milla

Estoy llorando amor mío de mí
como un animal
como un cenzontle canto tu nombre
pidiendo que vuelvas
Lloro como una lechuza en el monte
anunciando su muerte y unto de llanto al aire
a la más triste tristura en esta noche
en que no sé nada de ti más que tu silencio
largo y pesaroso que se hunde en mi pecho
como una esquirla de metralla
mezcla de olvido y de ausencia
 
Me estoy apagando amor mío de mí
y para siempre mío
como el farol de la esquina de un recuerdo
antiguo en la memoria
como el humo disipado de un tren sin vía
 
-poco a poco
 
lentamente
me desdibujo en la historia
de este amor que jamás fue a ninguna parte
Fuente: Al viento tu pelo que huele a lima. Casalia Ediciones. 2018

Imagino

(fragmentos)

Ángel Vargas

Imagino una voz
            un pasaje
que acople
            la cabeza y el pecho
                                    como engrane.
 
Una voz
            en erección
                                   creciendo
                        sin verdugo.
 
Imagino el umbral
            un sonido
que se abra
                        como un cuerpo
que se extienda
                        en mi cuerpo
y se detenga.
 
Me imagino en un fiato
incombustible:
                        un acorde
el rumor de una navaja entrando
            hacia mi boca.
 
Pero yo no soy
             no soy
                        una voz
                                   soy
                                   un eco.

No recuerdo mi voz
cuando despierto.
            Me llevan
en un carruaje oscuro hacia Venecia.
            Duermo
como se puede hacer
            entrecortado.
Me río de la vida
y del modo en que Dios ordena sus afijos:
            si fuera desmontable
            y si fuera tan bueno
regalaría mi nombre a los desposeídos.
            Pero no bastaría
si dijeran Gaetano
            como recitativo
para colmar su hambre.
Fuente: A pesar de la voz. Mantis Editores Luis Armenta Malpica-Secretaría de Cultura de Jalisco. 2016

El día, un laberinto

Ida Vitale

El día, un laberinto
donde sólo tienes luz
                                   unos minutos.
 
Te asomas a la mesa que marea,
miras papeles,
                        mares que se ajan,
letras confusas,
                        hojas de otro otoño,
el registro del día,
                        el laberinto,
dónde sólo tuviste luz
                                   unos minutos.
Fuente: Poesía reunida. Tusquets Editores. 2019

Ser un inútil anhelar

Juan de Tasis, Conde de Villamediana

Debe tan poco al tiempo el que ha nacido
en la estéril región de nuestros años,
que premiada la culpa y los engaños,
el mérito se encoge escarnecido.
 
Ser un inútil anhelar perdido,
y natural remedio a los extraños,
avisar las ofensas con los daños,
y haber de agradecer el ofendido.
 
Máquinas de ambición, aplausos de ira
donde sólo es verdad el justo miedo
del que percibe el daño y se retira.
 
Violenta adulación, mañoso enredo,
en fe violada han puesto a la mentira
fuerza de ley, y sombra de denuedo.
Fuente: Primavera y flor de la literatura hispánica. Dámaso Alonso, Eullia Galvarriato de Alonso y Luis Rosales. Selecciones del Reader´s Digest, tomo segundo. Madrid, 1966.

Leyendo a Óscar Oliva

José Revueltas

De la muerte, no.
Sálvenme de la vida
sálvenme de mis ojos
ya invadidos de gusanos,
de la herrumbre de mis huesos
y del alma.
 
Atrás, doctores, hechiceros, sacerdotes,
oradores, ideologías en acecho:
de morir, no.
Sálvenme de la vida eterna,
de las cosas que toco y miro,
sálvenme del amor y de mis
padres muertos,
sálvenme de este no ser
en perpetua agonía.

México, 14 de junio de 1973
Fuente: El propósito ciego. Edición de José Manuel Mateo. FCE. 2014

Sonidos de silencio

María Auxiliadora Álvarez

La muerte borra los sobresaltos
no hay prisas
no hay esperas
 
palabras por guardar
 
La muerte borra lo escrito
seca lo húmedo
entibia lo frío
 
La muerte recoge la flor en el aire
 
y reúne sus pétalos
en una misma caída
Fuente: Las nadas y las noches. Prólogo de Julio Ortega. Candaya. 2009

Vuelo de cuervos

Eugenio Montejo

En el diario que he abierto esta mañana,
mis ojos, mis anteojos, solo miran
bandadas rápidas de cuervos
que se elevan volando entre las páginas.
Con las plumas tiznadas por funestas noticias
y graznidos que cubren la tierra,
uno a uno encarnando su letra
ascienden o declinan
hasta juntarse en largos titulares.
Cuervos del odio grabados en signos cósmicos,
aleteando entre el mundo y nosotros;
cuervos reiterativos, con erratas,
interpuestos, silentes, sintácticos,
reciente aún la tinta de sus alas
y negra la sangre.
Fuente: Alfabeto del mundo. FCE. 1986

Al Cristo de mi estudio

Manuel Ponce

¿Cuándo murió mi corazón inerte,
que no muere de verte ajusticiado,
pendiente del marfil donde, labrado,
es una fácil alegría verte?
 
Rota el ara, la vida se te vierte
por la heráldica brecha del costado,
¡oh cántico de cisne asilenciado
y torre en los suburbios de la muerte!
 
Yo en flores, Tú en escarcha estás cautivo;
Tú en tinieblas, yo en luces me derramo,
Y en tu divisa gozo, sufro y amo.
 
Por una parte lloro compasivo,
mientras por otro olvido tu reclamo,
y es que de puro simulacro vivo.
Fuente: El jardín increíble. Editorial JUS. 1950

Décimas a Dios

Guadalupe Amor

Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?
 
El inventarte es posible…
Difícil es sostener
la potencia de tu ser,
ser absoluto, intangible.
El que seas invisible
no es el misterio más hondo.
Exaltada hallo tu fondo,
mas cesa mi exaltación,
y tu admirable visión
en mi pensamiento escondo.
 
Yo siempre vivo pensando
cómo serás si es que existes;
de qué esencia te revistes
cuando te vas entregando.
¿Debo a ti llegar callando
para encontrarte en lo oscuro,
o es el camino seguro
el de la fe luminosa?
¿Es la exaltación grandiosa,
o es el silencio maduro?
Fuente: Guadalupe Amor. Décimas a Dios. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica. 2018

El amor

Efraín Huerta

El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.
 
Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.
 
Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.
 
Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.
 
Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.
 
Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.
 
Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.
 
Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
finalmente destruida por un alba de odio.
Fuente: Efraín Huerta. Antología poética. Fondo de Cultura Económica. 2017

Azar

Zel Cabrera

El amor es ese perro viejo
que no intentará escaparse
apenas abras la puerta
de la casa. Pero no,
a ti no
se te da eso de cuidar
mascotas, tú prefieres
dejar que se sequen las plantas
que compras para adornar el departamento
o pagar el predial en días
extemporáneos.
 
El azar es como el amor o
quizá el amor es como esa moneda
que tiras para cambiar de ruta,
águila o sol,
no importa mucho
el resultado.
Fuente: Zel Cabrera. Perras. Fondo de Cultura Económica. Colección: Tierra Adentro. 2019

Ritmo 0

Marina Abramovic

Esther M. García

Hay setenta y dos objetos en la mesa
que pueden usarse sobre mí como se
quiera. Yo soy el objeto
 
Un objeto que flota en medio
de un cuarto blanco
con olor a limpio
Un objeto que es un
cuerpo que es una carne
un útero
esperando el destazamiento
 
Un cuerpo con forma de mujer
con senos de mujer
vientre de mujer
sal y desechos de muerte
muerte chorreando entre los
muslos deslizándose entre las
pantorrillas roja fuente de dolor
 
Hay setenta y dos objetos en la mesa
que pueden usarse sobre mí como se
quiera. Yo soy el objeto
 
Yo soy el animal herido
puesto en la mesa de
disección Espero
ansiosamente el corte
 
Amputación transversal del pubis
inserción higiénica de
instrumentos en la vagina
 
Doctor
dígame
veáme
Hay 72 objetos a su disposición
¿Con cuál me lastimará primero?
 
