Poetica patria

Mi bandera

Juan de Dios Peza

Bandera que adoraron mis mayores
y que aprendí a adorar cuando era niño,
tú formas el amor de mis amores;
no hay un cariño igual a tu cariño.
Me llenan de entusiasmo tus colores
Aún más inmaculados que el armiño,
y al verte tremolar libre y entera,
te adoro como a un dios, ¡oh mi bandera!
 
Símbolo de la tierra en que he nacido
emblema del honor y de la gloria,
quien muere por haberte defendido
vida inmortal alcanza en nuestra Historia.
Las legiones que libre te han seguido
viven de nuestro pueblo en la memoria,
un templo encontrará en cada pecho,
¡Oh, emblema de honor y de derecho!
 
¡Con qué orgullo filial siempre te mira
quien a tu sombra suspendió su cuna!
¡Con qué dolor el corazón suspira
cuando de ti lo aleja la fortuna!
Tu ausencia amarga, tu presencia inspira:
no hay comparable a ti joya ninguna;
y si te ofende el poderoso, el fuerte,
por defender tu honor, nada es la muerte.
 
Yo juro por mis horas más serenas,
por los amantes padres que yo adoro,
dar gustoso la sangre de mis venas
por defender tu nombre y tu decoro;
Juro luchar con tigres o con hienas
que mancillar pretendan tu tesoro,
y morir a tu sombra, ¡oh, santa égida!,
y amante bendecirte al dar la vida.
 
Flota libre y feliz, ¡bandera santa!
Tú nos das los mayores regocijos,
y siempre que una mano te levanta
los anhelos del pueblo en ti están fijos;
Y antes que hollarte la extranjera planta,
morirán junto a ti todos tus hijos:
¡Que mientras haya patria y haya gloria,
sin mancha flotarás sobre la Historia!

La campana de Dolores

José López Portillo y Rojas

I
El campanario invisible
De la fantástica iglesia
Que en el seno de la sombra
oculta su mole negra,
Lanzo a vuelo su campana
Madrugadora y parlera,
Haciendo vibrar los ecos
Atónitos de la aldea.
 Aun cintilaban arriba
Como joyas las estrellas,
Y también la ''vía láctea"
Que es incienso de la esfera.
Aun no surgía en el éter
E] alba de luces trémulas,
 
Y el gallo apenas había
Gritado su ronco alerta…
Pero vibró de improviso
En la atmósfera serena,
El clamor de la campana
Y el pueblo al punto despierta.
 
Los vecinos de Dolores
Que al dulce sueño se entregan,
Al oír aquel clamor,
Peligros temen y crean.
Mas también el bronce amigo
Les habla tan dulce lengua
Que su corazón con él
Late a compás y voltea.
Era el que al nacer, al niño
Daba alegre enhorabuena,
Y el que al morir, por el hombre
Alzaba plegaria austera;
El que la tromba ahuyentaba
Al rebramar la tormenta,
el que el "Ángelus" unía
De la tarde a la tristeza:
El que a la vida del pueblo
Daba dirección y regla.
Marcando todos sus pasos
Desde la cuna a la huesa…
 
Cuando voz amiga llama,
El alma tras ella vuela:
Por eso al tañido santo
Responde toda la aldea.
Así al rebaño disperso
La esquila agreste congrega,
Así argentino repique
Vuelve al panal las abejas,
Y allá van los campesinos
Presurosos a la iglesia,
Diciendo al correr, al bronce
“¡Vamos, ya vamos, espera!"
 
II
 A la nave casi obscura
Del curato de la aldea.
Silenciosa muchedumbre
 Sin cesar acude y llega;
Y ocupa el vasto recinto,
A los rincones penetra,
Y sube hasta el presbiterio
Como ascendente marea:
No hay otra luz en la sombra
Mas que la de santas velas
Que sobre el altar mayor
Ardiendo chisporrotean.
Lo temprano de la hora,
La santidad de la iglesia,
Lo desusado del caso
Y la obscuridad intensa,
Dan un tinte misterioso
A tan insólita escena,
Diluyendo en el ambiente
Expectaciones secretas.
 
 Al fin aparece el cura,
Después de no larga espera,
Ostentando las insignias
que siempre que oficia, lleva.
Es un viejo no muy viejo,
De faz varonil y abierta,
V cráneo desnudo, en parte
Cubierto de albas guedejas:
De frente espaciosa y blanca,
Cuna de altivas ideas,
A la cual sublime ensueño
Forma brillante diadema:
De ojos, dulces y tranquilos
Cual agua limpia y serena.
Que lejanos horizontes
Desde el ideal otean.
Y subiendo al ara santa
Que los creyentes veneran,
 
 
Con unción el Sacrificio
De la Redención renueva.
Y cuando su blanca mano
El hostia alzada presenta
Para que todos la adoren.
Para que todos la vean.
Ardiendo en amor profundo
La gente sencilla y buena.
Hasta Dios eleva el alma
Y el suelo contrito besa.
En la obscuridad, la hostia
Resplandece como estrella,
Y es tan blanca, que parece
Dotada de refulgencia.
Como el astro que a los Magos
Salidos de ignotas tierras,
Y a los humildes pastores
Llevó al portal de Judea;
Cual la que brilla apacible
Por cima de mar revuelta,
Y al navegante perdido
A puerto seguro lleva.
 