Rasgará mi piel con cuchillas
Me cortará el útero en pequeños pedacitos
Pintará mi sexo con fluidos y sangre
Limpiará la suciedad del cuerpo
echando agua fría a mi vulva
 
Decorado, coronado con espinas
y rosas rojas
dejará mi pubis inservible
 
Cuando todo esté terminado
encañonará un arma cargada
en mi entumida flor de carne negra
Fuentes: Esther M. García. Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas. Universidad Autónoma del Estado de México. Toluca, Estado de México. 2017

Guárdame en ti

Raúl Zurita

Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo que de algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende.
Fuente: www.poemasdelalma.com

El viajero

Antonio Machado

Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.
 
Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.
 
Deshójanse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo.
 
El rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de vida nueva en nuevos años?
 
¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó -la pobre loba- muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida,
teme, que ha de cantar ante su puerta?
 
¿Sonríe al sol de oro
de la tierra de un sueño no encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela hinchada?
 
Él ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas...
 
Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.
 
Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tic-tac del reloj. Todos callamos.
Fuente: Antonio Machado. Antología. España: Salvat Editores. 1982

Oración por Marilyn Monroe

Ernesto Cardenal

Señor recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso…
 
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
 
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
 
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
 
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú al teléfono!
Fuente: www.hablacultura.com

Donde la rosa estaba

Walter de la Mare

Sólo está el viento donde la rosa estaba,
Fría la lluvia donde estaba la hierba,
Y nueves como ovejas
Trepan por los arbustos
Y grises cielos donde la alondra estaba.
 
No está ya el oro donde tu pelo estaba
No está el calor donde estaba tu mano,
Sino vago, perdido
Debajo del espino,
Tu espectro estaba donde tu rostro estaba.
 
Triste el viento donde estaba tu voz,
Lágrimas donde mi corazón estaba,
Y ya siempre conmigo,
Hijo, siempre conmigo,
Sólo el silencio donde estaba la esperanza.
Fuente: www.literaturafrancesatraducciones.blogspost

Domingo

Ramón Galguera Noverola

Las calles son más largas  en el domingo mudo,
todas ellas iguales… de una tristeza igual.
Los árboles del parque, silentes y desnudos.
El reloj de la esquina se ha hechado a roncar.
 
El sol, que entra con miedo, rompiendo los cristales,
tiene el dolor que tienen los soles de hospital.
 
Mañana de recuerdos; amor en primavera,
Nostalgias en el alma  de un canto tropical;
La guanábana exhúbera «que se viste de seda»
Y la roja sandía, bandera nacional.
 
El caimán, que con lágrimas forja perlas de luna,
El mar que ruge  y clama como una tempestad,
las mórbidas caderas que la palmera ondula
y el río que solloza con voz de eternidad.
Domingo silencioso, de la ciudad ruidosa,
Domingo de ciudad
Con sus calles más largas,
Todas ellas iguales… de una tristeza igual.
Fuente: “Nocturnos horizontales” Ramón Galguera Noverola. Gobierno del Estado de Tabasco. Colección poesía reunida. 2003

¡Todo era amor!

Oliveiro Girondo

¡Todo era amor… amor!
No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor.
No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla,
amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado.
Amor ultramarino.
Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche…
lleno de prevenciones, de preventivos;
lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M,
con una M mayúscula,
chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas…
Amor espermatozoico, esperantista.
Amor desinfectado, amor untuoso…
Amor con sus accesorios, con sus repuestos;
con sus faltas de puntualidad, de ortografía;
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes,
de los bomberos.
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,
que arranca los botones de los botines,
que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto.
Amor incandescente y amor incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo.
Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor… ¡y nada más que amor!
 
Fuente: www.ciudadseva.com

Balada de los señores de antaño

Francois Villon

¿Dónde está Calixto Tercero,
que papa fue por cuatro años,
último muerto de ese nombre?
¿Y el muy gracioso Borbón Carlos,
Arturo, el duque de Bretaña,
Alfonso en Aragón reinando
y Carlos Séptimo triunfante?
Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?
 
¿Y el rey de Escocia, que tenía
una mejilla -se ha contado
color sangre desde la frente
hasta debajo de los labios?
¿Y el valeroso rey de España
cuyo nombre se me ha olvidado?
¿Y el muy famoso rey de Chipre?
Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?
 
Renuncio a hablar de glorias idas:
el mundo es sólo un sueño vano.
Nadie triunfa sobre la muerte,
no la detienen los palacios.
Una pregunta aun formulo:
aquel rey de Bohemia, Lazlo
¿dónde está, dónde está su abuelo?
Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?
¿Dónde el conde delfín de Auvernia?
¿Dónde el astuto y buen Bernaldo?
¿Dónde el difunto Juan Primero?
Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?
Fuente: www.ciudadseva.com

Vida de perros

Hernán Lavín Cerda

¡Qué perro tan neurótico! Solamente ladra cuando no quiere, y de pronto no ladra cuando quiere. Debe ser un alemán o un japonés: no creo que sea un perro gringo, pero quién sabe. ¿Alguno de ustedes, oh, mis fieles e infieles lectores, se atrevería a decir la última palabra?

Los gringos tienen humor y sonríen como Judas Iscariote, no, más bien como San Judas Tadeo, aunque a veces ladran y ladran y ladran sin tregua, exhibiendo o escondiendo sus lenguas muy filudas, en un delirio que va más allá del delirio de los japoneses y los alemanes.

¡Qué perros tan neuróticos! ¡Esquizoperros, no hay duda, oooh Virgen del Asombro y de la Gran Cabeza, esquizoperros! ¡Qué perros tan esquizofrénicos!

De cualquier modo, es preciso ladrar cuando hay que ladrar, ladrar y seguir ladrando, más allá de los ale-manes y los japoneses. Si no ladramos por encima y por debajo del mundo, corremos el peligro de perder no sólo la calma sino también la razón.

¿Quién ladra cuando habla? ¡Esquizoperros, lenguas y besos de Judas, esquizoperros! ¿Quién habla cuando ladra?

Fuente: Antiguas y nuevas visiones del Lobo Sapiens. Hernán Lavín Cerda. UNAM. Colección “Material de lectura”. 2016

Lucius Atherton

Edgar Lee Master

Cuando se me rizaba el bigote
y mi pelo era negro,
cuando me ponía pantalones ajustados
y un diamante en el cuello,
fui excelente raptor de corazones: burlé a muchas.
Pero cuando hicieron las canas su acto de presencia...
¡ay! una nueva generación de muchachas
se reía de mí, sin tenerme miedo,
y ya no tuve más aventuras emocionantes
en las que por poco me mataran por sinvergüenza
desalmado;
sólo amoríos secos, amoríos recalentados
de otros días, de otros hombres.
Y pasaron los años hasta que me fui a vivir
al restorán de Mayer donde comía entremeses,
gris, desgreñado, don Juan rural sin dientes, rechazado.
Hay una sombra poderosa que canta aquí
de una que se llama Beatriz.
Ahora puedo ver que el poder de su grandeza
me llevó a reptar por el más bajo de los fondos.
Fuente: Edgar Lee Master. Antología Spoon River. 1915

El té

Irene Gruss

Está sentada frente a mí
y hace ruidos con la taza, la golpea sin querer.
Está loca pero la que desea
matarla soy yo.
Si le comento cualquier asunto, ella pregunta
con tono de loca más que dubitativa: ¿ah, sí? 
Ahora está
diciéndome que hay vidrios rotos
en su barriga, la cortan, duele.
Miro la taza que golpeaba, intacta,
y el té que viene hacia mí, de a poco,
rogando algo que no entiendo. El líquido
toma una forma que me asusta,
y al mismo tiempo sé que lo que pide
es piedad, ayuda; es té tibio
sobre la mesa y
es mi hermana.
Fuente: Humo. Antología personal, Irene Gruss. Ediciones Ruinas Circulares, colección Iluminaciones. 2018. Buenos Aires, Argentina.

Haikus de Sueño de la libélula

Natsume Sōseki

yuku toshi ya
neko uzukumaru
hiza no ue
 
Ya el año pasa.
Se me acurruca el gato
en mis rodillas.
 
*
 
kuragari ni
zookin wo fumu
samusa kana
 
Con todo oscuro,
pisé un trapo mojado.
Me invadió el frío.
 
*
 
waga kage no
fukarete nagaki
kareno kana
 
Un largo páramo,
donde mi propia sombra
la estira el viento.
 
*
 
shoo-shoo no
ame to kiku ran
yoi no togi
 
Oigo esa lluvia triste:
mi compañera
en esta tarde.
 
*
 
aki tatsu ya
hitomaki no sho no
yominokoshi
 
Pasa el otoño.
Y el libro que leía
lo dejo a medias.
Fuente: Sueño de la libélula, Natsume Sōseki. Selección, traducción y comentarios de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala. Editorial Satori, colección Maestros del Haiku, España, 2013.

Poema

Oh Sae-young

Dicen que «la montaña es verde
y el río fluye»,
pero el lenguaje es agua
montada en el sonido
como flecha que vuela.
 
De letra a letra
y sílaba a sílaba
se combinan:
a veces forman un lago,
otras una cascada
o la frase de un río.
 
El sonido del agua
y el lenguaje congelado,
cuando se hiela,
se convierte en prosa;
cuando arroja vapor
y está hirviendo
el lenguaje se hace poema.
 
No como el hielo de la tierra,
sino como arco iris que ilumina
ese espacio absoluto,
la poesía debe ser
agua que arde.
Fuente: El cielo de Dios también tiene oscuridad, Oh Sae-young, versión del coreano de Joung Kwon Tae. Editorial Vuelta, México. 1997

Vivir con el lodo entre las patas

Nanao Sakaki

Si escuchaste
      cosas feas
           lávate las orejas
 
Si viste
      cosas sucias
           lávate los ojos
 
Si tuviste
      pensamientos ruines
           lávate el corazón
 
Pero
      siempre
           déjate el lodo entre las patas.
10 de octubre de 1983
Río Chūbetsu, Hokkaidō
Fuente: Cactus del viento, Nanao Sakaki. Selección de poemas del título original: Kokoperi no ashiato [ココペリの足あと], Shichōsha [思潮社], Tokio, 2010. Traducción de Yaxkin Melchy Ramos. Asociación de Escritores de México A. C., colección Colores Primarios, segunda edición, 2018, Ciudad de México, México.

Los poemas de amor de Marichiko, XLII

Kenneth Rexroth

Cuántas vidas hace
que nadé por primera vez en el torrente del amor,
para descubrir al fin
que la orilla es inalcanzable.
Y sin embargo sé
que voy a seguir nadando y nadando.
Fuente: Los poemas de amor de Marichiko, Kenneth Rexroth. Versiones de Pablo Boullosa, Verdehalago, México, 2005.

Propileo

Jaime Siles

A ti, idioma de agua derrotado,
a ti, río de tinta detenido,
a ti, signo del signo más borrado,
a ti, lápiz del texto más temido,
a ti, voz de lo siempre más negado,
a ti, lento silencio perseguido,
a ti, este paisaje convocado,
a ti, este edificio sugerido,
a ti, estas columnas levantadas,
a ti, los arquitrabes reflexivos,
a ti, las arquivoltas consagradas,
a ti, los arbotantes disyuntivos,
a ti, mar de las sílabas contadas,
esta suma de sones sucesivos.
Fuente: Poesía y poética. Jaime Siles, volumen 15. (2007). Fundación Juan March. Madrid, España

Si el poema no nace…

Rafael Cadenas

Si el poema no nace, pero es real tu vida,
eres su encarnación.
Habitas
en su sombra inconquistable.
Te acompaña
diamante incumplido.
Fuente: Obra entera. Poesía y prosa (1958-1998), Rafael Cadena. Fondo de Cultura Económica, colección Poesía. México, 2009.

Tiempo de fuga

Introducción

Carmen de Mora

Vamos, amor, a descansar un poco
de tu cisura que nos mueve a fuego;
ya con sufrirla en persistente riego
no hay paliativos y ánimo tampoco.
 
Por eso quiero proponerte un loco
tiempo de fuga. Trataremos luego
de ser valientes y mostrar apego
al precipicio que contigo toco.
 
Pero necesitamos el sedante:
vámonos a buscar montes y cielos,
crepúsculos tallados en diamante.
 
Cuando así nos hagamos de pañuelos
que restañen la carga dominante,
será cuestión de trajinar desvelos.
Fuente: Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos. Tomo I. Edición de Marco Antonio Acosta. UJAT, 2006. 

Relación de los hechos

José Carlos Becerra

Esta vez volvíamos de noche,
los horarios del mar habían guardado sus pájaros y sus anuncios de vidrio,
las estaciones cerradas por día libre o día de silencio,
los colores que aún pudimos llamar humanos oficiaban en el amanecer
como banderas borrosas.

Esta vez el barco navegaba en silencio,
las espumas parecían orillar a un corazón desgarrado por los hábitos de la noche.
Algo teníamos en el tumbo lejano de las olas,
en la vaga mención de la tierra que en la forma de un ave el cielo retuvo
un momento en la tarde contra su pecho,
algo teníamos en el empuje ahora sosegado, fresco y oscuro de las mareas.

Más allá del mensaje radiado por los cabellos de los ahogados,
de la bajamar que deja grises los labios como el dolor inexperto,
de las maderas podridas y la sal constituida por el crimen de las aglomeraciones solitarias,
del pecho marcado por el hierro del silencio; más allá,
el chillido del pájaro marino que demuele la tarde con un picotazo en el poniente,
la mujer que atraviesa la noche con una inscripción azul en los ojos,
el hombre que juega distraído con el amanecer como con un cuchillo filoso y deslumbrante.

Sólo el rumor de la brisa entre las cuerdas,
la respiración apaciguada de los dormidos como si no descansaran sobre el mar,
sino a la sombra del hogar terrestre.
Sólo el rumor de la brisa entre las cuerdas,
el ritmo latente del otoño que se acerca a la tierra para enumerarla.

Así nos tendíamos en el túnel secreto del amanecer,
alcobas que nos asumían fuera de horarios,
hoteles señalados para dormir bajo el ala del invierno,
en el recuerdo contradictorio que se establece en nuestro corazón como un depósito de estatuas.

Sólo hablábamos debajo de la sal,
en las últimas consideraciones de la estación lluviosa, en la espesa humedad de la madera.
Sólo hablábamos en la boca de la noche,
allí escuchábamos los nombres que las aguas deshacían olvidando.
Mi camisa estaba llena de huellas oscuras y diurnas,
y la Palabra, la misma, devorando mi boca,
comiendo como un animal hambriento en el corazón de aquel que la padece y la dice.

Yo miraba igual que los ríos,
verificaba las rotas murallas, los andrajos humanos que la eternidad retiraba de la muerte
igual que retiran el vendaje de la herida curada.
Yo descubría pasos en el amanecer
y me cegaba aquel silencio que como mano oscura
parecía cubrir la vida de todo lo dormido.

También el mar volvía, volvía el amanecer con su cabeza incendiada.
Y yo reconocía en el olor de la brisa la cercanía de las estaciones,
el lenguaje que despierta en la boca de los dormidos
como un enjambre de insectos húmedos y brillantes.

Y tú también volvías, volvías de alguna forma de mirar, de algún desenlace;
vana donde tu cuerpo carecía de espacio, en tu propio centro de navegación,
en ese espacio que tu tristeza concedía al rumor de las aguas.
Incorporabas tus ojos al desenlace nocturno,
meditabas tu sangre en todos los espejos penetrados por el animal de la niebla.

Y eras tú, de pie en tus ojos, como aquella que alimenta su desnudo con viento,
tú como la inminencia del amanecer que rodea con un corazón amarillo a los labios.
Tú escuchando tu nombre en mi voz como si un pájaro escapado de tus hombros
se sacudiera las plumas en mi garganta;
desenvuelta y solitaria, con entrecerrada melancolía, mirándome.