 A la bendición, el cura
 Desde el altar, la faz vuelta
Hacia el pueblo, conmovido,
Hablóle de esta manera:
''Pueblo, ya oraste contrito,
Y tu alma cual puro incienso
Escalando el cielo inmenso
Asciende hasta el infinito.
Has adorado de hinojos
Con religioso fervor,
 El Sacrificio de Amor
Que renové ante tus ojos.
Dios por su inmensa bondad
Siendo el Invencible, el Fuerte,
Se allanó a sufrir la muerte
Por darte la libertad.
Y con sangre de sus venas
Que vertió en la santa cumbre,
Te arrancó a la servidumbre
Y destrozó tus cadenas.
Desde el glorioso momento
En que fuiste rescatado,
Eres libre, pueblo amado,
Como las aves y el viento.
Y satisfecho y feliz
Poniendo en alto el anhelo,
Sólo ante el Señor del cielo
Debes doblar la cerviz.
¿Por qué entonces, al través
De mis lágrimas ansiosas,
Miro en tus manos, esposas,
¿Y cadenas en tus pies?
¿Por qué descubro al destello
De nuestro sol refulgente,
La vergüenza de tu frente
¿Y la argolla de tu cuello?
En inolvidables horas
De labor y de cariño.
Abrí tu alma de niño
A las artes redentoras.
Así anhelé de tu cruz
Aliviar el triste peso,
Haciéndote erguir al beso
Inefable de la luz.
Mas no quieren tus verdugos
Que tus yergas. Con reproche
Ven la luz, porque en la noche
Se forjan y atan los yugos.
Y con recelo demente
Burlando tu aliento bravo.
Con marca de vil esclavo
Siguen quemando tu frente.
¡Alza, pueblo! no toleres
 El baldón, sumiso y quieto;
Solo callan tras el reto
Las infelices mujeres.
"¡Alza! en la dura aflicción
 El alma viril y fuerte,
Prefiere lucha con muerte
A vida con abyección.
De Dios y la humanidad
¡Tu alma encendí en el ardor!
¡Hoy te predico el amor
De la santa libertad!
¡Tus hijos trueca en soldados,
Tu sumisión en venganza,
Y vuelve puntas de lanza
El hierro de tus arados!
Aunque la vida abracé
Que del combate me ahuyenta.
A la batalla sangrienta
Contigo también iré.
Débil contingente soy
Para la lucha temida:
¡No tengo más que la vida,
Pero toda te la doy!
En mi mano fatigada
Verás brillar el acero:
¡Oh pueblo! seré el primero
En la gloriosa jornada.
Que tu acento airado vibre
Gritando a la faz del sol:
¡Muera el poder español!
¡Viva la América libre!”
 
III
Como en cielo de zafiro
 Que espejo limpio semeja,
Surgen a la voz del noto
En tropel las nubes negras,
Y el espacio se obscurece,
El firmamento retiembla
Y en el seno del abismo
Vibran las rojas centellas:
Así del altivo cura
La corta y viril arenga
Tornó campo de batalla
En un momento la aldea.
A dar principio a la lucha
El vecindario se apresta,
Sintiendo en el pecho alzarse
De patria el ansia suprema;
Y quién requiere el caballo,
Quién la olvidada escopeta,
Quién la enmohecida lanza,
Quién la espada roma y vieja;
Y quién, falto de recurso,
Del azada mano echa.
 
O bien la bíblica honda
Coge de nuevo y la piedra.
Y así la turba insurgente
De hombres y niños, revuelta
Cual mar encrespada, al cura
Inerme y sublime cerca;
Y el párroco, improvisado
General, a su cabeza,
Sale del pueblo vestido
Por esplendor de epopeya.
Y aquella hueste confusa.
Cual onda que el mar avienta,
Y que a cada paso crece.
Y a cada instante se eleva,
Llega a pueblo comarcano
Arrolladora y soberbia;
Y allí, de la Santa Virgen
Con osada reverencia,
Coge un retablo del templo,
Y lo convierte en bandera...
Es copia de aquella imagen
Que en el Tepeyac se ostenta,
Y en cuyas benditas aras
Siempre se ven rosas frescas;
De la que fue en la conquista
Intercesión y clemencia,
Sonrisa en la servidumbre
Y en la noche alba risueña.
Con ella como guion
Suspendida a lanza enhiesta,
Aquella hueste confusa
Que darse una patria intenta,
Ni habrá peligro que esquive
Ni hazaña que no acometa.
Ella la guiará al combate,
Y en la lid sañuda y recia.
Le dará tumba gloriosa
O palma triunfal y eterna.
 
 Y allá va la ruda hueste,
Ola humana, tromba inmensa,
Que inunda campos y villas,
De la llanura a la sierra;
Y batiendo como ariete
 Viejos muros, torres pétreas,
Ora en marea montante
O bien en baja marea,
Llega al través de los años
Indómita y altanera,
Hasta el trono virreinal
Que al fin bate, mina y vuelca.
 
Y al bajar la marejada
Dejando libre la tierra
Quedó en pie sobre el nopal
Triunfante el águila azteca.
 
IV
¡Oh, campana de Dolores,
Bronce de sagrada lengua,
Que en doble noche de sombras
Anunciaste una alba excelsa!
Tú hiciste saber al mundo,
Al son de rotas cadenas,
La salida victoriosa
Del sol de la libre América;
Tú hiciste en solo un instante
Una falange guerrera,
De una raza sin anhelos
Tres siglos dormida y sierva;
La cual escribió en la historia
Con legendarias proezas,
A la Libertad sublime
Inolvidable poema.
¡Si el fiero destino un día
Nos pone otra vez a prueba.
Y la patria que evocaste
Combatida bambolea,
Tu voz vibrante y gloriosa
Como antaño, lanza y suelta,
Para que surjan de nuevo
Los héroes a la pelea!

La prisión del héroe

Rafael del Castillo

El viajero que visite
la capital de Chihuahua,
podrá ver tras el palacio
de los Poderes, la estancia
que fue la prisión del héroe
libertador de la patria.
Allí, de una torrecilla
antiquísima y truncada,
se alzan los muros que fueron
opresores de aquella alma,
que trató de desligarnos
de la corona de España.
Una tarde, cual solía
recorrer calles y plazas,
al enfrentar a esa torre,
llamó mi atención la placa
que en inscripción clara indica
 de nuestra historia esa página;
y al punto, en aquel recinto
penetré, como quien trata
de investigar algo nuevo
para conmover el alma.
Tras una escalera estrecha
que en espiral se levanta
entre vaga claridades,
llegué por fin a la estancia
que mide unos cuantos metros,
por negros muros cerrada.
Una exigua ventanilla
permite ver a distancia,
las colinas que limitan
de aquel valle la explanada.
Era la hora del crepúsculo:
hora en que la luz se escapa
lentamente, cual si huyera
de la oscuridad que avanza;
y en aquella hora, de pie
frente a la estrecha ventana
quedéme absorto, abismado,
sin saber lo que pensaba;
que en confusión discurría
sobre aquella cruel etapa
de nuestra historia de luchas
que tan honda huella marcan.
Pensé que en el mismo sitio
que del momento ocupaba,
el buen Cura de Dolores
deleitaría su alma,
contemplando ese horizonte
que a mi vista se espaciaba,
anhelando su albedrío,
la libertad tan preciada.
Y así pasé, no sé cuánto
tiempo frente a la ventana;
mas al cabo densa sombra
esfumó aquel panorama,
que aún lo contempla mi mente
cuando el recuerdo le asalta.
Descendí aquellos peldaños
meditando que mi planta
hollando, tal vez, iría
los mismos sitios que hollara
el pie del heroico anciano
cuando al suplicio marchaba,
y sentí de honda tristeza
los estragos en el alma.

Un sacerdote patriota

E. Amador.

Escuchemos lo que dice
La muy expresiva carta,
que en mil ochocientos once
y el mes de Marzo fechada,
escribió desde Revilla
un patriota cura de almas
al caudillo que a las tropas
insurgentes comandaba.
"Señor don Ignacio Allende:
Mi corazón triste se halla
al saber que usted se encuentra
en el Saltillo, en compaña
con el señor Cura Hidalgo
y sus demás camaradas,
huyendo del cruel Calleja,
que los persigue con saña.
Quiera Dios que sea mentira
esta especie tan infausta;
y entre tanto va mi hermano,
el conductor de esta carta,
a saber lo que hay de nuevo
con respecto a nuestra causa;
"y si esta desgracia es cierta,
mi corazón no desmaya,"
pues me pondré sin demora
listo para la campaña.
a las órdenes de usted
"con mi caudal y mis armas,
que son: "una carabina"
magnífica, americana,
"una escopeta excelente,''
"una pistola'' de marca,
"un gran fusil" de calibre
para regulares balas;
de pólvora cinco libras
y de plomo cuatro planchas;
"trescientos pesos" que tengo
y es la única ganancia
de una escuelita de niños
en que yo mismo enseñaba,
y también de la limosna
que me dan las misas diarias;
"doscientos pesos en libros
y a medio hacer una casa.”
 
Todo esto daré con gusto,
y casi lo estimo en nada.
por la santa Religión
Y por mi adorada Patria,
que durante tres centurias
ha vivido esclavizada,
hasta que usted en Dolores
y otros hombres de gran talla
se alzaron animosos,
procurando libertarla.
Y siguiendo yo esta senda,
con mis humildes proclamas
y el auxilio de mi hermano
en toda esta gran comarca,
he procurado ayudar
a nuestra bandera santa
en el nuevo Santander
y en la provincia inmediata
del nuevo Reino de León,
no menos que en la asonada
que allá en Béxar estalló
hace muy pocas semanas.
"Señor: no hay que desmayar,
la cosa no está tan mala,
 
pues todas estas provincias
están algo insurgentadas,
y hasta los indios lipanes
por la independencia claman.
"En fin, mi citado hermano
dará nota detallada
de cómo en estas regiones
las cosas públicas andan,
y de cómo yo introduje
en villa de Mier, con maña,
por manos de gachupines
las censuras decretadas
contra la augusta persona
del señor Hidalgo. Basta,
pues tales son las razones
que me animan y entusiasman,
hasta el grado de decir
que moriré en la demanda
clamando gustoso: ¡viva
nuestra Religión amada!
¡que viva también la Virgen
de Guadalupe, la indiana,
y que muera el mal gobierno,
el mal gobierno de España!
Vuestro atento Capellán
que sus respetos os mandan.
 
El Bachiller "José Antonio
de Gutiérrez y de Lara.”
 
Dar todo lo que se tiene
y darlo con toda el alma,
como una oblación sincera
en el altar de la patria,
¿no es éste un ejemplo hermoso?
¿no es esta una acción bien clara?
de brillante patriotismo
y de abnegación sin tasa.

El cura de Dolores

Diego Bencomo

I
Cual las aguas del arroyo
Que corren murmuradoras
En la risueña campiña
Formando apacibles ondas,
Y en cuyas linfas retrata
El cáliz de tiernas rosas,
Que sobre su tallo erguida,
Vierten suavísimo aroma;
Así un respetable anciano,
Pacífico y sin zozobras,
Lleno de dicha y ventura,
Correr las felices horas
Contempla tranquilamente
De su existencia preciosa.
En el pueblo de Dolores
Tan celebrado en la historia.
 
Digno pastor de la Iglesia
Su alta misión no abandona.
Y en su corazón gigante
Santa virtud atesora.
Ajeno de acerba angustia
Y de terribles congojas,
Cumple fiel con los deberes
De su carrera piadosa.
Auxilio eficaz les presta
A todos los que lo invocan,
Ora enjugando benigno
Las lágrimas del que llora,
O bien llevando el consuelo
Del infeliz a la choza,
En cuyo pobre recinto
La acerba desdicha mora…
Ese patriarca es Hidalgo
El cura de la parroquia
De aquel pueblo, cuyos hijos
Con entusiasmo le adoran.
Sobre su frente se ostenta
De las virtudes la aureola.
Frente a ceñir destinada
Del martirio la corona.
 
II
Así el venerable anciano
De los sacerdotes honra,
Pasaba su humilde vida
En la comarca dichosa.
Tan venerado y querido
De todos los que allí moran,
Que por su trato amoroso
Padre del pueblo le nombran.
El, al parecer gozaba
De una vida venturosa.
Sin que su frente la anuble
De los pesares la sombra.
Pero un torcedor constante,
Que hasta durmiendo le acosa.
Amargaba eternamente
De su existencia las horas,
Y era el mirar agobiados,
Llenos de angustia y congojas,
A sus hermanos queridos
En esclavitud odiosa.
Noble indignación sentía
Ver la raza vencedora.
Tan tirana como injusta,
Tan cruel como ambiciosa,
Haciendo pesar el yugo
De la opresión española,
Sobre la raza vencida
Que esclava ante el mundo llora.
 