Y éramos los dos asiduos a las lluvias que desentierran en
esa pregunta que pesa tanto en los labios, el otoño al abismo,
que cae al fondo de nuestra voz sin remedio
o se agazapa en un rincón oscuro como un perro asustado
al que es inútil llamar dulcemente.

Y sin embargo, allí estábamos,
allí estábamos cuando las manos se enlazan y rozan al corazón soñoliento
como una suave advertencia,
en esa búsqueda, cuando el presentimiento de los cuerpos son los labios.

Cuerpo de viaje cuya mejor señal es una cicatriz de nube,
tú también habías escuchado en quién sabe qué momento del sosiego nocturno,
ese rumor de tela que va enlazando al océano cuando amanece,
esa primera tibieza destinada sólo para los cuerpos enlazados.

El primer rayo de sol ya ponía su adelfa en el agua,
y un roce de astros, de manos más pálidas que el esfuerzo de atardecer,
aún tocó el horizonte que el mar retiraba.

Esta vez volvíamos,
el amanecer te daba en la cara como la expresión más viva de ti misma,
tus cabellos llevaban la brisa,
el puerto era una flor cortada en nuestras manos.
Fuente: José Carlos Becerra. El otoño recorre las islas. ERA y UAM. 1997.

Un arte

Elizabeth Bishop

No es difícil dominar el arte de perder;
tantas cosas se empeñan en perderse
que su pérdida no es ningún desastre.
 
Pierde algo cada día. Acepta el sobresalto
de las llaves perdidas, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Practica entonces perder más, y más rápido:
caras, y nombres, y los sitios que pensabas
conocer. Nada de esto acarreará un desastre.
 
Perdí el reloj de mi madre, y ¡fíjate!, la última
o penúltima de tres casas que amé ya no está.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Perdí dos ciudades adorables. Y, todavía más,
algunas de mis posesiones, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
 
Incluso al perderte (la voz burlona, un gesto
que adoro) no habré mentido. Es evidente
que es muy difícil dominar el arte de perder
aunque parezca (¡anótalo!) un desastre.
Fuente: Obra completa. I Poesía. Traducción de Jeannette Clariond. Esenciales Poesía. Vaso Roto. 2016.

Los golpeadores

Denise Levertov

Un hombre sentado junto a la cama
de una mujer a quien golpeó,
cura sus heridas,
suavemente palpa los moretones.
La sangre forma un charco a su alrededor,
se oscurece.
 
Atónito, se da cuenta que ha comenzado
a quererla. Siente terror.
¿Por qué nunca había
visto, antes, lo que era?
¿Y si deja de respirar?
 
Tierra, ¿será que no podemos amarte
a menos que creamos que el fin se aproxima?
¿Qué no creamos en tu vida
a menos que pensemos que agonizas?
Fuente: Antología poética. Selección, traducción y prólogo de Cynthia Mansfield. Alción Editora, 2001.

Es un hospital de pájaros

Citlali Guerrero

1456
La batalla de san Romano
La voz de un petirrojo

En 1456 Juan de Luna y Pimentel, noble castellano, vivía en casa de La luna, azorado por el viento cálido de su cobardía.

Murió en declive, justo el día en que Paolo Uccello terminó los frescos de la Batalla de san Romano.

De esta imagen no conservo ningún recuerdo. Mientras hablo podría cruzar la voz de un petirrojo y dormir entre dragones de infinita luz.

En su lugar, entro al hospital de pájaros y un aleteo remueve el caos.

La vida imaginaria de las aves es un resplandor tocado por los ángeles.

Aparecen más cadáveres que pájaros en los campos de batallas.

El ave sestea, se topa con un ángel herido.

Es un caballo blanco plantado en una superficie gris, contiene pequeños huecos que simulan agujeros negros. En el fondo, nebulosos hombres

caen al pie de los árboles marchitos.

La velocidad del tiempo es energía condensada.

A pesar de que Paolo Uccello era un gran aficionado de las aves, en sus frescos abundan los caballos. Nada es extraño, también hay hospitales para hombres que saben emprender el vuelo.

Fuente: Días de sueños y pesadillas. Instituto Sinaloense de Cultura, 2019.

Cincuentenario

José Ángel Valente

En mi cincuenta aniversario,
solo o mientras se oía
el piano de Thelonius Monk mojado por la lluvia,
tuve dolor costal y fuertes calenturas,
coloqué como pude un pétalo en el ojo
izquierdo,
saqué brillo al derecho y fuerzas de miseria
y en posición marcial saludé a las modestas
señales del futuro.
Fuente: Obra poética 2. Material memoria (1977-1992). Alianza Literaria, 2001.

Lugar común

José Barroeta

Hemos puesto los puntos sobre las íes.
La calle cae y al fondo, donde queda la deriva,
abundan letreros, cartas abandonadas
viejos burgueses enfermos de amor.
Hay un amarillo, un golpe de ginebra en los lugares
desleídos por el fastidio y la intimidad de las tormentas.
Hay un mesón donde bebemos y escribimos versos inútiles
a un amigo que pone puntos sobre las íes en invierno
y llega a veces hasta aquí
alto y enfermo como los poemas que pensamos
por si viene Dios.
Fuente: Todos han muerto. Poesía completa (1971-2006). Presentación de Eugenio Montejo / Prólogo de Víctor Bravo. Candaya, 2006.

Hernán Bravo Varela

(No recordamos a nuestro padre, recordamos
la mirada con que nos miraba nuestro padre.)
Justo Navarro

De pronto, en sobremesa, me dijiste
que tenía los ojos
de tu padre cuando fruncía el ceño,
mirando por encima de los lentes.
 
Y seguimos hablando de otra cosa.
 
¿Qué semejanza pueden
tener dos hombres a quienes separa
el vago parentesco de la realidad
con lo visible?
 
¿Qué es eso que tu padre y yo miramos, ávidos
de conocer el parecido
que guardan los objetos
y rostros encuadrados con los que se desbocan
más allá de los lentes, perdiéndose de vista?
 
¿Es el presente, como en los caballos?
 
Y al contrario: lo que se nos escapa,
el punto indefinido, ¿es el futuro?
¿Es tiempo? ¿Es hora de pedir la cuenta?
 
Tengo los ojos de alguien que no me vio jamás,
que nunca vi.
                        ¿Alguna vez tu padre
se sentó como yo, frunciendo el ceño,
te miró por encima de los lentes
y fingió bostezar, cerró los ojos
para volver a abrirlos,
no supo distinguirte
y comprendió por fin? ¿No te sostuvo,
entonces, la mirada?
Fuente: Hasta aquí. Almadía, 2014.

Materia de sueño

Beatriz Pérez Pereda

Despierto de un sueño largo
y no puedo caminar
Mis piernas sin voluntad
Mis piernas que hasta ahora observo
y ya no parecen mías
 
Regreso al sueño
me digo que aún no es tiempo de levantarse
 
* * * *

Han sacado varias radiografías de mi cuerpo
fotografías en blanco y negro:
mi cuerpo más delgado
visto sin armadura
testimonio de mi         adentro
vestido para su dos de noviembre
 
Y la muerte sonríe en cada placa
 
* * * *

Hoy
después de tres décadas
me dicen que desconozco mi cuerpo
que tengo disparejos no solo los deseos
sino también los huesos
El miedo a mis máscaras
al dúo de voces que en mí se mienten y desdicen
tiene su origen en mi sangre
Mi cuerpo se divide en sueño y pesadilla:
soy el propio Stevenson de mi carne
y entiendo que el dolor puede tener la forma curva de una cadera
 
Ahora sé
Que siempre he andado por ahí
como un barco herido en el costado
el ancla de las culpas me hunde de a poco
y tengo acero en lugares inútiles
y de azúcar escarcha los ligamentos
la memoria a largo plazo
 
Ahora sé que desconozco mi cuerpo
No sé si aún tengamos tiempo para hablar
para reconciliarnos
Fuente: Pérez Pereda, B. (2013). Los sueños del agua. Toluca de Lerdo, México: Ayuntamiento de Toluca.

Postales

Francisco Hernández

Como a un estanque
 
como a un estanque
a ti se asoma el día
peina sus nubes
 
* * *
 
Sol de invierno
 
sol de invierno
campana de algodón mecida
por la niebla
 
* * *
 
Pino seco
 
pino seco
en medio de lo verde:
llamarada
 
* * *
 
Bajo la lluvia
 
bajo la lluvia
posa desnuda para mí
la tarde
 
* * *
 
Peces de plata
 
peces de plata
nadan en el pirú
cuando la luna
 
* * *
 
No hay un pájaro
 
no hay un pájaro
el árbol canta
Fuente: Hernández, F. (2016). En grado de tentativa. Poesía reunida Vol. I. México: FCE.

Retrato hablado de la fiera

Eduardo Lizalde

EPITAFIO
 
Sólo dos cosas quiero, amigos,
una: morir,
y dos: que nadie me recuerde
sino por todo aquello que olvidé.
 
EL TIGRE
 
Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.
 
Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.
 
No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.
 
Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.
 
Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.
Fuente: Lizalde, E. (2005). Nueva memoria del tigre, poesía (1949-2000). México: FCE.

El despertar

Alejandra Pizarnik

A León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
 
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
 
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
 
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
 
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada
 
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
 
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
 
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
 
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
 
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual
 
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
 
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
 
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
 
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
 
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
 
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
Fuente: Pizarnik, A . (2000). Poesía completa. Barcelona, España: Lumen.

Las puertas imposibles

Pablo A. Graniel

Que no florezca todo
 
Algo delinea también aquella rama
donde no ha de cantar el pájaro
 
Palabra de doble filo
desgaja sus símbolos maduros en mi lengua
corta de un tajo mis manos
descubre sus raíces luminosas
 
Para que no sean necesarias las sombras
Que no florezca todo
 
* * *
 
Un lugar vacío hay en las palabras
un silencio aparente
una tormenta invisible
 
No vive en la música el poema
sino en la voracidad del grito
 
* * *

Andas triste sobre mis huesos
En mis manos cantas
 
Vibra temeroso el vacío
a donde huyen tus pasos
 
Caminar oculta es tu secreto
madre humilde de lo mínimo
pequeña luz desterrada de los ojos de Dios
Fuente: Graniel, Pablo A. (2010). Las puertas imposibles. Tabasco, México: Gobierno del Estado de Tabasco.

El cementerio marino

Paul Valéry

¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal,
pero agota toda la extensión de lo posible!
Píndaro, Píticas III.

Calmo techo surcado de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas;
mediodía puntual arma sus fuegos
¡El mar, el mar siempre recomenzado!
¡Qué regalo después de un pensamiento
ver moroso la calma de los dioses!
 
¡Qué obra pura consume de relámpagos
vario diamante de invisible espuma,
y cuánta paz parece concebirse!
Cuando sobre el abismo un sol reposa,
trabajos puros de una eterna causa,
el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.
 
Tesoro estable, templo de Minerva,
quietud masiva y visible reserva;
agua parpadeante, Ojo que en ti guardas
tanto sueño bajo un velo de llamas,
¡silencio mío!… ¡Edificio en el alma,
mas lleno de mil tejas de oro. Techo!
 
Templo del Tiempo, que un suspiro cifra,
subo a ese punto puro y me acostumbro
de mi mirar marino todo envuelto;
tal a los dioses mi suprema ofrenda,
el destellar sereno va sembrando
soberano desdén sobre la altura.
 
Como en deleite el fruto se deslíe,
como en delicia truécase su ausencia
en una boca en que su forma muere,
mi futura humareda aquí yo sorbo,
y al alma consumida el cielo canta
la mudanza en rumor de las orillas.
 
¡Bello cielo real, mírame que cambio!
Después de tanto orgullo, y de tanto
extraño ocio, mas pleno de poderes,
a ese brillante espacio me abandono,
sobre casas de muertos va mi sombra
que a su frágil moverse me acostumbra.
A teas del solsticio expuesta el alma,
sosteniéndote estoy, ¡oh admirable
justicia de la luz de crudas armas!
Pura te tomo a tu lugar primero:
¡mírate!… Devolver la luz supone
taciturna mitad sumida en sombra.
 
Para mí solo, a mí solo, en mí mismo,
un corazón, en fuentes del poema,
entre el vacío y el suceso puro,
de mi íntima grandeza el eco aguardo,
cisterna amarga, oscura y resonante,
¡hueco en el alma, son siempre futuro!
 
Sabes, falso cautivo de follajes,
golfo devorador de enjutas rejas,
en mis cerrados ojos, deslumbrantes
secretos, ¿qué cuerpo hálame a su término
y qué frente lo gana a esta tierra ósea?
Una chispa allí pienso en mis ausentes.
 
Sacro, pleno de un fuego sin materia;
ofrecido a la luz terrestre trozo,
me place este lugar alto de teas,
hecho de oro, piedra, árboles oscuros,
mármol temblando sobre tantas sombras;
¡allí la mar leal duerme en mis tumbas!
 
¡Al idólatra aparta, perra espléndida!
Cuando con sonrisa de pastor, solo,
apaciento carneros misteriosos,
rebaño blanco de mis quietas tumbas,
¡las discretas palomas de allí aléjalas,
los vanos sueños y ángeles curiosos!
 
Llegado aquí pereza es el futuro,
rasca la sequedad nítido insecto;
todo ardido, deshecho, recibido
en quién sabe qué esencia rigurosa…
La vida es vasta estando ebrio de ausencia,
y dulce el amargor, claro el espíritu.
 
Los muertos se hallan bien en esta tierra
cuyo misterio seca y los abriga.
Encima el Mediodía reposando
se piensa y a sí mismo se concilia…
Testa cabal, diadema irreprochable,
yo soy en tu interior secreto cambio.
 
¡A tus temores, sólo yo domino!
Mis arrepentimientos y mis dudas,
son el efecto de tu gran diamante…
Pero en su noche grávida de mármoles,
en la raíz del árbol, vago pueblo
ha asumido tu causa lentamente.
 
En una densa ausencia se han disuelto,
roja arcilla absorbió la blanca especie,
¡la gracia de vivir pasó a las flores!
¿Dónde del muerto frases familiares,
el arte personal, el alma propia?
En la fuente del llanto larvas hilan.
 
Agudo gritos de exaltadas jóvenes,
ojos, dientes, humedecidos párpados,
el hechicero seno que se arriesga,
la sangre viva en labios que se rinden,
los dedos que defienden dones últimos,
¡va todo bajo tierra y entra al juego!
 
Y tú, gran alma, ¿un sueño acaso esperas
libre ya de colores del engaño
que al ojo camal fingen onda y oro?
¿Cuando seas vapor tendrás el canto?
¡Ve! ¡Todo huye! Mi presencia es porosa,
¡la sagrada impaciencia también muere!
 
¡Magra inmortalidad negra y dorada,
consoladora de horroroso lauro
que maternal seno haces de la muerte,
el bello engaño y la piadosa argucia!
¡Quién no conoce, quién no los rechaza,
al hueco cráneo y a la risa eterna!
 
deshabitadas testas, hondos padres,
que bajo el peso de tantas paladas,
sois la tierra y mezcláis nuestras pisadas,
el roedor gusano irrebatible
para vosotros no es que bajo tablas
dormís, ¡de vida vive y no me deja!
 
¿Amor quizás u odio de mí mismo?
¡Tan cerca tengo su secreto diente
que cualquier nombre puede convenirle!
¡Qué importa! ¡Mira, quiere, piensa, toca!
¡Agrádale mi carne, aun en mi lecho,
de este viviente vivo de ser suyo!
 
¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!
¡Me has traspasado con tu flecha alada
que vibra, vuela y no obstante no vuela!
¡Su son me engendra y mátame la flecha!
¡Ah! el sol… ¡Y qué sombra de tortuga
para el alma, veloz y quieto Aquiles!
 