III
El patriarca de Dolores,
De alma noble y generosa,
Que amor y bondad sublimes
Su corazón atesora,
Concibe gigante idea,
Cuya magnitud le asombra:
Piensa en romper la coyunda
De la tiranía odiosa,
Piensa salvar a su pueblo
De la férula española,
Pueblo que ha tres siglos vive
 Maniatado a la picota.
Su afán es salvar la patria
De la abyección ominosa
En que la tiene sumida
La raza conquistadora.
 
IV
Era el quince de Septiembre
Una noche misteriosa
Sobre el pueblo de Dolores
Extendió sus negras sombras,
Envolviendo con su manto
Las cabañas y las chozas,
En donde tranquilamente,
Sus habitantes reposan.
La atmósfera está sin nubes,
Mil estrellas brilladoras,
Cual luciérnagas celestes
El limpio espacio tachonan...
Son las doce de la noche,
Noche imborrable en la historia;
Las campanas de la iglesia
Pausadamente redoblan.
Llamando a los feligreses
Que a la oración los convoca,
Para que en aquel momento
Concurran a la parroquia,
Y antes que el alba riente
Con su luz esplendorosa
A disipar empezara
Del cielo las negras sombras,
Estaban allí reunidos.
Con una voz poderosa
El cura Hidalgo les dice:
—Hijos míos, llegó la hora,
Merced a nuestros esfuerzos,
Si Dios no nos abandona,
De que termine esta vida
Que lleváis ignominiosa.
Llegó el momento sublime
De que se acabe ya toda
Tiranía sobre el pueblo
Que el yugo ya no soporta;
Y de que al grito solemne
De independencia se rompan
Esas bárbaras cadenas
De la esclavitud odiosa.
Y que México mañana,
Al ver sus cadenas rotas,
Alce la frente altanera
Que hoy sin esperanza dobla.
 Para que luego arrojando
Los grillos que la aprisionan,
Salude a los pueblos libres
Que el despotismo vil odian.
Y los que ayer eran solo
Vasallos de la corona,
Que gemían bajo el yugo
de la opresión española.
A las palabras del cura,
Magnética, poderosas,
De abyectos y humildes siervos
En guerreros se transforman…
Fue así como Hidalgo al frente
de su improvisada tropa,
Inició la independencia
Para gloria de su gloria.
 
El diez y seis de Septiembre
Sonrieron dos auroras:
Una fue del nuevo día,
De la libertad la otra.
 
V
 
Después de que el gran Hidalgo
Hizo alzarse presurosas,
Al grito de independencia
Doquier insurgentes tropas,
Después de haber difundido
En las poblaciones todas
Su noble y gigante idea,
Noble y regeneradora;
Después de haber arrostrado
Entre bosques y entre rocas,
Los peligros inminentes
De la guerra aterradora.
Sin más baluarte ni escudo
Que su abnegación grandiosa,
Más fuerte que los cañones
De las huestes españolas;
Después, en fin, de diez meses
De iniciada su gran obra,
Obra sublime que tuvo
A la justicia por norma,
Plugo a la adversa fortuna,
Que hasta a los grandes acosa,
Cayese entre los esbirros
De la nación opresora.
Presa de aquellos sayones
Que aniquilarlo ambicionan,
A Chihuahua le conducen
Al son de marciales trompas.
En situación tan difícil
Su altiva frente no dobla.
Frente a ceñir destinada
Del martirio la corona.
Y allí sus tiranos crueles
Por infamarlo en la historia,
Le fusilaron, creyendo
Darle muerte ignominiosa.
Mas de la sangre fecunda
Del eminente patriota,
Nació el árbol bendecido
De la libertad hermosa…
Voló su espíritu al cielo
Donde los mártires moran,
Y alzóse al pie del cadalso
El pedestal de su gloria.

Retrato de Guerrero

Ezequiel A. Chávez

Color de nocturno cielo
Es el traje del caudillo,
Y, como al borde de un velo,
Está allí, con tenue brillo,
Dorado alamar sencillo.
 
Alto es el héroe y delgado;
Con el rostro bronceado;
Cóncavo el pecho saliente;
Al cinto espada luciente,
Y el puño en ella posado.
 
Oscuro tiene el cabello;
Limpia la frente tostada;
Y un ardoroso destello
En la profunda mirada,
Que anida en el ojo bello.
 
Su nariz es vigorosa,
Y es rojo su labio amante;
Y la patilla sedosa
Borda su oscuro semblante
Con orilla tenebrosa.
 
Es altiva su figura;
Hay en su labio dulzura;
Hay firmeza en su mirada;
Y la independencia pura
En su miente venerada.
 
Así es Guerrero, el valiente
Que nunca cejó en la guerra;
Que en roca y valle esplendente.
Y en la miseria inclemente
Siempre defendió su tierra.

Vicente Guerrero

José Peón y Contreras

Era el tiempo en que aún sufría
Encadenado el Anáhuac,
El férreo yugo ominoso
De los tiramos de España.
El tiempo en que despertando
Tras un pasado de infamia,
Un pueblo noble, hasta el cielo
La frente altiva levanta.
El tiempo de los Hidalgos,
De los Morelos y Aldamas,
Y el tiempo de los heroicos
Sacrificios por la patria.
Cuando al romperse el anillo
 Que a tres centurias ligaba,
Un León repasar intenta
Las costas americanas
 
Porque le falta el aliento,
Porque las fuerzas le faltan,
Porque sacude en los aires
La melena ensangrentada,
Y a un pueblo que está sediento,
Y sediento de venganza,
Conoce bien que a saciarlo
¡Su sangre toda no basta!
Lucha tenaz el Ibero
Y en nombre de sus monarcas.
De México los Virreyes
El solio vetusto guardan;
Y en su obstinación impía,
Y en su furibunda saña,
La noble sangre de Hidalgo
¡En un cadalso derraman!
El victorioso Morelos
Allí mismo se levanta,
Y por los campos tremola
La bandera de la patria;
Es el guardián de una idea
Que a paso gigante avanza;
Es el terror de la guerra,
El genio de las batallas…
 Y él también con cien laureles
Coronado en cien jornadas,
En un patíbulo cae
Acribillado de balas.
Valiente, aguerrido, fiero,
Sin municiones, sin armas,
Con su voluntad inmensa,
Más grande que su esperanza,
Un hombre aparece entonces
En el confín de la patria;
Como al náufrago aparece
El faro tras la borrasca;
Como en medio de los campos
Al caminante que anda
Perdido en lóbrega noche,
La aurora serena y clara.
Era Vicente Guerrero
Que en boscosas sierras altas
Defiende de un pueblo él sólo
Las libertades sagradas.
A su formidable acento
Por doquiera se levantan,
Intrépidos capitanes
Que a la pelea se lanzan.
 Acaso sin él, acaso
La noble empresa fracasa,
Y quién sabe cuánto tiempo
Sobre el nopal del Anáhuac,
El águila azteca hubiera
Batido, rotas las alas.
¡Loor a ti, sombra gloriosa!
Que mi humilde labio ensalza,
Digna de que otro más digno
¡Pronuncie tus alabanzas!

El abrazo de Acatempan

Gustavo Baz

Despejado el horizonte
Desde el valle hasta la sierra
Y de caléndulas rojas
Revestida la pradera.
 
Van los mansos arroyuelos
Quebrándose entre las peñas,
Y cantan enamorados
Los pájaros de la selva.
Todo anuncia que renace
Otra vez naturaleza,
Bajo el bienhechor influjo
De la dulce primavera.
Aspirando los perfumes
De los bosques y florestas,
Y alumbradas por los rayos
De una mañana serena,
Vénse dos huestes distintas
En apostura guerrera,
Y cuyas armas desnudas
Los rayos del sol reflejan.
Un alegre vocerío
Acá y acullá se eleva,
Mientras repican sonoras
Las campanas de una iglesia;
Y los nombres de Guerrero
Y de Iturbide resuenan
Entre los grupos unidos
A la voz de independencia;
pero luego entre las filas
Silencio imponente reina,
Mientras para hablar a solas
los dos caudillos se acercan.
Tiene el uno alta la frente,
Quemada la tez morena,
Y su condición humilde
En su traje se revela.
Entorchados y galones
Y cruces el otro ostenta;
Insinuante es su palabra,
Distinguidas sus maneras,
Y antes de darle la mano
Así hablándole comienza:
“- Si en época ya pasada
Para la patria, funesta,
Empuñé torpe y culpable
Del tirano la bandera,
Y fue mi invencible espada
De los verdugos defensa,
Para arrancar de mi historia
Esas páginas sangrientas,
Y borrar como soldado
De mi frente la vergüenza,
Permitid que a vuestras plantas
Mi vida a la patria ofrezca.
Hoy que sigo los impulsos
De la voz de mi conciencia.
- Coronel, le dice el héroe,
Con voz, si apacible, entera:
Si otro tiempo vuestra espada
Fue a nuestra causa, funesta,
Y vuestro arrojo indomable
Semejante al de las fieras,
Llenó a la patria de luto
Y remachó sus cadenas.
Hoy, en pago de la sangre
Que derramó vuestra diestra,
De libertar a la patria
Haced la noble promesa
Sobre mi pecho, en mis brazos,
Que anhelantes os esperan,
Y me veréis que siguiendo
Vuestra triunfadora enseña,
Como el último soldado
Busco la muerte en la guerra,
Que no mando ni oropeles,
Mi pecho indomable anhela,
Si no morir do se luche
Por la santa independencia."
Al escuchar sus palabras
Vivo ejemplo de nobleza,
Los libres y los realistas,
Olvidando sus querellas
Y sus pasados rencores
Con santa efusión se estrechan.
aquellos héroes audaces,
Tras una lucha sangrienta,
Lograron romper por siempre
De esclavitud las cadenas:
Pero en su patria más tarde
Un cadalso en recompensa
De sus servicios hallaron
Al final de su carrera.

La enseña de los insurgentes

Rafael Nájera

Clara, tibia, deliciosa
se presenta la mañana;
el horizonte encendido
con resplandores de gualda,
y el cielo azul, festonado
con orlas de nubes blancas,
como flotantes crespones
que fingen formas extrañas.
De los álamos frondosos
se desprenden en parvadas
cardenales y gorriones,
pitirrojos y calandrias,
que dando trinos al viento
dan regocijo a las almas.
El zumbar de las abejas
que sin descanso trabajan,
se mezcla con el chirrido
pertinaz de la cigarra,
y el melancólico canto
de la amorosa torcaza;
cuelgan de los naranjales
como racimos de nácar
azahares aromosos,
y se mecen las naranjas.
que pomas de oro parecen
entre frondas de esmeralda;
y se perfuma el ambiente,
y los sentidlos se embargan
con el olor del tomillo,
del ajenjo y la retama.
 
Dando vuelta a una ladera,
de un cerro cabe la falda,
que campanillas azules
y rojas flores esmaltan,
se descubre pueblo humilde
nado de agrestes casas,
con sus paredes de adobe
ligeramente blanqueadas,
sus cercas de palopique
y sus techados de palma;
y la iglesia, si pequeña,
graciosa y bien decorada,
con cimborrio de azulejos,
y torre esbelta y gallarda.
Es Atotonilco el Grande
que se encuentra esa mañana
de fiesta, según parece,
porque se hallan en la plaza
sus honrados moradores
unidos y en algazara,
con cohetes prevenidos;
y en la torre, de atalaya,
varios mozos, en acecho
observando lo que pasa.
 