¡No! ¡No!… ¡De pie! ¡En la era sucesiva!
¡Cuerpo mío, esta forma absorta quiebra!
¡Pecho mío, el naciente viento bebe!
Una frescura que la mar exhala,
ríndeme el alma… ¡Oh vigor salado!
¡Ganemos la onda en rebotar viviente!
 
¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,
piel de pantera, clámide horadada
por los mil y mil ídolos solares,
hidra absoluta, ebria de carne azul,
que te muerdes la cola destellante
en un tumulto símil al silencio.
 
¡Se alza el viento!… ¡Tratemos de vivir!
Cierra y abre mi libro el aire inmenso,
brota audaz la ola en polvo de las rocas!
¡Volad páginas todas deslumbradas!
¡Olas, romped con vuestra agua gozosa
calmo techo que foques merodean!
Fuente: Valéry, P. (1999). El cementerio Marino. Traducción de Javier Sologuren. Argentina: El Alhep.

Bajo una pequeña estrella

Wislawa Szymborska

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.
Fuente: Szymborska, W. (2002). Poesía no completa. México: FCE.

Son los dedos del zapatero

Teodosio García Ruiz

Son los dedos del zapatero que hilan el remiendo del universo
sí
con la espina de un robalo en vanguardia
las tempestades y los nortes del Golfo de México se detienen
 
Veamos
se arremolinan
se encaracolan
se furian
se enfrían
se arrullan en relámpagos de entristecidos dioses en erosión
 
En el mercado del pueblito que es mi pueblo
el zapatero de nudosos dedos con una tela de mezclilla en las piernas
hila el pellejo de un mamífero
bebe como yo agua luminosa de naranja
y vuelve como él a colocar tachuelas en los labios
 
Por los lentes claros
estereotipo de anciano que no es
mira el cielo y el norte que vendrá
no llueve hoy
dice en voz alta como para sí
nada más ventolera y arena y quizás algún rayo sobre embarcación pirata
 
Escucho un dulce viento en los dedos del calzado
con tibia armonía de los dedos corro a la playa
y corro y corro y corro
con la ternura de quién sabe qué en mis pies
que por hoy no serán lastimados como a diario
por la osamenta
si así se dice
de los cangrejos vivarachos que hace tiempo
entregaron su alma al creador
con sal y limón
Fuente: Teodosio García Ruiz. Bocetos del Golfo. Gobierno del Estado de Tabasco (2019).

Es verdad

Federico García Lorca

¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
 
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.
 
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
 
¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero! 
Fuente: Federico García Lorca. Canciones (1921-1924).

En lo alto

Eliseo Diego

Un pájaro en lo alto,
  en lo más fino
del árbol alto,
  un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano
 
como un soplo de luz,
  está cantando
su propia levedad,
  la maravilla
de su increíble ser
 
  -su pura vida
minúscula, perfecta, iluminada.
Fuente: Eliseo Diego. Obra poética (México, 2003).

De puro calor tengo frío

César Vallejo

¡Al borde del fondo voy,
cuñado Vicio!
La oruga tañe su voz,
y la voz tañe su oruga,
¡padre cuerpo mío!

¡Está de frente mi amor,
nieta Paloma!
De rodillas, mi terror
y de cabeza, mi angustia,
¡madre alma mía!

Hasta que un día sin dos,
esposa Tumba,
mi último hierro dé el son
de una víbora que duerme,
¡padre cuerpo mío!...
Fuente:César Vallejo. Poemas humanos (1939).

Bestiarium

Dulce María Loinaz

Araña común
(Tegernaria doméstica)

La araña gris de tiempo y de distancia
tiende su red al mar quieto del aire
pescadora de moscas y tristezas
cotidianas...

Sabe que el amor tiene
un sólo precio que se paga
pronto o tarde: La Muerte.
Y Amor y Muerte con sus hilos ata...
 
 
Ciempiés
(Scolopendra morsitans)
 
¿Qué hará el Ciempiés
con tantos pies
y tan poco camino?
 
 
 
Cocuyo
(Lempyris limbipennes)
 
Cocuyo de las noches tropicales,
doble esmeralda viva,
lámpara sin aceite y sin fanal
que nadie enciende ni la apaga el viento
y que da paso siempre...
¡Paso en la noche!
 
 
 
Abeja
(Apis mellifica)
 
 
Visión dinámica:
Embriaguez de rosa,
miel en tránsito y oro en grano vivo;
hélices para el vuelo de algún sueño...
 
Visión estática:
Panal labrado,
catedral gótica de cera.
 
 
Mosquito
(Aedes aegypti)
 
 
Diminuto aeroplano en que viaja
la Fiebre Amarilla.
Fuente: Dulce María Loinaz,  Bestiarium (La Habana, 1991).

DIÁLOGO ENTRE CABEZA Y PIE

Cosme Aldana

Conversación que en la cama,
entre un pie despedazado
de un mosquetazo pasado,
y la cabeza, su ama,
pasó de golfo lanzado.
Para decir la verdad,
era el pie una mala pieza
y no buena la cabeza.
Lo que se sigue notad,
que el antífona ya empieza.
 
CABEZA.
¡Oh pie, que allá bajo estás!
 
PIE.
¿Quién es que llama a los pies?
 
CABEZA.
Mi pie, tu cabeza es,
que me tienes cual jamas,
por malo que estás, estés.
 
PIE.
¿Cómo ansí?
Igual me tienes tú a mí,
 pues me llevaste a lugar
que me hubiesen de arrancar
los huesos con que nací.
 
CABEZA.
¡Por Dios que es donoso el chiste!
¿Yo dices que te llevé?
Pie, tú fuiste por tu pie.
 
PIE.
Sí, cabeza, mas tú diste
de cabeza, y yo pagué.
Mas agora, ¿de qué te quejas, señora?
 
CABEZA.
¡Eso es bueno de sentir!
Que no me dejas dormir
del mes tan sola una hora.
No me consientes, ni quieres,
descanso, que a lo mejor
revuelves como traidor
y allá en los sesos me hieres
con cuchillo de dolor.
¡Oh, si fuera
que en mi poder estuviera
darte más crüel castigo
del que tienes, enemigo,
sin duda que te lo diera!
 
PIE.
¡Oh, galanamente y bien
está mi mal remediado!
Herido y despedazado,
¿y habré de quedar también,
tras cornudo, apaleado?
¡Ved cuál es nuestro bien!,
tan al revés que,
desde que Adán pecó,
jamás cabeza nació
que bien tratase a los pies.
Nosotros obedeciendo
lo que ellas mandan en todo,
por el agua y por el lodo
pasando, andando y viniendo
sin descansar de algún modo,
porque asiste
la carga que se resiste,
no tan sola natural,
mas también artificial
que a los cuerpos arma y viste.
Si en algún peligro está
la cabeza, si le vernos,
de presto la socorremos,
mudándola acá y allá
hasta que nos despeemos,
sin temer
lo que suele suceder
entre caídas y abrojos,
que casi temen los ojos
la ofensa en sólo los ver.
Pues, si manda la cabeza,
sin que el pie diga de no,
por sólo que obedeció,
cuando ella cae o tropieza
dicen que el pie tropezó,
como cuando
el mar sus olas alzando
le imputan el movimiento,
y no miran que es el viento
que le impele y va mudando.
 
CABEZA.
¡Ay Jesús, qué desvarío!
¡Ay dolor, que no me dejas
ni de mí jamás te alejas!
 
PIE.
Pues ¡cómo! ¿El dolor es mío,
y tú, cabeza, te quejas?
Pocas vi,
cabezas, no ser ansí,
que, por mostrar que lo son,
do tienen menos razón
más muestran hacer de sí.
 
CABEZA.
Tiénesme cansada y, muerta
con esa tu boca loca
 
PIE.
¿Y cómo si tengo boca
casi mayor que de puerta,
lo demás a ti te toca?
 
CABEZA.
¡Malcrïado!
¿Desa manera has hablado?
 