De repente a las esquilas
muchas manos esforzadas
se aprestan, y los repiques
de bulliciosas campanas,
los cohetes y los gritos
de la multitud compacta,
anuncian que algo muy grato
en Atotonilco pasa.
Es que el cura de Dolores,
en jefe de la cruzada,
llega al Pueblo, con su pueblo
que crece como avalancha.
 
Las mujeres a las puertas
se asoman regocijadas,
a los lugares más altos
los muchachos se encaraman,
surcan el aire cohetes,
el detonar de las cámaras
y los alegres repiques
de las alegres campanas.
 
Sobre alta y robusta mula
modestamente enjaezada
sin arneses militares
ni distinciones jerárquicas,
el padre HIDALGO va al frente
de muchedumbre entusiasta,
radiante de regocijo,
si bien desprovista de armas.
Son contados los fusiles,
las pistolas muy escasas,
algún mosquetón mohoso,
alguna escopeta usada,
y como recuerdo histórico
una que otra bocamarta.
 
Los chuzos de los serenos,
machetes, cuchillos, dagas,
hondas y sacos de piedras,
palos, tarecuas y lanzas;
muchos sin más armadura
que su camisa de manta,
ni otras armas que sus manos
y el santo amor a la Patria.
Hombres, mujeres y niños
con el alma emocionada,
van en busca de la muerte
en defensa de su causa…
 
A la derecha de HIDALGO
con apostura bizarra,
sobre un alazán soberbio
de bella y marcial estampa,
con militares insignias
Don Ignacio Allende marcha;
y a la izquierda, en un retinto
andaluz, de pura raza,
con uniforme vistoso
se ostenta Don Juan Aldama.
 
Luego que entran en el Pueblo
el entusiasmo se exalta,
atruenan el aire vivas
jubilosos y entusiastas,
y corren por las mejillas
de regocijo las lágrimas.
 
HIDALGO y sus compañeros
de los caballos se bajan,
y a la iglesia se encaminan
a elevar a Dios sus almas.
Después que concluye Hidalgo
la fervorosa plegaria
invocando de los cielos
el triunfo para sus armas;
saca de su viejo marco
la hermosa Guadalupana,
que era del creyente pueblo
la joya más estimada;
con entusiasmo creciente
la coloca en una lanza,
y cual paladín glorioso
sale con ella a la plaza.
 
"Hijos, les dice a las gentes
atentas a sus palabras:
"la gloria excelsa del triunfo
"nos cubrirá con sus alas;
"vamos a romper los grillos
"que aprisionan a la patria,
"a libertarnos del yugo
"con que nos doblega España,
"a vivir sin amo impío
"que como a bestias nos trata;
"y a conquistar los derechos
"que, siendo nuestros, nos faltan."
"Esta es la enseña gloriosa
"que nuestras vidas ampara,
"ella nuestra única reina,
'ella nuestra soberana,
"la que del pueblo que sufre
"ha de remediar las ansias
"y con sublimes victorias
"coronará las batallas."
"Sea nuestro grito de guerra:
"y que muera el mal gobierno,
"que con rigor nos maltrata…”
"¡Viva la Guadalupana!
¡Viva! prorrumpen mil voces
de entusiasmo electrizadas;
y el pueblo de Atotonilco
se agrega a la caravana.
Sube HIDALGO a su montura,
sube Allende y sube Aldama,
y salen regocijados
entre vivas y algazara,
llevando a la Virgen India
como enseña sacrosanta,
llenos de valor los pechos,
llenas de fuego las almas;
y en busca de la victoria
se dirigen a Celaya.

El Castillo de Granaditas

José Rosas Moreno

Trémula, inquieta, azorada,
Como ave que espanta el trueno,
La opulenta Guanajuato
Despertaba de su sueño:
Todo era alarma y rumores,
Y confuso movimiento;
Repicaban las campanas,
Sonaba el clarín guerrero;
Por todas partes corrían
Los soldados europeos,
Y eran las angostas calles
Bulliciosos campamentos.
En las torres elevadas
De los magníficos templos,
Las banderas españolas
Se agitaban con el viento;
Y a poca distancia, altivo
Como si fuera un recuerdo
De las épocas feudales;
A la luz de un sol espléndido.
El fuerte de Granaditas,
Dominador y altanero,
Viendo estrellarse en sus muros
Las tempestades del tiempo,
De anchas trincheras ceñido
Y de soldados cubierto;
Guarnecido de cañones
Y coronado de hierro,
Sobre un pedestal de rocas,
Inexpugnable y soberbio,
Se alzaba, como un coloso,
Su frente elevando al cielo.
Ya el ejército de Hidalgo,
El horizonte cubriendo,
Imponente por su audacia
Y por su número inmenso;
Irresistible y ruidoso;
Descendía por los cerros,
Como un caudaloso río
Que se despeña violento.
Cantos de guerra y de muerte,
Entre un pavoroso estruendo,
Por donde quier resonaban,
Repetidos por los ecos.
Tronó el cañón; anchas nubes
De un humo pálido y denso
Por la atmósfera cruzaron;
Los montes se conmovieron
Al ver el fuego rojizo,
Cual relámpago sangriento,
Y al escuchar de las balas
El raudo silbar horrendo.
Los valientes sitiadores
Un punto se estremecieron,
Como las ramas, que azota
El huracán en su vuelo;
Y cual herido leopardo,
Que mira a sus hijos muertos
Se lanzaron al castillo,
Con más ardiente denuedo.
Poderoso respondía,
En medio al marcial estrépito,
A la voz de ¡Viva España!
El grito de ¡Viva México!
Creció el espanto, y horrible
Nuncio de muerte funesto,
Del cañón el estallido
Volvió a escucharse de nuevo
Luchaban los insurgentes,
Sin desmayar un momento;
Seis veces se aproximaron
Y seis rechazados fueron.
Hidalgo entonces, terrible,
Gritó con sonoro acento:
"Pipila, ven; necesita
La patria de tus esfuerzos."
A su voz, lleno de harapos,
Alzóse un hombre del pueblo;
De gigantesca estatura,
De altivo y feroz aspecto.
Tomó en sus nervudos brazos
Una ancha piedra, y ligero
Apoyándola en su espalda,
Cruzó la calle sereno.
Tomó una encendida tea,
Y sublime como el genio
De la muerte y la venganza,
Siguió avanzando resuelto:
En derredor escuchaba
Espantosos juramentos,
Imprecaciones, blasfemias
Y gemidos lastimeros.
Las balas silbar oía:
Y rozaba sus cabellos
El humo de las granadas.
Como un huracán ardiendo.
Con el choque repetido
De proyectiles certeros,
Su escudo tosco y extraño
Voló al fin, pedazos hecho.
Llegó a la puerta, detúvose,
Y la antorcha sacudiendo,
La aproximó a la madera.
Las llamas en el momento,
Cual serpientes retorcidas
Se derramaron crujiendo:
Reinaba en aquel instante
Un angustioso silencio.
Animado entonces Pípila,
Un grito lanzó tremendo;
Y el peligro despreciando,
Entró al castillo él primero.
En el pórtico, agitándose
De enojo y de rabia ciego,
Destrozado por las armas
De los contrarios guerreros,
Su pie apoyado en cadáveres,
Desnudo el valiente pecho,
Roto y quemado el vestido,
Los brazos de heridas llenos,
El corazón palpitante,
Los ojos lanzando fuego,
Los cabellos esparcidos
Agitados por el viento;
Con la tea en una mano
Y en la otra el agudo acero,
Sublime en su patriotismo,
Terrible en su odio y siniestro.
Reflejándose las llamas
Sobre su rostro sangriento,
Luchaba como un gigante
Entre el horror del incendio.