PIE.
¡Por Dios, que es gentil crïar
haber sin huesos de estar
tras haberlos bien criado!
 
CABEZA.
De huesos yo creo que no
quedarás, pie, tan sencillo.
 
PIE.
Muy mejor sabrás sentillo
cuando, mudándome yo,
darás tú de colodrillo.
 
CABEZA.
¡Ay, qué excesos
de dolores tan espesos!
¡No los puedo sufrir más!
 
PIE.
Esto a lo menos podrás
saber: si me faltan huesos.
 
CABEZA.
Ya tanto hueso me tiene
también a mí desosada,
boquiagria y enfadada.
 
PIE.
De ser cabeza, te viene
enfadarte de nonada.
Importuno fue siempre
el harto al ayuno,
que, a ser yo de tu jaez,
nunca valiera mi diez
nueve menos que a ti uno [...]
Fuente: De Primera y segunda parte  de las obras que se han podido hallar del capitán... Por Cosme Aldana, 1589.

Episodio en una biblioteca

Zbigniew Herbert

Una muchacha rubia está inclinada sobre un poema. Con un lápiz filoso como una
lanza, ella transfiere las palabras a una hoja en blanco y las convierte en trazos,
acentos, hemistiquios. El lamento de un poeta caído se ve ahora como una
salamandra que es devorada por las hormigas.
 
Cuando lo cargamos bajo el fuego de las ametralladoras, yo creí que su cuerpo, aún
tibio, resucitaría en sus palabras. Y ahora, mientras observo la muerte de las
palabras, sé que no hay límite para la decadencia. Todo lo que quedará de nosotros
en esta tierra negra será sílabas dispersas. Acentos sobre la nada y el polvo.
Fuente: Poesía completa. Zbigniew Herbert. Lumen. 2016.

Soneto 126

Lope de Vega

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
 
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
 
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
 
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
Fuente: Rimas humanas y rimas sacras. Lope de Vega. Fondo de Cultura Económica. Colección Fondo 2000. 1999.

Ítaca

C. P. Cavafis (Traducción de Ramón Irigoyen)

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, colmado de experiencias.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al irascible Posidón no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al fiero Posidón no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que -¡y con qué alegre placer!-
entres en puertos que ves por vez primera.
Detente en los mercados fenicios
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.
Fuente: Poemas. C. P. Cavafis. Traducción y prólogo de Ramón Irigoyen. Seix Barral. 1992.

Indicaciones del barquero

Álvaro Solís

Debes remar sin prisa,
la otra orilla te esperará de todas formas.
 
Que no se cansen tus hombros,
que nunca el remo encuentre impulso del abismo.
 
Que tu cuerpo rompa los obstáculos que interpone el aire,
que tu mirada logre, con la persistencia del suicida,
penetrar la oscuridad del río que conduce hasta la muerte.
 
Qué oscura es el agua del abismo.
Qué clara te parecerá entonces la hora última.
Fuente: Cantalao. Álvaro Solís. Universidad de Guanajuato. Dirección General de Extensión. Coordinación Editorial. Biblioteca Universitaria. Serie Ex Libris número 8. Publicado en 2007.

Maldije a la lluvia…

Anónimo chino

Maldije a la lluvia
que azotaba el techo
y no me dejaba dormir.
 
y al viento maldije
que vino a robarme
galas del jardín.
 
Pero tú llegaste
y alabé a la lluvia
cuando te quitaste
la empapada túnica
 
y al viento di gracias
porque con su soplo
apagó la lámpara.
Fuente: Poema anónimo chino del siglo XVI. Versión que Liliana Bodoc compartíó con el público en varias de sus conferencias sobre la palabra, los libros y la escritura.

Giacomo casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el conde de Waldstein

Antonio Colinas

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrid
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.
Fuente: Material de lectura. Poesía Moderna 119. Antonio Colinas. Universidad Nacional Autónoma de México. Coordinación de Difusión Cultural-Dirección de Literatura. México. 2012.

Tu oficio, poeta

Gata Cattana

Tu oficio, poeta,
no es almacenar palabras eruditas,
rimbombantes, ornamentales.
No es disponerlas en su orden yámbico,
en perfecto soneto gongorino,
ni siquiera clasificarlas
burdamente en función
de la terminación
y la rima.
 
Porque tú nunca
fuiste matemático, poeta.
Tú nunca fuiste geógrafo ni físico
y no entiendes de distancias
ni unidades de medida
y no entiendes de lógica pura
ni de leyes invictas.
 
Porque tú nunca
fuiste científico, poeta,
y por eso mismo
no entiendes de estadística
ni de cuántica avanzada
ni de biopolítica
y no es tu oficio
establecer las fórmulas del cosmos.
No es tu oficio el análisis forense
por más que te empeñes
así como no lo es tampoco
el psicoanálisis ni la neurociencia.
 
Tu oficio, poeta,
es esculpir utopías
donde no puede haberlas.
Acabar con la ley de la gravedad
y juntar el cielo con la tierra,
el bien con el mal,
de la forma más humana
y menos despreciable
que te permita tu especie.
 
Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Hacer que quepa la duda,
decir: «Algunos eran buenos.
Algunos no eran prescindibles».
 
Que mañana,
cuando hayan pasado los siglos
se diga:
«No todos fueron Judas.
Los hubo Robin Hoodes
y Don Quijotes,
los hubo Baudelaires
y Esproncedas,
las hubo Antígonas,
las hubo Safos,
los hubo Valle Inclanes
y Cañameros».
 
Que de toda nuestra obra
una parte se salve.
Que merezca la pena
el raciocinio.
Que el conocimiento
no sea una amenaza.
 
Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Escoger las palabras
que pondrías en tu lápida.
Decir, por ejemplo:
«No todos eran prescindibles».
 
Merecerte la vida
hasta tal punto,
que tu muerte parezca
una injusticia.
Y dejarte ir,
como si nada,
como todos,
(poetas o no)
hacia la larga
y aburrida
eternidad.
Fuente: La escala de Mohs. Gata Cattana (Ana Isabel García Llorente, 1991-2017). Autoeditado en 2016, reeditado en 2017 por la editorial Arcesis y en 2019 por editorial Aguilar.

Oda a la tipografía

Pablo Neruda

Letras largas, severas, 
verticales,
hechas
de línea
pura,
erguidas
como el mástil
del navío
en medio
de la página
llena
de confusión y turbulencia,
Bodonis
algebraicos,
letras
cabales,
finas
como lebreles,
sometidas
al rectángulo blanco 
de la geometría,
vocales
elzeviras
acuñadas
en el menudo acero
del taller junto al agua,
en Flandes, en el norte
acanalado,
cifras
del ancla,
caracteres de Aldus,
firmes como
la estatura 
marina
de Venecia
en cuyas aguas madres,
como vela
inclinada,
navega la cursiva
curvando el alfabeto:
el aire
de los descubridores
oceánicos
agachó
para siempre el perfil de la escritura.

Desde
las manos medioevales
avanzó hasta tus ojos
esta
N
este 8
doble
esta
J
esta
R
de rey y de rocío.
Allí
se trabajaron
como si fueran
dientes, uñas,
metálicos martillos
del idioma.
Golpearon cada letra,
la erigieron,
pequeña estatua negra
en la blancura,
pétalo
o pie estrellado
del pensamiento que tomaba forma
del caudaloso río
y que al mar de los pueblos navegaba
con todo
el alfabeto
iluminando
la desembocadura.
El corazón, los ojos
de los hombres
se llenaron de letras,
de mensajes,
de palabras,
y el viento pasajero
o permanente
levantó libros
locos
o sagrados.

Fuente: Nuevas odas elementales. Pablo Neruda. Editorial Losada. 1956.


Desea afratelarse y no le admiten

Lope de Vega

Muérome por llamar Juanilla a Juana,
ay son de tierno amor afectos vivos,
y la cruel, con ojos fugitivos,
hace papel de yegua galiciana.

Pues Juana, agora que eres flor temprana
admite los requiebros primitivos;
porque no vienen bien diminutivos
después que una persona se avellana.