Leona Vicario

Guillermo Prieto

I.
Suele en pavorosa noche
Soplar repentino el viento,
Y rompiendo de las nubes,
Retronando, el negro velo,
Dejar absorta la vista
Reverberantes luceros,
En una esfera infinita
De claridad y sosiego
Suele torrente impetuoso,
Al emprender rumbo sesgo,
Derramar olas hirvientes
En escabroso descenso
Que recorren, y dormidas
Retratan el limpio cielo.
 
Suele en el espeso bosque
De precipicios cubierto,
Al acaso abrirse un claro
De do percibe el viajero
Claras fuentes, dulce sombra,
Cabañas y refrigerio.
Así en medio a los horrores
Que narro, aparece un cuento,
Que comunica a la historia
Los hechizos del ensueño.

II
      Era la joven Vicario,
Y era su nombre opulento,
Prodigio de entendimiento,
Y de virtud relicario.

     Ardiente se enamoró
De un hombre que en nuestra historia
Es honor, y luz, y gloria;
Su nombre, Quintana Roo.
 
      Quintana era cual conciencia
Del ejército insurgente,
Y era su pluma elocuente
Alma de la Independencia.
 
     La joven, que al héroe amaba.
Entusiasta confundía
El amor que la encendía
Con la causa que abrazaba.
 
    Y así, henchida de pasión,
Arrebatada, vehemente,
Se hizo brazo y confidente
De don Ignacio Rayón.
 
    Es delatada, se oculta
La aprehenden, y en el momento,
De Belem en el convento
Sin piedad se la sepulta.
 
     Feliz de sufrir, contenta,
A Virrey dijo verdades.
Y censuró sus crueldades
Con amargura sangrienta.

    Iracundo está el poder,
Y redobla su violencia
Verse puesto en evidencia
Por una débil mujer.

III
     Era la noche; tres bultos.
Salen de la sombra incierta,
Y del convento la puerta
Fuerzan, penetrando ocultos.

    En un alazán ardiente,
Por la noche protegida,
Es la joven conducida
A poder de su insurgente.

      Donde delante de Dios
Y frente al divino altar,
Se juraron siempre amar.
Sirviendo al pueblo los dos.
 
      Y la historia en la ciudad
Fue mirada, con razón,
De los tiranos baldón,
Y honra de la libertad.

Ante el altar de los caudillos de la Independencia

Manuel Brioso y Candiani

México, al recordar la ardiente guerra
a que debió su sacra autonomía,
convoca a las naciones de la tierra
a convivir con ella en armonía.

Ya no es el español el hombre odiado
que provocara cólera o rencores;
es el colono, por la ley llamado,
para entregarse en paz a sus labores.

¿Qué mejor oblación en los altares
de Hidalgo, de Morelos y Guerrero,
que ofrecer nuestra mano y nuestros lares,
transformando en nativo al extranjero?

La sangre por doquier derramada
de aquella lucha, en los heroicos hechos,
de su fruto en la tierra liberada:
por eso surgen ya nuevos derechos.
México en otro tiempo campo rojo,
sin ley augusta y sin precisa norma,
que incitaba al pillaje y al despojo,
en el pueblo laborioso se transforma.

Abre los brazos al obrero honrado
y de la servidumbre lo redime
para que viva siempre emancipado
de la miseria amarga que lo oprime.

Al que la tierra con afán cultiva,
lo alienta para ser un propietario,
y su esperanza y su trabajo aviva,
liberándolo de todo victimario.
Si antes nos agobió el encomendero
con su avaricia y su crueldad odiosa,
ya no hay trabas que opriman al obrero,
ni al campesino en la heredad fructosa.

Escuelas, bibliotecas y talleres
impulsan ya al estudio o la tarea
a ignaras más no inútiles mujeres,
y al indio analfabeto de la aldea.

Tales son los presentes redentores
Traídos de la Patria a los altares
son los frutos más sanos, los mejores
de las grandes contiendas seculares.

¡Que venga hacia este suelo el que confíe
en la rica cosecha del mañana,
que ya una nueva aurora nos sonríe
en esta fértil tierra mexicana!

La suave patria

Ramón López Velarde

PROEMIO

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

PRIMER ACTO

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio;
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mejicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carretera alegórica de paja.