Para advertir tu condición extraña,
más de alguna Juanaza de la villa
del engaño en que estás te desengaña.

Créeme, Juana y llámate Juanilla;
mira que la mejor parte de España,
pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Fuente: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, Edición de Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo. Clásicos Castalia, 2004.


Del poema frustrado

José Gorostiza

IV

¡Agua, no huyas de la sed, detente!

Detente, oh claro insomnio, en la llanura
de este sueño sin párpados que apura
el idioma febril de la corriente.

No el tierno simulacro que te miente,
entre rumores, viva; no madura,
ama la sed esa tensión de hondura
con que saltó tu flecha de la fuente.

Detén, agua, tu prisa, porque en tanto
te ciegue el ojo y te estrangule el canto,
dictar debieras a la muerte zonas;
que por tu propia muerte concebida,
sólo me das la piel endurecida
¡oh movimiento, sierpe! que abandonas.

Fuente: Poesía. José Gorostiza, Letras mexicanas. FCE, 1964.

Sobre la inconstancia

Francisco de Rioja

Claro y tranquilo el mar me conducía
a que surcara su profundo seno,
y apena entré, cuando el calor sereno
huyó de Bóreas con la saña fría.

Crespos montes de humor al cielo vía
subir, y el mar, de oscura sombra lleno,
cambiar varios semblantes, y el terreno
asiento entre las olas parecía.

Entonces, ¡ay, oh mezquino! un mortal hielo
me cubría, y el hueco leño roto
luchaba con las aguas fatigado.

En tanto afán, con voz ya incierta al cielo
moví a piedad; libróme, e hice voto
de fiar nunca en ponto sosegado.

Fuente: Primavera y flor de la literatura hispánica. Dámaso Alonso, Eullia Galvarriato de Alonso y Luis Rosales. Selecciones del Reader's Digets, tomo segundo, Madrid 1966.

Ser un inútil anhelar

Juan de Tasis, Conde de Villamediana

Debe tan poco al tiempo el que ha nacido
en la estéril región de nuestros años,
que premiada la culpa y los engaños,
el mérito se encoge escarnecido.

Ser un inútil anhelar perdido
y natural remedio a los extraños,
avisar las ofensas con los daños,
y haber de agradecer el ofendido.

Máquinas de ambición, aplausos de ira
donde sólo es verdad el justo miedo
del que percibe el daño y se retira.

Violenta adulación, mañoso enredo,
en fe violada han puesto a la mentira
fuerza de ley, y sombra de denuedo.

Fuente: Primavera y flor de la literatura hispánica. Dámaso Alonso, Eullia Galvarriato de Alonso y Luis Rosales. Selecciones del Reader's Digets, tomo segundo, Madrid 1966.

Peligros de hablar y de callar, y lenguajes en el silencio

Francisco de Quevedo

¿Cómo es tan largo en mí, dolor tan fuerte,
Lisis? Si hablo y digo el mal que siento,
¿qué disculpa tendrá mi atrevimiento?
Si callo, ¿quién podrá excusar mi muerte?

Pues, ¿cómo sin hablarte podrá verte
mi vista y mi semblante macilento?
Voz tiene en el silencio el sentimiento:
mucho dicen las lágrimas que vierte.

Bien entiende la llama quien la enciende;
y quien los causa, entiende los enojos;
y quien manda silencios, los entiende.

Suspiros, del dolor mudos despojos,
también la boca a razonar aprende,
como con llanto y sin hablar los ojos. 

Fuente: Primavera y flor de la literatura hispánica. Dámaso Alonso, Eullia Galvarriato de Alonso y Luis Rosales. Selecciones del Reader's Digets, tomo segundo, Madrid 1966.

Las almas son eternas, son iguales

Francisco de Medrano

Las almas son eternas, son iguales,
son libres, son espíritus, María:
si en ellas hay amor, con la porfía
de los estorbos crece, y de los males.

Nacimos en fortuna desiguales,
no en gustos; la violencia nos desvía;
el tiempo corre lento, y deja el día
de sí hasta en los mármoles señales.

Mas tú ni a tiempo alguno ni a violencia,
ni a aquello desigual de la fortuna,
ni temas a la más prolija ausencia;

Que si a nuestras dos almas son a una,
¿en quién, si ya no en Dios, habrá potencia
que las gaste o las fuerce o las desuna?

Fuente: Primavera y flor de la literatura hispánica. Dámaso Alonso, Eullia Galvarriato de Alonso y Luis Rosales. Selecciones del Reader's Digets, tomo segundo, Madrid 1966.

De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado

Luis de Góngora y Argote

Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando en el desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.

Repetido latir, si no vecino,
distincto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.

Salió el sol, y entre armiños escondida,
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.

Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña,
que morir de la suerte que yo muero.

Fuente: Obras completas. Luis de Góngora y Argote. Aguilar Madrid, 1951.

Soneto X

Garcilaso de la Vega

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas que en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llévame junto el mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.

Fuente: Poesías completas. Garcilaso de la Vega. Aguilar Editor. Edición mexicana. 1976.

Quéjase de la suerte

Sor Juana Inés de la Cruz

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.


La calle

Octavio Paz

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie. 


El otoño recorre las islas

José Carlos Becerra

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.

A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.

A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces
y caminar por la casa evitando el estallido de ciertos rincones.

En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.

Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.


La gota

José Emilio Pacheco

La gota es un modelo de concisión:
todo el universo
encerrado en un punto de agua.

La gota representa el diluvio y la sed.
Es el vasto Amazonas y el gran Océano.

La gota estuvo allí en el principio del mundo.
Es el espejo, el abismo,
la casa de la vida y la fluidez de la muerte.

Para abreviar, la gota está poblada de seres
que se combaten, se exterminan, se acoplan.
No pueden salir de ella,
gritan en vano.

Preguntan como todos:
¿de qué se trata,
hasta cuándo,
qué mal hicimos
para estar prisioneros de nuestra gota?

Y nadie escucha.
Sombra y silencio en torno de la gota,
brizna de luz entre la noche cósmica
en donde no hay respuesta.


Sonetos bajo el signo de la cruz

Carlos Pellicer

Alcé los brazos y la cruz humana
que fue mi cuerpo así, cielos y tierra
en su sangre alojó. Su paz, su guerra,
su nube palomar, su piedra arcana.

¡Cómo sentí en mis brazos la campana
del aire azul! Y el pie que desentierra
su pisada en la tierra que lo encierra.
Del corazón salía la mañana.

Y cuerpo en cruz, el corazón abierto
–pájaros de diamante en aire vivo–
brotó y el aire fue el más claro huerto.

De aquella libertad quedé cautivo.
Bebiéndome la sed planté el desierto
y del sol en el cielo fui nativo.

* * *

Una vez, una noche en Palestina,
el cielo cintiló y alcé el oído
y abrí los brazos y oculté al olvido
la nube de su pálida cortina.

¡Jesús, Tú que eres Dios!, dije y divina
la sangre derramó su vaso herido
sobre la mesa festival crecido
como rosa alcanzada por su espina.

Aquella noche llena de luceros
oí mi voz por vez primera –aleros
de la primera voz–. Y el alma cupo

en el paisaje inmenso. Poesía,
mira, calla, ven, ve, vuelve a tu grupo
y escucha la perfecta melodía.

* * *

Cuando tenga en mi voz el agua clara
de ser con los demás como conmigo,
del agua montañosa seré amigo
junto al hermoso mar que se acitara.

Cítara el huracán tendrá por cara
y azul la mano de rozar el trigo.
Toda criatura me dirá: “contigo”,
cuando en el agua escuche mi voz clara.

¡Si yo pudiera levantar los brazos
y abrirlos como en fruto bien maduro
hace el árbol al sol! A tus hachazos, oh vida, mucha rama está cayendo.
Tal vez queden las dos que el tronco oscuro
entre sombras y estrellas va pidiendo


Apelación al solitario

Rosario Castellanos

Es necesario, a veces, encontrar compañía.

Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.

¿Cómo podrás estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?


Poema de los dones

Jorge Luis Borges

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.