Credo

Ricardo López Méndez

A la Patria, en el día de la Patria:

I
México, creo en ti
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.
 
II
México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma,
que sé que existe, pero no la veo.
 
III
México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria:
algo que es mío en mí como tu sombra,
que se tiende con vida sobre el mapa.
 
IV
México, creo en ti,
en forma tal que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos,
sin que sepa por qué se me entregaron:
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.
 
V
México, creo en ti
sin preocuparme el oro de tu entraña:
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros
la opresión de la carne de tu raza.
 
VI
México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo, es por tu cielo,
si conozco el dolor, es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.
 
 
VII
México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrerías
que sólo son deseo en las palabras.
Te consagras de auroras que te cantan
¡y todo el bosque se te vuelve carne!,
¡y todo el hombre se te vuelve selva!
 
VIII
México, creo en ti,
porque nací de ti, como la flama
es compendio del fuego y de la brasa;
porque me puse a meditar que existes
en el sueño y materia que me forman
y en el delirio de escalar montañas
 
IX
México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la equis,
que algo tiene de cruz y de calvario;
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los volados
con la vida y, a veces, con la muerte.
 
 
X
México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran,
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.
 
XI
México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!
 
XII
México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso.
¡Mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva y como el ancla...!

Hidalgo

Manuel Acuña

Sonaron las campanas de Dolores,
voz de alarma que el cielo estremecía,
y en medio de la noche surgió el día
de augusta libertad con los fulgores.
 
Temblaron de pavor los opresores
e Hidalgo audaz al porvenir veía,
y la patria, la patria que gemía,
vio sus espinas convertirse en flores.
 
¡Benditos los recuerdos venerados
de aquellos que cifraron sus desvelos
en morir por sellar la independencia;
 
aquellos que vencidos, no humillados,
encontraron el paso hasta los cielos
teniendo por camino su conciencia!

Tempestad y calma en honor a Morelos (fragmento)

Carlos Pellicer

I
Imaginad:
una espada
en medio de un jardín.
Eso es Morelos
 
Imaginad:
una pedrada
sobre la alfombra de una triste fiesta.
Eso es Morelos
 
Imaginad:
una llamarada
en almacén logrado por avaricia y robo.
Eso es Morelos
 
Ya tengo las imágenes pero no las palabras.
Pero hay aceros, y piedras, y llamas.
Porque nada hay más hondamente hermoso
para el humano oído, que la palabra.
Si las palabras vinieran para decir: Morelos,
vendrían ocultas en esos nubarrones de piedra
que a unos cuantos kilómetros nos miran:
La tempestad de rocas de Tepoztlán, vecina,
el huracán de piedra de Tepoztlán, que avanza,
esas gargantas que vociferan árboles,
esos peldaños a pájaros y lluvias
cuando pasa la noche de resonantes piedras
y el sol sacude el sueño de la luz, allá arriba.
 
Aún hay aceros. Y piedras. Y llamas.
Ésta es la hora de las palabras
terriblemente cristianas.
Las que hieren, las que arden, las que aplastan.
¡Ah! ¡Si yo pudiera arrojar mi corazón
y provocar una grieta en la montaña!
¡Hablar en piedra y escribir en llamas!
La espada silenciosa que abrió el cerrado pecho:
ni un corazón que surja: todo estaba desierto.
La zumbadora piedra que el cuerpo ha derrumbado:
era sólo una cáscara y polvo dentro de ella.
El siempre fuego que a la ciudad ardió:
halló sólo papeles, y el humo, no duró...
Éstas son las palabras terriblemente buenas,
palabras vivas, hechas de llamas sobre las piedras.
Grité ¡Morelos!, hace quince años desde las rocas de Tepoztlán
¡Olor a Cuautla! y entre palmeras hechas laureles
salté al abismo del heroísmo; grité ¡Morelos!
Y vi la tierra abajo desde el verde al azul.
Y unas botas sin ruido lo estremecieron todo
Y sudaba una frente su pañuelo de luz.
Grité ¡Morelos!, hace quince años en Acapulco.
Y clamoroso mar me atropelló.
Una raya de verde movida en cuatro azules
espiral rumor blanco dentro de ella enrolló.
Y un trueno hizo caer el roble de los vientos.
Y oí en mí mismo cuando mi pecho gritó ¡Morelos!
Y a un alto en mis arterías fue mi sangre a parar.
Bajar del monte, querer el mar.
Vivir con pocas palabras;
pero en cada palabra tener una tempestad.
Ah, si yo pudiera haberlas dicho
acero, piedra, llama.
Gritar Morelos y sentir la flama.
Gritar Morelos y lanzar la piedra.
Gritar Morelos y escalofriar la espada.,
Tú fuiste una espada de Cristo,
que alguna vez, tal vez, tocó el demonio.
Gloria a ti por la tierra repartida.
Perdón a tu crueldad de mármol negro.
Gloria a ti porque hablaste tu voz diciendo América.
Perdón a tu flaqueza en el martirio.
Gloria a ti al igualar indios, negros y blancos.
Gloria a ti, mexicano y hombre continental.
Gloria a ti que empobreciste a los ricos
y te hiciste comer de los humildes,
procurador de Cristo en el Magníficat.
Gritar Morelos
es escuchar la Gloria y sentir el perdón.

Bibliografía

  • Acuña, Manuel. Poesías. Librería de Garnier Hermanos. 1890
  • De Dios Peza, Juan. Monólogos y cantos a la patria y a sus héroes.  Maucci Hermanos. 1900
  • López Méndez, Ricardo. Credo. Imprenta Aldina. Edición del Autor, México D.F. 1941
  • López Velarde, Ramón. Obras. FCE. 2012
  • Pellicer, Carlos. Cuerdas percusiones y alientos. UJAT. 1978
  • Sosa, Francisco. Et alt. Romancero de la guerra de independencia. Vol. 1. Imprenta V. Agüeros Editorial. 1910